A 30 años de la muerte de Ernesto Guevara.

Napuri, Ricardo

El 8 de octubre próximo se cumplirán 30 años de la muerte de Ernesto Guevara. En todo el mundo se han lanzado decenas de nuevas biografías y se están reeditando las antiguas, respondiendo a un renovado interés por la vida y la obra del Che. El cine y el teatro no han estado ausente de este revival. No escasean las mesas redondas y seminarios sobre el tema. Confinada a los posters y las remeras, la imagen del Che es la de alguien respetado por su fidelidad hasta la muerte a sus principios. Sin embargo, se lo considera un utópico, un romántico que creía sinceramente en sus ideales, cuya temprana muerte le ahorró ver el fracaso de los mismos.

Hay una evidente necesidad, sobre todo por parte de las nuevas generaciones, por conocer el pensamiento y la vida de Guevara, a la luz de los acontecimientos de la última década, rica en crisis y virajes históricos imprevistos.
Existe una enorme deuda pendiente. Falta todavía una lectura profunda de sus escritos y una evaluación objetiva de su trayectoria política para llegar a un análisis preciso del lugar de la utopía del Che en la teoría y la práctica revolucionaria en la segunda mitad del siglo XX. Para ello es esencial también el análisis de las vivencias de quienes lo conocieron y lucharon a su lado. Dentro de los numerosos testimonios, hay por lo menos uno que ha sido ignorado: el del peruano Ricardo Napurí, un testigo privilegiado de los primeros años del Che Guevara en La Habana, con quien colaboró en sus esfuerzos por extender la revolución al resto del continente.
Con el siguiente reportaje, realizado por José Bermúdez y Luis Castelli, queremos compartir con nuestros lectores al menos parte de ese importante testimonio.
   –En enero de 1959, a pocos días de la caída del gobierno de Batista, usted viaja a Cuba y se encuentra con el Che. ¿Qué lo lleva a tomar tal decisión?
     –RN: Existía en la Argentina un Comité de Apoyo a los combatientes del Movimiento 26 de Julio, que se formó en 1956 casi inmediatamente después del desembarco del Granma en la isla. En ese entonces yo era periodista del diario La Razón, y además secretario general de su Comisión Interna y miembro de la dirección del Sindicato de Prensa de Buenos Aires. Desde 1949 formaba parte del Grupo Praxis, que dirigía Silvio Frondizi1, y a pesar de que éste, como casi toda la izquierda del país era hostil a los “barbudos”, personalmente colaboraba con el Comité de Apoyo, en disidencia con Praxis . Mi razonamiento era simple, intuitivo: los del Granma apelaban a la lucha armada para enfrentarse a Batista, dictador y genocida de su pueblo, y aunque estuvieran aliados con fuerzas burguesas, su rol era progresivo.
    
     –¿Cómo explicaban Praxis y algunos grupos de izquierda esta hostilidad hacia los combatientes del Granma?
     –RN: El Grupo Praxis y gran parte de la izquierda ponía un signo igual entre Batista y Fidel, decían que ambos eran “agentes del imperialismo”. En Praxis, por ejemplo se decía que Fidel era agente del “ala democrática” del imperialismo y que estaban luchando dos tipos de agentes, agente contra agente. No hacían diferencias. Me pegué al Comité de Apoyo casi por instinto, pensaba: “aunque sea un agente burgués, Fidel es más progresivo, más democrático que el asesino Batista”. En este aspecto estaba en disidencia con Praxis y como tal fui a Cuba.
    
     –Al Che lo ve casi inmediatamente...
     –RN: Arribé a La Habana el 8 de enero de 1959, en un avión que alguien de la dirigencia revolucionaria castrista había enviado para repatriar a los exiliados cubanos residentes en Argentina. Algunos “amigos” del Comité de Apoyo y periodistas, entre ellos yo, utilizamos ese avión. Junto a la madre del Che y dos de sus hermanos, pude verlo casi inmediatamente. Mi primera impresión fue que era un joven amable, cálido, sencillo, con apariencia de tímido. Vestía aún ropa de campaña, con algo de barro en sus pantalones y zapatos, y portaba su pistola al cinto. Le dije quién era yo y que quería colaborar con la revolución. Al tomar nota de mi militancia en el Grupo Praxis, me pidió que le explicara las diferencias políticas que separaban a los hermanos Silvio y Arturo Frondizi. Dijo que su desinformación se explicaba porque no había tenido ideas ni actividad política durante su paso por la Universidad en Argentina2.
    
     –En esos primeros días de enero de 1959, existían diferencias entre los combatientes que venían de la “sierra” y los del “llano”, o sea las ciudades...
     –RN: Cuando llegué esa era la discusión en Cuba. Le dije al Che que había escuchado comentarios de las diferencias entre los de la “sierra” y los del “llano” sobre el papel que habían jugado en la guerra. El me dio su versión favorable a las guerrillas de la sierra, y agregó que si el asunto me interesaba me facilitaría medios y contactos para recorrer la isla y hacer entrevistas. Los combatientes de la ciudad –el “llano”– decían: “Nosotros peleamos más que los de la sierra y no tenemos ningún título de Comandante”. Según ellos, al 70% u 80% del ejército batistiano lo retuvieron en las ciudades a través de la acción de resistencia activa. Había conflicto hasta el punto que Fidel amenazó a los combatientes del Directorio Revolucionario3, que habían tomado la Universidad, con echarles bala. Después algunos de estos grupos se fusionaron con el Movimiento 26 de Julio, otros no.
 
     –Usted fue a ofrecer su colaboración con la revolución, ¿cómo se expresó esta colaboración?
     –RN: Al Che le entusiasmó el que hubiera sido un aviador militar deportado de Perú por haberme negado a bombardear a marinos y militantes de la izquierda aprista en la insurrección de octubre de 1948. Yo, que había pensado en apoyar y colaborar con la revolución haciendo propaganda, me encontré con que el Che me decía que una primera prueba de mi colaboración sería mi retorno a Perú con la tarea de ver qué organizaciones y hombres apoyaban a Cuba, pero que a la vez estuvieran dispuestos a asumir un compromiso revolucionario. Y fue claro: “Aceptas o no aceptas”, dijo. Ahí decidí abandonar todo, mi familia, mi trabajo, todo. Era la fuerza que tenía la revolución, la gente en las calles. Yo era joven, apenas tres años mayor que el Che, y pensé: “Siempre quise esto, peleé por esto”. Y Cuba te decía: “Vamos a hacer juntos la revolución”. No decía “yo la hago”. Decía: “Háganla ustedes y nosotros les apoyamos”. Así que no dudé, acepté de inmediato. Cuando menos lo pensaba, ya estaba comprometido con el Che, apenas siete días después de arribar a la isla.
 
     –Si tomamos en cuenta su formación marxista al lado de Silvio Frondizi, cuesta entender qué fue lo que lo impulsó a abandonar la Argentina para retornar a Perú ante el pedido del Che, dirigente de una revolución que en esos momentos no era declaradamente antiimperialista y menos aún socialista, y cuyo destino era incierto...
     –RN: Cierto. Por mi formación marxista yo era un combatiente de la revolución socialista. Llevaba muchos años en ello. Lo que pasaba era que los revolucionarios latinoamericanos nos tropezábamos con la muralla que significaban los movimientos nacionalistas, pero también los partidos comunistas. Estos últimos, al plantear alianzas y frentes populares con las burguesías nativas cumplían el nefasto rol de “policías políticos en la izquierda”, privilegiando la vía pacífica y reformista. A su manera esto lo constató el Che cuando le criticó duramente a José Manuel Fortuny, secretario general del Partido Guatemalteco del Trabajo (el Partido Comunista) el haber capitulado, no defendiendo al gobierno de Arbenz, en 1954, ante la agresión de Estados Unidos, no llamando a la resistencia armada4. No habíamos encontrado el medio para terminar con la “losa” estalinista, que impedía la revolución. Por eso, al constatar que Fidel Castro, el Che, Camilo Cienfuegos y otros lo habían logrado, el deseo de imitarlos fue, para muchos de nosotros, superior a las previsiones que sugería nuestro bagaje teórico, programático y político marxista. Ellos, a través de la guerrilla abrían un capítulo inédito en América latina. Muchos jóvenes pensamos que podían tener razón y que bien valía la pena imitarlos, impulsando la lucha revolucionaria en cada uno de nuestros países.
     –¿Durante qué años estuvo usted relacionado con el Che?
     –RN: Tuve relación orgánica desde mi viaje a Cuba, en enero del ‘59 hasta 1964. Hay varios proyectos guerrilleros que se gestan en 1959, yo fui parte de uno de ellos, en Perú. Pero también se formaron en Honduras, Guatemala, Paraguay y otros. Detrás de este impulso se hallaba Cuba, que se apoyaba en nosotros para “exportar” su revolución con la intención de que fuera imitada en muchos lados. Fidel y el Che apoyaron estas guerrillas “por la libre”, como dicen ellos. El imperialismo, en ese momento, los atacaba por eso. Por ejemplo hay una anécdota sobre el El Patojo5, de Guatemala, al que conocí, y muestra la audacia del Che. Un día el Che me llama y me dice: “Mira esta carta”. Era una carta donde El Patojo desde México le explicaba que no les habían dado las armas que habían ido a comprar y le pedía dinero. ¡Había mandado la carta por el correo regular! Entonces el Che, que sabía que la CIA controlaba todo lo referente a Cuba, tomó la carta y la presentó ante la televisión diciendo: “Miren lo que hace el imperialismo, esos provocadores”. Mostró la carta como si fuera una provocación imperialista, para cubrirse del ataque que sabía que vendría del propio imperialismo. Ellos han sido maestros en la audacia política...
 
     –En abril de 1959, Fidel Castro viaja a Estados Unidos, invitado por la burguesía “democrática”, ¿este viaje generó alguna discusión dentro del Movimiento 26 de Julio?
     –RN: El Che se opuso a este viaje. Castañeda6, en su libro, dice que el Che se opuso, pero que se abstuvo de decirlo. En realidad, el Che dio una discusión dentro del Movimiento, incluso a mí me dijo que se oponía a ese viaje. La respuesta de Fidel al Che fue algo así: “Yo voy porque me han dicho –Pepe Figueres7 y otros que formaban el frente democrático– que Estados Unidos va a tener una posición tolerante con nosotros8”. En ese sentido, el Che tenía formada una posición respecto de Fidel, en una carta a René Ramos Latour, decía: “Consideré siempre a Fidel como un auténtico líder de la burguesía de izquierda, aunque su figura está realzada por cualidades personales de extraordinaria brillantez que lo colocan por arriba de su clase. Con este espíritu inicié la lucha, honradamente sin esperanza de ir más allá de la liberación del país, dispuesto a irme cuando las condiciones de la lucha posterior giraran hacia la derecha...”.9         
     Lo que sucedió después es que Estados Unidos no fue tolerante, ni lo pudo ser por el curso que tomó la revolución, donde sus dirigentes fueron más lejos de lo que fue su proyecto original. La gente en las calles pedía reivindicaciones concretas, todas dirigidas contra el imperialismo, porque Cuba toda era de los yanquis o sus aliados. Lo que la gente pedía estaba dirigido contra los Estados Unidos y los yanquis captaron eso, por eso trataron de frenarlo impulsando la maniobra del general Cantilo,10 que fue desbaratada por la huelga general.
 
     –Usted logró convencer al Che para que Silvio Frondizi fuera invitado a la isla...
     –RN: La ida de Silvio a Cuba tiene su historia. El Che se quejaba de que los estudiantes no habían entendido que en Cuba se había producido una revolución y que actuaban como en los viejos tiempos de la reforma universitaria. Sostuvo que era conveniente que intelectuales con capacidad ayudaran a la dirección a formar cultural e ideológicamente a la vanguardia estudiantil. Se dieron varios nombres para ayudar en esto y yo postulé a Silvio Frondizi, pero el Che lo cuestionó porque lo caracterizaba como trotskista. Le dije: “Me extraña que un revolucionario como tú establezcas un veto sobre un hombre de izquierda, marxista, de pensamiento independiente”. El Che respondió que no había leído textos trotskistas y que apenas conocía a Trotsky y me pidió que le buscara un libro donde Trotsky sustentara sus pensamientos. No me fue fácil encontrar un libro de Trotsky en La Habana en esos días, pero en una librería hallé una casi roída Revolución Permanente y se la llevé al Banco de Cuba, del que ya el Che era presidente. Como a los quince días me llamó para decirme que había leído el libro, al que había subrayado y escrito con su pequeñísima letra de médico, que fuera conocida después por el Diario de Bolivia.
     Ahí, en una larga conversación –a las dos de la mañana, hora que le era más cómoda– afirmó que Trotsky era coherente y que tenía razón en muchas cosas, pero también que “ya era tarde” para cambiar de orientación. Inteligente como era captó en seguida el pensamiento de Trotsky de transformación de la revolución democrática en revolución socialista, del carácter ininterrumpido de la misma hasta devenir en revolución internacional y mundial. En esa charla discutimos de todo, del sujeto social y político de la revolución, del proletariado. Pero él me dijo: “Bueno, pero nosotros hicimos la revolución sin el proletariado”. Y al final eso te desarmaba, hacía que tu vayas al pie de él. Es que, tú le llevabas la literatura, y él estaba ahí, con su barba, y había hecho una revolución. El te miraba y tú te dabas cuenta de lo que pensaba: “¿Y dónde hiciste tú la revolución?” Y entonces cedías a él. Además te decía: “Bueno, haz la revolución”, como diciendo: “pruébalo”. El Che era una persona con la que se podía discutir. Lo único, que como ellos tenían apuro en expandir la revolución, te decía: “Yo hice la revolución, hazla tú, con todas las variantes que quieras, pero... a mí me salió diferente y mientras no tenga demostración en contrario, me quedo con esto”. En ese sentido es que me dijo que para él era tarde para la posición trotskista. En la discusión me impresionó la forma en cómo captaba las cosas y la fuerza que puso para defender sus propias convicciones políticas.
 
     –¿Fue por esta discusión que Silvio Frondizi fue invitado a Cuba?
     –RN: Sí, indudablemente. Sin embargo, el Che me dijo que no había condiciones políticas en Cuba para que alguien que era acusado de trotskista fuera invitado formalmente; que si se lo hacía habría enconos, principalmente entre los dirigentes del PSP, como Carlos Rafael Rodríguez11. Por eso fue que sólo yo recibí a Silvio en el aeropuerto de Rancho Boyeros. Como éste creía que sería recibido con honores, se disgustó mucho y amagó con volverse de inmediato. Después se serenó cuando supo que el Che lo esperaba al día siguiente. Se vieron varias veces, yo estuve en dos de esas reuniones pero Silvio me comentaba puntualmente todo porque nos alojábamos en el mismo hotel. Entre lo mucho conversado ocupó un lugar preferente el peronismo, y el Che señaló que recién en Guatemala, por sus vivencias con una revolución agredida por Estados Unidos, comprendió el carácter del nacionalismo y rol de Perón, pero lo que no comprendía era el porqué los trabajadores demoraban en liberarse de las ataduras del peronismo, proclive a pactar y capitular al imperialismo. Al fin, el Che le propuso a Silvio quedarse en Cuba y trabajar en la esfera de la cultura y la ideología. Frondizi dijo que lo pensaría, pero por el momento tenía intención de retornar a la Argentina, aunque que podía colaborar ya si se creaba una editorial latinoamericana que publicara los temas de la revolución cubana y contribuyera a las ideas de la izquierda y socialista de América latina. El Che aceptó y coincidieron que la sede provisional de la editorial sería Uruguay.
 
     – Y usted retornó a Perú, a instancias del Che... ¿se lograron los objetivos del acuerdo con el Che? ¿Qué organizaciones se comprometieron?
     –RN: Estando aún en Cuba, y por consejo del Che, adherí al Apra Rebelde, la izquierda del Apra, el partido de Haya de la Torre y después de Alan García. Habíamos coincidido con el Che que era una limitación el que yo no tuviera presencia política significativa en Perú, de donde había sido deportado muy joven. Ni pensar en plantear algo al Partido Comunista peruano, que se había mostrado hostil a los guerrilleros cubanos. Logré sin embargo coincidencias importantes con Luis de la Puente, Hilda Gadea –la primera esposa del Che– y otros dirigentes de la izquierda aprista. De la Puente era un joven abogado con trayectoria como líder estudiantil y muy decidido y con cualidades de mando. El y su grupo tenían tradición militante e influencia en la región Norte del país, entre los trabajadores azucareros, sobre algunas comunidades campesinas y en varias Universidades.
     El grupo, que después fue expulsado del Apra, en noviembre de 1959, se reivindicó rápidamente simpatizante de Cuba, sólo le faltaba establecer los nexos políticos con la dirección castrista, tarea que me encomendó el Che. Sin embargo, cuando fui al Norte del Perú, llegado de Cuba, uno de los lugartenientes de De la Puente agarró su pistola y me dijo: “Te retiras de acá, hijo de puta. Vienes a quitarnos lo que tenemos. Fuera”. Tuve que hacer de guapo y desafiarlo a disparar. No lo hizo... entonces me aceptaron. Es que el Apra Rebelde no tenía tradiciones obreras. Y, por otra parte, no les agradaba verme como un hombre “protegido” de Cuba.
 
     –En relación a la guerrilla en el Perú, el Che les acepta a usted y a De la Puente que la revolución no se haga sólo por medio del foco, posición que él defendía, sino que hagan la experiencia a través del Apra Rebelde.
     –RN: La discusión fue muy interesante. Ante el planteamiento del Che del foco guerrillero como la herramienta primera y fundamental de la revolución, De la Puente le contestó que la alianza del Apra Rebelde con Cuba se convertiría en un formidable catalizador. Confiaba que una rápida crisis del Apra haría sumar miles de trabajadores y jóvenes al Apra Rebelde y a su proyecto revolucionario. Afirmó también que el trabajo en las zonas campesinas estaba bastante desarrollado en las zonas de su influencia. De la Puente era un experto en el problema agrario y campesino. Conocía mucho el tema y lo desarmaba al Che cuando le explicaba la composición orgánica del campo en Perú. Le dijo que los campesinos estaban organizados en sindicatos. En Perú, además, hay miles de comunidades campesinas y tienen una tradición de disciplina interna y de combate. Eso puso en duda al Che, sobre el tema del foco “puro” porque De la Puente le decía: “Hay organizaciones campesinas concretas, y si vamos a hacer un levantamiento tengo que contar con lo que construyeron los campesinos. Además el campesino no va a abandonar sus organizaciones porque yo le ponga una guerrilla. Hay que trabajar con esas organizaciones”. Entonces el Che comprendió que debía “matizar” su idea del foco pensando que lo que se prometía en Perú era mucho más. Tanto que por un tiempo consideró que Perú era una punta de lanza en sus afanes internacionalistas de exportar la revolución. Muy convincentemente nos dijo que si la insurrección “prendía”, lo tendríamos a nuestro lado en las sierras peruanas. Por eso escuchó nuestros planteos y dijo: “Bueno, prueben”.
 
     –Aunque paralelamente armó otra guerrilla...
     –RN: Sí. La de Béjar12, líder del ELN, bien foquista, con veinte hombres nada más, como era su estilo. El ELN peruano surgió fundamentalmente a partir de un grupo de jóvenes que habían ido a Cuba a estudiar pintura, música. Entonces en Cuba les propusieron formar la guerrilla. Una parte aceptó y otra no. A ese grupo de voluntarios, me dijo después Héctor Béjar, que había sido expulsado del PC peruano, el Che lo alentó como un reaseguro ante el planteo del Apra Rebelde. En 1962, Béjar opinaba que a pesar de que el ELN era un grupo muy inferior al MIR13, creía que el Che y Fidel, que los visitaban y discutían con ellos les daban atención privilegiada, porque a los ojos de los cubanos ellos eran más “ortodoxos” que el MIR. Eran fieles seguidores de sus posiciones, las que fueran expuestas por Regis Debray en su libro La revolución en la revolución.
Es que el Che siempre mantuvo el ideal del foco “puro”, hasta el fin de sus días. Sobre esto hay algunas anécdotas, por ejemplo, mientras De la Puente estaba en Cuba, recibiendo formación militar, recuerdo uno de los consejos que nos dio el Che: riéndose expresó que Fidel y otros compañeros le habían criticado sus actitudes temerarias, que podrían haberle hecho perder la vida prematuramente. Nos dijo que, al igual que en la guerra convencional, “el comando nunca muere” y que la idea era más valida aún para la guerrilla, sobre todo cuando ésta entra en combate y se desarrolla. Que dirigirla era un hecho político. Es decir, no había que asumir riesgos innecesarios. Pero en su caso, su aparente exceso de valentía tenía una causa específica, porque él había sido siempre “vecino de la muerte”, por sus continuados y graves ataques de asma, que lo acercaron a la muerte más de una vez. Derrotar esa dolencia le dio una personalidad “dura” de apariencia suicida.
 
     –De la Puente mismo, después de unos años, se hizo foquista “puro” y abandonó las ideas que había hablado con el Che.
     –RN: Sí. En 1963, el Che despedía con su presencia a los guerrilleros del ELN de Béjar. Cuba estaba apurada porque entraran en acción los focos y el MIR, después de casi tres años de ayuda y apoyo, demoraba. El Apra Rebelde no lograba constituirse en un polo de atracción para la juventud y jóvenes apristas, tal como le había dicho De la Puente al Che. Las bases partidarias estaban desarticuladas y los nexos con los sindicatos y comunidades campesinas eran casi inexistentes, salvo la influencia marginal que tenía De la Puente mismo por su condición de abogado laboralista. De la Puente viajaba por el mundo diciendo que iba a hacer la revolución en el Perú, lo recibió hasta Mao Tsé Tung, y no concretaba. No podía hacerlo porque no tenía lo que había dicho al Che que tenía. Cuando comienza la guerrilla de Béjar y el ELN, De la Puente, que había asumido el compromiso honestamente con Cuba, se da cuenta que debe apurarse. Al regresar a Perú tomó partido por un supuesto modelo único cubano: “un líder reconocido, un grupo de militantes armados trabajando bajo su liderazgo con el único proyecto de montar uno o más focos guerrilleros que entraran en acción a la brevedad”. Esto era diferente a lo que inicialmente habíamos propuesto al Che y planteó qué tipo de organización construir y qué proyecto revolucionario llevar a cabo.
 
     –Poco antes se dieron los levantamientos campesinos dirigidos por Hugo Blanco14, ¿eso también incide en la decisión de De la Puente?
     –RN: Cuba nos ordenó que tomáramos contacto con Hugo Blanco que había estructurado una organización campesina en los valles de La Convención y Lares en el Cuzco y movilizó y organizó a decenas de miles campesinos ávidos de tierra. En ese momento De la Puente estaba preso, por haber matado, en defensa propia, a un “búfalo” –un matón del Apra– y cuando sale de la cárcel tenemos una discusión, porque yo opinaba que sí, que había que tomar contacto con Blanco, que era trotskista. Para De la Puente, entonces, también yo era trotskista. Tuvimos una gran discusión porque De la Puente pensaba que el liderazgo de la revolución debía estar en manos del MIR y de él mismo y rechazaba toda unidad con Blanco o Béjar. Por eso aprovechó el hecho de que Blanco acostumbraba a homenajear a quien lo visitaba con una gran conmemoración, con miles de campesinos. Blanco quiso sinceramente recepcionar a De la Puente y éste llevó una cámara filmadora para enviar las cintas a Cuba y decir que estaba bajo su disciplina. Discutimos porque era un problema ético, además de político.
 
     –Cuando De la Puente plantea la formación del foco “a la cubana”, se produce una gran discusión, que termina en la escisión de un grupo al que usted pertenece.
     –RN: Es que nosotros decíamos: “si existe un núcleo probado de militantes y activistas, si quedaban aún relaciones con el campo, si se habían mejorado los vínculos con estudiantes y la clase obrera, ¿por qué no construir al MIR como un partido obrero y socialista?” Esto no negaba los compromisos con el Che, ni el internacionalismo, sino que los inscribía sobre una nueva base. Se desató entonces una discusión decisiva. Mucho tiempo discutimos si el foco era necesariamente contradictorio con la existencia del partido. Opinábamos que no, si es que la guerrilla se disciplina al partido revolucionario. Decíamos que no porque lo demostraban muchas experiencias históricas, entre ellas la leninista y la maoísta. En esto las diferencias eran más profundas porque comprometían al proyecto que teníamos en mano. Al analizar lo que había sucedido en Cuba, De la Puente y quienes lo seguían afirmaban que el factor determinante de la victoria era la lucha guerrillera. Nosotros decíamos que era más complejo, por el papel que jugó el “llano”. El Movimiento 26 de Julio cubano tenía un gran aparato urbano, que se materializó con la huelga general del 1º de enero del ’59, que liquidó los intentos del general Cantilo de formar una junta militar que impidiera el acceso al poder de Fidel y los suyos.
 
     –Es impensable que el Che no conociera estas diferencias en Perú...
     –RN: Me parece que las conocía, pero creo que con muchas dificultades. Había factores adversos: la distancia, los problemas de comunicación. También el hecho de que el Che concentraba las decisiones sobre Perú a pesar de estar abrumado de tareas y de sus frecuentes viajes al exterior. En Cuba, a veces había que esperar por muchos días en el hotel antes de ver al Che. El único contacto era él, y cuando no estaba, no había con quién pactar nada. No había un equipo que se reuniera contigo, así que la atención no era rigurosa, tal como sí lo era cuando se impartía instrucción militar en los campamentos y en la logística de apoyo.
Personalmente, dependía de Hilda Gadea para contactarme con el Che. No podía decirle “te llamo tal día”, por ejemplo. Hablaba a Hilda y ella hacía el contacto, y luego me decía: “El Che te espera, a tal día, tal hora, conforme su agenda, en el Banco de Cuba”. Mas tarde, cuando yo estaba en Perú, el vínculo oficial quedó bajo responsabilidad de De la Puente. Teníamos un código cifrado a través de radio La Habana. No recuerdo exactamente cómo era, pero por ejemplo para hablar de armas, sintonizabas la radio La Habana, y escuchábamos el mensaje. Quien no manejara el código no se daba cuenta, había que tener el código para entender. Se decía por radio, desde Cuba, por ejemplo: “Y ahora, un aporte excepcional, va a hablar el pongoncero, el Negro Milcíades”, y tu sabías que se hablaba de las armas, o el dinero. A veces tuve que salir por la frontera, a Chile, por el desierto de Arica, a pie, para comunicarme con Cuba. Todo era “a la criolla”.
 
     –Usted escribió una carta al Che, explicándole sus diferencias con De la Puente.
     –RN: Me convencí que el proyecto insurreccional del MIR no caminaría. Así se lo hice conocer al Che en una carta personal, anunciándole que renunciaba al MIR por diferencias insalvables, pero no a mi apoyo y solidaridad con Cuba, y que desde el lugar político en que estuviera daría la mano efectiva a todo insurrecto que viniera de la isla. Le decía que el movimiento obrero y popular empezaba un curso de ascenso y de lucha en las ciudades y en las minas, que esto obligaba a retomar la discusión que en l960 habíamos tenido él, De la Puente y yo, en los momentos iniciales del compromiso político. Le decía: “Mira, el problema es muy importante porque está el plan de hacer la revolución, y yo quiero, pero no quiero con este método. Así que quiero quedar libre, para demostrar que hay otra vía que el MIR. Yo quiero quedar solidario con Cuba, pero hacer mi experiencia propia”.
     Después, en un boletín partidario, el MIR reflejaría el final de mi discusión con De la Puente diciendo “¡El MIR zanja radicalmente con el trotskismo! ¡Hemos aceptado la renuncia de Napurí!”. Es que no había entonces acusación más perversa que la de trotskista, sin importar si lo eras o no, en mi caso la acusación fue hecha diez años antes de que adhiriera al movimiento trotskista.
 
     –¿Qué sucedió con las guerrillas peruanas?
     –RN: Todo terminó trágicamente. Apenas 15 hombres, en total, del ELN salieron de Cuba en enero de 1963, para ingresar a Bolivia, donde el PC debería darles apoyo para su entrada en Perú. Pero el PC boliviano afirmó que no podían entrar a Perú por el lugar escogido desde Cuba y se perdieron tres meses en esa operación. Su primera víctima sería el poeta Javier Heraud, indefenso en la muralla selvática, asesinado por la policía peruana.
     Tampoco pudieron contactarse con Hugo Blanco, porque éste ya había sido hecho prisionero. De ahí en adelante, el pequeño grupo, que desconocía la región, trató de asentarse. No pudieron establecer relación con los campesinos. Es que los tiempos sociales y de vida de los campesinos eran casi opuestos a los de los insurrectos. Y llegada la represión militar, fueron muertos en emboscadas o asesinados estando prisioneros. Del ELN sólo Héctor Béjar y otro compañero lograron salvar la vida. Todo en menos de un año...
     El MIR, por su parte, comienza la organización de grupos guerrilleros en Perú en 1964. Guillermo Lobatón15 es responsable del frente de la Sierra Central, iniciando acciones mientras De la Puente se hace cargo del Cuzco, en la zona donde antes había estado Hugo Blanco. Lobatón toma una mina, vuela un puente, toma una hacienda y se produce un combate exitoso en Yahuarina donde derrota a 60 efectivos policiales. Cuando interviene el ejército trata de burlar los cercos, pero en enero de 1966 es hecho prisionero y asesinado. De la Puente había sido asesinado antes, en octubre de 1965, sin casi haber tenido oportunidad de combatir.
     Había pasado un año y todo había concluido. No es momento de hacer balances que por otro lado podrían parecer odiosos. Pero hay una sola lección: en un país geográficamente favorable a las guerrillas, con un campesinado de rica historia de luchas y organización, los focos guerrilleros impostados en el campo no hicieron pie, no pudieron sobrevivir...
    
     –Estando tan comprometido con la insurrección en Perú, ¿cómo enfrentó esta situación?
     –RN: Yo le había dicho en mi carta de despedida al Che que en Perú existían muy buenas condiciones para formar una organización política apoyándose en las masas. Los que discrepamos en 1963 con el MIR formamos una nueva organización –Vanguardia Revolucionaria– que fue un factor decisivo en la fundación de la Central Obrera en Perú, de sindicatos obreros y campesinos y en la codirección del movimiento estudiantil. Vanguardia Revolucionaria cumplió con lo prometido al Che: dimos solidaridad y apoyamos los focos guerrilleros mientras duraron y recibimos buena parte de la represión por nuestra actividad política bajo la acusación de ser promotores de la insurrección urbana. Compañeros nuestros, en los que me incluyo, fueron puestos en prisión o deportados. También tratamos de apoyar los planes del Che en Bolivia. Enviamos compañeros de nuestra organización a formarse militarmente a Cuba en 1965 pero pusimos una sola condición: que el compromiso se hiciera previa discusión de un programa y de la necesidad de un partido. El compromiso quedó abierto mientras perdían la vida, al lado del Che en La Higuera nuestros amigos Juan Pablo Chang “El Chino”, Lucio Galván “Eustaquio” y José Cabrera Flores, “El Negro”.
 
     –Después de su ruptura con el MIR, ¿volvió a encontrarse con el Che?
     –RN: No, pero sorprendentemente, en 1966, estando yo en Perú, me encontré con Paz Estenssoro16, a quien conocía, que había sido presidente de Bolivia, y estaba deportado. Paz Estenssoro me dijo, en voz baja: “He estado con el Che. Me ha consultado sobre en qué zonas podría hacer la guerrilla. Yo le he dicho esta es buena, esta es mala...”. Esto fue antes que el Che ingrese a Bolivia, de paso por Perú. Busqué contactarme con el Che, pero no lo pude encontrar. Me pareció inverosímil que el Che hablara con alguien como Paz Estenssoro sobre su proyecto guerrillero. Todo lo que dijera el imperialismo lo sabría en dos minutos. Pero así era el Che...
 
     –En pocos meses más, al cumplirse treinta años de su muerte, se recordará mundialmente al Che. ¿Qué reflexión le provoca este hecho?
     –RN: Actualmente Fidel Castro denomina como “etapa especial” la que enfrenta Cuba y, tal como indican los hechos, la adaptación a este mundo nuevo la concibe como la preparación para el retorno al capitalismo en Cuba17. Es probable que de acuerdo con esta posición se lance la idea de que el Che fue un gran hombre, pero del “mundo anterior”, que se cerraría en la década del 60/70.
     Hasta su aventura del Granma, el Che se caracterizaba a sí mismo como un nuevo Quijote, sin saber a dónde lo conducirían los “molinos de viento”. Pero dominados éstos, la lucha de clases y el antimperialismo revolucionario, los conducen a él, a Fidel y demás compañeros, primero a la derrota del tirano Batista, y después a transitar la vía de la revolución socialista que llevaría a la expropiación del capitalismo en Cuba. La faceta que captan intuitivamente los jóvenes del mundo, que lo recuerdan y aman, es la del hombre que, partiendo de “la nada”, va construyendo una personalidad rica, que a pesar de los avatares, cual Quijote, se llena de ideales, tan generosamente que puede morir en cualquier lugar del mundo, en el Congo o en Bolivia.
     Pero el Che no pudo escapar a los problemas de su tiempo; fue condicionado por ellos. La dominación del capital y del imperialismo estaban ahí depredando países e imponiendo “su ley” a los hombres explotados y oprimidos. Aparentemente, en la “vereda de enfrente”, estaba el otro mundo, el del “socialismo real”, el del despotismo estalinista.
     Como no tenía otro mundo como referencia concreta, el Che se radicaliza en grado extremo para atacar a los opresores ahí donde estén, de allí su antiimperialismo militante. Sin embargo, le faltó una reflexión mayor y algo más de vida, para comprender finalmente que en la otra vereda no se construía el socialismo, como él creía a pesar de sus diferencias con la ex URSS, y menos el “hombre nuevo” que reclamaba. Porque para él, como para Marx, “la raíz, para el hombre, es el hombre mismo”.
     Entonces, el Che pone el pecho en todos lados, y el “Quijote” revolucionario es derrotado no por la muerte misma, sino por una realidad que su generoso voluntarismo histórico no pudo cambiar.
     Para la generación de jóvenes y combatientes que lo seguimos, tratando de imitar a los “barbudos”, con fe y esperanza más que con la razón política y revolucionaria, y para la generación actual, un balance de este pedazo de la historia y de la lucha de clases, está pendiente.
     De hacerlo depende que los treinta años de la muerte del Che señalen qué lecciones se extraen de la lucha de los revolucionarios y los pueblos para alcanzar su liberación definitiva de la opresión del capital.
 
Notas
2.  El Che, en una carta a Lisandro Otero, fechada el 14 de febrero de 1957 decía: “No tuve nunca preocupaciones sociales durante la adolescencia, ni participé mínimamente en la lucha política y estudiantil en Argentina”. Citado por Roberto Massari, Che Guevara, grandeza y riesgo de la utopía.
 3.  Grupo insurrecto cubano, fundamentalmente urbano. El 13 de marzo de 1957 asaltó el Palacio Presidencial en un intento de matar al tirano Batista.
 4.  En su libro Che Guevara: años decisivos,  Hilda Gadea hace la siguiente referencia a este hecho: “Por fin Ernesto conocía a Fortuny, lo que tantos meses habíamos tratado infructuosamente de hacer en Guatemala. Después de los saludos usuales, le hicimos la pregunta (¿Qué pasó en Guatemala, por qué no pelearon?). Nos contestó: ‘nosotros veíamos la situación muy difícil y pensamos que era mejor dejar el poder para desde el llano seguir luchando; la lucha continuará y nosotros estamos tratando de continuarla’. Nos quedamos estupefactos, no podíamos concebir tal argumento, entonces Ernesto intervino nuevamente: ‘Bueno, compañero, quizás era mejor pelear, teniendo el poder en la mano era diferente’. ‘¿Qué quiere decir?’, inquirió Fortuny, con un tono casi hostil. ‘Exactamente eso -explicó Ernesto-. Si el presidente Arbenz dejando la capital se hubiera dirigido al interior del país con un grupo de verdaderos revolucionarios, otras serían las perspectivas de la lucha; además, la condición legal de ser Presidente lo habría convertido en un símbolo y un gran aliciente moral; entonces las probabilidades de rehacer el Gobierno revolucionario habrían sido infinitamente más favorables’. Fortuny se quedó callado, el argumento había sido contundente; no nos contestó nada. El Che comentó: ‘Esas son excusas, hay muchas ventajas cuando se lucha teniendo el poder en la mano, pero de todas maneras con éste, o fuera de él, allí lo único que cabía hacer era pelear.”
 5.   Julio Roberto Cáceres, “El Patojo”, revolucionario guatemalteco, amigo del Che. Le decían así porque era de muy baja estatura.
 6.   Jorge Castañeda, La vida en rojo, Edit. Espasa-Calpe.
 7.   José Figueres, ex presidente de Costa Rica, con fama de gran demócrata.
 8.   El 17 de abril de 1959, en Nueva York, Fidel manifestaba: “Lo he dicho de manera clara y definitiva que no somos comunistas. Las puertas están abiertas a las inversiones privadas que contribuyan al desarrollo de la industria en Cuba. Es absolutamente imposible que hagamos progresos si no nos entendemos con Estados Unidos”. Y el 27 de abril, en su discurso en el Central Park decía: “La victoria fue posible solamente porque nos reunimos los cubanos de todas las clases y de todos los sectores alrededor de una misma aspiración”.
 9.   Carta del Che a René Ramos Latour, del 14 de diciembre de 1957. Citada por Roberto Massari, op. cit.
10.   General del Ejército de Batista, que el embajador norteamericano convenció de que formara una Junta Provisional para impedir el acceso al poder del Movimiento 26 de Julio y de Fidel Castro. El intento no tuvo éxito debido a la huelga general desatada el 1º de enero de 1959.
11.   Líder del Partido Socialista Popular (el Partido Comunista cubano). Había sido ministro de Batista. En julio de 1958 subió a la Sierra Maestra para establecer relaciones con Fidel Castro.
12.   Héctor Béjar, dirigente del Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Perú. Posteriormente fue uno de los teóricos del nacionalismo de Velazco Alvarado. Hoy es un intelectual de tendencia socialdemócrata.
13.   El Apra Rebelde tomó el nombre de Movimiento Izquierda Revolucionario (MIR), en 1961.
14.   Dirigente trotskista. Líder del movimiento campesino del Cuzco. Organizó a los campesinos en sindicatos con los que ocupaba tierras de los latifundistas y se defendían de los ataques armados de policías y asesinos a sueldo de los “gamonales”. Fue reprimido y tomado prisionero en 1963.
15.   Estudiante en universidades europeas. Primero fue miembro del ELN, pero en Cuba adhirió al Apra Rebelde.
16.   Máximo dirigente del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de Bolivia, partido nacionalista burgués que encabezó la revolución popular de Abril de 1952. Fue presidente de Bolivia en tres períodos diferentes.

17.           En su discurso pronunciado en la clausura del Encuentro Mundial de Solidaridad con Cuba, el 25 de noviembre de 1994, Fidel Castro expresaba: “Nosotros teníamos un bloqueo hace muchos años, pero es necesario meditar sobre un hecho: cuando la revolución triunfa, existía un mundo; hoy, al cabo de 35 años de revolución, existe otro mundo. El mundo cambió y no cambió hacia el progreso, realmente cambió hacia el retroceso (...) Pero éste es el mundo que tenemos, con el cual debemos comerciar e intercambiar nuestros productos, en el cual tenemos que sobrevivir; por eso debemos adaptarnos a ese mundo, y adoptar aquellas medidas que consideremos indispensables adoptar, con un objetivo bien claro.