Ciencia y capitalismo "posmoderno".

Rush, Alan

 

I
 
Sin duda, la ciencia moderna está entre los logros de la civilización burguesa que pueden considerarse conquistaron una significación histórica universal. La ciencia moderna constituyó una revolución epistemológica sólo porque encarnó al mismo tiempo una revolución social en el saber No sólo cambió su forma de metafísico-religiosa a racional y empírica sino que expropió al clero y la nobleza el monopolio de la teoría. Unió la teoría, formalizada matemáticamente, a la práctica de los artesanos y técnicos creando una nueva ciencia a la vez teórica y experimental, activa y no contemplativa, que socialmente incorpora a nuevos sectores profesionales y burgueses antes excluídos del saber. En términos de Ilya Prigogine, la ciencia moderna estableció una nueva alianza cognoscitiva entre el hombre y la naturaleza, sólo sobre la base de una nueva alianza entre teoría y práctica, entre saber y sociedad.
Pero el capitalismo que dió a luz la nueva ciencia y le imprimió un ritmo más y más acelerado de desarrollo y especialización, no podía dejar de transformarla en sus principios mismos a medida que mutaba las propias estructuras socioeconómicas, políticas y culturales. Esta ponencia se refiere a algunas transformaciones muy generales de la naturaleza social y epistemológica de la ciencia en este siglo que termina, especialmente desde la segunda posguerra hasta nuestros días, vinculadas al cambio sociocultural que pensadores recientes llaman “sociedad post-industrial”, “cultura post-moderna”, etc.. Aunque rechazo las teorías posindustrialistas y posmodernas, creo que merecen nuestra atención como síntomas que a la vez expresan y distorsionan -y legitiman ideológicamente- cambios históricos reales. Ilusiones ideológicas como estas sólo adquirieron arraigo masivo porque en alguna medida traducen las condiciones de vida de millones de seres humanos. Una ideología dominante digna de ese nombre tiene una carga de verdad que haríamos mal en ignorar.
 
El prodigioso desarrollo de las ciencias naturales, y el nacimiento de las modernas ciencias sociales, especialmente en los siglos XIX y XX, suponen como su condición de posibilidad el cada vez más estrecho entrelazamiento entre las empresas y los estados capitalistas, por un lado, y la investigación y la enseñanza universitaria de la ciencia, por otro. La primera guerra mundial ata con más fuerza este nudo, pero el gran salto en esta tendencia se da durante la segunda carnicería mundial y en la posterior guerra fría. A su vez, como se mostrará enseguida, la década del 70 marcaría una nueva mutación del saber, que unos celebran como la emergencia de la ciencia posmoderna, y otros condenan como un posible comienzo de una decadencia alarmante del conocimiento, de consecuencias quizá irreversibles.
 
II
 
En su libro sobre la sociedad postindustrial (1973), Daniel Bell reúne valiosos materiales históricos y sociológicos relativos al desplazamiento de la ciencia al centro del orden capitalista a partir de los requerimientos productivos y -especialmente- bélicos de las naciones burguesas durante y después de la segunda guerra mundial[2]. El tratamiento que Bell da a la ciencia y su transformación postindustrial participa del mismo progresismo optimista que impregna aún a su pensamiento sociopolítico en esta etapa de su evolución, y que hoy -a un cuarto de siglo de la publicación de su influyente escrito- se nos aparece como ingenuo.
Según Bell si la ciencia de la era industrial era ante todo experimental o empírica, la ciencia postindustrial es marcadamente teórica y abstracta, y ello como resultado tanto del propio progreso científico como de las necesidades de la nueva tecnología que la ciencia ha dado a luz. Hasta Bessemer, Graham Bell y Edison en la segunda mitad del siglo XIX, los inventores solían ser relativamente desinformados teóricamente. Esto ya no vale para las aplicaciones industriales de la química a comienzos del siglo XX, ni para el nuevo matrimonio de ciencia y armamento que inaugura la Primera Guerra Mundial. Pero el salto en la mutua fecundación de ciencia, industria y gobierno capitalista, acontece con la electrónica, la informática -que a su vez posibilitaron la gestión gubernamental científico-social, estadística y computarizada-, y con el hijo más monstruoso de las bodas de ciencia y capitalismo al fin de la Segunda Guerra: la bomba atómica.
El esencial optimismo epistemológico de Bell tiene sus raíces en la convicción de que el capitalismo industrial se transforma en dirección a una “sociedad del conocimiento”, postindustrial y en algunos aspectos postcapitalista. Las necesidades socioeconómicas y políticas del orden postindustrial naciente y su comunidad científica, confía Bell, intensificarán su entrelazamiento, lo que haría florecer una ciencia sana, centrada en la libre investigación teórica y la transferencia del saber a ámbitos sociales cada vez más participativos e igualitarios: producción, educación, gobierno. Pero el mismo Bell alerta sobre contra-tendencias que brotan de la propia sociedad contemporánea:
 
   “(No debemos) subestimar la transformación de la ciencia misma cuando deviene ‘Big Science’ (la expresión es de Derek Price) y se entrelaza con (las grandes corporaciones privadas y) el gobierno para afrontar los problemas sociales y políticos del momento. Esta transformación es ... lo que vuelve problemático el componente utópico de la sociedad post-industrial” (p. 379, nota 11, mis paréntesis)
 
El sociólogo de la ciencia Robert Merton propuso codificar el ethos de la comunidad científica en cuatro principios que califican sus procedimientos y resultados: universalismo, comunalismo, desinterés (neutralidad) y escepticismo organizado (anti-dogmatismo). Bell muestra cómo los requerimientos empresarios y gubernamentales reconfiguran a la comunidad científica y su ethos, de modo que
 
   “Con el crecimiento de la Big Science, especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, el rasgo distintivo ... es que pocas personas ‘hacen’ ciencia y muchas hacen investigación ... (en) instituciones burocratizadas que no sólo lidian con los hechos más mundanos de carreras, promociones y la consecución de dinero, sino con la inevitabilidad de la planificación de la ciencia, que deriva del hecho de que la relación laissez faire entre ciencia y gobierno ha desaparecido.” (p. 385)
 
Ya en este período anterior a 1970, Bell señala que alrededor del 70% del gasto estadounidense en “Investigación y Desarrollo” se destinaba a las industrias bélica y aeroespacial, y a las ciencias naturales (especialmente física y matemáticas) que las sustentan. Bell alerta sobre el escaso apoyo que en EEUU reciben los estudios y aplicaciones relativas a la salud, la vivienda, la educación, etc., en una sociedad cruzada por importantes desigualdades y tensiones sociales (pp. 260-2). Sin embargo, aún considerando este excesivo y malsano predominio de las ciencias físico-naturales sobre las ciencias biológicas, de la salud, y las ciencias sociales, y las peligrosas consecuencias de la Big Science burocratizada, Bell sigue pensando este período como de relativa salud epistémica de las ciencias -naturales, principalmente-.
Bell reproduce la definición que de desarrollo, investigación aplicada y básica hace la National Science Foundation de EEUU:
 
“Por desarrollo se entiende el diseño y puesta a prueba de prototipos y procesos para satisfacer específicos requerimientos funcionales (en defensa, por ej.) o económicos. Por investigación aplicada se entiende los primeros pasos en traducir el conocimiento existente en aplicaciones. Y la investigación básica se define como ‘motivada prima-riamente por el deseo de buscar el conocimiento por el conocimiento mismo (knowledge for its own sake) ... sin necesidad de satisfacer objetivos inmediatos y ... de intentar aumentar la comprensión de las leyes naturales” (254-6; adviértase la llamativa ausencia de referencia a “leyes científico-sociales” en esta cita)
 
Aunque Bell admite la importancia de reexaminar estas distinciones oficiales, las emplea no sólo como instrumento eficaz para rastrear la distribución gubernamental y privada de fondos, sino porque en lo esencial permanece fiel a esta conceptualización moderna (burguesa) clásica. Me interesa destacar además que Bell consigna que, en este período de aún relativa salud epistémica de la ciencia (natural) “gran parte de la investigación básica se hace en las universidades, por supuesto” (257). La universidad, recordemos, es elevada por Bell a la cumbre del orden postindustrial, de la “sociedad del conocimiento”, precisamente como productora del saber que está en la base de las nuevas tecnologías, que por primera vez es un saber altamente teórico y abstracto.
La epistemología de Bell no es enteramente clásica y modernista, pero sí lo es en tanto conserva la clásica distinción entre ciencia básica y aplicada, reivindica la codificación del ethos científico por Merton, y alerta preocupado contra la posibilidad de que tal ethos devenga la mera máscara ideológica de la investigación subordinada al poder político y económico (p.386). En su libro de 1973, Bell sostiene aún que la comunidad científica podría y debería reaccionar de modo de resguardar al menos parcialmente su valioso ethos frente a las consecuencias de la irreversible burocratización del saber (p. 408).
 
Como se sabe, más de un epistemólogo importante de este siglo ha advertido con preocupación el peligro de degradación que acecha a la ciencia. Por poner sólo dos ejemplos, Poppercomparó el efecto oscurantista del instrumentalismo de Bohr en la física cuántica de las primeras décadas de este siglo, con el que produjo el instrumentalismo y convencionalismo de la Iglesia católica -en las figuras del cardenal Bellarmino y Osiander- en su rechazo de una interpretación realista de la teoría heliocéntrica de Copérnico[3]. Por su parte la “tolerancia epistemológica” de “programas de investigación” alternativos, incluso polémicamente enfrentados, que Lakatos propone como una política metodológica sana, conducente al progreso y la integración dialéctica del conocimiento, supondría una ciencia a la vez rica en recursos económicos y democrática en su organización institucional. Lakatos es conciente de que el capitalismo avanzado socava ambas condiciones[4].
 
 
III
 
Parece que puede afirmarse que antes de la década del 70 el estrecho entrelazamiento entre ciencia, empresas y estados capitalistas, aunque generaba más y más las tendencias preocupantes de decadencia epistémica señaladas, aún contrarrestaba estas tendencias con muy vigorosos avances del conocimiento especializado, disciplinario, así como de la fecundación interdisciplinaria. Hay razones para pensar que en la década del 70 la relación entre estas dos tendencias opuestas comenzaría a invertirse determinando un cuadro de enfermedad epistémica generalizada de la ciencia. Ya en su libro de 1973 Bell consigna un viraje adverso a su optimista “sociedad del conocimiento” iniciado precisamente en 1970: la caída en el financiamiento, la baja en la anterior expansión democrática de la matrícula y la menor productividad de las universidades de EEUU bajo la administración de Nixon (ob. cit., pp. 235, 403). El fin del boom económico de la posguerra -antecedido por las rebeliones estudiantiles y obreras del 68-, y la derrota de EEUU en Vietnam inician décadas de recesión del capitalismo central y salto en el endeudamiento periférico, y una crisis de legitimación del capitalismo que coinciden con un salto en la crisis económica y política de la URSS y sus satélites. El escepticismo cultural de este período que aún parece envolvernos, se expresó filosóficamente ante todo en el posmodernismo, con su tesis de la muerte de los “grandes relatos” modernos tanto socialistas como burgueses.
A partir de 1970 comienzan a operar tendencias que hoy se aprecian claramente en todo el orden capitalista, especialmente en su centro pero también en la periferia: 
   1.1) Disminución del presupuesto estatal para educación, ciencia y técnica (C&T), y aumento relativo del financiamiento privado. 1.2) Creciente ingerencia del gran capital en la fijación de las políticas C&T y educativas, especialmente en la prioridad creciente que se da a la investigación aplicada y tecnológica, en desmedro de la investigación básica en ciencias naturales, y con mayor razón en ciencias sociales, humanidades y artes. 1.3) Si hasta 1970 la gestión capitalista de la ciencia no alcanzaba a alterar la división de roles según la cual la universidad clásica era la encargada principal de la investigación básica y las empresas y el gobierno las responsables principales de la ciencia aplicada y la tecnología, desde 1970 aparece una fuerte tendencia a abolir esta frontera, a mutar la esencia de la universidad: a transformar las academias en empresas en que la ciencia básica quede atada casi sin mediaciones a la ciencia aplicada y la tecnología, a la productividad económica o política capitalista.
 2.1) Fomento por parte del capital de las tendencias sociales, económicas y epistemológicas diferenciadoras o disgregadoras dentro de la comunidad científica, en desmedro de las tendencias integradoras. La universidad como lugar del desarrollo de saberes diferenciados, pero reunidos en el intercambio crítico e interdisciplinario tras el fin común del conocimiento objetivo, tiende a transformarse en una dispersión de proyectos o empresas de investigación que persiguen eficacia y rentabilidad. 2.2) Creciente privatización e incluso carácter secreto de los resultados de la investigación, en desmedro de su carácter público y planetario (el "comunismo epistémico" de la ciencia moderna clásica, según Merton). Esto es, tendencia a la incomunicación de los investigadores, la disgregación y desaparición de la "comunidad" científica internacional como tal. 2.3) Competencia individualista exacerbada para procurarse empleo y financiamiento, en un contexto de creciente desempleo también en los sistemas C&T y educativo. 2.4) Diferenciación vertical, jerárquica entre administradores científicos ligados al capital y científicos rasos, y dentro del sector de estos, entre los científicos más productivos y rentables en cada caso para la empresa que financia, y un "proletariado científico" y docente mal pagado. Obviamente todo ello ataca la unidad sindical en el sistema C&T, como acaba de ocurrir en nuestro país tras la implantación de los "incentivos" por investigación. 2.5) Disgregación horizontal entre especialistas de diferentes disciplinas. El capital fomenta la eficiencia en cada especialidad, ligada si es posible a la rentabilidad inmediata o futura, y censura la vinculación interdisciplinaria en sentido teórico, impulsando en cambio la Multidisciplinariedad aplicada a problemas tecnológicos y de control social, y en menor medida a problemas ecológicos, de desarrollo, urbanización, etc.. 2.6) El sistema C&T propagandiza nuevas filosofías y epistemologías que combaten las tendencias realistas, materialistas y dialécticas que venían floreciendo antes de 1970 aún bajo la administración burguesa de la ciencia. El poder científico y académico difunde filosofías o ideologías idealistas convencionalistas, pragmatistas, relativistas, deconstruccio-nistas, posmodernistas, etc.. Así por ejemplo, Lyotard celebra la tecnociencia pragmática al servicio del capital como un nuevo tipo histórico de “ciencia posmoderna” orientada por el anarquismo metodológico de Feyerabend y su slogan “todo vale”[5]
  3.1) Como sabemos, todas estas formas de gestión y control capitalista tardío de la ciencia llevan a algunos sociólogos de la ciencia como Bell a alertar sobre la posible degradación epistémica de la ciencia, y a otros como Ravetz a señalarla como un hecho, cuanto menos en el sentido de que la buena ciencia está cada vez más rodeada por y mezclada con producciones de menor calidad para cumplir con quien financia la investigación. Se multiplican los fraudes, los plagios, las repeticiones, etc., además de las ya conocidas aplicaciones destructivas, inhumanas de la ciencia por el capital[6]; 3.2) Más aún, epistemólogos como Bunge y otros advierten con preocupación que por la combinación de todos los factores anteriores, la ciencia básica toda, como conocimiento relativamente objetivo y progresivo del mundo está en peligro de desaparecer: en su subordinación a la ciencia aplicada (al servicio del capital), tiende a ser o ha sido ya, degradada en un conjunto inconexo, disperso de tecno-ciencias sin pretensión de objetividad, sólo eficaces técnicamente y persuasivas comercial o políticamente. (Una aclaración obvia pero importante es que cualquier generalización sociológica y epistemológica sobre tendencias regresivas en la ciencia como la presente no niega avances importantes, incluso revoluciones del conocimiento en esta o aquella disciplina o interdisciplina, por parte de este aquel equipo o individuo talentoso o genial que escape a la tendencia social general, estadísticamente formulada. Más aún, puede argumentarse que esta creatividad sigue siendo una necesidad funcional para el capitalismo en cualquiera de sus fases históricas)
 
Mario Bunge -quien no puede ser sospechado de marxista- expresa elocuentemente lo que en su opinión es la naturaleza de la degradación epistémica de la ciencia, y sus causas económicas, políticas y culturales:
 
 
"Se puede vaticinar a grandes rasgos ... el futuro a corto plazo de ciertos campos de investigación científica ... No es éste el tema del presente capítulo: no pregunto cómo será el futuro de la ciencia sino  si tiene porvenir. ... Desde el comienzo de la edad moderna hemos dado por descontado que, si hay algo que avanza incesantemente, es el conocimiento científico.
 
"Nuestra fe ciega en el progreso automático de la ciencia sufrió un duro golpe en Occidente, particularmente en Norteamérica, como consecuencia de dos acontecimientos. Uno fue la adopción de una nueva política científica que desplazó el grueso del apoyo público, de la ciencia básica a la aplicada y a la técnica ...
El segundo acontecimiento que sacudió nuestra fe en el futuro de la ciencia fue la rebelión contra la razón que se propagó en la juventud norteamericana, y en parte también en la europea, como parte del movimiento ... generado por la intervención de los EE.UU. en Vietnam. La desconfianza e incluso el odio por la ciencia, y la popularidad concomitante de la pseudociencia y del ocultismo, no tienen paralelo en la historia cultural moderna de Occidente.
Paradójicamente, pues, tanto el establishment como sus críticos rechazaban la ciencia básica, el primero por considerarla inútil y los segundos por creer que se había hecho cómplice del primero." [7] 
 
"Temas de primera importancia (que una sociología de la ciencia liberada del actual subjetivismo debería estudiar, son) ... 1) La deliberada escasez de los fondos dedicados a las investigaciones en materia de ciencias sociales por los gobiernos conservadores de Estados Unidos, y a la investigación científica en general por el gobierno conservador de Gran Bretaña; 2) La actual decadencia del comunismo epistémico, que se concreta en la aversión cada vez mayor, por parte de los hombres de ciencia experimentales, a intercambiar datos, ideas y materiales, a causa de la competencia exacerbada y de las presiones comerciales ... ; 3) La creciente frecuencia de reivindicaciones exageradas y el descaro de la publicidad, así como el número cada vez mayorde casos de fraude y plagio, particularmente en las ciencias biomédicas, como resultado de la implacable competencia para conseguir subsidios y empleos; 4) La declinación del número de hombres de ciencia y de estudiantes de ciencias nativos en Estados Unidos y en Gran Bretaña, a raíz del filisteísmo fomentado por la suma de todos los factores antedichos, más el predominio de un ambiente antiintelectual; y 5) La prosperidad de las doctrinas y movimientos anti- y seudocientíficos y el concomitante resurgimiento de filosofías irracionalistas en todos los países industrializados, tanto del Oeste como del Este." [8]
 
"El adherente del ... partido (que rechaza la ciencia) sostiene que la verdad es una ilusión o convención social ... El interés del asunto que nos ocupa va más allá de la sociología y la filosofía de la ciencia. También atañe al estudio de los profundos cambios culturales que vienen ocurriendo en el curso de las tres últimas décadas. Algunos acogen estos cambios con entusiasmo, porque juzgan que nos libran de las cadenas de la razón y de la contrastación empírica. (Este es el 'pensamiento débil' elogiado por los apóstoles del llamado posmodernismo). Otros deploramos estos cambios porque creemos que sólo la racionalidad y la contrastación empírica pueden ayudarnos a comprender mejor el mundo y a diseñar un mundo vivible. Como se ve, la elección entre ambos partidos no es un problema técnico sino parte de la elección entre dos concepciones del mundo." [9]
 
"Es verdad que, poco después de terminada la (2ª) guerra mundial, comenzó la Guerra Fría, y ... lo urgente desplazó a lo importante. Pero al mismo tiempo las fuerzas creadoras que habían sido maniatadas durante la guerra ... fueron puestas en libertad, gracias a lo cual pudimos presenciar avances espectaculares en materia de descolonización, libertades cívicas, ciencia y tecnología. ... No fue sino hacia 1970 que el paso del progreso científico y tecnológico empezó a aflojar.
Hay varios indicadores alarmantes de decadencia científica y tecnológica. ... Uno es la disminución relativa de los subsidios a la investigación básica, especialmente en ciencias sociales; ella se debe en algunos casos al aumento en gastos de armamento, y en otros a la crisis económica. Otro indicador es la pérdida de fe, por parte de la juventud, en la ciencia básica; ella se debe en algunos casos a que se responsabiliza a la ciencia de la crisis nuclear y ecológica, y en otros casos a que se la considera como 'la ideología del capitalismo'.
No sabemos si esta crisis es coyuntural y por tanto temporaria, o estructural y por consiguiente duradera. Sólo sabemos que, de continuar, será irreversible. Si siguen disminuyendo las oportunidades de empleo en la investigación básica, o si ésta sigue siendo vista como maléfica, nuestros descendientes perderán interés por ella. El día que esto ocurra comenzará una Nueva Edad Media. ...
La decadencia científico-tecnológica, si en efecto ha comenzado, puede ser temporaria o terminal. Depende de nosotros que sea la una o la otra." [10] 
 
 
IV
 
En el posfacio a la segunda edición alemana de El Capital, Marx trazó la parábola del progreso, el apogeo y la decadencia de la ciencia social burguesa. Nacida como expresión del desarrollo histórico de la burguesía desde el estadio de clase inmadura y crítico-utópica, al de clase madura, con un proyecto científico y revolucionario alternativo al del antiguo orden feudal, la teoría social y política burguesa demostró la potencia de la racionalidad del mercado y la democracia burguesa contra los privilegios feudales, y llegó hasta a develar algunos secretos de la producción capitalista misma en la economía política clásica, especialmente con David Ricardo. Pero a medida que la burguesía se consolidaba como clase dominante, desarrollaba la producción capitalista y con ella a su antagonista, la clase obrera crecientemente sindicalizada y crítica del orden burgués, los "representantes teóricos" del capital empiezan a perder terreno epistémico frente a la nueva crítica científica anticapitalista de los representantes teóricos del proletariado en ascenso.
 
  "La burguesía había conquistado el poder político en Francia y en Inglaterra. A partir de este momento, la lucha de clases comienza a revestir, práctica y teóricamente, formas cada vez más acusadas y más amenazadoras. Había sonado la campana funeral de la ciencia económica burguesa. Ya no se trataba de si tal o cual teorema era o no verdadero, sino de si resultaba beneficioso o perjudicial, cómodo o molesto, de si infringía o no las ordenanzas de la policía. Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética."  [11]
 
En la segunda mitad del siglo XIX, la ciencia social burguesa comenzó su decadencia epistémica e ideologización, y es el pensamiento socialista el que pasa ahora de su inmadurez utópica al comienzo de su maduración científica. En cambio, en tiempos de Marx la ciencia natural burguesa demostraba enorme vitalidad. Tal era la admiración que a Marx le despertaba, que deseaba dedicar su Capital a Darwin (quien amablemente rechazó el ofrecimiento). Pues bien, parece que un siglo más tarde, en la década de 1970, el avance colonizador de la forma mercancía ha alcanzado en gran medida incluso a la ciencia natural burguesa. El capitalismo que originó la ciencia moderna estableciendo una nueva alianza entre hombre y naturaleza, integrando dialécticamente la manipulación técnica a la interrogación teórica del mundo, estaría degradando a la ciencia natural teórica no sólo al debilitarla económicamente frente a la ciencia aplicada, sino al subordinarla metodológicamente a ella mutando su calidad epistémica, es decir rebajando el conocimiento objetivo a un agregado de tecnociencias o técnicas inconexas. A aquellos administradores de la ciencia y las universidades argentinas y latinoamericanas que imitan el pragmatismo neoliberal y posmoderno desde condiciones de miseria tercermundista les digo en consecuencia: ¡Vuestro modelo no goza de buena salud ni siquiera en sus centros de origen, en el Primer Mundo!
 
A quien objete que este cambio no necesita caracterizarse trágicamente como la muerte de la ciencia sino que admite ser pensado en tono neutral y "light" como el surgimiento de un nuevo, diferente tipo histórico de cientificidad, puede respondérsele que con la misma legitimidad podría decirse que la muerte de alguien por efecto de un cáncer puede describirse de modo alternativo y neutro como su transformación en un sistema material regido por leyes simplemente diferentes, no inferiores en algún sentido.
Pero esta afirmación sólo lograría sostenerse si fuéramos capaces de rechazar tanto a la ciencia burguesa en crisis y sus portavoces posmodernos, etc., como a la ciencia burguesa clásica, desde una perspectiva alternativa de la ciencia que muestre que la decadencia y eventual muerte de la ciencia moderna en su forma burguesa no implican el fin de la ciencia moderna misma. En mi caso, esta tesis presupone como su condición de posibilidad, la posibilidad y deseabilidad de un socialismo planetario que renueve y actualice el proyecto de Marx. Obviamente no puedo desarrollar este argumento acá. Sólo diré que no presupongo la inevitabilidad del socialismo: sólo supongo su necesidad para escapar a lo que parece ser la creciente barbarie que envuelve y amenaza devorar lo que de civilización aún produce el capitalismo. En esta ponencia sólo he intentado mostrar que hay razones para pensar que lo bárbaro de la colonización de la vida social por la forma mercancía parece haberse apoderado ya bastante plenamente de la ciencia, degradándola y amenazándola incluso de muerte.
En otra parte[12] he argumentado que la reconstrucción del movimiento político-cultural hacia el socialismo planetario incluiría el desarrollo de un nuevo tipo histórico de cientificidad, algunos de cuyos rasgos muy generales pueden conjeturarse. Desde luego, una nueva ciencia de un socialismo auténtico y renovado, sería tan opuesta a su degradación estalinista, la “ciencia proletaria”, como opuestas son sus respectivas concepciones de la sociedad. El estalinismo se ilusionó con construir el “socialismo en un solo país” -para colmo en una región atrasada- para lo cual no sólo aplastó totalitariamente a sus pueblos y ciudadanos sino que explotó económicamente a sus trabajadores asalariados, al mismo tiempo que esclavizaba al arte y la ciencia a los decretos del partido único. Esto es todo lo opuesto al proyecto auténticamente marxista de una sociedad planetaria de “individuos libremente asociados” que han alcanzado un altísimo nivel de desarrollo tecnológico y cultural, reduciendo a un mínimo la jornada laboral para desarrollar una vida superlativamente humana. Así como hizo una caricatura siniestra de la teoría y el proyecto socialista, el estalinismo degradó grotescamente la ciencia moderna, decretando como biología oficial, proletaria, la charlatanería de Lysenko, censurando y demorando la recepción en la URSS de la nueva física, de la informática y la cibernética, etc..
Una nueva ciencia de individuos libremente asociados no subordinaría el conocimiento del mundo ni a las ganancias del capital ni a los dictados de una burocracia totalitaria e ignorante. Continuaría la ciencia moderna pero evitaría sus tendencias degenerativas capitalistas, superando la forma histórica burguesa de cientificidad. No reproduciría la separación burguesa clásica de ciencia básica y aplicada, pero aún menos el extremo opuesto al que esta separación condujo: el colapsamiento pragmático posmoderno de la primera a la segunda. No sería una ciencia angélica ni desinteresada: por el contrario una “nueva alianza” más ecológicamente orientada de los hombres con la naturaleza y una nueva alianza no-explotadora de los individuos entre sí, produciría un nuevo entrelazamiento entre una más extensa variedad de prácticas sociales y una más amplia y flexible racionalidad científica. Los individuos libremente asociados, modelarían democráticamente una nueva constelación de conocimiento e interés, nuevos intereses cuya universalidad históricamente situada podría expandirse sin impedimentos externos violentos de naturaleza clasista[13].
                                                        
Es autor de Latinoamérica y el síntoma posmoderno. Estudios políticos y epistemológicos, editado por la Universidad Nacional de Tucuman,  Argentina. Este breve trabajo, que se leyó en las VII Jornadas de Filosofía del NOA realizadas en Tucumán en junio de este año,  presenta esquemáticamente algunas de las ideas de los capítulos 2 y 3 de ese libro.
 
[2] Daniel Bell: The Coming of the Postindustrial Society. A Venture in Social Forecasting (1973); Harmondsworth: Penguin, 1976. Todas las citas corresponden a esta edición. La traducción es mía.
[3] Karl Popper: “Tres concepciones del conocimiento humano” (1956), en El desarrollo del conocimiento científico (1963); Buenos Aires: Paidós, varias reimpresiones.
[4] Imre Lakatos: “Falsificationism and the Methodology of Scientific Research Programmes” (1969), en Imre Lakatos & Alan Musgrave (compils.): Criticism and the Growth of Knowledge (1970); Londres: Cambridge University Press, 1979, pp. 145, 176 nota 1.
[5] Jean-François Lyotard: La condición postmoderna. Informe sobre el saber (1979); Buenos Aires: REI, 1989. Paul Feyerabend: Contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento (1970); Barcelona: Ariel, 1981.
[6] Jerome Ravetz: Scientific Knowledge and its Social Problems (1971); Harmondsworth: Penguin, 1973.
[7] M. Bunge: Ciencia y desarrollo  (1980); Buenos Aires: Siglo Veinte, 1980, pp. 143-4, mis cursivas.
[8] M. Bunge: Sociología de la ciencia (1993); Buenos Aires: Siglo Veinte, 1993, pp. 109-10, mi paréntesis.
[9] M. Bunge: Ibid., pp. 14-5, paréntesis en el original.
[10] M. Bunge: Seudociencia e ideología (1985); Madrid: Alianza, 1985, p. 187. Véase también A. F. Chalmers: ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? (1982); México, etc.: Siglo XXI, 1995, pp. 184, 230. La preocupación de Bunge, Lakatos, Chalmers y otros respecto de las tendencias a la degradación -y, en el límite, la posible destrucción- de la ciencia moderna en tanto conocimiento objetivo del mundo contrastan con la convicción -a mi juicio ingenuamente optimista acá- de Gregorio Klimovsky, otro destacado epistemólogo argentino. Leemos en un pasaje de su reciente e importante libro: 
 
   “Admitimos por tanto sin tapujos que, frente a la opinión escéptica de ciertos pensadores ‘innovadores’ ... preferimos sostener la tesis ‘reaccionaria’ de quienes piensan que en la historia de la ciencia se advierte una marcha zigzagueante pero progresiva hacia resultados cognoscitivos y prácticos cada vez más confiables, de importancia crucial para la comprensión de la realidad natural, humana y social, y a la vez para el diseño de estrategias destinadas a actuar sobre ellas en beneficio de nuestra especie.” (Las desventuras del conocimiento científico, Buenos Aires: A-Z, 1994, p. 399)
 
[11] C. Marx: "Postfacio a la Segunda Edición Alemana", en El Capital; México: Fondo de Cultura Económica, 1973, vol. I, p. xix.
[12] Alan Rush: Latinoamérica y el síntoma posmoderno. Estudios políticos y epistemológicos; Tucumán: IIELA, UNT, 1998, cap. 2: “Ciencia y sociedad en el fin del milenio: Jean-François Lyotard e Ilya Prigogine” y cap. 3: “¿Ha muerto la interdisciplinariedad? A propósito de los escritos de Roberto A. Follari”
[13] Obviamente, me inscribo acá en la orientación programática que Habermas impulsara en su famoso libro del mismo título, sin adherir en todo a la particular versión que del programa adelanta ese escrito.