Revista Herramienta N° 58

Otoño de 2016

Revista Herramienta Nº 58. Indice

 
Revista Herramienta Nº 58
 
Otoño de 2016 - 20 años
ISSN 1852-4710
 
 
Dossier:
América Latina: crisis de los “gobiernos progresistas” y alternativas actuales
 
 
 
 
Franck Gaudichaud
 
Miguel Mazzeo
 
Pierre Salama
 
Juana del Pozo
 
Julio C. Gambina
 
Ricardo Antunes
 
Ruy Braga
 
Renato Franco
 
Rhina Roux
 
Rafael Sandoval Álvarez
 
Pablo Regalsky y Estelí Puente
 
María del Carmen Verdú
 
Mariano Féliz
 
 
Situación mundial
 
François Chesnais
 
Enzo Traverso
 
Renán Vega Cantor
 
Géneros
 
Mabel Bellucci
 
Reseñas
 
Martín Salinas
 
Alejandro Nahuel Alzu
 
Daniel Contartese
 

Presentación

América Latina experimenta un fin de ciclo. Ese ciclo fue denominado de distintas maneras: gobiernos populares o progresistas, neopopulismos, neodesarrollismos, postneoliberalismos. Lo que por un tiempo apareció como el resurgimiento de la política luego del momento neoliberal característico de buena parte de las décadas de 1980 y 1990, hoy se revela más bien como una fase moderadamente distributiva del capital en busca de relegitimación de la democracia representativa y presidencialista, sobre bases económico-sociales que no han podido ser alteradas de manera decisiva.

¿Fin de ciclo? Los movimientos populares, la crisis de los “progresismos” gubernamentales y las alternativas ecosocialistas

 
A 20 años del grito zapatista ¡Ya basta! en Chiapas en contra del neoliberalismo y a más de 15 años de la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela (y transcurridos más de tres años desde su muerte), los pueblos indo-afro-nuestroamericanos y sus tentativas de construcción de gramáticas emancipadoras parecen encontrarse en un nuevo punto de inflexión. Un ciclo de mediana duración, social, político y económico parece agotarse paulatinamente, aunque de manera no uniforme, ni para nada lineal. Con sus avances reales (aunque relativos), sus dificultades e importantes limitaciones, las experiencias de los diferentes y muy variados gobiernos “progresistas” de la región, sean procesos meramente de centro-izquierda, social-liberales, o –al contrario– nacional-populares más radicales, que se reclamen antiimperialistas o se descalifiquen en los medios conservadores como “populistas”, sean revoluciones “bolivarianas”, “ando-amazónicas” o “ciudadanas”, o simples recambios institucionales, estos procesos políticos parecen topar ante grandes problemáticas endógenas, fuertes poderes fácticos conservadores (nacionales como también globales) y no pocos dilemas estratégicos no resueltos.

Las aporías del progresismo

Autor(es)

 
 
“La libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena”
José Martí
 
¿Cabe definir como de “izquierda” y/o “populares” a las experiencias políticas que, en Nuestra América y en la última década y media, desplegaron estrategias de gestión del ciclo económico sin cambio estructural y que fueron y son dirigidas por elites tecnocráticas? ¿Qué predisposición crítica y transformadora, qué rasgos de rebeldía se pueden hallar en quienes sólo pretenden administrar la crisis económica, ecológica, energética y financiera del capital sin reconocer el carácter sistémico de esa crisis? ¿No será excesivo considerar como de “izquierda” y/o “populares” a aquellas políticas que no pretenden trascender el horizonte de un capitalismo reformado con dosis diversas de regulación del mercado, cierta redistribución del ingreso y sin ningún cuestionamiento de fondo al Estado liberal?

En el capitalismo sobra gente... (Pero, en realidad, lo que sobra es el capitalismo)

 
Juana Del Pozo
 
En un artículo publicado en agosto de 1996, el economista de origen paquistaní Anwar Shaikh comparó la crisis de 1929 con la de las décadas de 1980 y 1990.1 Ambas fueron consecuencia del antagonismo constitutivo del capitalismo, entre el hacer humano y el trabajo abstracto, y expresaron la imposibilidad del capital para imponer su lógica y su dominio a toda la actividad humana concreta. Para salir de la crisis de los años 1930, el capitalismo desarrolló, en un grado nunca visto antes, la destrucción de bienes materiales y fuerzas productivas con bombardeos a ciudades enteras en Europa y la muerte de más de cincuenta millones de seres humanos. La salida de la crisis de las décadas de 1980 y 1990, en cambio, estuvo dada, según Shaikh, por la expansión del crédito, fundamentalmente a través de aparición de las tarjetas de crédito: “no hay semana en la que por debajo de la puerta de mi casa en New York no aparezcan sobres ofreciéndome los créditos vía la tarjeta”, escribió el autor. En esta respuesta, el capital apostó a su capacidad para disciplinarnos por medio del consumo y para crearnos una dependencia hacia él cada día más creciente, enlazando así nuestra vida cotidiana a la lógica del mercado capitalista, al que se accede solamente a través del dinero o por medio de créditos otorgados por la tarjeta plástica. De este modo, todo lo necesario para la reproducción material de la vida humana puede y debe ser adquirido en el mercado. Ya no más gallineros en los fondos de las casas, ni huertas domésticas o comunitarias, ni árboles frutales, ni abrigos de lana tejidos por la abuela, como había sucedido durante siglos. Esto significó que la salida a la crisis del capitalismo no se pudo lograr sin nosotros, sin que nos sumáramos al consumismo monetarizado, sin que acatáramos, más o menos conscientemente, estos nuevos patrones de dominación social.

La era de las rebeliones, de las contrarrevoluciones y del nuevo estado de excepción

 
Una necesaria nota de advertencia
 
Hace más de cinco décadas atrás, una dictadura militar iniciada en 1964 torturó, encarceló y mató jóvenes y adultos, niños y niñas, hombres y mujeres en Brasil. Y, con intensidad aún más desconocida, hizo lo mismo en Chile, Argentina, sin dejar afuera a Uruguay, de entre tantos otros países de América Latina.
El inventario de esta era de genocidios lo podemos constatar con los resultados de las investigaciones realizadas en Brasil, en Chile y todavía con más intensidad en la Argentina: un nivel pavoroso de torturas, descubrimiento casi interminable de cadáveres, eliminación de cuerpos torturados, asesinados y destrozados, todo para poder esconder la masacre de aquellos que lucharon contra las dictaduras militares.
Recuerdo como si fuese hoy, en mi primer viaje a Argentina, ese país tan emblemático de nuestra América Latina, que cuando llegué en una mañana soleada a La Plata, a mediados de la década de 1970, con el florecer de la primavera, la primera imagen que a mí vino fue la de un cementerio político. Las flores escondían el horror de la juventud asesinada por la dictadura militar argentina.
En Brasil, incluso frente a esas evidencias terribles, todavía escuchamos a celebrantes y lacayos de la dictadura militar, pro-fascistas y fascistas, defendiendo el horror, pidiendo la vuelta de los militares. La mentira fue de tal envergadura que la dictadura militar de 1964, esa contrarrevolución burguesa dictatorial y autocrática, para recordar a Florestan Fernandes (Fernandes, 1975), se autodenominó como “revolución”, como también nos recordó Caio Prado Jr. (Prado Jr., 1966). La mentira comenzó desde el inicio, cuando el golpe militar escogió como fecha de origen el 31 de marzo, fraguando la facticidad histórica, ya que el golpe militar ocurrió de hecho el 1° de abril, el día de la mentira.

La crisis brasileña y el retorno de la lucha de clase

Autor(es)

 

Presentación

En general, los análisis de la crisis por la que atraviesa actualmente el país acostumbran hacer hincapié en los “errores” promovidos por el gobierno de Dilma Rousseff en la conducción de la política económica heredada del gobierno de Lula da Silva. Muy frecuentemente, es posible observar opiniones que atribuyen el desorden de la economía a la tendencia del actual gobierno a controlar los precios estratégicos, administrar los costos empresariales, bajar artificialmente los intereses, interferir en el margen de lucro y descuidar el control de la inflación. En resumen, el flujo principal de los análisis avanza en la dirección de atribuir al modo de regulación de las relaciones sociales de producción capitalista la razón última para la desintegración general del régimen de acumulación postfordista y financierizado del país.
Si bien es cierto que determinadas decisiones políticas tienden a interferir en la dinámica del conflicto distributivo, en especial aquellas que se refieren a la exención de la planilla de pagos de las empresas a expensas de las cuentas públicas y a la administración de los precios del combustible y de la energía eléctrica en detrimento del control inflacionario, nos parece claro que el foco puesto en la regulación política es demasiado reducido para iluminar la complejidad de la crisis actual. En primer lugar, debido a que estas explicaciones no son capaces de revelar las modificaciones en la estructura de clases que tuvo lugar durante los últimos trece años en el país. Sin mencionar los efectos de la crisis económica internacional, algo completamente fuera del alcance de esta sección, ellas no logran explicar cómo la profundización de las tensiones entre la regulación política y la acumulación económica debilitó progresivamente la capacidad del gobierno federal para apaciguar los conflictos sociales.
El propósito de este artículo es indicar, analizando la evolución del comportamiento político de las clases sociales subalternas, cómo la tensión entre la regulación política y la acumulación económica característica del actual modelo de desarrollo brasileño contribuyó al colapso de la hegemonía de Lula.

Terrorismo de Estado y democracia en Brasil: rupturas, permanencias. (Un panorama para extranjeros)

I

Puede ser útil comenzar este análisis evocando el final de un filme fundamental del movimiento del cinema-novo verificado en Brasil durante la década de 1960: la imagen final de Deus e o Diabo na Terra do Sol [Dios y el diablo en la Tierra del Sol] de Glauber Rocha, en la cual se ve a Antônio das Mortes, personaje decisivo de esa obra, saliendo de la zona agreste y siendo cautivado por una visión poderosa según la cual el “sertón sería transformado en mar y el mar, en sertón”; o sea, la naturaleza convulsionada indicaría el futuro revolucionario del país. El filme fue exhibido a comienzos de 1964. Dos meses después, lo que se ve son las tropas militares en las calles cercando y destituyendo al gobierno constitucional brasileño.
De hecho, el 31 de marzo el gobierno constitucional de João Goulart fue derrocado por un golpe organizado por militares y por sectores civiles de las clases dominantes, como banqueros, empresarios y latifundistas. La acción golpista fue motivada por un amplio conjunto de intereses, tanto internos como externos. Internamente interesaba a los golpistas interrumpir el gobierno legal a fin de reconquistar la hegemonía en la vida política, entonces quebrantada gracias a la participación de varias categorías de trabajadores en el escenario político, estimulando el conflicto político en el país, hecho intolerable para las camadas sociales dominantes, que veían en esa participación una amenaza para sus intereses y privilegios tradicionales.
En el plano externo, el gobierno estadounidense tenía enorme interés en destituir el gobierno legal y por eso apoyó, de varias maneras, la acción golpista: cuidaba así de velar por el mantenimiento de su hegemonía en América Latina en el contexto de la Guerra Fría y de evitar la propagación de la ola revolucionaria que comenzaba a recorrer el continente desde el éxito de la Revolución Cubana, liderada por Castro pocos años antes (1959).
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