A 50 años del mayo francés ¿Réquiem para un sueño? La esperanza y la desesperanza

John Holloway**

¿Donde están los sueños de ayer?

I

Mayo de 1968, hace cincuenta años. Crosby, Nash y Young con su canción “Chicago” y su  estribillo: “Podemos cambiar el mundo, podemos cambiar el mundo”. Ese era solo un sueño que teníamos algunos de nosotros. Una generación de tontos.

Diciembre de 2008. Hace casi diez años del asesinato de Alexis.[1] Los estudiantes toman las calles, ponen de revés al mundo e irrumpe un mundo diferente de deseos y posibilidades. “Una rebelión del talento contra la soberanía del dinero. Una insurrección de la anarquía, el valor de uso contra la democracia del valor de cambio. Un levantamiento espontáneo de la libertad colectiva contra la racionalidad de la disciplina individual”.

Verano de 2011. El verano de los indignados y los ocupadores, de los sueños que no cabían en las urnas electorales, y sueños que no cabían en este mundo.

Enero de 2015. En Grecia se elige al gobierno de la esperanza. En julio, pocos meses después: bailamos en la Plaza Sintagma luego del gran OXI.[2] Una parodia. Una de las peores bromas de la historia reciente.

Setenta años antes en la guerra civil griega hubo tantos y tantos muertos que creían que podrían crear un mundo mejor.

¿Por qué? ¿Qué sentido tenía? ¿Dónde han ido todos los sueños? ¿A este mundo de la desigualdad cada vez mayor, de Trump y Tsipras, ambos asesinos de la esperanza, uno peor que otro? A este mundo de  de guerras y refugiados, ¿A este mundo donde el único rey es el dinero?

¿No es la hora de cantar un réquiem por los sueños, para dejarlos irse, y aceptar que el mundo jamás irá a ser el lugar en el que habíamos soñado? ¿No es hora de postrarse ante el Señor Dinero y decir adiós al modo subjuntivo de los sueños y aceptar el modo indicativo? ¿Que el mundo es como es y que debemos vivir con él? Ahora que la generación de 1968 está muriendo, ¿no deberíamos decirle adiós?

II

La esperanza y la desesperanza nos tocan profundamente en las universidades.

La esperanza es una manera de pensar. No es solo “espero, espero, espero que Grecia gane el Mundial, espero despertar mañana y descubrir que no hay más pobreza”. No; la esperanza tomada seriamente es lo que Ernst Bloch llamaba una “docta spes”, una esperanza ilustrada o científica. Una forma de pensar que se mueve críticamente, autocríticamente, contra-y-más-allá del mundo tal como es, una forma de pensar que tiene una gramática diferente.

Quizás los dos elementos centrales de esta gramática sean la historicidad y la latencia. Historicidad: que comprende que la actual organización social como una forma históricamente específica de organización, y que es improbable que dure por siempre. Se deduce que los elementos esenciales de esta sociedad también son otras tantas formas sociales históricamente específicas: el dinero, la mercancía, y el Estado. El pensamiento crítico es entonces negativo, un movimiento contra estas formas de relaciones sociales que se presentan como eternas e inquebrantables. Pensar es pensar-contra, pensar contra-y-más-allá de estas formas que nos tienen atrapados.

Estamos atrapados en la lógica de la dinámica sistemática del capital, que nos está empujando hacia nuestra total autoaniquilación, mediante la destrucción del ambiente natural necesario para nuestra supervivencia, mediante una guerra nuclear o de alguna otra manera. En esta situación solo nos queda una pregunta científica: ¿cómo rompemos esta lógica, cómo rompemos este sistema, cómo salimos de aquí? Nuestra ciencia social, entonces, no es una ciencia de la sociedad, sino una ciencia contra la sociedad existente.

La respuesta, si existe, tendría que ver con el segundo elemento ya mencionado; la latencia, la existencia de una fuerza que no está siempre visible, sino que está empujando bajo la superficie contra el capitalismo y contra la creación de un mundo diferente. Bloch lo vio, refiriéndose a la existencia presente del mundo que todavía no existe pero podría existir, y exploró las manifestaciones presentes de este Todavía-No en todos los aspectos de la vida, desde los cuentos de hadas, pasando por la danza, la arquitectura, hasta la religión. El constante impulso por crear un mundo diferente, contra-y-más-allá de lo que existe. Arundhati Roy lo expresa bellamente: “Otro mundo no solo es posible, está en camino, y, en un día tranquilo, si escuchas cuidadosamente, lo oyes respirar”. Eso es lo que debemos hacer: escuchar muy cuidadosamente para oir la respiración del mundo nonato, del mundo que todavía-no-es. Escuchar las rebeliones, los rechazos, las insubordinaciones, las dignidades, los otros-haceres que están empujando contra-y-más-allá, hacia otro mundo.  

III

Pero ¿qué pasa si se detiene la respiración?

¿Y si no podemos oir más la respiración del mundo nonato? ¿Y si este embrión ha muerto en el vientre? Eso sería en verdad un crimen contra la humanidad, el crimen de Tsipras, de Trump, de Merkel. Pero no solo ellos; todos nosotros somos cómplices. También nosotros en las universidades somos cómplices, en la medida en que excluimos de nuestro pensamiento ese grito de rechazo y esperanza que abre hacia otro mundo. Todos somos parte de un sistema educativo que dice una y otra vez: aprende cómo es el mundo, porque no hay otro. Deja tus sueños afuera cuando entras en el aula. Pero, ¿qué pasa si han matado al mundo nonato? Quizás, hace cien años tenía sentido hablar de crear otro mundo, pero puede ser que el momento haya pasado y sea demasiado tarde. Puede ser que el sueño ya no tenga ninguna base. Quizás tengamos que aceptar que la revolución está muerta, que no haya salida de un mundo dominado por el dinero. Una ciencia de la esperanza es al mismo tiempo una ciencia del temor. Temor de que ya no haya esperanza alguna.

El concepto del unicornio era una hermosa idea en la edad media, pero seguramente llegó el momento en que incluso los estudiantes más románticos tuvieron que aceptar que el unicornio no existe. Entonces, ¿es hora de cantar un réquiem para el unicornio, un réquiem para el sueño de un mundo emancipado?

Pero las cosas no funcionan así. Probablemente los creyentes en unicornios no  hayan dicho abiertamente que no existían, y simplemente comenzaron a hablar de caballos. El unicornio gradualmente se fue convirtiendo en un término obsceno, un tabú en las discusiones científicas serias. ¿Nos está pasando esto? Quizás. La revolución y el comunismo se han convertido en palabras tabúes, para ser reemplazadas por Democracia  y la muy nebulosa “Gente”.

El capitalismo ha sido reemplazado por el neoliberalismo. Se ha olvidado el concepto del capital como la dinámica de destrucción que nos mantiene atrapados; ahora lo importante es pensar desde abajo. Los movimientos de resistencia y rebelión ahora son “movimientos sociales”. Lo peor de todo es que el pensamiento de extrema izquierda se convirtió en una denuncia sobre lo malo que es el sistema, en vez de pensar sobre cómo salir de aquí.

Pero quizás tengan razón. Tal vez no hay salida; se han cerrado todas las salidas. Tal vez, si somos académicos y hemos trabajado sobre la teoría Marxista durante cincuenta años, tememos decir “Estábamos equivocados, todo fue un error; solo fue un sueño que tuvimos algunos de nosotros”.  

IV

Es la ira lo que nos impulsa, es la ira lo que no nos permitirá aceptar que el sueño está muerto. Leemos sobre los refugiados que se ahogan en el Mediterráneo, o de los emigrantes que mueren de asfixia abarrotados en camiones que los llevan a través de la frontera mexicano-estadounidense; vemos las obscenas desigualdades en el mundo, con millones viviendo al borde de la muerte por inanición; y una profunda ira crece en nuestro interior que nos dice que no podemos aceptar un mundo como éste, que éste es un mundo equivocado, un mundo falso. Sabemos que estos no son horrores aislados, que hay una relación sistémica entre ellos, que crecen a partir de una sociedad basada en la búsqueda de las ganancias, un mundo dominado por el dinero. Nuestra ira no es solo una multiplicidad de iras separadas, es una ira antisistémica, una ira contra la forma en que está organizada la sociedad, una ira contra el capitalismo.

Es nuestra ira la que nos impulsa de vuelta a la esperanza, al rechazo a aceptar al mundo tal como es. Así como necesitamos una docta spes, una esperanza ilustrada o científica, necesitamos una docta rabia, una ciencia de la ira. Lejos de abandonar nuestra ira afuera del aula, el papel de la ciencia es, o debe ser, dar confianza y fuerza a nuestra ira. Vivimos en un mundo de una ira creciente, pero en el momento en que la ira toma un camino erróneo, cerrándonos en el sistema que nos está destruyendo y no derribamos paredes. Tenemos que pensar esa ira, volverla en contra del sistema que nos disgusta, comprender que nuestra esperanza es una esperanza-en-cólera, y tratar de asegurar que la ira se convierta en la ira de la esperanza.

Es la ira que no nos dejará aceptar que el mundo nonato está muerto, aunque tantas cosas nos digan que lo está. Es la ira que grita desesperada, “escucha, escucha, escucha, indudablemente podemos oir aún como respira”.

La ira y la desesperación son fundamentales, pero sabemos que no son suficientes. La esperanza camina sobre el borde filoso de la angustia ¿Es demasiado tarde, las puertas están cerradas? ¿No es mejor aceptar, postrarse ante el poder del dinero, del capital, decir simplemente “así son las cosas”? No queremos solo ser los perdedores moralmente correctos de siempre. Queremos saber que nuestra esperanza no es ridícula. Queremos triunfar.

Pero, ¿cómo? No hay un partido revolucionario, no hay un ejército revolucionario listo para conducirnos a la victoria. Y si hay algo que hemos aprendido de la experiencia de Syriza, de Venezuela, de Bolivia, es que la esperanza institucionalizada es un desastre. Un partido político no puede dirigir la salida del capitalismo a través del estado, simplemente porque el estado está tan estrechamente integrado en la reproducción del capital que no hay forma en que pueda hacer otra cosa que promover la acumulación del capital.

V

Dos respuestas

Entonces ¿cómo? ¿No hay manera, realmente, de que podamos librarnos de esta gente? ¿No hay manera, realmente, de librarnos de este sistema, que está matando el potencial de tantas personas y arruinando nuestras vidas?

Hay dos razones por las cuales aún pienso que podemos ganar, que aún podemos librarnos del capitalismo, y que la rebelión contra el capital debería ser la base de nuestro pensamiento. Ambas son correctas, ambas son inadecuadas, pero suficientes para mantener la puerta abierta:

– El rechazo, la insubordinación, la inadaptación, crear grietas en la dominación capitalista, caminar en la dirección contraria, gritando “¡aquí no, aquí no! Aquí no seguiremos la lógica del capital, aquí no obedeceremos el dominio del dinero, aquí haremos lo que sea que consideremos necesario o deseable, aquí viviremos con dignidad”.

– La universidad está estructurada para contribuir a la producción y la reproducción del capital, pero aquí en este espacio, en este momento, estamos haciendo lo contrario, estamos caminando en la dirección opuesta, estamos diciendo que solo hay una reflexión científica: concretamente, nos preguntamos, ¿cómo salimos de esta precipitada carrera hacia la destrucción de la humanidad, o, en otras palabras, cómo dejamos de hacer el capitalismo? En este sentido aquí en esta universidad estamos tratando de crear una grieta al sistema de dominación. Por supuesto, pequeña, por supuesto, contradictoria. Pero cuando miramos a nuestro alrededor, vemos que el mundo está lleno de estas grietas, estas dignidades. Estos rechazos, estos impulsos hacia la autodeterminación, que aparecen también en la creación de centros sociales, jardines comunales y los maravillosos adespotes skyles[3], a quienes vi la otra noche y, en otra dimensión, la magnífica creación de los zapatistas en Chiapas o los kurdos en Medio Oriente. Son formas de vida que van contra-y-más-allá del capitalismo, y eso lo hacen en las circunstancias más difíciles.

No veo otra forma de pensar la revolución hoy que como reconocimiento, creación, expansión, multiplicación y confluencia de estas grietas, de estas dignidades. Esta ha sido la base de la explosión de la política autonomista en todo el mundo durante los últimos años.

Y sin embargo… sin embargo esto no es suficiente. Luego de años y años y años de lucha, el capital todavía está allí. Está todavía allí, todavía atacando, todavía destruyendo el mundo. Debemos celebrar nuestras luchas, celebrar nuestras conquistas, pero en el momento en que paramos de decir  “pero todavía no es suficiente”, en el momento en que positivamos nuestra visión, se pierden nuestras luchas. Porque no es suficiente: el capital todavía está allí.

Hay una sensación, luego de lo que podríamos llamar el impulso autonomista de los últimos veinticinco años, más o menos, de que hay una crisis en la política autonomista. No en el sentido de que no es esencial, sino en el sentido de que no es bastante. Los zapatistas hablan de la necesidad de seguir en la ofensiva, pero no está claro qué significa esto. Ciertamente, NO es una ofensiva militar. NI es una cuestión de combinar la lucha autónoma con la lucha centrada en el estado, porque eso simplemente no funciona. Una alternativa es quizás centrarse en lo que los zapatistas llaman la Tormenta, por la cual entiendo que es la crisis del capital.

VI

Una teoría de la esperanza

El mundo está todavía dominado por el dinero, con una arrogancia cada vez mayor. Parecemos ser los perdedores de siempre. En una situación no muy diferente, Marx hizo una sugerencia. Dijo: “No nos concentremos solo en nuestras luchas y el poder del capital que nos confronta. Tratemos de ver la fragilidad del capital, y más que eso, tratar de ver que es nuestra resistencia la que constituye esa fragilidad. Veamos al capitalismo, no como un sistema de dominación, sino como una dominación-en-crisis. Y tomemos consciencia de que nosotros somos la crisis del capital”. Nuestras luchas, aún cuando parecen ser derrotadas, entran en el capital como una enfermedad crónica, progresiva y posiblemente fatal, y esto es importante que lo reconozcamos.

Considero al marxismo, no como una teoría de la dominación, sino como una teoría de la crisis. A la teoría de la crisis la podemos comprender de dos maneras. La más obvia es una teoría que explica cuán horrible es el capitalismo, cómo no hay posibilidad de un capitalismo estable y gentil. Pero más importante que eso, es una teoría de la fragilidad del sistema, y por esa razón, una teoría de la esperanza. Y eso es lo que necesitamos en este momento, cuando el capital parece estar celebrando una victoria total sobre la humanidad.

La fragilidad del capitalismo es su codicia, su insaciable sed del plusvalor. A diferencia de anteriores formas de dominación, el capital no puede quedarse quieto. Tiene que intensificar su explotación constantemente, y con ella su supremacía sobre todos los aspectos de la vida humana. Todos sabemos muy bien cómo la lógica del capital se abre camino en cada uno de ellos. Pero en la intensificación de la explotación y la dominación, inevitablemente tropieza con la resistencia o simplemente deficiencia de los seres humanos. Esta deficiencia y resistencia crece  hasta llegar al momento de la crisis, cuando la tasa de ganancia cae y se vuelve evidente que el capital necesita reestructurar, imponer mayor disciplina, tanto en el lugar de trabajo como en la sociedad de conjunto. Reestructurar la base tecnológica de la producción, eliminar a los capitales ineficientes, etcétera. Marx lo analiza estudiando la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, pero el centro de esta tendencia es la incapacidad por parte del capital para explotar suficientemente a los trabajadores e imponer su dominación en todo el mundo para mantener la tasa de ganancia frente a los crecientes costos de la tecnología. En otras palabras: somos la crisis del capital. El capital nos debe reestructurar para seguir avanzando.

Para el capital, el problema para abrirse paso reestructurando es que eso significa entablar una batalla contra la fuerte resistencia al avance de los cambios que dañará a la clase obrera y la humanidad de conjunto, y también a otros capitalistas. Sobre todo, quizás, hay un temor a que los seres humanos tomen consciencia de que el capitalismo es un sistema terriblemente estúpido, una espantosa manera de organizar a la sociedad, como sucedió a principios del siglo XX y luego entre las dos guerras mundiales, como quizás ha estado pasando en Grecia en los últimos años. Aquí es donde la esperanza se vuelve tan importante; en la crisis hay una batalla entre el reconocimiento de que el capital es un sistema fracasado y la opinión de que no hay posibilidad de cambiarlo. La ausencia de esperanza quiebra la confianza de la rebelión: ¿qué sentido tiene cuando no hay ninguna salida? Y esta desilusión puede fácilmente convertirse en resentimiento y racismo.

Después de 1917, el temor llevó al capital a comprender que, a través de los estados, era posible postergar y administrar las crisis. Esta es la solución keynesiana: los estados intervienen para crear más dinero y así mantener las ganancias, pero las ganancias no están basadas en una explotación real, una producción real de plusvalor. Es más bien una apuesta sobre el plusvalor que todavía no ha sido producido. Y cuando el plusvalor producido continúa siendo insuficiente, entonces se crea más dinero y se expande la ficción. De este modo, el capital evita la confrontación que teme, o trata de gestionarla, eligiendo ciertos lugares (como Grecia en estos últimos años) como lugares para promover la confrontación de una forma limitada y al mismo tiempo aprender lecciones sobre cómo podría ser gestionada a una escala mundial.

Y así, desde la década de 1930 en adelante, la política pasó a ser dominada por la postergación-y-gestión de la crisis, principalmente mediante la expansión de la oferta monetaria. El New Deal [la política del presidente Roosevelt] y el fascismo fueron los primeros intentos para postergar-y-gestionar la crisis, pero de hecho fue la Segunda Guerra Mundial la que ofreció la necesaria reestructuración del capital, y con sus setenta millones de muertos, creó la base para la denominada “edad dorada” del capitalismo.

Desde la década de 1970, cuando reapareció la crisis, y luego de los levantamientos de 1968 por todo el mundo, el capital ha procurado otra vez salir de sus dificultades con la expansión masiva y sin precedentes del endeudamiento. El aplazamiento de la crisis trae consigo el crecimiento de las finanzas y de los bancos, pero también grandes costos y riesgos. Todo el sistema se vuelve mucho más volátil, y está constantemente presente el temor de que la burbuja creciente del endeudamiento, es decir, del capital ficticio, pueda colapsar. Todo el sistema estuvo a punto de venirse abajo en 2008, pero fue rescatado por una nueva ola masiva de deudas, que ha continuado creciendo desde entonces, a pesar de todas las políticas de austeridad impuestas por todo el mundo, y más ferozmente aquí en Grecia. Muchos comentaristas afirman que habrá un colapso financiero a una mayor escala que en 2008, y que sucederá casi seguramente en los próximos años.

La creciente violencia del capital por todo el mundo, entonces, es una expresión, no de su poder supremo sino de su desesperación. Nosotros somos la causa de esa desesperación.

Quizás podemos pensar en la situación presente como si fuera un combate de boxeo. Sabemos que estamos muy golpeados y pensamos que la pelea ya ha terminado, que nuestro oponente ganará una fácil victoria. Pero entonces miramos con más atención y vemos que él se está tambaleando y está cerca de caerse, y sabemos entonces que la pelea no está terminada todavía, y que todavía podemos ganar.

VII

Ver que el capital está desesperado da confianza a nuestra ira.

Nos enfurecemos, no contra un sistema injusto, opresivo, obsceno que durará para siempre. Nos enfurecemos contra un sistema fracasado, una forma de organización social que ha demostrado su inutilidad, su inviabilidad, un sistema que, con nuestra ayuda, está en retirada. Es hora de decir adiós, hora de decir, “córrete, capitalismo, haz lugar para un mundo que tenga algún sentido”. El capitalismo ha fracasado como un sistema que afirma garantizar la reproducción de la vida humana. Es muy probable que este fracaso se haga mucho más evidente en los años venideros. Debemos continuar construyendo alternativas, no como escape, sino con la confianza como para decirle al capital, “hazte a un lado, que estamos llegando”.

Posiblemente estamos entrando en un mundo de un caos cada vez mayor, un mundo en el que sucede más frecuentemente y en más lugares que el agua no salga de las canillas, el dinero de los cajeros automáticos no nos lo devuelvan sino en cuentagotas[4], que se rompan las conexiones de internet. Seguramente un mundo de más desempleo y menos apoyo estatal.  En lugar de llamar al capital para que vuelva, tenemos que pensar en una política de transición en la que digamos, “vete ahora, capital, has fracasado, ahora nos encargaremos nosotros”.

Esto parece fácil y sabemos que no lo es. Conocemos las fuerzas que se nos oponen. También sabemos que nuestros intentos por crear algo más siempre serán contradictorios, porque al mismo tiempo que decimos “vete, capital”, también sabemos que éste todavía domina el mundo y que todavía dependemos de él para nuestra existencia. Aquí no hay pureza. Al mismo tiempo en que doy esta charla contra el capital, sé que dependo de mi salario, que proviene de una universidad capitalista. Lo mismo pasa si erigimos algún proyecto alternativo para vivir de una manera diferente; todavía tendremos que resolver el problema de cómo interactuamos con el mundo capitalista que todavía existe. El camino a seguir no es obvio, pero la situación desesperada del capital nos dice que todavía no hemos sido derrotados. TINA (“There Is No Alternative”, “No Hay Alternativa”) nos muestra que debemos crear, y estamos creando otro mundo. Nuestro sueño está sano y salvo, y este no es un réquiem.

 

* Conferencia en Atenas en abril de 2018. Enviado por el autor para su publicación en Herramienta. Traducción de Francisco T. Sobrino. Corrección de Marita Yulita.

** Investigador y Profesor en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha publicado en los últimos años: Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002); Keynesianismo: una peligrosa ilusión (2003); Clase@ lucha, antagonismo social y marxismo crítico (2004); Contra y más allá del capital (2006). Negatividad y Revolución, Theodor Adorno y la política (2007), Pensar a contrapelo (2010). Agrietar el Capitalismo. El hacer contra el trabajo (2011), Contra el Dinero (2015), y Una lectura antiidentitaria de El capital (2018). Miembro del Consejo Asesor de Herramienta.

[1] Asesinato de Alexis por un disparo policial en un barrio de Atenas en el medio de un gran descontento social.

[2] En la plaza Sintagma, en Atenas, se reunió el pueblo  para celebrar el triunfo del “OXI” (“NO”), en el referéndum sobre el plan propuesto por los bancos acreedores para cobrar la deuda externa griega (nota del trad.).

[3] “Perros callejeros”: grupos de danzas que actúan en las calles de Atenas criticando la realidad socio-política griega (nota del trad.)

[4] Como ya ocurrió en la Argentina en 2001 con el llamado “corralito”.