En torno a dos concepciones de la historia en el pensamiento de Marx

 
Facundo Nahuel Martín
(UBA-CONICET)
facunahuel@gmail.com
 
 
Introducción
El llamado “marxismo tradicional” ha partido normalmente de una idea de la historia universal, estructurada por la sucesión teleológicamente ordenada de modos de producción, gobernada por una lógica global de desarrollo. Las etapas históricas se sucederían según un plan general y progresivo (ligado, por ejemplo, al desarrollo de las fuerzas productivas) que estructuraría una dialéctica general de la historia. El marxismo supondría, pues, una filosofía de la historia universal, pero de bases “materialistas” en lugar de “idealistas”.
Frente a la concepción marxista tradicional, investigaciones recientes (Acha, 2012; Postone, 2006; Arthur, 2004) sostienen que sólo bajo las condiciones históricamente determinadas de la sociedad capitalista existe algo como una “dialéctica” histórica global. Estas investigaciones rompen con toda postulación de una filosofía de la historia universal como base para la teoría marxista, centrándose en cambio en un giro a la especificidad histórica. El marxismo, en esta relectura, no es una teoría general de la historia sino una teoría crítica del capital históricamente determinada, cuyas categorías principales tienen un valor acotado a las condiciones sociales del capitalismo.
 
Las mentadas lecturas prescinden del “materialismo histórico” como concepción marxista de la historia universal. Sólo el capital, como valor que se auto-valoriza, impone una dinámica necesaria a la contingencia histórica, reduciendo la pluralidad de la experiencia humana a los carriles forzados de su reproducción automática. El capital tiene la dinámica intrínseca del Geist hegeliano, que se pone a sí mismo a través de sus momentos particulares. “Para Hegel, el Geist constituye una totalidad general, sustancialmente homogénea, que no es sólo el Ser del principio del proceso histórico sino que, desplegada, es el resultado de su propio desarrollo” (Postone, 2006: 132, en cursivas y en alemán en el original). La idea de historia como un despliegue global es, pues, resultado ideológico de la lógica del capital: “el capital es el padre de la historia” (Acha, 2012: 99).
En este trabajo me propongo: 1) revisitar la famosa “Introducción ” marxiana de 1857 y su original abordaje del problema de la historia. De este análisis se desprenderá. 1.a) que efectivamente Marx efectúa un giro a la especificidad histórica, impugnando toda visión progresista de la historia universal; pero también 1.b) que Marx no prescinde de algunos conceptos de pretendida validez universal, conceptos “genéricos” fundados en una antropología filosófica o incluso una ontología implícita. Sobre esa base, intentaré 2) volver sobre algunos pasajes de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, con el fin de mostrar su compatibilidad y continuidad con el pensamiento maduro de Marx.
Desde los planteos de Althusser (1973) hasta los más contemporáneos de Postone (2006a, 2006b), es habitual que se enfatice la ruptura entre los textos juveniles y los textos maduros de Marx. El punto de partida del joven Marx, centrado en una antropología humanista, estaría ligado al el subjetivismo de las filosofías de la modernidad. El Marx maduro dejaría de lado todo concepto genérico del hombre para centrarse en la crítica del capital históricamente determinada. Contra esta interpretación, intentaré mostrar que el concepto de “ser genérico” del joven Marx es compatible con la madura crítica del capital. Conviven en Marx dos conceptos diferentes de la historia: la historia del capital, expresada en la idea de historia universal, con su carga de eurocentrismo y reduccionismo; y la historia del “ser genérico” como ámbito de apertura a la contingencia y gestación no-previsible de las formas de coexistencia colectivas.
Sostendré que Marx, en sus textos juveniles, piensa la historia como el terreno de la apertura a la contingencia, ámbito donde el “ser genérico” se gesta en la variabilidad de las relaciones sociales históricamente determinadas. Lejos de un concepto invariante de la “naturaleza humana”, para el joven Marx la historia es el espacio de transitoriedad radical donde el ser genérico se pone en juego cada vez, exponiéndose a su contingencia y mutabilidad. En este trabajo pretendo mostrar que los dos conceptos marxianos de la historia no son incompatibles sino que se suplementan dialécticamente. El Marx maduro vincula estructuralmente historia y violencia bajo el fetichismo de las relaciones mercantiles. El joven Marx formula un concepto de historia ligado a la posibilidad emancipatoria de romper con la violencia estructural del capital y su “historia universal” reificada.
La “Introducción” de 1857 y la crítica de la historia
Parte del debate contemporáneo en torno al pensamiento de Marx discurre sobre la especificidad histórica de conceptos como el de trabajo. El trabajo, para el marxismo tradicional, es transhistóricamente la fuente de la riqueza humana. Autores como Postone, en cambio, sugieren una reinterpretación que no asume el “punto de vista del trabajo”, sino que hace de éste el objeto de la crítica: “la crítica social del carácter específico del trabajo en el capitalismo es una teoría de las determinadas formas estructuradas por, y estructurantes de, la práctica social que constituyen la sociedad moderna en sí” (Postone 2006a, p. 119). Para Postone el trabajo no provee las bases para una ontología social, sino que es el fundamento estructural de las relaciones sociales capitalistas y su dinámica reificada. El capitalismo se caracteriza porque “las relaciones sociales son sociales de un modo peculiar. Existen no como relaciones interpersonales abiertas, sino como un conjunto de estructuras cuasi-independientes” (Postone 2006a, p. 185). Esas estructuras se fundan en el trabajo abstracto que produce valor: “el valor, en tanto forma de la riqueza, está en el núcleo de las estructuras de dominación abstracta” (Postone 2006a, p. 187).
Con el trasfondo del planteo postoniano, intentaré reconstruir la manera como Marx aborda el problema del trabajo y la historia en la “Introducción” de 1857. Marx articula una concepción históricamente determinada de la sociedad capitalista, basada en la comprensión situada de cada categoría en el plano de la especificidad histórica, al tiempo que elabora una aguda crítica de las visiones progresistas de la historia universal. La articulación históricamente determinada de las categorías sociales no excluye, empero, que éstas posean cierta validez retrospectiva para iluminar a sociedades no-capitalistas. En virtud del carácter general y abstracto del trabajo en la sociedad moderna, ésta produce históricamente algunas categorías universales que, como tales, pueden aplicarse externamente a otras sociedades.
Marx enfrenta la discusión histórica partiendo del problema del método. La investigación social tiene su origen en lo “concreto real”, pero no puede apresarlo directamente sino mediante un proceso de síntesis de elementos más simples, abstractos. Lo concreto (“síntesis de múltiples determinaciones”) “aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el verdadero punto de partida” (Marx, 1971: 21). Este planteo busca aprehender la totalidad históricamente específica de la moderna sociedad burguesa, central en la crítica de la economía política.[1] En economía política, la oclusión de la totalidad conlleva una deshistorización de los elementos dados, que se eternizan en su inmediatez al desdibujarse sus lazos en el seno de un “concreto real”. Esto ocurre por ejemplo con el concepto del capital. “El capital, entre otras cosas, es también instrumento de producción (…) De tal modo, el capital es una relación natural, universal y eterna; pero lo es si dejo de lado lo específico” (Marx, 1971: 5). El capital puede concebirse meramente como instrumento de producción y en ese caso pierde toda especificidad histórica. “Lo específico” del capital es su condición de relación social, como elemento constituido en el seno de una totalidad junto con el trabajo, la plusvalía, etc. Esa totalidad, a la vez, ha llegado a ser en la historia, y puede dejar de existir alguna vez. Al omitir la perspectiva de totalidad en la comprensión de lo social la economía “sirve para introducir subrepticiamente las relaciones burguesas como leyes naturales inmutables de la sociedad” (Marx, 1971: 7).
Ahora bien, ¿existe algún concepto de validez transhistórica? “Estas categorías simples, ¿no tienen una existencia histórica o natural autónoma, anterior a las categorías concretas? Ça dépend” (Marx, 1971: 22, en francés en el original). Stuart Hall (1974) sostiene que la relación entre categorías simples y complejas no puede reconstruirse en términos de un desarrollo evolutivo. No se trata de que las sociedades más antiguas históricamente presenten categorías económicas simples, que luego el despliegue temporal complejice. Por el contrario, las sociedades más antiguas pueden presentar formas de cooperación complejas, sin que emerjan en ellas ciertas categorías simples; mientras que a veces se necesita una constitución social muy compleja para que una categoría simple adquiera preponderancia (Marx, 1971: 23).
Lo anterior es especialmente revelador para la categoría de trabajo. “El trabajo parece ser una categoría totalmente simple (…) y sin embargo (…) es una categoría tan moderna como las relaciones que dan origen a esta categoría simple” (Marx, 1971: 24). Si el trabajo es completamente general, abstracto, porque en cualquier sociedad los hombres deben “trabajar” (mantener un intercambio vital con la naturaleza, gastar su energía psicofísica, etc.) empero sólo en la sociedad burguesa la generalidad abstracta de la categoría de trabajo deviene históricamente real y concreta. La categoría general se monta sobre un desarrollo histórico determinado:
Un inmenso progreso se dio cuando Adam Smith rechazó todo carácter determinado de la actividad creadora de riqueza Con la universalidad abstracta de la actividad creadora de riqueza se da al mismo tiempo la universalidad del objeto determinado como riqueza, como producto en general, o, una vez más, como trabajo en general (…) La indiferencia frente a un género determinado de trabajo supone una totalidad muy desarrollada de géneros reales de trabajos, ninguno de los cuales predomina sobre los demás (Marx, 1971: 25).
Las categorías abstractas, que pueden aplicarse a múltiples épocas históricas, sin embargo son “el producto de condiciones históricas y poseen plena validez sólo para estas condiciones”, al menos “en lo que hay de determinado en esta abstracción” (Marx, 1971: 26). Luego, la sociedad capitalista encierra condiciones para una comprensión de “todas las formas de sociedad pasadas (…) pero no ciertamente al modo de los economistas burgueses, que cancelan todas las diferencias históricas” (Marx, 1971: 26). El trabajo como noción general sólo emerge en el seno de la sociedad capitalista desarrollada. En virtud de este desarrollo históricamente específico, puede la sociedad burguesa echar una mirada extrínseca a otras sociedades y comprenderlas como igualmente fundadas en el trabajo en general. Este ejercicio, legítimo, posee sin embargo algunas complejidades en la medida en que la propia categoría general de trabajo sólo posee una existencia real y determinada en la sociedad moderna.
¿Cómo se distinguen las afirmaciones de Marx y las de los economistas burgueses? Estos últimos, o bien “cancelan todas las diferencias históricas”, o bien aprecian las peculiaridades de otras sociedades pero las conciben “de manera unilateral” en el marco de una supuesta “evolución histórica” (Marx, 1971: 27). Lejos de todo evolucionismo simple, Marx comprende que las categorías generales y abstractas son resultado del desarrollo histórico y alcanzan con él validez determinada o real. No son resultado de un progreso universal predeterminado. Esto no impide que iluminen retroactivamente a otras formas sociales, en donde esas mismas categorías pueden poseer un rol subordinado o una vigencia parcial. Pero esa iluminación retrospectiva de una formación social precedente a partir del desarrollo presente no supone una concepción progresista del desarrollo histórico ni implica una sucesión forzosa de etapas civilizatorias. Marx provee un recuento del punto de vista histórico de los conceptos universales antes que una mirada evolutiva (Chakrabarty, 2000: 63). De esto se desprende que Marx critica la idea de historia universal: sea porque cancela las diferencias o porque las inserta en una visión progresista, en ambos casos la economía política efectiviza una operación ideológica ligada a la construcción de una idea global de la historia, que se revela como expresión ideológica de la lógica del capital.
Ahora bien, Marx también afirma que “la economía burguesa únicamente llegó a comprender la sociedad feudal, antigua y oriental cuando comenzó a criticarse a sí misma” (Marx, 1971: 27, cursivas agregadas). Parece sugerir que la validez universal reclamada en la comprensión pensante de otras sociedades sólo se podría fundar en la crítica de la propia sociedad presente. El descentramiento crítico (la historización de las relaciones sociales vigentes) aparece como base del singular “universalismo” marxiano.
El movimiento de historización de las categorías universales (como la de trabajo, la más simple y universal de todas), no niega, sin embargo, su legitimidad retroactiva. Por un lado, Marx muestra la factura histórica de un concepto abstracto (el trabajo) en una totalidad concreta. El trabajo como actividad genérica emerge históricamente y cobra existencia real en la sociedad capitalista. A la vez, esto pone a la sociedad del capital en una relación específica con los universales: la sociedad capitalista sería específicamente aquélla en la que las personas viven y piensan en términos de universales abstractos, sociedad que volatiliza las formas particulares de conciencia y acción y pone en su lugar formas generales o abstractas, como la de trabajo. El despliegue de las relaciones capitalistas gesta histórico-concretamente cierta universalidad social, capaz de comprender una multiplicidad de formas de actividad humana bajo categorías generales.
Lo anterior significa que, como señala Postone, el “trabajo” sólo emerge como concepto general en la sociedad moderna, que sólo hay trabajo humano como actividad universal bajo las condiciones históricamente determinadas del trabajo abstracto. Sin embargo, contra Postone, esta génesis histórica del concepto de trabajo no cancela su legítia aplicación retrospectiva: el trabajo como forma universal gestada en la modernidad permitiría comprender aspectos de otras sociedades, siempre y cuando no se proceda en forma unilateral ni se cancelen las diferencias históricas. En otras palabras: hay un momento de universalidad genuina en las categorías “abstractas” de la época moderna, aunque éstas sólo adquieran existencia real en las condiciones del capitalismo. Esto significa, pues, que el Marx maduro efectúa un significativo giro a la especificidad histórica, que empero no excluye la vigencia condicionada de importantes categorías universales, de alcance transhistórico.
El “ser genérico” como ser histórico
En esta sección me detendré en algunos pasajes de los Manuscritos del 44 para intentar mostrar que el joven Marx despliega un concepto genérico de la historia que se diferencia de las concepciones “unilaterales” impugnadas en la “Introducción” de 1857, concepto que es complementario con el análisis de las categorías universales desplegado en la sección precedente. Marx sostiene que el “hombre”, como ser genérico, es un ser inherentemente histórico. El Gattungssein no es una esencia trascendente que subyace a la historia humana sino, por el contrario, la actualización misma de esa historia. El ser genérico es la realidad social de las capacidades humanas. “Para el hombre en sociedad, la realidad objetiva se convierte siempre en realidad de las capacidades esenciales humanas, en realidad de las propias capacidades esenciales del hombre” (Marx, 2004: 148). El ser genérico no permanece inalterado en su existencia social, sino que su propio ser le va en esa existencia. Al objetivar sus capacidades en la vida histórica, se constituye el ser humano. El ser genérico es lo que objetiva, es su producción o su propio ser histórico. Pero no se trata de una esencia preexistente que se objetive en la historia a posteriori, sino que es esa propia objetivación. No hay una esencia humana escondida detrás de la historia, sino que el hombre constituye su esencia en la inmanencia de las relaciones sociales mismas.
Sostiene Marx: “La industria es sólo el libro abierto de las capacidades esenciales del hombre” (Marx, 2004: 150, cursiva en el original). Para comprender el carácter intrínsecamente histórico del “ser genérico” humano, hay que fijarse en el adjetivo abierto que Marx subraya. Un poco más abajo, contrasta: “una psicología para la cual está cerrado dicho libro (…) no puede convertirse en una ciencia verdaderamente cargada de contenido y real” (Marx, 2004: 150, cursiva en el original). Marx opone una psicología donde el “libro” de las capacidades esenciales humanas está cerrado a una psicología “sensorialmente disponible” donde el libro se encuentra abierto. La psicología a libro cerrado concibe a la esencia del hombre “en una relación externa de utilidad” (Marx, 2004: 150) con la industria real. De otro modo: para la psicología “a libro cerrado” hay una esencia humana primera, que existe en su propia interioridad, y que luego se relaciona con la objetividad de modo externo. Para la psicología “a libro abierto”, en cambio, esa relación con la objetividad, esa objetivación, es la esencia humana misma. Por eso se trata de una psicología “sensorialmente disponible”, “cargada de contenido y real”: no es una psicología de las profundidades, del interior que se exterioriza o de la esencia originaria que se expresa, sino una psicología siempre ya desplegada, exterior, plasmada “sensorialmente” en la trama abierta del ser social. No hay, para Marx, una esencia humana más allá de la historia humana, un interior previo a la exterioridad del ser social. El ser humano no objetiva su naturaleza, concebida como preexistente, en la historia y la sociedad. Por el contrario, la historia y la sociedad son esa naturaleza misma.
En la plasmación del ser genérico se delinea una concepción marxiana de la historia que antagoniza con la “historia del capital”. El joven Marx no postula una evolución lineal y progresiva a través de la sucesión de fases históricas, ni cancela todas las diferencias sociales en una concepción uniforme y excluyente de lo humano. Si la historia del capital “concibe unilateralmente” a las formaciones sociales previas como momentos hacia ella misma, en cambio la historia del Gattungssein se abre a la pluralidad no-previsible de sus actualizaciones concretas. El concepto de ser genérico se desembaraza de la interpretación de la esencia humana como algo anterior a las relaciones sociales mismas, al tiempo que prescinde de toda visión evolutiva de la cronología histórica. El joven Marx propone un concepto de la historia que no posee un sujeto global de desarrollo (una identidad que gobierne la totalidad del proceso histórico), sino que postula un sujeto cuya esencia no es, al fin, más que la genericidad (indeterminable de antemano) de sus actualizaciones concretas.
El ser genérico se plasma en la historia, pero no es una esencia preexistente, ni organiza la realidad conforme un plan definible de antemano. En cambio, el ser genérico es su propia historización, es el conjunto no pre-definido de sus instanciaciones determinadas.  Frente a la idea de historia como despliegue necesario, idea producida por el capital en su lógica reificada, el joven Marx nos ofrece una idea emancipatoria de la historia como apertura a la contingencia, como exploración no predeterminable del “libro abierto de las capacidades humanas”.
Conclusión
En la sección dedicada a la “Introducción” de 1857 intenté mostrar que Marx da efectivamente un giro a la especificidad histórica en la crítica del capital, del que se desprende a la vez una crítica de la historia. La idea misma de historia como sucesión preordenada de fases en un plan evolutivo es “hija del capital”, pues sólo éste, con su movimiento reificado, comporta una dialéctica inmanente de desarrollo. La crítica de la historia, empero, no excluye la legitimidad de ciertos conceptos antropológico-genéricos, siempre que se los formule con los recaudos de eludir el evolucionismo y no cancelar las diferencias históricas. En la sección anterior intenté mostrar que el joven Marx provee un concepto antropológico-genérico compatible con la crítica de la historia, que permite formular una noción afirmativa, emancipatoria, de la historia como apertura a la contingencia. El “ser genérico” no es una esencia inmutable ni determina un “plan” histórico-global progresivo. Por contra, el concepto ser genérico apunta a la indeterminación contingente de la historia humana, en la medida en que se efectiviza en la pluralidad no-previsible de sus objetivaciones.
En Marx coexisten, pues, dos concepciones de la historia. Marx formula una crítica de la historia, dirigida contra las visiones teleológicas y las generalidades reduccionistas, que son desmitificadas como resultados del movimiento reificado del capital. Pero también ofrece una concepción afirmativa de la historia como “libro abierto de las capacidades humanas”. Ajena a toda visión teleológica y toda necesidad preordenada, esta concepción mienta la contingencia radical del ser genérico humano, “esencia” transhistórica que empero no tiene otra actualidad que la pluralidad contingente de sus actualizaciones determinadas. Entre la rigidez reificada de la historia del capital y la apertura no-predeterminable del Gattunssein, entran relación las dos concepciones marxianas de la historia.
Bibliografía
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[1]              Stuart Hall (1974: 115) desarrolla este argumento con precisión.