Trump ¿fin del neoliberalismo? La “protección” de los pobres

Logiudice, Edgardo

 

El electo a nombre propio.

Hace tiempo ya que Giorgio Agamben aludió al estado de excepción. Estado como situación en que la única norma es que no existen reglas. Reglas de juego.
Donde todos estamos sujetos, no a la ley, sino al bando. Porque de las normas con fuerza de ley, sólo ha quedado la fuerza. Y del Estado de Derecho, sólo la imagen del Estado como comunidad ilusoria, como lo definiera Marx en La Ideología Alemana.
 
 
El hecho de que no existan reglas de juego no significa que no existan decisiones, la fuerza. Aunque no resida ya más como monopolio legítimo del Estado.
El Estado de Derecho, aunque construcción ideológica, fue validado por la contractualidad, cuya forma política fue su proyección como democracia representativa electoral. Mecanismo en el que la representación (hacer presente lo que estaba ausente), y en que se suponía era el pueblo titular de la soberanía, decidía. Y sus decisiones, en forma de ley, expresaban su voluntad común. Las decisiones políticas porque, siguiendo a Robert Dahl, afectaban la conducta de numerosos grupos de humanos, llamados ciudadanos.  
Por esto, en su conjunto, se entendió la democracia política. Cuyo eje fue la representación que se supuso operaba en el hecho de elegir a través del sufragio.
 
Ya había advertido Rousseau de la ilusión de soberanía que significaba la representación: el pueblo inglés se cree libre porque sufraga y, en cuanto sufraga, pierde su libertad. Sin embargo el agrupamiento político en partidos, con propuestas fundadas en intereses e ideologías ancladas en grupos sociales, construyó, con los parlamentos, no sólo un lugar de expresión de esos intereses materiales, ideologías, tradiciones y visiones del mundo, sino de disputa de hegemonía. No el único, pero el más visible.
El charlatanismo parlamentario, denunciado por Weber y Lenin, fue el escenario de la representación por excelencia. El lugar donde los asuntos públicos se hacían visibles.
Los periódicos daban espacio destacado a la información parlamentaria. Recuerdo que de niño, mucha gente se suscribía para recibir gratuitamente el Diario de Sesiones.
 
La profesionalización de la representación, también aludida por Weber, condujo a una especie de, otra vez Dahl, poliarquía, en el que operaron (operan) los grupos de intereses, de forma directa, cubierta o encubierta. Suelo abonado para la corrupción política. Y cementerio del teatro de la representación. De su rol de espectáculo, de entretenimiento.
 
Sin embargo, el fascismo y el nazismo (que también apelaban al Pueblo, al espíritu del Pueblo) legitimaron la poliarquía como lugar de libertad y democracia. Finalizada la guerra lo fue el comunismo, autoproclamado dictadura del proletariado y, en suma, estados también al servicio de alguna banda con poca convicción en su remedo de estado constitucional.
Su llamada implosión, su acelerada –y no tan difícil- reconversión a los moldes de un capitalismo ya post-fordista, demandó otras validaciones que, por lo demás, no eran del todo nuevas. Lo de las bandas terroristas lo conocemos en América Latina antes de Afganistan, los talibanes y todo lo demás.
Pero perdido el equilibrio de la Guerra Fría y ya con los acuerdos de Nixon y Mao desde los setenta, el espectáculo de la representación como eje legitimador de la ilusión democrática se fue desnudando.
Quedó sólo el esqueleto electoral, la mecánica del sufragio. Cuya cúspide técnica es el voto electrónico como garantía de calidad democrática. Todo el demos en un chip.
 
El modo de producción cultural, con las tecnologías, vira hacia la racionalidad científica. En la racionalidad discursiva de la democracia representativa electoral la legitimidad no sólo proviene del conteo, la mayoría, sino que subsisten los elementos teológicos, la encarnación (Kelsen). Junto a la representación como construcción contractual pervive, si no la encarnación del Pueblo, la de algo valioso en el pasado: el origen de clase, el origen sectorial, el origen de opresión, el origen de lucha emancipatoria y hasta el origen de la nivelación del color. La racionalidad científico-técnica exige eficiencia, éxito. Símbolo de prosperidad. Innovación, emprendimiento.  
 
Fin de la representación como espectáculo ritual, el actor cuya máscara da voz al ausente deviene superfluo. Para la técnica electoral puede mostrarse a cara descubierta haciendo gala, ya no de sus virtudes interpretativas sino de las propias para el entretenimiento, el éxito. Para el espectáculo electoral.
Fin de la mimesis. Pero apariencia pública, imagen, de hegemon. De conductor elegido, electo. Tan personal es el asunto, en este caso, que al menos en algunas declaraciones, el electo con el logo del Partido Republicano se ha expresado de manera opuesta a los dichos y la práctica parlamentaria de ese partido.
 
El estado de excepción sólo requiere elección de ejecutores de decisiones sin reglas de juego. Para poner en bando a los indeseables, bandir, proclamar bandidos a quienes son inútiles o enemigos de las decisiones de las bandas dominantes. De allí el hostis iudicatus, el juzgado enemigo, el derecho penal del enemigo que justifica la tortura. Guantánamo, Afganistan.
 
Creo que este es un aspecto del cuadro en que podemos aproximarnos al espectacular reality show man.  No creo necesario recordar acá su vida, su personalidad, sus dichos ni sus “promesas” electorales, que lo emparentan a otros idiotócratas que andan sueltos por allí, o por acá.
Está claro que se trata de un aspecto, parcial. Pero, me parece, que es previo a arriesgar sobre la cuestión de populismo versus democracia liberal, democracia versus fascismo u otras dicotomías que remiten a supuestos acríticos sobre el papel del Estado-nación clásico y su legalidad.
Dicho todo esto sin trascender lo que entendemos habitualmente por campo de la política.
 
 
Electores sitiados.
 
Ven una nación bajo sitio, es el título de una nota de la periodista del The New York Times.
Reporteado un simpatizante de Trump explicó  por qué las propuestas de Trump de levantar un
muro fronterizo…resonaba con su opinión de EE.UU como una nación bajo sitio”.
 
En esta línea, creo que podemos conjeturar sobre el estado de los electores en base a la situación de un estado de sitio, de los habitantes de una ciudad sitiada.
El estado de sitio es también, aunque distinto, una situación de excepción. Antecedente de suspensión de reglas, temporal y en un lugar determinado, pero sujeto a una autoridad superior que dicta el bando.
La población de la ciudad sitiada no es libre. Ni de la autoridad, ni del miedo, ni de la incertidumbre, ni del hambre. Y sus consecuencias, la deserción, la violencia, la rapiña, la rabia de la impotencia y el encierro.
Temporalmente convocada para renovar las esperanzas con la arenga. Un momento de ilusoria comunión. Donde lo que puede expresarse está limitado por el sitio de la ciudad sitiada.
En el estado de necesidad que genera el sitio, es bien valioso la protección, y es lo que la autoridad debe ofrecer, para evitar el motín, o la deserción. Y ese ofrecimiento la valida.
La suspensión de las reglas de juego convierte a los ciudadanos en sitiados que buscan protección.
 
La imagen del hegemon es la de un conductor eficaz de la protección.
 
Sitiados, los electores, muchos desertaron a la convocatoria de comunión ilusoria que es la elección (indirecta) de un Presidente. La mitad. La deserción no es capricho ni cobardía. Si, como sostienen algunos ese voto antes fue demócrata, es probable que sea decepción sobre el sistema o protesta por la falta de protección.
Con el miedo instalado desde el 11S. Alimentado por el mismo Nobel de la paz en el mismo momento en que es premiado.
 
Muchos votaron con el miedo a la incertidumbre de un nuevo tipo, una nueva forma de validación. Poco más de la mitad de la mitad. Por esas cosas del federalismo, la ley de la mayoría no funcionó.
 
Menos de la mitad de la mitad creyó votar por la protección contra el ocio forzado, orientando la rabia de su impotencia hacia quién le presentaron como sitiador, como extraño, como el enemigo, no-persona. Sitiadores como quinta columna, como rapiñeros infiltrados. Alcanzó para investir la imagen de hegemon.
Con la certeza tangible de los hogares endeudados, la indiferencia por su salud. Y sí, el raquitismo cultural de muchos sitiados por el hambre. O no. Simplemente con una mezquindad cultural heredada, obsoleta. Alentada por la alt-right, la llamada derecha alternativa.
O la cultura que esperó siempre el bando protector contra el intruso, ahora entretenido con la alegría del reality show. O la guerrera, violenta, de una comunidad donde es normal andar armado en tiempos de paz.
Y soslayo acá el peso y el papel de la industria bélica.
 
Muy pocos votaron obviando la situación de sitiados.
 
 
El proteccionismo de Trump.
 
Una persona del equipo de transición contactó al máximo ejecutivo de JPMorgan Chase & C°,
Jaime Dimon, si bien Trump una vez lo calificó como el peor banquero de EE.UU, “sus asesores
incluyen a varios ejecutivos de fondos de cobertura, inversores y ex banqueros con la que la
industria financiera está ahora trabajando para forjar lazos cercanos”. (Reuters 10/11/16)
 
 
El cuadro debe trascender la política porque el poder, con otra forma de la fuerza, no se halla más en ella.
La falta de reglas de juego es también y, quizá, sobre todo, la des-regulación.
Y otros miedos ajenos a la ciudad sitiada. El de los que deciden, los que tienen la fuerza armada o desarmada para hacerlo. Los que manejan las estrategias que los portadores de la imagen de hegemon ejecutarán. Los que dictan los bandos.
Uno de esos bandos, esos edictos, es la derogación de reglas para los portadores del capital. Que se ha dado en llamar neo-liberalismo, término que en la práctica política muchas veces sirve para ocluir la especificidad de las relaciones sociales materiales de los mecanismos capitalistas. Y que hoy, con el “proteccionismo” trumpeano, algunos consideran agotado.  
 
¿Cuál es la protección del proteccionismo de Trump? ¿A quién protege?
 
De los intrusos ya se encargaron Obama y sus antecesores. Con este último gobierno demócrata se deportaron 2,5 millones. Es record. Y el muro hace tiempo que existe. Para no hablar de la tolerancia al tráfico humano, las torturas y otras lindezas.
Del terror global también, bombardeando poblaciones civiles y hospitales.
 
Como exitoso desarrollador inmobiliario y de la industria del juego, Trump comparte, paradójicamente, la “aversión al riesgo”, al azar, con los grandes actores del capital financiero. Pero quizá sea más bien un socio menor de sus estrategias. De las nuevas estrategias de refugio seguro.
 
Antes de llegar a este punto quizá convenga recordar, como lo hizo Ignacio Ramonet, que es verdad que, atendiendo a algunos miedos, el candidato consideró aspectos que lo aproximan a algo distinto. El asunto es qué es ese algo.
Dejo de lado acá las cuestiones menos claras de política internacional. En un caso atendiendo al terror al terrorismo, su presunta alianza a Rusia y, en otro, a la enorme deuda soberana, ahorrar recursos en intervenciones con la OTAN.  
Proponer tasas sobre todos los productos importados lo convertiría, según Ramonet y algunos que lo ha repetido por acá, en un “ferviente proteccionista”. Lo mismo que sus declaraciones contra el NAFTA y el TTP.  
 
Atendiendo al miedo al ocio forzado, apuntó contra la globalización porque ésta dejó 60.000 fábricas cerradas y cinco millones de empleos industriales bien pagados desaparecieron. Particularmente en las fábricas manufactureras con la deslocación.
Y, en esa línea, atendiendo al miedo al hambre, rechazó los recortes en materia de seguridad social que votaron los propios republicanos. La necesidad de las pensiones a los mayores de 65 años, que junto a los discapacitados, constituyen una buena parte de los pobres. Prometió no tocar el seguro sanitario que desarrolló Obama, bajar el precio de los medicamentos, ayudar a los “sin techo”, suprimir el impuesto federal que afecta a 73 millones de hogares modestos y reformar la fiscalidad de los pequeños contribuyentes.
Respecto al mundo de las finanzas apoya el restablecimiento de la ley que separaba la actividad bancaria de la banca de inversiones para evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Propone, además, aumentar significativamente los impuestos a los corredores de los fondos de riesgo.
Debe agregarse también la intención de repatriar ganancias de capitales en el exterior.
Volveré sobre esto.
 
Hasta aquí lo protegido sería la industria manufacturera estadounidense y, con ello, el empleo y los pobres.
 
 
Los pobres.
 
Según cifras oficiales de la Secretaría de Comercio de EE.UU. el desempleo ronda el 5%, la pobreza entre el 14 y 15% y el 20% de menores hasta 18 años sufre insuficiencia alimentaria.
Como explicaciones de esta situación se ofrecen: a) la crisis del 2008 y, b) los recortes presupuestarios que fueron limitando los fondos para los food stamps, vales que las familias pobres pueden cambiar por comida y algunos beneficios para los desempleados.
De acuerdo con los Datos del Censo de EE.UU. de 2014, el mayor índice de pobreza según origen étnico se encuentra entre los negros (26%), seguido por los hispanos (de cualquier origen), que registran la segunda tasa más alta de pobreza (24%). Los blancos presentaban una tasa de pobreza del 10%, mientras que la de los asiáticos resultó ser del 12%.
 
Debe tenerse en cuenta que si bien los llamados blancos norteamericanos representan la menor tasa de pobreza, esta población constituye -según estimaciones- alrededor del 66%. Lo que significaría su importancia en términos de números absolutos.
Algo similar sucede con la desocupación. Para el 2015, según el Departamento de Trabajo de EE.UU. ésta afecta a la comunidad afroamericana en el 9,6%, a la hispana en 6,9% y a la blanca en el 4,7 %.
 
La mayor vulnerabilidad la encontramos en las llamadas "unrelated subfamilies", más o menos así como familias con algún hijo menor de 18 años que vive bajo el cobijo de otra; en ella, las tasas de pobreza superan el 40% y en el caso de los menores de 18 años alcanzan el 46,6%.
Por supuesto todos estos pocos datos requieren de un análisis mucho más fino.  
 
Así, en términos de porcentuales relativos la cuestión  no dice demasiado ni, en comparación, parece tan dramática. El porcentual de desocupados es manos o menos similar al de Alemania y la mitad del de Francia.
Pero en las elecciones cuentan los números absolutos. Y estos representan 45 millones de pobres, no todos blancos ni desocupados. Y representan 40 millones de estadounidenses de todos colores endeudados con préstamos estudiantiles.
Y los que no están desocupados pagan un impuesto al salario de casi el 40%., mientras las ganancias corporativas pagan el 35%.
Y han transcurrido ya 8 años desde la crisis. Y muchos de los pobres  antes de la crisis eran “clase media”. Y aunque estuvieran endeudados podían pagar sus tarjetas de crédito. Y hoy son muchos los endeudados por estudios que se declaran en bancarrota.
“Hoy en día la deuda total del consumidor asciende hasta unos asombrosos 11.91 billones de dólares, casi el 70% del PBI”, dijo F. William Engdahl, conocido consultor de riesgo.
Malos salarios, antes que desocupación grave, más endeudamiento. Trabajar para pagar deudas sin saber hasta cuándo.  
A esto habría que agregar que, aunque todavía no es suficientemente consolidado, en algunos sectores el proceso de la aplicación de las nuevas tecnologías –como todos sabemos- expulsa empleo. No conozco trabajos sobre el impacto en los asalariados norteamericanos pero no sería extraño que genere incertidumbre.
 
Esto significa rabia y miedo. Rabia por descender los que ya lo hicieron y miedo hacerlo para los que flotan en la clasificación oscilante de clase media, endeudada.
Es bastante obvio que si Trump quería ser Presidente se iba a preocupar para ofrecer protección a esos números absolutos. A esto le llaman populismo.
 
 
 
La otra protección.
 
El Tesoro era el otro ministerio en disputa. Los nombres del ex Goldman & Sachs, Steven
Mnuchin, y del republicano de Texas Jeb Hensarling se sumaron hoy al del CEO de JP Morgan
Chase, James Dimon. (Clarín 21/11/16)
 
 
Pero, lo vimos, Trump comparte la “aversión al riesgo”. Y eso significa otro tipo de protección, que no precisamente la crisis o agotamiento del neoliberalismo.
Apoya el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall, la ley que, para proteger la actividad bancaria comercial, es decir la que servía de apoyo al comercio en la época del fordismo, del auge del capitalismo industrial, la separaba de la banca de inversión, es decir la actividad financiera de riesgos.  
La ley comenzó a criticarse en los 70, fecha en la que muchos datan el comienzo de lo que hay se llama financiarización y fue derogada en 1999 por la Financial Services Modernization Act para permitir la constitución del Citigroup, la mayor empresa de servicios financieros del mundo. 
 
Junto a la propuesta de aumentar los impuestos a los corredores de fondos de riesgos, lo anterior aparece como una reacción ante la hegemonía de los fondos de inversión frente a la industria, la “economía real”.
 
Nadie duda de que se haya instalado una recesión generalizada, global. Y, quizá quienes menos duden sean ya los grandes grupos financieros. Y allí hay otros miedos. A la “aversión al riesgo” acompaña lo que llaman “horror al ahorro”. Llaman ahorro a la excedencia de capitales frente a la falta de demanda de consumo y de inversiones.
Hiperliquidez, volatilidad, son palabras que campean en Davos.
Davos es resistencia al proteccionismo. Trump fue el espectro más denostado en el último G20 por ello. Pero parece que nadie tiene el monopolio de los dobles discursos.
A estar a los informes de la Organización Mundial de Comercio (OMC), al menos dos por año dedicado a las restricciones al comercio –que por ello entienden “proteccionismo” los de Davos-, éste es demasiado tolerante con ellas, porque crecen cada día más. “Entre mayo y octubre, la OMC contabilizó 17 casos de medidas proteccionistas en el G20 por mes, mientras que en los cinco meses precedentes, se registraron 21 medidas cada mes” (Comunicado OMC 21/06/2016). Trescientas cincuenta decisiones que limitan el comercio mundial en el último año.
Si Trump es proteccionista porque propone restricciones al comercio no está sólo; está acompañado por los grandes grupos financieros ya integrados, fusionados con las grandes cadenas de valor global, que dominan Davos y hegemonizan el G20.
 
El informe dice que esto ocurre desde que comenzaron las dificultades financieras.
Y las dificultades financieras consisten en la aversión al riesgo. El sobreendeudamiento, la probabilidad de que las deudas no se paguen y los activos intangibles de futuros y derivados se hagan humo. Ese es el “horror al ahorro”.
 
Y el Presidente electo nombra Jefe de Estrategia y Principal Asesor a  Stephen Bannon,  hombre que le gusta pasearse en shorts y ojotas y trabajó en Goldman Sachs varios años antes de crear su propia firma de inversiones con la que se vinculó al mundo del espectáculo.
El mismo Presidente, aunque sus finanzas no parecen muy transparentes, está vinculado a Bancos tales como el mismísimo Citigroup.   
“Si cumple – dice El Mundo de España- con su propósito de desmantelar la Ley Dodd Frank de reforma financiera y de protección de los consumidores que permitirá a los bancos estadounidenses operar con menos restricciones, la participación de la Organización Trump en el Bank of America o Citigroup se verá favorablemente repercutida”. La ley mencionada fue “aprobada en 2010 para endurecer la regulación de bancos y aseguradoras e impedir que desaten una nueva crisis”.  Es decir que nuestro proteccionista resulta un des-regulador a favor de los bancos que resultan protegidos al derogarse también la Glass-Steagall que separaba la banca comercial de la financiera, asegurando los depósitos bancarios que respaldaban la industria. Paradójico proteccionismo de excepción, de des-regulación.
Ya está dando resultados: “querer eliminar gran parte de las regulaciones hacia las financieras [ya] generó retornos espectaculares en ese sector” (iEcoEconomía13/11/16, José Siaba Serrate)
 
No termina la historia.
Según la Agencia Reuter “Durante la campaña, Trump presentó 104 páginas de documentación referente a sus intereses financieros. Le asocian con más de 500 entidades con nombres como China Trademark LLT y DT Marks Qatar, […] Las compañías del magnate deben además cientos de millones de dólares a bancos como el Deutsche Bank o el Banco de China, entidades que están sujetas a las regulaciones estadounidenses”. Que ahora quedarán desreguladas.
 
Su emporio, aunque ubicado fundamentalmente en EEUU, se extiende a otros países como Turquía, Corea del Sur (Daewoo), Alemania (en los últimos 20 años ha recibido cerca de 2.500 millones del Deutsche Bank), India, Ucrania, China y más recientemente a las regiones del Cáucaso, como Azerbaiyán donde tiene proyectos inmobiliarios a la espera de concretar. En este punto queda claro que unas buenas relaciones diplomáticas con estos países favorecerían al conglomerado Trump.Chevron, Johnson & Johnson, IBM, Coca Cola, Facebook... son algunas de las empresas en las que la Trump Organization tiene participaciones”.
 ¿Esto es el fin del neoliberalismo?
     
La historia tampoco termina acá.     
Proteccionismo. “Trump comenzará un proyecto de obra pública entre 500 billones y un trillón de dólares”.
El Estado servirá para generar obras de infraestructura donde vayan a refugiarse los que tienen aversión al riesgo, muchos a través de los bonos del Tesoro. “Trump controlará la principal fábrica de activos financieros seguros, los Bonos del Tesoro de los EEUU”.
 
“Y las ganancias corporativas ya no serán gravadas al 35% sino al 15%...revoleó el anzuelo impositivo para que las corporaciones de EEUU repatríen sus ganancias retenidas en el exterior (U$S 2 billones).” “Previo pago de una tasa de 10% una sola vez”. (iEcoEconomía13/11/16, José Siaba Serrate). Blanqueo: perdón barato de los miles de millones de dólares que debían haber pagado en EE.UU. contribuyendo al déficit fiscal en perjuicio de las políticas sociales.
 
El papel del Estado al dejar de percibir impuestos a las ganancias corporativas y emitir bonos del Tesoro implica una ampliación del déficit fiscal que ya es igual al de la inversión en infraestructura (500 billones) con una deuda pública de 19,3 billones que deberán pagar el resto de los norteamericanos ya endeudados hasta el caracú.
Con la probable suba de la tasa de interés del FED y la apreciación del dólar frente a otras monedas auguran que EEUU será la gran aspiradora de capitales. Quizá Macri tenga que esperar.
 
Existe, junto con la aversión al riesgo (de los capitales de riesgo) el horror al ahorro. Esto es a la falta de consumo con la consecuente baja de la producción. Acá entran las tasas negativas de Europa que no consiguen levantar la inflación que (suponen) generaría consumo y, por tanto, producción. Asimismo el exceso de ahorro, de Japón, Taiwan y Corea. Con la compra de bonos de EEUU se financia el déficit, y la idea es que eso no tiene fin.
 
Esta idea es la misma que apuntala toda la construcción de la pirámide financiera, la de los productos estructurados, los futuros y los derivados. La economía de la deuda: patear para adelante.
Sólo que en la recesión global, sobran capitales y faltan proyectos que generen seguridad, los puntos de apoyo de los apalancamientos. Y ahí aparecen las obras públicas en infraestructuras. Pero hay que imponerlas y, como son las de “utilidad pública” hay que asegurarse de que en nombre de lo público el Estado las promueva.
Para ello se requiere el poder político que decida y para ello nada mejor que el ejercicio directo de ese poder. Entonces la privatización del poder político. Des-regulado.
Estado de excepción.
Después cualquier idiota indecente, misógino, homofóbico, xenófobo y fullero puede fungir de hegemon de las bandas que deciden sobre los sitiados. Sembrando su propio terror, el miedo. Que posee valor de uso electoral.
 
Edgardo Logiudice
Noviembre 2016