"ESMA. Fenomenología de la desaparición, de Claudio Martiniuk"

Logiudice, Edgardo

Buenos Aires, Prometeo, 2004, 142 páginas.

El final del libro es la fecha: marzo de 2002. No se cual fue el tiempo durante el que transcurrió su escritura. Presuntamente, casi sin dudas, abarcó los hechos de octubre y diciembre de 2001 que quizá no tengan incidencia en la acción práctica de ese escribir.

Marzo de 2002. Riesgo país, corralito, corralón, default, devaluación. Lo que llamamos país vivido como desaparición. Casi nadie se acuerda de la desaparición.

La desesperación pasa por otro lugar. El único justificado para ella quizá sea el del hambre. No lo dice de tal modo Martiniuk, lo implico yo. Mi intuición no es gratuita:

La avenida principal [creo que se refiere a Munro] todavía era Vélez Sarsfield y los comerciantes que se nucleaban a su largo eran respetuosos del espíritu del redactor de nuestro Código Civil. Judíos, griegos, alemanes, italianos, gallegos y criollos convivían siguiendo cierta moral kantiana. Seguro que no leyeron la Crítica de la razón práctica, pero sus conductas se ajustaban a la interpretación que de ella hizo Adolf Eichman, aquel banal malvado cuyas acciones eran las mandadas por el legislador y por la ley vigente en su territorio. Sí, la gente seguía un imperativo categórico cuya voluntad era la de los que mandan y cuyo sentido era que los dejaran tranquilos.

Quizá podría decirse esto de modo menos cruel, pero aunque el autor descree de la didáctica para despertar la memoria (duda hasta de la posibilidad del recuerdo, al menos con ecos de Agamben, del testimonio) si algo espera, es que el dolor, más que la esperanza, re-accione. "¿Algún día clara y diáfana despertará la conciencia del dolor, tendrá voz y otro carácter? Tal vez la única esperanza". Sentir, y no comprender o recordar, es la palabra clave que yo encuentro. La encuentro en su "lluvia de palabras" (esta fue su expresión al inquirirle el sentido de su escrito).

Efectivamente, donde yo creí encontrar una tesis, no hay menos que una lluvia de palabras, repetidas hasta doler. Frases cortitas, demoledoras, insistentes, sin neologismos, salvo uno: esmanes. La ESMA, fábrica de esmanes, no sólo de desapariciones. Y esto des-espera:

Era el escenario del tedio. Era la escuela. No era dueño de nada, y mucho menos de mí. Pero era un refugio. Cadáver sin enterrar, desarraigado, vacío, sin esperanza. Eso era y aun lo soy. ¿Cómo simplemente olvidar? ¿Cómo sentirse más ligero y más sereno? Un golpe en la noche, y después todo siguió, despacio y cada vez más desierto, con un cazador al acecho, arremetiendo contra todo, sin piedad. Munro, una espesa oscuridad que alumbraba las oportunidades de los comerciantes y las ilusiones de la vida hogareña. La noche era un tenso silencio. Pero casi todo era normalidad. La normalidad no desapareció. Los días transcurrían. Todo era Munro. Todos ciegamente seguían las reglas. Era monstruoso, pero no eran monstruos.

Es que "Esma hizo escuela, la barbarie se proyecta sobre todo".

Claudio Martiniuk, quien esto escribió, es doctor en Filosofía del Derecho, Profesor de Epistemología de las Ciencias Sociales y de Filosofía del Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Estas circunstancias están inscriptas en él: "En Esma desaparecieron los derechos. Desaparecieron las personas". "Genocidio, crimen último, violación más grave de los derechos del hombre…". "Astilla en el ojo: ningún juez fue a Esma. Habeas corpus, recurso ante la justicia cómplice. Silencio". Son algunas expresiones que recojo de la reseña de sentencias, convenciones jurídicas internacionales y apreciaciones doctrinarias sobre las cuales también reflexiona. Es que el derecho que, como sabemos, excede con mucho a la Ley, no desaparece ante la ética, como tampoco ésta ante la estética. Un acto estético (y no el esteticismo veloz y voraz que se consume en los monumentos de los que Martiniuk al menos desconfía), como yo concibo este trabajo de Claudio, no tiene porque privarse del derecho, de la norma, de la ética. Y ésta no es ajena al conflicto: "como toda ética, queda encerrada en la conflictividad entre las exigencias de la razón y la sensibilidad". Pero sí puede repudiar al Estado: "Pero el Estado no busca la verdad. No tiene ese interés. Ni los jueces, ni los legisladores, ni los presidentes, ni funcionarios buscan la verdad". Acá aparece el Martiniuk político, en cuanto filósofo, recordando a Wittgenstein: "filosofar es un beligerar, un lento beligerar". Entendida la política con el plus que excede al Estado:

…es todo política, aunque no esa política más abstracta. Es política de uno hacia el otro, la política básica, de principio a fin, política hacia un semejante concreto, el que se vuelve más concreto que uno….

Desde ese lugar: "El Estado, una cloaca hedionda y mortífera. Los políticos astutos subastadores del Estado. Los dirigentes sindicales realizan negocios bancarios sin escrúpulos".

No pretendo en esta nota más que interesar al alguien en esa escritura. No me atrevo siquiera a aventurar cuales son las hipótesis basilares de este trabajo, quizá -si existen aun no deliberadamente- sean el resultado y no el fundamento de su estrujar el lenguaje hasta agotarlo. Ese tratamiento de las palabras, exprimidas, rezumadas, agostadas hasta llegar al límite del dolor de no poder decirlas. "Esto asfixia, provoca un solo pensamiento: el pensamiento del suicidio. La desaparición aniquila. Sigue aniquilando. Desaparición llamada crisis".

Después de dicho eso no pueden extrañar otras expresiones duras, crueles, donde, si hay exceso, no es más que un resultado:

Insoportable y estúpida gente. Asfixia del embrutecimiento. Ya no sirve protestar. ¿Desapareció el poder de la protesta? Desapareció ante este mundo destruido, insoportablemente feo, estúpido. Los argentinos están poseídos por la desgracia. El argentino es desgraciado por naturaleza […] Y al que lo dice le darán en la cabeza hasta aniquilarlo.

Efectivamente, es más simpático decir "los argentinos estamos condenados al éxito",

En una sociedad indiferente ante lo sucedido, cuando sucedió y aun después: ni hoy se reclama por el crimen. Y reclamo no puede llamarse a diez o veinte mil jóvenes de partidos de izquierda marchando a Plaza de Mayo […] cuando la Argentina se halla nuevamente al borde de otro abismo.

Es el medio que halla el autor como modo de llegar así mismo, intentar la tarea racionalmente infructuosa de sentir la desaparición en sus entrañas. Con los demás. A "des-encubrir la desaparición de los desaparecidos".