Material de discusión para el III Coloquio Internacional de Teoría Crítica: «El Trabajo Alienado» de Karl Marx

Autor: Karl Marx*

IIXXIII Hemos partido de los presupuestos de la economía política. Hemos aceptado su lenguaje y sus leyes. Dimos por supuestos la propiedad privada, la separación entre trabajo, capital y tierra y, asimismo, entre trabajo asalariado, beneficio del capital y renta de la tierra; también admitimos la división del trabajo, la competencia, el concepto de valor de cambio, etc. A partir de la propia economía política, con sus mismas palabras, hemos mostrado que el trabajador se degrada al nivel de una mercancía, y de la mercancía más miserable; que la miseria del trabajador se encuentra en proporción inversa a la fuerza y el volumen de su producción; que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del capital en pocas manos y, por ende, la restauración, todavía más temible, del monopolio; finalmente, que desaparece la diferencia entre el capitalista y el rentista, como entre el agricultor y el trabajador de la manufactura, y la entera sociedad debe escindirse en las dos clases de los propietarios y los trabajadores carentes de propiedad.

La economía política parte de la propiedad privada como de un hecho elemental. No nos la explica. Concibe el proceso material de la propiedad privada -proceso que ella experimenta en la realidad- bajo formulas universales, abstractas, que, para ella, poseen el valor de leyes. No concibe estas leyes; es decir: no demuestra cómo se derivan éstas de la esencia de la propiedad privada. La economía política no nos da información alguna sobre la causa de la separación entre trabajo y capital, entre capital y tierra. Cuando, por ejemplo, determina la relación existente entre el salario y el beneficio del capital, rige para ella, como fundamento último, el interés de los capitalistas; es decir: da por supuesto lo que debería desarrollar. De igual modo aparece en todas partes la competencia. Esta es explicada a partir de circunstancias externas. La economía política no nos enseña en absoluto en qué medida estas circunstancias externas, aparentemente contingentes, solo son la expresión de una evolución necesaria. Hemos visto de qué modo el propio intercambio se le presenta como un hecho contingente. Las únicas ruedas que el economista político pone en movimiento son la codicia y la guerra entre codiciosos, la competencia.

Precisamente porque la economía: política no concibe el contexto en el que se despliega el movimiento, no se pudo, por ejemplo, contraponer la teoría sobre la competencia con a teoría acerca del monopolio, la teoría acerca de la libertad de oficios con la teoría acerca de la corporación, la teoría sobre la división de la propiedad de la tierra con la teoría acerca del latifundio; pues competencia, libertad de oficios, visión de la propiedad, eran desarrolladas y concebidas como consecuencias contingentes, intencionales, violentas; no como efectos necesarios, inevitables, naturales, del monopolio, de la corporación y de la propiedad feudal.

Así pues, ahora tenemos que concebir la interrelación esencial existente entre la propiedad privada, la codicia, la separación entre trabajo, capital y propiedad de la tierra, entre intercambio y competencia, entre valor y desvalorización del hombre, entre monopolio y competencia, etc.; tenemos que concebir, entonces, la interrelación existente entre toda esta alienación y el sistema monetario.

A diferencia de lo que hace el economista político cada vez que procura explicar algo, no nos traslademos aun ficticio estado originario. Un estado semejante no explica nada. El economista solo desplaza la cuestión hacia una lejanía gris, nebulosa. Da por supuesto, bajo la forma del hecho, del acontecimiento, lo que debe deducir, a saber: la relación necesaria entre dos cosas, por ejemplo, entre división del trabajo e intercambio. Así, la teología explica el origen del mal a partir del pecado original; es decir, da por supuesto como un hecho, bajo la forma de una historia, lo que debe explicar.

Partimos de un hecho de la economía política, de un hecho actual.

El trabajador se torna tanto más pobre cuanta más riqueza produce, con cuanto mayor poder y volumen incrementa su producción. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo del hombre crece en proporción directa a la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no solo produce mercancías; se produce a sí mismo y al trabajador como una mercancía, y, por cierto, en la proporción en que produce mercancías.

Además, este hecho expresa solo lo siguiente: el objeto que produce el trabajo, su producto, se enfrenta al trabajo como un ser ajeno, como una fuerza independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado, que se ha materializado en un objeto, es la objetivación del trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización de trabajo aparece, a nivel de la economía política, como desrealización del trabajador; la objetivación, como pérdida del objeto y como sometimiento servil a él; la apropiación, como alienación, como enajenación.

A tal punto la realización del trabajo aparece como desrealización, que el trabajador es desrealizado hasta morir de hambre. A tal punto la objetivación aparece como pérdida del objeto, que el trabajador es despojado de los objetos más necesarios; no solo de la vida, sino también de los objetos de trabajo. Inclusive, el trabajo mismo se convierte en un objeto del que el trabajador solo puede apropiarse con el mayor esfuerzo y con las más irregulares interrupciones. La apropiación del objeto aparece a tal punto como alienación que, cuantos más objetos produce el trabajador, tanto menos puede poseer, y tanto más se encuentra sometido al dominio de su producto, del capital.

En la determinación según la cual el trabajador se relaciona con el producto de su trabajo como con un objeto ajeno, residen todas estas consecuencias. Pues, de acuerdo con esta presuposición, es claro que cuanto más se ejercita el trabajador, tanto más poderoso se torna el mundo ajeno, objetivo, que crea ante sí; tanto más pobre se toma él mismo, su mundo interior; es tanto menos dueño de sí mismo. Ocurre lo mismo con la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios, tanto menos retiene en sí mismo. El trabajador pone su vida en el objeto; pero aquella ya no le pertenece a él, sino al objeto. Cuanto mayor es, pues, esa actividad, tanto más desprovisto de objeto se encuentra el trabajador. Lo que es el producto de su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto, tanto menor es el trabajador mismo.

La enajenación del trabajador en su producto significa no solo que el trabajo de aquel se convierte en un objeto, en una existencia externa, sino también que el trabajo existe fuera de él, como algo independiente, ajeno a él; se convierte en una fuerza autónoma de él; significa que aquella vida que el trabajador ha concedido al objeto se le enfrenta como algo hostil y ajeno.

IIXXIIII Consideremos ahora con más detalle la objetivación, la producción del trabajador, y, en ella, la alienación, la pérdida del objeto, del producto del trabajador.

El trabajador no puede crear nada sin la naturaleza, sin el mundo externo sensorial. Esta es la materia en la que se realiza el trabajo de aquel, en la que el trabajo actúa, a partir de la cual y por medio de la cual dicho trabajo produce.

Pero la naturaleza así, como le ofrece al trabajo los medios de vida en el sentido de que el trabajo no puede vivir sin objetos en los que es ejercido, le ofrece también, por otro lado, los medios de vida en sentido estricto, es decir: los medios de subsistencia física del propio trabajador.

Así pues, cuanto más se apropia el trabajador del mundo externo, de la naturaleza sensorial, a través de su trabajo, tanto más se ve privado de medios de vida; y ello en dos sentidos: en primer lugar, porque el mundo externo sensorial deja cada vez más de ser un objeto perteneciente a su trabajo, un medio de vida de su trabajo; en segundo lugar, porque deja cada vez más de ser un medio de vida en el sentido inmediato, medio para la subsistencia física del trabajador.

En este doble sentido, el trabajador se convierte, pues, en siervo de su objeto; en primer lugar, porque recibe un objeto de trabajo, es decir, trabajo; y en segundo lugar, porque recibe medios de subsistencia. En primer lugar, entonces, porque puede existir en cuanto trabajador y, en segundo lugar, porque puede existir en cuanto sujeto físico. El coronamiento de esta servidumbre es que él solo en cuanto trabajador se mantiene como sujeto físico, y que solo como sujeto físico es trabajador.

(La alienación del trabajador en su objeto se expresa, de acuerdo con las leyes de la economía política, de tal modo que, cuanto más produce el trabajador, tanto menos tiene para consumir; cuantos más valores crea, tanto más desprovisto de valor, tanto más indigno se torna; cuanto más formado se encuentra su producto, tanto más deforme el trabajador; cuanto más civilizado su objeto, tanto más bárbaro el trabajador; cuanto más poderoso el trabajo, tanto más impotente el trabajador; cuanto más ingenioso el trabajo, tanto más desprovisto de ingenio el trabajador, tanto más se convierte este en siervo de la naturaleza.)

La economía política oculta la alienación presente en la esencia del trabajo por el hecho de no considerar la relación inmediata entre el trabajador (el trabajo) y la producción. Por cierto. El trabajo produce obras maravillosas para los ricos, pero produce desposeimiento para el trabajador. Produce palacios, pero cavernas para el trabajador. Produce belleza, pero deformidad para el trabajador. Suprime trabajo introduciendo máquinas, pero hace retroceder a una parte de los trabajadores a un trabajo bárbaro, en tanto con vierte a la otra parte en máquina. Produce espíritu, pero produce estupidez, cretinismo para el trabajador.

La relación inmediata del trabajo con sus productos es la relación del trabajador con los objetos de su producción. La relación del rico con los objetos de la producción y con la producción misma es solo una consecuencia de esta primera relación y la confirma. Consideraremos luego esta otra perspectiva.

Si preguntamos, pues, cuál es la relación esencial del trabajo, preguntamos por la relación entré el trabajador y la producción.

Hasta aquí, hemos considerado la alienación, la enajenación del trabajador solo desde una perspectiva, a saber: la relación del trabajador con los productos de su trabajo. Pero la alienación se muestra no solo en el resultado, sino en el acto de producción, dentro de la propia actividad productora. ¿Cómo podría enfrentarse el trabajador al producto de su actividad como a algo ajeno, si él mismo no se alienara de sí mismo en el propio acto de producción? El producto es solo el resumen de la actividad, de la producción. Si, pues, él producto del trabajo es la enajenación, la producción misma debe ser la enajenación activa, la enajenación de la actividad, la actividad de la enajenación. En la alienación del objeto de trabajo se resume solo la alienación, la enajenación en la actividad del trabajo mismo.

Ahora bien, ¿en qué consiste la enajenación del trabajo? En primer lugar, en que el trabajo es externo al trabajador, es decir: no pertenece a su esencia; consiste, por ende, en que el trabajador no se afirma en su trabajo, sino que se niega; en que no se siente bien, sino desdichado: no desarrolla ninguna energía física y espiritual libre, sino que maltrata su ser físico y arruina su espíritu. El trabajador solo siente, por ello, que está junto a sí mismo [bei sich] fuera del trabajo, y que en el trabajo está fuera de sí. Está en casa cuando no trabaja, y cuando lo hace, no está en casa. Su trabajo no es, pues, voluntario, sino impuesto, es un trabajo forzado. Por ello, no es la satisfacción de una necesidad, sino solo un medio para satisfacer necesidades externas al trabajo. Lo ajeno de su naturaleza se muestra nítidamente en que, tan pronto como deja de existir una imposición física o de otro orden, se huye del trabajo como de una peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de castigo. Finalmente, la exterioridad del trabajo para el trabajador se manifiesta en que no es propiedad de este, sino de otro; en que no le pertenece; en que, en el trabajo, el trabajador no pertenece así, mismo, sino a otro. Como, en la religión, la propia actividad de la fantasía humana, de la mente humana y del corazón humano, independientemente del individuo, actúa sobre este como una actividad ajena, divina o demoníaca, así también la actividad del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.

Se llega, pues, al resultado de que el hombre (el trabajador) solo siente que actúa libremente en sus funciones animales -comer, beber y procrear; a lo sumo, en la vivienda y el adorno, etc.-, y en sus funciones humanas solo se siente un animal. Lo animal se convierte en lo humano, y lo humano en lo animal.

Comer, beber y procrear, etc., son también, sin duda, actividades auténticamente humanas. Pero, en la abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana, y que las convierte en fines últimos y únicos, son actividades animales.

Hemos considerado el acto de la alienación de la actividad humana práctica, el trabajo, desde dos perspectivas.

1. La relación del trabajador con el producto del trabajo como un objeto ajeno y que lo domina. Esta relación es, al mismo tiempo, la relación con el mundo externo sensorial, con los objetos naturales como un mundo ajeno, hostilmente contrapuesto al trabajador.

2. La relación del trabajo con el acto de producción dentro del trabajo. Esta relación es la que existe entre el trabajador y su propia actividad como algo ajeno, que no le pertenece; la actividad como padecimiento la fuerza como impotencia, el engendramiento como castración, la propia energía física y espiritual del trabajador, su vida personal -pues qué es la vida [sino] actividad- como una actividad vuelta en su contra, independiente de él, que no le pertenece. La autoalienación, como más arriba la alienación de la cosa.

IIXXIVI Ahora tenemos que extraer una tercera determinación del trabajo alienado a partir de las dos anteriores. El hombre es un ser genérico, no solo porque práctica y teóricamente convierte en objeto suyo al género, tanto al propio como al de las restantes cosas, sino también -y esto es solo otra expresión para la misma idea- porque se relaciona consigo mismo como con el género actual y vivo, porque se relaciona consigo mismo como con un ser universal y, por ello, libre.

La vida genérica, tanto en el hombre como en el animal, consiste físicamente en que el hombre (como el animal) vive de la naturaleza inorgánica; y tanto más universal que el animal es el hombre cuanto lo es el ámbito de la naturaleza inorgánica, de la que vive el hombre. Como las plantas, los animales, las piedras, el aire, la luz, etc., conforman, en la teoría, una parte de la conciencia humana, por un lado en cuanto objetos de las ciencias naturales, por otro en cuanto objetos del arte -su naturaleza inorgánica espiritual, medios de vida espirituales, que debe preparar en primer término para luego saborearlos y digerirlos-, también conforman, en la práctica, una parte de la vida humana y de la actividad humana. Físicamente, el hombre vive solo de estos productos naturales, ya sea que aparezcan bajo la forma de alimento, calefacción, vestimenta, vivienda, etc. La universalidad del hombre aparece, en la práctica, precisamente en la universalidad que hace de la naturaleza toda su cuerpo inorgánico, tanto en la medida en que esta 1. es un medio de vida inmediato, como en la medida en que [2.] es la materia, el objeto y la herramienta de su actividad vital. La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es ella misma el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es una parte de la naturaleza.

En la medida en que aliena al hombre 1. de la naturaleza, 2. de sí mismo, de su función activa, de su actividad vital, el trabajo alienado también aliena al hombre del género; hace que, para el hombre, la vida genérica se convierta en medio de la vida individual. En primer lugar, aliena la vida genérica y la vida individual y, en segundo lugar, convierte a la segunda, en su abstracción, en fin de la primera, también esta en su forma abstracta y alienada,

Pues, en primer lugar, el trabajo, la actividad vital, la vida productiva misma, se le aparece al hombre solo como un medio para la satisfacción de una necesidad, la necesidad de conservación de la existencia física. Pero la vida productiva es la vida genérica. Es la vida que genera vida. En el tipo de actividad vital reside todo el carácter de una especie, su carácter genérico, y la libre actividad consciente es el carácter genérico del hombre. La vida misma aparece solo como medio de vida.

El animal está inmediatamente unido a su actividad vital. No se diferencia de ella. Es ella. El hombre convierte su actividad vital misma en objeto de su voluntad y de su conciencia. Tiene una actividad vital consciente. No es una determinación con la que coincide inmediatamente. La actividad vital conciente diferencia inmediatamente al hombre de la actividad vital animal. Precisamente por ello es un ser genérico. O es solo un ser consciente -es decir, su propia vida es, para él, objeto-, precisamente porque es un ser genérico. Solo por eso su actividad es actividad libre. El trabajo alienado invierte la relación, y hace que el hombre, precisamente porque es un ser consciente, convierta su actividad vital, su ser, en mero medio para su existencia.

La creación de un mundo objetivo a través de la práctica, la elaboración de la naturaleza inorgánica, es la prueba de que el hombre es un ser genérico consciente; es decir, un ser que se relaciona con el género como con su propio ser, o consigo mismo como ser genérico. Sin duda, también el animal produce. Se construye un nido, viviendas, como la abeja, el castor, la hormiga, etc., solo que únicamente produce lo que necesita inmediatamente para sí o para su cría; produce unilateralmente, mientras que el hombre produce de modo universal; el animal produce solo bajo la coacción de la necesidad física inmediata, mientras que el hombre produce también libre de necesidad física, y solo produce verdaderamente cuando está libre de esa necesidad; el animal se produce solo a sí mismo, mientras que el hombre reproduce la naturaleza toda; el producto del animal pertenece inmediatamente a su cuerpo físico, mientras que el hombre se enfrenta libremente a su producto. El animal forma solo de acuerdo con la medida y la necesidad de la especie a la que pertenece, mientras que el hombre sabe producir según la medida de toda especie, y, sabe aplicar en todos los casos la medida inherente al objeto; el hombre forma, por ende, de acuerdo con las leyes de la belleza.

Por ende, es justamente a través de la elaboración del mundo objetivo que el hombre se prueba verdaderamente en cuanto ser genérico. Esta producción es su vida genérica activa. A través de dicha elaboración, la naturaleza aparece como la obra y la realidad del hombre. El objeto del trabajo es, por ello, la objetivación de la vida genérica del hombre: en la medida en que este no solo se duplica, como en la conciencia, intelectualmente, sino de modo activo, real; y, por eso, se contempla a sí mismo en un mundo por él creado. Por ende, en la medida en que el trabajo alienado despoja al hombre del objeto de su producción, lo despoja de su vida genérica, su verdadera objetividad genérica y transforma su preeminencia por sobre el animal en la desventaja de que le es arrebatada su vida inorgánica; la naturaleza.

Asimismo, en la medida en que el trabajo alienado degrada la propia actividad, la actividad libre, al nivel de medio, hace de la vida genérica del hombre un medio para su existencia física.

La conciencia que el hombre posee de su género se transforma, pues, a través de la alienación, de modo que la vida genérica se vuelve, para él, un medio.

El trabajo alienado convierte, también:

3. el ser genérico del hombre -tanto su naturaleza como su capacidad genérica espiritual- en un ser ajeno a él, en medio de su existencia individual. Aliena al hombre tanto de su propio cuerpo como de la naturaleza externa a él, como de su ser espiritual, su esencia humana.

4. Una consecuencia inmediata de que al hombre le sea alienado el producto de su trabajo, de su actividad vital, de su ser genérico, es la alienación del hombre respecto del hombre. Si el hombre se enfrenta consigo mismo, también se le enfrenta el otro hombre. Lo que vale para la relación del hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo, vale para la relación del hombre con el otro hombre, como también con el trabajo y el objeto del trabajo del otro hombre.

La proposición según la cual el ser humano se ve alienado de su ser genérico, significa, simplemente, que un hombre se ve alienado del otro, así como cada uno de ellos se ve alienado de la esencia humana.

La alienación del hombre y, en general, todas las relaciones en las que el hombre se encuentra consigo mismo, solo se realizan y se expresan a través de la relación en la que el hombre se encuentra con otro hombre.

Así pues, en la relación del trabajo alienado, cada hombre considera al otro según el parámetro y la relación en que se encuentra él mismo en cuanto trabajador.

IIXXVI Partimos, pues, de un hecho de la economía política, de la alienación del trabajador y de su producción. Hemos formulado el concepto de este hecho: el trabajo alienado, enajenado. Hemos analizado este concepto y, en consecuencia, meramente un hecho de la economía política.

Veamos ahora cómo hay que formular y exponer en la da realidad el concepto del trabajo alienado, enajenado.

Si el producto del trabajo me es ajeno, se me enfrenta como una fuerza ajena, ¿a quién pertenece, entonces?

Si mi propia actividad no me pertenece, es una actividad de ajena, impuesta, ¿a quién pertenece, entonces?

A un ser distinto de mí.

¿Quién es este ser?

¿Los dioses? Por cierto que, en los primeros tiempos, la producción principal, como, por ejemplo, la edificación de los templos, etc., en Egipto, la India, México, aparece al servicio de los dioses, así como el producto pertenece a los dioses.

Únicamente que estos por sí solos no eran los amos de los trabajadores. Tampoco la naturaleza. Y qué contradicción sería, asimismo, que cuanto más somete el hombre a la naturaleza a través de su trabajo, cuanto más superfluos resultan los prodigios de los dioses merced al prodigio de la industria, deba renunciar el hombre, por devoción a estos poderes, a la alegría de la producción y al disfrute del producto.

El ser ajeno al que pertenecen el trabajo y el producto del trabajo, a cuyo servicio se encuentra el trabajo, y para el disfrute del cual existe el producto del trabajo, solo puede ser el propio hombre.

Si el producto del trabajo no pertenece al trabajador, sí es una fuerza ajena contrapuesta a él, esto solo es posible por el hecho de que pertenece a otro hombre distinto del trabajador. Si la actividad es, para este, una tortura, debe ser disfrute y alegría vital para otro. Ni los dioses, ni la naturaleza; solo el hombre mismo puede ser esa fuerza extraña colocada por encima del hombre.

Considérese la proposición anteriormente estipulada, según la cual la relación del hombre consigo mismo solo se torna, para él, objetiva, real a través de su relación con otro hombre. Cuando se relaciona, pues, con el producto de su trabajo, con su trabajo objetivado, como con un objeto ajeno, hostil, poderoso, independiente de él, se relaciona con dicho objeto de tal manera, que un hombre ajeno, hostil, poderoso, independiente de él, es el dueño de este objeto. Si se relaciona con su propia actividad como con una actividad no libre, se relaciona con ella como con una actividad al servicio, bajo el dominio, la coacción y el yugo de otro hombre.

Cada autoalienación del hombre respecto de si mismo y de la naturaleza aparece en la relación que él establece con la naturaleza, y con otros hombres diferentes de él. De ahí la necesaria autoalienación religiosa que aparece en la relación del laico con el sacerdote, o también -puesto que aquí se trata del mundo intelectual- en la relación con un intermediario, etc. En el mundo real y práctico, la autoalienación solo puede aparecer a través de la relación real y práctica con otros hombres. El medio por el cual tiene lugar la alienación es él mismo de índole práctica. A través del trabajo alienado, el hombre genera, pues, no solo su relación con el objeto y el acto de la producción como fuerzas ajenas y hostiles a él; también genera la relación en que otros hombres se encuentran con su propia producción y su propio producto, y la relación en que él se encuentra con estos otros hombres. Así como convierte su propia producción en su desrealización, en su castigo; así como convierte su propio producto en pérdida, en un producto que no le pertenece, así también genera el dominio de aquel que no produce, en la producción y en el producto. Así como se ve alienado de su propia actividad, así también se apodera de una actividad que no le es propia, y que la ha arrebatado a otro.

Hasta ahora, hemos considerado la relación solo desde el punto de vista del trabajador, y luego la haremos también desde el punto de vista del que no trabaja.

Así, pues, a través del trabajo alienado, enajenado, el trabajador genera la relación, con el trabajo de un hombre que es ajeno a dicho trabajo, que se encuentra fuera de él. La relación del trabajador con el trabajo genera la relación con dicho trabajo con el capitalista, o como quiera que se desee designar al dueño del trabajo. La propiedad privada es, pues, el producto, el resultado, la consecuencia necesaria del trabajo enajenado, de la relación externa del trabajador con la naturaleza y consigo mismo.

La propiedad privada se deduce, pues, a través del análisis, del concepto del trabajo enajenado; es decir, del hombre enajenado, del trabajo alienado, de la vida alienada, del hombre alienado.

Por cierto que hemos extraído el concepto de trabajo enajenado (de la vida enajenada) de la economía política como resultado del movimiento de la propiedad privada. Pero el análisis de este concepto revela que, aun cuando la propiedad privada aparece como razón, como causa del trabajo enajenado, es antes bien, una consecuencia de él, así como los dioses no son originariamente la causa, sino el efecto del extravío del entendimiento humano. Posteriormente, esta relación se convierte en una relación recíproca.

Solo en el último punto culminante en la evolución de la propiedad privada vuelve a aparecer este misterio suyo, consistente, por un lado, en que es el producto del trabajo enajenado y, por otro, en que es el medio a través del cual el trabajo se enajena, la realización de esta enajenación.

Esta evolución arroja, al mismo tiempo, luz sobre diversos conflictos irresueltos hasta ahora.

1. La economía política parte del trabajo como el alma genuina de la producción y, sin embargo, no da nada al trabajo, y le da todo a la propiedad privada. Sobre la base de esta contradicción, Proudhon ha extraído conclusiones a favor del trabajo y en contra de la propiedad privada. Pero nosotros entendemos que esta aparente contradicción es la contradicción del trabajo alienado consigo mismo, y que la economía política solo ha formulado las leyes del trabajo alienado.

También entendemos, por ello, que el salario y la propiedad privada son idénticos: pues el salario, siempre que paga el producto, el objeto del trabajo, el trabajo mismo, es solo una consecuencia necesaria de la alienación del trabajo, así como, pues, en el salario, también el trabajo aparece, no como un fin en sí mismo, sino como servidor del salario. Luego desarrollaremos esto, y ahora solo extraeremos algunas conclusiones

IIXXVII.

Una violenta alza de los salarios (dejando de lado todas las otras dificultades; dejando de lado que, como una anomalía, solo podría sostenerse por medios violentos), no sería, pues, sino un mejor salario para los esclavos, y no habría conquistado ni para el trabajador ni para el trabajo la determinación y dignidad humanas.

Incluso la igualdad de salarios, tal como la propone Proudhon, solo transforma la relación del trabajador actual con su trabajo en la relación de todos los hombres con el trabajo. La sociedad es concebida, pues, como capitalista abstracto.

El salario es una consecuencia inmediata del trabajo alienado, y este es la causa inmediata de la propiedad privada. En consecuencia, si cae un lado, debe caer también el otro.

2. De la relación entre el trabajo alienado y la propiedad privada se deriva, además, que la emancipación de la sociedad respecto de la propiedad privada, etc., respecto de la condición servil, se expresa bajo la forma política de la emancipación de los trabajadores, no como si se tratara solo de la emancipación de estos, sino porque en la emancipación de los trabajadores está contenida la emancipación humana universal; pero esta se encuentra contenida en aquella, porque la condición servil de toda la humanidad está implicada en la relación del trabajador con la producción, y todas las relaciones serviles son solo modificaciones y consecuencias de esta relación.

Tal como, a través del análisis, hemos extraído el concepto de la propiedad privada a partir del concepto de trabajo alienado, enajenado, así también es posible desarrollar, con ayuda de esos dos factores, todas las categorías de la economía política; y en cada categoría, como, por ejemplo, en el tráfico, la competencia, el capital, el dinero, reencontraremos solo una expresión determinada y desarrollada de estos primeros fundamentos.

Pero, antes de que consideremos esta configuración, busquemos resolver dos cuestiones.

1. Determinar la esencia de la propiedad privada, según se ha derivado en cuanto resultado del trabajo alienado, en su relación con la propiedad humana y social verdadera.

2. Hemos dado por supuesta, como un hecho, la alienación del trabajo, su enajenación, y hemos analizado este hecho. Ahora nos preguntamos: ¿cómo es que llega el hombre a enajenarse, a alienarse de su trabajo? ¿Cómo es que se funda esta alienación en la esencia de la evolución humana? Hemos reunido ya muchos elementos para resolver esta cuestión, en la medida en que hemos transformado la pregunta por el origen de la propiedad privada en la pregunta por la relación entre el trabajo enajenado y la evolución de la humanidad. Pues, cuando se habla acerca de la propiedad privada, se cree tratar de algo externo al hombre. Cuando se habla del trabajo, se trata inmediatamente del hombre mismo. Esta nueva formulación de la pregunta ya es, incluso, su solución.

Con respecto a 1. Esencia universal de la propiedad privada y su relación con la propiedad humana verdadera

El trabajo enajenado se nos ha escindido en dos partes, que se condicionan recíprocamente, o que son solo expresiones diferentes de una y la misma relación; la apropiación aparece como alienación, como enajenación, y la enajenación como apropiación; la alienación aparece como la verdadera incorporación a la sociedad

Hemos considerado una faceta, el trabajo enajenado, con relación al propio trabajador; es decir, la relación del trabajo enajenado consigo mismo. Hemos encontrado que la relación de propiedad del no trabajador con el trabajador y el trabajo es el producto, el resultado necesario de esta relación. La propiedad privada, en cuanto expresión material, resumida del trabajo enajenado, abarca ambas relaciones, la relación del trabajador con el trabajo y con el producto de su trabajo y con el no trabajador y la relación del no trabajador con el trabajador y el producto del trabajo de este.

Hemos visto que, con relación al trabajador que se apropia de la naturaleza a través del trabajo, la apropiación aparece como alienación; la propia actividad, como actividad para otro y como actividad de otro; la vitalidad, como sacrificio de la vida; la producción del objeto, como una pérdida del objeto a manos de una fuerza ajena, de un hombre ajeno; consideremos ahora la relación que este hombre ajeno al trabajo y al trabajador mantiene con el trabajador, con el trabajo y con el objeto del trabajador.

Ante todo, hay que señalar que todo lo que se le aparece al trabajador como actividad de la enajenación, de la alienación, aparece en el no trabajador como estado de la enajenación, de la alienación.

En segundo lugar, cabe señalar que la relación real, práctica del trabajador en la producción y con el producto (como estado anímico) aparece en el no trabajador -que se contrapone a aquel- como relación teórica.

En tercer lugar, el no trabajador hace en contra del trabajador todo aquello que éste realiza en contra de sí, pero no hace contra sí mismo lo que hace en contra del trabajador.

Consideremos ahora de más cerca las tres cuestiones


* Extraído de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 Karl Marx, Edición Colihue Clásica 2004

Traductores. Fernanda Aren, Silvina Rotemberg y Miguel Vedda