La degradación institucional brasilera llegó a su punto más agudo. Entrevista a Ricardo Antunes

Reportaje realizado por Raphael Sanz y Valéria Nader para Correio da Cidadania, 2-4-2016.
Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
–Correio da Cidadania: ¿Cuál es su evaluación de la crisis política acentuada a partir del último día 4 [de marzo] con la conducción coercitiva del expresidente Lula a la Policía Federal y su nominación para la Casa Civil y la secuencia del proceso de impeachment de la presidenta Dilma Rousseff? ¿Podemos hablar de un golpe parlamentario, como usted sugirió en una entrevista para este Correio en noviembre de 2015?
Ricardo Antunes: De hecho, estamos viviendo una situación brasilera muy diferente y profundamente critica, si comparamos con el escenario que estábamos viviendo desde mediados de los años 80, cuando comenzó el proceso de la llamada “apertura” y, después, con las elecciones directas en 1989, que iniciaron un período relativamente democrático en Brasil. El cuadro se acentuó profundamente en 2015 por tres o cuatro elementos que vale la pena señalar.
El primer elemento fundamental es que se cerró el ciclo de gobierno del PT, que comenzó con los dos primeros mandatos de Lula, siguió con el primer mandato de Dilma y continúa ahora con el segundo. A poco más de un año y algunos meses de inicio del segundo mandato, la crisis llega a su punto más profundo.
¿Y por qué llegamos a esta crisis del gobierno del PT? Fundamentalmente, porque todo el proyecto de gobierno fue construido sobre una arquitectura, sobre una ingeniería política elaborada por un maestro de la conciliación brasilera, Lula, quien sostenía aquella idea de que este país sólo avanzaría si fuese capaz de organizar, vincular y aliar los dos polos de la tragedia brasilera. En uno de esos polos se encuentran los sectores de la alta burguesía financiera, agroexportadora, industrial, comercial y de servicios. Se trata, por supuesto, de una burguesía predadora que, desde hace décadas, viene acumulando riquezas a través de la penuria, de la explotación y hasta de la superexplotación de la clase trabajadora brasilera.
Ese proyecto, sustentado en una ingeniería política fundada en la conciliación de clases, pretendía beneficiar a los más ricos, minimizar la pauperización de los más pobres y llevar una ganancia relativa a las clases medias. Fue esa ingeniería de la conciliación la que convirtió a Lula en el único político brasilero comparable a Getúlio Vargas. Vargas fue un hombre de la conciliación por excelencia, y su trágico desenlace –el suicidio en 1954– ocurrió porque en aquel momento su política de conciliación entraba en una fase crítica.
¿Por qué falló la actual política policlasista de conciliación de polos opuestos de extrema riqueza y extrema pobreza? Por algunos elementos. La incapacidad del PT de percibir la profundidad de la crisis económica, que comenzó en 2008 y que llegó de modo devastador a los BRICS – Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica–, y también a Venezuela y vecinos sudamericanos, con más intensidad a partir de 2013, hasta tornarse una crisis profunda, tal como estamos viendo ahora a partir de 2015. Además de esa crisis económica, que tiene componentes globales, se trata de una crisis desigual y combinada que ocurre con más o menos intensidad en regiones y espacios nacionales. Comenzó en el norte del mundo –Europa, Estados Unidos y Japón– pero acabó llegando al sur y a los países intermedios de la periferia.
Esa crisis socavó y produjo el derrumbe del mito petista de la conciliación y de lo que erradamente se llamó “neodesarrollismo”. Este mito neodesarrollista se derrumbó a partir de las rebeliones de junio de 2013, cuando el PT estaba conmemorando los 10 años del gobierno Lula. La degradación pública de la salud, la educación y del transporte público, sumada a otras, comenzaba a mostrar que el mito de un país neodesarrollista que caminaba hacia el primer mundo era una ficción desprovista de cualquier base material.
Esto hizo que se produjese aquel movimiento de revuelta popular policlasista que juntó a los pobres de la periferia, a los jóvenes trabajadores ultraprecarizados de servicios, a sectores del movimiento estudiantil que habían creído que entrando en la universidad podrían tener un empleo mejor y percibían la falsedad de eso –o sea, pagaban la facultad privada por el Prouni (Programa Universidad Para Todos) para llegar a la conclusión de que aquello era un engaño y no traía empleos duraderos, ni calificados y ni perspectiva de futuro– y, especialmente a partir de un momento dado, asectores de las clases medias conservadoras. Todo eso sucedió en una coyuntura muy particular: la Copa de las Confederaciones, cuando la población percibió que iría para la FIFA lo que no iba para las políticas públicas de salud, educación, transporte, etc.
En ese momento existió una limitación importante de las izquierdas (de las corrientes a la izquierda del PT), reflejada en la enorme dificultad, especialmente de los partidos de izquierda, de percibir que aquel movimiento tenía como uno de sus elementos fundamentales una tendencia contraria a la institucionalidad completamente corrompida. El momento culminante de aquel movimiento fue el intento de entrar al Palacio del Planalto, la toma del Congreso y el descontento posterior, bastante politizado, a mi juicio, por las derechas.
En simultáneo con ese cuadro de crisis política, social y económica, que golpeó el proyecto del PT, se produjo el estallido de la Operación Lava Jato, que devastó al PT e hizo que una parte importante de los recursos públicos migrasen hacia las campañas electorales, con todos los beneficios y enriquecimientos privados que esto genera una vez que comienza como una especie de corrupción política para garantizar las elecciones del PT en la medida que, en el pasado, el Partido no tenía recursos del empresariado). Poco a poco, el PT se vio completamente involucrado con los peores sectores de la burguesía brasilera. Se creó una amalgama de intereses, una simbiosis, entre diversas fracciones de las altas burguesías brasileras –contratista, agroindustrial, industrial–, todo eso imbricado y comandado por el mundo del capital financiero, que veía en el gobierno del PT el mejor de los mundos. Una especie de gobierno semibonapartista que, incluso sin haber tenido su origen en las clases burguesas, aseguraba un crecimiento para esa gran burguesía como ella sólo había visto en los tiempos de la dictadura militar y en el gobierno Juscelino Kubitschek. O sea, el PT se metió en un territorio pantanoso y ahora está pataleando afuera. Es el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño) de Temer, Renan Calheiros, Cunha, y por ahí va. Inclusive los pequeños partidos que forman una significativa escoria política se beneficiaron del período de enriquecimiento que tuvieron en el segundo mandato de Lula y buena parte del primer gobierno de Dilma.
Cuando la crisis golpeó y llegó aquí con dureza, esas fracciones dominantes llegaron a un primer consenso: “¿En época de crisis quién va a pagar la carga de esas pérdidas? La clase trabajadora”. Y comenzaron a imponer al gobierno de Dilma medidas todavía más duras, brutalmente duras, contra la clase trabajadora, que agudizaron la fosa entre el gobierno del PT y su esquema de alianzas pantanosas (el impeachment hoy está siendo impulsado por ese mismo pantano donde se van cayendo los cuerpos). Es este contexto, las fracciones dominantes comenzaron a exigir que la carga de la crisis fuese enteramente pagada por los asalariados: cortes en seguro del desempleo, en la Bolsa Familia y así sucesivamente.
En ese contexto, las propias fracciones dominantes comenzaron a discutir quién va a perder menos con la crisis, ya que todas ellas tienden a perder un poco, a excepción de la burguesía financiera, que puede utilizar su dimensión especulativa y ficticia.
En un momento, las burguesías empezaron a disputar entre sí sobre quién perdería más o menos. Esto se dio en 2015, ya que en las elecciones de 2014 Dilma todavía tenía a una parte del empresariado que la apoyaba, mientras que otra parte ya apoyaba abiertamente el esquema del PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña), que era el de la barbarie pura y simple. Al final, el tucanato siempre se destacó por estar dotado de una absoluta insensibilidad social (y Aécio Neves es una expresión perfecta de esa insensibilidad social y de un privatismo devastador).
Muy bien, ganó Dilma con el apoyo de parte del empresariado, en tanto la otra parte estaba en la oposición. Y después de su toma posesión en 2015, se le suma la percepción de que la corrupción venía siendo implementada por el gobierno petista o por el PT en el gobierno y partidos aliados (PMDB, PP, y esos varios agrupamientos de alquiler que estaban en torno al gobierno de Dilma). Fue cuando se develó esa corrupción profunda y se llegó a la situación en la que se encuentran hoy las clases dominantes: en este contexto de crisis, el gobierno no les interesa más.
 
CdC: Usted afirmó en una entrevista anterior que “el PT está siendo completamente fagocitado por una política de conciliación que implicó entregarse de cuerpo y alma al demonio, al capital. Ahora es vomitado y devuelto, porque no interesa más. El demonio quiere de vuelta a los viejos ejecutores de su política”. ¿Cómo se relaciona esa afirmación con la actualidad de la crisis del lulopetismo?
RA: Incluso aunque que ese gobierno haya hecho todo lo que le exigieron desde 2003, las clases dominantes dicen que “ahora es el momento de limpiar”, o sea, descartar un gobierno servil e introducir un gobierno propio para garantizar la propia dominación. Vale decir que la dominación burguesa en Brasil siempre alternó entre conciliación por arriba y el golpe. En cuestión de conciliación, Getúlio y Lula fueron los grandes nombres con salvedad de que Getúlio era un estanciero de las pampas y Lula fue un obrero metalúrgico. Y eso muestra una enorme contradicción en la política de conciliación de clases del PT, ya que Lula es oriundo de las clases trabajadoras mientras que Getúlio venía de la burguesía.
Las clases dominantes, de modo cohesionado, decidieron colocar fuera a Dilma durante el 2015 y hoy esa decisión se consumó. La FIESP (Federación de Industrias del Estado de San Pablo), FEBRABAN (Federación Brasilera de Bancos), asociaciones comerciales, grandes medios: todos están diciendo que el gobierno Dilma no les interesa, cerrando el ciclo de conciliación por arriba. Ahora es el momento del golpe. Pero no es un golpe militar como en 1964: es un golpe urdido en el pantano parlamentario.
Marx ya decía en el 18 Brumario (recuerdo aquí de memoria) que el parlamento francés había llegado a su condición más degradante y más degradada. Y eso que Marx no vio al parlamento brasilero, que es incomparable con el francés. El parlamento brasilero es el pantano en su volumen muerto. Y prefiere utilizar un instrumento legal, como el impeachment, a partir de una maniobra ilegal. La cuestión no es si el impeachment es golpe o no. El impeachment es una institución presente en la Constitución de 1988, que se torna golpe cuando las causas que podrían llevar al a que se consume están siendo forjadas sin prueba material y cabal. Hoy, 29 de marzo de 2016, no hay ninguna evidencia cabal de que el actual gobierno de Dilma haya cometido un delito que pueda llevar a su destitución por impeachment. O sea, la cuestión no es si el impeachment es legal o ilegal, la cuestión es que el impeachment que está en curso burla la legalidad pues no hay evidencia que lo sostenga. Las evidencias pueden aparecer mañana o más adelante, pero todavía no aparecieron. Entonces, hoy es un golpe.
Si imaginamos que los recursos de la campaña de 2014 provienen de la corrupción de Petrobras y ellos eligieron a Dilma y Temer, esos mismos recursos irrigaron la campaña de Aécio. Entonces, si fuéramos hasta el final de la línea, el TSE (Tribunal Superior Electoral) tendría que cancelar las elecciones. Eso para no hablar de Eduardo Campos, que es un caso inusitado: el único que conozco de un avión que no tiene dueño. Un avión, que es una cosa carísima y que no tiene cualquier burgués. O sea, la corrupción se presenta en todas las candidaturas burguesas.
Pues bien, el golpe parlamentario encontró un aliado imprescindible para un golpe judicial. Porque si la Lava Jato comenzó encarcelando empresarios, ese es un nuevo dato de la realidad brasilera, ya que nunca tantas expresiones del capital encarceladas. Poco a poco, esta Lava Jato fue asumiendo una clara connotación de parcialidad política expresada en la siguiente proposición: “Es hora de aniquilar el gobierno del PT”.
Este proceso de aniquilación y liquidación del gobierno del PT no mantuvo un correlato de investigación de la corrupción de los gobiernos del PSDB. Por ejemplo, Fumas comprometiendo a Neves, la construcción de rutas beneficiando a la familia de Aécio y una serie de elementos conocidos que envuelven al PSDB. La corrupción en los subterráneos de San Pablo, en los alimentos y en la seguridad pública, la corrupción en Paraná. Todo eso fue puesto debajo de la alfombra y todo el estado de excepcionalidad jurídica se volcó solamente contra el PT, sin afectar la enorme corrupción que también existe en el tucanato y sus aliados.
Lula tiene que ser juzgado. Y si se demuestra que Lula utilizó recursos públicos –del pueblo brasilero– para beneficiar su vida privada, tiene que pagar por eso. Pero también Fernando Henrique Cardoso. ¿Es plausible que la empresa que controla la masa de recursos de los free shops de los aeropuertos se haya otorgado como negocio a la “compañera” que FHC tenía en el exterior? Es tan repulsivo como las acusaciones hechas contra Lula el mal uso de recursos públicos en beneficio privado.
Entonces, para cerrar la cuestión, se gestó un golpe parlamentario-judicial que impuso una legislación de excepción para poder articular con una prensa poderosísima y con un parlamento pantanoso con el fin de garantizar el golpe. Es inaceptable que el parlamento que está comandando el impeachment sea dirigido por la expresión más corrupta entre los políticos brasileros desde Collor. Eso no significa ser complaciente con los gobiernos petistas, que por su vez están en un proceso de crisis prácticamente terminal.
El lulismo es responsable de esto. La elección de Dilma como sucesora fue una imposición de Lula y, en ese momento, yo escribí que era un grave error. Aunque Dilma pueda estar en el plano personal –hasta el presente– limpia de corrupción en beneficio propio, ella es de una incapacidad política completa. Yo dije en 2010 que ella ganaría ya que Lula tenía el 80% de aprobación y, transfiriendo la mitad de esos votos, podría elegir un puesto. Pero en una época de crisis, la presidenta tiene que tener un fuerte respaldo político, y ella no tiene.
La crisis es profunda, terminal, en lo que se refiere al proyecto del PT. No veo posibilidad de que el PT se reponga como partido de izquierda. Hay sectores importantes del PT que nunca se metieron en ese tipo de práctica, como Olívio Dutra y Tarso Genro, por citar algunos ejemplos de Río Grande del Sur, pero también nunca fueron capaces de confrontar el alma del lulismo. Por tanto, para que el PT pueda salir de la fase en que se encuentra hoy, en medio del pantano, sería necesaria una depuración de sus núcleos más comprometidos con la corrupción, lo que implicaría una crítica radical al lulismo y una separación definitiva entre petismo y lulismo. Pero como esa relación es umbilical y quien dirige al PT es el lulismo, la crisis es profunda.
Independiente de esto, los poderes judiciales y parlamentarios no están actuando con equilibrio ni en tono ecuánime. Toda la voracidad que demuestran para demoler al gobierno del PT, no se hace en relación con el PSDB. Y confieso que Lula no debería haber sido conducido de manera coercitiva. Es obvio que él no precisa de eso. Esto es inaceptable incluso en una democracia burguesa. Y eso no ocurrió porque el PT haya realizado políticas populares, sino porque la clase dominante percibió que llegó la hora de cambiar un gobierno servil por un gobierno con la marca de la oligarquía dominante. Ellos no precisan más del siervo, ahora quieren un príncipe para imponer una política brutal de destrucción de los derechos de la clase trabajadora.
 
CdC: ¿Cómo evalúa las masivas manifestaciones de la oposición de derecha que llevaron a millones de personas a las calles en el mes de marzo? ¿Qué piensa de la cobertura que la gran prensa hizo de ese proceso?
RA: Ninguna medida que inicie una ruptura de esa intensidad, con la destitución de un presidente de la República, sin que haya prueba cabal del delito cometido, es posible sin contar con un apoyo decisivo de los medios.
Durante toda la semana que precedió a la manifestación del último 13 de marzo y también durante ese domingo, hubo una campaña de todos los órganos de radio, televisión y prensa escrita. Especialmente la radio y la televisión hicieron una campaña devastadora para que la población saliera a la calle a pedir la dimisión del gobierno. Esto muestra la completa incapacidad del PT, en su política de conciliación, para establecer mínimamente una política que obligara a los medios privados, que se habían beneficiado de las concesiones de radio y televisión, a informar a la población.
Es evidente que el golpe parlamentario-judicial fue intensamente “popularizado” por esos medios privados de comunicación. Las escenas de matrimonios blancos de clase media llegando a la manifestación con sus hijos al cuidado de sus niñeras, sumadas a los idiotas que cantaban frente a la FIESP, son emblemáticas. Esas manifestaciones toman a la FIESP como un espacio arquitectónico que simboliza sus gritos.
 
CdC: ¿Qué se puede esperar para el mundo del trabajo en este contexto, en un momento en que el desempleo continúa subiendo?
RA: A escala global, estamos en un momento histórico, donde se trata de arrebatarle a los trabajadores lo que resta de sus derechos. El caso brasilero es todavía más emblemático, porque la CUT (Central Única de los Trabajadores) en los años 80 fue una fuerte barrera contra la precarización del trabajo.
La Constitución de 1988, resultado de la Asamblea Nacional Constituyente de 1986/1988, consiguió garantizar ciertos derechos gracias a las luchas de los sindicatos, de la CUT, del PT y de otros partidos de izquierda y movimientos sociales como el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra). En aquella época, la Constitución todavía era vista por nosotros como relativamente conservadora, con avances razonables. Ahora, las clases dominantes quieren, en su gobierno, un príncipe oligarca para así devastar esas conquistas: una verdadera política de tierra arrasada. Tendremos tercerización total si no hay resistencia, además de flexibilización total y contratos cero hora.
El zero hour contract apareció en Inglaterra hace unos años. El trabajador está disponible para trabajar. Permanece así uno, dos, tres días con el celular prendido; en el tercer día es llamado para hacer una actividad de una hora. La hace, en general en el sector servicios y recibe pago por una hora y no por las 72 horas en las cuales estuvo disponible. En Brasil ya tenemos médicos, personal de limpieza, de comunicación y varios sectores de servicios funcionando así. Usted llama a un médico para una consulta en su casa; él lo atiende, y una parte del pago va a la empresa a la que está afilado. Es una especie de “uberización” del trabajo. La aplicación Uber es un ejemplo de eso. Ni bien tomó posesión de su cargo el presidente conservador del Tribunal Superior del Trabajo, propuso la tercerización total, afirmando que es buena para la clase trabajadora. Sería grotesco si no fuese trágico.
Por suerte, todavía tenemos sindicatos combativos. La Conlutas (Central Sindical y Popular), la Intersindical y sindicatos de clase resisten. Tenemos los sindicatos de metalúrgicos de San José de los Campos de Campinhas, del ANDES, sindicato nacional de profesores, sindicatos de funcionarios públicos y otros. Tenemos sindicatos que todavía tienen una relación con la CUT y que son presionados por las bases. Hay sindicatos que no están comprometidos en las luchas de las centrales, pero que tienen una sensibilidad. Eso sin contar una amalgama de importantes movimientos sociales de la periferia. El MTST (Movimiento de los Trabajadores Sin Techo) tiene, a su vez, una fuerte organización de base y las ocupaciones todavía se hacen, muchas veces por fuera de las direcciones.
En ese cuadro profundamente nefasto, por lo menos se acabará la ilusión con este gobierno y con la idea de un “gobierno en disputa”. Un gobierno Temer, Aécio, Alckmin o sus aliados, traerá una guerra de clases abierta sin la ilusión del lulismo. Eso porque el lulismo debilitó mucho a la izquierda y no tomó ninguna medida estructural para beneficiar –estructuralmente hablando– a la clase trabajadora. Acabó perdiendo mucho apoyo popular por eso. Pero el lulismo tiene un trazo mesiánico, del líder, y cuándo ese líder es atacado consigue, aunque esté en volumen casi muerto, alguna cosa.
La desesperación de Lula es un intento de decir que todavía tiene respaldo, y por cierto que lo tiene. Combina mucho más con un liderazgo carismático y mesiánico y también con el hecho innegable de que la fuerza popular de Lula fue sedimentada a lo largo de los años. Una parte muy grande de esa base de apoyo de Lula fue corroída, pero no está completamente eliminada. Eso es con lo que Lula juega desesperadamente. Es su última carta y, comparada a lo que fue Lula en los años ’80, es una expresión lastimosa de sí mismo.
Es claro que, para la población pobre de las periferias (no necesariamente la población que se beneficia del Bolsa Familia), que sufre la violencia urbana, la brutalidad de la policía militar, el desempleo altísimo, con datos oficiales de más de 10 millones de desempleados (pero con un nivel superior a eso, pues los medios de medir son limitados), es más complicado. Por ejemplo, una persona que busca empleo desde hace un mes no entra en esa estadística, pero eso no significa que no esté desempleada. Buscar empleo es muy trabajoso: usted se levanta de mañana temprano, se prepara, precisa dinero para un transporte, para comer en la calle, para ir a una fábrica, a otra; todo para oír una serie de “no” y, al final, volver a casa con todavía menos recursos de los que tenía en la mañana. Todo eso va deteriorando a la población.
Por otro lado, la población de la periferia también percibe que hay una articulación urdida por las derechas. Sabe que el tucanato no la representa. Ella sabe que, con las derechas, la cosa será peor todavía. Incluso a pesar de la pérdida de apoyo que Lula tuvo entre los sectores de clase baja, todavía está ese pensamiento. Y es a partir de esos vínculos entrañables que él intenta mostrar que no es un líder muerto, aunque se encuentre a millones de kilómetros del líder vivo de los años 80. Hay una distancia abismal.
Basta recordar que, cuando Lula salió al inicio del mes de la Policía Federal, fue a la sede el PT e hizo un discurso en el cual afirmó que los empresarios de la construcción pagan impuestos y deberían ser mejor tratados. También, todavía en su primer mandato, Lula había dicho que los verdaderos héroes brasileros eran los patrones de la agroindustria; como nunca desmintió esa frase o salió a decir que era una ironía, mostró el tamaño de la decadencia ideológica del lulismo.
 
CdC: Ya que no hay salida con el lulopetismo ¿es posible alguna salida institucional en defensa del gobierno, teniendo en consideración la selectividad de nuestro actual Estado de Derecho y el daño causado a todos los sectores de la izquierda y a la población de bajo ingreso?
RA: La población trabajadora sabe que nuestra institucionalidad está comprometida en todas sus esferas. En el Ejecutivo, en el Legislativo, en el Judicial, en las policías… O sea: la degradación institucional brasilera llegó al punto más agudo, de modo que la alternativa no pasa por una reforma política dentro del orden. La alternativa pasaría por un movimiento popular de las clases trabajadoras, de los movimientos sociales, de las periferias, buscando una nueva forma distinta de la que hoy está presente.
Las izquierdas debaten mucho un tema que ya debería estar mejor reflexionado: “¿pero, al final, qué es lo más importante: un partido, un movimiento social o un sindicato?” Mi respuesta es que lo más importante es aquel movimiento social, sindical o político que toca nuestras raíces y miserias.
Por ejemplo, los partidos de izquierda y anticapitalistas en general alguna imagen de la sociedad que quieren crear. Los partidos socialistas dicen que debemos luchar fuertemente contra la corrupción, pero saben que eliminar la corrupción en el capitalismo es una falacia. Existe corrupción en Noruega, en los Estados Unidos, en el Japón. Lo que se puede hacer es disminuir el nivel de saqueo a lo público, pero eliminarlo es otra cosa. Hacerlo supondría, para comenzar, eliminar el propio capitalismo.
Los partidos de izquierda, por tanto, tienen un futuro más o menos definido de a dónde quieren llegar, pero tienen una enorme dificultad de entender el aquí y el ahora. Incluso en la izquierda, los partidos están muy preocupados por las elecciones. El país se está acabando, la institucionalidad está corrompida hasta la médula... ¡y los partidos preocupados por cuál será la candidatura de 2028!
De los movimientos sociales, tal vez podamos decir lo contrario. Ellos nacen a partir de una cuestión crucial de la vida cotidiana. El MST quiere tierra para trabajar, vivir, alimentarse y sobrevivir; MTST quiere techo, porque no hay un mínimo de dignidad humana si los trabajadores y sus familias no tienen donde vivir; el MPL (Movimiento Pase Libre) lucha por la desprivatización del transporte público; etcétera. Los movimientos sociales tienen mucha vitalidad, pero es mucho pedir que esos movimientos, incluso tomando en cuenta esa lucha intensa y vital por la vida, puedan diseñar y concebir claramente un proyecto de futuro más allá del capital. Porque la lucha del día a día es muy pesada. Cuando se lucha por casa y comida, o sea, por la supervivencia vital, resulta difícil pensar profundamente sobre el mundo que queremos.
Los sindicatos por su vez están más próximos a los intereses inmediatos de la clase trabajadora, pero muchas veces se pierden en esos intereses inmediatos o son prisioneros de un burocratismo y de una política negociadora y de conciliación. Eso puede hacer que pierdan frecuentemente el sentido de pertenencia de clase que deberían tener.
El desafío no es ver cuál de esos son más importantes. Es preciso acabar con las jerarquías preestablecidas. Nuestro punto de partida es partir del hecho de que esas son nuestras herramientas. Son los sindicatos de clase, los partidos y movimientos sociales de clase y de base, autónomos, que componen la miríada de formas de resistencia y, junto al avance de las asambleas, en las calles, fábricas y periferias, los capaces de luchar por una alternativa real y positiva, por una política radical, que pueda proporcionar una transformación política venida de la clase trabajadora, de los asalariado en general y de los movimientos sociales. El desafío es buscar una alternativa de la construcción política de nuevo tipo que deconstruya la institucionalidad que hoy es dominante.
Es claro que en el momento actual tenemos que impedir que la Constitución sea burlada por un golpe ilegal con apariencias de constitucionalidad. Pero ese es tan solo nuestro punto de partida de hoy, de ahora. Mientras tanto, es preciso recomenzar por la base, por los movimientos sociales, sindicales y políticos que tengan vida y autenticidad en el mundo cotidiano, por la clase trabajadora y la impulsión de la periferia.
 
CdC: Una de las tesis que usted ha propuesto es la de que el PT cavó su propia tumba a partir de una creciente despolitización y desmovilización de la clase trabajadora brasilera, que culminó con un debilitamiento de la izquierda. En la línea de los que está siendo discutido ¿qué salidas a la izquierda pueden ser encontradas y cómo evalúa el Frente Pueblo Sin Miedo?
RA: El PT creyó en la tesis de Margaret Thatcher acerca del “capitalismo popular”, en la ideología y en la alianza capital-trabajo en pro del crecimiento del país. Es decir: creyó en una cosa muy vieja y abandonó lo que tenía de más positivo cuando era comenzó: su osadía y pujanza de clase.
La cosa más importante que ocurrió en Brasil en 2015 fue el movimiento de los estudiantes secundarios. Ya el Frente Pueblo Sin Miedo participa de alguna tentativa de diferenciarse del Frente Brasil Popular. Comenzando por los estudiantes secundarios, lo que el movimiento hizo en San Pablo fue importante. Ante un gobierno nefasto y privatizador, contrario a lo público y antisocial, ocurrió una espectacular rebelión de la juventud, de estudiantes, del país, amigos, profesores, de los barrios afectados, de las periferias, etcétera, que pareció a la rebelión estudiantil de Chile en 2011, que dio vuelta la cabeza del país en la medida que se trató de un movimiento que se levantó contra mercantilización de la educación, que había comenzado en la dictadura de Pinochet y continuaba con los gobiernos posteriores de la Concertación y el derechista de Piñera.
En San Pablo, la rebelión dejó al gobernador tucano completamente desconcertado, pues ganó una muy fuerte adhesión popular. Ese es un ejemplo emblemático de lo que decía anteriormente, de que la respuesta viene de la periferia, de los movimientos organizados, con mayor autonomía y por la base. Cerraron escuelas, y la respuesta fue colocar madres de los alumnos dentro de las escuelas para defender los derechos de sus hijos, oponiéndose a la política tucana que pretendía “mejorar la educación reduciendo las escuelas y todavía teniendo que estudiar cada vez más lejos de la casa”. [...].
El Frente Pueblo Sin Miedo requiere una discusión cuidadosa de nuestra parte. Por ejemplo, creo que el MTST, es una de las más importantes experiencias de la población pobre de Brasil, porque ella permitió la percepción de que nuestro país es tan desigual, y el ingreso tan concentrado, que queda claro que la arquitectura de nuestras ciudades presenta una contradicción visceral. Los ricos enclaustrados en condominios hipersofisticados, al mismo nivel de la alta burguesía europea y norteamericana, y los pobres en las favelas, en las periferias sin saneamiento, sin espacios libres, además de sufrir la violencia de las Policías Militares y las tantas brutalidades que golpean a los pobres.
El MTST surge de ese universo y tiene trazos de ser un movimiento expresivo que viene de las periferias. Una de las referencias que vi recientemente de Boulo (dirigente del MTST) es que él hablaba de que el gobierno de Dilma mostró que la política de conciliación se había terminado. Debemos agregar, también, que acabó el lulismo, o sea, la idea de que un líder sustituye a la clase trabajadora para practicar “la gran política”, es la peor modalidad de la política debido a su aspecto burgués y servil. [...].
Pero respecto del PT, en cuanto partido de izquierda, popular y de masas, francamente, no veo posibilidades de que resurja. El PT en el poder siempre rechazó un debate a propósito de la izquierda. No recuerdo a Lula, ni una vez, en todos sus años de presidente, hacer alguna mención positiva a las izquierdas, inclusive dentro del PT. Una desconsideración total. Claro que al PT le interesaba preservar sus sectores de izquierda, pero el lulismo siempre los aceptó como algo marginal, nunca como centro, en la medida que el lulismo apuntaba a la conciliación de clases. Y, en última instancia, acababa en la personalización de la política, donde el líder siempre tiene la última palabra.
 
CdC: ¿Qué vislumbra para las próximas semanas y meses de la política brasilera? ¿Cree que Dilma cae o se mantiene?
RA: Es muy difícil dar una respuesta. Especialmente cuando nosotros, al mismo tiempo en que pensamos como intelectuales, intentando presentar algo reflexivo, pensamos como seres comprometidos. Que Dilma tenga condiciones de mantenerse hasta 2018 es una posibilidad muy remota, porque ella está siendo absorbida por las clases dominantes, después de ejercer la política del lulismo consistente en ser dios (aunque minúsculo) y el diablo en la tierra del sol. Las ratas que que anclaban el gobierno de Lula y Dilma están carcomiendo al navío. El PMDB rompió con el gobierno y este que fue el gran resultado de la ingeniería de Lula. La política policlasista que hizo al PT dejar de ser un partido de izquierda está siendo fagocitada.
Los núcleos partidarios que el PT pensaba como puntos de apoyo absorbieron su política. Es una situación muy crítica. Si Dilma fuera destituida y asume el vice, Temer –también envuelto en los mismos problemas, además de acumular denuncias por corrupción personal–, él no podría tener soporte legal y constitucional. El peligro de la Operación Lava Jato es parar luego de la separación de Dilma, como si fuese un objetivo cumplido. Un poder judicial moralista puede considerar misión cumplida y decir “ahora el trabajo está finalizado”. Eduardo Cunha o Renan Calheiros, los otros sucesores, serían la tragicomedia más absurda.
Es muy difícil de imaginar, entonces, lo que puede ocurrir. La situación de Dilma es crítica, pero entramos en una época en que la población asalariada de las periferias está percibiendo que, independientemente de apoyar a Dilma o no, un golpe está siendo urdido. Y entraremos en nuevas luchas sociales, lo que va a generar mucha represión a los movimientos sociales. Un riesgo efectivo, por la provocación de amenazante Ley Antiterrorista, que es una ley arbitraria y de excepción. Estamos, entonces, viendo en Brasil el montaje de un Estado de excepción sin que haya golpe militar. Y solamente tenemos una alternativa: recomenzar, basados en las experiencias citadas arriba, esto es, de los secundarios, del sindicalismo de clase, como la Conlutas e Intersindical, de luchas por la bases, de los movimientos sociales de tierra, de vivienda, etcétera.
Para que no caer en el pesimismo o incluso en la melancolía, tenemos un mosaico de luchas y movimientos sociales, experiencias muevas. Hubo un avance muy significativo de movimientos moleculares de las clases populares y trabajadoras. ¿Cómo hacer para que tales movimientos alcancen un nivel de organicidad que los aproxime más, en lugar de aislarlos? ¿Cómo avanzar una nueva política radical, cómo soldar lazos de solidaridad y de pertenencia de clase, al revés de quedarnos en la política de fraccionamiento y fragmentación?
Es el desafío para el próximo período.