Consideraciones sobre las perspectivas políticas del voto en blanco

Thwaites Rey, Mabel

 
Texto enviado por su autora para su publicación en esta seccion de Herramienta
 
La mayoría de las fuerzas políticas de izquierda llaman a votar en blanco en las próximas elecciones del 22 de noviembre: el FIT (PO, PTS e IS); los otros dos partidos trotskistas que se presentaron a las PASO con candidatos propios: el MAS y el MST; los dos grandes agrupamientos en que quedó escindida la izquierda autónoma y que apoyaron al FIT: el Frente Popular Darío Santillán Corriente Nacional y Pueblo en Marcha (Frente Popular Darío Santillán-Democracia Socialista-Movimiento por la Unidad Latinoamericana y el Cambio Social-El Avispero-Corriente Surcos-La Emergente); la Corriente de Organizaciones de Base La Brecha, la Izquierda Revolucionaria y otras agrupaciones. La única fuerza de izquierda independiente que llama a votar contra Macri, hasta el momento, es Patria Grande.
 
Una primera consideración se refiere al papel estratégico que tiene el llamado a votar en blanco para lograr un aglutinamiento entre todas las fuerzas que integran ese espacio. Y la segunda apunta a identificar la incidencia que tuvo el voto en blanco o anulado y el ausentismo en las últimas elecciones de cara al escenario de noviembre.
 
1-   Las agrupaciones y partidos de izquierda han venido batallando durante toda la década kirchnerista para no perder su identidad, frente al impulso de las políticas y militancias nac&pop. En su variante trotskista, lograron conformar un frente de tres partidos que perdura desde 2013, integrado por el Partido Obrero, el PTS e Izquierda Socialista. Hasta las PASO de agosto, el PO tenía un rol preponderante y disputado por el PTS, que logró imponer la candidatura presidencial (Nicolás del Caño y Myriam Bregman) en una reñida contienda que tuvo un sorprendente resultado. Tanto el MAS, como el MST y Autodeterminación y Libertad, que se articula alrededor de la reconocida figura de Luis Zamora, no confluyeron en el FIT y optaron por mantener sus identidades trotskistas de manera separada. Por el lado de la izquierda independiente, el Frente Popular Darío Santillán, que supo aglutinar a un espectro amplio de la izquierda autónoma, terminó desmembrado en dos agrupaciones, a su vez rearticuladas junto a otras más pequeñas. Pese a estas escisiones, este espacio incluyó algunos candidatos en las listas del FIT o llamó a votarlo en las PASO y en las generales. 
 
Es remarcable el esfuerzo que hacen algunos dirigentes y militantes de izquierda para confluir en una identidad común, aunque esto dista de verse reflejado en un genuino frente en el que confluyan todas las vertientes, con sus particularidades, de modo de lograr la siempre esquiva unidad, anhelada por un espacio mucho más amplio que el núcleo militante activo de cada agrupamiento. Precisamente, el llamado a votar en blanco va en línea con mantener una estrategia de unidad de las agrupaciones de diversas tradiciones, que pueda ir más allá de noviembre, y que sirva para articular las luchas populares que se da por descontado que vendrán, por el contexto económico y por el perfil de los candidatos en pugna. El llamamiento simultáneo al voto en blanco es, en este sentido, una forma de mirarse al interior del espacio -para preservarlo y fortalecerlo- y de mantenerse de algún modo unificados.
 
El argumento central del voto en blanco es que ambos candidatos son iguales, que representan a las patronales y que aplicarán similares programas de ajuste y castigo a la clase obrera y al pueblo, con represión si es necesario. Se afirma que quien gane con muchos votos los usará para legitimar su programa y por eso sumar votos en blanco es una forma de deslegitimación popular que condicionará las políticas a aplicar. La cuestión es qué magnitud debería tener el voto en blanco para producir los efectos que se quiere procurar y en qué segmentos se pretende –y es posible- disputarlo. Algunos dirigentes ven un piso del 5%, contando los porcentajes obtenidos por todas las agrupaciones en las PASO.
 
2.  Esto nos lleva a una segunda consideración, que implica analizar las características del voto en las generales, respecto del de las PASO.
 
En las elecciones del 25 de octubre, el FIT sumó 65.180 votos con relación a las PASO. De 732.000 llegó a 798.000. En teoría, podría haberse beneficiado de los 199.522 votos que dejaron disponibles el MAS y el MST-NI, los otros dos partidos de tradición trotskista que no lograron ser habilitados en las PASO. Si se asume que la totalidad de los votos sumados por el FIT provienen de ese espacio, quiere decir que unos 140.000 votos, entonces, no se desplazaron a esta opción. Podría pensarse, entonces, que tales electores engrosaron el voto en blanco o que no votaron. Sin embargo, el voto blanco y nulo bajó del 6% (1.470.740) en las PASO al 3% (784.691). Además, entre agosto y octubre la participación electoral subió del 75% al 79% del padrón habilitado: hubo 1.869.765 votos positivos más que en las PASO.
 
También el Frente Progresistas de Margarita Stolbizer perdió en las generales 160.400 votos. Bajó de 781.400 a 619.000. Sus dirigentes aún no tuvieron una definición orgánica en común, pero Vicky Donda, de Libres del Sur, adelantó su preferencia por no votar a ninguno de los dos candidatos. Es una incógnita en qué proporción los votos de ese frente podrían engrosar las filas del voto en blanco.
 
La cuestión, entonces, es mirar el cuadro general y el estado de las preferencias que parecen expresar los comicios. Mientras Scioli incrementó su caudal en sólo 281.669 votos (3%), Massa, lejos de retroceder por la polarización, sumó 572.300 votos más (12%) y Macri logró atraer 1.591.332 votos (23% más que los obtenidos en agosto). Es decir que más del 80% de los votos positivos que se sumaron a la elección fueron para Macri.
 
Este cuadro supone un gran desafío para la izquierda que propone el voto en blanco. Porque la tendencia parece encaminada a que crezca la participación, disminuya el voto en blanco y se opte por la polarización que ya quedó consagrada. El discurso de que ambos candidatos son idénticos y por eso no hay que votarlos, puede servir para aglutinar a los núcleos militantes ya convencidos, pero no parece probable que el grueso de los votantes del FIT se resigne a no decantar su voto por el candidato que le guste más, le disguste menos, o le permita oponerse al que le resulte detestable. La invitación a “no te metas en esa interna que no es tuya” no parece demasiado atractiva para quienes se molestan en ir a votar y que quieren contribuir a definir algún escenario.
 
Si se parte del supuesto de que el 95% del electorado no entiende nada y que se deja llevar de las narices por el chantaje que le proponen las elecciones burguesas y su selección de candidatos patronales, el cuadro se pone aún más complicado. Pareciera, más bien, que la inmensa mayoría prefiere asumir la interpelación electoral (crea o no en el sistema y en sus candidatos) e inclinarse por alguna de las opciones que finalmente quedaron en juego. Es aquí donde el llamado a la abstención resulta menos productivo y donde se hace necesaria, nuevamente, la clarificación estratégica de escenarios sobre los que se darán las próximas luchas populares. Dentro de las opciones que produce el sistema hay matices, a veces menos banales para la vida cotidiana de lo que indican los trazos gruesos que supone el análisis macro de la estructura económica y social.
 
La pregunta, entonces, es si se irá a buscar el voto en blanco de los sectores populares que votan a Macri porque están disgustados con la inflación, las políticas sociales insuficientes, la inseguridad, la corrupción de estructuras de gestión, porque no la quieren a la Presidenta, o por cualquiera de las justas razones que puedan tener para sentirse defraudados. O entre los votantes de Scioli, que aún confían en una estructura política a través de cuya mediación consideran que obtuvieron conquistas. No parece ser una tarea fácil convencer de que no voten a Scioli porque lo que hicieron los gobiernos K es malo, insuficiente o errado, cuando quien puede ganar la presidencia es un conservador declarado como Macri. Votar en blanco es ejercer una abstención muy consciente, con un sentido muy profundo y una convicción muy clara que, a juzgar por el escenario que se presenta, no parece disponible. Un voto en blanco productivo, de peso, con significación y capacidad de incidencia debería superar el 20%.
 
Por eso, el llamado al voto en blanco le puede servir a la izquierda para aglutinar sus propias fuerzas, para activar la militancia, para establecer algunos acuerdos, preservar la conciencia de mucha gente irreductible a las opciones binarias, entre otros haberes en la cuenta de crédito. No son subestimables ni impugnables, pues es cierto que a esta encerrona hacia la derecha no nos llevaron las fuerzas de izquierda y la responsabilidad del oficialismo no puede menguarse de ningún modo. Por eso es poco probable que estos agrupamientos de izquierda se inclinen por la candidatura de Scioli, como les reclaman airadamente desde el kirchnerismo, provocando, a su vez, una respuesta tajante y menos permeable. Son años de disputar el sentido de lo que se considera “de izquierda” como para pretender que se cambien sin más y sin otro tipo de mediaciones. Por otra parte, no es razonable enojarse con la izquierda por su postura de independencia y cargarle todos los males cuando su fuerza electoral apenas superó el 3%. Es falaz e injusto. Visto desde la perspectiva de izquierda, lo que me parece más significativo y preocupante es que esta opción difícilmente sirva para contener no ya el voto, sino la lucha y la confianza de los sectores populares a los que se les propone una opción “correcta” desde la perspectiva de clase. Si se sabe de ante mano que ambos candidatos van a traicionar la voluntad honesta de sus votantes (que apostarán por alguno de ellos, aún creyendo mucho, poco o nada en las promesas de campaña), difícilmente la mejor estrategia sea decirles a esos votantes, implícitamente, “como yo sé lo que va a pasar, no te acompaño, y cuando pase el desastre, te voy a recordar que yo te avisé y no me hiciste caso”. La expectativa en la desilusión de los simpatizantes y militantes del espacio nac&poc, su toma de conciencia y su decantación hacia las perspectivas revolucionarias es una estrategia clásica de la izquierda que, peligrosamente, lleva a algunas posiciones a entusiasmarse, una y otra vez, con el “cuanto peor, mejor”. Como si la dureza de las condiciones de vida fuera, por sí misma, un maestro eficaz para despertar conciencias y voluntades. Sobran los ejemplos históricos para refutar esta tesis.
 
No es necesario negar la realidad y se pueden denunciar las inconsecuencias e inconsistencias, mostrar las fallas, señalar las grietas, proponer un camino alternativo. Pero tiene que ser siempre caminando al lado, a la par, al mismo paso y escuchando, también, cierto instinto de supervivencia popular que no es mero atraso político, cooptación o clientelismo puro y duro. Hay cuestiones más complejas en la construcción de identidades políticas que no son fáciles de desanudar y menos, con el dedo alzado y en actitud admonitoria. Tal vez, solo tal vez, digo, los compañeros de izquierda, que son honestos, que luchan, que ponen el cuerpo en las peores circunstancias, que sostienen, que van para adelante, se atrevan a decir: “para nosotros, lo mejor es votar en blanco para acumular fuerza de rechazo a este sistema opresivo y sus candidatos de derecha ajustadora. Te propongo que nos acompañes en esta larga y difícil lucha. Pero si querés votar, al menos, no lo hagas por Macri”.