Venezuela 2014: una mirada dentro de la revolución

Martínez, Manuel

 
El presente artículo, que ha sido entregado por el autor para su publicación en Herramienta, aborda de manera resumida el significado de 15 años de la revolución bolivariana, así como una interpretación del proceso luego de la desaparición física de Hugo Chávez. En una próxima entrega tratará el debate sobre el poder popular y la transición al socialismo.
 
El debate sobre la revolución bolivariana que está en curso en Venezuela, más aún teniendo en cuenta el carácter vertiginoso de los acontecimientos políticos que se suceden en ese país, corre el riesgo de quedar encapsulado en tal o cual coyuntura. Sin embargo, sin dejar de considerar que las coyunturas provocan cambios, incluso en algunos casos cualitativos, hemos considerado necesario, en la medida de nuestras posibilidades, hacer una reflexión más orgánica sobre diferentes aspectos de ese extraordinario proceso de singulares transformaciones que ya lleva 15 años, algo más de lo que va del siglo XXI.
La nuestra es una reflexión militante desde la izquierda popular. No es por lo tanto “neutral”, no podría serlo. Y debemos decir, aunque sea de paso, que cualquier visión de ese tipo tiene siempre un carácter ilusorio, ya que, en cualquier caso, se la construye siempre desde uno u otro ángulo, desde un determinado posicionamiento político-social. Por lo tanto, animados a entrar en el debate, escribimos estas líneas claramente situados: somos parte; con el cerebro y el corazón nos sentimos parte del proceso revolucionario venezolano. Otra cosa diferente es tener una visión romántica o acrítica de ese proceso, lo cual sería políticamente irresponsable. En este sentido, y queremos decirlo desde el principio, no compartimos ninguna justificación –ni “adecuada explicación política”– de los problemas o dificultades realmente existentes; no nos parece que para fortalecer un proceso revolucionario lo mejor sea decir “lo políticamente correcto” entendido en ese contexto. Debemos aprender a decir “lo incorrecto”, si es necesario, incluso equivocándonos, aprendiendo en esto del Che y del propio Hugo Chávez. Tampoco, desde luego, podríamos compartir interpretaciones dogmáticas, no por su carga de críticas “exageradas”, ni mucho menos, sino porque miran la realidad venezolana desde una suerte de manual de bolsillo, desde una imaginaria “teoría de la revolución”, ya sea apologética de los “modelos” revolucionarios del siglo XX, o de los “nuevos modelos” de esta nueva época: las “revoluciones desde abajo”. Esto sólo permite liberar ciertas angustias, encontrando siempre tal o cual defecto, tal o cual deformación del proceso que realmente está en curso para descalificarlo de raíz e imaginar que podría haber otro proceso que encaje en alguno de esos “modelos”.
 
Un resumen de quince años y algo más
 
Interpretando un diálogo que tuvimos con Javier Biardiau,[1] quien nos resumió en algunos ejes el significado de la revolución bolivariana, pero también intentando transmitir nuestra propia percepción de ese singular y extraordinario proceso, podemos decir lo siguiente:
1) Quebró en un espacio-tiempo relativamente corto la hegemonía neoliberal en el continente, desde la insurgencia del comandante Chávez el 4 de febrero de 1992, pasando por su acceso al poder político en 1998 y el proceso de la Asamblea Constituyente en 1999, proyectándose durante la primera década de este siglo XXI. Para cualquiera que recuerde lo que significó el imperio del neoliberalismo en Nuestra América, este es un dato contundente. No decimos con esto que el neoliberalismo haya desaparecido definitivamente en esta región del mundo, pero sí que es imposible negar la ruptura del consenso –político y también social– que existía al respecto al finalizar el siglo XX.
2) El proyecto orgánico de Chávez –más aún visto desde ahora– se basó en su propia lectura de las potencialidades realmente existentes del movimiento popular, que se habían expresado de manera caótica en esa gran rebelión que fue el Caracazo de 1989. Lo realmente inédito es que desarrolló ese proyecto entrelazándose con esas potencialidades, apuntando a su crecimiento, al protagonismo y al poder popular. No buscó “recomponer el orden en términos progresistas”. Asumió, desde el principio, que ese nefasto orden opresor de la IV República[2] no podía ser heredado. Impulsó una ruptura, basándose en la movilización popular y alentándola, una nueva construcción institucional, incluso paralela a la existente, buscando la transformación del Estado y de las relaciones de poder.
3) El método elegido –después de la fallida insurgencia militar-popular de 1992– fue apelar al voto popular, no sólo para alcanzar el gobierno, lo cual consiguió al finalizar 1998, sino nuevamente, de la misma manera, en 1999, consultando al pueblo para la instalación de una Asamblea Constituyente que debía sentar las bases del proceso que se estaba iniciando: una verdadera refundación de Venezuela. De esta manera, la Asamblea Constituyente, respaldada por más del 80% de los votos válidos, estaba destinada a crear una nueva Constitución que desde entonces sería el instrumento político central de las transformaciones revolucionarias. Es importante señalar que las representaciones políticas de la burguesía no fueron privadas de participar en la Constituyente. Lo hicieron con una mínima representación, ya que sus expresiones partidarias habían sido prácticamente barridas de la escena.
4) La revolución bolivariana –con todas las dificultades que veremos luego– rompió también con el consenso existente respecto de que la política económico-social debía basarse siempre en la centralidad de las variables macroeconómicas; por esto, también, subrayémoslo, es una revolución. Colocó en un primer plano la inversión social, desarrollando de manera inédita una política redistributiva de la inmensa renta petrolera. Dicho de otra manera: a diferencia de los gobiernos neodesarrollistas latinoamericanos que colocan tal inversión –a la cual llaman “gasto social”– siempre condicionada a la preservación de los intereses de las élites que manejan la macroeconomía, o a lo sumo negociando con tales grupos concentrados de poder económico, en Venezuela se reventó esa lógica imperante, lo cual significó una ruptura cualitativa con la burguesía y el imperialismo. El rescate de la renta petrolera por parte del Estado –algo que permitió la constitución de las Misiones[3] con inmensas inversiones en vivienda, educación, salud, infraestructura, transportes, cultura, etc., sobre todo después de la derrota del intento de golpe de 2002 y del paro-sabotaje de 2002-2003– dio lugar a un nuevo escenario de confrontación: las clases históricamente dominantes, que durante más o menos nueve décadas se habían apropiado a su regalado gusto de la renta petrolera, se vieron cada vez más acorraladas y el pueblo pobre –ese pueblo sufrido y siempre castigado– cada vez más empoderado.
5) Se comprometió a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana con el proceso revolucionario. Esto constituye un hecho inédito en el escenario continental, más aún teniendo en cuenta el rol antipopular que cumplieron las instituciones armadas en nuestros países y especialmente en Venezuela durante la IV República y desde antes. El origen militar de Chávez, así como su propia militancia política entre sus camaradas de armas, es decir, entre la oficialidad joven e intermedia de los años 90, fueron factores decisivos para que pueda iniciarse la efectiva la transformación de un aparato reaccionario frente a cualquier propuesta de cambio social en nuestro sentido. Después del fallido golpe de 2002, en el que se puso en evidencia que había sectores de las Fuerzas Armadas comprometidos con la derecha escuálida, se inició una depuración de manera atípica. Comenzó un trabajo político-ideológico de carácter institucional, es decir, una mutación de las instituciones castrenses, replanteando sus fines: deben levantar su espada en defensa de las garantías sociales, en defensa del pueblo protagonista de la revolución, como parte de él. Esto significó una inversión de los términos, una ruptura real con la doctrina de “seguridad nacional” hasta entonces expandida por el Pentágono en América Latina, y en términos propositivos la vigencia del pensamiento bolivariano.
6) La cuestión de la integración regional en diversos planos fue reimpulsada por la revolución bolivariana, asumiéndola como cuestión estratégica y no simplemente diplomática. Chávez fue un operador clave en esta recomposición geopolítica, primero fortaleciendo a la OPEP –Venezuela cuenta con las mayores reservas de petróleo a nivel mundial–, levantando los precios del petróleo desde 2002 en adelante. Y compensando ese aumento de los precios con elementos de integración energética en el escenario regional, favoreciendo a los países carentes de petróleo. Esto se concretó con la creación de Petrocaribe[4] y con el impulso de acuerdos energéticos con otros países de América Latina. Por otra parte, la fundación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), así como la derrota conjunta del proyecto imperialista de crear el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) producida en la Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata (Argentina) en 2005, pero también la fundación de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), así como de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), son todos logros –dibujando distintos anillos concéntricos– de esta política de integración en términos de soberanía. Concluyendo este punto, podemos decir que en gran medida Chávez aceleró el proceso de crisis del Consenso de Washington. Sin ningún tutelaje –aclaremos: nunca fue su pretensión– permitió que en este sentido se aceleraran diferentes procesos existentes a escala continental.
7) Aunque sigue siendo materia pendiente, porque en realidad está a medio camino, la revolución bolivariana volvió a colocar la importancia estratégica del poder popular en nuestra región. No estaba en el horizonte, como aspecto clave de la transformación revolucionaria, por lo menos desde la experiencia chilena de los primeros años 70. Colocó al poder popular como sujeto del cambio, dejando al propio gobierno en un segundo plano por lo menos en el planteamiento. El ciclo de Chávez, de su liderazgo político y pedagógico del pueblo, va de la Asamblea Constituyente al gobierno, del gobierno a la política nacional e internacional, y se cierra cuando comienza el impulso de la transformación del Estado desde el poder popular. A partir de esto es necesaria una reflexión, es necesario un debate que está relacionado con el último año y medio sin Chávez, en el sentido de lograr una comprensión cabal del poder popular y de su ejercicio real. El poder popular, con toda la importancia que tiene, queda indefinido en su propia sustancia: ¿es exclusivamente poder comunal, es decir de las Comunas, que se basan en los Consejos Comunales? Dicho de otra forma: ¿es exclusivamente un poder desplegado en los territorios donde se asientan los Consejos Comunales? ¿Es también el poder obrero, el poder estudiantil, el poder de las mujeres, de los movimientos sociales o de fuerzas sectoriales? Este debate sigue estando abierto, aunque esto no quiera decir que hoy se esté avanzando hacia una resolución positiva. Si no avanza positivamente, se corre el peligro de una reversión del proceso revolucionario. Hay que decirlo con todas las letras, sin dudar. Cualquier reversión, que en realidad representaría un retroceso, pasa por el debilitamiento de las experiencias existentes de poder popular, por su todavía débil impulso o por su transfiguración en un mero discurso.
8) Un último aspecto, que tiene una gran trascendencia en los días que vivimos, es la importancia vital de haber propuesto el socialismo del siglo XXI. La última década del siglo XX estuvo atravesada por la crisis irreversible del entonces llamado “socialismo real”. La caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y de los regímenes de Europa del Este, así como la apertura de China al capitalismo y el aislamiento de Cuba, dieron lugar a que los teóricos de un imaginario “pensamiento único” proclamaran el reino absoluto del mercado y “la muerte del socialismo”. La izquierda, así como sus expresiones en el movimiento obrero y popular, fueron puestas a la defensiva, casi aceptando que el socialismo no era posible, y se refugiaron en la negatividad, las ideas “anti”: anticapitalismo, antiglobalización, etc. La revolución bolivariana, desde 2005, por medio de su líder, propuso a contracorriente otra idea, realmente propositiva: el socialismo del siglo XXI, no como “modelo” sino como desafío de “creación heroica” en cada realidad concreta de nuestro continente y del mundo. Este aporte, que no significa en sí mismo una “nueva teoría de la revolución”, replanteó o delineó de otra forma el horizonte de liberación de nuestros pueblos.
 
El liderazgo de Chávez
 
Despojándonos de la idea de que el liderazgo de las revoluciones es algo relativo y hasta contraproducente, idea que no deja de tener su razón, particularmente por la transformación de tantos líderes en dictadores, aunque también alimenta prejuicios, debemos señalar claramente que el rol de Hugo Chávez –del “comandante eterno”, como hoy lo llaman ya sea las vendedoras de pastelitos, los buhoneros, los/las pobladores/as de los cerros, los/las campesinos/as, los/las comuneros/as, no sólo los funcionarios– fue un rol pocas veces visto en la historia para iniciar un proceso revolucionario en un país –y no sólo– como Venezuela. Esto remite a muchas discusiones, en especial con quienes en la actualidad hacen apología de los procesos “desde abajo” o imaginariamente “horizontales” –¿sólo fuera de Venezuela?– y al mismo tiempo se dicen defensores de la revolución bolivariana. Pensamos, precisamente a la luz de la experiencia venezolana, que es fundamental valorar el rol propositivo del liderazgo en los procesos revolucionarios. El caso de Chávez es singular: no sólo elaboró un proyecto orgánico sino que lo impulsó y recreó apelando a la movilización popular. En ese recorrido abrió las compuertas para que se habiliten nuevas y diversas expresiones de protagonismo popular, puso en vigencia un proceso de ida y vuelta real entre el gobierno y dichas expresiones, lo cual permitió que el proyecto, en su propio desarrollo, adquiera un gran dinamismo, replanteando una y otra vez sus diferentes dimensiones hasta llegar a la creación del Plan de la Patria[5] y al Golpe de Timón.[6]
Ese rol, sin duda extraordinariamente pedagógico para el pueblo, difícilmente podía ser sustituido luego de la desaparición física de Chávez el 5 de marzo de 2013. Se han hecho muchas críticas al liderazgo de Chávez, no sólo –desde luego– de parte de los representantes de la burguesía y de sus medios, alimentando su odio de clase, sino también desde las propias organizaciones populares y la izquierda. Una de ellas apunta a un hiperliderazgo concentrado, algo que el mismo Chávez reconoció relativamente como un problema en la última etapa de su vida. Otras críticas sostienen que no se construyó una dirección colectiva, lo cual formalmente es cierto, pero la práctica real de Chávez fue trabajar con todos los sectores, con las organizaciones y los movimientos que expresaban diferentes reivindicaciones y distintos puntos de vista. En fin, estas y otras críticas, que seguramente contribuyen al necesario balance del rol del comandante, surgen o se resaltan en la actualidad casi como resonancia. El hecho concreto, siguiendo con lo dicho, es que la sucesión presidencial encargada a Nicolás Maduro, a su vez refrendada por el voto popular, quien asumió en abril de 2013, no tanto por el estrecho margen con el que derrotó al candidato de la derecha, Henrique Capriles –Maduro: 50.61%, Capriles: 49,12%–, sino más bien por lo que significaba hacerse cargo de la sucesión del líder de la revolución, nunca pudo haber tenido –incluso si ganaba por un porcentaje mayor– el mismo lugar, la misma dimensión o la misma presencia político-social de su antecesor. No es nada menor hacer esta reflexión: en ningún caso “debilita” la actual conducción del proceso, más bien permite situarse correctamente en la realidad presente de la revolución bolivariana. La derecha ha utilizado mucho esta diferencia de liderazgo: “con Chávez no pasaban estas cosas”, lo dicen actualmente, refiriéndose, por ejemplo, al desabastecimiento o a la elevada inflación del último año, eludiendo con el mayor cinismo su propia responsabilidad. Esta perversa utilización –perversa en toda su perversidad– busca utilizar el símbolo, toda la simbología de aquel liderazgo indiscutible que sigue viviendo en la sociedad profunda. Es absolutamente cierto que la gente extraña a Chávez, y la burguesía lo sabe muy bien. Esta “lumpenburguesía”[7] expresa todo su odio por haber perdido el control de la inmensa renta petrolera, por haber sido desplazada de su manejo, pero no ha perdido definitivamente su poder. Esto le permite seguir horadando, aunque relativamente, en el llamado “imaginario social”.
 
Crisis y fracaso de la burguesía
 
El escaso margen con el que Maduro ganó las presidenciales, envalentonó a la derecha, más aún utilizando todos los recursos nacionales e internacionales de su “conjura mediática” contra Venezuela. Casi de inmediato, sin mayor éxito, comenzaron a impulsar acciones callejeras no sólo contra el gobierno sino contra el proceso revolucionario. Sin embargo, muy lejos de que se tendiera un cerco contra el gobierno a partir de las elecciones municipales y de gobernadores realizadas en diciembre, tal como querían los representantes políticos del imperialismo y de la burguesía, los resultados mostraron que el pueblo chavista intuía ese peligro. En ese contexto, el Gran Polo Patriótico (GPP), la coalición política de las fuerzas bolivarianas, que incluye al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), ganó 240 de las 337 alcaldías existentes en el país, alcanzando un 48,69% de la votación, mientras que la Mesa de Unidad Democrática (MUD), que reunía a toda la derecha, sólo llegó al 39,34%., casi un 10% menos que la votación obtenida por Capriles meses antes. Paralelamente, en las elecciones de gobernadores, el PSUV ganó en 20 de los 23 estados que conforman el mapa político venezolano. Estos datos contundentes expresan que hubo una importante movilización política del pueblo en defensa de su revolución. Usando un antiguo dicho, podríamos decir que la derecha fue por lana y salió trasquilada.
Acorralados por la realidad, debatieron entonces qué hacer. En sus cabezas daba vuelta la idea de que no podían esperar que Maduro culminara su período constitucional de seis años. Tuvieron diferencias y finalmente el sector más belicoso: Voluntad Popular, liderado por Leopoldo López, irrumpió en la escena en febrero de 2014 dando luz verde a su plan denominado “La Salida”. Volvieron a las calles, utilizando paramilitares colombianos, lúmpenes y demás, pero también movilizando a sectores de la clase media y niños bien. Los hechos son bastante conocidos: causaron innumerables destrozos, cobraron vidas, etc. Pero interesa subrayar que –con todo lo que se vivió en Venezuela en febrero y marzo– no se trató de una movilización social cualitativa que lograra desestabilizar al gobierno. Interesa subrayar también que “La Salida” fue promocionada por los medios globalizados –por eso una “conjura mediática”– mostrando al mundo entero que el escenario era prácticamente el de una guerra civil. Una vez más, la terca realidad demostró que la derecha no tenía –ni creemos que la tanga ahora– la capacidad de romper la unidad popular existente en torno a la revolución bolivariana. Intentó utilizar el descontento que realmente existe, ya sea por los problemas de la economía cotidiana de nuestra gente, por los manejos de la burocracia, por los negociados de la boliburguesía, etc., pero no pudo, comprobó que no pudo salir de sus propios bolsones, que no tiene credibilidad en el pueblo, claramente no tiene pueblo.
Diego Bautista Urbaneja, un analista bastante serio de la derecha, lo reconoció tiempo después:
 
El descontento es mucho mayor que la oposición y en ese descontento hay una franja de ciudadanos que, puestos a escoger entre oposición y gobierno, quién sabe para dónde agarran. No es nada seguro que sea para la oposición. Entonces la oposición debe copar ese descontento. Tal diferencia, al parecer, no es percibida por muchos dirigentes políticos. Creen que el 70% de quienes consideran a este gobierno como “malo” son de oposición, y eso no es así.[8]
 
En esa idea de “copar” el descontento, podría existir una propuesta de acumulación de fuerzas, no sólo políticas sino sobre todo sociales, lo cual, evidentemente parece muy difícil que esta gente pueda lograrlo. Están pagando así no sólo su beligerancia contra la revolución bolivariana: están pagando el haber sido los artífices de la “Venezuela saudita”, de la IV República que –con su propia forma de democracia– castigó duramente al pueblo pobre. Y no es que en Venezuela –desde 1999, tal como hemos tratado de explicarlo antes– hay un gobierno que consideró “la cuestión social”, lo que hay realmente es una revolución enraizada que vive material y espiritualmente en los/las de abajo.
El aporte de Petróleos de Venezuela (PDVSA) al desarrollo social –entre 2001-2013– de 207.913 millones de dólares, publicitado como “distribución popular de la renta, es petróleo para abatir la pobreza, expandir las fuerzas productivas…”,[9] permitió, por ejemplo, que en el presente año se haya entregado la casa número 600.000 como parte de un plan de vivienda popular que proyecta llegar a 2 millones de viviendas nuevas y equipadas en 2019. El acceso a la tierra por parte del campesinado; a la educación para todos/as, habiéndose eliminado el analfabetismo; a la salud en los barrios populares; a la cultura con diversas creaciones, etc.; pero además teniendo en cuenta que hoy el pueblo come tres veces al día, cosa que no ocurría hace 15 años, hacen parte de una nueva realidad que la lumpenburguesía venezolana no puede tolerar. Todo esto está en la base de su “protesta”, de sus famosas “guarimbas”, de su demanda de “democracia”. Y si hablamos de nueva realidad, estamos hablando también de la construcción de una nueva nación popular, es decir de algo trascendental que merece ser debatido y asumido sobre todo en sus contenidos.
 
Las dificultades
 
Aunque la burguesía no está en el gobierno, lo cual es imposible obviar cada vez que se habla de la Venezuela actual, ejerce reales presiones, sobre todo por su injerencia en el mercado. Pero no se trata sólo de un problema interno, es también externo, por así decirlo, porque el imperialismo no ha dejado de hostigar al proceso venezolano, justificando todo lo que hacen sus aliados contra la revolución. El capital financiero –cada vez más globalizado– ejerce también una presión constante. Cuestionan la distribución social de la renta petrolera, pero además no aceptan que exista algún tipo de planificación de la economía. Estas presiones, que se expresan cotidianamente, apuntan, por ejemplo, a nuevas devaluaciones de la moneda; alientan además el mercado negro, planifican el desabastecimiento de tal o cual producto de primera necesidad, etc. Ninguna revolución, por cierto, es un lecho de rosas, sobre todo en este plano, pero, el carácter atípico o singular de la revolución bolivariana hace que deba enfrentar estas presiones en el nuevo contexto planteado desde el 5 de abril de 2013: 1) ausencia del liderazgo de Chávez; 2) existencia de una burocracia estatal que en la actualidad, más que en el período anterior, busca defender intereses sectoriales y negociados propios; y 3) ausencia de una movilización popular sostenida que libere todas sus fuerzas y arrincone definitivamente a la burguesía.
El gobierno de Nicolás Maduro evitó una respuesta popular contundente cuando se produjeron las “guarimbas” de febrero y marzo. Esa política, por cierto coyuntural, fue seguramente correcta: fue el resultado de una lectura apropiada de esa aventura reaccionaria carente de mayor respaldo. Sin embargo, la convocatoria a las “mesas de diálogo” con sectores patronales y de la oposición, que tampoco podríamos decir que en sí misma fue incorrecta, no contó con la simpatía del sujeto activo de la revolución y no dio resultados positivos, en el sentido de descomprimir esa presión. Tales “diálogos”, finalmente, se frustraron y no se conoce de manera transparente todo lo que allí se negoció, aunque sea en forma parcial, con lo cual se generó un clima de incertidumbre. En el “imaginario social” quedó la idea de que se hicieron concesiones, aunque éstas, de haber existido realmente, no torcieron el rumbo del proceso. Lo cierto es que, pasada la tormenta, además –como ya dijimos– exagerada por los aparatos mediáticos, el problema central era el mantenimiento del equilibrio entre los diferentes sectores que componen el gobierno. Coincidiendo con diversos analistas del proceso, podemos decir que estos sectores son tres: 1) el que dirige PDVSA y que por lo tanto tiene una injerencia clave para la política económico-social; 2) el de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que también tiene un rol fundamental, más aún –tal como lo señalamos antes– desde su reconversión impulsada por el propio Chávez; y 3) el sector político, cuya figura central es Nicolás Maduro, quien fue propuesto como sucesor del líder de la revolución y refrendado por el voto popular. El equilibrio entre estos tres bloques, que seguramente tienen múltiples ramificaciones, significa, concretamente, distribución de cuotas de poder, que, en uno u otro caso, no siempre benefician por igual a ese movimiento popular que viene sosteniendo la revolución bolivariana desde hace 15 años. Y tal vez en esto, más allá de que se impulsen y reimpulsen políticas de intercambio con los sujetos protagonistas, por ejemplo los Consejos Presidenciales de Gobierno Popular[10] que se vienen realizando con distintos sectores, haya varios nudos difíciles de desatar.
En este contexto, el III Congreso del PSUV, realizado en julio de este 2014, generó posiciones encontradas. Casi todos los/las activistas comuneros/as y militantes de organizaciones populares con quienes hablamos, nos decían: “en ese Congreso no pasará nada”, “todo está arreglado por arriba”. Otros/as, incluso teniendo críticas a la gestión de Maduro, subrayaban su “importancia estratégica” para la continuidad de la revolución. Lo cierto es que ese Congreso, más allá de diferentes cuestionamientos a la forma de elegir delegados/as o a la presencia de una fracción importante de delegados/as natos/as conformada por gobernadores, diputados/as, etc., decidió mostrar la unidad de todos los sectores del PSUV y del gobierno, desechando todas las especulaciones que se hicieron en contrario. Pocas semanas después, todos/as los/las ministros/as pusieron a disposición de Maduro sus cargos. Recientemente, aunque no es la primera vez, se anunció una reorganización del gobierno con “cinco grandes revoluciones” dentro de la revolución: 1) la económica-productiva, apuntando a la diversificación; 2) la del conocimiento, la ciencia, la cultura y la tecnología; 3) la de las Misiones Socialistas; 4) la revolución política del Estado; y 5) la de la construcción del socialismo en lo territorial: consolidación del “modelo comunal”. Con esto, evidentemente, se está proponiendo un nuevo momento, ya que, en cada caso, más allá de los títulos, pueden diseñarse y cobrar vida nuevas y diferentes dimensiones de la revolución bolivariana.
Finalmente, muy lejos de colocarnos en el lugar de quienes juzgan externamente o desde cierta carga ideológica al proceso, consideramos, modestamente, la necesidad de colocar en el centro dos cuestiones fundamentales. La primera, siguiendo al Che, es la necesidad de impulsar un debate público, no formal sino conducente, vinculante o resolutivo de las dificultades y los errores:
 
La única forma de solucionar los errores es descubrirlos, hacerlos públicos, y entonces el error se soluciona; y la única forma revolucionaria es discutir públicamente los errores, los errores que nosotros tenemos… para entonces poder sacar conclusiones nuevas.[11]
 
Enorme criterio, por cierto. Creemos, una vez más con toda modestia, que la aplicación del método sugerido por el Che serviría de mucho, también para fortalecer el empoderamiento del pueblo. La segunda, que en realidad es la clave de todas las claves, es la participación activa del movimiento popular, es decir en su propio protagonismo, la fuerza de su movilización. Sin este componente decisivo, que durante nuestra experiencia hemos podido comprobar que está retraído, es difícil pensar en el crecimiento de esta singular experiencia revolucionaria. El desarrollo del poder popular, así como la concreción de la transición al socialismo, más allá de tal o cual ley o decreto, pueden superar su estado de latencia con la continuidad y profundización de esa imprescindible movilización.
 
Bibliografía
Castañón, María del Pilar, Ideología y revolución/Cuba, 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2004.
Frank, André Gunder, Lumpenburguesía: Lumpendesarrollo. Dependencia, clase y política en Latinoamérica. Barcelona: Laia, 1972.
Guerrero, Modesto Emilio, Venezuela 10 años después/Dilemas de la revolución Bolivariana. Buenos Aires: Herramienta, 2009.
 


[1] Sociólogo venezolano, militante de izquierda. Trabajó como asesor en diferentes áreas del gobierno bolivariano; es docente en la Universidad Central de Venezuela y escribe en diversas publicaciones, entre ellas en Herramienta.
[2] Período comprendido desde los años 60 hasta la llegada al gobierno de Hugo Chávez. Su característica fue el “Pacto de Punto Fijo”, mediante el cual se alternaban en el poder los partidos Acción Democrática (socialdemócrata) y COPEI (socialcristiano).
[3] Nombre de los programas sociales de la revolución bolivariana para cumplir objetivos determinados. Guerrero, 2009.
[4] Alianza entre Venezuela y algunos países del Caribe en materia petrolera. Fue propuesta por el presidente Hugo Chávez en 2005.
[5]Teniendo como base la propuesta del presidente Hugo Chávez se elaboró el Plan de la Patria, subtitulado Segundo Plan Socialista de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2013-2019. Fue discutido por movimientos y organizaciones populares; fue presentado a la Asamblea Nacional por Nicolás Maduro.
[6] Se conoce como Golpe de Timón a la última intervención del presidente Hugo Chávez en el Consejo de Ministros de la República Bolivariana de Venezuela, en diciembre de 2012. En ella planteó lo que debería ser el “nuevo ciclo de la revolución bolivariana” y la orientación del gobierno durante el período 2013-2019: habló de la crítica y autocrítica, la eficiencia y la aceleración de la construcción de las comunas entre otros temas.
[7] Tomando la definición de Frank, 1972.
[8] El Universal, Caracas, 29/06/1014
[9] Aviso publicado en Vea, Caracas, 1/7/2014.
[10] Mecanismo para la participación directa de diferentes sectores en las decisiones del gobierno, por ejemplo comunas, mujeres, juventud, etc.
[11] Discurso del Che Guevara en la Primera Reunión Nacional de Producción realizada en 1961, cuando era ministro de Industrias de Cuba; cf. Castañón, 2004.