Apuntes ante el debate abierto por el balotaje

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Autor(es): Schachter, Silvio

 
 
Este texto fue pensado para intervenir en la coyuntura política argentina actual. Escrito para la sección En Foco de esta página web, representa la opinión personal del autor sobre la cuestión discutida, y por lo tanto no compromete el parecer del colectivo de Herramienta.
 
El debate sobre los distintos posicionamientos frente a la segunda vuelta tiene una intensidad que contrasta con una campaña descafeinada, vaciada de ideas, acotada al espacio aséptico de los medios y a la publicidad marketinera. Los propios candidatos han pasado de la vacuidad del mercadeo de la imagen al precipitado y poco creíble menú de promesas de ilusionistas sin galera.
En el debate de la izquierda por el voto positivo, por el mal menor o en blanco, o por la abstención, es deseable que los argumentos no sean banalizados y sirvan para repensar un conjunto de fenómenos que el pragmatismo electoral tiende a soslayar. Es evidente que mas allá de un núcleo militante que votará conforme a la decisión de su organización, la mayoría actuará de acuerdo a su criterio y buen entender.
Los considerandos que llevan a muchos compañeros a tomar partido por Scioli no pueden subestimarse: están apoyados en el carácter simbólico que tiene un triunfo de Macri, los valores que representa, la estructura económica y social que lo sostiene y la certidumbre de una política reaccionaria sin fisuras, mientras que, sostienen, el triunfo del candidato oficialista crearía un espacio más permeable a las contradicciones y a la resolución de los conflictos. Votar por Scioli es cerrarle el paso al enemigo principal.
La lógica del mal menor es un tema recurrente en nuestra historia, pero no solo en la nuestra. Gramsci escribía en sus Cuadernos de la cárcel: “El concepto de mal menor es uno de los más relativos. Enfrentados a un peligro mayor que el que antes era mayor, hay siempre un mal que es todavía menor aunque sea mayor que el que antes era menor. Todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor, y así hasta el infinito”.
En una versión local de esta especie de cinta de Moebius del planteo gramsciano, no puede faltar la experiencia de la Alianza, cuyo candidato de derecha, De La Rúa, que era el mal menor frente a Duhalde, terminó poniendo a Cavallo, decretando el Estado de sitio y fugándose en helicóptero. Luego fue ungido presidente el mal mayor, que después de la masacre del puente Avellaneda se convirtió en el elector de N. Kirchner porque Reutemann y De la Sota rechazaron el convite.
La cantidad de fallidos acumulados dan cuenta de cómo el menor de los males puede transformarse en algo diferente. El ejemplo más cercano en el tiempo es el colapso de Dilma y el PT: la “única opción” ante la derecha está aplicando el programa de su opositor, y designó ministro al banquero Joaquim Levy para llevar adelante el mayor ajuste a favor del capital financiero en la historia reciente de Brasil
El criterio para encontrar el punto justo y evaluar similitudes y diferencias, contradicciones principales y secundarias depende del cedazo utilizado para filtrar las alternativas que generan, no solo los personajes sino los proyectos que representan.
La disputa entre dos fracciones del poder económico, por quién y cómo se realiza el ajuste, puede explicar las cornadas entre bueyes. La división entre una burguesía nacional y otra transnacional está saldada: la globalización los ha subsumido. La fusión, con el predominio del capital financiero sobre el productivo, con todos los matices que puedan encontrarse, es lo dominante en esta etapa del capitalismo.
La coincidencia en las políticas extractivas, la megaminería y el fracking, la sojización y los agronegocios, los pagos al Club de París y al FMI, la depredación de la naturaleza, el rechazo al aborto y el avance de los variados mecanismos de control social, ha sido explicita. No creo que la izquierda que propugna el desarrollo de una fuerza popular, anticapitalista y antipatriarcal deba tomar partido por una de estas fracciones, cuyos bordes son porosos, y sus roles, intercambiables.
 “Sabemos poco sobre lo que ocurre en la mente de la mayoría de hombres y mujeres incapaces de expresarse y por eso no podemos hablar con certeza de lo piensan y sienten”, E. Hobsbawm. ¿Por qué grandes mayorías votan candidatos de derecha, contrarios a sus intereses? No es una pregunta novedosa, y limitarla a errores de comunicación o a la elección de determinados candidatos roza la superficie de este contrasentido. Lo llamativo es la sorpresa ante los resultados, como si el giro a la derecha de la política institucional y su internalización en la subjetividad de la población hicieran su debut en las urnas del 25 de octubre.
La credibilidad de los realizadores de encuestas como referencia para pensar y actuar ha instalado una metodología perversa, que los posiciona como los nuevos gurús a los que recurrir para interpretar la sociedad. Una encerrona donde el “hacemos lo que quiere la gente” conlleva a un resultadismo ramplón, reemplaza la praxis política y concilia con la manipulación de las tendencias de opinión, donde es difícil discernir entre causa y efecto.
Si en las PASO los tres candidatos que obtuvieron el 90 % de los votos son de derecha, era evidente que la suerte estaba echada. El macrismo y sus aliados gobernarán la CABA y la provincia de Buenos Aires, territorio donde se genera el 50 % del PBI y vive el 40 % de la población; las administraciones de Santa Fe, Córdoba y Mendoza no son kirchneristas. El resto en nada mejora el perfil: Gioja, Insfrán, Morales, Das Neves van llenando casilleros, con poca afinidad con el llamado progresismo. Los intendentes peronistas del conurbano ya están hilando con la futura gestión macrista, por tanto la gobernabilidad será siempre una negociación entre variables de derecha. No es preciso hace futurología: en la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, el PRO y el FPV concordaron en casi todas las leyes que avanzaron en privatizar la ciudad.
Es evidente que la evaluación del balance entre el debe y el haber del kirchnerismo no alcanza para interpretar procesos políticos y sociales, cuya complejidad está presente en innumerables investigaciones y ensayos, pero que el pragmatismo visceral niega sistemáticamente. Los cambios producidos por la globalización; los modos de producción y generación de valor; las nuevas formas del trabajo en el capitalismo tardío; los procesos de urbanización caótica, con sus secuelas de segregación y fragmentación; la apropiación voraz del suelo urbano y las riquezas del subsuelo; la manipulación de los flujos informáticos y comunicacionales y sus consecuencias en lo cotidiano; consumismo, individualismo y hedonismo; ruptura de lazos solidarios, creciente violencia institucional, criminal, de género e interpersonal; entre muchas otras variables que atraviesan nuestra sociedad y muestran el agotamiento y la incapacidad congénita del llamado populismo neodesarrollista para resolver cuestiones estructurales y enfrentar la crisis civilizatoria del capitalismo.
Resulta paradójico que la convocatoria a la izquierda para frenar al macrismo provenga de quienes fueron corresponsables en la creación de una situación donde las opciones no son opciones. Es una verdadera impostura que políticos e intelectuales que aceptaron genuflexamente un candidato que ellos mismos cuestionaron pretendan chantajear a la izquierda con el discurso de hacerle el juego a la derecha. Hace unos meses atrás en el balotaje de la CABA, el propio kirchnerismo llamó a votar en blanco pues ambos candidatos, Lousteau y Larreta, eran lo mismo.
La metodología y la concepción no son de coyuntura; solo hace dos años, en las elecciones del 2012, Cristina Kirchner puso al frente de la campaña del principal distrito electoral a Insaurralde, porque medía bien. El candidato farandulizado en las noches de Tinelli obtuvo en la provincia los mismos votos que Aníbal Fernández. En esa ocasión, Massa, exjefe de gabinete, le ganó con el 45 % de los votos. La reflexión y la autocrítica, ausentes.
Evaluar la llamada década ganada es también reconocer que este cuadro es el resultado de un modo de hacer política que niega toda posibilidad de protagonismo y decisión a los sectores populares, empezando por su propia militancia, a la que se convoca para actos y movilizaciones a poner el cuerpo, pero no para opinar y decidir.
La verticalidad, la desmovilización, el apoyo cerril y acrítico, la dedocracia, el doble discurso, la corrupción, la cooptación como método para desestructurar los movimientos sociales, el clientelismo, el sostenimiento de la burocracia sindical apuntalada por ministerios propatronales: son métodos regulares sobre los que se ha construido la gobernabilidad del modelo.
La confrontación en el terreno político institucional del sistema es una parte de la batalla política. La experiencia del triunfo de Chávez y el de Evo Morales, independientemente de las lecturas sobre sus gobiernos, muestran el valor que tiene lo electoral cuando se da en momentos de alta confrontación política y social. En un contexto de desmovilización, de luchas parciales y fragmentadas, por el contrario, generalmente sirven para afirmar la hegemonía de las clases dominantes. Esto no desmerece los alcances ¾modestos o importantes, de acuerdo al parámetro que se use para medirlos¾ de la izquierda expresada en el apoyo al FIT y a otras incipientes y valiosas construcciones locales y vecinales.
El voto con mandato no existe, en la urna todas las boletas son iguales y no llevan pegados ni argumentos ni obligaciones. Una vez emitido, el acto soberano pierde toda potencia porque es reapropiado por el representante. Son los elegidos quienes deciden y lo hacen cada vez más autoreferencialmente. Ciertamente, el voto blanco o la abstención tampoco tienen un sello único, menos aun si no son una respuesta capaz de desmontar la falsa opción. Su utilidad se desdibuja si se acota a la mera oposición a los candidatos sin cuestionar fuertemente la degradación de este sistema de representación burguesa. Empezando por las PASO, que son un filtro para las organizaciones con menos recursos, y continuando con el propio balotaje, que es una construcción de falsas mayorías para legitimar todo tipo de actos.
El fenómeno desborda las condiciones coyunturales; es notorio el deterioro universal de las formas de la representación burguesa, de sus falacias constituyentes, y la corrosión de sus estructuras y metodologías. La desideologización, el vaciamiento de contenidos y la creciente falta de compromiso político de gran parte de la sociedad con lo público y el bien común se expresa en la volatilidad del voto. CFK obtuvo en 2011 el 54 % en primera vuelta, y su candidato actual, el 36 %: 2,5 millones menos. Narváez, empresario que llegó de la mano de Menem, en el 2009 le ganó a la lista “testimonial” encabezada por Néstor Kirchner y Scioli; luego hizo campaña con la consigna: “Ella o Vos” y ahora apoya al candidato oficial; el FAP en 2011 obtuvo el segundo lugar con casi el 20 %, hoy ya no existe. Pino obtuvo en la CABA el 25 %, y proyecto Sur es solo un recuerdo.
El panquequismo saltimbanqui de los dirigentes que cruzan de una vereda a otra sin ningún pudor se ha convertido en una constante, punteros y caudillos locales pasaron del FPV para Massa ida y vuelta. Pino se juntó con Carrió para tener su senaduría. La UCR expulsó a Cobos y lo reincorporó después del voto no positivo, caminó con Lavagna, Binner y Narváez y ahora le prestó su aparto electoral a Macri. Lousteau, el ministro de la 125 en el gobierno de CFK, devino en candidato de Carrió y la UCR, adalides de la gauchocracia, quienes a su vez enfrentaron a Larreta pero se abrazan a Macri. El kirchnerismo puso a Cobos en la vicepresidencia y luego al yuppie Boudou; a Scioli, en la vicepresidencia y luego en la gobernación por dos periodos. Nuevo Encuentro era la opción kirchnerista de izquierda ante Scioli, con el que hoy está absolutamente mimetizado. El gobierno friega a su propia militancia transformando las PASO en una encuesta oficial; los integrantes de Carta Abierta escribieron “Scioli no nos representa”, pero rápidamente digirieron al “saponauta” ¾Barcelona dixit¾. Todo vale en el universo de la real-politik, donde el estilo de políticos gerentes, burócratas profesionales, se consolida y es naturalizado por los medios. Así, pues, hablar de las elecciones como un triunfo de la democracia, donde la sociedad eligió libremente, es cuanto menos falso. La trampa excede la posible manipulación de las urnas.
El futuro de una juventud militante que se sumó en este periodo al kirchnerismo, aportando sus ganas de construir un país mejor, es un ingrediente puesto a consideración. Es difícil ponderar el riesgo que un triunfo macrista produciría en ellos, con la consiguiente carga de frustración y desengaño. Lamentablemente, la formación de esta generación en la aceptación del blindaje al líder infalible, disciplinada con un verticalismo que los inhibe de pensar y actuar con independencia, no ofrece las mejores perspectivas. Apostar a la ruptura de la obsecuencia es una carta difícil; quien reclama lealtad y abandona a sus acólitos en el medio de la misa para que nada ensombrezca su figura, ha hecho escuela.
Así como no es aceptable la simplificación electoralista, tampoco, en un horizonte de ajuste donde seguramente habrá resistencias, se puede afirmar que el camino regresivo conducirá mecánicamente la lucha y la organización popular a nuevas alturas .
Las debilidades de la propia izquierda, que no es ajena al cuadro político, deben ser parte de la reflexión. El crecimiento de las expectativas en la disputa institucional, que no puede ser subestimada, es también consecuencia de la falta de confianza en el papel de las propias fuerzas y del protagonismo social en la construcción de poder popular.
La argumentación para una u otra postura enciende la polémica.Llamentablemente, como se aprecia en las redes sociales y los foros de debate, no siempre en términos fraternales, hábito pernicioso de la izquierda. Ni el voto a Scioli es una traición a la clase trabajadora, ni el voto en blanco o la abstención constituyen un principismo maximalista que elude el compromiso. Estos actos no deberían definir una divisoria de aguas.