Marx y su crítica con final abierto*

John Bellamy Foster**

 

A doscientos años del nacimiento de Karl Marx, la influencia de su crítica del capital sigue viva, en el contexto de lo que se ha llamado “la vuelta de Marx”.[1] Para quienes creyeron que el marxismo simplemente había muerto con la caída del Muro de Berlín, como una víctima de lo que Francis Fukuyama (1992) llamó “el fin de la historia”, éste es sin dudas un acontecimiento sorprendente.

En 1942, durante lo que Joseph Schumpeter denominó el “resurgimiento de Marx” en su época, el gran economista conservador escribió:

 

La mayoría de las creaciones del intelecto o la fantasía desaparecen para siempre tras un plazo que varía entre una sobremesa y una generación. Con algunas, sin embargo, no sucede así. Sufren eclipses, pero reaparecen de nuevo, y no como elementos anónimos de un legado cultural, sino con su ropaje propio y sus cicatrices personales que pueden verse y tocarse. A estas podemos darlas el calificativo de grandes, y no es inconveniente para esta definición el que se combinen la grandeza con la vitalidad. En este sentido, tal es indudablemente la palabra que hay que aplicar al mensaje de Marx (Schumpeter, 1996: 27; 1950: 881-885).[2]

 

Argüiremos que la “grandeza” y la “vitalidad” de la ciencia social marxiana que nota Schumpeter, deriva principalmente de su lógica interna como una forma de investigación científica con final abierto.[3] A pesar de los intentos de la ideología dominante de caracterizar a Marx como un pensador rígido, dogmático, determinista y cerrado, es precisamente el carácter del final abierto de su “crítica despiadada de todo lo existente” –carácter del que intrínsecamente carece la teoría liberal en sí– el que justifica la perseverancia del materialismo histórico (Marx, 1843). Se puede hallar este carácter abierto en la capacidad del marxismo para reinventarse constantemente, ampliando su contenido empírico y también teórico, para poder abarcar aspectos cada vez mayores de la realidad histórica en un mundo cada vez más interconectado.[4]

Este carácter de final abierto del materialismo histórico, durante mucho tiempo, ha sido comprendido por los pensadores más críticos –marxistas y no marxistas– y ha sido la base para ampliar la visión dialéctica de pensadores revolucionarios como V. I. Lenin, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci y Ernesto “Che” Guevara. Y ahora, en las últimas décadas, el trabajo del proyecto Marx-EngelsGesamtausgabe (MEGA), que se dedica a publicar los manuscritos completos de Marx y Engels, ha aumentado más la impresión en los estudiosos sobre la ausencia de una clausura final en el pensamiento de Marx (Musto, 2007: 483-494). La iniciativa MEGA ha destacado como nunca antes el carácter intrínsecamente incompleto de la crítica de Marx a la economía política, que no sólo se debía a la incapacidad de una sola persona en poder formular hasta el final un proyecto tan vasto, sino también del carácter materialista y científico del proyecto, que exigía una investigación histórica y empírica infinita, que no podría ser acortada imponiendo abstracciones suprahistóricas.

La obra de Marx desplegó tres niveles de un carácter incompleto: (1) el del propio El capital, pues, sólo se publicó el primer tomo mientras vivía; el segundo y tercer tomos fueron editados por Engels a partir de sus cuadernos (había muchos borradores de su crítica de la economía política, que abarcaron quince tomos en MEGA); (2) el de su crítica general (a El capital sólo lo consideraba como el primero de un total de seis libros, cuyos temas incluían la propiedad territorial, el trabajo asalariado, el estado, el comercio exterior y las crisis); y (3) el de todo su proyecto histórico, que iba más allá de la crítica de la economía política, simbolizada por su masiva cronología de la historia mundial, que se extendía a más de 1.500 páginas (Baksi, 2017: 4; Sayer, 1987: 13). Además, Marx dejó más de doscientos cuadernos con importantes extractos y fragmentos de otros autores, que revelan la amplitud de sus investigaciones, que abarcaban la ciencia social, la historia, la antropología, las ciencias naturales, y las matemáticas. Muchos de estos cuadernos fueron completados luego de la publicación de El capital y revelan sus esfuerzos por ampliar sus análisis en diversas áreas, incorporando particularmente a las ciencias naturales.

Por consiguiente, lo que Marx dejó era un vasto corpus incompleto que reflejaba una amplia gama de estudios científicos, que resulta aún más voluminoso cuando se agrega la obra de Engels. En una forma notable para los investigadores que se enfrentaban con esta masa de materiales, Marx consideraba a sus concepciones teóricas como un “hilo conductor”, como lo señaló en su prefacio de 1859 a una Contribución a la crítica de la economía política, y no como postulados a priori que simplemente esperaban su confirmación. Sus estudios denotaban la necesidad de transformar constantemente sus hipótesis provisionales a la luz de las evidencias que iban cambiando (Marx, 1970: 8; Sayer, 1987: 1-14). O sea, las investigaciones de Marx tenían científicamente un carácter de final abierto, aún cuando él partiera de bases rigurosas.

El carácter inacabado de El capital llevó a Michael Lebowitz (2005) a sostener en la década de 1990, en su libro Beyond capital, que el tomo que faltaba sobre el trabajo asalariado dio lugar a una unilateralidad en el análisis de Marx, que hacía necesaria una reconstrucción radical de sus ideas desde el punto de vista de la economía política del trabajo asalariado. Más recientemente, otros, como el economista alemán e investigador de MEGA, Michael Heinrich (2013), han utilizado el carácter inacabado y la naturaleza del final abierto de las investigaciones de Marx para cuestionar el status teórico de la ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. El economista italiano Riccardo Bellofiore (2018: 48) ha interpretado la concepción de Marx de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, en una forma más amplia, como una “meta-teoría de las crisis”, con la que se relacionan todas las teorías marxianas sobre la crisis, y no como una predicción estrictamente empírica y unilineal. La nueva interpretación en los últimos años de la teoría monetaria de Marx sobre la producción y su análisis de la forma valor ha permitido a los investigadores superar el denominado “problema de la transformación” (vinculado a la relación entre el valor y el precio en el esquema marxiano), evidenciando que este denominado problema derivaba de no haberse comprendido la ruptura revolucionaria de Marx con la economía clásica ricardiana.[5] Incluso otros pensadores han utilizado los cuadernos de Marx inéditos o recién publicados para abordar sus últimas investigaciones en temas como la ecología, el género, y el imperialismo.[6]

Todo esto ha contribuido al rápido desarrollo actual de la teoría marxiana. La influencia que ejercen los cuadernos de extractos de Marx que están siendo publicados en el último período del proyecto de MEGA recuerda el papel central que jugó la publicación de la correspondencia Marx-Engels para las anteriores generaciones. Como lo explicó Lenin (1987: 7), en estas cartas “se revela con extraordinaria nitidez el riquísimo contenido teórico del marxismo, que abarca los aspectos más diversos de su doctrina”, incluyendo lo que era “más nuevo (en relación con las concepciones anteriores), lo más importante y más difícil.” Es precisamente este énfasis sobre los aspectos diversos, los más recientes y más difíciles del análisis de Marx (y de Engels) –evidentes en el carácter inacabado de la investigación sobre la que se basaba– lo que hoy se ha convertido en una fuente de comprensión e inspiración, que lleva a nuevos y creativos abordajes al materialismo histórico. Por eso, hoy se reconoce la fortaleza de este carácter incompleto del corpus intelectual de Marx, evidenciando más que nunca el carácter científico del materialismo histórico.

Sin embargo, si el carácter inacabado de la crítica de Marx y, por lo tanto, la necesidad de reconstruirlo y ampliarlo son hasta la fecha ampliamente reconocidos –cuestión que revitaliza los fundamentos científicos de la teoría marxiana–, esto sólo ha servido para destacar el carácter del final abierto teórico del abordaje general de Marx sobre la dialéctica, el materialismo y la historia. Por esta razón, sus investigaciones intelectuales fueron sumamente laboriosas y extendidas; como Marx (1983a: 21) dijo en una forma célebre: “en la ciencia no hay caminos reales”. En un marcado contraste con Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Marx sostuvo que la forma dialéctica de presentación estaba limitada precisamente por el hecho de que una clausura completa era imposible; que las relaciones dialécticas deberían ser concebidas como mediaciones en una totalidad que era en sí misma con un final abierto, no reducible jamás a un círculo preconcebido o a una lógica suprahistórica. El análisis dialéctico por sí solo no podría brindar ninguna respuesta significativa independiente de la investigación empírica histórica. Asimismo, como Marx fue de los primeros en descubrir, el materialismo exigía un punto de vista teórico de sistemas abiertos, que impidiera cualquier simple clausura o leyes universales que todo lo abarcaran. Para Marx (s. d. a: 142), la propia historia era intrínsecamente con un final abierto: “Toda la historia no es otra cosa que una continua transformación de la naturaleza humana”.

Sólo al comprender el carácter del final abierto de la crítica de Marx podemos apreciar la gama completa de sus investigaciones, a menudo, tentativas y sólo reveladas en los márgenes de sus análisis. Estos cabos sueltos en el análisis materialista histórico dan origen a las revoluciones que tienen lugar ahora en los diversos ámbitos de la teoría marxista, incluyendo el análisis de la forma valor, la teoría de la reproducción social, la crítica del capitalismo racial, y la ecología marxiana. Estas tendencias, junto al proceso revolucionario en curso de la teoría y la práctica referentes al Estado y la revolución en el Sur global, inspirado en parte por la convergencia del materialismo histórico con diversas tradiciones revolucionarias vernáculas, apuntan a la aparición de un marxismo nuevo e incluso más radical para el siglo XXI.

 

Marx y su dialéctica con final abierto

“Si hay un elemento común en la crítica postmodernista a Marx (que esta crítica también comparte con los “modernistas” positivistas)”, escribieron Joseph Fracchia y Cheyney Ryan (1992: 65) en su notable ensayo “Ciencia materialista histórica, crisis y compromiso”, “es el de negarse a ver la ciencia materialista histórica de Marx como un proyecto con final abierto y el consiguiente intento de ‘congelar´ ese proyecto al nivel de su ‘paradigma’”, concibiéndola como una teoría histórico-filosófica impuesta sobre la realidad. Para comprender cuán lejos está el análisis de Marx respecto de esas caracterizaciones, es útil ver las diferencias fundamentales entre el razonamiento dialéctico de Hegel y el de Marx.

Para Hegel, a la “verdadera infinitud” se la concibe como un círculo o una totalidad autocerrada, formada por el “espíritu” ideal. Por el contrario, la “mala infinitud” no se vuelve sobre sí misma, y no toma la forma circular, sino que está representada por una línea recta; es decir, tiene un final abierto[7]. Dado que a la dialéctica Hegeliana se la ve como un círculo en el sentido del retorno a un nivel superior al de su comienzo, el resultado necesario y teleológico de su largo desarrollo es la unidad filosófica absoluta, que apunta hacia el propio fin de la historia.[8] La historia y el análisis empírico simplemente rellenan lo que ya se ha prefigurado al nivel de la “idea absoluta”. Esto constituye el elemento místico en el gran sistema hegeliano. Como lo señalan Fracchia y Ryan (1992: 59), “el concepto hegeliano de que el pensamiento dialéctico siempre retorna a su punto de partida, que es necesariamente circular en este sentido, significa que ese trabajo intelectual [de la comprensión de los detalles histórico-materiales] no altera la estructura inicial; simplemente subsume la realidad sobre tales conceptos”. Por el contrario, afirmando el método de Marx, el filósofo realista crítico Roy Bhaskar (1998: 58) insistió en que “las buenas totalidades son [...] abiertas; las malas totalidades son cerradas [...] exactamente lo opuesto al punto de vista de Hegel” (Creaven, 2002: 112-113).

En el argumento idealista, esos detalles materiales-históricos que no pueden ser usados simplemente para apoyar la estructura teórica abstracta, a menudo son tratados como meramente contingentes, para ser descartados totalmente. De este modo, la realidad está hecha para adecuarse al pensamiento, para que incluso el análisis empírico se convierta principalmente en un “empirismo abstraído” (Mills, 1961; Adorno, 2000:149). El positivismo burdo, que se presenta frecuentemente como una forma de empirismo no mediado, en realidad deduce su lógica del supuesto de que esas investigaciones empíricas brindan el acceso a leyes universales, fijas, suprahistóricas. De este modo, es esencialmente idealista, aunque no en el sentido del idealismo absoluto. Su característico reduccionismo es a menudo simplemente un medio de encajar a la realidad orgánica sobre un lecho de Procusto, y desfigurarla en el proceso.[9]

A lo largo de su obra, Marx se basó en ciertos aspectos de la dialéctica de Hegel, aunque también rompía con ella. A pesar de su famosa afirmación en El capital, esta ruptura no consistió en simplemente invertir a Hegel, de ponerlo sobre sus pies, pues había estado parado sobre su cabeza. La transformación de una dialéctica idealista en una materialista no fue un procedimiento tan simple (Marx, 1983a: 20). Más bien, esto exigió una interrogación sobre la misma forma de abstracción conceptual empleada por Hegel. En contraste con una dialéctica idealista, donde el pensamiento es primordial y la realidad simplemente se adecúa a la lógica dialéctica mediante las complejas relaciones de un sujeto-objeto idéntico, una dialéctica materialista coloca la primacía en las mediaciones del mundo real que no tienen una suficiente base a priori en el pensamiento puro. Fue este dilema el que impulsó a Marx, en una ocasión, a referirse sarcásticamente a las “formaciones teóricas perdidas en las nubes” del idealismo alemán (Marx / Engels, 1959: 41). Si las mediaciones dialécticas fueran comprensibles en el sentido de que representaban la genuina complejidad del universo refractado en el pensamiento, una verdadera presentación dialéctica tenía que esperar investigaciones concretas y la elaboración de la vida real de lo material. Como escribió una vez el autor de El capital, “la forma dialéctica de presentación solo es correcta cuando conoce sus propios límites (Grenzen).[10]

El método de Marx era el de aproximaciones sucesivas, abordando, primero, los aspectos más esenciales de las relaciones sociales materiales que dominan un determinado modo de producción. De este modo, se lo abstrae temporalmente de los aspectos menos esenciales y más contingentes, que serían reintroducidos en una etapa ulterior a niveles más concretos de análisis (Sweezy, 1974: 21-27). El objetivo final era comprender las mediaciones, contradicciones y procesos concretos que definían a una formación social históricamente específica. Visto de esta manera, como observaron Fracchia y Ryan (1992: 60), “el conocimiento es un proyecto con final abierto que no puede ser completado en el sentido hegeliano; El capital de Marx, por lo tanto, debe ser leído como un libro abierto”. Todos los enunciados aparentemente más “deterministas” se aplicaron en los niveles más abstractos de análisis, como en sus estudios sobre la lógica pura del capital. En sus etapas más concretas, al contrario, su obra tomaba lo contingente totalmente en cuenta como reflejando la fuerza del cambio en la historia (Ferraro, 1992: 85-94). Aunque el análisis del modo capitalista de producción, de acuerdo con su propia lógica interna, exigía un alto grado de abstracción teórica (como en la teoría del valor), la comprensión de la sociedad burguesa en toda su complejidad material en la cuestión del cambio histórico –el verdadero objeto de Marx– exigía las investigaciones más detalladas, para las cuales la teoría podría ofrecer a lo sumo un hilo conductor. A pesar del rigor que aportaba, en el centro del abordaje teórico de Marx, como explicaron Fracchia y Ryan, se situaba el reconocimiento de “límites definidos en la capacidad de la teoría para comprender su objeto”. De ahí, como cualquier esfuerzo científico serio, el marxismo, como un modo de análisis, estaba “en un permanente estado de crisis”, dedicado interminablemente a “proyectos con final abierto” de investigación en los procesos históricos (Fracchia / Ryan, 1992: 64-66).

Por supuesto, nada de esto autorizaba un “todo vale” intelectual. Aunque estaba abierta a la contingencia y el cambio históricos, la crítica de Marx al capital, sin embargo, retenía una metodología central (Sayer, 1987: ix). Reconociendo la necesidad de seguir el modo dialéctico de investigación de Marx, aunque manteniendo el análisis abierto a la historia, Georg Lukács (1969: 2) escribió, en forma célebre en Historia y Conciencia de Clase, que “la ortodoxia se refiere exclusivamente al método”. De este modo, el carácter de final abierto del pensamiento de Marx servía para distinguirlo de sistemas analíticos cerrados y teleológicos, donde la teoría, los conceptos, y la historia, se apoyaban todos en abstracciones trans-históricas. Para Marx (1983a: 206), todas las categorías económicas “llevan la señal de la historia”. En un pasaje ampliamente considerado como el resumen más importante de su método, Marx (1959: 9) escribió en El 18 Brumario de Louis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les transmite el pasado”.

 

Marx y su teoría de los sistemas abiertos

Hoy se considera frecuentemente a Marx como un pionero del enfoque de los “sistemas abiertos”. El marxista Kumar David (2018), oriundo de Sri Lanka, observó recientemente que Marx “sin saberlo […] fundó la teoría de los sistemas científicos modernos; y lo hizo en la economía política”. Así fue que Marx pudo integrar en su crítica de la economía política el concepto del sistema abierto de la termodinámica, incorporando así una perspectiva ecológica a su análisis. Lo hizo adoptando el concepto del metabolismo, inspirado en las obras de su amigo, el médico alemán Roland Daniels y el importante químico alemán Justus von Liebig, pero también basándose en los descubrimientos teóricos de la física de su época (Burkett / Foster, 2017; Foster, 2015: 2-4). Marx pudo así relacionar orgánicamente su concepción materialista de la historia con la concepción materialista de la naturaleza. Como lo explicó Kenneth Stokes (1992: 35-37) en Man and the Biosphere [El hombre y la biosfera]: “el modelo de Marx [y de Engels] encarnó explícitamente el concepto de los sistemas abiertos de la interacción del hombre y la naturaleza; el concepto de que el proceso económico está integrado en la biosfera” (“el metabolismo universal de la naturaleza”); esto hace de Marx “un precursor del enfoque moderno de los sistemas abiertos”.[11]

Para Marx (Marx / Engels, 1987b: 54-66), la relación entre la naturaleza y la sociedad era recíproca, una unidad de opuestos aparentes, mediados materialmente a través del metabolismo social-ecológico. Esta idea orientaría su comprensión del pillaje o de la expropiación de la naturaleza por el capitalismo, generando el concepto de la grieta metabólica. A la producción y el intercambio humanos no se las podrían considerar solamente como un flujo circular –como lo presentaría posteriormente Schumpeter (1961: 3-56), basándose en la obra del fisiócrata François Quesnay–, sino que era al mismo tiempo un sistema de acumulación y de despojo o despilfarro (Burkett / Foster, 2017: 204-221). Toda la ecología marxiana contemporánea se deduce de estas ideas centrales.

Para Marx, esas conclusiones fueron el producto de un materialismo consistente. En palabras de Bhaskar (1993: 401): “la profundidad del carácter abierto de la naturaleza [evidente en el realismo dialéctico crítico que representó Marx] implica la falsedad del triunfalismo cognitivo”; es decir, no hay una necesaria identidad entre el pensamiento y sus objetos (Creaven, 2002: 81-82). Las razones para esto fueron quizás afirmadas más enérgicamente por Engels (Marx / Engels, 1987a: 422): “Desde el momento en que aceptamos la teoría evolucionista, todos nuestros conceptos sobre la vida orgánica corresponden sólo aproximadamente a la realidad. De lo contrario, no habría cambio: el día en que los conceptos coincidan por completo con la realidad en el mundo orgánico, termina el desarrollo”.

 

Marx y su historia con final abierto

A diferencia de Hegel y el pensamiento burgués en general, el método de Marx no ofrece ningún signo de un “fin de la historia”. Para él, la historia es radicalmente abierta, un proceso de cambio y desarrollo en la sociedad representada por la propia humanidad como el “ser auto-mediador” de la naturaleza. Los humanos son seres objetivos, y por lo tanto, seres históricos. “En la visión de Marx, que no puede reconocer nada como absolutamente final”, escribió el fallecido István Mészáros (1970: 162-164 y 241-242), “no puede haber lugar para una utópica edad dorada, ni ‘a la vuelta de la esquina’, ni a distancias astronómicas. Esa edad dorada sería un fin de la historia, y de este modo, el fin del propio hombre”. Todas las afirmaciones de Marx sobre la sociedad futura conciben la continuación de la historia humana y las luchas humanas, incluso en la forma de una “sociedad superior” más allá del capitalismo. Todos quienes arguyen que Marx consideró al socialismo como una sociedad de la abundancia en la que han sido superados todos los conflictos, ignoran su insistencia en que la lucha continuaría, mientras los productores asociados procurasen regular racionalmente el metabolismo entre la humanidad y la naturaleza de conjunto, mientras desarrollasen sus poderes característicamente humanos (Marx, 1983b: 101, 237, 564 y 568).[12]

Un área del análisis histórico de Marx que a menudo es admirada, pero también criticada por lo que se percibía como su carácter rígido, es su crítica de la concepción política económica clásica de la “denominada acumulación originaria [primitiva]”; era “denominada”, opinaba Marx, porque no podía ser considerada simplemente como previa (y mucho menos “primitiva”, lo que es una traducción errónea), en el sentido de necesariamente anterior al presente, ni, como hace mucho lo puntualizó Maurice Dobb, como acumulación de capital. Como lo aclaró Marx, el término apropiado para este proceso del desarrollo capitalista era el de expropiación (apropiación sin equivalente), que definió en gran parte a la era mercantilista desde mediados del siglo XV hasta mediados del siglo XVII. Aunque las ganancias por la expropiación podrían ser consideradas como algo particularmente característico del mercantilismo, Marx (1983a: 939), no obstante, insistió en que esa expropiación persistió a través de todas las fases del capitalismo (Clark / Foster, 2018: 23; Dobb, 1971). En lo que respecta a su propio tiempo, Marx escribió en El capital que esta expropiación mundial “se prolonga todavía hoy en las guerras del opio contra China, etcétera”. También podría haber sido vista hacia 1820, en Escocia, con la expropiación de la población y el cercamiento de los bienes comunes; hechos realizados por la duquesa de Sutherland para expandir sus propiedades (Marx, 198 a: 913-914). Si bien el capitalismo ha pasado a través de diversas etapas históricas, la dialéctica de la explotación y la expropiación estuvo, no obstante, presente en todas ellas.

El análisis de Marx de la expropiación a una escala mundial desempeñó un papel importante en el desarrollo de la teoría del imperialismo y el capitalismo monopolista, la teoría que Schumpeter creía que yacía tras el renacimiento del mensaje de Marx bien entrado el siglo XX. Para Schumpeter, el reconocimiento explícito por Marx de “la opresión de los obreros indígenas por los europeos en muchas partes del mundo, de lo que los indios de América Central y del Sur sufrían en manos de los españoles, por ejemplo, o de la caza de esclavos y del comercio de esclavos, de la recluta de los coolíes” –todos relacionados con el colonialismo, el imperialismo y la concentración del capital– había resultado ser la clave para el resurgimiento de Marx en la década de 1930 y la difusión de sus doctrinas fuera de Europa. No obstante, Schumpeter (1996: 83; 1951), como un economista neoclásico que era, se oponía de lleno contra la visión marxiana en este aspecto, insistiendo en que el imperialismo no tenía nada que ver con el capitalismo como tal.

Curiosamente, muchos en la izquierda hoy tienden a perder de vista la crítica precursora de Marx en esta área, considerando a su análisis de la “denominada acumulación originaria”, es decir, la expropiación, como algo así como una anomalía en su corpus intelectual; como si él no la considerara como una parte integral de todas las etapas del capitalismo. Esa idea deshistoriza al análisis marxiano y opaca su principal aporte para comprender el colonialismo y el imperialismo. Por lo tanto, Marx es a menudo criticado erróneamente por no ampliar su estudio de esos elementos en el período de la Revolución Industrial y más allá (Harvey, 2003: 144). Luxemburgo, Lenin, y otros marxistas de principios del siglo XX, seguramente se habrían asombrado por esas críticas. Como lo destacó el propio Marx, es precisamente la expropiación de los cuerpos y de la tierra (la naturaleza) lo que ha dominado al sistema capitalista desde su inicio.[13] Marx destaca en El capital y en todas sus obras posteriores el papel de la expropiación del trabajo, la tierra, los recursos y la riqueza bajo el colonialismo y su relación con el desarrollo capitalista.

Lo esencial para el método marxiano sigue siendo el principio de la especificidad histórica, conforme al cual distintos modos de producción –que no deben ser considerados en términos unilineales– se distinguen entre sí, como lo son las diversas etapas y fases del capitalismo. Tales etapas son necesariamente abstracciones; pero abstracciones concebidas para permitir la comprensión en un nivel más concreto que el del capitalismo en general, permitiendo un análisis histórico más completo, que debe abordar la dialéctica de la continuidad y el cambio si se quiere avanzar. Es más, Marx cuestiona todas las categorías transhistóricas y suprahistóricas (Korsch, 1934: 24-56; Mills, 1961: 146-154). “La producción en general”, afirmó en una frase célebre en los Grundrisse, es una “abstracción racional”, pero el conocimiento genuino de las condiciones materiales exige la investigación de modos de producción y formaciones sociales históricamente específicas y concretas (Marx, 1973: 5). Además, aunque a las categorías abstractas se las presenta para comprender el modo capitalista de producción y su lógica interna, ninguna de ellas basta para un verdadero análisis histórico, que no puede tener lugar mediante la imposición sobre una realidad dada de una “llave maestra universal de una teoría histórico-filosófica general, cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica” (Marx / Engels, 1987a: 291).

La grandeza de la hazaña de Marx, como señaló acertadamente Schumpeter (1996: 44; Sweezy, 1995: 9), se basa en su capacidad sin parangón para presentar el análisis político-económico en la forma de una “narración histórica”, convirtiendo a esta última en una histoire raisonnée (historia razonada).[14] Sin embargo, esta no tomaba la forma idealista hegeliana de trazar el curso de la razón absoluta, y luego cargarlo con detalles históricos ilustrativos de la frecuentemente perversa “astucia de la razón”, sino, en cambio, tomó un camino no real para la ciencia, que exige una profunda excavación en la historia (Hegel, 1953: 85). Aquí la historia razonada simplemente significó dar una forma dialéctica racional, en la medida de lo posible, a los acontecimientos materiales reales, la verdadera vida de lo material. Hasta la gran conquista teórica en la economía política, su desarrollo crítico de la teoría del valor, expresando la lógica interna del capital, sólo era un intento para comprender las fuerzas que gobiernan el cambio concreto, y estaba, en última instancia, limitada por las exigencias del desarrollo histórico real.[15] Como lo ha manifestado Samir Amin (1978: 3), el materialismo histórico inevitablemente supera a la ley del valor en el ámbito del análisis marxiano.  

La profunda historicidad del análisis de Marx también es evidente en otras esferas. Como Cornel West (1991) arguyó en forma contundente en Las dimensiones éticas del pensamiento marxista, el radicalismo intransigente del pensamiento de Marx se basa en su rechazo a todos los abordajes fundamentalistas en la ética, suscribiendo, en cambio, un historicismo radical, en los que los seres humanos como seres automediadores de la naturaleza crean sistemas éticos de acuerdo a las condiciones materiales de su época y la naturaleza de sus luchas.

De hecho, no hay nada en Marx o en Engels que no sea histórico, y por lo tanto, con final abierto. En su introducción a una edición de principios de la década de 1890 de La condición de la clase obrera en Inglaterra, que había sido previamente publicada en 1845, Engels (1965) introdujo varios postulados totalmente nuevos (incluyendo su tesis sobre la “aristocracia obrera”), sobre la base de que habían cambiado las condiciones, y que, por ello, se necesitaban nuevos análisis. Marx y Engels jamás dudaron en alterar sus opiniones en respuesta a la evolución de los acontecimientos históricos.

 

La revolución actual en el pensamiento marxiano

Aunque era un crítico especializado en Marx, Schumpeter (1996: 27), como hemos visto, medía la “grandeza” perdurable del marxismo “por sus renacimientos”. Ahora, en el bicentenario del nacimiento de Marx, la teoría marxista está disfrutando de otro renacimiento. Este proviene desde muchas direcciones, pero sus expresiones más poderosas se enraízan en los intentos por remontarse al propio método de Marx, y todos comparten una base común en la crítica del capitalismo neoliberal. Estos nuevos e incipientes acontecimientos presumiblemente surgieron primero con la rebelión contra el neoliberalismo en Latinoamérica en la década de 1990, que condujo en forma destacada a la Revolución Bolivariana en Venezuela. Bajo Hugo Chávez, el bolivarianismo, como una tradición revolucionaria vernácula, se potenció por la visión de la transición socialista de Mészáros, que alentó a Chávez a proclamar un nuevo “socialismo para el Siglo XXI”.

Sin embargo, la actual renovación del pensamiento marxiano en Norteamérica y Europa, a menudo, se remonta a la gran crisis financiera de 2007-2010, que reavivó, primero, el interés en la economía política de Marx y, luego, en su pensamiento en general, incluyendo las investigaciones más profundas en sus análisis clásicos. Fue la tradición marxiana la que inició la crítica de la financiarización, basada en los textos de Paul Baran, Paul Sweezy, Harry Magdoff y otros; muchos de ellos, asociados a Monthly Review. Como escribió el economista Costas Lapavitsas (2013) en su innovador libro Profiting without Producing [Beneficios sin producción], “la estrecha relación de la financiarización con el marxismo se remonta al menos hasta las ideas sugeridas por la corriente de Monthly Review”. Partiendo de esas ideas, la intención de Lapavitsas (ibíd.: 15-16, 142-144) fue volver al concepto de Marx de “la ganancia sobre la alienación” (o “la ganancia sobre la expropiación”) en su ulterior desarrollo de la teoría de la financiarización (Baran / Sweezy, 1966; Magdoff / Sweezy, 1987). El notable libro ¿Porqué la economía mundial necesita una crisis financiera?, de Jan Toporowski (2010), publicado poco después del colapso del 2009, se basó en un estudio que efectuó durante décadas en el ámbito de la amplia tradición de Marx y Michal Kalecki.

Entre las obras que amplían la crítica del estancamiento y la financiarización bajo el capital financiero monopolista en esta época hubo dos libros: La gran crisis financiera y La crisis sin fin, de los que fui coautor con Fred Magdoff y Robert W. McChesney, respectivamente. Una discusión sobre la financiarización y la absorción del capital excedente, relacionada con el análisis clásico de Baran y Sweezy, aparece en El enigma del capital (Harvey, 2012).[16]

Sin embargo, los análisis más importantes en la escena internacional han sido los referidos a los nuevos avances en la teoría del imperialismo, cuyos estudios más representativos son los de Harvey (2003), Smith (2016), Patnaik, P. / Patnaik, U. (2016), Hart-Landsberg (2013) y Amin (2018). También, Kevin Anderson (2016), con su Marx en los márgenes, ha ampliado nuestro conocimiento sobre la profundidad de la crítica del colonialismo y el imperialismo integrada en la crítica clásica de Marx.

La gran crisis financiera y el posterior estancamiento económico, junto a la investigación más profunda de los manuscritos económico-políticos, que posibilitó el proyecto MEGA, han inspirado dos importantes descubrimientos en el análisis de la teoría del valor de Marx: la resurrección de la teoría de la forma valor, en particular el trabajo de Heinrich (2004); y el desarrollo de la teoría macromonetaria de Moseley (2017) y Bellofiore (2018), inscripto en la tradición marxiana-kaleckiana.[17]

En las últimas dos décadas ha aparecido un verdadero torrente de obras sobre la ecología marxiana, que se ha acelerado en los años recientes. Apoyado en la recuperación de la teoría de Marx sobre la grieta metabólica, se ha asociado al nuevo marxismo ecológico con pensadores como Paul Burkett, Brett Clark, Richard York, Fred Magdoff, Ariel Salleh, Hannah Holleman, Kohei Sato, Ian Angus, Andreas Malm, Stefano Longo, Rebecca Clause, Chris Williams, Victor Wallis, Del Weston y quien suscribe, entre muchos otros.[18] La reinterpretación de Marx como un teórico del cuerpo, basando su materialismo en el cuerpo, está estrechamente relacionada con el trabajo de los pensadores citados (Fracchia, 2017: 1-16). Otros, como Howard Waitzkin (2000; 2018), autor del clásico libro La segunda enfermedad, han relacionado las opiniones ecológicas de Marx (y Engels) con la crítica de la medicina capitalista y más generalmente con los problemas de salud. Kent A. Klitgaard (2016: 77-88) y Charles A. S. Hall (2012) han abordado la cuestión del capital monopolista y la eficiencia energética. Todas estas obras han adoptado el método de final abierto de Marx, simultáneamente con la crítica político-económica y ambiental del capitalismo para revelar las bases de los desafíos ecológicos de nuestra época, desde el cambio climático hasta la degradación de los ecosistemas, la extinción de las especies, y los efectos sobre el metabolismo humano.

Asimismo, las dos últimas décadas han sido testigos de una avalancha de investigaciones críticas, que crecen continuamente en alcance y extensión, en la economía política de los medios y las comunicaciones, dirigidos por colaboradores radicales tan notables como el difunto Edward Herman (Herman / Chomsky, 1988), Noam Chomsky (Íd.), McChesney (2008), Vincent Mosco (2009), Janet Wasko (2001) y Dan Schiller (1999). Todos ellos han ayudado a alentar e incentivar al movimiento crítico sobre los medios. Gran parte de estos trabajos se ha desarrollado sobre el método de final abierto de Marx, particularmente en las áreas relacionadas con lo que podría llamarse la economía política de la ideología.

La dialéctica marxiana se ha expandido en el ámbito de la filosofía desde fines de la década de 1990, a través de obras magistrales como las de Bertell Ollman (2003) y Roy Bhaskar (1993). La obra de Moishe Postone (2006) ha revigorizado la teoría crítica, ya que la ha puesto en  contacto con las interpretaciones con finales abiertos e históricamente específicas, tal como lo plantea la economía política marxiana.

Pero si hay una razón inmediata para celebrar el renacimiento de la tradición marxiana como un programa de investigación progresista con un alcance teórico y empírico en constante ampliación, ella se encuentra en la esfera de la teoría de género y la teoría racial, donde los investigadores han hechos enormes avances en solo unos pocos años. El desarrollo de la teoría de la reproducción social, enraizada originalmente en el debate sobre el trabajo doméstico en el ámbito del marxismo y ahora en expansión hacia las teorías de la reproducción social basada en gran medida en la metodología de Marx, ha sido sugerida por los aportes constructivos de pensadores como Lisa Vogel (2013), Frigga Haug (2015), Silvia Federici (2014; 2017: 19-37), Nancy Fraser (2014), Tithi Bhattacharya (2017), Maria Mies (2014), Heather Brown (2013), y Jayati Ghosh (2009).

Igualmente importante es el resurgimiento de la obra de Robin D. G. Kelley (2017), Bill Fletcher Jr. (2018), Angela Davis (2017), y otros de la tradición marxista negra, asociados a pensadores como W. E. B. Du Bois (1997) y Cedric Robinson (1983). Esto ha ido de la mano con nuevas teorías del capitalismo racial, que surgen de estudios hechos por historiadores influenciados por la tradición materialista histórica, incluyendo La mitad jamás ha sido contada, de Edward E. Baptist; El imperio del algodón, de Sven Beckert; El río de sueños oscuros, de Walter Johnson; Una historia de los pueblos indígenas de los Estados Unidos y Cargado, de Roxanne Dunbar-Ortiz; y El Apocalipsis del colonialismo de los colonos, de Gerald Horne. Una tendencia vinculada a esta tradición ha sido el continuo desarrollo en el materialismo histórico de los “estudios sobre blanquitud”, que descienden desde Du Bois y están representados hoy por la obra de David Roediger (2017) y Joe Feagin (2013). Otros, como Keeanga-Yamahtta Taylor (2016), autor de From #BlackLivesMatter to Black Liberation, han aplicado la teoría marxiana sobre el capitalismo racial contemporáneo. De acuerdo con el principio de Marx (1983a: 363) de que “el trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra”, estos trabajos demostraron, de forma dialéctica, la necesidad de forjar alianzas de raza, clase y género, es decir, entre los más oprimidos.

Fraser (2016), en un diálogo con el historiador del capitalismo racial Michael C. Dawson (2016), ha jugado un papel importante en vincular estas teorías de la reproducción social, el capitalismo racial y el marxismo ecológico mediante el concepto de Marx sobre la expropiación. En esta concepción, la teoría materialista histórica, en nuestra época neoliberal, debe cada vez más centrarse en los límites del sistema, relacionando la explotación fundamental que impulsa al capitalismo con la expropiación que la hace posible.

En esta actual regeneración de la teoría marxiana, sigue habiendo lagunas notables. En su mayor parte, relacionadas con las cuestiones centrales de la crítica de la producción capitalista, el estado de la clase dominante y la cultura mercantilizada, antiguas áreas de investigación donde se ha reducido algo el interés en los últimos años. La teoría marxiana del estado se agotó en los debates de las décadas de 1960 y 1970, y en las derrotas políticas que siguieron. Aparte de la obra de Mészáros (2015), Lebowitz (2018) y Marta Harnecker (2013), que abordaron la transición al socialismo, en las últimas décadas, se ha hecho poco en cuanto al desarrollo de la teoría del Estado, en particular, con respecto a los propios Estados capitalistas avanzados.[19] Esto es cierto, a pesar de la actual crisis de los Estados democráticos liberales en el centro del capitalismo.[20]

Asimismo, la teoría cultural marxiana, a pesar de los continuos avances hechos por Fredric Jameson (2009), en obras como Valences of the Dialectic, ha disminuido en alguna medida en las últimas décadas, si se la compara con su vertiginoso desarrollo de las décadas de 1960 y de 1980, posteriormente socavada por el crecimiento del postmodernismo (o transfigurada de un modo esotérico, por el postmodernismo, y alejada del marxismo clásico). El análisis de clase y los estudios sobre el trabajo, a pesar de los esfuerzos de Michael D. Yates (s. d.), especialmente en su próximo libro ¿Puede la clase obrera cambiar el mundo?, ha sido perjudicado por la debilidad y la derrota del movimiento obrero, que por razones estructurales ha abandonado su pasado radical y militante en todos los países capitalistas avanzados. Lo fundamental es el hecho de que, en la teoría marxiana, a pesar de estas importantes novedades, hoy no hay ningún acuerdo general sobre la naturaleza de la actual etapa del capitalismo, que se cae a menudo en una pura lógica del capital, derivada de las condiciones del siglo XIX, y que incluso frecuentemente se niega por completo el concepto de etapas del desarrollo capitalista, y de este modo de “el presente como historia”, según la memorable frase de Sweezy (1953).

La teoría marxiana debe abordar estas cuestiones centrales de manera concreta, históricamente específica, con finales abiertos, si quiere seguir siendo el hilo conductor de la rebelión de nuestra época. La crítica del neoliberalismo, aunque esencial, debe dejar paso a la crítica más fundamental del mismo capitalismo en su actual época de transición y disolución; y de este modo, formar una nueva “historia razonada”. Doscientos años después del nacimiento de Marx, la verdadera batalla tanto en la teoría como en la práctica recién está comenzando. 

 

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* “Marx’s Open-Ended Critique”. Publicado en Monthly Review 69, no. 12, Vol. 69 (mayo de 2018). Agradecemos la gentileza del Consejo de Redacción de MR, así como de Selecciones en Español de Monthly Review, por habernos permitido traducir y publicar esta nota. Traducción de Francisco T. Sobrino.

** Editor de Monthly Review y autor, entre otros libros, de The Ecological Rift (coautor con B. Clark y R. York), The Planetary Emergency, Marx’s Ecology y The Vulnerable Planet.

[1]. Cf. Musto (2007: 496-497; 2013; 2015; 2018).

[2]. Schumpeter estaba particularmente preocupado por el “resurgimiento de Marx” en la economía (representado sobre todo por Joan Robinson y Paul Sweezy) y especialmente por el resurgimiento del marxismo en los Estados Unidos, en el cual había tomado a Sweezy como el principal ejemplo.

[3]. Schumpeter no habría estado de acuerdo con esta evaluación. Él admiraba la síntesis de Marx (llegó al punto de tratar de crear una contrapartida neoliberal a ella en su teoría del empresario) y reconocía la capacidad del marxismo para revitalizarse, cuando hablaba del “resurgimiento marxista”, en relación con las teorías del capitalismo y el imperialismo monopolista, y las obras de figuras como Sweezy. No obstante, comparaba al marxismo con un “campo de concentración intelectual” (Schumpeter , 1996: 77) . Aunque en la mayor parte de dicho libro trataba a Marx en forma objetiva, aunque crítica, Sweezy caracterizó su capítulo final, “El Marx, el maestro”, donde menciona el “campo de concentración intelectual”, como excesivamente ofensivo y con desvaríos; y sugería que allí Schumpeter “no se siente en un terreno seguro” (Paul M. Sweezy, nota marginal en un ejemplar de Capitalism, Socialism and Democracy . Colección de la Fundación Monthly Review).

[4]. Según Lakatos en su trabajo sobre los “Programas de investigación científica”, un programa de investigación progresivo es el que responde a los desafíos de sus ideas centrales con nuevas “franjas” que constantemente amplían su alcance teórico. Como lo ha afirmado Michael Burawoy, la especial capacidad del marxismo para desarrollar un programa de investigación progresivo, basado en el carácter del final abierto del método científico de Marx, explica su permanente vitalidad (algo que el propio Lakatos, que se adaptaba al marxismo oficial más osificado de la Unión Soviética y Europa Oriental, no pudo percibir). Cf. Burawoy (1990: 775-793) y Lakatos (1978: 112).

[5]. Sobre estos diversos procesos, cf. Bellofiore (2018: 32-43), Heinrich (2004) y Moseley (2017).

[6]. Sobre ecología, cf. Saito (2017); sobre la teoría de la reproducción social, cf. Brown (2013); sobre el imperialismo, cf. Anderson (2016).

[7]. Cf. Hegel (1968: 120-121) e Inwood (1992: 141).

[8]. La concepción del fin de la historia es evidente en Hegel (2004: 306-307), donde se declara al estado prusiano como el fin o culminación de la historia, la realización de la idea absoluta en la Tierra. Las declaraciones de Fukuyama con respecto al “fin de la historia”, a raíz del triunfo del liberalismo, estaban en gran parte basadas en la lectura conservadora de Hegel que hace Alexandre Kojève (Anderson, 1996: 114-115). Fredric Jameson (2010) busca liberar a Hegel de una interpretación del fin de la historia, basado más en su Fenomenología del espíritu que en la Filosofía del derecho.

[9]. Si el positivismo burdo, en su mecanicismo y reduccionismo, entra en conflicto con el idealismo hegeliano (aunque llega a los mismos resultados cuando se trata de la racionalización de la sociedad burguesa), es porque el primero no necesita una visión histórico-dialéctica. Antes bien, se basa en un presentismo eterno, donde el pasado no es más que la liberación de la sociedad de mercado, inherente en la naturaleza humana, eliminando por consiguiente las barreras artificiales al presente ideal, que señala el fin de la historia. Las explicaciones liberales del capitalismo, generalmente siguen así una lógica circular (Meiksins Wood, 1999: 3).

[10]. Esta traducción la hizo Joseph Fracchia, de una sección en la edición alemana de los Grundrisse que no fue incluida en la edición inglesa, titulada “Fragmentos del texto original de ‘Sobre la crítica de la economía política’” (1858). El pasaje del que se tomó la cita dice: “Pero esta etapa del desarrollo histórico –cuyo producto es el trabajador libre– es el prerrequisito para el advenimiento y aún más para la existencia [Dasein] del capital como tal. Su existencia [la del trabajador libre] es el resultado de un prolongado proceso histórico en la formación económica de la sociedad. Esa es la cuestión que muestra que la forma dialéctica de presentación sólo es correcta cuando esta conoce sus límites [Grenzen]” (Marx, s. d. b: 945).

[11]. La genialidad del concepto de la “reproducción metabólica social” que propuso István Mészáros (2001), y que luego desarrolló en todos sus trabajos posteriores, consiste en que investiga a la naturaleza de los sistemas abiertos del trabajo en la teoría de Marx, relacionando esos conceptos fundamentales en la obra posterior de Marx, como el metabolismo y la reproducción, y usando éstos para estudiar la transición al socialismo en nuevas formas.

[12]. Debe señalarse que la perspectiva de Marx es abierta precisamente en el mismo sentido en que la perspectiva de Karl Popper (2010) es cerrada, fundamentada en la identificación de la “sociedad abierta” con el capitalismo liberal y en el rechazo anti-historicista de todas las leyes históricas.

[13]. Cf. Clark / Foster, 2018.

[14]. La historia razonada aquí no debe ser confundida con el concepto hegeliano de que “lo que es real es racional” (o “lo real es razonable”, como lo dijo Popper). En lugar de ello, el orden racional de nuestro análisis por principios dialécticos, en el análisis de Marx, es una forma de abstracción basada en la investigación científica, con la historia concreta como el árbitro final. Cf. Popper (1973: 121) y Hegel (2004: 18).

[15]. La premisa de que la teoría del valor- trabajo en el análisis de Marx era históricamente específica del capitalismo y no se extendía más allá de las relaciones de producción burguesas ha sido largamente fundamental para la economía política marxiana. Sin embargo, sólo recientemente ha tenido la plena importancia de haber sido comprendida en el ámbito de la teoría crítica. Cf. Postone, 2006: 64-68.

[16]. Aunque esto no fue reconocido, el análisis hecho por Harvey (2012) de la gran crisis financiera se basaba en gran medida en conceptos tales como la absorción del excedente y la sobreacumulación presentada en El capital monopolista (Baran / Sweezy, 1966). Cf. Harvey (2012); Baran / Sweezy (1966); Magdoff / Sweezy (1981: 179-180).

[17]. Otro monumental trabajo reciente sobre economía marxiana, aunque con un enfoque muy diferente, es el de Shaikh (2016).

[18]. Cf. Burkett (2014); Clark / Foster / York (2010); Clark / Clausen / Longo (2015); Salleh (2009); Holleman (2017); Angus (2016); Malm (2016); Magdoff / Williams (2017); Wallis (2018); Weston (2014). Entre los pensadores ecológicos influenciados por el materialismo histórico esta Jason W. Moore (2015), cuya obra, no obstante, pertenece a la llamada tradición de la “ecología mundial” y se aparta, como afirma Malm (2018), en forma significativa de una metodología marxiana.

[19]. El principal heredero de la teoría marxiana clásica del estado en Gran Bretaña es indudablemente Bob Jessop. Pero cualquiera que compare a The Capitalist State (1984) con su más reciente The State (2016), es probable que considere al último libro como un repliegue estratégico, donde queda muy poco de la teoría marxiana del Estado, aparte de un no muy firme apoyo en Gramsci. No obstante, Jessop y otros teóricos políticos marxistas continúan produciendo valiosos análisis de cuestiones más concretas. Cf. Jessop (2018: 207-228), y Albo / Panitch (2018).

[20]. Sobre la crisis del Estado democrático liberal, cf. Foster (2017).