“El compromiso fáustico. La biologización de la política en Alemania, 1870 – 1945” de Alejandro Andreassi Cieri.

 Reseña de Francisco T. Sobrino.

El Viejo Topo, Barcelona, abril de 2016.

Con este nuevo libro, Alejandro Andreassi Cieri continúa su prolífica investigación histórica sobre el trabajo y el movimiento obrero bajo la dominación del fascismo europeo. Es autor de  “Arbeit macht  frei”. El trabajo y su organización en el fascismo (Alemania e Italia) (2004), y entre sus publicaciones más recientes, se encuentra el ensayo de “El significado del socialismo en los textos de la revolución conservadora alemana”, en Rebeldes y reaccionarios. Intelectuales, fascismo y derecha radical en Europa, 1914-1956 (2011).
 
Una historia atraviesa el texto: la del intento de imponer una ingeniería antropológica que trataría de diseñar a un nuevo ser humano que se adaptara a los cánones eficientes y productivos del capitalismo alemán, que crecía y se estructuraba jerárquicamente a lo largo del siglo XIX, especialmente a partir de 1871, con el triunfo en la guerra franco-prusiana, y la unificación de todos los estados alemanes, bajo la hegemonía de Prusia. Así nació el Imperio Alemán, con la ambición de convertirse en una gran potencia en el centro de Europa. Este proceso desembocó en la Primera Guerra Mundial, producto de las contradicciones y la competencia entre los países capitalistas más desarrollados del continente, entre 1914 y 1918, y finalmente en la Segunda, entre 1939 y 1945.
 
Muchos historiadores e investigadores han analizado las raíces económicas, sociales y políticas del nazismo. En este libro se pretende analizar su origen desde la perspectiva de las ciencias biológicas y naturales en Alemania, haciendo hincapié en la colaboración de numerosos miembros de los círculos académicos alemanes. El autor recurre a una abundante bibliografía, que  demuestra cómo se fueron elaborando, diseñando y aplicando las políticas raciales y eugenésicas que desembocaron en los gravísimos crímenes contra la humanidad cometidos en la primera mitad del siglo XX.
 
El gran desarrollo durante el siglo XIX de las ciencias biológicas, la medicina y la antropología, fue la base para el creciente peso de las ciencias, especialmente las naturales, y del mundo académico en el contexto de la economía alemana, así como de su estrecha relación con el mundo empresarial, y con el Estado. Así fue cómo se desarrolló el “biologismo político” en Alemania, que proyectaba una ingeniería social para reorganizar y estructurar las relaciones en todos los ámbitos de la vida social, en base a modelos biológicos, que consideraban que las leyes fundamentales que regían el funcionamiento y composición de las sociedades humanas eran las mismas que regulaban la estructura y fisiología de los seres vivientes, tanto inferiores como superiores en la escala zoológica.
 
Esta nueva concepción era una explícita enemiga de la socialdemocracia (y en el siglo XX del comunismo) y sus ideas de igualdad entre los seres humanos, que para ellos eran contraria a las leyes de la biología y a las conclusiones que extraían de la teoría social-darwinista. Además agregaba que la institución de una “meritocracia” significaba una “superación del socialismo”, ya que “tenía en cuenta las diferencias en talento y eficiencia entre los individuos y entre las estirpes. El moderno empresario capitalista encarnaba las características propias del ‘superhombre’ nietzscheano, el agente dinámico de la nueva economía que se desarrollaba en la Alemania del Káiser Guillermo,  ya que se consideraba que la aristocracia hereditaria debía ser sustituida por una aristocracia productiva”. (pág. 144).
 
Un ejemplo de la combinación entre científicos y capitalistas fue el concurso convocado por Krupp, el gran empresario de la industria armamentista y del acero, en 1901 en Berlín, bajo la advocación de las ideas del determinismo biológico. En él se premiaría al mejor ensayo que explicara cómo la teoría de la evolución podía contribuir al mejor gobierno de Alemania, respondiendo la siguiente cuestión: “¿Qué podía enseñarnos la teoría de la evolución para el desarrollo y legislación de los estados?” Este certamen fue un hito en el desarrollo de la teoría biopolítica en Alemania, por el prestigio científico de los participantes y el jurado y porque indicaba que esas ideas habían desbordado los límites académicos para llegar a las preocupaciones de los líderes de la actividad económica, así como los círculos políticos y el Estado en Alemania. No fue casual que los empresarios industriales comenzaran a ser la principal fuente de financiación de proyectos de investigación vinculados con la biología y la medicina. Tampoco lo fue que la “Sociedad de Higiene Racial” se constituya en Berlín cuatro años más tarde, en 1905, con los objetivos, diagnósticos y las prescripciones de las obras seleccionadas y premiadas (pág. 152).
 
El primer premio lo ganó una obra de W. Schallmayer, Herencia y selección, era un claro representante de la preeminencia de la ciencia biológica y su papel para la modernización y regeneración social. Este autor era considerado el “padre de la eugenesia alemana”. Entre otras cosas, afirmaba que “la nivelación de los ingresos a la que aspira el socialismo vulgar es totalmente extraña a nuestro ideal de eugenesia nacional. Significa un trato preferente a los individuos inferiores (de menor valor) y produce un peligroso debilitamiento del rendimiento total y el hundimiento de la capacidad de competencia de la comunidad organizada de ese modo. […] La democracia no puede ser concebida como oclocracia [poder de la plebe]. Una sana democracia no sólo no descarta a una aristocracia del rendimiento, sino que sin ella no es posible” (pág. 159).
 
Para las ideas formuladas y sistematizadas en Alemania antes de 1914, la Primera Guerra Mundial, fue un catalizador de la difusión y profundización de las mismas, especialmente las que se habían ido desarrollando desde al menos la última década del siglo anterior. Y lo demuestra  el racismo explícito del citado Schallmayer, el ganador del premio Krupp: “La guerra es la forma esencial de la competencia entre naciones y estados. Sin guerra sería imposible la sustitución de las razas y naciones de menor valor o decadentes por las más aptas y valiosas. Si no existiera la posibilidad de guerra, probablemente proliferarían los grupos humanos más retrasados a costa de los más civilizados” (pág. 197).
 
 A partir del capítulo V, “La biopolítica durante la República de Weimar”, el libro nos muestra la dramática evolución del régimen alemán después de la derrota, con el levantamiento revolucionario de 1918 y la creación de una república democrática, con la constitución de un nuevo bloque social y político, que busca sustituir dicha república por un sistema autoritario civil o militar, para volver a imponerse, en medio de la gravísima crisis económica política y social que atravesaba el país, y del masivo avance inicial de las masas obreras y los partidos de izquierda, socialdemócratas y comunistas. Al mismo tiempo, comienza el crecimiento del radicalismo de derecha, entre ellos el de los nazis con su partido, el NSDAP. Crece así lo que será una revolución conservadora, que buscaba una reconstrucción autoritaria de la sociedad alemana, apelando a soluciones tecnocráticas y vanguardistas que incluían la “mirada biológica” para recuperar la potencia y la eficiencia de Alemania, para la “regeneración de la calidad” del pueblo alemán (pág. 223). Surgió así una corriente de pensamiento de la que el nazismo extraerá muchas de sus ideas clave.
 
Esta parte del libro cita en forma abundante a científicos y filósofos que continúan la tradición “biologicista” anterior a la guerra, utilizando conceptos biológicos para analizar los fenómenos y estructuras socio-políticas. Por ejemplo surge la diferenciación entre el capital productivo y especulativo, como polos opuestos en cuanto a su significado social. “El capital especulativo es el producto de la usura, que se comparaba con la actividad parasitaria que se observaba en la naturaleza y que era causa de enfermedad en el ser humano, y que sería posible de expropiación, pues alteraba la necesaria armonía y productividad del trabajo social, del que se apoderaba sin nada a cambio. A diferencia del capital productivo, ya que éste operaba como elemento que cohesionaba e integraba a la actividad social global” Ambos conceptos fueron utilizados por los teóricos de la “revolución conservadora” así como por los nazis (pág. 255).
 
En el capítulo VI, “La dictadura nazi: teoría y práctica de la biopolítica”, se describe la consolidación del gobierno de Hitler, y la continua adhesión de académicos y científicos al nuevo régimen. AAC cita entre otros la declaración de Günther Just, que justifica su afiliación al NSDAP en función de su rol social como científico, afirmando que el nazismo era el medio para alcanzar la regeneración de la sociedad alemana en base a la biología, y por lo tanto, resaltaba el papel de los científicos naturales en esa tarea: “Mi ingreso tiene como finalidad poder continuar las tareas fundamentales para la ciencia y el pueblo alemán” (pág. 310).
 
AAC describe cómo el comienzo de la Segunda Guerra Mundial rompió todos los diques de contención de las tesis biodeterministas que se habían incubado en Alemania. Y cita un ejemplo, diríamos, siniestro y estrafalario, ocurrido en octubre de 1941, durante la “operación Barbarroja”, cuando en Berlin se contaba eufóricamente con la segura caída de Moscú en pocas semanas. Desde la sección de investigación cerebral del Káiser Wilhelm Institut (KWI: la más importante institución en el terreno de la biología y las ciencias naturales del país), se solicitaba que, en cuanto fuera ocupado Moscú por la Wehrmacht,  se les remitieran los cortes del cerebro de Lenin, depositados en el Instituto de Estudios Neurológicos de Moscú, para “confirmar objetivamente si Lenin padecía una infección sifilítica cerebral; lo cual tendría, como mínimo, valor propagandístico”. Esto mostraba hasta qué punto las elites nazis suponían que la revolución rusa no tenía más fundamento que una sífilis que habría afectado al cerebro de Lenin, y no sólo buscaban criminalizar aún más a la revolución rusa, metaforizada en una patología infecciosa, sino hasta qué extremo el determinismo biológico en la ideología nazi había permeado a un ente como el KWI, su equipo científico más prestigioso. Para estos científicos, disponer de esos cortes cerebrales ¡significaba certificar la hipótesis largamente sostenida de la ideología bolchevique como una enfermedad infecciosa y degenerativa! (pág. 350).
 
Al hablar del Holocausto, el autor considera que según la historiografía actual, el exterminio realizado por los nazis, especialmente el genocidio de los judíos, se debe al carácter fundamentalmente irracional de la ideología nazi. Como ejemplo, se señala que el exterminio de los judíos continuaba  aunque Alemania necesitaba fuerza de trabajo para continuar su esfuerzo bélico. Sin embargo, junto a ese evidente argumento, para él podrían agregarse otros que lejos de contradecirlo, agregan una visión múltiple de las causas de este enorme crimen. Para ello parte de considerar que la vinculación entre el genocidio y la biopolítica es incuestionable, estableciendo una relación dialéctica entre ambos (pág. 353).
 
La barbarie nazi, para AAC es un fenómeno histórico y debe ser historizable. No sólo es una exigencia del conocimiento científico sino también una obligación moral, porque el análisis de sus causas y características pueden contribuir a impedir que esa barbarie se repita, al menos para identificar los factores cuya confluencia puede volver a precipitarla, especialmente en estos tiempos en los que la intolerancia y la xenofobia vuelven a aparecer no aisladamente sino en forma de movimientos y agresiones organizadas (pág. 354).
 
El autor considera que existe una estrecha relación entre los diversos crímenes perpetrados por los nazis. El vínculo entre la esterilización, la eutanasia, el exterminio de judíos y gitanos, además de los asesinatos y torturas a que fueron sometidos los opositores y resistentes al nazismo, revelan los perfiles del proyecto biopolítico, el plan de ingeniería social y antropológica que debía organizar y dirigir los recursos humanos destinados al rearme y la guerra imperialista (pág. 355). Asimismo se ve obligado a reflexionar sobre una contradicción entre la “razón” económica y la “razón” exterminadora, como lo han planteado varios historiadores. Sin llegar a dar una respuesta definitiva, plantea que los empresarios alemanes no estaban exentos de los mismos prejuicios racistas que caracterizaban a los miembros del NSDAP y al propio Hitler. Y ofrece numerosos ejemplos de ello (pág. 359).
 
Finalmente, en las últimas páginas de este muy recomendable libro, AAC nos sugiere que esta trágica gestación de un proyecto biopolítico y su aplicación en un intento sangriento de remodelación en Alemania (y de Europa) no fue ni un “accidente” imprevisible y ajeno a las corrientes más genuinas de la historia alemana, ni un camino especial con un destino predeterminado. En lugar de ello, afirma que lo sucedido en ese país tiene que ver más con la intensidad, velocidad y modalidad con que se produjeron fenómenos también presentes en otros países europeos y americanos industrializados, que con un recorrido excepcional y ajeno a la modernidad capitalista de los siglos XIX y XX (pág. 362).