Ciencia y utopía. En Marx y en la tradición marxista

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Ciencia y utopía
En Marx y en la tradición marxista
 
 
Ariel Petruccelli
 
 
 
Coedición Ediciones Herramienta y Editorial El Colectivo, Buenos Aires, Argentina, abril de 2016.   ISBN: 978-987-1505-49-4, 288 páginas
 
 
 
 
Si la ciencia no puede proporcionarnos certeza alguna sobre el futuro de la humanidad, y si no es posible dar por descontado que quien crea que algo habrá de ocurrir inevitablemente luchará por ello, entonces es obvio que se requiere de una dimensión moral que justifique en qué y por qué el socialismo sería deseable. Ciencia y ética o, si se quiere, ciencia y utopía, son dos dimensiones tan necesarias como mutuamente irreductibles de cualquier proyecto político emancipador que se quiera “racional”. (Ariel Petruccelli).
 
Ariel Petruccelli es profesor de Historia de Europa en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue. Ha publicado Ensayo sobre la teoría marxista de la historia (1998), Docentes y piqueteros (2005), Materialismo histórico: interpretaciones y controversias (2010) y El marxismo en la encrucijada (2011). Autor de numerosos artículos en revistas y medios de prensa. Es colaborador de la revista Herramienta y miembro de su consejo asesor.
 
Prólogo de Fernando Lizárraga
 
Ariel Petruccelli tiene el hábito de escribir libros formidables. Y ahora irrumpe con esta nueva obra que, para no perder la costumbre, es tan buena como todas las anteriores. Quienes conocemos y seguimos los textos de Petruccelli, desde aquel temprano Ensayo sobre la teoría marxista de la historia (1998), pasando por el imprescindible Docentes y Piqueteros (2005), esperábamos con ansias la aparición de Ciencia y utopía, que viene a completar la trilogía que comenzó con Materialismo histórico: interpretaciones y controversias (2010) y continuó con El marxismo en la encrucijada (2011). Ya desde las primeras páginas se advierte que esta tercera entrega es, efectivamente, parte de un proyecto de largo aliento concebido como totalidad (pero que puede leerse cómodamente por separado y en cualquier orden). Al igual que antes, aquí está esa prosa repleta de erudición pero nada pretenciosa; ese estilo de argumentación sistemático y genuinamente modesto, que no recurre a las oscuridades que son más propias de los etéreos juegos del lenguaje que del pensamiento científico claro. Una vez más, se destaca también –en perfecta sintonía con lo mejor de la tradición marxista– el esfuerzo para que la argumentación teórica y la discusión historiográfica se combinen con una convicción política sin fisuras. Los trabajos de Petruccelli se caracterizan, entre otras cosas, por articular de manera creativa las dudas, las perplejidades y las sutilezas de la buena ciencia con las certezas irrenunciables que brindan los valores y los ideales de la utopía socialista.
El antidogmatismo sigue siendo una de las notas dominantes en el pensamiento de Petruccelli. Durante su prolongado y fascinante debate con(tra) la ortodoxia del primer G. A. Cohen –artífice de una célebre defensa de la teoría de la historia en Marx–, nuestro autor no sólo refutó exitosamente la tesis de la primacía de las fuerzas productivas, sino que propuso una alternativa que, a nuestro juicio, aún no ha sido superada: la primacía de las relaciones de producción. Años más tarde, parado en la inquietante encrucijada del marxismo, Petruccelli mostró que la teoría creada por Marx y Engels no es el único materialismo; que no es la única teoría crítica; que no es la única narratividad convincente; que no es una historiografía infalible; que puede y debe estar dentro y contra el capitalismo, dentro y contra la posmodernidad. Todos estos notables logros teóricos tenían un sustrato común que ahora se hace patente en esta tercera parte: la afirmación de que entre los componentes esenciales del marxismo están la ciencia y –¡he aquí la herejía que celebramos!– la utopía. O, lo que es casi lo mismo: la ciencia y la ética.
La experiencia histórica de la tradición socialista –que derivó en la barbarie del estalinismo– dejó una lección muy elocuente para quienes quieran pensar sin dejarse atrapar por la fácil ofuscación del dogma: no es lo mismo predecir el advenimiento del socialismo como una necesidad histórica –predicción que, desde el vamos, Petruccelli pone en entredicho– que argumentar a favor del socialismo como un mundo deseable y posible. El análisis de las tendencias generales y las probabilidades históricas es materia de los estudios científicos, con sus pronósticos abiertos y sus anticipaciones tendenciales; pero esto no niega –ni se derivan necesariamente de allí– los argumentos éticos sobre por qué el socialismo sería preferible al capitalismo. G. A. Cohen, tras su giro ético, sostuvo con acierto que mientras el viejo marxismo se contentó con predecir “científicamente” la llegada del mundo igualitario del socialismo, el marxismo contemporáneo ya no puede refugiarse en tales certezas y debe exigir la igualdad ahora mismo. En una línea similar, con una feliz metáfora, Petruccelli llama “maestros de la espera” a quienes confían ciegamente en el decurso irremediable de la historia. Y en esta esperanzada espera (a veces casi mística), parece no haber lugar para la reflexión sobre lo justo, lo correcto y lo bueno. El fatalismo cientificista se engulle a la ética como dimensión constitutiva del marxismo (tan constitutiva que se manifiesta casi siempre como un retorno de lo reprimido).
Así, con un talante que impugna la pretendida omnipotencia de la razón y del método, el autor de Ciencia y utopía enfatiza que Marx y Engels no condenaron sin más trámite el horizonte utópico del socialismo, sino sólo la carencia de un diagnóstico certero sobre el capitalismo por parte de aquellos geniales reformadores sociales a quienes denominaron socialistas utópicos. Petruccelli también explica magistralmente cómo Marx y Engels sostuvieron concepciones de la ciencia impregnadas de hegelianismo, el cual se manifestó no sólo en el recurso a la dialéctica sino, más profundamente aún, en la presencia de una “concepción obstétrica”; esto es, la idea de que cada sociedad lleva en su entraña el germen de la sociedad que habrá de reemplazarla y, así, el itinerario histórico se convierte en una sucesión de partos ineludibles. Además, el autor muestra cómo, puestos a elegir entre el bando ganador en la implacable trama de la necesidad histórica y el bando “condenado” al fracaso, Marx y Engels siempre eligieron el de los oprimidos, desde una opción ética que no se seguía inexorablemente de sus conclusiones científicas. En páginas urdidas con erudición, sensibilidad y rigor analítico, explica cómo Marx y Engels se esforzaron por interpretar con justeza el carácter del populismo ruso, fenómeno que ponía en tensión algunos de los postulados fundacionales de la concepción materialista de la historia. En su franco y sobrio análisis del pensamiento marxista, Petruccelli no duda en marcar los errores, las lagunas, y hasta las partes hoy ya desechables del vasto universo del materialismo histórico clásico. Esto, y no otra cosa, es practicar un marxismo consecuente.
Eludiendo con éxito esa cultura de cierta izquierda que sólo dialoga consigo misma –es decir, que monologa–, Petruccelli se suma y contribuye con notables análisis al debate entre el marxismo contemporáneo y otras corrientes filosóficas, como el igualitarismo liberal de John Rawls, haciéndose cargo del giro ético que ha experimentado el marxismo analítico a partir de las obras de G. A. Cohen, Jon Elster, Erik Olin Wright, John Roemer, entre otros. Se trata de un renovado –y bienvenido– esfuerzo teórico al que no renuncian autores de persuasiones más ortodoxas como Alex Callinicos y Paul Blackledge, o el felizmente inclasificable Terry Eagleton, quien, como se explica en este libro, considera al marxismo como algo más que una ética: como una estética. Visto así, como una tradición que tiene lugar para la ciencia, para la ética, para la estética; para el minucioso análisis empírico y la alta teoría; y también para la imaginación y el arte, el marxismo recobra su atractivo horizonte utópico. Ya casi nadie niega que la reconsideración del lugar de la utopía en el marxismo resulta insoslayable en nuestros días, más allá de las buenas razones que pudieron tener los fundadores del materialismo histórico para dar por superada a la forma utópica del socialismo. Como ha señalado Fredric Jameson, la utopía es un género que necesita desplegarse en un enclave imaginario que está más allá del momento de la revolución; necesita convertirse en un dispositivo donde la imaginación pueda dibujar el contorno de una sociedad deseable. Y esto, ahora lo sabemos, no se hace a espaldas del análisis científico de la realidad concreta, sino que lo presupone y lo reclama.
Marx no era utópico ni anti-utópico, explica Petruccelli. Simplemente creía –desde un cierto evolucionismo multilineal y general– que las grandes tendencias del desarrollo histórico nos acercarían a un escenario superior al capitalismo, con plena abundancia material y sin antagonismos de clases. En un aporte novedoso al debate sobre la justicia distributiva en la sociedad comunista, nuestro autor afirma que Marx vislumbraba un futuro de superabundancia que volvería superfluas las cuestiones distributivas relativas a bienes y servicios, pero que en modo alguno tornaría vacuas a las controversias sobre reconocimiento, contribución al esfuerzo social, relaciones interpersonales, etcétera. Así, aún en las condiciones idealizadas de la sociedad postcapitalista habrá lugar para consideraciones sobre la distribución y la justicia; habrá lugar para la decisión moral. Kant, nos advierte Petruccelli, tampoco es un perro muerto. Se trata de una observación central, puesto que tanto Marx como Engels fueron fervorosamente hostiles al discurso moral; esto es, al discurso sobre valores e ideales como la justicia, el bien, lo correcto, etcétera. Sin embargo, sus opciones políticas –como se ha dicho– estuvieron siempre imbuidas de una inconmovible opción por los explotados y los oprimidos. Esta tensión entre los saberes surgidos del análisis científico marxista y las elecciones políticas nacidas desde una ética (casi siempre inconfesada) emerge con vigor allí donde Petruccelli analiza en el derrotero del pensamiento marxista sobre el colonialismo y sobre las luchas de los condenados por la necesidad histórica: los esclavos de Espartaco, los campesinos de Müntzer, los Communards de París y los populistas rusos.
En una suerte de homenaje a Isaac Deutscher, uno de sus autores predilectos, Petruccelli cita un extenso fragmento en el que se describe una conmovedora decisión moral del viejo Trotsky. Enfrentado a la opción de apoyar a los “elegidos” por la historia –la burocracia estalinista– o compartir la suerte del proletariado sojuzgado por la inesperada casta dirigente, el Profeta Desterrado no tiene dudas: quedarse siempre del lado de los oprimidos. Así, queda claro que ni las más férreas leyes de la historia pueden silenciar el momento de la decisión ética. Y la opción de los fundadores del materialismo histórico es también, vale destacarlo, la de Petruccelli. Si los ideales preferidos de Marx –aunque no los enunciara como tales– fueron la libertad y la autorrealización, la obra de nuestro autor expresa tales ideales, desde una decisión inapelable de no ceñirse a ninguna moda ni a ninguna verdad revelada. Es una obra que, desde sus peculiares circunstancias de producción, exhibe una convicción profunda de que debe hacerse ciencia con rigurosidad y modestia, y que, al mismo tiempo, es preciso encarar la acción política desde principios éticos que no son precisamente los de la Realpolitik.
La trilogía que culmina con Ciencia y utopía ha sido concebida y escrita a lo largo de más de una década, la cual se cuenta entre las más convulsionadas en la historia de la provincia de Neuquén. Es producto tanto del trabajo sistemático desde la academia (o desde sus imprecisos márgenes), cuanto de la experiencia ganada en las tenaces luchas sociales de las cuales Petruccelli fue un activo protagonista. Como buen intelectual orgánico y militante cabal, nuestro autor no estuvo precisamente erguido sobre un pedestal viendo cómo transcurría la historia para luego comentarla desde la placidez de su cátedra. Al contrario, y sólo para dar un ejemplo entre muchos: las mejores clases sobre materialismo histórico e historia del movimiento obrero que quien esto escribe jamás haya presenciado fueron las que dictó Ariel Petruccelli, bajo la macilenta luz de las fogatas en el acampe del otoño de 2007, en el fragor de la huelga del gremio docente tras el asesinato del profesor Carlos Fuentealba. Entiéndase bien: nuestro autor no hizo una aparición estelar para dictar una clase de ocasión y darse un baño en el Jordán de la militancia; dio clases porque ya estaba ahí, tras varias semanas de esforzada lucha sindical contra el gobierno del Movimiento Popular Neuquino. Petruccelli sabe muy bien cómo hacer buena ciencia y luchar desde (y por) la utopía.
 
Neuquén, abril de 2015
 
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