Acerca de Segreto di Stato. La verità da Gladio al Caso Moro.

Infranca, Antonino

Entrevista de Giovanni Fasanella y Claudio Sestieri con Giovanni Pellegrino, Turín, Einaudi, 2000, págs.250.

 Ubicada en el centro del Mediterráneo y en los confines del bloque comunista, Italia aparece como un puente geográfico entre el norte y el sur, el este y el oeste. Durante los años de la Guerra Fría fue uno de los países más importantes dentro del ajedrez internacional; mucho más importante del peso real que tuvo política y económicamente. Esta no es la única contradicción en la historia reciente de la península. Italia, de hecho, ha sido también el centro y protagonista de una serie de actos terroristas que esperan una explicación definitiva desde hace más de treinta años. Los años más crudos del terrorismo “Rosso e nero” fueron superados sin provocar ninguna modificación en los artículos de la Constitución democrática, como se recuerda en la primera página del “Nunca más”, mostrando de ésta manera la solidez sustancial del orden democrático y antifascista, al menos en su juventud.
Durante estos años el parlamento italiano ha formado una comisión con la tarea de indagar en los secretos ligados al terrorismo y las maniobras ocultas del aparato del Estado. Esta comisión no ha sido capaz hasta el momento de publicar una resolución final, pero no debería faltar mucho tiempo para alcanzar dicha etapa decisiva. Un primer anticipo apareció en un libro de entrevistas al último presidente de dicha comisión, el senador de la Democracia de Izquierda –Democratici di Sinistra, el mayor partido italiano– Giovanni Pellegrino. Dado que en Italia nada es tan definitivo como lo provisorio, me pareció oportuno reeditar una reseña que informe al lector argentino de los hechos que han tenido una resonancia y complicidad internacional, y cuya trama muestra de alguna manera cierta afinidad con lo que ha ocurrido y ocurre hoy en la Argentina.
El cuadro general en el que se desarrolló la historia reciente de Italia, es aquel mencionado al comienzo del texto. Un país ubicado en el cruce de tres bloques contrapuestos: el bloque occidental, el comunista y el mundo árabe, detrás del cual se presentan y enfrentan claramente las tensiones y problemas entre el Primer y el Tercer Mundo. Habría que agregar otra típica anomalía a la italiana: la presencia del Partido Comunista más grande de Occidente, con casi 2 millones de inscriptos y que logró obtener el 34% de los votos dentro de un padrón con 13 millones de electores. En los años setenta, un italiano sobre tres votaba comunista. Esta presencia masiva no era obviamente bien aceptada por los contrincantes; y de esta manera anticomunistas italianos de diversas tendencias y facciones políticas terminaron reuniéndose, ya que de otra forma hubieran actuado como fracciones opositoras de si mismas. Volvieron a encontrarse del mismo lado político, antifascistas, de origen católico, socialdemócratas y liberales, y personajes que provenían del fascismo histórico, del neonazismo, masones (por ejemplo, la logia Propaganda 2), sostenidos y organizados por los servicios secretos italianos y extranjeros. Pellegrino habla en su entrevista de una “guerra civil de baja intensidad” para describir el clima político en Italia hasta la caída del Muro de Berlín. Esta también es una página dentro de los combates de la Guerra Fría que han tenido lugar en la segunda parte de los noventa.
Por otra parte, la misma resistencia al nazi-fascismo, en Italia asumió más que en cualquier otro país europeo la fisonomía de una guerra civil; porque ambas partes, fascistas y antifascistas, combatían justificándose a si mismos exclamando que la lucha podría haber salvado al país -lo cual es una contradicción política e histórica-. La contradicción del lado fascista es aún más notoria, ya que (en el año 1944) continuar al lado de los fascistas y los alemanes, hubiera obligado a las fuerzas aliadas a utilizar una estrategia militar aún más cruenta; con la consecuente destrucción del país y la pérdida del patrimonio histórico y artístico, que no solo pertenece a Italia sino a la humanidad entera.
El fin del fascismo no llevó a ninguna solución de fondo, sino que aumentó la división en el país. Por un lado estaban los herederos del fascismo con la voluntad de encarar una revancha política y militar. Por el otro, la izquierda socialista y comunista que había pensado a la resistencia antifascista como una verdadera y propia revolución social. Y en el medio estaba el gran partido católico de la Democracia Cristiana, que tenía una composición heterogénea cuyo factor de cohesión interna era el anticomunismo. Otra anomalía italiana era también la presencia de un Estado que no estaba al servicio de ninguna parte política, y que contaba con una importante autonomía formando así mismo parte del juego. Pero de manera paradójica tenía un punto de apoyo político que lo sostenía sin llegar a ser una clase social o económica: la burocracia. El Estado podía intervenir en la escena política del país justamente porque no tenía intereses económicos propios, pero los defendía, decidiendo y justificando su intervención, respondiendo a intereses propios o ajenos, o correspondientes a la participación extranjera. La intervención del Estado, de todas formas, no era unívoca pero sí heterogénea. Una facción de la burocracia del Estado incluso podía comportarse o actuar en contra de otra facción de la misma burocracia estatal.
Solo un partido fuertemente católico como lo era la Democracia Cristiana podía gobernar en esa situación. En otra entrevista aparecida este mes, el ex-presidente de la República Francesco Cossiga, describiendo la mentalidad de los exponentes democristianos más importantes -tales como Andreotti o Moro-, sostiene que no tenían ningún interés en el funcionamiento del Estado si estos no respondían o seguían a los intereses del Vaticano.
Por lo tanto la imagen política italiana de los años cincuenta, que va del fin de la guerra al terremoto comunista, es la imagen de una guerra civil entre bandas rivales, donde el mismo Estado se dividía en bandas contrarias y el gobernante actuaba por intereses sustancialmente ajenos a la sociedad civil italiana. Muchas de la decisiones se tomaron a título personal. Por ejemplo durante los años cincuenta, la embajadora estadounidense Claire Both Luce, presionó al ministro de Interior, el democristiano Scelba, para que “disuelva” al Partido Comunista. Scelba respondió: “Somos una democracia, no un país sudamericano. Ciertas cosas pueden exigírselas a ellos, no a nosotros” (pág.19). Esta respuesta –más allá de su convicción personal- estaba consustanciada con alguna facción del Vaticano que no estaba dispuesta a encarar una guerra civil abierta contra el comunismo.
En el hecho mencionado se nota una preponderante presencia de intereses extranjeros, que no eran únicamente estadounidenses. La Mossad, el servicio secreto israelí, tenía manos libres para golpear al terrorismo palestino en territorio italiano. Esta soberanía limitada de Italia fue interpretada por la Mossad, como la libertad para golpear también a los aliados italianos de los palestinos. Todavía hoy se tienen dudas sobre la responsabilidad de los israelíes en el homicidio de Aldo Moro, así como de Andreotti -tradicional amigo de los palestinos- y del abatimiento de un avión del servicio secreto italiano que había sostenido una acción de liberación de prisioneros palestinos (p.83). El mismo servicio secreto italiano promovió y apoyó el golpe de Kadafi en septiembre del ’69 (pp.90-95) con la intención de continuar entonces con la política de aprovisionamiento petrolífero, tradicionalmente independiente de los Estados Unidos. Esta política ha causado la caída del avión del jefe del ente petrolífero del Estado, Enrico Mattei, en el ’62, probablemente con ayuda de la mafia italiana. Este homicidio va enmarcado en la política italiana de entonces, que por un lado se aseguraba el aprovisionamiento petrolífero directamente de los árabes; por otro lado, el desarrollo del uso civil de la energía nuclear. De esta manera la política italiana hacia el Sur del mundo entró en conflicto con la política de dependencia con el Norte. Servicios secretos estadounidenses, ingleses y alemanes decidieron terminar con esto, lo cual le habría permitido a Italia seguir a Francia en la estrategia de aprovisionamiento energético independiente.
Durante los años de posguerra, a fines del ’91, existió en toda Europa una organización secreta llamada “Stay Behind”; a la que se le había otorgado la tarea de organizar cualquier forma de resistencia a una probable invasión soviética. Solamente en Italia la mencionada organización, llamada Gladio, pasó a la acción directa. Los atentados en el sur de Tirol contra la presencia italiana, fueron inicialmente organizados desde la Gladio (p.21) junto con los servicios secretos italianos. Del lado de los comunistas, como respuesta, surgió una organización paralela. Una vez descubierta se ganó el nombre de “Gladio rossa”. De Gladio proviene en gran parte del terrorismo neofascista; mientras que existen fuertes sospechas, que algunos miembros de la Gladio Rossa pueden haber formado las Brigadas Rojas, fascinados por las experiencias guerrilleras en latinoamérica (pág.144). En el primer caso, solo el primer atentado –en la Piazza Fontana en diciembre del ’69 (12 muertos)- logró su objetivo. El resto de las atentados neofascistas fueron acciones de agentes que una vez activados no quisieron parar sus acciones anticomunistas. Fue así entonces como continuaron con los atentados provocando centenares de muertos. Hasta el momento que el mismo servicio secreto intentó liberarse de estos agentes, garantizándoles la fuga al exterior a condición de parar con sus acciones. Delle Chiaie terminó en Bolivia, Ventura y Sacucci en la Argentina. Otros fueron declarados inocentes y liberados; solo unos pocos han sido condenados a pena definitiva. Otro dato inquietante: existen sólidas sospechas de que en Sicilia no hubo verdaderamente acciones terroristas, porque el control de la isla estaba reservado a la mafia, una suerte de Gladio regional (pág.27)
El caso Moro fue el más trascendente a nivel internacional, también porque habiendo sido hecho por de las Brigadas Rojas, una vez cometida la acción no funcionó la obra de la ofuscación. En efecto todavía es un caso oscuro. En el acontecimiento Moro intervinieron probablemente los servicios secretos del bloque comunista, unos contra otros, ya que los rusos estaban en contra de la Brigatte Rosse y contra los checoslovacos, que tenían relaciones constante con el terrorismo “rosso” (p.137-138). Se sospechó también de la intervención de la CIA y de la Mossad. Sin duda la mayor parte de los responsables de las fuerzas policíacas italianas estaban inscriptas en la Logia P2 de Lucio Gelli. El Parlamento nunca logró reunirse durante los 55 días de la detención de Moro, y sus mismos raptores tenían relaciones dudosas con entidades externas a la BR. El mismo Moro estaba convencido de que sería liberado poco tiempo antes del homicidio; y luego, de manera imprevista, llegó la orden de matar al prisionero (pág.200). Todo refuerza la idea de un asesinato por encargo (“delito in appalto”).
Pero el misterio más celosamente guardado, son las transcripciones del interrogatorio a Moro, que logró atragantar a los servicios secretos de ambos bloques –la DC y la P2– y al que solo tuvieron acceso los servicios de seguridad. El general del departamento de policía Dalla Chiessa, fue asesinado en su momento por la mafia posiblemente porque se encontraba en posesión de una parte de aquella información. Quizás el hecho de que Moro haya comenzado a dialogar con la Brigatte Rosse determinó su muerte, teniendo en cuenta que sus revelaciones abría puertas importantes sobre secretos de Estado y financiamiento oculto del partido. En la institución nadie tenía demasiado interés en mantener vivo a Moro a tal punto; por el contrario, lo importante era recuperar la información y destruirla.
Esta guerra civil de baja intensidad provocó 491 muertos y 1.181 heridos. Pero la primera víctima fue la democracia italiana, apenas nacida de la resistencia antifascista, que no ha podido desarrollarse plenamente debido a los condicionamientos internos y externos, no obstante el gran desarrollo económico y social en Italia. Pellegrino sostiene que ahora sería el momento para dar una vuelta de página, ¿Pero qué grupo político está listo para encarar esta reconciliación y acción histórica? Aquella guerra de baja intensidad, ¿ha terminado realmente? ¿O volverá con mayor intensidad una vez que las clases sociales subordinadas, como las llamaba Gramsci, intenten poner en discusión la subordinación en la que se encuentran?