Homenaje a Marcelo Claros

Cerrando este número de Herramienta fuimos conmovidos por el fallecimiento de nuestro colaborador y amigo Marcelo Claros. Durante años capeó con dignidad una enfermedad a la que era imposible de vencer. Su muerte nos conmovió, nos abatió, nos dolió, y nos sorprendió porque ya nos habíamos habituado a verlo luchando por la vida, que lo considerábamos eterno. Eterno está en nuestros corazones, en la fuerza que nos contagió, en el espíritu crítico que nos transmitió, latente en cada rebelde insumiso que hay en este mundo.

Fue consecuente con su lucha, y la extendió desde la acción a las ideas y desde las ideas a la acción. Miles de iniciativas lo pintan inclaudicable, como cuando hace poco fue a la Embajada Palestina y pidió su nacionalización como un homenaje a los que luchan contra la opresión. Es difícil describir a Marcelo, un profundo estudioso de la epistemología y de la lógica, y también de la literatura, el arte y la comunicación.

Desde su programa de radio que transmitía semanalmente con su amigo, también amigo nuestro y recientemente fallecido Eduardo Gómez, se divertían insumidamente en un micro que llamaban "Refundación toponímica de Buenos Aires" y como adelantados del futuro relataban la historia infame que homenajeaba, por ejemplo, al represor asesino Jefe de Policía Ramón Falcón, con el nombre de una calle y la renombraban Simón Radowisky.

Con el fallecimiento ya hace dos años de Eduardito Martedí, con el de Eduardo Gomez y con el de Marcelo, hemos perdido a tres íntimos amigos entre sí y amigos nuestros.

Queremos a fuer de homenaje y recuerdo, pintar una pequeña semblanza de Marcelo con una despedida de su compañera Laura Marrone y unas líneas de su otro entrañable amigo, Federico Martedí.

 

DECIR ADIOS A MARCELO

"La poesía y el malhumor,
lo público y lo íntimo,
la riqueza y la pobreza,
nada de lo humano nos es ajeno.
Los diletantes,
una aventura para los
cartoneros del espíritu"

Cuando los humanos se vuelven dioses, hacen música

Tal vez esta cortina del programa radial que condujo Marcelo Claros hasta poco antes de su muerte lo resuma. Un hombre al que nada de lo humano le fue ajeno.

Siendo brillante estudiante de la facultad de Filosofía y Letras, dejó su carrera para dedicarse a pleno a la militancia revolucionaria. Ingresó a la corriente trotskista liderada por Nahuel Moreno en 1973 (Partido Socialista de los Trabajadores, luego MAS), cautivado por la idea de una sociedad nueva sin explotación pero también con libertad para que hombres y mujeres disfruten de la vida.

Trabajador bancario durante más de 30 años era conocido porque sus intervenciones en las asambleas eran una rara filigrana de reclamos sindicales, citas de Borges y frases en latín.

Desde su fundación hace casi diez años, fue un activo integrante del consejo de redacción de la Revista Herramienta. Convencido de la importancia de la elaboración teórica para el desarrollo del marxismo, aportaba desde sus numerosas lecturas y su agudo sentido crítico, antidogmático, y ferviente defensor de una búsqueda de progreso para el destino de la humanidad.

Sensible hasta el dolor por el sufrimiento de su prójimo fue generoso en silencio y sin vanaglorias dejando a cada uno de quienes lo conocimos algo que nos hiciera sentir mejores personas. Seductor increíble se ganó el cariño del diariero del barrio y del epistemólogo que lo tuvo por modesto escucha de sus conferencias.

Dueño de una memoria prodigiosa y de una cultura inagotable era capaz de conversar de todo con todos. "El imbatible" podía competir con especialistas de ópera o de fútbol. Amante de la conversación y de la guitarra, disfrutaba de la tertulia hasta el cansancio y divertía con su humor mezclado con gruñidos e ironías.

Marcelo era uno en lo público y lo íntimo. Familiero y querendón, dejó a sus hijos y a su compañera amor infinito.

Poco antes de morir, justo frente al hospital que consumía muchas de sus horas había descubierto un busto de un patriota irlandés con la frase de un poeta que sintió lo representaba. Esa frase decía. "Algunos iban a la lucha no pensando en la gloria, sino en que iban a morir para hacer más grande el nombre de Irlanda". Marcelo quebró su voz en el recuerdo de sus amigos, los eduardos (fallecidos hace poco tiempo aquejados por la misma enfermedad), pensando en que ellos fueron parte de esos algunos de la generación del 70, que cuando fueron a la lucha desde su juventud, la clandestinidad de la dictadura, la militancia cotidiana y gris, siendo individualmente brillantes, no pensaron en la gloria personal sino en hacer posible un sueño: "que terminara el sufrimiento de los pobres del mundo y se pusieran de pie los esclavos sin pan".

Laura Marrone

En el mes de enero de 2005, Marcelo tuvo una recaída importante y estuvo internado varios días. Su compañera le escribió esta poesía, semblanza de su vida.

OJOS MOROS

Sombríos tus ojos moros
hondas tus ojeras duelen

¿Qué mira tu mirada ausente?
¡Qué lejana tu alma vaga!

Moro de ojos sombríos
de luces y ocasos.
El ciego mece tus recuerdos
de un tiempo que no acaba...

Sombrío moro con ojos
Los finos hilos de oro
También traspasan tus cristales
Y bañan tu cuerpo rojo

Repasas tus otros tiempos
De risas y penas
De imposibles y razones
De crónicas y cuentos

¡Qué fina la tela de tus sueños!
Vertiginosos resuenan
entre las piedras
Ecos familiares y ajenos
Penumbra y resolana
entre la hiedra
Cemento, humo y sordera.

¿Conversas con el hombre
que siempre va contigo?
¿Aquel al que tus cuerdas
emulan devotos
cascadas de acordes de la hispania
que tus ojos nunca vieron?

Y vuelven sonrientes tus valientes
Compañeros de osados nortes
Sarcásticas tertulias de elegidos,
Las ironías, el libro y la poesía.

Amado de hombres y mujeres,
Pequeños, grandes y ruines
Esbeltos, generosos e ignotos
Añoran tu verso y tu memoria

Humores odiosos y filosos Mascullan la bronca
de tiempos perdidos
Pero esgrimes al poeta
con gallardía
Que tus lunas no fueron solo
Vocativos del verso

Ni tus batallas apenas
Resuellos de anaqueles.
Que tus cayos se labraron
en empedrados
de los mismos barrios
de sus orilleros y cuchillos

Tus tigres tuvieron sangre
Que corrió por la sien
con valentía
Aunque fuiste quijote
de este plata
Sufriste miedos sin mitologías

Descansa tu cuerpo joven
Cansado de jeringas y de opáceas
Descansa tu mente eterna
Y nos privas de tus ojos moros.

La fina tela de tus sueños
Atada al carro de lo humano
No osó si quiera
Soñar con glorias propias

Despierta,
aún no has escrito el poema
que tantas noches y mañanas
tu cerebro ronda
Hermético lo encierras
Como el filósofo aquel
Guardó el sol
de los mortales.

Laura

Buenos Aires, enero de 2005

Los ojos de Marcelo seguirán mirando pues fueron donados al INCUCAI

 

Consejo Editorial de Herramienta

Estimados compañeros:

Les alcanzo estas líneas, para que conozcan unas palabras que pensé decir en el sepelio de Marcelo, pero que no pude hacerlo. No logré sobreponerme al golpe íntimo y brutal que significó su crisis repentina, a pesar de que, quizás como ninguna otra, fuera ésta una muerte anunciada.

Lo hago porque me enteré que publicarían algo sobre él y porque sé que él sentía la revista como algo un poco suyo, también.

Además, ya difuso el escenario teatral del homenaje necesario que ordena la presencia de la muerte, el silencio que se impone va dando paso al recuerdo del acontecimiento cotidiano, al personaje real.

Estos tercetos que transcribo golpearon mi memoria cuando estaba en la planta operativa del Banco Nación en pleno mediodía, paralizada en un emotivo silencio por el homenaje de los empleados que fueron sus compañeros.

Los descubrimos con Marcelo, cuando nos dimos cuenta de que Jorge Semprun, entre otras cosas, era un poeta:

"Nosotros sabemos que es la muerte
Conocemos su estrella acribillada
Sabemos que cuando vino a verte

Puso rosas de sal acuchillada
En el espacio ciego de tu frente
Pero tú no estás muerto, camarada..."

Es tan así en el plano del recuerdo, que todavía escucho la metálica voz de Marcelo recitando a su Borges preferido, en el patio de su casa.

Un abrazo

Federico Martedí


Falleció el 14 de marzo de 2005