Megaproyectos, depredación capitalista y formación de un sujeto antagónico

Megaproyectos, depredación capitalista y formación de un sujeto antagónico
M. Edelmira García Martínez (Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla)
edelmira.toaltepeyolo@gmail.com
Introducción
En el mundo de hoy convulsionado por la devastación, actuar y pensar teniendo como horizonte ya visible la transformación que se está produciendo desde dentro del núcleo de la modernidad capitalista -la cual la humanidad en su conjunto, de forma consciente o no, compartimos y cada vez más padecemos-, requiere un quiebre conceptual y práctico, de la concepción del presente y el futuro mostrado por la ideología del progreso capitalista como inexorable. Desde mi punto de vista, realizar esta compleja tarea, a partir del derrotero de la producción de conocimiento académico, se hace posible únicamente en el acercamiento crítico a las historias en curso, que están siendo generadas por el hacer político de sujetos en lucha, que se revelan y resisten, en el ámbito de la vida cotidiana, a esa supuesta inexorabilidad del progreso capitalista.
 
Definido ideológicamente como desarrollo, el capital no ha cesado de avanzar hacia múltiples territorios, buscando profundizar su movimiento permanente de subsunción de la totalidad de los elementos y procesos vitales para la subsistencia humana a la lógica mercantilista. El ejemplo que en esta ponencia abordo es el de los megaproyectos y la economía verde que a través de las políticas neoliberales del desarrollo, se han extendido exponencialmente en América Latina en las últimas dos décadas. Estos proyectos forman parte del movimiento global de recomposición de acumulación y dominio del capital, y sus efectos muestran el carácter violento y depredador del capitalismo, que está implicando la destrucción de la naturaleza y la eliminación de poblaciones y formas de vida que rompen con la lógica mercantilista. Cada vez más personas en América Latina, cuya forma de vida se encuentra vinculada a la tierra, enfrentan violencia de estado en la forma de fuerza pública -utilizada para la contención de las resistencias sociales y para lograr el dominio territorial-, y padecen la devastación provocada por la tecnología, que con el empleo de nuevos métodos de explotación de los recursos naturales, deja a su paso destrucción y desesperanza.
No obstante, y a pesar del uso de la violencia cruda y directa ejercida contra quienes se resisten, lo que se genera a partir del movimiento expansionista del capital no es solamente muerte, destrucción y desesperanza, sino que simultáneamente se suscita la emergencia de resistencias y luchas sociales, que se oponen a la expansión depredadora de este sistema a lo largo de todo el continente. En la primera parte de esta ponencia, a partir del ejemplo de los megaproyectos y la economía verde, analizo el carácter depredador del sistema capitalista que en su movimiento de expansión, sujeta la vida humana y devasta la naturaleza. En la segunda parte propongo una posible forma de analizar el dinamismo de reacción y resistencia a la devastación, producido por sujetos que conservan un vínculo primordial con la tierra, entendiéndolo como una fuerza capaz de producir la formación de un potente movimiento antagónico que niega la subordinación del valor de uso de los bienes de la naturaleza a la lógica mercantilista; con estos procesos de lucha desarrollándose en Latinoamérica: ¿emergen a la superficie relaciones sociales no capitalistas y nuevas formas de hacer política?, ¿abren estas luchas la posibilidad de pensar en las formas de un mundo no capitalista?
Depredación capitalista: sujeción de la vida humana y devastación de la naturaleza
Despojo, destrucción y violencia, son dinámicas inherentes al carácter depredador del sistema capitalista, al que el mundo moderno en su totalidad se encuentra sometido. La depredación capitalista sujeta la vida humana a su modo de producción y consumo, mermando la capacidad del hacer creativo (Holloway, 2011) y al mismo tiempo, propicia la devastación de la naturaleza a partir de su intento insaciable de subsumir la totalidad de los elementos y procesos vitales para la subsistencia humana a la forma mercantilista, fracturando la relación metabólica entre los seres humanos y la naturaleza (Marx, 1867). La forma en la que el sistema de producción capitalista sujeta la vida humana, es creando sujetos sociales fragmentados como individuos, cuya única posibilidad para sobrevivir es la venta de su fuerza de trabajo como mercancía. El impacto de este hecho para la vida social, como señala John Holloway, consiste en que la gente, atrapada en las formas de relación social que han sido generadas por el capitalismo, se encuentra incapacitada para controlar sus vidas. Esto es así porque: “el hecho de que el trabajo esté representado por el valor, y de que las relaciones sociales entre los productores adopten la forma de relaciones de valor entre cosas es, en sí mismo, una negación de la libertad” (Holloway, 2007: 15).
En el proceso de reproducción global del capitalismo se ha profundizado cada vez más la explotación de la fuerza de trabajo, e incesantemente, a partir de su avance y permanentes procesos de recomposición, se generan nuevas formas para la desposesión y el dominio que permitan continuar su acumulación. Estas formas de avance del capital han sido impulsadas y legitimadas a partir de la idea de progreso o desarrollo, como algo benéfico para la humanidad en su conjunto. La ideología capitalista ha justificado su avance a través de la noción del progreso entendido como proceso de acumulación de riqueza económica que alcanzaría a todos los seres humanos, permitiendo la generación de una sociedad equitativa. Sin embargo, en la actual etapa histórica de desarrollo del sistema capitalista esta idea es cada vez más improbable de sostenerse frente a la mayor parte de la humanidad, que más bien ha experimentado el empobrecimiento cada vez más agudo en sus vidas cotidianas.
No obstante, para una parte de la sociedad moderna continúa teniendo vigencia la noción del progreso fundamentada en la idea de la existencia de un ente superior -en el que se articulan ciencia, tecnología y dinero-, pensado como el único capaz de resolver cualquier problema que enfrente la humanidad en el presente o en el futuro. Esta creencia es útil para dar continuidad a la concepción del progreso que permite al mercado capitalista seguir impulsando una forma de desarrollo que responde al propósito de la acumulación de capital. Pero lo que se oculta tras el velo de la concepción de progreso capitalista es el hecho de que la producción de riqueza abstracta con fines acumulativos, “implica indefectiblemente la destrucción de la naturaleza como riqueza concreta” (Werlhof: 2010: 45) En el presente vivimos tiempos en que este velo se vuelve cada vez más traslúcido, frente a la observación de los efectos ocasionados por el movimiento a partir del cual el capital intenta atrapar en su núcleo la totalidad de los elementos y procesos esenciales para la vida.  Dichos efectos muestran de forma dramática el carácter violento y depredador del capitalismo, porque está implicando la destrucción cada vez más acelerada de la naturaleza y la eliminación de poblaciones y formas de vida que rompen con la lógica mercantilista. Las estrategias del capitalismo a través de las cuales se busca la trasformación de los bienes de la naturaleza en mercancías, constituyen un proceso depredador que implica en si mismo destrucción y violencia.
La economía verde, -que se comenzó a gestar en la década de los 90's- muestra de forma contundente el carácter depredador inherente a la producción de riqueza abstracta. Se trata de una intrincada forma de mercado cuya lógica consiste en la transformación de los elementos y ciclos de la naturaleza en mercancías. A estas nuevas mercancías se les da el nombre de “servicios ambientales” y se establecen sus costos monetarios, para así darles forma de objetos transables en la esfera del mercado mundial. Según la economía verde, los “servicios ambientales” son todo lo que la naturaleza aporta para la vida, es decir, todo lo que se refiere a la capacidad reproductiva del planeta, esto incluye:
Procesos de los ecosistemas que mantienen y permiten la vida (como la biodiversidad, ciclo hidrológico, ciclo de los nutrientes, polinización, formación de suelos, etc.); Bienes que        provee la naturaleza (agua, madera, alimentos, genes, principio activo de plantas medicinales, etc); Todo lo que mantiene el funcionamiento de los ecosistemas (mecanismos de control del clima, de control de gases de efecto invernadero, bienes comunes y procesos que controlan inundaciones y erosión, áreas y procesos de protección de impactos ambientales e incluso el tratamiento de desechos; y los aspectos culturales (belleza escénica, paisajes, espacios socio-culturales, e incluso información espiritual e histórica. (Capote, 2014: 13)
Como parte del intento de reestructuración global, implementada por la clase dominante para enfrentar la crisis actual que atraviesa el capitalismo, el nuevo mercado especulativo llamado economía verde, funciona abriendo a la dinámica del expansionismo un ambicioso y amplio campo que posibilita la profundización de la reproducción del capital. Dicho campo se constituye transformando los elementos y procesos de la naturaleza en nuevas mercancías, y con la instalación de un nuevo sistema financiero especulativo que genera una serie de instrumentos para dar fluidez al mercado verde. Un ejemplo al respecto, es el Comercio de Emisiones o mercado de Bonos de Carbono. Para generar dicho mercado se estableció el valor de cambio del dióxido de carbono (CO2), creándose una serie de equivalencias falsas entre las emisiones industriales y la absorción del carbono de los ecosistemas (Lohmann, 2012:13); para hacer posible su intercambio comercial se estableció la unidad de medida llamada Bono de Carbono, -cada uno de ellos representa el derecho a emitir una tonelada de dióxido de carbono-. Estos bonos, son para el comercio de emisiones, el nuevo objeto transable con un precio establecido en el mercado mundial.
Este nuevo sistema financiero entraña una perversidad mayúscula, porque su finalidad  consiste en que a través del llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), las empresas contaminantes puedan adquirir Bonos de Carbono, que les venden los desarrolladores de proyectos “limpios”, para a cambio obtener la expedición de “permisos de emisiones”, y de esta manera cumplir con sus compromisos de reducción de emisiones, sin que reduzcan realmente los niveles de contaminación en sus procesos de producción, -operación que les resulta más rentable-. Por su parte los desarrolladores de proyectos que son considerados verdes -de los sectores energía, transporte, industria, agricultura, silvicultura, gestión de desechos-, obtienen “Unidades Certificadas de Reducción de Emisiones”, lo que les abre la posibilidad de vender bonos de carbono.
En términos pragmáticos, lo que se está llevando a cabo a nivel global a partir de la economía verde, es la apropiación total de la naturaleza y su mercantilización, proceso que ha acelerado de forma alarmante su destrucción como riqueza concreta. Al respecto, el análisis realizado por críticos de la economía verde en Latinoamérica hace notar que su lógica contiene la idea de: “legitimar al capital privado como el sujeto social capaz de salvar tanto a la economía como al planeta, librándolo de la responsabilidad por la generación de la crisis actual hija de su propia -lógica- voraz de lucros constantes” (Furtado, 2012: 22). En contraste, desde la política económica mundial se argumenta que la economía verde, -invento de la especulación capitalista para la generación de ganancias-, es la única forma de encontrar soluciones a la crisis del cambio climático que enfrenta el mundo moderno.
El proceso de reproducción del capitalismo en su actual etapa histórica, no solo está suponiendo la invención de estas formas renovadas de mercado para la expansión del capital, sino que al mismo tiempo requiere de ajustes políticos y formas de violencia que permitan un control adecuado de las innumerables resistencias sociales que surgen a su paso. En el proceso global de reestructuración del capital puesto en marcha en las últimas décadas, el rol que han tenido los Estados Nacionales ha sido de suma relevancia. Favorecer el flujo de los capitales a sus territorios, para los estados latinoamericanos, ha implicado una importante intervención interna a través de la implementación de las políticas neoliberales. La contribución de las burocracias nacionales, al intento de reestructuración de la economía global, ha implicado: adaptación de legislaciones internas, reestructuración del aparato institucional -lo que incluye el desmantelamiento de algunos organismos estatales y el fortalecimiento o la creación de otros nuevos-, creación de mecanismos que permitan desarrollar el nuevo modelo de desarrollo, privatización de recursos y servicios, establecimiento y firma de tratados internacionales y convenios comerciales, inversión pública en áreas que permitan desarrollar los nuevos modelos de mercado, reconfiguración de redes importantes de relación entre político-empresarios nacionales y dueños de capitales transnacionales, y renovadas estrategias de control de territorios.
Todas estas políticas que están siendo implementadas en los territorios nacionales son determinadas por la dinámica que les imprime la economía mundial. Esto es así porque en el intento de reestructuración del capitalismo, procesos de estatalización y procesos de mercantilización van de la mano. Por ejemplo, desde la organización lógica construida por el mercado verde, se determinó que dentro del sistema internacional de estados, la instalación de los proyectos de desarrollo limpio se territorializará en África, Asia y América Latina[i]. Además, el modelo de la economía verde, se basa en el presupuesto de que los países desarrollados, que poseen los avances en ciencia y tecnología moderna, son quienes tienen el potencial para el empleo de estos avances en la implementación de proyectos limpios.
El desarrollo de megaproyectos, que se derivan del impulso al mercado especulativo de la economía verde, ha implicado el crecimiento exponencial  del uso de la violencia represiva de estado a lo largo de América Latina. La utilización de la coerción de estado como violencia directa, tiene la finalidad de reprimir las innumerables resistencias que oponen las poblaciones, al despojo y mercantilización de los bienes naturales, para así, poder garantizar materialmente el flujo de los capitales a esos territorios. Es en este contexto que a lo largo de los últimos años hemos presenciado en los territorios rurales de Latinoamérica, la agudización de la violencia directa. Para su ejercicio los estados nacionales han adoptado mecanismos como los siguientes: marcos legales que posibilitan la desposesión y la represión, encarcelamiento, asesinato, militarización, permisividad al fortalecimiento y/o el surgimiento de grupos delincuenciales -paramilitares, guardias blancas, etc.-. En suma la coerción del estado persigue y criminaliza a las poblaciones cuya forma de vida rompen con la lógica mercantilista del capital porque representan un obstáculo para el desarrollo de los megaproyectos, mientras promueve consensos con el resto de la población, intentando construir un imaginario colectivo en que estos proyectos que despojan a las comunidades de sus condiciones de vida, son presentados como soluciones al estancamiento en el crecimiento económico interno y al problema global del cambio climático. Frente a este escenario podemos afirmar que nos encontramos ante la utilización de la violencia de estado como mediación para la imposición de relaciones sociales capitalistas.
El análisis hasta aquí presentado, permite observar que la relevancia que tienen los estados nacionales en el actual proceso de reestructuración global del capital, es su capacidad para sostener una hegemonía política en los territorios bajo su jurisdicción, que permita el control necesario para posibilitar el flujo de los capitales. El proceso de invención e instalación del mercado verde, que se encuentra en marcha, está haciendo visible que estado y mercado capitalistas, son “formas lógicas e históricamente diferenciadas de unas mismas relaciones sociales capitalistas, atravesadas ambas por el antagonismo entre capital y trabajo inherente a dichas relaciones sociales” (Bonnet, 2007: 157). Yo agregaría, atravesadas igualmente, por el antagonismo entre la producción de riqueza abstracta y la posibilidad de disfrute de la riqueza concreta.
Movimiento antagónico como negación de la subordinación del valor de uso a la riqueza abstracta
La mayoría de los territorios de Latinoamérica en los que se están implementando los proyectos para el mercado verde, se encuentran habitados por pueblos tradicionales, muchos de los cuales mantienen una forma de reproducción de la vida social que sostiene un vínculo primordial con la tierra. En el contexto de los actuales procesos de mercantilización de la naturaleza, la crisis que irrumpe la vida cotidiana de estos pueblos, se materializa tanto en la destrucción de los bienes de la naturaleza -situación que modifica radicalmente las condiciones materiales de existencia para estas poblaciones-, como en el exterminio y la persecución de que están siendo objeto.
Como respuesta, en múltiples territorios emergen resistencias, y muchas de ellas derivan en luchas por la tierra, los bienes de la naturaleza, y la vida. Cuando las resistencias derivan en luchas que se sostienen en el tiempo, implica que los sujetos van más allá de la confrontación inmediata propiciada como movimiento reaccionario, y comienza a ocurrir la formación de estos pueblos como sujetos antagónicos, que oponen al carácter depredador del capitalismo su movimiento de negación de la subordinación del valor de uso de los bienes de la naturaleza a la riqueza abstracta. Pero, ¿cuál es la relevancia de estas luchas para la humanidad en su conjunto?, ¿de qué forma podemos explicar la implicación de la humanidad en el movimiento antagónico entre valor de uso y riqueza abstracta?
 
El movimiento que intenta la subsunción total de la vida a la lógica mercantilista, agudiza hoy más que nunca la contradicción primordial que experimentamos en el mundo capitalista, me refiero a aquella que existe entre los procesos de valorización del valor o riqueza abstracta, y la necesidad del goce de los bienes naturales como valores de uso o riqueza concreta. Según lo explicó Bolívar Echeverría, la contradicción del hecho o realidad capitalista, consiste en que se trata de una realidad en que vivimos un conflicto permanente entre tendencias contrapuestas de dos dinámicas que son constitutivas de la vida social, esto es: la vida social como “proceso de trabajo y de disfrute referido a valores de uso, por un lado, y la de la reproducción de su riqueza, en tanto que es un proceso de valorización del valor abstracto o acumulación de capital, por otro” (Echeverría, 1998: 37-38) Este conflicto representa la forma de violencia del capital más enfática que todos podemos experimentar en nuestra vida cotidiana.
Esto es así porque como consecuencia del modo de producción-consumo y de las relaciones sociales que reproducimos en el capitalismo, los seres humanos estamos obligados a vivir en la contradicción de un mundo escindido; por una parte, precisamos de la experiencia cotidiana del disfrute de los bienes necesarios para la vida como riqueza concreta -asociada al valor de uso- y, por otra parte, como forma exclusiva de sobrevivencia, nuestro trabajo y esfuerzos se encuentran sujetos a la producción de riqueza abstracta como parte del proceso de acumulación capitalista. A través del proceso de producción de riqueza abstracta somos despojados permanentemente de nuestras capacidades de hacer creativo que podría conducirnos a materializar la posibilidad de generar el mundo distinto que deseamos. Esto ocurre así, porque “vivimos en una sociedad en la que las cosas son producidas para el intercambio y no para el uso” (Holloway, 2007: 14), en esto radica quizás la contradicción fundamental de la realidad capitalista que padecemos. Pero esta forma de dominación y opresión que experimentamos cotidianamente, se vuelve cada vez más insoportable y propicia así la necesidad y el deseo de crear un mundo no capitalista.
La trascendencia del movimiento de negación de la subordinación del valor de uso de los bienes naturales a la forma mercantilista -emergente en América Latina en las últimas dos décadas-, consiste en que nos permite observar la configuración de luchas que están siendo recreadas desde la esfera de la vida cotidiana y en el ámbito de la reproducción material de la vida. En estos contextos adquiere mayor densidad la dimensión de lo político desde el hacer cotidiano, porque se están potenciando formas políticas de organización colectiva como espacios en los que ocurren procesos de construcción subjetiva y práctica para significar y gestionar el usufructo de bienes comunes. La importancia fundamental de este dinamismo, desde mi punto de vista, radica en que estas luchas en proceso están mostrando la capacidad política de los seres humanos de dar forma a la vida social, debido a que desde esta forma de antagonismo se generan y reactualizan prácticas y saberes que reivindican racionalidades y formas organizativas antagónicas al capital. Estas prácticas y saberes enfatizan la esfera de lo comunitario para la organización y gestión de los bienes de la naturaleza, que son definidos como bienes comunes, y abren la cotidianidad de la existencia humana como tiempo de lucha, en que el hacer cotidiano moldea formas de reproducción de la vida social que se construyen desde una racionalidad antagónica al capitalismo. Múltiples pequeñas experiencias de lucha por la tierra en el continente, están negando la subordinación de la riqueza concreta a la abstracta, oponiendo prácticas alternativas al sistema capitalista.
 
Podemos afirmar que en estas experiencias los sujetos están poniendo en juego su capacidad de reinvención de formas organizativas cuyo centro es el acceso a los bienes de la naturaleza como bienes comunes o colectivos, y cuya función inmediata se encuentra determinada por el valor de uso. Estos procesos implican para los sujetos de lucha la autodeterminación de su sistema de necesidades y la autonomía para poner en funcionamiento sus capacidades de trabajo para resolverlas. Desde la gestión de lo común se están generando formas de producción y consumo que rompen con la lógica del capital, y al mismo tiempo, estas experiencias comunitarias se están constituyendo como espacios de cohesión alternativos, que permiten la configuración de un sujeto antagónico más allá de los espacios de control estructurados por el poder estatal dominante. Con la mirada puesta en estas luchas podemos observar lo que Aníbal Quijano ha planteado: en Latinoamérica “vivimos tiempos de re-expansión de lo comunitario como figura de autoridad pública” (Quijano, 1998: 22)
Estas prácticas opuestas al movimiento devastador del capital, develan la formación de un sujeto antagónico que se autoconstituye como tal, reinventando formas de relaciones sociales anti-capitalistas, y formas no depredadoras de interrelación con la naturaleza. La relevancia de reflexionar desde estos procesos que buscan cotidianamente maneras de escape a las formas del capitalismo, es poder pensar en el mundo abierto, o no completamente subsumido a la lógica del mercado, y a la vida humana y su capacidad creativa como no totalizada en las formas del capitalismo. Quizá la fuerza que han tenido hasta ahora, y que pueden continuar aportando a la humanidad en su conjunto, estos procesos que se encuentran vivos en América Latina, consiste en que pueden ayudar en el enriquecimiento de la capacidad prefigurativa de un mundo no capitalista. Pues frente a la crisis global precisamos crecer en la capacidad de prefigurar un mundo nuevo para poder continuar construyéndolo gradualmente de diversas maneras y en diversos contextos.
 
Bibliografía
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Holloway, John, “Crisis, fetichismo y composición de clase”. En: Marxismo abierto, una visión    europea y latinoamericana, vol II, Buenos Aires, Argentina, Ediciones Herramienta, 2007,     pp. 7-37.
Holloway, John, Agrietar el Capitalismo. El hacer contra el trabajo, México, D.F: Sísifo Ediciones          y Bajo Tierra Ediciones, 2011.
Lohmann, Rarry, Mercados de Carbono. La neoliberación del clima. Trad.: Michelle Báez y  María          Helena Carbonell. Quito-Ecuador: Ediciones Abya Yala, 2012.
Marx, C.,  El Capital, T 1, Critica de la Economía Política. México: Fondo de Cultura Económica,           1999.
 
Quijano, Aníbal, Modernidad, Identidad y Utopía en América Latina. Lima, Perú: Ediciones         Sociedad y Política, 1988.
Werlhof von, Claudia,  “La globalización del Neoliberalismo, sus Efectos y algunas Alternativas”.            En: Teoría Crítica del Patriarcado. Hacia una Ciencia y un Mundo ya no Capitalistas ni        Patriarcales. Frankfurt am Main: Editorial Peter Lang, 2010, pp. 33-80.


[i] [i]

                [i]            Los principales países donde se han desarrollado los proyectos del MDL son: China, India, Brasil, y México, donde se concentra el 75% del total. A abril del 2012 América Latina tenía registrados 584 proyectos (15% del total), de estos en Brasil 201, en México 136, en Chile 54, Colombia 39, Argentina 28, Perú 27, Honduras 21, Ecuador 17 y Guatemala 11. Consultado en: http://finanzascarbono.org/mercados/mecanismo-desarrollo-limpio/estadisticas/