En foco

Elecciones en Uruguay. "Hermano, ha muerto una esperanza"

¿Quién hizo sonar nuevamente
el viejo tambor destemplado?
¿Quién fue que arrimó los barriles
que aguantan el nuevo tablado?
Rascá
la cáscara.
Jorge Lazaroff, Baile de máscaras
 
En Uruguay es usual hablar del “carnaval electoral” para referirse al espectáculo mediático e incluso al ritual que regularmente aparece y moviliza las energías de la sociedad. Desganada, escéptica, incluso indignada ante tanta mentira descarada... pero la moviliza, captura su atención, logra renovar por un tiempo más el crédito que la sociedad concede al sistema político metiendo de nuevo en el paquete, refinanciando, las promesas incumplidas, aceptando ridículas excusas para justificar los incumplimientos. En El país de la cola paja (1960) Mario Benedetti señala que el humor irónico y cínico característico del uruguayo es una forma de mostrar y mostrarse a sí mismo que no ha sido engañado, mientras acepta ser engañado. De alguna forma el carnaval electoral renueva el mito del “como si” del régimen político democrático burgués. Como si se discutiesen los problemas del país, como si los integrantes de cada comparsa realmente creyesen en la letra que recitan, como si hubiese habido un cambio desde el carnaval pasado o si nos esperase otra cosa en el futuro que no sea un nuevo desfile de carnaval. La competencia por la mejor forma de la representación desplaza a la disputa sobre contenidos, porque al fin de cuentas todos sabemos que no hay verdadero contenido.

En lucha por un nuevo sindicato. Crónica de la lucha por un sindicato de los trabajadores del subte

A las 13.52 del miércoles 16 de septiembre una formación se detuvo en los andenes de la Estación Federico Lacroze de la Línea B del subterráneo. Un delegado, megáfono en mano, anuncia a los usuarios que esa es la última formación que sale antes de que comience el paro. Mira a la conductora y le dice que a las dos en punto, en la estación en la que se encuentre, corte el servicio. La chica le devuelve la mirada como diciendo “¿Con quien te pensás que estas hablando?”. Arroja una sonrisa, toca bocina y parte. Hace ya media hora que las puertas están liberadas para que los pasajeros puedan viajar sin pagar. Minutos más tarde, otra formación se detiene justo delante del cartel rojo que en letras blancas advierte: “Este tren se detiene aquí”. El reloj marca las 14 horas, horario estipulado para el inicio del paro que durará tres horas. Un grupo de muchachos grandotes, vestidos con trajes, intentan impedir en vano que los delegados tomen posición adentro de la formación. “Este tren continua su viaje”, dicen. “Dale, subí a manejarlo”, responde desafiante uno de los delegados. Sobre el andén, unos 25 trabajadores aplauden y comienzan a cantar: “Unidad, de los trabajadores, y al que no le guste, se jode, se jode”. Una situación similar se repite en el andén de enfrente. Episodios parecidos, a esa altura, deben estar sucediéndose en las estaciones Medrano y Carlos Pellegrini, también de la B, y en varias estaciones más de las otras cinco líneas y el Premetro, totalmente paralizadas.

Honduras, ese país tan pequeño

Un país tan pequeño como Honduras, no puede permitirse el lujo de tener dignidad
José Azcona Hoyos, presidente  entre 1985-1989.

Una postal  sorprendió a no pocos observadores políticos: junto a Hugo Chávez, Raúl Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega, una figura un tanto exótica, luciendo sombrero texano, ofrecía una nota inesperada. José Manuel  Zelaya ocupaba un lugar entre quienes conforman “el eje del mal”, en versión latinoamericana. El presidente de Honduras rompía, dos años atrás, la tradición de   sus predecesores, sempiternos acólitos y sumisos cómplices de cuanta aventura se propuso la CIA en la región.

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