Contra la globalización neoliberal, por una globalización humanista y solidaria.

Harnecker, Marta

 

La globalización, ¿un mito?
 
La vocación internacional del capital –ya señalada por Marx en el siglo pasado[1]– se hace hoy cada vez más evidente.
Muchos autores han llamado globalización o mundialización[2] a las nuevas características que adopta esta internacionalización del capital. Algunos autores sostienen, sin embargo, que la globalización es un mito, que no hay nada nuevo en el llamado proceso actual de globalización.
Aceptando que, efectivamente, el capital tiene una vocación internacional inherente, pienso, como muchos otros autores, que en las últimas décadas se han producido cambios cualitativos que justifican plenamente considerar que se ha abierto un nuevo período en este proceso de internacionalización del capital, que amerita una denominación diferente.
No creo que el uso interesado que se ha hecho de este término justifique su rechazo. Que los ideólogos de la actual globalización pretendan paralizar nuestras economías nacionales, haciéndonos creer que estamos sometidos a la acción de fuerzas económicas globales incontrolables, y que muchos políticos utilicen esta palabra como una especie de explicación fácil para todo lo que ocurre de negativo en un país, atribuyendo a ella el crecimiento del desempleo, el descenso de los salarios y muchas otras cosas, no debe llevarnos a negar su existencia. Por el contrario, debemos estudiar a fondo en qué consiste este proceso para poder elaborar estrategias que permitan darle una orientación diferente, no individualista –como hasta hoy– sino solidaria.
Hay dos fenómenos nuevos que me parecen muy relevantes en la actual internacionalización del capital.
 
1) Unidad en tiempo real a escala planetaria
 
Primero, el funcionamiento del capital como una unidad en tiempo real a escala planetaria.
El capital, hoy, no sólo se traslada a los lugares más alejados del mundo –como lo ha hecho ya desde el siglo XVI–, sino que cantidades fabulosas de dinero –miles de millones de dólares– se transan en segundos en los circuitos electrónicos que unen al mundo de las finanzas. Se trata de un fenómeno nuevo que sólo comienza a ser posible en las últimas décadas del siglo XX, gracias a la nueva infraestructura proporcionada por las tecnologías de la información y la comunicación y a las nuevas condiciones institucionales que hacen posible ese gran desplazamiento de capitales, al eliminarse las trabas implantadas luego de la Segunda Guerra Mundial.[3]Este fenómeno toma un impulso cada vez mayor con la desagregación del bloque soviético y los cambios económicos llevados adelante por esos países. El mundo puede funcionar en la actualidad cada vez más como una unidad operativa única, como un mercado global de capitales.
 
2) Internacionalización del proceso productivo
 
En segundo lugar, más allá  del terreno de las finanzas –sobre el que volveremos–, algo cualitativamente nuevo ha ocurrido también en el terreno de la producción: la internacionalización del propio proceso de producción, es decir, la fabricación de diferentes partes del producto final en diversos lugares geográficos.[4] Y esto mismo ha ocurrido en el área de muchos servicios. Este desplazamiento o relocalización del proceso productivo y de los servicios, impensable sin la incorporación al proceso productivo de los adelantos de la nueva revolución tecnológica, ha determinado que muchos procesos se desplacen hacia los países que ofrecen ventajas comparativas. Esto determina que los procesos más intensivos en mano de obra se localicen en los países del sur, donde la mano de obra es más barata.
Y esto, a su vez, conlleva una gran difusión de las relaciones capitalistas de producción allí donde se instala el capital transnacional.
Finalmente, no se debe olvidar que lo que hoy se globaliza es, precisamente, la forma capitalista de explotación. Ésta adopta diversas modalidades según el grado de desarrollo de los países. Mientras en los países más desarrollados los avances de la nueva revolución tecnológica son evidentes y hacen pensar a algunos autores que ya se ha llegado a una etapa posindustrial y hasta poscapitalista,[5] en los países de escaso desarrollo enormes masas de trabajadores recién se están integrando al sistema capitalista de producción.
Estudiar la forma desigual en que hoy se da este proceso de explotación es una de nuestras tareas pendientes.
 
El capital financiero: su papel protagónico
 
Por otra parte, se abre un nuevo ciclo caracterizado, más que nunca, por el crecimiento de las transacciones financieras puramente especulativas y parasitarias. El estancamiento económico y la disminución de la tasa de ganancia de los setenta han llevado a los capitales a desplazarse a la esfera especulativa, donde se aseguran una tasa de ganancia mayor.
A mediados de los noventa –según datos de Therborn– en un solo día se negociaba en Londres un monto de divisas equivalente al producto interno bruto mexicano de un año entero, y los mercados financieros internacionales tenían una dimensión diecinueve veces mayor que todo el comercio mundial de mercancías y servicios.[6] Estas cifras han aumentado enormemente desde entonces.
Por su parte Ramonet, en una reciente conferencia en La Habana, sostuvo que el 95% de la actividad económica actual es de tipo financiero. La producción, transporte y venta de cosas concretas sólo ocupa el 5% de la economía mundial, mientras que el resto se refiere sencillamente a la compra y venta de valores o de monedas. Estas transacciones financieras se realizan en forma continuada, pudiendo sus operadores intervenir en tiempo real (casi simultáneamente), sobre los mercados de Tokio, Londres o Nueva York. “La economía financiera prevalece ampliamente sobre la economía real. El movimiento perpetuo de las monedas y de las tasas de interés aparece como un gran factor de inestabilidad, tanto más peligroso cuanto que es autónomo y se halla cada vez más desconectado del poder político”.[7]
Se ha creado así una gigantesca esfera de la economía financiera, cuyos principales actores son los bancos, las instituciones financiera internacionales y los llamados fondos privados de pensiones.
Según Samir Amin, la dominación de las lógicas financieras sobre las inversiones productivas es la consecuencia de la crisis de la acumulación del capital. El capital sobrante, cuya tendencia lógica es invertir en la esfera productiva, no puede hacerlo porque sabe que la demanda no es suficiente.
He ahí una de las grandes contradicciones del capitalismo: para ganar más debe tratar de conseguir una fuerza de trabajo lo más barata posible. Pero esto redunda en que gana más en lo inmediato, pero a la larga se queda sin mercado para sus productos, porque los bajos ingresos de los trabajadores restringen sus posibilidades de compra.
La gestión capitalista de la crisis consiste, por lo tanto, en buscar colocaciones financieras a esos excedentes sin salida rentable en la expansión del sistema productivo, para evitar la desvalorización de los mismos.[8] Pero la formación de ganancia suplementaria –sin tener como base la producción de nuevos valores– agrava el desequilibrio de la economía real, es decir, la crisis.
Lo que vulgarmente se denomina la burbuja financiera o la especulación es el resultado inevitable de la puesta en práctica de lógicas unilaterales (preconizadas por el neoliberalismo) de maximización de las ganancias, posibilitadas por el cambio de la correlación de fuerzas sociales a favor del capital.
 
Se socava la autonomía de las economías nacionales
 
Este creciente predominio y concentración del capital financiero y de sus mercados, y su libertad para actuar, socavan la autonomía de las economías nacionales y de los estados, incapacitándolos para diseñar políticas propias.
Los bancos nacionales se han independizado del poder político. La Reserva Federal de los Estados Unidos y el Bundesbank de Alemania, así como el Banco Central Europeo, no dependen de dirigentes políticos. Son autónomos, hacen su propia política en función de lo que consideran debe ser la mejor forma de defender la moneda.
Noam Chomsky habla de la existencia de una especie de senado virtual, refiriéndose a la actuación de los especuladores en los mercados financieros. Si un país decide poner más énfasis en sus programas de desarrollo social, “el senado virtual puede votar instantáneamente (contra esa política), sacando montos enormes de capital fuera de ese país”[9] con las consecuencias desastrosas que ello puede tener para un pequeño país.
Pero esta ausencia de regulaciones determina a su vez una gran inestabilidad. Las sucesivas crisis bursátiles así lo demuestran. Y si éstas logran ser superadas se debe –según Chesnais– a que “el poder y la existencia misma de este capital‑dinero son defendidos por las instituciones financieras internacionales y los estados más poderosos del globo, cualquiera sea su costo”.[10]
Una oligarquía transnacionalizada está  imponiendo sus intereses particulares al conjunto de la humanidad, por la influencia que ejerce sobre los mercados financieros, cada vez más decisivos en la formación de las políticas económicas.
Este manejo de las fuerzas del mercado por actores tan poderosos constituye una forma de guerra financiera Según el economista canadiense Chossudovsky: “No hay necesidad de recolonizar territorios perdidos o de enviar ejércitos invasores. A fines del siglo XX, la descarada conquista de naciones (vale decir el control de sus medios de producción, la fuerza laboral, recursos naturales e instituciones) puede lograrse de forma impersonal, desde el salón donde se reúne la junta directiva de las corporaciones, despachando órdenes por una terminal de computadora o un teléfono celular. (...) La guerra financiera no reconoce fronteras territoriales (...) En Corea, Indonesia y Tailandia, las cajas fuertes de sus bancos centrales fueron saqueadas por instituciones especulativas, mientras las autoridades financieras buscaban en vano la forma de revitalizar sus débiles monedas. En 1997, más de cien mil millones de dólares de las reservas monetarias de Asia fueron confiscadas y transferidas, en cuestión de meses, a manos de financieras privadas. Tras la devaluación de la moneda, ganancias reales y empleos cayeron de la noche a la mañana causando empobrecimiento masivo en países que habían registrado importantes avances económicos y sociales en la posguerra”.[11]
Según el subcomandante Marcos, del EZLN, estamos viviendo la Cuarta Guerra Mundial (luego de la Guerra Fría o Tercera Guerra Mundial, que dejó veintitrés millones de muertos). Esta es la guerra entre los grandes centros financieros, y su arma es la bomba financiera.[12]
 
El papel de los estados
 
Como mencionábamos, los actores o sujetos de la internacionalización son cada vez menos los estados nacionales y son cada vez más las empresas transnacionales.
Pero estas empresas, que tratan de liberarse de las amarras de los estados para poder operar libremente, recurren, sin embargo, a éstos para que les faciliten los negocios. Convierten a los ministerios de relaciones exteriores y a otras dependencias del Estado nacional en verdaderas oficinas de negocios a su servicio.
Es bastante conocido que la intervención activa de los gobiernos de Japón y Corea del Sur ha sido decisiva para fomentar la competitividad de sus empresas.
Por otra parte, Chomsky sostiene que “uno de los mejores estudios recientes sobre las cien transnacionales más importantes de la lista de Fortune encontró que todas ellas se habían beneficiado de intervenciones específicas de los estados nacionales donde tienen su base. (...) No tendríamos muchas corporaciones grandes si no fuera por el financiamiento público; y el financiamiento público proviene del contribuyente fiscal (...)”.[13]
El bloqueo a Cuba es un buen ejemplo de la escasa independencia que tienen las empresas transnacionales respecto a la política estatal norteamericana.
Pero, al mismo tiempo que intervienen a favor del gran capital transnacional, los estados nacionales van perdiendo el control de una serie de asuntos en forma creciente, sea porque los países de una determinada región se integran en una unidad regional mayor, como es el caso de los países de la Unión Europea, o por el carácter subordinado de los países periféricos con relación a los centrales. La definición de las políticas económicas tiende a hacerse más allá  de sus fronteras. Los sindicatos, partidos y sistemas nacionales de comunicación se van debilitando en la misma medida en que cobran fuerza el mercado monetario internacional, los medios de comunicación global y las grandes empresas multinacionales.
Algunos autores llegan a pensar que los estados nacionales se han transformado en simples agencias que ajustan las prácticas y políticas económicas nacionales a las exigencias de la economía global.[14]
Otros autores, como Leo Panitch, reconocen que la naturaleza del Estado ha cambiado considerablemente, aunque no por ello ha disminuido su papel. Éste está  todavía determinado por las luchas entre fuerzas sociales localizadas dentro de cada formación social, aunque, por supuesto, esas luchas están cada vez más determinadas por la situación en el ámbito mundial. Las formas nacionales prevalecen debido fundamentalmente a dos razones: la especificidad de cada formación social y el desarrollo desigual de cada país.[15]
Lejos de presenciar un capitalismo global que desconoce al Estado, lo que vemos es una gran diferenciación entre estados muy activos, como los del Grupo de los Siete, mientras que los estados de los países periféricos se ven cada vez más debilitados. Tanto el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), en el plano mundial, como el Tratado de Libre Comercio (TLC) en Norteamérica, en el regional, revelan la participación de los estados de los países centrales como creadores de un régimen que define y garantiza los derechos globales y domésticos del capital. Estos tratados funcionan como una constitución económica, estableciendo las reglas básicas que rigen los derechos de propiedad privada que todos los gobiernos deben respetar y los tipos de políticas económicas que todos los gobiernos han de evitar.[16]
Es importante, sin embargo, tener en cuenta que no se trata de algo impuesto a los estados “por el capital y el Estado norteamericanos como algo externo a ellos, sino que más bien refleja el papel adoptado por los estados (...) en representación de los intereses de sus burguesías y burocracias (...) de sus respectivos países”.[17] Eso ocurre, por ejemplo, con el TLC. Son los grupos dominantes canadienses y mexicanos, penetrados por el capital y la administración norteamericanos, los que impulsan la concreción de ese tratado.
 
Un proceso desigual e inconcluso
 
El proceso de globalización no es un proceso homogéneo, tiene un desarrollo muy desigual. Existen tres polos dominantes en la economía mundial: América del Norte, Europa y la zona Asia‑Pacífico. “(...) En el seno de esta tríada se multiplican y se intensifican los intercambios. La economía global provoca así, paradójicamente, una ruptura del planeta entre tres polos cada vez más integrados y el resto de los países (en particular los del África negra) cada vez están más pobres, marginados, excluidos del comercio mundial y de la modernización tecnológica”.[18]
Y en esta tríada existen países centrales y periféricos. Entre los primeros están los Estados Unidos, Japón y los países más avanzados de la Unión Europea.
Cuatro serían, según Castells, los factores que determinan estos resultados:
a) la capacidad tecnológica de cada país o región; b) el acceso a un mercado grande, integrado y rico; c) la diferencia entre los costos de producción en el lugar de origen y los precios en el mercado de destino –no basta que la mano de obra sea barata si hay que pagar impuestos, o las reglamentaciones medioambientales son muy severas–; y, por último, d) la capacidad política de las instituciones nacionales e internacionales para prestar apoyo al crecimiento de los países y zonas bajo su jurisdicción.
Samir Amin, por su parte, señala que las grandes potencias mundiales logran su privilegiada situación no como el producto de la aplicación de las leyes objetivas del mercado, de la competencia perfecta tan pregonada por el neoliberalismo, sino debido al control exclusivo que esos países tienen de cinco áreas fundamentales de poder:
a) el monopolio tecnológico; b) el control de mercados financieros mundiales; c) el monopolio de acceso a los recursos naturales del planeta; d) el monopolio de medios de comunicación y e) el monopolio de las armas de destrucción masiva.[19]
Y entre las grandes potencias sobresale Estados Unidos, que luego del derrumbe de la URSS no sólo pasa a tener el control militar del mundo sino que también tiene su control financiero.[20] Debido a su superioridad en el mundo financiero (y a su control del FMI y del Banco Mundial) ha podido imponer al mundo las nuevas reglas del juego neoliberal.
La economía global es sin duda profundamente asimétrica.[21] De los 5.000 millones de habitantes del mundo, según Ramonet, apenas viven confortablemente 500 mil, 358 personas multimillonarias tienen un ingreso anual superior al ingreso de 2.600 millones de personas.[22] Por otra parte, según Pablo González Casanova, la actual globalización ha contribuido a aumentar las transferencias de excedente de los países pobres a los países más desarrollados.[23]
Pero la actual globalización no sólo acentúa las diferencias entre países pobres y países ricos, sino que acentúa también las diferencias entre los propios países de la periferia. Como dice Samir Amin: el surgimiento de un sistema productivo mundializado remodela a las periferias sobre la base de nuevas diferenciaciones.[24] Hay ganadores y perdedores. Habría que distinguir entonces dos tipos de periferias: las ganadoras, tipo Tercer Mundo de mañana, y las perdedoras, tipo Cuarto Mundo.
Por otra parte, una serie de términos que surgieron al finalizar la Segunda Guerra Mundial van quedando obsoletos. Ya no parece correcto hablar de Tercer Mundo, ni de centro‑periferia, ni de norte‑sur, si se emplean los términos en el sentido que tuvieron originalmente[25] porque, por una parte, varios países que antes eran considerados del Tercer Mundo y están ubicados en el sur, lograron un impresionante crecimiento económico, como los llamados tigres asiáticos (Hong Kong, Singapur, Taiwán y Corea del Sur) y, luego les siguieron otra serie de países de Asia y América Latina. Por otra parte, dentro del propio Primer Mundo se establece una polarización creciente de las rentas hasta el punto que algunos autores han llegado a decir que Europa Occidental se ha pauperizado o sudificado, ya que en esta región existen veinte millones de parados y treinta millones de pobres.[26]
Por último, es importante tener en cuenta que la economía informacional global no es una economía planetaria: no abarca todos los procesos económicos del planeta, no incluye todos los territorios, ni todas las personas trabajan para esta economía ni compran sus productos. Sin embargo, ella sí afecta de forma directa o indirecta la subsistencia de toda la humanidad.[27]
“Este asunto de la ley del desarrollo desigual es un fenómeno de importancia crucial, especialmente en este período histórico –opina Manuel Riesco–. Sin comprenderlo y valorarlo en su debida magnitud (...) no se puede entender absolutamente nada de lo que está  ocurriendo hoy día en el mundo”.[28]
La globalización es, por lo tanto, todavía un proceso inconcluso. No toda la economía internacional es ya global: los mercados están lejos de una integración plena, todavía existen reglamentos monetarios y bancarios que limitan los flujos de capital, los controles migratorios dificultan la libre contratación de mano de obra, las empresas transnacionales siguen teniendo todavía sus activos y sus centros de mando estratégicos en sus países natales. Pero, sobre todo, los estados nacionales y sus gobiernos siguen jugando un papel crucial en la orientación de la nueva economía.
 
La hegemonía neoliberal impone una globalización excluyente
 
La globalización del capital se traduce también en cambios en la configuración del poder. Éste está actualmente concentrado en manos de una reducida elite financiera, ubicada en los países más avanzados y principalmente en los Estados Unidos, y que en el ámbito del Tercer Mundo está representada por la nueva derecha tecnócrata o burguesía modernizante.[29]
Por otra parte, como la concentración y centralización de capitales son cada vez mayores, los grandes grupos son más grandes y aparecen más fuertes de lo que jamás han sido.[30]
Como dato ilustrativo, la cifra de negocios de la General Motors llegó a ser más elevada que el producto nacional de Dinamarca; la de la Exxon era superior a la de Noruega; y la de la Toyota sobrepasaba al producto nacional de Portugal.[31]
Es esta elite la que le imprime el carácter neoliberal a la globalización actual, determinando su rumbo individualista, antisolidario y polarizador.
La aplicación de la más reciente revolución tecnológica siguiendo el esquema neoliberal transforma profundamente la estructura económica de los países ricos. El polo tecnológico avanzado (informática, telecomunicaciones), o lo que algunos llaman producción no material, adquiere un creciente desarrollo y un número cada vez mayor de plantas industriales se traslada al Tercer Mundo en busca de mano de obra barata, cambiando la fisonomía de las antiguas ciudades industriales de los países desarrollados. Un número creciente de personas, en estos países, pasa a desempeñarse en la economía de servicios, reduciéndose notablemente la fuerza de trabajo hasta ahora dedicada a la producción de bienes materiales. En la mayor parte de ellos esto se ha traducido en un aumento del desempleo[32] y la consiguiente baja del consumo popular, pero, al mismo tiempo, como crece la concentración de riquezas en manos de una minoría social, esto conduce a un crecimiento dinámico de la economía de bienes de lujo, para la elite tanto del norte como del sur.
En los países periféricos, el modelo neoliberal y las medidas de ajuste estructural que propone se han impuesto mediante la presión de agencias internacionales como el FMI, el Banco Mundial, la AID, que se han aprovechando de su crítica situación financiera, producto del enorme endeudamiento externo contraído.
Según el investigador canadiense Michel Chossudovsky, la aplicación de las recetas neoliberales ha conducido, tanto en el sur como en el este y el norte, a que una minoría social privilegiada haya acumulado una enorme cantidad de riquezas a expensas de la gran mayoría de la población mundial[33] y, en los países del Tercer Mundo y del este europeo, a que las estructuras de comercio regional hayan sido abolidas y que una gran parte de la base industrial que antes producía para el mercado interno haya sido desmantelada debido a la creciente relocalización de una parte importante de la base industrial de los países avanzados en los atrasados.[34]
Este esquema de desarrollo tiende a destruir la industria nacional dirigida al mercado interno y a fomentar una economía de exportación que los hace mucho más dependientes de las fluctuaciones del mercado. Y se basa en una compresión de la demanda interna en cada una de las economías del Tercer Mundo y la consolidación de una mano de obra industrial barata, estable y disciplinada en un contexto político seguro.
En realidad, se trata de un fordismo sin compromiso socialdemócrata; es decir, de un capitalismo “salvaje” según Samir Amin.[35]
 
Incremento de la polarización, globalización de la pobreza
 
La globalización neoliberal está conduciendo a la humanidad entera a un callejón sin salida.
Si se aplicara el esquema de reformas propuesto por el neoliberalismo a más de cien países simultáneamente, esto tendría, según Chossudovsky, nefastas consecuencias, porque se trata de un proceso que socava la vida humana y destruye la sociedad civil en el Sur, en el Este y en el Norte, generando una serie de fenómenos sociales negativos: apartheid social, fomento del racismo y la lucha étnica, destrucción de los derechos de la mujer, de los jóvenes, de los ancianos, de los emigrantes, y, a menudo, estimula las confrontaciones destructivas entre nacionalidades. La globalización neoliberal no produciría una globalización de la riqueza, como los ideólogos neoliberales pretenden hacernos creer, sino una globalización de la pobreza.[36] El mismo autor agrega luego: “El producto nacional bruto del total de la región subsahariana africana, con una población de más de 600 millones de personas, es aproximadamente la mitad del presupuesto del estado de Texas. Los países de ingresos medios y bajos juntos (...) representan un 85% de la población mundial y reciben aproximadamente un 20% del total de los ingresos mundiales”.[37]
La globalización de la pobreza a finales del siglo XX no tiene precedente en la historia mundial. Y lo más irracional es que esta pobreza no es la consecuencia de la escasez de recursos humanos y materiales. Es, por el contrario, el resultado de un sistema de exceso de oferta basada en el desempleo y en una minimización de los costos laborales.[38]
A esto hay que agregar las nefastas consecuencias ecológicas del actual modelo neoliberal, que amenaza la existencia misma del planeta, y que abordamos en otro trabajo.
 
4. Un proceso técnico objetivo bajo hegemonía neoliberal
 
Para terminar, creo importante analizar la globalización actual como un fenómeno sobredeterminado, entre cuyas principales determinaciones se destacan: por una parte, las condiciones objetivas creadas por los enormes avances tecnológicos –que permiten reducir extraordinariamente el tiempo y la distancia entre países, comunidades y personas, y que hacen este proceso de alguna manera irreversible–, y por otra, las nuevas modalidades que adoptan las relaciones sociales capitalistas de producción en las que estos avances están hoy insertos. Son estas relaciones las principales fuerzas impulsoras y orientadoras de los cambios que se dan en la actualidad en el ámbito mundial.
Diferenciar entre ambos aspectos nos permite, por una parte, definir la globalización realmente existente como globalización neoliberal, porque lo que ha determinado hasta ahora su ritmo y su rumbo son las relaciones capitalistas bajo su forma hegemónica actual: el neoliberalismo; y, por otra, imaginar que puede existir una globalización que no sea capitalista, que aprovechando los avances tecnológicos los ponga al servicio de la humanidad y no de unas cuantas empresas transnacionales.
¿Cuál debe ser entonces la actitud de la izquierda ante la globalización? ¿Criticar el fenómeno de la globalización en sí mismo o criticar el carácter capitalista de la globalización actual y plantearse una globalización diferente partiendo de los adelantos científicos y tecnológicos logrados por el desarrollo actual del capitalismo? Pienso que la posición correcta es esta última. De la misma manera en que Marx pensó que la máquina‑herramienta característica de la revolución industrial no era negativa en sí misma, que podía ser un instrumento para hacer más efectiva la explotación del hombre o un instrumento para su liberación, dependiendo de cuál fuese el carácter del proceso de producción en el que ésta se insertase, lo mismo ocurre con el fenómeno de la globalización.
Considero, por lo tanto, que la globalización neoliberal no es la única posible; que podemos concebir diferentes tipos de globalización, desde una globalización con neofascismo hasta una globalización solidaria como la que plantean Fidel Castro[39] y el Papa Juan Pablo II.
Coincido con André Gorz en que rechazar la globalización, pretender resistir nacionalmente, conduce implacablemente a capitular frente a esa globalización. No es contra la globalización que hay que luchar tratando de sustraerse de ella; hay que luchar dentro de la globalización en curso por una globalización diferente. La resistencia al capital transnacional no puede ser sino ella misma transnacional; la resistencia a los actores de esta globalización exige ante todo actores de otra globalización, a partir de una visión, una solidaridad, un proyecto de civilización planetaria.[40]
El desafío de la izquierda es elaborar un proyecto humanista alternativo de globalización que esté acorde con una perspectiva socialista, y trabajar por construir en cada país una poderosa fuerza social antisistema que la haga posible.
 


[1] “El capital –decía Marx– (...) debe tender (...) a conquistar toda la tierra como su mercado (...) a reducir a un mínimo de tiempo (...) el movimiento de un lugar a otro”. (Marx, Karl, El capital, tomo I, vol. 2, libro primero, “El proceso de producción del capital”. Siglo XXI, México, 1975, pág. 31).
[2] El término mundialización refiere a una filiación con la teoría francesa de la internacionalización del capital, pero corresponde exactamente a la sustancia del término anglosajón globalization (Chesnais, François, La mondialisation du capital. París, Syros, 9ª ed., 1997, págs. 23-25).
[3] Especialmente en Europa (Chesnais, François, “Notas para una caracterización del capitalismo a fines del siglo XX”, en revista Herramienta N° 1. Buenos Aires, agosto 1996, pág. 20).
[4] Robinson, William I., “Un estudio de caso sobre el proceso de globalización en el tercer mundo: una agenda transnacional en Nicaragua”, en revista Pensamiento propio N° 3. Managua, enero‑abril, 1997, pág. 200). Ver también Agacino, Rafael, La anatomía de la globalización y de la integración económica. Santiago de Chile, 17 de abril, 1997, pág. 9, y Ianni, Octavio, Teorías de la globalización. México, Siglo XXI, 1996, págs. 31-43.
[5] Drucker, Peter, La sociedad post‑capitalista. Bogotá, Norma, 1994, págs. 1‑17.
[6] Therborn, Göran, “La crisis y el futuro del capitalismo”, en varios, La trama del neoliberalismo. Mercado, crisis y exclusión social. Buenos Aires, Oficina de publicaciones del CBC (UBA), 1997, pág. 36.
[7] Ramonet, Ignacio, en la transcripción del seminario “Comunicación, nuevas tecnologías y sociedad”, en el XX Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. La Habana, 6 de diciembre de 1998, y en Un mundo sin rumbo (crisis de fin de siglo). Madrid, Debate, 1997.
[8] Amin, Samir, Los desafíos de la mundialización. México, Siglo XXI ‑ Centro de Investigaciones Interdisciplinarias, 1997, pág.149. Sobre este tema ver, del mismo autor, La gestion capitaliste de la crise. París, L’Harmattan, 1995.
[9] Chomsky, Noam, “La última desaparición de las fronteras”, entrevista realizada por Jim Cason y David Brooks, en el periódico Masiosare, Washington, febrero de 1998.
[10] No debe subestimarse la capacidad de los estados capitalistas para inyectar masivamente liquidez monetaria, cada vez que es necesario salvar de la bancarrota una parte del sistema financiero. En el curso de los últimos diez años, los Estados Unidos y su Reserva Federal (FED), que se ocupa de la supervisión del sistema financiero, intervinieron varias veces a gran escala para frenar una desvalorización masiva del capital ficticio: intervención en Wall Street para salvar de la bancarrota a una institución financiera importante en octubre de 1987, las cajas de ahorro privadas en 1989‑91, o incluso a otro Estado dependiente cuya inminente quiebra podía tener efectos en cadena sobre el sistema del conjunto financiero: México en 1982 y sobre todo en 1994‑95.
[11] Chossudovsky, Michel, “Guerra financiera”, conferencia en la Universidad de Ottawa, 21 de septiembre de 1998, págs. 2‑3.
[12] Subcomandante Marcos, “Siete piezas sueltas para construir con otras el rompecabezas del neoliberalismo”, en Le monde diplomatique, agosto y septiembre de 1997.
[13] Chomsky, Noam, “La sociedad global”, en Globalización, exclusión y democracia en América Latina. México, Contrapuntos / Joaquín Mortiz, 1997, pág. 13. Manuel Castells afirma: “Las multinacionales japonesas han sido plenamente respaldadas por el gobierno japonés y han mantenido sus principales activos financieros y tecnológicos en su país. Las (...) europeas han sido objeto del apoyo sistemático de sus gobiernos, así como de la Unión Europea, tanto en tecnología como en protección de mercado. Las (...) alemanas (por ejemplo, Volkswagen) han desinvertido en los países de Europa Occidental para emprender arriesgadas inversiones en Alemania Oriental, con objeto de cumplir el ideal nacional alemán de la unificación. Las (...) estadounidenses (por ejemplo, IBM) han seguido las instrucciones de su gobierno, a veces con resistencia, cuando hubo que retener la tecnología o restringir el comercio con países enfrentados con la política exterior estadounidense. En correspondencia, el gobierno ha apoyado proyectos tecnológicos para las empresas estadounidenses (...)”. (Castells, Manuel, La era de la información. Madrid, Alianza, 1997, págs. 125-126).
[14] Para Robert Cox, por ejemplo, el Estado nacional se ha transformado en una mera correa de transmisión de la economía global a la economía nacional (citado en Panitch, Leo, Globalization and the state. México, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Humanidades, UNAM, 1994, págs. 28-29).
[15] Panitch, Leo, op. cit., págs. 34‑35.
[16] Robinson, William I., North American free trade as if democracy mattered. Ottawa, Canadian Centre for Policy Alternatives, 1993 (citado por Panitch, Leo, op. cit., pág. 93). Según Panitch, Robinson ha hecho uno de los mejores análisis de este tratado. El autor sostiene que los acuerdos comerciales internacionales como el TLC no sólo “prohíben la discriminación entre corporaciones nacionales y de propiedad extranjera (sino que también) crean nuevos derechos corporativos de propiedad privada, poseídos por inversionista nacionales y extranjeros (...)” (op. cit., pág. 93).
[17] Panitch, Leo, op. cit., pág. 94.
[18] Ramonet, Ignacio, Un mundo sin rumbo (crisis de fin de siglo). Madrid, Debate, 1997, pág. 66.
[19] Amin, Samir, “El futuro de la polarización global”, en revista Nueva sociedad, N° 132, julio‑agosto 1994, págs. 120‑122. “Estos cinco monopolios, tomados como un todo, definen el marco dentro del cual opera la ley del valor globalizado. La ley del valor es la expresión condensada de todas esas condiciones (y no) la expresión de una racionalidad económica objetivamente pura (...)”.
[20] “Éste es el único país que puede bajar la tasa de paridad de la moneda –y por lo tanto, jugar a fondo el juego de la devaluación competitiva– sin sufrir de inmediato la sanción de los mercados, debido a la dimensión y seguridad de su deuda pública (40% de la deuda mundial), así como del papel que juega el dólar en el comercio y reservas mundiales”. (Chesnais, François, La mondialisation..., op. cit., pág. 36).
[21] “Un 20% de la población controla y percibe el 83% de las riquezas y un 60% sobrevive con un 7% (...)” (Gallardo, Helio, “América Latina en la década de los noventa”, en revista Pasos, N° 59, San José de Costa Rica, mayo‑junio 1995, págs. 19‑22).
[22] Datos de Le monde diplomatique, 17 de julio de 1996, en Ramonet, I, Un mundo sin rumbo..., op. cit., pág. 246.
[23] Un estudio estadístico en el que está empeñado este autor demuestra que en los cuatro años comprendidos entre 1992 y 1995 esta transferencia triplicó la correspondiente al período que va de 1972 a 1981, y es superior a la de cualquiera de los quinquenios precedentes (González Casanova, Pablo, “La explotación global”, México, mimeo, abril 1998, pág. 20).
[24] Sobre este tema ver Samir Amin, “Conclusión. El debate sobre la mundialización”, en Amin, Samir y González Casanova, Pablo, La nueva organización capitalista mundial vista desde el sur. I. Mundialización y acumulación. Barcelona, Anthropos, 1995, págs. 367‑390.
[25] Según Hinkelammert, el Primer Mundo se ve hoy más bien como un gran archipiélago que aparece por todos lados, pero que surge en un mar circundante de espacios que ya no se pueden integrar ni económica ni socialmente. Pese a que este archipiélago todavía está  ubicado sobre todo en el norte, la relación no se puede entender más como una relación norte‑sur. Sí se la puede marcar en el sentido de una exclusión (Hinkelammert, Franz, “El huracán de la globalización: la exclusión y la destrucción del medio ambiente vistos desde la teoría de la dependencia”, en revista Pasos N° 69, San José de Costa Rica, enero‑febrero 1997, pág. 23).
[26] Por todas partes se extiende el paro y el subempleo, se bloquean los salarios y los presupuestos sociales son reducidos drásticamente en nombre de la sacrosanta competitividad. “Las desigualdades no dejan de crecer hasta tal punto que algunos estados europeos se avienen a aceptar una especie de tercermundialización de sus sociedades (...) En el Reino Unido las desigualdades entre ricos y pobres son las más grandes del mundo occidental (...). En menos de quince años se ha construido una sociedad de rentistas, redoblada por una sociedad de asistidos (...)” (Ramonet, I., Un mundo sin rumbo..., op. cit., pág. 83).
[27] M. Castells, la era de la información..., op. cit , págs. 129‑130.
[28] El investigador chileno resume las conclusiones de estos análisis: la transformación actual del mundo no tiene precedentes, su base es la llegada al mercado del trabajo y consumo capitalista de miles de millones de nuevos ciudadanos, libres de ataduras agrarias e ignorancia; ello, unido a la revolución de las comunicaciones, trastoca de una manera inimaginada la producción y los mercados, aumenta de manera increíble el valor producido en el mundo y las ganancias del capital, el cual corre a ordeñar esta gallina de millones de huevos de oro. Los obreros de los países desarrollados, en cambio, no podrán seguir viviendo como hasta ahora, relativamente hablando. Es un escenario, para esos analistas, telúrico, desbordante de oportunidades y plagado de peligros (Riesco, Manuel, “Carta a Miguel”, octubre de 1998).
[29] Esta elite transnacional, que se hizo hegemónica entre 1970 y 1980, tiene contingentes locales en cada país del sur, en una nueva casta de elites de la nueva derecha “tecnócrata” en América Latina, África y Asia, lo que los economistas Osvaldo Sunkel y Edmundo Fuenzalida llaman “semillas transnacionales” (a veces denominada “burguesía modernizante”) y que están supervisando procesos extensivos de reestructuración social y económica (Robinson, W. I., “Un estudio de caso...”, op. cit., pág. 120).
[30] Chesnais, F., “Notas para una caracterización...”, op. cit., pág. 38.
[31] Datos de C. Serfati, citado por F. Chesnais, La mondialisation..., op. cit., pág. 251.
[32] Según estadísticas aportadas por la Comisión Europea, el total de desempleados de los quince países que integran la Unión Europea era de 17,9 millones de personas en 1997, pasando los desempleados de largo plazo del 43,5% de los desempleados en 1991 al 49% en 1997. Por otra parte, las cifras de desempleo aumentaron de un 2,2% en la década de los setenta a un 10,7% en 1997, registrándose las mayores tasas de aumento del desempleo en España, Alemania, Francia e Italia. Por otra parte, el proceso de precarización del empleo que se extiende cada vez más se ve facilitado por varios factores entre los cuales se encuentran: a) la gran cantidad de trabajadores desempleados o subempleados dispuestos a trabajar, b) la presencia de un amplio contingente de trabajadores inmigrantes procedentes del mundo subdesarrollado, a los cuales, en el caso de los países europeos, se suman los de los ex países socialistas de Europa central y oriental, y c) el superior nivel que se ha logrado en la fragmentación de los procesos productivos debido a los adelantos científico‑técnicos, lo cual permite la incorporación del trabajo femenino y ha posibilitado una mayor utilización del trabajo de subcontratación en empresas medianas y pequeñas, así como un renacer del trabajo a domicilio. Y lo contrastante es que todo esto se produce mientras la rentabilidad del capital se recupera en forma sostenida en el conjunto de los países de la Unión Europea. (Baró, Silvio, “Impactos socioeconómicos de la globalización en los países de la Unión Europea”, mimeo, 7 de diciembre de 1997). El autor señala que las cifras utilizadas fueron extraídas de European Commission: EC Economic data pocket book, N° 5/98. Office des publications des communautés europeenes, 1998. Por su parte la Oficina de Estadísticas de la Comunidad Europea, usando lo que denomina “tasa armonizada de desempleo”, revela que el desempleo ha descendido algo en lo que va del año 1998 (se habla de agosto) con respecto a 1997, pero se trata de cifras tan mínimas que en absoluto resuelven uno de los problemas más graves del Viejo Continente.
[33] La demanda de consumo está limitada a aproximadamente un 15% de la población mundial, confinada ampliamente en los países ricos de la OCDE (Chossudovsky, M., The globalization of poverty: the impacts of IMF and World Bank reforms. Penang, Third World Network, 1997, pág. 76).
[34] Esta operación, limitada inicialmente a algunos países del sudeste asiático: Hong Kong, Singapur, Taiwán y Corea del Sur, se extiende luego a una gran cantidad de otros países. (Chossudovsky, ibídem, pág. 75).
[35] Samir Amin, “Introducción. Mundialización y acumulación capitalista”, en S. Amin y González Casanova, P., La nueva organización..., op. cit., pág. 43. El autor sostiene que en las periferias industrializadas de América Latina, de Asia oriental (comunista y capitalista) y de los países del ex mundo soviético, segmentos del sistema productivo ya son o pueden volverse competitivos, en el sentido dado a este término. Aquí existe el ejército activo y su progresión puede seguir. Pero nunca podrá –en el horizonte visible, por lejano que sea– absorber la reserva de las economías rurales e informales; y ello porque la competitividad exige hoy por hoy técnicas de producción que vuelven imposible esta absorción, y porque la válvula de escape de la emigración masiva ha dejado de existir. En las periferias no industrializadas y/o competitivas de África y el mundo árabe, la situación es más extrema aún: el ejército activo es aquí prácticamente inexistente, toda la nación o casi toda constituye una reserva a escala mundial (pág. 46).
[36] Chossudovsky, ibídem, pág. 34 (resaltado por Marta Harnecker).
[37] Chossudovsky, ibídem, pág. 38.
[38] Chossudovsky, ibídem, pág. 26.
[39] Castro, Fidel, Globalización neoliberal y crisis económica actual (discursos y declaraciones mayo de 1998‑enero 1999). La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 1999, y Sobre la globalización neoliberal y otros temas. La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 1998.
[40] Gorz, André, Misères du present. Richesse du posible. París, Galileo, 1997, págs. 31‑32. Se ha traducido el término francés mondialisation como globalización, ya que en español mundialización y globalización son sinónimos.