Operación Duradera

Udry, Charles-André

Guerra del Golfo: una nueva visión

En perspectiva, la Guerra del Golfo (1990-1991) se ve como un momento bisagra en la implementación de la actual política imperialista por las elites dominantes de los Estados Unidos.

Repúblicas independientes

Ya desde principios de 1991, cuando la operación "Tormenta del Desierto" parecía una programación ineluctable, los inútiles intentos mediadoras de Evgeni Primakov eran una prueba de la desaparición de la URSS como "superpotencia". Su desaparición modificaba completamente la configuración internacional de una inmensa región.

Se terminó el juego de alianzas desarrollado por la URSS con diversos estados de Medio Oriente. Y lo que es más importante aún, en las fronteras de muchos países –desde Turquía al Irán- surgieron las "Repúblicas independientes" del Asia Central, que se constituirán en una cuestión nada despreciable. Esta transformación es más importante aún porque modifica arreglos territoriales establecidos mucho antes de la era soviética. Esta región se constituye actualmente en uno de los posibles centros del nuevo despliegue norteamericano. Asimismo, el análisis de la guerra contra Serbia (1999) no puede dejar de considerar los propósitos imperiales con respecto a los diversos "corredores" (rutas, ríos, vías férreas, oleoductos…) hacia Eurasia. Estos "corredores" y sus trayectos son a veces motivo de intereses encontrados entre las potencias imperialistas, porque siguen siendo las "rutas para el capital" realmente existente [1] .

Choques amortiguados

Es sabido que el petróleo estuvo en el centro de la Guerra del Golfo. Sin embargo, merece mayor atención la perspectiva en que se inscribe "esta guerra excepcional, luego del período iniciado en 1945, conducida por motivos económicos". Uno de los especialistas israelíes en economía del petróleo, Paul Rivlin, escribe en un estudio de octubre 2000:

Occidente efectuó una enorme inversión, política, militar y económica, para mantener la estabilidad del suministro de petróleo proveniente de Medio Oriente. Este hecho elemental es comprendido por todos los afectados por la dimensión política que introduce el petróleo en la región y representa un cambio de situación con respecto a 1973. Ahora los Estados Unidos dispone de una presencia permanente en el golfo para disuadir a Iraq e Irán. Choques [guerras] como el producido en 1991 (que no produjo más que un alza momentánea en los precios del bruto) son mucho menos probables, dada la presencia americana en el golfo. [2]

La presencia militar (y económica) de los Estados Unidos debe regular el flujo y precio del petróleo a largo plazo. Pero simultáneamente, contribuye a alimentar distintas fuerzas políticas islamistas y contradicciones políticas en varios países, lo que implica una relativa fragilización de su control. [3] Debido a esto, someter definitivamente a Iraq le permitiría a Washington, simultáneamente, tener en un puño cruciales reservas petrolíferas y dejar de provocar coléricas reacciones por su embargo criminal. No es sorprendente, entonces, que se mencione a Iraq entre los posibles objetivos de la "guerra contra el terrorismo".

Desde principios de los años 1990, la denominada política norteamericana "de seguridad" integra- ya sin camuflaje- los factores que están en el centro de las preocupaciones de los grandes grupos financieros e industriales bajo cuya égida se opera la mundialización del capital: acceso garantizado a los recursos primarios; manejo de las redes de transporte (energía, mercancías…) y comunicaciones; apertura de todos los mercados; protección de inversiones, etcétera. [4] Estos son también los objetivos del FMI y la OMC.

Nuevas guerras

Después de la Guerra del Golfo, el Departamento de Defensa puso el acento en los sistemas de armamento –escenario de capacidades antimisilísticas- aptos para la mayor protección de las regiones donde se desplieguen fuerzas de intervención aliadas o norteamericanas contra posibles o supuestos ataques misilísticos. A esto se agrega convertir a los Estados Unidos en un "santuario" supuestamente asegurado por el vasto Programa de Defensa Antimisil (siglas en inglés: NMD). El predominio militar norteamericano se refuerza aún más. Esto va acompañado con fuerte subsidios para Investigación y Desarrollo destinados a los grupos industriales norteamericanos, especialmente en la tecnología de punta.

La neutralización de los "Estados criminales" reemplaza a la "lucha contra el comunismo" en la justificación de estos proyectos armamentistas. Muy rápidamente, en el curso de los años 90, por detrás de la cambiante lista de los "Estados criminales" se perfilaron, en primer lugar China, pero también Rusia, como enemigos potenciales a mediano plazo [5] .

La "nueva guerra contra el terrorismo" asociada con las "intervenciones humanitarias" agrega una nueva pieza a los dispositivos militares y geopolíticos.

Asegurar la hegemonía

En 1990 el General Colin Powell patrocinó una "Gran Coalición" para "liberar Kuwait"… y compartir los gastos de guerra. La fórmula es parecida a la que invocan hoy el mismo Powell o el Secretario de Defensa Rumefeld. También parece que la factura será "coligada".

Pero la palabra "coalición" es una palabra convencional que de hecho disimula una fuerte tendencia que se viene concretando desde 1991. Los Estados Unidos utilizaron constantemente la carta de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para hacer manejables los choques de intereses que pudieran existir con las potencias imperialistas europeas como Francia y Alemania. Pero al mismo tiempo, eso no impidió que Washington manejara a la OTAN a su antojo, tal como ahora se evidencia.

Sobre esto, y arriesgándonos a exagerar un poco, destacamos seis elementos:

1º. Desde 1991/1992, Washington se ha opuesto a una "política europea de defensa" que afirmaría su autonomía y entraría en consonancia con las rivalidades en el plano económico. El actual miembro del entorno de Bush hijo, Paul Wolfowitz, siendo subsecretario de Defensa y mano derecha del vicepresidente Dick Cheney, en 1992 escribió uno de los más documentos más virulentos sobre esa cuestión [6] . La hegemonía militar norteamericana está estrechamente ligada a la consolidación y expansión de los intereses económicos. [7]

2º. Durante los últimos años, las iniciativas franco-alemanas y de los principales países europeos en lo referido a defensa, manifiestamente se subordinaron al marco estratégico definido por la OTAN, dirigida por los Estados Unidos. Una ilustración de esto son las declaraciones del ex secretario general de la OTAN, el socialdemócrata del Estado Español Javier Solana.

3º. La supremacía militar de los Estados Unidos en la guerra contra Serbia ilustró, de manera aún más clara que en la Guerra del Golfo, la relación de fuerzas existente al interior de la Alianza. El dominio indiscutido de los Estados Unidos sobre los sistemas armamentísticos es evidente. Las fuerzas armadas europeas debieron reconocer, en los hechos, su "sumisión".

4º. El nuevo Concepto Estratégico de la OTAN, adoptado en abril de 1999, coloca en un primer plano a la interoperabilidad de las fuerzas armadas. En el lenguaje oficial, se trata de hacer más fluidas las misiones de los diversos miembros de la Alianza mediante los Grupos de Fuerzas Interejércitos Multinacionales (GFIM). La concreción de esta "interoperabilidad" según las líneas directrices fijadas por los Estados Unidos, asegura la primacía del complejo militar-industrial norteamericano. Esto reduce la independencia de los programas europeos y en ciertos casos tiende a integrarlos a los de los Estados Unidos. Además, para conquistar los mercados internacionales, se conforman acuerdos transatlánticos. Es lo que ocurre entre Boeing y MBDA (grupo que reúne al EADS europeo y al inglés BAE Sytems) para algunos misiles. La coyuntura estimula estos acuerdos. [8]

5º. Las observaciones arriba expuestas fijan los límites dentro de los que se deberá constituir, antes del 2001, una fuerza de despliegue rápido de los principales países europeos. Además, y pese a las contradicciones interimperialistas, existe un acuerdo sustancial: defender las condiciones que conforman el marco de la mundialización del capital, con su dimensión transatlántica. Un buen ejemplo de esto es el Transatlantic Business Dialogue (TABD), creado en 1995 [9] . Puede ser definido como un organismo de negociación y decisiones entre representantes privados y públicos del capital en lo que hace a los intereses norteamericanos y europeos discutidos en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Así, los mandatarios de las grandes firmas norteamericanas (el presidente de TADB es James Schiro de Price Waterhouse Coopers) y europeos (el vicepresidente europeo es Michael Treschow de Electrolux) dialogan, por ejemplo, con los representantes de la Comisión Europea y de la Secretaría de Comercio de los Estados Unidos. El comisario francés Lamy, un socialdemócrata, mantiene excelentes relaciones con su equivalente republicano Zoellik. Concertación no siempre significa acuerdo. Pero de todas maneras, semejante organismo contribuye a definir los intereses transatlánticos en el seno de la OMC. Por último, a pesar de las convergencias en el seno de la Unión Europea (UE), subsiste una heterogeneidad que permite a un estrecho aliado de los Estados Unidos como es Gran Bretaña neutralizar iniciativas autónomas que disgusten a Washington. El discurso belicista de Tony Blair del 2 de octubre en la Conferencia del Labour Party es muy significativo, tanto sobre el Labour como sobre las vías de penetración del gran capital.

6º. Por supuesto, la competencia entre firmas transnacionales con raíces en distintos países imperialistas existe y a veces se acentúa. La formación de un gran grupo de defensa y aeronáutica como EADS –constituido por firmas de origen francés, alemán, italiano y español- exige demandas de los gobiernos europeos y por tanto participa en los proyectos de defensa europeos. Pero el mercado de armas norteamericano representa un segmento igualmente importante, tanto para EADS como para BAE (británica).

Competencia y asociación se entrelazan. Por ejemplo, los Estados Unidos, a través de la OTAN, imponen su armamento a los recién llegados: Polonia, Hungría, la República Checa… De esta forma, contrarrestan una futura dinámica política ligada a la expansión de los grupos económicos alemanes en Europa del Este. Cuando Vladimir Putin insiste ante el Bundestag alemán en la función "de Europa como un centro importante y políticamente independiente para la política mundial", apunta a los intereses contrapuestos con los Estados Unidos que bien conocen determinadas fracciones de la clase dominante alemana. Pero esto debe ser recolocado en el actual marco de las relaciones de fuerzas político-militares en su conjunto.

Así, la OTAN sirve como otro de los vectores y palancas económicas para las grandes firmas norteamericanas en sus relaciones con sus competidores y, frecuentemente, asociados. La Alianza completa y refuerza el lugar preeminente de Wall Street en el seno de las finanzas mundiales.

Una supremacía incomparable… y peligrosa

Después de los atentados del 11 de septiembre nos encontramos pues ante una particular situación histórica. Durante el siglo xx nunca se asistió a un despliegue mundial y multiforme –militar, de seguridad, diplomático, económico, financiero– conducido por una sola potencia imperial, sin rival: los Estados Unidos.

Además, la operación "Libertad Duradera" se despliega en un contexto marcado por una recesión cada vez más "global" y un crack bursátil rampante, que sufrirá además el anuncio de la caída de las ganancias de las grandes sociedades. Semejante contexto económico no dejará de tener repercusiones en la gestión conjunta de lo militar, lo policial, lo económico y lo "social".

Los déficit del soberano

La supremacía de los Estados Unidos se fundamenta en el plano económico, o más precisamente en el lugar ocupado por el capitalismo norteamericano en el seno de un sistema capitalista internacional fuertemente jerarquizado. Acá se entrelazan economía y (geo)política.

No se trata de examinar las causas del crecimiento durante la última década y la inversión del ciclo de la economía norteamericana. [10]

Hay que subrayar un punto que tiene relación directa con el despliegue mundial lanzado por la administración de G.W. Bush. La edición del 8 de octubre de 2001 Business Week titula uno de sus artículos: "¿Los inversores extranjeros van hacia la salida? Hasta ahora no huyeron de los Estados Unidos, pero esto podría cambiar". La inquietud es comprensible, pues el déficit anual de la balanza exterior corriente llegó al récord de 445.000 millones de dólares en el 2000. Esto mide la contribución del mundo a una economía que goza de las inmunidades del soberano, bajo la forma de diversos déficits –exterior, de los hogares y de las empresas– encadenados entre sí. Los autores del artículo llegan a la conclusión de que los Estados Unidos mantienen una "ventaja estructural". Si los flujos de capital hacia los Estados Unidos se mantienen, "Esto constituirá una victoria sobre el terrorismo". Efectivamente, las inversiones netas en cartera provenientes del exterior se han multiplicado en los Estados Unidos casi por cinco entre 1993 y el 2000. En tanto que la marcha de la economía se hacía más lenta, "los extranjeros han comprado títulos por 298.000 millones de dólares hasta junio. A fines del primer semestre, detentaban obligaciones por 1.117.000 millones de dólares". La "ventaja estructural" consiste en esa capacidad de punción y extracción de capitales provenientes del mundo entero (de países centrales o periféricos), capitales surgidos de la explotación de los asalariados y campesinos y de reciclajes financieros más o menos turbios.

Además, por su volumen excepcional el mercado financiero norteamericano no puede ser soslayado. De fin de 1995 a junio de 2000, los activos financieros en manos de los "extranjeros" en los Estados Unidos pasaron de 3.500.000 millones a 7.800.000 millones [11] . Finalmente, las crisis en la periferia (América Latina y Asia) o en el Japón alimentan la afluencia de capitales de inversión: "El hecho es que el mercado norteamericano sigue siendo todavía más seguro que muchos otros". [12]

A través de sus diferentes etapas, la operación llamada "guerra contra el terrorismo" se preocupará por mantener esta ventaja comparativa de los Estados Unidos con respecto a las demás potencias imperialistas. El mantenimiento del dólar (con respecto a las restantes divisas) y la canalización de esos flujos hacia los mercados norteamericanos serán una preocupación constante de los círculos dirigentes porque ese deslizamiento de los capitales de inversión adquirió un lugar determinante en la configuración de este capitalismo dominante.

Consenso para banqueros

La hegemonía de los Estados Unidos -que no tiene parangón en el último siglo- no rima, ni con una mayor estabilidad de las diversas regiones del mundo, ni con alguna especie de control de los procesos económicos y sociales. Todo lo contrario.

El conjunto de medidas que estructuraron la contrarreforma neoliberal exacerbaron las contradicciones propias del sistema capitalista internacional y provocaron desequilibrios e inestabilidades a escala planetaria, así como conflictos militares.

El "consenso de Washington" -según la fórmula lanzada por el economista John Williamson en 1989- tradujo un acuerdo entre los círculos dirigentes de Washington y, (fisio)lógicamente, el FMI y el Banco Mundial. Esta convergencia se organizó alrededor de: maximizar la liberación de los intercambios y las inversiones directas en el extranjero; desregulación de los mercados financieros; una ola de privatizaciones sin fronteras y, simultáneamente, incremento de las medidas protectoras de la propiedad privada; política presupuestaria muy restrictiva y supresión de una larga lista de subvenciones a bienes de primera necesidad; devaluación de la moneda de los países periféricos para "incrementar su competitividad exportadora" y permitirles pagar la deuda (o, en otros países, de atar sus monedas al dólar para dar seguridad a los inversores-acreedores).

En un suplemento especial consagrado a "La mundialización y sus críticos", The Economist titulaba "Los antiglobalizadores consideran al "consenso de Washington" como una conspiración para enriquecer a los banqueros. Y no están del todo equivocados" [13] . El semanario de la plaza financiera tiene en gran medida razón, con la salvedad de que el punto de vista conspirativo es suyo, y no de los analistas-militantes críticos de la mundialización del capital.

Grietas

Los efectos a mediano plazo de las orientaciones del "consenso de Washington" y las nuevas formas de expansión imperialista vienen provocando, desde hace algunos años, "desórdenes" que inquietan al gran capital. Efectivamente, éste busca también una relativa estabilidad a fin de asegurar la rentabilización (la valorización) de sus inversiones. Además, las respuestas a las multiformes crisis tienen rebotes inesperados.

Stephen Roach, jefe de los economistas del gran banco de inversión Morgan Stanley, expresó esta inquietud en un artículo del Financial Times. Luego de señalar que "las potencias dirigentes del mundo parecen unirse en forma extraordinaria después del ataque [del 11 de septiembre]" nota las crecientes desigualdades entre los países y poblaciones del centro y las de la periferia. En este sentido, subraya que:

las nuevas alianzas pueden fracasar en un terreno importante. Pueden agrandar la brecha entre el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo. Semejantes grietas geopolíticas podrían reforzar las diferencias económicas que fermentan desde hace mucho tiempo e incrementar el aislamiento del mundo en desarrollo.

Después de repasar los reveses de la internacionalización del capital durante el último siglo y medio, Roach concluye:

las precondiciones de los anteriores retrocesos -una creciente disparidad de ingresos y las tensiones geopolíticas- parecen amenazar actualmente. La historia enseña no solamente que no hay nada intrínsecamente estable en la globalización, sino que también muestra que ésta última siembra los elementos de su propia pérdida. En esta oportunidad, desgraciadamente, las cosas podrían no ser diferentes. [14]

No se trata tanto de justificar tal análisis sobre el futuro de la "globalización" como de prestar atención a las preocupaciones de los verdaderos mandatarios de los dominantes. Éstos reflexionan sobre las condiciones de conjunto para la valorización del capital y por tanto de la reproducción del sistema.

Cierto es que, para algunos, a corto término y en el marco de una verdadera recolonización económica de la periferia, la instalación de "protectorados" puede parecer una respuesta. En el fondo, esto es lo que proponen hoy los Estados Unidos para el Afganistán. Fue ya lo que se hizo en Kosovo. El historiador propagandista Paul Jonhson, en el Wall Street Journal, no deja de proponer que, bajo la égida del Consejo de Seguridad, se reinstale el sistema de mandatos de la Liga de las Naciones: "una forma de colonialismo respetable […] que fue útil en el período de entreguerras […] en Siria e Iraq". Y continúa: "[Con el respaldo que tienen los Estados Unidos] no debería ser difícil imaginar alguna nueva forma de mandato de la ONU que coloque a los Estados terroristas [pero… ¿cuáles?] bajo una supervisión responsable" [15] . Desde un cierto ángulo, el embargo contra Iraq (contra el pueblo iraquí) y los bombardeos sistemáticos constituyen una aplicación de esta "supervisión responsable". Es conocido el precio humano, así como su costo político para el imperialismo en Medio Oriente.

Lo que "atemoriza" sustancialmente a Stephen Roach y sus pares son las contradicciones propias de la actual mundialización del capital. Se ha constatado la creciente vulnerabilidad de una serie de economías presentadas como "emergentes": México, el Sudeste Asiático, Rusia, el Brasil y nuevamente la Argentina, el Brasil… Los impactos de las crisis no han dejado de repetirse, con más fuerza o dejando marcas mucho más profundas que las pronosticadas en 1999 (Sudeste Asiático).

Una de las manifestaciones (no de las causas) de estas crisis reside en la retirada masiva y rápida de capitales. En su dossier "Un nuevo mundo", Business Week escribe:

Muchos de los rasgos más prometedores de la mundialización están en vías de ser cuestionados. Para los mercados emergentes, la muy amplia apertura de los mercados financieros promovida durante la década de los noventa se muestra como un peligro permanente en la medida en que –una vez más- los inversores retiran brutalmente los fondos del Brasil, de Corea, o de otros países que están a miles de kilómetros del bajo Manhattan. [16]

Estos desembarcos y partidas de capitales traducen la dominación imperialista. Pero acentúan también una crisis económica que obstaculiza la apropiación sistemática de la riqueza producida en esos países por los capitalistas del centro y sus socios locales.

Sin embargo, el mayor interrogante en los círculos dirigentes del imperialismo es: ¿estas crisis-impacto quedarán circunscriptas a las economías de la periferia o se abrirán un camino hacia las del centro y sobre todos la de los Estados Unidos? En éste caso, efectivamente, una crisis "global" podría redefinir brutalmente los rasgos actuales de la mundialización.

En este sentido, la actual coyuntura económica, diplomática y militar representa un momento de posible redefinición parcial de algunas de las opciones que caracterizaron los años 1990. Esto dependerá de múltiples factores, entre los que se encuentran por un lado el abanico de las capacidades de los asalariados de los países imperialistas y periféricos para desarrollar una resistencia "global" y, por otra parte, la posibilidad de que la economía de los Estados Unidos siga punzando recursos de los países centrales y periféricos.

Del Afganistán al Asia Central

Establecidas las grandes líneas de la reorganización imperial norteamericana tras la Guerra del Golfo y de la supremacía de los Estados Unidos –acompañadas por las profundas contradicciones resultantes de las características de la mundialización- se plantea la pregunta: ¿el objetivo central de la campaña militar estadounidense son la "red Al Qaeda" y Osama Bin Laden con sus respaldos talibanes en el Afganistán?

¿Escala en Kabul?

En verdad, el objetivo proclamado es mayor: "el terrorismo internacional". Es una realidad de difícil delimitación. En el seno de la amplia "coalición" montada, el acuerdo sobre esta cuestión no será sencillo y seguramente no durará mucho tiempo. Por ahora, la administración de Bush se las arregla: con una declaración referida al derecho de los palestinos a tener un Estado y un pactado silencio respecto a las redes híperintegristas enraizadas en Arabia Saudita y cuestionan al clan en el poder, habituales en una potencia acostumbrada al ejercicio de una injerencia calificada –generalmente con razón- como Terrorismo de Estado.

Los portavoces norteamericano y británico anuncian, en forma unánime, que este tipo de "lucha contra el terrorismo" será largo y complejo. Esto tiene la ventaja de permitir trabajar en la concreción de planes que anteriormente tenían el estatus de escenarios y, sobre todo, precisar los propósitos imperiales dentro de un contexto donde Bush goza de un apoyo anteriormente inimaginable.

Si el objetivo primero y prioritario consiste en "sacar" a Osama Bin Laden y expulsar del poder en Kabul a los talibanes –cooptando al mismo tiempo a una fracción de ellos, posiblemente- los esfuerzos militares y diplomáticos de los Estados Unidos parecen algo desproporcionados. Pero podría tratarse, en cambio, de ofrecer por encima de todo una demostración de fuerza que tenga una función política interna –lo que explicaría su timing- dando algunas pruebas gráficas de eficacia ante "la opinión internacional". En esta hipótesis que limita el campo de acción al Afganistán, los Estados Unidos conducirían una acción de represalia y luego de alcanzar algunos objetivos, se retirarían parcialmente.

Gas y petróleo en el Asia Central

Sin contradecir esta opción de tipo inmediato, el campo de maniobras imperialista podría ser mucho mayor. Examinemos la primera pieza de este rompecabezas. Como antes se dijo, la implosión de la URSS colocó a las repúblicas del Asia Central (Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán, Kazajstán y Kirguizistán) en una posición mucho más visible. En su libro El Gran Juego, Zbigniew Brzezinski destinó todo un capítulo a destacar la importancia de que no se dejara el control de los recursos en gas y petróleo del Mar Caspio y el Asia Central en manos de Rusia y China [17] . Y la literatura sobre el tema -con la dimensión a veces próxima a la ciencia ficción que es propia del género- ocupa miles de páginas.

Sin embargo, después del 11 de septiembre, en diversos artículos consagrados al apoyo recibido por los talibanes a mediados de los años noventa -por parte de los Estados Unidos, del Pakistán y de Arabia Saudita-, se recuerda los proyectos del consorcio petrolero norteamericano UNOCAL para la construcción de un gasoducto y un oleoducto que, partiendo de Turkmenistán, atravesara el Afganistán para desembocar en el Océano Índico. El proyecto naufragó, entre otras causas, por la muy precaria situación en el Afganistán.

Un conocido especialista en los negocios del petróleo en Medio Oriente, Fareed Mohamedi, destacaba ya en 1997 la importancia que a mediano plazo tenían los recursos en petróleo y gas de esta región del Asia Central. Señalaba que varias de las familias saudíes eran inversionistas en hidrocarburos en algunas de las nuevas Repúblicas independientes. [18] En octubre de 2000, Paul Rivlin recomendaba: "Toda la ayuda que pueda darse a los países de la región [Asia Central] para desarrollar sus economías y encontrar vías de cooperación mutuamente beneficiosas, facilitaría la instalación de los oleoductos y la exportación de gas y petróleo" [19] . El Merhav Group -sociedad israelí- tiene importantes intereses en Turkmenistán. Bastaría la lectura del serio semanario Oil & Gas Journal durante los últimos meses para poner en evidencia los intereses -en todos los sentidos del término- que giran en torno a los recursos de gas (y petróleo) de la región. El 13 de agosto de 2001 señalaba: "Rusia sigue dominando el suministro de gas a los mercados europeos". La misma publicación escribía el 10 de septiembre:

El Asia Central constituye hoy una de las más importantes zonas de frontera del mundo para la investigación geológica y las prospecciones, ofreciendo posibilidades de inversión para el descubrimiento, transporte y refinación de enormes cantidades en petróleo y gas... Los que controlan las vías de salida [de gas y petróleo] desde el Asia Central influirán sobre el conjunto de los destinos y flujos así como también para la distribución de las ganancias provenientes de las nuevas producciones. [20]

En esta "zona de frontera", las encrucijadas se refieren tanto al control y transporte de los recursos como a las relaciones estratégicas entre los Estados Unidos y Rusia, y también con China, para mencionar sólo a los principales "actores". Patrick Cockburn, corresponsal inglés en Moscú resumía el 19 de septiembre la situación en estos términos:

La semana pasada, el Ministro de Defensa Serguei Ivanov afirmó categóricamente que incluso en la situación más hipotética, Rusia no quiere que los Estados Unidos utilicen las bases en el Asia Central para su campaña contra el Afganistán. Posiblemente se precipitó un poco, porque algo después Abdul Kamilov, el Ministro del Exterior de Uzsbekistán, apareció declarando que su país permitiría a los Estados Unidos utilizar su territorio.

Y continúa Cockburn:

Esto pone a Moscú frente a un dilema. Podría ofrecer a los Estados Unidos corredores aéreos sin perder influencia. ¿Pero que pasaría si los países del Asia Central comenzaran a establecer con Norteamérica acuerdos que marginaran a Rusia?... Por primera vez desde la implosión de la URSS, las posiciones de los países del Asia Central ganan cierta importancia. Moscú está algo inquieto frente a estos intereses en su patio trasero. [21]

Putin eligió colaborar con los Estados Unidos. De esta forma, Rusia podrá continuar su guerra en Chechenia -con la bendición o el silencio de todos-, y estando en el terreno (y coparticipando) puede resultarle más fácil supervisar la situación en el Asia Central. Esta elección fue un poco impuesta. En realidad, las camarillas en el poder en los distintos Estados ya jugaban la carta de una aproximación con los Estados Unidos. Para Uzbekistán, esta opción se inscribe en una política de apertura a las inversiones extranjeras en petróleo, que se acentuó más después de los decretos de abril de 2000 [22] . El Presidente Islam Karimov puede asegurarse, además, la ayuda para su feroz represión de los "islamistas".

Instalación en el patio trasero ruso

Esta proyección norteamericana hacia el Asia Central fue indicada, desde el ángulo de los cambios en la cadena de mando militar de los Estados Unidos, por Michael T. Klare. Este conocido especialista escribió a comienzo de año un artículo titulado "La nueva geografía del conflicto":

En una extraordinaria modificación de su geografía militar, el Departamento de Defensa en octubre de 1999 trasladó el comando supremo de las fuerzas norteamericanas en el Asia Central desde la región del Pacífico al Comando central. Esta decisión no mereció titulares en los diarios ni otros signos de interés en los Estados Unidos, pero representa sin embargo un cambio significativo en la estrategia norteamericana. Antes el Asia Central era considerada como una preocupación periférica, una región limítrofe con respecto a las preocupaciones centrales del comando del Pacífico que eran China , el Japón y la península de Corea.

Pero la región que se extiende desde las montañas Urales hasta las fronteras occidentales de China adquirió ahora importancia estratégica, debido a las inmensas reservas de gas y petróleo que se encuentran abajo y en torno del Mar Caspio. Puesto que el comando central ya controla las fuerzas en la región del Golfo Pérsico, su control sobre el Asia Central significa que la región recibirá una atención continua por parte de quienes tienen como tarea principal proteger el flujo de petróleo hacia los Estados Unidos y sus aliados… Detrás de este cambio estratégico, está la nueva importancia que se le otorga a la protección y adquisición de recursos vitales, especialmente petróleo y gas natural." [23]

Todos estos datos permiten suponer que, más allá de los objetivos inmediatos en el Afganistán, comienza la instalación de un dispositivo que representa un cambio importante en la magnitud de la presencia norteamericana en esta zona estratégica. De esto pueden derivarse futuros choques, debido a los imprevistos característicos de toda guerra y, en particular, de las "nuevas".

El diario The Wall Street Journal ha seguido de cerca la cuestión. Vladimir Socor acaba de poner el dedo en el centro:

El Kremlin afirmaba que el Asia Central, con sus cinco Repúblicas antiguamente dirigidas por la URSS y ahora independientes, debía ser tratada como una esfera de influencia de Rusia. Norteamérica y muchos de esos países no están de acuerdo con esta declaración de propiedad sobre una región estratégica vital. A pesar de sus muy duros intentos, Rusia fue incapaz de impedir que Uzbekistán y Kazajstán se unieran a la voluntaria coalición antiterrorista dirigida por los Estados Unidos. Y Rusia fracasó en el intento de modificar la posición neutral de Turkmenistán… El despliegue [norteamericano] debería ser el primer paso hacia la construcción de un sistema de seguridad efectivamente internacional en la región, con un compromiso norteamericano activo y a largo plazo. [24]

He aquí una forma de futuro equilibrio que la banca francesa BNP-Paribas no imaginaba el reciente verano: "La construcción de nuevas vías de salida para los hidrocarburos hacia los mercados internacionales está perturbada por las maniobras de las potencias mundiales y regionales (los Estados Unidos, Rusia, China, Turquía), que hacen muy delicado el equilibrio entre las lógicas comerciales y geopolíticas". [25]

Hoy el Afganistán está en el centro de grandes operaciones militares. El pueblo afgano, víctima desde hace muy largo tiempo de conflictos en que los Estados regionales y potencias internacionales no han vacilado en utilizarlos mediante "los combatientes de la libertad", pagará otra vez un precio aterrador. Pero el ejército "antiterrorista", a mediano plazo, servirá a propósitos muy distintos con objetivos que nada tienen que ver con las raciones alimenticias que acompañan las bombas.

(5 de octubre de 2001)


[1] Sobre esto puede verse la obra del cronista económico del diario italiano Il Sole/24 Ore Alberto Negri: La pace e la guerra, Il Sole, 1999.

[2] Paul Rivlin, World Oil and Energy Trends: Strategics Implications for the Middle East, Universidad de Tel-Aviv, octubre de 2000, pág. 84.

[3] Ver sobre esto Middle East Report, otoño 2001, Nº 20, "Shaky Foundations. The US in the Middle East".

[4] Ver Claude Serfati, La mondialisation armée. Le désequilibre de la terreur, Editions Textuel 2001.

[5] Ver Gilbert Achcar, La nouvelle guerre froide. Le monde après le Kosovo. PUF-Actuel Marx, 1999.

[6] Guardian, 18 de marzo de 1992.

[7] Ver David N. Gibbs, "Wahington’s New Interventionism", en Monthly Review, septiembre de 2001.

[8] Wall Street Journal, 4 de octubre de 2001).

[9] Ver Pollack y Shaffer, Transatlantic Governance in the Global Economy, Rowman & Littlefield Publishers, 2001.

[10] Ver François Chesnais, Gérard Duménil, Dominique Lévy, Immanuel Wallerstein, Une nouvelle phase du capitalisme, Editions Syllepse, 2001.

[11] Business Week, 15 de octubre de 2001.

[12] Business Week, 8 de octubre de 2001.

[13] The Economist, 29 de septiembre-5 de octubre de 2001, Survey, pág. 27.

[14] Financial Times, 28 de septiembre de 2001.

[15] Wall Street Journal, 4 de octubre de 2001.

[16] Business Week, 8 de octubre de 2001.

[17] Zbigniew Brzezinski, The Grand Chessboard: American Primacy and its Geoestrategic Imperatives, Basic Books, 1997.

[18] En Middle East Report, julio-septiembre de 1997.

[19] Paul Rivlin, op. cit., pág. 85.

[20] Oil & Gas Journal, fechas indicadas.

[21] Patrick Cockburn, The Independent, 19 de septiembre de 2001.

[22] Ver "Uzbequistán proposes attractive conditions for direct foreign investements oil and gas sector of economy" (www.oaric.com/ouzpetrole.htm).

[23] Michael T. Klare, en Foreign Affairs, mayo-junio de 2001.

[24] The Wall Street Journal, 5-6 de octubre de 2001.

[25] Conjoncture, julio-agosto de 2001.