A 100 años del ¿Que Hacer? Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy

Compiladores: Werner Bonefeld y Sergio Tischler | Coedición Universidad Autónoma de Puebla, México y Ediciones Herramienta, Buenos Aires, Argentina, 2003 | 296 páginas | ISBN 987-9306-11-2

A 100 años del ¿Que Hacer? Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy. Presentación

De una cosa podemos estar seguros. Las ideologías del siglo veinte desaparecerán por completo. Este siglo ha sido muy malo. Ha estado lleno de dogmas, dogmas que –uno tras otro– nos han costado tiempo, sufrimiento y mucha injusticia (García Márquez, 1990).

Las contribuciones al presente volumen acuerdan en que lo que mantiene la importancia del ¿Qué hacer? de Lenin, es su pregunta. La teoría y la práctica de la emancipación humana deben liberarse de su sombra leninista, lo que significa ajustar cuentas con su legado. Hay que dejar atrás el dogma y redescubrir la razón emancipadora. Entonces, ¿qué hacer?

La sociedad libre e igualitaria no puede ser decretada por el partido revolucionario ni puede convertirse en realidad gracias a los buenos oficios del Estado, sino que avanza por medio de la crítica práctica al capital y a su Estado. Dicha crítica se vuelve práctica en la autoorganización de las masas dependientes las que, en su lucha contra la sociedad burguesa, anticipan los elementos de una nueva sociedad.

Contra la indiferencia contemporánea al proyecto de emancipación humana, hay que soñar la revolución. Hay que redescubrir el principio de esperanza en la sociedad libre e igualitaria.

Del prólogo de los compiladores

A 100 años del ¿Que Hacer? Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy. Prólogo de los compiladores

¿Qué hacer? Nuevos tiempos y el aniversario de una pregunta

I

De una cosa podemos estar seguros. Las ideologías del siglo veinte desaparecerán por completo. Este siglo ha sido muy malo. Ha estado lleno de dogmas, dogmas que –uno tras otro– nos han costado tiempo, sufrimiento y mucha injusticia (García Márquez, 1990).

Es indudable la buena acogida al resurgimiento de movimientos anticapitalistas en todo el mundo. Sin embargo, a diferencia del ¿Qué hacer? de Lenin y del movimiento que inspiró, el anticapitalismo de hoy en día manifiesta, por lo general, poco entusiasmo revolucionario, lo que resulta perturbador, pues ¿qué significa entonces el anticapitalismo en su forma contemporánea de antiglobalización si no representa una crítica práctica del capitalismo?, ¿hacia qué logros apunta si su anticapitalismo no se adhiere al proyecto revolucionario de emancipación humana?

En ese sentido, se podría decir que el centenario del ¿Qué hacer? de Lenin no merece ser celebrado. Cierto es que el leninismo atraviesa tiempos difíciles, dejando el sabor amargo de una revolución cuya heroica lucha se convirtió en una pesadilla. No obstante, su concepción de la organización revolucionaria encarnada por el partido, y su idea del Estado cuyo poder debe ser tomado, como instrumento de la revolución, siguen siendo para muchos los medios de la política revolucionaria [1]. Pareciera que revolución quiere decir leninismo, aunque actualmente en la forma moderada del trotskismo. El marxismo ortodoxo intenta con gran empeño adaptar la dinámica de la lucha de clases a concepciones preconcebidas de organización, buscando hacerlas manejables bajo la dirección de los líderes del partido. Tradicionalmente, el manejo de la lucha de clases ha pertenecido a la burguesía, la que “concentrada en forma de Estado” (Marx, 1973, p. 108) depende de la contención de la lucha de clases y su manejo en forma de una igualdad abstracta. La negación de humanidad que conlleva la subordinación de la desigualdad en la propiedad a las relaciones de igualdad abstracta en la forma de relaciones de intercambio, se ve reflejada en la concepción leninista del Estado proletario donde cada quien recibe un trato igualitario como recurso económico.

Encubiertos tras el dogma, los adeptos al partido como forma de organización de la revolución, achacan la “distorsión” del socialismo a Stalin, expurgando al leninismo para mantener el mito. ¿Realmente dependió la tragedia de la revolución rusa de una cuestión de liderazgo? ¿Fue una tragedia ocasionada por un líder malo que derrocó a un líder bueno? De haber sucedido Trotsky a Lenin, ¿habría sido aquél un líder “bueno” que hubiese rescatado a la revolución de los calabozos de la desesperanza, el Gulag? Independientemente de lo que hubiese pasado con Trotsky, ¿es una revolución sólo una cuestión de personalidades y cualidades de liderazgo? La cuestión fundamental de la Ilustración crítica, qui bono (los beneficiarios)es sustituida por la creencia de que la revolución tiene que hacerse en representación de las masas dependientes, de modo que todo salga conforme a los planes, incluyendo la planificación de la mano de obra como recurso económico por medio de un Estado de trabajadores. La reflexión de Marx de que el comunismo constituye una sociedad sin clases y de que “el hecho de ser un trabajador productivo no significa tener suerte sino mala fortuna” (Marx, 1983, p. 447) se pervierte: la conducción que el partido ejerce sobre el proletariado constituye una fortuna para los desafortunados. Aquellos que toman el proyecto de emancipación humana seriamente no aceptarán de buen grado que sea el partido el que sabe más.

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