México, una síntesis de las contradicciones mundiales

 
¿Qué está pasando en México? Al parecer, hoy gran parte del mundo voltea a México con sorpresa y horror frente al asesinato atroz de tres y la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, acontecidas la madrugada del 26 de septiembre del año en curso, a manos de la policía municipal de Iguala. Sin embargo, las desapariciones forzadas, los asesinatos, la impunidad de la policía, del ejército, y la corrupción de los funcionarios públicos son el pan de cada día en México.
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) tiene hoy en día el registro de 27,243 personas desaparecidas, de las cuales por lo menos 2mil 443 casos son desapariciones forzadas; mientras que el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reporta que desde diciembre de 2012 a junio de 2014 se tiene registro de 55 mil 325 asesinatos. Podemos recordar con horror la matanza de Acteal en 1997, los asesinatos y violaciones de Atenco en 2006, las muertas y desaparecidas de Ciudad Juárez y del Estado de México, el incendio de la Guardería ABC donde 49 bebés murieron y 75 resultaron heridos en 2005, la matanza de los 22 jóvenes en Tlatlaya, entre muchísimas otras.
¿Por qué es hasta ahora, pues, que tanto la sociedad mexicana como la sociedad internacional se escandalizan y protestan contra la violencia, la corrupción, la impunidad y el descaro del Estado mexicano?
En realidad el caso de Ayotzinapa ha sido la gota que derramó el vaso, un vaso lleno de pobreza, de precariedad laboral, de falta de oportunidades para la juventud, de contrarreformas neoliberales que encarecen la vida de los que menos tienen, de falta de representatividad de la sociedad civil por los partidos políticos corruptos, de desempleo, de misoginia, de racismo contra las culturas indígenas, de extractivismo rapaz, y de una infinidad de problemáticas sociales a las que los tres niveles de gobierno mexicano parecen hacer caso omiso, siendo ellos mismos los primeros en generar las bases para la mayoría de nuestros males.
Es ahora, entonces, cuando diversos sectores de la sociedad civil de toda la república han salido a las calles con la consigna de “vivos se los llevaron, vivos los queremos”, la cual si bien alude a los 43 desaparecidos, (aunque ahora son 42 porque hace unos días se identificó el cuerpo de Alexander Mora en el basurero de Cocula, Guerrero), también se refiere a los miles de desaparecidos y a los miles de asesinados que han permanecido en el silencio de los gobiernos locales y federales del Partido Acción Nacional (PAN), del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y en los gobiernos locales del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Los gritos, las consignas, las pintas callejeras, los incendios, los performance, las canciones y los poemas de protesta actuales apuntan a un descontento generalizado y a un repudio total a la clase política mexicana que, no está por demás decirlo, se enriquece a costa de la miseria de las mayorías, vivo ejemplo de ello es la casa de siete millones de dólares del presidente Peña Nieto.
Así pues, el nexo entre sociedad civil y sociedad política cada vez se vuelve más endeble en México, la sociedad en general no se siente representada por los partidos políticos ni por demás instituciones estatales. Es a raíz de dicha inestabilidad que el gobierno priísta de Enrique Peña Nieto ha ofrecido supuestas soluciones a las problemáticas, como la serie de reformas en materia de seguridad y justicia  que promueven la existencia de una Policía Estatal Única que sustituirá a todas las policías municipales comenzando a actuar en los estados de Guerrero, Michoacán, Jalisco y Tamaulipas. Entre una decena de medidas de seguridad en el país, se puede apreciar que la única solución que encuentra el gobierno a tal crisis es la coerción, la imposición de más elementos policíacos en toda la república, al final una forma de dictadura militar disfrazada de democracia. Así, cuestiones como la criminalización de la protesta son factores que han tratado, sin lograrlo, de llevar al movimiento social a olvidar las demandas primordiales de la lucha y a enfocarse a la disputa por la libertad de los presos políticos que han sido detenidos arbitrariamente en varias manifestaciones y fuera de ellas. En realidad dichas medidas se encuentran lejos de una verdadera solución y únicamente responden a una política histórica que ha llevado a cabo el PRI por decenas de años, en donde la represión funciona como motor de su hegemonía, sumada al espectáculo de las televisoras que, con simulaciones fraudulentas como el Teletón, logran disuadir a la sociedad para que no recapacite sobre sus condiciones precarias de vida.
No obstante, la sociedad mexicana ya no está aceptando con tanta facilidad los discursos y medidas presidenciales y, es más, recoge ciertas críticas contra los medios masivos de comunicación. El momento actual sugiere así una toma de conciencia que dista mucho de cualquier otro movimiento político-social en contra del régimen porque ahora aglutina a cada vez más sectores, los movimientos anteriores sirven de base para organizar y brindar herramientas de lucha pero se han visto felizmente rebasados por la masa social que no se cansa de protestar.
El desconocimiento a las instituciones del que se hablaba anteriormente ha permitido que varias organizaciones se movilicen y encuentren alternativas de búsqueda y justicia diferentes a las proporcionadas por la Procuraduría General de la República (PGR); las policías comunitarias así como el equipo forense argentino se han dado a la tarea de explorar el estado de Guerrero para localizar a los estudiantes desaparecidos. El hallazgo de los restos de Alexander Mora ha sido, pues, uno de los logros de esta sociedad civil que, al mismo tiempo, inaugura un nuevo momento en la lucha ya que los padres de los normalistas de Ayotzinapa se han pronunciado públicamente desconociendo al gobierno de Enrique Peña Nieto. Con ello, la demanda por que renuncie el presidente y todo su gabinete se vuelve cada vez más fuerte. Protestas como las marchas en conmemoración de la Revolución Mexicana el 20 de noviembre y de la toma de la Ciudad de México por Villa y Zapata el 6 de diciembre son ejemplos de un grito contundente que pide cambios y un nuevo país.
Sin desdeñar ninguna demanda y forma de protesta, habría que pensar ahora de qué tanto serviría la renuncia de Peña Nieto, de su gabinete y demás alcaldes y funcionarios corruptos; si bien ellos son parte fundamental del problema, serían conclusiones simplistas decir “que se vayan todos” y todo estará bien. Al contrario de lo anterior, el movimiento social mexicano debe de plantearse la reformulación del país a fondo; la problemática mexicana no es de índole moral de algunos individuos como tal, sino que responde a cuestiones sistémicas mucho más profundas. Lo que pasa en México es la síntesis de las contradicciones que empapan al mundo entero, al mundo sumido en las relaciones de producción y reproducción del capital. Tal vez dichas contradicciones se exacerban de manera más terrible en mi país porque estamos más cerca de EEUU; tal vez sea porque tenemos una gran cantidad de recursos naturales para explotar; tal vez sea porque podemos proveer de mano de obra barata a un sin fin de empresas transnacionales; tal vez sea porque desde la época de la Conquista solo hemos sabido perder y nunca vencer frente al imperialismo; tal vez sea porque nos han educado para tener concepciones simples de la realidad; tal vez sea porque han reprimido y tratado de acallar a las mentes más brillantes del país a lo largo de su historia; tal vez sea porque somos una de las sociedades más desiguales con el tercer hombre más rico del mundo y más de 53 millones de pobres. Pero lo que es cierto es que lo que acontece en México podría pasar en cualquier otro país, porque las formas de acumulación capitalista no ven por el bienestar humano, no ven por los estudiantes del campo que sueñan con ser profesores críticos como los jóvenes de Ayotzinapa (o de cualquier otra parte del mundo), ven únicamente por la continuidad de su reproducción sin importar a quiénes se lleven de lado, sin importar a quienes maten o torturen; lo que ocurre en México es lo que ocurre en cualquier guerra del siglo XX o XXI, es, pues, cosa de todas y todos el plantearse una sociedad y un Estado diferentes.
 
Laura Nieto Sanabria
Maestrante de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México