Todos nuestros Tíos Tom: La figura del esclavo en Argentina y en Brasil a fines del siglo XIX

 
Solange Victory
Facultad de Filosofía y Letras, UBA)
solangevictory@gmail.com
 
El final del siglo XIX fue una época de transición tanto para Brasil como para Argentina. Desde 1870 hasta comienzos del siglo XX, ambos países atravesaron procesos de modernización políticos, sociales y económicos que intentaron adaptar ambas naciones a los nuevos tiempos y fraguar el ingreso de estos países en la lógica del mercado mundial y la producción capitalista. Por debajo de la superficie de diferencias exteriores y de problemas concretos[i], es fácil encontrar semejanzas de base en los procesos, dado que lo que unifica ambos pasajes es la constitución en ambas naciones de una cosmovisión conservadora esgrimida por una élite dirigente que pule sus asperezas internas en pos de la unidad de sus intereses de clase y que, engarzada en su deseo de devenir cada vez más europea, recibe del Viejo Mundo una ideología liberal que llega a América Latina necesariamente “desplazada” y termina por engendrar sus propias formas locales.
En este marco, un interrogante, de predecible respuesta, se presenta con premura a ambas oligarquías nacionales: ¿qué hacer con un subalterno (indio, esclavo, gaucho o, más adelante en el tiempo, inmigrante) que aparece como un obstáculo para el desenvolvimiento “moderno” del país, que se opone con toda su opacidad bárbara al “progreso”? Es decir, la pregunta por aquellos que “han cumplido el rol histórico de los esclavos en la dialéctica fundamental de la dominación” (Viñas, 2013:144).
El proceso por el cual se arriba a la abolición de la esclavitud y a la declinación de la ideología esclavista se produce de modo diverso en ambos países y en diferentes momentos[ii]. Por supuesto, el hecho de que hacia la década de 1870, en Argentina el esclavo fuera una figura (al menos desde el punto de vista “legal”) perteneciente al pasado histórico y que en Brasil todavía estuviera en el centro no solo de las discusiones políticas sino también de la vida cotidiana de muchos sectores del país influye en el modo en que esta figura ingresa y es representada en la serie literaria de fin de siglo.
Tanto en el contexto brasileño como en el argentino, las particulares inflexiones que el fenómeno de la esclavitud o su pervivencia en las prácticas sociales presentaron son una consecuencia de los procesos de recepción de la ideología liberal europea en países signados por modelos patriarcales como los nuestros. La discusión sobre la contradicción esclavismo-liberalismo en el Brasil post-Independencia es de vieja data y ha sido conocida como la polémica de “Las ideas fuera de lugar”, inaugurada por Roberto Schwarz con su ensayo homónimo (1973)[iii]. No solamente las ideas liberales se veían dislocadas por la esclavitud en Brasil, sino también por el uso social extendido del “favor”, que consistía en establecer relaciones de dependencia entre patrones o jefes y hombres libres que sin embargo no eran empleados laboralmente en términos de valores burgueses como la remuneración objetiva o el trabajo racional; sino que se relacionaban con sus superiores a partir de nexos de estima, dependencia, arbitrariedad y que, en vez de constituirse como asalariados o trabajadores, se transformaban en “dependientes” o “favoritos” (Cf. Schwarz, 2000).
Alfredo Bosi se inserta en la polémica analizando la tensión entre esclavismo y liberalismo en términos de una paradoja verbal o falso impasse. Así, Bosi explica que en el marco de un complejo ideológico “conservador” dominante en Brasil entre 1831 y 1860, caracterizado por la prioridad de garantizar la propiedad, incluso la esclava, a toda costa,  el derecho de propiedad y la regla del libre cambio sirven a la clase dirigente para justificar el mantenimiento de la esclavitud por cuestiones puramente económicas.
En este contexto socio-político de fines del siglo XIX, donde la literatura todavía se imbricaba en el resto de las prácticas sociales y no se había constituido como un espacio autónomo plenamente diferenciado del campo de acción de la política, estudiar las obras literarias como parte activa de esa cosmovisión de época (y no como mero reflejo) puede servir para comprender el modo en que en el siglo XIX la literatura dirimía modelos de nacionalidad en un momento en que todavía se tiraban los dados sobre el tablero patrio y donde cada pieza seguía en movimiento sin haber encontrado aun su lugar definitivo. Para ello, es necesario apelar a las formulaciones de Fredric Jameson en The political Unconcious [Documentos de cultura, documentos de barbarie], quien define al acto estético como acto socialmente simbólico y en cuya teoría las relaciones entre los órdenes de la historia o la vida social y los textos literarios se definen antes que por el “reflejo” o el simple paralelismo por los términos más activos de la represión, la proyección, la compensación o el desplazamiento. (Cf. Jameson, 1989: 37). En el caso específico de las obras literarias que leeré, quisiera comprender cómo ciertos modelos literarios operan simplificando y solucionando ficcionalmente conflictos que en la realidad están signados por la violencia, la alienación y la arbitrariedad o, en otras palabras, cómo la violencia implicada en una práctica de dominación y alienación como la esclavitud es conjurada ficcionalmente en los textos literarios mediante la plasmación de relaciones amo-esclavo basadas en la lealtad, la dependencia o “favor” y la figura del “criado favorito”.
Para ello, hay que atender a las inflexiones precisas del problema en ambos países.
 
Brasil: la esclava ideal
Identificada por la crítica como “La cabaña del Tío Tom brasileña”, A escrava Isaura  (1875) de Bernardo Guimarães se considera la gran novela abolicionista brasileña[iv]. La trama narra la fuga de una esclava de la fazenda de un “mal amo” desde el Valle de Paraíba hasta Pernambuco durante los primeros años del reinado de Pedro II (1840-1889). Sin embargo, nadie tarda en identificar que su antiesclavismo resulta fuertemente atenuado por la estructuración del relato. Isaura realiza su apología a la causa abolicionista mediante la narración de la melodramática historia de las miserias de una esclava en busca de ser libertada, pero cifra las razones para justificar su liberación en la excepcionalidad de esa esclava que ni por su educación, ni por sus maneras, ni siquiera por su color de piel (Isaura es una mulata bastante “emblanquecida”) parece tal. La excepcionalidad de Isaura se señala constantemente en la novela y se opone al envilecimiento y a la bajeza del resto de los esclavos.
En Isaura, la problemática de la justicia o injusticia de la esclavitud como institución social parece reducirse a una cuestión de buenos o malos “señores” y a los azares de la circulación que provoca el tráfico. Si el esclavo tiene la desdicha de caer en manos de un mal propietario como Leôncio, la esclavitud se tornará un castigo y evidenciará sus costados de mayor violencia y arbitrariedad cifrados en trabajos alienantes como el cultivo de café en los campos, los castigos físicos o la violencia sexual ejercida sobre los cuerpos de las esclavas. Pero, por el contrario, si los esclavos viven bajo la égida de un patriarca como Álvaro, que decide libertarlos y organizarles una colonia para que transiten el pasaje a su nueva libertad, su existencia como “dependientes” es preferible al trabajo asalariado. En este sentido, es de notar cómo la figura de la esclava educada por su primera ama se asemeja más a la práctica del “favor” descripta por Schwarz que a la condición servil propiamente dicha: efectivamente, Isaura es la “favorita” de la “senhora velha”, un lujo más de su salón[v]. La novela parece favorecer o insinuar una solución paternalista para la cuestión de la esclavitud. El derecho de propiedad es la vara con la que se mide la virtud o el vicio de una institución y a él se reduce toda la economía argumental de la novela: los buenos “propietarios” como Álvaro saben no solamente manejar con sabiduría sus bienes inmuebles y terratenientes, sino también “administrar” de modo correcto sus tenencias humanas; los malos “propietarios” como Leôncio, que dilapidan su fortuna, perecen de modo violento (Cf. Miramontes, 2004).
Es interesante notar cómo en este sentido Isaura… opta por una solución para la esclavitud en la órbita de la propuesta por La cabaña del Tío Tom[vi]. En la novela norteamericana se hace referencia a la Revolución de los esclavos en Haití y Santo Domingo entre 1791 y 1804, que culminó con la proclamación de la República de Haití y con la abolición de la esclavitud en la isla. En La cabaña… muchos personajes abogan a favor de un proceso de abolición de la esclavitud fraguado desde el poder para evitar que las masas del pueblo se levanten y ocupen el lugar de las clases superiores (Cf. Beecher-Stowe, 2007: 95-96). El temor a que llegue la “hora de Santo Domingo” (96) o a que suceda “otro Haití” tampoco fue ajeno al contexto de fin de siglo brasileño.
En Isaura el conflicto burgués (liberal) que sostiene la trama (necesidad de liberar a Isaura) contrasta con el modo en que la novela le da una solución. Mediante un modelo genérico ya casi  perimido y con justificaciones conservadoras, Guimarães defiende un “antiesclavismo” que no llega propiamente a abolicionismo y resuelve (en su ficción) las contradicciones del Brasil modernizado mediante una solución “de compromiso”, una síntesis de contrarios que revela hasta qué punto modernización y conservadurismo podían ir de la mano.
Argentina: Los usos literarios del esclavo
En Argentina, la libertad de vientres y la abolición no implicaron la superación total de la problemática en torno al esclavo, ahora devenido “dependiente”, “criado” o “sirviente” dado que “en las costumbres sustentadas por la clase directora la relación amo-esclavo sobrevivió largamente rebasando el ámbito de negros y mulatos para proyectarse sobre toda relación de dependencia” (Viñas, 1971: 216)
La práctica del “favor” planteada por Schwarz para el contexto brasileño puede ser útil para pensar la pervivencia de la esclavitud, sus resabios, en la sociedad argentina de segunda mitad del siglo XIX. Así como en Brasil Isaura puede aparecer en la novela de Guimarães a la vez como la “esclava” y la “favorita”, también en Argentina la servidumbre perpetúa, luego de la abolición explícita de la esclavitud, un modo de relación basado en la arbitrariedad y la dependencia de la persona que se plasma literariamente en la figura del “criado favorito” y en sus variantes como la nodriza (“mamá Rosa” de Pablo o la vida en las pampas de Eduarda Mansilla), el “tío” (“Tío Tomás” en Mis memorias De Lucio Mansilla) o el  “buen compañero” del niño, suerte de hermano mayor (el mulatito Alejandro en La gran aldea de Lucio López).
La figura del esclavo o, su variante, el criado favorito aparece en la literatura argentina de fin de siglo de corte memorialista, con un significado y una función bien precisos: es el significante de una sociedad tradicional, ligada a la infancia de los narradores durante el período rosista (hermanos Mansilla) o entre Caseros y Pavón (Lucio López), que contrasta con las novedades sociales de una Buenos Aires modernizada, que recibe los primeros aluviones inmigratorios. La familia patriarcal, con esclavos y sirvientes, es el reservorio de costumbres en vías de extinción y de una distinción de clase que poco a poco va quedando en el pasado[vii].
El modo en que en Recuerdos de viaje Eduarda Mansilla, hermana de Lucio Victorio, juzga el conflicto civil estadounidense es paradigmático de esta “nostalgia” oligárquica por las tradiciones serviles de viejo cuño. La Guerra de Secesión está en pleno desarrollo cuando Eduarda llega a la Unión y recibe gran atención por parte de la viajera.  La división entre el corazón y la cabeza, que su hermano no cesa de repetir en ensayos y causeries para simbolizar el modo en que siente la necesidad de criticar desde un punto de vista político al gobierno de Rosas a la vez que lo apoya en el plano afectivo, reaparece en este diario en relación a la evaluación que Eduarda hace de la Guerra de Secesión. Mientras la cabeza debería estar con el Norte, dado que la racionalidad y los preceptos morales modernos presionan a favor de las reivindicaciones abolicionistas de este bando[viii], el corazón no puede más que inclinarse, como cometiendo un “pecado” (Mansilla, 2011: 195),  por el  Sur, que aparece como el reservorio de la tradición, las costumbres refinadas y el buen gusto.
Eduarda no solo apoya la causa sudista, sino que también el tratamiento de la cuestión de la esclavitud y la servidumbre trasunta cierta ambigüedad en estos recuerdos, dado que si bien en varios pasajes el lector recibe la impresión general de que Eduarda festeja el espíritu democrático del país del norte, en muchas otras oportunidades es de notar cómo su costado más aristocrático, aquel habituado a las comodidades y al estilo de la high life porteña que disfruta como sobrina de Rosas, lamenta la falta de servidumbre y criados bien educados y eficaces en su oficio, lo cual no sucede en Europa[ix].  Un racismo casi no advertido trasunta de las palabras de Eduarda(Cf. Szurmuk, 2007) y reduce a la esclavitud a ser, antes que una relación signada por la verticalidad paternalista y la violencia afectiva, un distintivo de clase, un lujo de la élite, un “objeto” vinculado a lo inmueble (Cf. Viñas, 2008) y poco más.
Mis memorias. Infancia y adolescencia (1904) de Lucio está plagado de estas figuras: “Raras eran las casas que no contaban con el servicio doméstico, a más de lo conchabado, negritos, mulatitos, chinitos, que si no eran propiamente esclavos, tales parecían” (Mansilla L., 2006: 166). La evocación puede adquirir el tono del humor costumbrista (Cf. 30), de lo sobrenatural asociado a las historias pavorosas que contaba el Tío Tomás (Cf. 35) o rozar la animalización atenuada por la nostalgia de los juegos infantiles[x]. Del modelo del “tío Tom” proveniente de la novela de Beecher-Stowe solo se hereda el vínculo familiar y afectivo con el sirviente, la lealtad del esclavo fiel a su amo, que siempre es bueno en este caso; pero nunca la violencia o la alienación del trabajo en el campo o la opresión del tráfico humano.
La literatura argentina de fin de siglo recuerda la sociedad servil de modo tal que se genera la ilusión de nexos afectivos y familiares allí donde la realidad instalaba relaciones de verticalidad paternalista y de violencia efectiva. Esa violencia escamoteada resurge en fulgores ocasionales en los textos literarios. “Rompían algo, un plato, una fuente, un vaso. Les ataban los pedazos al cuello y así andaban por penitencia” (Mansilla L., 2006: 166). Y, cuando surge, el niño la conjura mediante un filantropismo precoz: “Aquello no diría que me indignaba. Pero fuera cual fuera la causa, simpatía quizá, un día me atreví a decir: ´ ¡Qué fea está Fulana con eso! ¿Por qué no se lo quitan, mamita?`” (166).
En su lealtad y devoción, el criado fiel es un espejo de su amo, una afirmación del sí mismo de la élite dirigente. La causerie “Goyito” de Lucio Victorio es una buena prueba de ello. En su espíritu de contradicción, Goyito o Gregorio (asistente de Lucio Norberto, padre de Eduarda y de Lucio Victorio) es a la vez que el reverso la perfecta afirmación del General Mansilla dado que los une “ese vínculo misterioso que se llama simpatía” y que transforma sus existencias en dos agujas imantadas entre sí: por la posición de una de ellas se conoce la de la otra”[xi]. Mentirosa identidad que corrobora las distancias[xii]. En esos casi esclavos que participan del reconocimiento internalizando las pautas vigentes de sumisión a la clase dirigente (Cf. Viñas, 1971), la élite ubicaba una esencia inmodificable, creaba un subalterno “domesticado” en el que poder refugiarse frente a nuevos “esclavos” más peligrosos o problemáticos: de un lado, al Sur del país, el indio; del otro, viniendo desde el océano, el “gringaje” invasor. Frente al criado amansado que ocupa su puesto fijo en la memoria de los notables, estos nuevos subalternos no tenían lugar en el proyecto de la generación o, mejor dicho, solo podían ubicar el lugar que la oligarquía les reservaba, lugar que no siempre estuvieron dispuestos a ocupar.
 
Violencia que no se dice
Sea cuando se trata del esclavismo sudista de Eduarda, o de la nostalgia esclavista de Mansilla o de López, o finalmente del antiesclavismo de compromiso de Guimarães; las ideas de superficie pueden cambiar, pero el lenguaje de base, la cosmovisión de la que forma parte activa la ideología literaria de las obras, no deja de ser la misma. En Brasil, en Argentina, las oligarquías son movidas por el mismo deseo: modernizarse, plegarse al modelo europeo. En ese proyecto, el destino del desheredado está atado a los imperativos del laissez-faire liberal, occidentalización del mundo que excluye toda visión ajena y que subordina el deseo del subalterno a su avance avasallante.
En un bello artículo acerca de la literatura de frontera en el fin de siglo argentino, Jens Andermann propone que “la violencia se incrusta en la literatura de frontera no solamente, tal vez ni siquiera en primer lugar, porque ella anticipa, promueve y relata la erradicación de los indios sino más bien porque ratifica, celebra y finalmente `olvida´ esta `solución´, erradicando a la violencia” (Andermann, 2003: 364). La cita me remite a los textos que aquí leo. Tal vez, muchas veces la violencia implícita en un texto que trata sobre un asunto como el sometimiento o la agresividad social no radica en su elaboración explícita como violencia. Tal vez, justamente, la elipsis de esa violencia, su elusión a los fines de “domesticar” un asunto ríspido a nivel social para hacerlo ingresar purificado al cuerpo textual de la literatura y hacerlo servir a los usos y funciones que esa textualidad quiere otorgarle, es lo verdaderamente chocante, lo verdaderamente agresivo y violento en el fondo de estos textos.
 
Bibliografía
Andermann, Jens. “Crónica de un genocidio: últimas instantáneas de la frontera”. En: Jitrik, Noé (director), Historia crítica de la literatura argentina. Vol. 2. La lucha de los lenguajes. Buenos Aires: Emecé, 2003.
Beecher-Stowe, Harriet E. La cabaña del Tío Tom. Buenos Aires: Gradifco, 2007.
Bosi, Alfredo. Dialética da colonização. San Pablo: Companhia das Letras, 1996.
-----------------. Historia concisa de la literatura brasileña. México D.F.: FCE, 1982.
Carrizo, Silvina. Fronteiras da imaginação. Os românticos brasileiros; mestiçagem e nação. Niterói: EdUFF, 2001.
De Carvalho Franco, Maria Sylvia. “As idéias estão no lugar”. En: Cuadernos de Debate Nº 1, 1976, sin más datos bibliográficos.
Fausto, Boris. Historia concisa de Brasil. Buenos Aires: FCE, 2003.
Fausto, Boris y Fernando Devoto. Argentina- Brasil: 1850-2000. Un ensayo de historia comparada. Buenos Aires: Sudamericana, 2008.
Guimarães, Bernardo. A escrava Isaura. San Pablo: Ática, 1996.
Jameson, Fredric. Documentos de cultura, documentos de barbarie: la narrativa como acto socialmente simbólico. Madrid: Visor, 1989.
López, Lucio V. La gran aldea. Buenos Aries: Centro Editor de América Latina, 1980.
Mansilla, Eduarda. Pablo o la vida en las pampas. Buenos Aires: CM Editores, 2006.
-----------------------. Recuerdos de viaje. Córdoba: Buena Vista, 2011.
Mansilla, Lucio V. “Goyito”. En: <http://www.biblioteca.org.ar/libros/8172. pdf> (06/06/2014).
-----------------------. Mis memorias. Infancia y adolescencia. Buenos Aires: CM editores, 2006.
Miramontes, Ana. “A escrava Isaura: La justicia divina como garantía entre el orden público y el privado”. En: Revista Iberoamericana, Vol LXX, Nº 206, Enero-Marzo 2004, pp. 73-86.
Schwarz, Roberto. “Las ideas fuera de lugar”. En: Amante, Adriana y Garramuño, Florencia (compiladoras), Absurdo Brasil: polémicas en la cultura brasileña. Buenos Aires: Biblos, 2000.
Szurmuk, Mónica. “Recordar es vivir: Recuerdos de viaje, de Eduarda Mansilla”. En: Miradas cruzadas: narrativas de viaje de mujeres en Argentina, 1850-1930. México DF: Instituto Mora, 2007.
Viñas, David. “Niños y criados favoritos”.
En: Literatura argentina y realidad política. De Sarmiento a Cortázar. Buenos Aires: Siglo XX, 1971.
------------------. Indios, ejércitos y fronteras. Buenos Aires: Santiago Arcos, 2013.
------------------. Viajeros argentinos a Estados Unidos. Buenos Aires: Santiago Arcos, 2008.
 


[i] Mientras que en Brasil asistimos a finales de la década del ochenta a la abolición de la esclavitud y al pasaje de un régimen monárquico a uno republicano; en Argentina estos procesos ya habían sido transitados a comienzos del siglo XIX y ya hacia fines del mismo el contexto era otro: se trata de un país republicano en la fase final de estructuración de su estado nacional.
Asimismo, como bien explican Fernando Devoto y Boris Fausto en Argentina-Brasil: 1850-2000. Un ensayo de historia comparada:
Los años 1889-1890 no significarían en la Argentina el fin de una clase dirigente como en Brasil y de un sistema político, sino su consolidación hasta 1916. Por muy sólidas que fuesen o pareciesen las instituciones brasileñas y el enraizamiento de la monarquía en Brasil, durante el Segundo Reinado, cuando se desplomó, se desplomaron íntegramente y no dejarían muchos nostálgicos de aquel orden con influencia (Devoto, Fausto, 2008: 44).
Es decir, que mientras que en Brasil la inflexión modernizadora parece absolutamente revolucionaria y muda las bases del poder político, en el caso de Argentina los procesos modernizadores son llevados adelante por una oligarquía nacional que ha sido la depositaria del poder desde la declaración de la Independencia.
[ii] En Brasil, desde la proclamación de la Independencia con respecto a Portugal en 1822, el tráfico de esclavos aumentó progresivamente a pesar de las presiones de Inglaterra que, para reconocer plenamente al nuevo Imperio independiente, pedía la abolición total de la esclavitud. En 1830 entra en vigor un tratado con los británicos que prohibía a Brasil el tráfico de esclavos desde cualquier procedencia pero que no tuvo aplicación práctica. Recién en 1850 una nueva ley que reforzaba las medidas tomadas en 1830 logra “prender” y el ingreso de esclavos al país decrece mientras la esclavitud pierde progresivamente legitimidad entre la población. Los fazendeiros, principales demandantes de mano de obra esclava para el trabajo en las plantaciones de café en el Valle del Paraíba y en el oeste paulista (es  decir, en el centro-sur del país), comenzaron a abastecerse en el mercado interno. Tanto los grandes propietarios como los traficantes y la población libre en su mayor parte creían que la abolición llevaría a la sociedad brasileña al colapso. Fue por esta razón que las medidas llevadas adelante por la burocracia imperial y por Pedro II durante el Segundo Imperio para erradicar progresivamente el esclavismo generaron tensiones y malestar entre el gobierno y las élites dirigentes. En 1871, un grupo de diputados conservadores apoya la Ley de Vientre Libre, que tuvo pocas consecuencias en la práctica y, finalmente, en 1888 (un año antes de la proclamación de la república), el emperador Pedro II promueve la abolición de la esclavitud (Cf. Fausto, 2003).
En la Argentina, la Asamblea del año XIII dictó la libertad de vientres para todos los niños nacidos de madres esclavas en el territorio argentino desde el 31 de enero de 1813 en adelante. Y, en 1853, el artículo 15 de la Constitución de ese año dictaminó la abolición completa de la esclavitud, de allí en más penada como un crimen y completamente incompatible con la estancia en el territorio argentino.
[iii] Roberto Schwarz propone que durante el siglo XIX Brasil como país agrario dividido en latifundios dependía a la vez, por un lado, del trabajo esclavo (basado en la violencia y la autoridad patriarcal) y, por el otro, del mercado externo en el que sus productos se estaban incorporando y se vendían (es decir, de los razonamientos económicos burgueses, traídos a Brasil por el proceso de Independencia) (Cf. Schwarz: 2000a).
[iv] Bernardo Guimarães escribe su obra poética y en prosa entre los años 1852 y su muerte en 1884; es decir, entre el fin del tráfico de esclavos, la Ley de Vientre Libre y hasta dos años antes de la instauración de la Ley Áurea en 1888 que supuso la abolición total de la esclavitud. Reconocido como poeta romántico y clasificado como autor regionalista por Alfredo Bosi en su Historia concisa de la literatura brasileña (1982), la obra que lo hace famoso es la novela A escrava Isaura (1875). 
[v] Veremos cómo esta “elegancia” de la esclavitud reaparece en Argentina en los escritos de Eduarda Mansilla.
[vi] La Guerra de Secesión o Guerra Civil Estadounidense (y el desarrollo de la problemática de la esclavitud y su abolición en EE. UU. con anterioridad al conflicto) será un suceso a nivel continental que repercutirá en el modo en que el tema es pensado en los países del sur, tanto en cuanto a los visos que adquiere la cuestión en el Río de la Plata como en Brasil. El conflicto se desarrolla entre 1861 y 1865 y enfrenta a la Unión (estados del norte) con once estados independentistas del sur. La causa visible de la guerra fue la abolición de la esclavitud, que los sureños resistían.
En 1851 comienza a publicarse por capítulos en el periódico abolicionista National Era la novela La cabaña del Tío Tom de Harriet Elizabeth Beecher-Stowe, que se edita como libro al año siguiente. La novela es un emblema literario del abolicionismo y, como tal, la crítica brasileña la ha considerado muchas veces el modelo literario sobre el que se calca A escrava Isaura unos años después (Cf. Bosi, 1982: 148). En realidad, a pesar de las múltiples similitudes que ambas novelas presentan, son muchas y significativas las diferencias que, a su vez, no permiten subsumir la obra brasileña en la norteamericana.
[vii] Las figuras del Padre Biguá y de Don Eusebio, los bufones sirvientes de Rosas, son de hecho nombrados muchas veces en la obra de los Mansilla así como también de otros escritores de la generación; ellos pueden pensarse como el epítome de la pervivencia de la figura del sirviente en la sociedad rosista.
[viii] Aunque en varios momentos Eduarda desliza la sugerencia de que los verdaderos motivos de la guerra fueron económicos.
[ix] Baste para ejemplificarlo una elocuente anécdota. Años después de su viaje, un cochero virginiano a quien Eduarda le pide ponerse la librea con los colores argentinos le dice: “Señora […] yo sé bien que eso no deshonra a nadie; pero soy tan joven… y quién sabe si llego algún día a ser Presidente…, pueden reprochármelo” (Mansilla, 2011: 138), acerca de lo cual la lady remata: “´Tiene usted razón, John´, le contesté y tomé un negro” (138).
[x] “Aquí aprendí yo a andar a caballo sobre los lomos del negro Perico, que todos los nietos queríamos a cual más, hijo de un esclavo. Perico se ponía en cuatro pies, trotaba, galopaba y hasta corcoveaba” (Mansilla L., 2006: 28).
[xi] Extraído de http://www.biblioteca.org.ar/libros/8172.pdf (consultado el 06/06/2014 a las 15:30 hs.)
[xii] : “En resumen: he aquí un caballero que sólo se diferencia de mí en que él es el mucamo y yo soy el amo” (Mansilla L., 2006: 31) dice Lucio Victorio con respecto al gallego José, su propio asistente.