Barcelona y la guerra

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Autor(es): Schachter, Silvio

 
Ay, paloma, que bajas a la Rambla de Barcelona con la muerte en las alas, sola…
Maria Elena Walsh
 
Nuevamente la muerte se hace presente en  las calles de una ciudad europea, Londres, París, Niza, Bruselas y ahora Barcelona. Deberíamos entender que la guerra no tiene un solo escenario, está en Siria, Afganistán, Estambul, Iraq, Yemen, Libia o Palestina y también en Europa. En todas ellas sus principales víctimas no son  combatientes, ya sean estos voluntarios  o mercenarios, son civiles, hombres, mujeres y niños, indefensos e inermes. El terror no hace distingos entre las familias devastadas de Alepo o Mosul, los humoristas de Charlie Hebdo, entre  turistas o jóvenes en un recital.
 
El horror no solo puede venir en el cuerpo de un suicida o el conductor de camión disparado contra la multitud, a gran escala cae del el cielo desde un siniestro dron o a través de un misil disparado, casi administrativamente con solo apretar un botón, a cientos de kilómetros de distancia. Evidentemente no hay equivalencia entre los recursos bélicos de uno y otro, tampoco en la dimensión de sus consecuencias, pero a las víctimas la muerte las iguala y a sus familias el dolor por la pérdida las atraviesa de modo semejante.
 
No es el fundamentalismo el causante de la guerra, es la guerra sin fin la que creó a los fanáticos criminales de lSIS, como antes  a los de Al Qaeda. Si no se detiene la guerra,  vendrán otros. Es  la guerra la que lleva a los  jóvenes a  inmolarse, victimarios y víctimas ellos también, de mesiánicos que  se aprovechan de su desesperación para transformarlos en armas de carne y hueso.
 
¿Quiénes son los mercaderes de la guerra? Es el capitalismo en su  actual versión, cruda, sin disfraces, despojado de todos sus anteriores eufemismos de combatir por la libertad y democracia, ya no hace falta una falsa gesta motivadora, los bombardeos desde computadoras explicitan la disputa feroz por el beneficio. Son los que fabrican y trafican armas, las corporaciones que ambicionan las riquezas del suelo, las empresas  que abastecen de tecnologías sofisticadas a los que arrasan la vida y las ciudades, son los políticos que se lamentan en  hipócritas discursos pero que toman las decisiones que desatan la barbarie, son los dictadores que sacrifican a sus pueblos para conservar el poder, los jefes de las potencias bélicas que reinventan la geopolítica para chantajear a la humanidad, las sectas religiosas que sobreviven cultivando el odio, son los medios que silencian o magnifican  los hechos y sus causas de acuerdo a los intereses de los patrones para quien desinforman   
 
Todo el andamiaje institucional y jurídico internacional construido en décadas con la intención de  defender la paz fue demolido pieza por pieza, hasta transformarse en una cáscara vacía sin poder alguno. Ahora solo existe el estado de excepción que se ha vuelto norma, los derechos humanos cedieron sin más al derecho que dan las armas.
 
Venganzas, terror, ejecuciones, racismo, restricciones a la libertades, persecución a los diferentes, rechazo y humillación al inmigrante desesperado, millones de desplazados todo vale. Ni una palabra para la paz, ningún esfuerzo serio para hallar una paz duradera.
 
En los años 80, cientos de miles de jóvenes salieron a las calles de Europa para impedir la instalación de misiles en su continente, no querían ser rehenes de la carrera nuclear. Hoy son rehenes de las decisiones de sus gobiernos, son uno de los objetivos de un conflicto que les recuerda en cada atentado que no se puede ser indiferente. La opción es la paz o vivir en estado de amenaza permanente, en sociedades controladas, monitoreadas, cercados por muros invisibles y reales, donde las libertades individuales van desapareciendo día a día, tras un manto de sospecha y vigilancia permanente.  
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De seguir así la sangre traerá más sangre y la guerra más guerra. Debemos condenar la muerte sin vacilaciones y mucho menos justificarla, es un imperativo ético. Ser anticapitalista, ser internacionalista y solidario, es luchar contra la guerra, defender la paz es golpear al imperio y su esencia belicista, si triunfa la barbarie, el sueño de una humanidad emancipada del dominio del capital será inviable.  
 
Debemos recordar que en nuestra casa tuvimos dos atentados con decenas de víctimas, es justo el reclamo de justicia y verdad, pero también se deberían escuchan palabras genuinas a favor de la paz y no de odio sectario y revanchista. La barbarie está aquí, hoy, cuando revive  la violencia racista y colonial contra los pueblos originarios y secuestran a quienes los apoyan. 
 
 ¿Qué tenemos los pueblos del mundo que decir además de llorar a nuestras víctimas? ¿Por qué no alzamos nuestro grito para terminar con la carnicería?  ¿Sera que el pánico nos inmoviliza y que atrapados en nuestros miedos hemos naturalizado el espanto?
 
Paz en la aurora, en el sueño.
Paz en la pasión del grande
y en la ilusión del pequeño.
Paz sin fin, paz verdadera.
Paz que al alba se levante
y a la noche no se muera.
¡Paz, paz, paz! Paz luminosa.
Una vida de armonía
sobre una tierra dichosa.
Lo grita Juan Panadero.
Juan en paz, un Juan sin guerra,
un hombre del mundo entero.
 
Rafael Alberti