Trabajo

En el capitalismo sobra gente... (Pero, en realidad, lo que sobra es el capitalismo)

 
Juana Del Pozo
 
En un artículo publicado en agosto de 1996, el economista de origen paquistaní Anwar Shaikh comparó la crisis de 1929 con la de las décadas de 1980 y 1990.1 Ambas fueron consecuencia del antagonismo constitutivo del capitalismo, entre el hacer humano y el trabajo abstracto, y expresaron la imposibilidad del capital para imponer su lógica y su dominio a toda la actividad humana concreta. Para salir de la crisis de los años 1930, el capitalismo desarrolló, en un grado nunca visto antes, la destrucción de bienes materiales y fuerzas productivas con bombardeos a ciudades enteras en Europa y la muerte de más de cincuenta millones de seres humanos. La salida de la crisis de las décadas de 1980 y 1990, en cambio, estuvo dada, según Shaikh, por la expansión del crédito, fundamentalmente a través de aparición de las tarjetas de crédito: “no hay semana en la que por debajo de la puerta de mi casa en New York no aparezcan sobres ofreciéndome los créditos vía la tarjeta”, escribió el autor. En esta respuesta, el capital apostó a su capacidad para disciplinarnos por medio del consumo y para crearnos una dependencia hacia él cada día más creciente, enlazando así nuestra vida cotidiana a la lógica del mercado capitalista, al que se accede solamente a través del dinero o por medio de créditos otorgados por la tarjeta plástica. De este modo, todo lo necesario para la reproducción material de la vida humana puede y debe ser adquirido en el mercado. Ya no más gallineros en los fondos de las casas, ni huertas domésticas o comunitarias, ni árboles frutales, ni abrigos de lana tejidos por la abuela, como había sucedido durante siglos. Esto significó que la salida a la crisis del capitalismo no se pudo lograr sin nosotros, sin que nos sumáramos al consumismo monetarizado, sin que acatáramos, más o menos conscientemente, estos nuevos patrones de dominación social.

Trabajo y producción: ¿categorías históricas o fundamentos universales de una filosofía de la historia?

Autor(es)

 
 
Introducción
 
Entre los tantos debates que se han suscitado en el campo de la teoría marxista hay dos que parecen poner en cuestión sus propios fundamentos. El primero, más reciente, es el debate en torno al carácter histórico (capitalista) o transhistórico (aplicable a todas la épocas y sociedades) de la categoría “trabajo”.[1] En este debate, sin embargo, muchas veces aparecen mezclados problemas que, si bien se encuentran entrelazados, deben distinguirse: a) la cuestión del carácter histórico de la dualidad trabajo concreto/trabajo abstracto y, por lo tanto, del alcance temporal y espacial de su aplicación; b) el problema del lugar del trabajo en diferentes sociedades y épocas históricas; c) el problema del trabajo como objeto, es decir, en qué medida la designación de un conjunto de actividades como trabajo es extensible a sociedades diferentes de la capitalista. El segundo debate es el referido a la validez de la denominada “determinación de lo económico en última instancia”. Es decir: a) ¿es un principio metodológico válido, aun para la sociedad capitalista, aquel según el cual las contradicciones situadas en el nivel de las relaciones sociales de producción –las que entablan los hombres para producir y reproducir sus condiciones materiales de existencia (producción y distribución de los valores de uso mediante los que satisfacen sus necesidades)– son determinantes de la estructura y dinámica de la sociedad en su conjunto?; y b) incluso siendo cierto para la sociedad capitalista, ¿es un principio válido para cualquier sociedad y época histórica? Si bien se trata de dos debates diferentes, se encuentran entrelazados por la centralidad explicativa de la producción material en la teoría marxista.[2] Aquí intentaremos unas breves reflexiones sobre la relación entre ambos problemas.

Trabajo y dominación: reflexiones sobre el poder

 
 
Para nosotros, reflexionar acerca del trabajo y la dominación implica una obligación y un desafío. La obligación consiste en no perder de vista que, para hacerlo, se debe considerar el poder como un factor de análisis fundamental. La manera en la que entendamos el poder definirá un abordaje particular de esa relación entre trabajo y dominación. El desafío, por su parte, es resultado de aceptar esa obligación: nuestra reflexión debe ser capaz de ser sensible a las variaciones del ejercicio del poder en el trabajo, aunque este parezca no sufrir modificaciones. En las próximas páginas acercaremos algunas de nuestras ideas respecto de estas dos cuestiones.

¿Cómo está la clase? Una reflexión sobre antagonismo y conflictividad de los trabajadores

 
Cuando me propuse realizar este escrito quería reflexionar sobre la importancia central del análisis del conflicto para acercarme a la situación de los trabajadores. Pero en los intentos por pasar rápidamente a este tema se me presentaba como ineludible la cuestión de la clase y me hacía retornar una y otra vez a viejas discusiones y dilemas propios. Diré para empezar a aclarar-me esta cuestión, que el interés que me hace pensar el conflicto y la clase van unidos. Parte de una comprobación a la que hemos arribado, en parte, gracias al seguimiento de la conflictividad laboral en Mendoza. La mayoría de los conflictos laborales abiertos que se han manifestado en el último decenio no han logrado fortalecer de conjunto a los-que-viven-del-trabajo, más bien han mostrado hasta qué punto llegan las fracturas y fisuras en su seno. Es más, aun cuando los trabajadores han salido a luchar y han obtenido en algunos casos la consecución de sus demandas, esta resolución no ha redundado en la mejora de su condición social-laboral o en el estrechamiento de lazos vinculares-solidarios dentro y fuera de sus colectivos de trabajo.

El poder y el olvido

 
La experiencia de organización por lugar de trabajo y la deriva de radicalización “sindical” que los trabajadores argentinos vivimos en los años 60-70 ha sido tan importante, que no sorprende el hecho de que diversas fuerzas, hasta ahora predominantes, continúen preocupándose por imponer su perspectiva sobre nuestra memoria.
Los relatos históricos posdictadura han dejado –necesitan hacerlo– buena parte de la radicalidad obrera en la experiencia popular encubierta por una neblina de olvido, que obstruye el acto de apropiarnos de nuestra  memoria. En Argentina (pero también en Brasil, Chile o Bolivia), en la organización de los ambientes laborales se desarrolló un fuerte cuestionamiento de las relaciones de subordinación al capital.
Para sostener una memoria de los hechos populares hay que descartar la perspectiva de la “historia oficial”, que es el punto de vista difundido, establecido y sacralizado por los políticos, los ministerios, los medios, la escuela, los sindicatos oficiales y aún la izquierda institucionalista. Hacerlo implica transponer otro hecho contundente, un hecho de poder: esa misma historia oficial constituye un elemento de nuestra identidad, o mejor, toda una lógica de entendimiento, que muchas veces compramos como el punto de vista “lógico”.

El “tiempo perdido”: el tiempo y los movimientos sociales

 
Introducción
 
En el tiempo del modo de producción capitalista ningún minuto puede perderse, todo debe ser tiempo de producción o de consumo.
Cómo no indignarse entonces cuando en un corte de un puente, que interrumpe el trayecto continuo de las mercaderías, del trabajo muerto, un grupo de los más jóvenes (y no tanto) arman un “picadito” para ¿pasar el tiempo? Estamos dominados por el tiempo del capital, homogéneo, el tic-tac, tic-tac, en el que cada fracción de tiempo es igual a la siguiente, el tiempo de la alienación. Pero hay otro tiempo, el tiempo de la crisis, el tiempo de la vida, el tiempo de los excluidos, el tiempo de la rebelión. Según Rosalita (citada en Tischler, 2010:39), una promotora de la Escuela de Idiomas de Oventic, los tzotiles tienen tres tiempos: el tiempo de la hora exacta, es decir el del reloj; el tiempo justo, que es el tiempo de la comunidad y de la naturaleza; y el tiempo necesario, que es el tiempo de la revolución.

El capitalismo como patriarcado productor de mercancías y el protagonismo de las mujeres en los Movimientos de Trabajadores Desocupados

 
 
Contexto
 
La posibilidad de este artículo surge del cruce de experiencias teóricas y prácticas.[1] Por un lado, evidentemente, este trabajo no hubiera sido posible sin los trabajos de Roswitha Scholz, Norbert Trenkle y el grupo Krisis.[2] De no haber sido por esas lecturas, no habría accedido a comprender la naturaleza específica del patriarcado en el capitalismo y su vínculo con la construcción de las identidades obreras masculinas. Por otro lado, esta elaboración surge como reflexión en el seno de la práctica política. Durante un taller de formación política con un viejo compañero de los Movimientos de Trabajadores Desocupados de fines de los años noventa, aprendí que, para  organizar asambleas de base, crear comedores, cooperativas, etc., era clave convocar a “las doñas” de los barrios. El comentario sobre la importancia de convocar a “las doñas” (madres y a menudo también sostenes de familia) en la militancia territorial en general, se repitió más de una vez. Mientras que la mayoría de los “referentes” públicos y mediáticos del movimiento continuaron siendo hombres, en la cotidianidad de la organización de base, las mujeres de las barriadas se organizaron y politizaron temprana y decididamente.

Sobre la lucha contra el trabajo y su proyección fuera del ámbito laboral

 
Si algo pudiera sacudir la interpretación actual sobre el trabajo, sería quizás, que empezáramos a darnos cuenta que las cosas que verdaderamente nos gustan hacer, se ven condicionadas por este.
Sentir peso al cumplir horarios, producir cosas todos los días que pocas veces o nunca utilizaremos y buscar una lectura que nos ayude a encaminar todas las dudas que se nos presenten, pueden ser los primeros pasos para entender el sistema de sometimiento al cual estamos sumergidos sin darnos cuenta: “El trabajo alienado”.

En camino fuera del mundo del dinero. Apuntes sobre la autonomía zapatista

 
Claramente definida como anticapitalista, la lucha insurgente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha dado paso a un proceso de construcción de otra realidad colectiva que bien puede considerarse, hoy en día, como una de las “utopías reales” más esperanzadoras, en medio del desastre generado por la locura destructora del mundo de la mercancía.[1] Se han comentado sobre todo los avances de la autonomía zapatista en materia de educación, salud y justicia, así como la conformación de instancias de gobierno por afuera de las instituciones oficiales de México, en una lógica opuesta a la de la forma-Estado.[2] Otro aspecto menos analizado se refiere a lo que en términos capitalistas habría de nombrarse “economía” –pero, para nosotros, se trata precisamente de salir de la economía, es decir de la centralidad que esta adquirió, de manera específica, en el mundo social moldeado por el capitalismo.
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