El socialismo y el Estado.

Romero, Aldo Andrés

En este artículo consideraremos la experiencia de la URSS -su conformación, la degeneración burocrática y la actual restauración capitalista- desde el punto de vista de las relaciones entre Estado y transición socialista. Recordamos el lugar privilegiado que ha merecido la cuestión del Estado en la problemática marxista. Consideramos luego los problemas teóricos planteados al poder soviético, los alcances de la burocratización, y su relación con las fuerzas que impulsaron y aprovechan la restauración capitalista.

No pretendemos desprender conclusiones exhaustivas ni definitivas, sino subrayar una vez más que la transición socialista debe ser concebida y preparada como un proceso de revolución y construcción consciente de los trabajadores y que, para ser tal, no puede estar sometida a la tutela del Estado. Por el contrario, los trabajadores deberán mantener bajo vigilancia y control al mismo Estado obrero, hasta la virtual extinción de la necesidad de toda forma estatal. El marxismo y el EstadoDesde el punto de vista histórico, las vicisitudes del Estado surgido de la Revolución Rusa en octubre de 1917, pero manejado por una burocracia convertida en casta dominante desde 1923, constituyen un elemento tan decisivo de nuestro siglo que marcan el comienzo y el fin del llamado "corto siglo XX". Por otra parte, representa una experiencia que debe ser asimilada teóricamente para derivar perspectivas teórico-estratégicas que renueven el vigor y atractivo de las ideas socialistas. En definitiva, la crítica radical del modelo estalinista-estatista se convierte en un medio para desarrollar una concepción revolucionaria de la compleja relación transicional entre el poder de los obreros, su Estado y la revolución socialista hacia la sociedad sin clases (ni Estado). La extensa bibliografía destinada a estos temas, muestra que los hechos que se toman en consideración, la valoración de los mismos y las opiniones o conclusiones propuestas, son difícilmente separables de los instrumentos teóricos utilizados. Las mismas categorías pueden adquirir contenidos y articulaciones muy distintas. Por ejemplo, podemos tomar una cita en la que Carlos Marx se refiere a las relaciones de producción y el Estado en estos términos:
La forma económica específica en la que se extrae a los productores directos el trabajo excedente no pagado, determina la relación de dependencia entre amos y no-amos, tal como surge directamente de la producción misma, y a su vez reactúa sobre la misma. Es también la base sobre la que reposa toda la estructura de la comunidad económica y las condiciones mismas de la producción, y por lo tanto al mismo tiempo la forma política específica. Es siempre en la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores inmediatos [...] que encontramos el secreto íntimo, el fundamento oculto de todo el edificio social y por consiguiente también de la forma política que reviste la relación de soberanía y dependencia, en una palabra toda la forma específica del Estado.
A partir de acá, se puede considerar que las relaciones entre las formas económicas predominantes en una sociedad y su correspondiente Estado no deberían ser descuidadas en ninguna investigación. En general, se acepta también que de la base económica no se deriva una determinación mecánica de lo político y el Estado... Sin embargo, al tratar concretamente la cuestión, es frecuente que la dialéctica se convierta en mera retórica. Peor aún, son comunes los discursos que caen en la peligrosa equivocación de identificar sociedad, economía y Estado. Por eso queremos recapitular sintéticamente lo que consideramos, desde nuestro punto de vista, jalones del marxismo revolucionario. La inmensa importancia de esta cuestión fue bien señalada por Henri Lefebvre, con una advertencia metodológica:
A quien se largue a la búsqueda en las obras de Marx de una teoría del Estado, o sea de un corpus doctrinal coherente y completo acerca del Estado, debemos decirle, sin medias tintas, que tal corpus no existe. Inversamente, a quien adelantase la suposición de una atención deficiente por parte de Marx en cuanto al enfoque del Estado, le responderemos demostrando que ésta fue en realidad su constante preocupación y que, en su obra, existen fragmentos acerca del Estado y una orientación bien definida. De ello se deriva la consecuencia de que no deben plantearse a Marx y su obra preguntas tales que impliquen ya formas de dogmatismo o que exijan una respuesta con un "si" o un "no" según el esquema del "todo o nada".
El mismo autor destaca una constante del pensamiento marxiano:
La finalización del Estado tiene una función decisiva en dicha concepción. En el calendario de los fines, la fecha central es aquella en que el Estado, conducido al fin por la decadencia de la política y por la extinción de todas las instituciones, desaparecerá. Sobre este punto esencial, el pensamiento de Marx no sufrió variaciones, desde las primeras hasta las últimas obras. Si abolimos el fin del Estado, el pensamiento de Marx ya no tiene sentido, porque entonces nada tiene fin, todo dura y todo sobrevive indefinidamente, y la historicidad desaparece no a causa de su fin sino a causa del estancamiento y de la detención del tiempo. Como en Hegel.
Puede afirmarse que en el nacimiento mismo del "marxismo", fue central la ruptura teórico-política con la concepción hegeliana del Estado. Desde allí surge nuestro enfoque crítico-revolucionario sobre el significado, rol histórico y limitaciones del Estado, y la valoración de algunos hitos posteriores en el abordaje de esta cuestión:
* Las lecciones derivadas de La Comuna parisina, como esbozo de una nueva forma de Estado en el camino hacia su completa desaparición:
[...] la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado existente y ponerla en marcha para sus propios fines. El poder estatal centralizado, con sus órganos omnipresentes, el ejército regular, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura -órganos creados según un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo- procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo [...] A la vez que los progresos de la moderna industria desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase [...] El grito de 'república social', con que la revolución de febrero fue anunciada por el proletariado de París, no expresaba más que el vago anhelo de una república que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta república [...] La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado.
* La Crítica al Programa de Ghota, uno de cuyos ejes es la condena del marcado estatismo (de raíz lasalleana, no marxista) en el Partido Social Demócrata Obrero Alemán:
La "sociedad actual" es la sociedad capitalista, que existe en todos los países civilizados, más o menos libre de aditamentos medievales, más o menos modificada por las particularidades del desarrollo histórico de cada país, más o menos desarrollada. Por el contrario, el "Estado actual" cambia con las fronteras de cada país [...] El "Estado actual" es, por lo tanto, una ficción. Sin embargo, los distintos Estados de los distintos países civilizados, pese a la abigarrada diversidad de sus formas, tienen de común que todos ellos están basados en la moderna sociedad burguesa [...] Tienen también, por lo tanto, ciertos caracteres esenciales comunes. En este sentido, puede hablarse del "Estado actual", por oposición al futuro, en el cual su actual raíz, la sociedad burguesa, se habrá extinguido [...] Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista existe el período de transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.
* La ruptura decisiva de los revolucionarios con el revisionismo de la Segunda Internacional, que tuvo entre sus determinantes la convicción de que era preciso la destrucción total del Estado burgués para abrir paso a la transición al socialismo y la dictadura del proletariado:
Sólo la organización soviética del Estado puede cortar de un golpe y destruir definitivamente el viejo aparato burgués, administrativo y judicial que ha conservado y que debía conservarse inevitablemente bajo el capitalismo, aún en las repúblicas más democráticas, pues aquel es el mayor impedimento para la puesta en práctica de los principios democráticos en favor de los obreros y de los trabajadores. La Comuna de París ha dado, en este camino, un primer paso de una importancia histórica universal; el poder de los Soviets ha dado el segundo.
Y también:
La liquidación del poder gubernamental es el objetivo que se han propuesto todos los socialistas y Marx en primer lugar. Sin la realización de este objetivo, la auténtica democracia, es decir, la igualdad y la libertad, es irrealizable. Ahora bien, el único medio práctico de llegar a ello es la democracia soviética o proletaria, pues llamando a las organizaciones de las masas trabajadoras a participar real y obligatoriamente en el gobierno, comienza desde entonces a preparar la desaparición completa de todo gobierno.
* Las amargas reflexiones de Lenin sobre la deformación burocrática del Estado obrero, prolongadas en los estudios de Racovsky y Trotsky sobre su degeneración, sobre los que nos detendremos más adelante.
Es preciso recordar y recuperar este "hilo rojo", porque la burocracia estalinista lo rompió práctica, política y teóricamente, completando el trabajo destructivo y confusionista iniciado por el revisionismo socialdemócrata. Los partidos de la Segunda Internacional se adaptaron y subordinaron completamente al Estado burgués, presentándolo como una herramienta que podía ser puesta al servicio de toda la sociedad. El Movimiento Comunista Internacional subordinó durante décadas los intereses del conjunto de los trabajadores del mundo a los intereses de la burocracia hecha Partido (el PCUS), que identificaba el fortalecimiento de su Estado con el crecimiento de la economía rusa y la construcción del socialismo. Así, el proyecto reaccionario expuesto por Hegel, contra el cual nació el marxismo, retornó del brazo de la burocracia estalinista cubierto por rituales frases "rojas", sembrando una confusión que está lejos de haberse disipado y aún hoy constituye una de las raíces teóricas de la crisis del socialismo y el movimiento obrero.
La dialéctica entre el Estado y la base económica, entre el atraso y lo avanzado...
Aplicando este enfoque general, no podemos estar de acuerdo con quienes pretendan definir a las sociedades de tipo soviético y a sus Estados a partir de su régimen político totalitario y disentimos también con los que creen ser buenos marxistas definiéndolos como "Estados obreros" por el predominio de la propiedad estatal. De hecho, pretender definir a la URSS como "Estado obrero" por "la base económica", las "formas de propiedad" o "los progresos económicos y la planificación", conduce a la paradoja de que el Estado obrero impuesto con la revolución de octubre no podría ser reconocido como tal. Porque el poder soviético, al mismo tiempo que entregaba la tierra a los campesinos, proclamó el control obrero sobre las empresas, pero no nacionalizó de inmediato toda la industria, ni tenía intenciones de hacerlo: se vio obligado a tomar esa medida en 1918, cuando la burguesía apostó todo a la intervención extranjera y la guerra civil, cerró las fábricas y boicoteó la producción... La Unión Soviética nació como el poder soviético y el Estado de los obreros armados, y esto era lo que le confería su definido carácter de clase por sobre las consideraciones acerca de la base económica y los cambios impuestos en las formas de propiedad, la planificación, etc. Para evitar falsas disyuntivas y restablecer una correcta perspectiva, podemos y debemos reconsiderar la experiencia del Estado soviético como parte del desarrollo desigual y combinado de la historia, tal como lo hacía Trotsky cuando escribió:
La ley de la desigualdad del desarrollo tuvo por resultado que la contradicción entre la técnica y las relaciones de producción del capitalismo provocara la ruptura de la cadena mundial en su punto más débil. El atrasado capitalismo ruso fue el primero que pagó las insuficiencias del capitalismo mundial. La ley del desarrollo desigual se une, a través de la historia, con la del desarrollo combinado. El derrumbe de la burguesía en Rusia provocó la dictadura del proletariado, es decir, que un país atrasado diera un salto hacia adelante en relación a los países avanzados. Por otra parte, el razonamiento de Lenin no tiene nada que ver con la idea de que la base económica caracteriza directamente la naturaleza del Estado. Su apuesta al impulsar la toma del poder por los obreros con el respaldo del campesinado fue que la "superestructura" (el poder de los soviets) sirviera como palanca que contribuyera a elevar la atrasada "base económica" de Rusia, hasta que la victoria del proletariado en alguno de los países capitalistas desarrollados los sacara del aislamiento. Por eso escribía:
Durante siglos, los Estados se organizaron según el modelo burgués; por primera vez se ha descubierto una forma de Estado no burguesa [...] Aunque nuestro aparato estatal sea muy defectuoso, queda en pie el hecho de que ha sido creado; se ha realizado la más grande invención de la historia; se ha creado un Estado de tipo proletario [...] Pero para nosotros, miembros del PC, solo significa abrir la puerta. Tenemos planteada ahora la tarea de poner las bases de la economía socialista. ¿Se ha hecho esto? No, no se ha hecho. Aún nos faltan las bases socialistas. Los comunistas que imaginan que tenemos esas bases, están profundamente equivocados.
Lenin no se mareaba con las palabras, ni olvidaba las contradicciones. Advirtió, antes que el mismo Trotsky, que el primer y aislado "Estado obrero", concebido como herramienta para un revolucionario progreso económico-social, no era inmune a la influencia de una economía y relaciones sociales que, a pesar de la Revolución, seguían siendo atrasadas y con un peso descomunal de la pequeña propiedad campesina. El aislamiento internacional, y el atraso heredado, no solo generaban problemas y distorsiones, sino que específicamente incidían sobre el Estado, lo hipertrofiaban y deformaban. Lenin rechazaba, ya en 1922, cualquier idealización de la URSS, afirmando:
[...] Estado obrero es una abstracción. Lo que en realidad tenemos ante nosotros es un Estado obrero con estas particularidades: primero, lo que predomina en el país no es una población obrera, sino campesina, y segundo, que es un Estado obrero con deformaciones burocráticas.
Esta pasó a ser una de las cuestiones prácticas y teóricas que absorbió las últimas energías de Lenin. Se refirió con creciente insistencia al peligro que introducía la burocratización en el Estado (y en el partido): la superestructura avanzada, que debía servir al progreso de la economía y las relaciones sociales, demostraba no ser tan avanzada y se convertía en fuente de rémoras y distorsiones. En octubre de 1922 decía:
Estamos seguros que nuestro aparato, que adolece de muchísimos defectos, que es dos veces más abultado de lo necesario, que muy a menudo trabaja no para nosotros sino contra nosotros -no debemos tener temor de decir la verdad, aunque sea desde la tribuna del máximo organismo legislativo de la república- será mejorado. Para lograrlo es preciso trabajar mucho y bien [...] Será preciso mucho tiempo, largos años de estudio, pues el nivel de cultura de nuestros obreros es bajo; les es difícil emprender una tarea totalmente nueva, pero solamente podemos confiar en ellos en lo que respecta a la sinceridad y el entusiasmo. Pasarán años antes de que logremos perfeccionar nuestro aparato estatal. Pero no dispusieron de tanto tiempo. Muy poco después, ya postrado definitivamente por la enfermedad y observando impotente la marea burocrática, sus cartas tenían un tono sombrío:
[...] ahora, en conciencia, debemos decir [...] que denominamos nuestro a un aparato que nos es fundamentalmente extraño y que representa una mescolanza de supervivencias burguesas y zaristas; que nos fue en absoluto imposible transformarlo en cinco años, ya que no contábamos con la ayuda de otros países y predominaban las "ocupaciones" militares y la lucha contra el hambre [...] No es dudoso que los obreros soviéticos y sovietizados, que se encuentran en proporción ínfima, lleguen a ahogarse en ese océano de la muralla gran rusa chauvinista, como una mosca en la leche. (De hecho, fue lo que ocurrió.)
Desde 1923, la burocracia afirma su hegemonía política en el Estado y el Partido: el incontenible ascenso de Stalin, que se convertiría en verdadero culto antes de que terminara la década, era el símbolo más superestructural de un proceso contrarrevolucionario. En los años treinta se llevó adelante una virtual guerra civil contra el campesinado, el exterminio físico de la vanguardia obrera en el marco de un terrorismo de Estado generalizado y una brutal regimentación y explotación de la nueva clase obrera, surgida de masas rurales alejadas del campo por la violencia descarnada y la miseria, hacinadas en las ciudades y volcadas al tremendo esfuerzo de la industrialización acelerada. La colectivización forzosa, significó un desastre en términos políticos, sociales y aún económicos. Es verdad que la industrialización y la planificación estaliniana produjeron (si bien con despilfarros y sacrificios tremendos e innecesarios), un notable crecimiento económico. Pero juzgado el proceso de conjunto, es inadmisible considerar que incluso tales éxitos económicos representaran una transformación con sentido socialista y una ratificación del carácter "proletario" del Estado. Por el contrario, la historia justificó, mucho más allá de lo que en su momento pudieron suponer sus mismos autores, las objeciones planteadas por la Oposición de Izquierda rusa en el momento mismo de los hechos. Christian Racovsky, ya expulsado del partido y confinado en los más inhóspitos rincones de la URSS, escribió en 1930:
En su declaración al Comité Central y a la Comisión Central de Control del 4 de octubre del año pasado, la oposición bolchevique-leninista se alzó contra las medidas administrativas extraordinarias en el campo, porque arrastraban consecuencias negativas. Nos alzamos, igualmente, contra la teoría completamente nefasta de la posibilidad de construir una sociedad socialista en un sólo país [...] Escribimos que esta teoría engendra ilusiones muy peligrosas, conduce a la subestimación de las dificultades enormes que surgen en el camino de la construcción del socialismo y deja así al partido y al proletariado no preparados para superarlas. En nuestra declaración indicamos, asimismo, que las tesis de la 16ª Conferencia del partido sobre la industrialización y la colectivización, en principio justas, bajo una dirección burocrática -es decir, cuando la clase es reemplazada por los funcionarios convertidos en una clase dirigente por fuera de ella-, llevan no al desarrollo sino a la detención de la construcción socialista.
Como vemos, un análisis concreto de la degeneración de la URSS destaca la completa insuficiencia del enfoque economista-mecanicista en el abordaje de la problemática del Estado "soviético" y del Estado en general. Por esto mismo cobra relieve la tarea de retomar y desarrollar la teorización genialmente esbozada por Marx y Engels:
Mientras los detentadores del poder de Estado "constituyen una nueva rama de la división del trabajo en el seno de la sociedad", aparecen a los ojos mismos de sus mandatarios como más y más independientes de ellos, "Y, en lo sucesivo, el desarrollo es el mismo que el del comercio en mercancías y, más tarde, el comercio en dinero; la nueva fuerza independiente, si bien debe seguir en lo esencial el movimiento de la producción, también, debido a su independencia interna (la independencia relativa que le fue conferida en un inicio y que se sigue desarrollando) vuelve a actuar, a su vez, sobre las contradicciones y el curso de la producción. Es la interacción de dos fuerzas desiguales: por una parte el movimiento económico; por la otra, el nuevo poder político"[...].
Vale decir: las formas políticas de la sociedad, que tienen sus raíces en determinadas relaciones sociales condicionadas por el desarrollo de las fuerzas productivas, tienen una tendencia a la autonomía y una innegable capacidad de reacción sobre las relaciones sociales y económicas, que pueden ser y de hecho son afectadas por la producción política de la clase o casta que controla el poder del Estado. Trotsky tenía un criterio semejante cuando escribía:
La democracia soviética no es una reivindicación política abstracta o moral. Ha llegado a ser un asunto de vida o muerte para el país. Si el nuevo Estado no tuviera otros intereses que los de la sociedad, la agonía de sus funciones de coerción sería gradual e indolora. Pero el Estado no está desencarnado. Las funciones específicas se han creado sus órganos. La burocracia, considerada en su conjunto, se preocupa menos de la función que del tributo que ésta le proporciona. La casta gobernante trata de perpetuar y de consolidar los órganos de la coerción; no respeta nada y a nadie para mantenerse en el poder y conservar sus ingresos.
El curso del siglo permite ver que, efectivamente, esa institución de instituciones que es el Estado, esta forma política general, adquiere existencia social a través de determinadas relaciones y soportes sociales que se establecen entre una clase o casta dominante y su partido o partidos, y también a través de las que se establecen con los hombres y clases dominados. El grupo social dominante, que mantiene la cohesión mientras logra imponer su hegemonía, deja su impronta en la estética, lo moral, lo intelectual, lo jurídico, lo económico, todos ellos soportes de esa dominación. Esta dialéctica concreta es la que no debe perderse de vista, so pena de caer un reduccionismo economicista y mecánico que esteriliza al marxismo. Tomando en cuenta lo anterior, creemos que la URSS de Stalin no debe ser considerada como un Estado obrero, y preferimos calificarla como Estado burocrático, precisando:
Este diagnóstico pone de manifiesto que la burocracia, transmitiendo y utilizando las presiones de la burguesía mundial, contra las posiciones conquistadas por el proletariado en 1917, bloqueó la transición al socialismo con un régimen político totalitario y con la hipertrofia del Estado. Y también que sacó provecho de una formación económico-social con relaciones de producción alienantes y explotadoras. Fue así como se liquidó la dictadura del proletariado tanto en el terreno político-institucional, como en el terreno económico-social.
Y subrayamos también que la URSS y los demás Estados del llamado "campo socialista" deben estudiarse y definirse teniendo en cuenta la unidad de la economía mundial y el sistema mundial de Estados en el que se incluían.
Burocracia soviética y burguesía mundial
Así, la reflexión sobre el Estado nos conduce a la cuestión de la burocracia. No creemos que la burocracia estalinista llegara a constituirse en una "nueva clase", ni que Stalin o Jruschov debieran ser considerados como burgueses. Pero tampoco nos conformamos con la constatación de que, puesto que todo Estado implica la existencia de ciertas burocracias, la burocracia dirigente en las sociedades de tipo soviético pueda ser identificada con cualquier otra burocracia estatal. La cuestión tampoco queda resuelta mediante analogías con el carácter y función de las "burocracias obreras" de los sindicatos. Debemos revelar las particularidades de esta casta en los países donde se conformó como grupo social dominante: en su relación con los trabajadores y el conjunto de la sociedad -mediada por su manejo del Estado-, así como también en su integración y relación subordinada con el sistema mundial de Estados y la burguesía. Nuestro punto de arranque es la opinión de Christian Racovsky, que tiene el mérito de haber llamado la atención, a fines de la década del veinte, sobre el cambio cualitativo que representaba la ruptura producida entre la clase obrera soviética y la burocracia estalinista: [...] no sólo objetiva, sino también subjetivamente, han cesado de formar parte de esta misma clase obrera [...] no se trata de casos aislados sino de una nueva categoría social.
Trotsky reivindicaba ese aporte, cuando advertía que se estaba ante algo más que una burocracia y algo menos que una clase "orgánica":
Bajo ningún otro régimen, la burocracia alcanza semejante independencia. En la sociedad burguesa, la burocracia representa los intereses de la clase poseedora e instruida, que dispone de gran número de medios de control sobre sus administraciones. La burocracia soviética se ha elevado por encima de una clase que apenas salía de la miseria y de las tinieblas, y que no tenía tradiciones de mando y de dominio [...] En este sentido no se puede negar que es algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética". Y apuntaba también que "el hecho mismo que se haya apropiado del poder en un país donde los medios de producción pertenecen al Estado, crea, entre ella y las riquezas de la nación, relaciones enteramente nuevas [...] Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin la resistencia o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria.
Muchos años después, Lefebvre aportó este análisis esclarecedor:
La burocracia ¿es o no es una clase? Falso problema. No existen "clases" definidas estáticamente [...] Considerada dinámicamente, la burocracia a) se refuerza con el Estado, a costa de otros estratos y clases, incluida la clase obrera (absorbe mediante selección, exámenes y concursos a los individuos más talentosos y sometidos); b) deviene, como Hegel lo previera, no un simple "estrato" en el edificio social y político, sino el soporte-producto del Estado moderno (en el capitalismo de Estado como en el socialismo de Estado); c) se identifica con el núcleo central de la clase media, a la que fortalece y refuerza rodeándola con un denso tejido social; d) se diferencia en estratos y sedimentos, sin perder por ello su función global: soporte e instrumento, productos en cuanto tales, del Estado [...] Puede afirmarse que la burocracia tiende a constituir una realidad socio-política propia, a autonomizarse respecto del conjunto de la sociedad, pero no alcanza a constituirse en clase.
En igual sentido Naville precisó:
Los años siguientes a la guerra de 1939-1945 fueron plenos de acontecimientos que mostraron simultáneamente la permanencia del fenómeno burocrático y su precariedad [...] En ningún lado la burocracia, la administración del Estado, pudo asentar definitivamente un régimen de explotación y de progreso económico propio y que le asegurase una hegemonía total. La crisis del mundo capitalista y del socialismo de Estado continuaron y se aceleraron; esta es una de las razones por las que la seudo-clase burocrática no alcanzó a consolidarse como lo que posiblemente fuera en germen: una nueva clase económica fundamental. Estas características son muy importantes: explican la inestabilidad de la burocracia, pero también permiten comprender por qué estaban equivocadas todas las corrientes políticas que esperaron durante décadas el desarrollo y desgajamiento de alas izquierdistas o anticapitalistas de la burocracia, en virtud de sus supuestas "raíces" proletarias. La realidad fue que los rasgos antiobreros y profundamente reaccionarios se desarrollaron a la par que se extendía el modelo de dominación burocrática en Europa Oriental y Asia, y también a medida que, con los acuerdos contrarrevolucionarios de Yalta y Postdam, se avanzó en la integración de estos países en el sistema mundial de Estados característico de la posguerra... Por todo ello opinamos que la burocracia estalinista cristalizó como un grupo social privilegiado y dominante en un grupo de países, los Estados burocráticos, al mismo tiempo que, valorada histórica y mundialmente, nunca dejó de estar subordinada al sistema mundial de Estados y a la economía capitalista: de aquí su irrefrenable tendencia a convertirse en órgano de la burguesía mundial y a la restauración capitalista. Tal como escribiéramos hace algún tiempo:
[...] la realidad del viejo sistema y su descomposición, potenciada por las crecientes relaciones con la economía y la burguesía mundial, daba las bases materiales e institucionales del predominio de la burocracia y otros sectores privilegiados. Estos sectores no solamente se beneficiaban del acceso a las palancas del poder estatal, de una incipiente acumulación de riquezas privadas y de la manipulación política a través de los medios de comunicación locales e internacionales. Justamente por esa existencia material, tenían también una perspectiva general claramente establecida: convertirse en propietarios, socios, gerentes o burócratas (funcionarios) del capitalismo restaurado. En otras palabras, la restauración del capitalismo no está impulsada sólo por la presión de los Estados imperialistas y las burguesías externas: en el mismo sentido actuaron fuerzas sociales internas, más conscientes, poderosas y amplias de lo que en general preveíamos. Porque el bloque de nomenklaturistas, nuevos ricos y mafiosos -a pesar de contradicciones y debilidades- se hace fuerte ante un proletariado que todavía se siente incapaz de oponerles un poder y un modelo de sociedad alternativo.
Revoluciones antiestalinistas y restauración capitalista
Nos permitiremos acá una pequeña digresión sobre algo que requeriría un artículo específico. La cuestión es si los levantamientos populares que se desataron contra la burocracia y los regímenes estalinistas o posestalinistas, a partir de 1989, deben ser considerados como revoluciones. El tema es complejo, y ha merecido ya una abundante literatura, entre la que se destaca el importante aporte de Charles Tilly . Por nuestra parte, seguimos opinando que ante la confrontación entre los regímenes y Estados burocráticos y las masas movilizadas contra ellos, por razones políticas, estratégicas y hasta morales correspondía pronunciarse inequívocamente por el derrocamiento revolucionario de la burocracia. Nos negamos a poner un signo igual entre los levantamientos populares que detonaron el derrocamiento-desmoronamiento de los regímenes estalinistas, y la restauración capitalista que venía siendo impulsada por la burocracia desde mucho antes. Lo que no impide denunciar y combatir a los burócratas y arribistas procapitalistas que, habiendo buscado hasta último momento una transición ordenada y pactada, ante el estallido de la crisis revolucionaria de 1989 se pusieron al frente de esas masas confundidas y atrasadas políticamente para restablecer "el orden" y acelerar el ya avanzado proceso de restauración capitalista. Sobre esto dijimos:
Nos pronunciamos inequívocamente contra la restauración capitalista en curso [...] Contra la neoburguesía inescrupulosa y brutal en la que confluyen nomenklaturistas, mafiosos y arribistas enriquecidos. Contra los gobiernos y Estados que imponen estas formas de explotación, opresión, y desmoralización orquestadas desde los centros del poder mundial imperialista. Lejos de pregonar pesimismo, resignación o adaptación a lo "posible", sostenemos el realismo más radical: la necesidad de llevar a cabo una revolución total, vale decir política, económica y social.
Aclarado lo anterior, y retomando la problemática del Estado, es ilustrativo señalar que, pasada la crisis revolucionaria y la intensa conmoción que acompañó la liquidación de los regímenes monopolizados por los Partidos Comunistas, y modificadas radicalmente las bases constitucionales, la mayor parte del Estado burocrático fue preservada y puesta al servicio de los nuevos gobernantes. Incluso en el estallido y desintegración de la URSS, por una u otra vía, se mantuvieron elementos de continuidad. Pudo verse, por ejemplo, que las formas de las repúblicas federadas tras las que se había cubierto el totalitarismo y centralismo gran-ruso, no carecían de todo contenido, y suministraron más que un molde para la emergencia de nuevos-viejos Estados. Y la Federación Rusa, para mencionar el Estado más importante y poderoso, no surgió del aire ni se improvisó en una o dos semanas, puesto que heredó mucho más que los reconocimientos y sillones en los organismos internacionales. Es que las formas del Estado burocrático implicaban también un contenido de mediación, opresión y explotación que en gran medida, ya que no totalmente, pudieron ser funcionales para las ahora declaradas intenciones de restaurar el capitalismo. Socialismo o barbarie
La restauración capitalista que se está llevando a cabo desde Europa Oriental hasta China -dentro de la cual se inscriben las transformaciones que tienen lugar en Vietnam y aún en Cuba-, no debe ser vista como la pérdida de Estados socialistas u "obreros", pues no lo eran. Se trata, más precisamente, de la reabsorción por el capitalismo de un subsistema burocrático-explotador, integrado (no sin conflictos) en la economía mundial capitalista, que no representaba una plataforma para la transformación socialista y había agotado sus capacidades de reproducción. Presentar esto como una victoria histórica del capitalismo, lo que certifica la incapacidad de la clase obrera, es una estafa ideológica. Por otro lado, es un hecho que semejante reabsorción fortaleció coyunturalmente al capitalismo imperialista. Porque la clase obrera no logró aprovechar el momento de crisis revolucionaria y la debacle de los viejos regímenes para luchar por una salida propia, y hoy está sufriendo las consecuencias. Porque facilita la explotación más directa del capital mundial... Y porque todo esto alimenta una representación mental ampliamente predominante entre los trabajadores y explotados: que no existen alternativas al sistema capitalista. Al mismo tiempo, estimamos que las proyecciones y consecuencias materiales de la revolución-desmoronamiento que terminó con los Estados estalinistas, son más complejas y subversivas de lo que suele creerse. Asistimos al hundimiento del inmenso poder del aparato internacional estalinista, con su innegable capacidad de atracción y corrupción, y terminó también el ordenamiento del sistema mundial de Estados que disimulaba el pacto contrarrevolucionario de los Estados burocráticos con los Estados capitalistas bajo la forma de un equilibrio de bloques o campos enfrentados. Tomando en consideración el conjunto de los desequilibrios y convulsiones que marcan la situación mundial, entendemos que se replantea, cotidiana y dramáticamente, la alternativa entre socialismo internacional o barbarie capitalista globalizada. Esta alternativa objetiva, en el sentido de que está inscripta en la realidad social como desarrollos alternativos posibles, plantea el inmenso desafío de convertirla en una potente alternativa subjetiva... Para esto es imprescindible restablecer y desarrollar la concepción marxista de la revolución, de la transición socialista y del Estado que es el motivo de esta nota. Nuestra conclusión es que si bien el poder de los obreros armados no podrá prescindir de un cierto tipo de Estado para reorganizar la producción y transformar las relaciones económicas y sociales, debe impedirse su transformación en un "nuevo Leviatán" erigido sobre la sociedad como un poder separado y autónomo. La norma no solo debe ser la destrucción del viejo aparato de Estado, sino mantener en el mínimo imprescindible el tamaño y las facultades de las instituciones y funcionarios del nuevo poder. El Estado obrero, de transición al socialismo, deberá estar subordinado a los órganos de centralizados (soviets, consejos o como se llamen) y el desarrollo de las más variadas formas de poder directo de los trabajadores y el pueblo. La transición no implica el crecimiento del Estado (ni siquiera del Estado "obrero"), sino la creciente socialización y apropiación directa por los trabajadores (productores y consumidores) de las actividades económicas, sociales y políticas, en correlación con el desarrollo de la lucha contra el imperialismo a nivel mundial. El poder proletario solo puede ser concebido como el proceso de efectiva constitución del proletariado en clase dominante. Lenin decía: una dictadura de nuevo tipo, por ser la imposición de la inmensa mayoría sobre la minoría, y también democracia de nuevo tipo, más extendida y profunda porque va más allá de las formas y la esfera política. Hoy cabe precisar que esta democracia de nuevo tipo no se conjuga con la idea de partido único, depositario del poder efectivo, sino con el libre choque de ideas y diversas organizaciones políticas, imprescindible para que la democracia obrera mantenga la vitalidad de los órganos de poder de las masas. Ampliación y profundización de la democracia desde abajo y directa, predominio de la democracia obrera y popular y de lo social sobre lo político con la progresiva desaparición del Estado, son tres dimensiones inseparables del socialismo. Para ello, la planificación no deberá imponer una lógica de maximización puramente económica, sino directrices democráticas y flexibles que prioricen el progreso social y cultural de las masas y la reducción cualitativa de la jornada laboral. Creemos que estas son algunas de las conclusiones que arroja la consideración crítica de la experiencia de la URSS y demás Estados de su tipo. Mejor dicho, más que "conclusiones", representan un programa de trabajo orientado a precisar, concretar y enriquecer estos aspectos tan relevantes en la teoría de la revolución socialista.

* El presente artículo es, en gran medida, una continuación del publicado en Herramienta Nº 1: Debates Después del estalinismo, del mismo autor, en el que abordó las particularidades de los mecanismos de explotación aplicados en los Estados burocráticos.