Schachter, Silvio

Arquitecto, periodista, ensayista, investigador de temáticas urbanas. Miembro del consejo de redacción de Herramienta, coautor del libro Tiempos violentos, de diversos ensayos y articulos : El ocaso metropolitano, La mancha urbana, Puerto Madero a 25 años, Apropiandose Buenos Aires, El Pro y la derecha metropolitiana, Santa Maria de los malos ayres y otros.

La niña

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Una niña de 11 años, violada y embarazada, no puede abortar,  el tema paulatinamente abandona el espacio mediático, se olvida, los poderes instituidos y facticos imponen su lógica. La sociedad puede metabolizar casi todo.
 
”Una vez que la niña tuvo su primera ovulación tiene las condiciones físicas para sostener el embarazo. La naturaleza es sabia, una vez que tiene su primera menstruación el cuerpo está preparado" Hugo Cettour, ministro de Salud de Entre Ríos
El director del Hospital Masvernat de Concordia informó al juez que ella tiene las condiciones físicas necesarias para parir sin riesgo.
El juez de Menores de Concordia, Raúl Tomasselli en flagrante abuso de poder intimido, presiono y manipulo a la madre de la niña para que retire el pedido de la interrupción del embarazo. 

El ocaso metropolitano, archipiélagos, desmesura y exclusión

 El infierno de los vivos, si existe, está aquí, es el infierno en el cual vivimos todos los días, que formamos estando juntos. Existen dos maneras de no sufrir, la primera es fácil, para la mayoría de las personas es aceptar el infierno y tornarse parte hasta el punto de dejar de percibirlo; la segunda es arriesgada y exige atención y aprendizajes continuos, intentar reconocer en el medio del infierno lo que no es infierno, preservarlo y abrirle espacio

Italo Calvino, Las ciudades invisibles  

 

Multitudes rodeadas de multitudes, multitudes que eligen aislarse, multitudes que se desplazan sin concederse siquiera la posibilidad de mirarse. Monstruosas, gigantescas, azarosas, sobredimensionadas, violentas, absurdas, las metrópolis son víctimas de su propia desmesura. Sus habitantes, signados por la anomia y la indiferencia, recorren los recortes de un conjunto de espacios inasibles mientras intentan ordenar e interpretar las partes con códigos mayormente ajenos a sus propias vivencias.

A Saramago, Quijote tallador de palabras

Pocas veces mi tristeza fue compartida por tantos. Murió José Saramago, pero no siento dolor, pues su vida y su obra fueron pura coherencia, compromiso y creatividad; la pena es por su ausencia, no poder contar más con sus lúcidas opiniones, esperar sus novelas y poemas. 

Contados escritores como el quijote portugués, tallador de palabras, acompañaron con su literatura nuestras vivencias. Este comunista libertario, hormonal, como se autodefinió, estuvo atento a la realidad de su tiempo, nunca formal, siempre incisivo, sin ataduras, nada complaciente. Un referente ético impar, quizás el último gran escritor que unió una narrativa brillante y seductora con una implacable honradez intelectual, no eludió temas para evitar controversias, supo incomodar y desatar polémicas con sus punzantes reflexiones. Fue capaz de trasladar a su universo literario el más fuerte compromiso, compromiso que adquiere plus valor cuando esa palabra ha sido vaciada de todo significado. Fue un ejemplo de concordancia entre el decir y el hacer.

“Mi oficio era levantar piedras, no es mi culpa si debajo de esas piedras había monstruos que quedaban al descubierto”. En una conferencia en la Biblioteca Nacional, más política que literaria, dijo “nací en un mundo injusto y seguramente moriré en uno igual, en mi lápida que pongan aquí yace José Saramago, murió furioso”.

La iglesia lo acusó de hereje, el Vaticano no dejó de insultarlo en todas las lenguas posibles. En su obituario en el L'Osservatore Romano el oscurantismo ensotanado reiteró su impotente diatriba. Saramago se animó a humanizar la figura de Jesús, a contar cómo perdía la virginidad con María Magdalena, a dibujarlo como a un títere de Dios para multiplicar y expandir su dominación mundial.

A Saramago, Quijote tallador de palabras

Pocas veces mi tristeza fue compartida por tantos. Murió José Saramago, pero no siento dolor, pues su vida y su obra fueron pura coherencia, compromiso y creatividad; la pena es por su ausencia, no poder contar más con sus lúcidas opiniones, esperar sus novelas y poemas. 

Contados escritores como el quijote portugués, tallador de palabras, acompañaron con su literatura nuestras vivencias. Este comunista libertario, hormonal, como se autodefinió, estuvo atento a la realidad de su tiempo, nunca formal, siempre incisivo, sin ataduras, nada complaciente. Un referente ético impar, quizás el último gran escritor que unió una narrativa brillante y seductora con una implacable honradez intelectual, no eludió temas para evitar controversias, supo incomodar y desatar polémicas con sus punzantes reflexiones. Fue capaz de trasladar a su universo literario el más fuerte compromiso, compromiso que adquiere plus valor cuando esa palabra ha sido vaciada de todo significado. Fue un ejemplo de concordancia entre el decir y el hacer.
“Mi oficio era levantar piedras, no es mi culpa si debajo de esas piedras había monstruos que quedaban al descubierto”. En una conferencia en la Biblioteca Nacional, más política que literaria, dijo “nací en un mundo injusto y seguramente moriré en uno igual, en mi lápida que pongan aquí yace José Saramago, murió furioso”.
La iglesia lo acusó de hereje, el Vaticano no dejó de insultarlo en todas las lenguas posibles. En su obituario en el L'Osservatore Romano el oscurantismo ensotanado reiteró su impotente diatriba. Saramago se animó a humanizar la figura de Jesús, a contar cómo perdía la virginidad con María Magdalena, a dibujarlo como a un títere de Dios para multiplicar y expandir su dominación mundial.

Honduras, ese país tan pequeño.

 

Un país tan pequeño como Honduras, no puede permitirse el lujo de tener dignidad
José Azcona Hoyos, presidente  entre 1985-1989.
 
Una postal  sorprendió a no pocos observadores políticos: junto a Hugo Chávez, Raúl Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega, una figura un tanto exótica, luciendo sombrero texano, ofrecía una nota inesperada. José Manuel  Zelaya ocupaba un lugar entre quienes conforman “el eje del mal”, en versión latinoamericana. El presidente de Honduras rompía, dos años atrás, la tradición de   sus predecesores, sempiternos acólitos y sumisos cómplices de cuanta aventura se propuso la CIA en la región.

 

Honduras, ese país tan pequeño

Un país tan pequeño como Honduras, no puede permitirse el lujo de tener dignidad
José Azcona Hoyos, presidente  entre 1985-1989.

Una postal  sorprendió a no pocos observadores políticos: junto a Hugo Chávez, Raúl Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega, una figura un tanto exótica, luciendo sombrero texano, ofrecía una nota inesperada. José Manuel  Zelaya ocupaba un lugar entre quienes conforman “el eje del mal”, en versión latinoamericana. El presidente de Honduras rompía, dos años atrás, la tradición de   sus predecesores, sempiternos acólitos y sumisos cómplices de cuanta aventura se propuso la CIA en la región.

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