El ocaso del individuo en el capitalismo tardío

 

Jorge Iván Giraldo Ramírez
 
El cielo de la competencia perfecta esconde el infierno que se produce en su nombre.
(Hinkelammert, 2001)
Al fin y al cabo, la diosa de la fortuna, como la de la justicia, es ciega.
(Friedman, 1966)
 
La libertad individual, movilizada en contra del autoritarismo y del totalitarismo político, fue puesta bajo la custodia del mercado, bajo el cual se pretendía iba a prosperar la existencia en el período de posguerra, luego de reconocer y padecer la aniquilación del individuo por fuerzas sociales, en este caso, de origen político. Paradójicamente, la revitalización del individualismo en la fase actual del capitalismo, bajo el denominado neoliberalismo, y la libertad puesta bajo la custodia de las fuerzas del mercado han dado lugar a la crisis, siguiendo a Horkheimer, del individuo. Mi intención aquí es mostrar la actualidad del pensamiento de Max Horkheimer, a través de una breve reconstrucción de su crítica a la configuración social dictaminada por la lógica e integración mercantil en el contexto del neoliberalismo contemporáneo. En este horizonte, la razón se encuentra reducida a su dimensión instrumental y el individuo, obligado a la aceptación del orden dado en aras de su autoconservación, experimenta una transmutación de su libertad en detrimento de su autonomía y, por lo tanto, de su individualidad misma.
El neoliberalismo, como modelo de regulación social implementado, surge como respuesta a la crisis de los 70s, caracterizada por la inflación y el estancamiento económico. No obstante su verdadero leitmotiv consistió en una revitalización de la tasa de ganancia que había decaído en el mismo período (Dumenil & Levy, 2007: 27; Ramos, 2002:124). Ésta fue la oportunidad de institucionalizar un corpus ideológico subordinado a mediados del siglo XX, que se erigía como una crítica a la intervención política, al Estado de Bienestar y a la lucha obrera como obstáculos al crecimiento económico. La receta neoliberal a la crisis, basada en la tríada desregulación, privatización y liberalización, identificaba la lucha por la maximización del interés propio, presente en su individualismo metodológico (Buchanan & Tullock, 1993: 42-3) y la competencia mercantil  como los motores del progreso económico y social, e incluso de  la pacificación entre las naciones (Friedman, 1983:64). En este sentido, afirma Beck, “la capacidad de seducción de esta ideología neoliberal no está, pues, en desatar egoísmos o en maximizar la competencia sino en prometer la justicia global” (Beck, 2004:29).
Sin embargo, sería un error identificar el neoliberalismo simplemente como una teoría económica, como hace notar Mirowski , citando la consciencia que tenía James Buchanan del papel de los economistas en la Mont Pelerin Society, cuna del pensamiento neoliberal: “Professionally, economists have dominated the membership of the Society from its founding, but the whole thrust of the Society, as initially expressed in its founding documents, has been toward elaborating the philosophical ideas without which a free society cannot exist” (Mirowski & Plehwe, 2009:438).
Ésta última afirmación abre el horizonte en el cual se desarrollan estas reflexiones. La crítica filosófica aquí avanzada se refiere al carácter ideológico del neoliberalismo, no sólo en tanto falsa promesa de bienestar social generalizado por el mercado, como se ha podido experimentar en las últimas décadas, sino, más importante aún, por las imagen antropológica y de sociedad libre que están a su base. Ambas ofrecen una imagen cosificada de un homo, pero también de una societas economicus, que impide el despliegue cualitativo de las fuerzas que podrían hacer de un individuo y una sociedad libre verdaderamente tales.
El neoliberalismo, como respuesta a la crisis, reavivó el viejo dogma del liberalismo económico de la armonía de intereses acaecida por el mercado y dio lugar a un nuevo ciclo de acumulación capitalista alejado del apoyo de la gestión estatal (Boron, 2003: 61). Los obstáculos a la acumulación y al libre flujo del  capital han sido progresivamente desmantelados, mientras que se espera aún de la economía el crecimiento que tuvo en los 50s y 60s,  y la crisis social y ecológica se intensifica a niveles inhumanos e insostenibles.
El éxito de la recuperación de la tasa de ganancia en la década de los 80s y los 90s, acompañado por la brillante ausencia de un crecimiento económico, puso en cuestión la relación directa que el neoliberalismo plantea entre la acumulación de capital, la búsqueda de la maximización del beneficio privado y la armonía de intereses sociales (von Mises, 1998:64; Friedman, 1983;). Peor aún, como sostiene Pedro Montes (1996:27), la necesidad de competir en mercados abiertos ha constituido un argumento para forzar las políticas de austeridad, afectando tanto a los países del Tercer Mundo, con salarios bajos y sobreexplotación, como a países industrializados, con una degradación de los derechos de la clase obrera tras la presión por la competencia con mano de obra externa barata. Las políticas de austeridad implementadas para desmantelar el Estado de Bienestar dieron a conocer que ciertos índices de desocupación y desigualdad social son bases de la tasa de ganancia (Dumenil & Levy, 2007:71). Como apunta Mirowski, “inequiality is not the only natural state of markets economies, but it is actually one of its strongest motor forces for progress” (Mirowski & Plehwe, 2009:437).
Asimismo, las políticas económicas neoliberales, con énfasis en la desregulación de la competencia económica y la flexibilidad laboral, han dado lugar a una reducción de los límites normativos de la competencia (Harvey, 2007:185) y al control del trabajo por parte del mercado, guiado por el principio de eficiencia. La debilitación del movimiento obrero, de derechos laborales y la precarización de las condiciones de trabajo han sido las consecuencias generalizadas a lo largo del globo de dichas políticas. El rápido crecimiento de las tasas de ganancia, posibilitado además por la intensificación de las transacciones financieras y monetaristas dieron pie a un incremento de la inversión improductiva, (Dumenil & Levy, 2007:176) lo cual ha derivado en una ralentización de la renovación de las condiciones materiales de la producción. En otras palabras, se ha dado lugar a una desindustrialización de la producción, afectando notablemente los procesos de acumulación real (Kotz & McDonough 2010:113). Igualmente afectada se ha visto la competencia de países menos desarrollados, poniendo en cuestión la teoría de la ventaja comparativa implementada a nivel del comercio exterior, la cual sostiene un juego de ganancia mutua bajo el olvido de las condiciones materiales en que se lleva a cabo la producción y el intercambio comercial y financiero (Montes, 1996, 56; Mangabeira, 2011:49). Finalmente, la explosión de la acumulación de capital sin crecimiento económico (Harvey, 2008; Dieckxsens, 2008) no significa otra cosa que el neoliberalismo ha favorecido la concentración de la riqueza y un recrudecimiento de la desigualdad y la pobreza social.   (Sartorius, 2010; Flores & Mariña, 2000; Montes, 1996, entre otros)
También es de resaltar una paradójica diferencia del neoliberalismo respecto al liberalismo económico clásico. Ludwig von Mises afirma que “[l]o que ciega a muchas personan acerca de los rasgos esenciales de cualquier sistema totalitario es la ilusión de que este sistema operará de la forma precisa en que ellos consideran deseable. Al endorsar el socialismo, ellos asumen que el “Estado” siempre hará lo que ellos mismos quieren que éste haga” (von Mises, 1998:66)
El mismo juicio podría hacerse del neoliberalismo, tanto en el sentido de que éstos esperan un idílico funcionamiento del mercado, como de los rasgos autoritarios -y totalitarios, con Chile como fácil ejemplo- que éste puede tener. A diferencia del liberalismo económico del laissez-faire, el neoliberalismo no rechaza la actividad de un Estado, ni siquiera de un Estado fuerte, pues bien sabe que sólo en un régimen duro pueden generarse las condiciones para la libre competencia del mercado. Carl Schmitt era consciente de esto y es paradójica la cercanía en este punto de Hayek con aquél. El nacionalsocialismo constituyó uno de los puntos de referencia neoliberal para banalizar la intervención política de la economía, al identificarla con el autoritarismo, y a pesar de todo Hayek acepta que podría ser más compatible con los principios (neo)liberales una dictadura que una democracia (Mirowski & Plehwe, 1996:39).
De allí que, como afirma Montes, el reforzamiento de la represión social y la militarización acaecida en los últimos años no sea gratuita: “la miseria y la libertad, en última instancia, no son compatibles, porque, aparte de la contradicción de los dos conceptos, el poder tiene que eliminar los riesgos de que el desesperado use su libertad para rebelarse contra su situación” (Montes, 1996:39).
El término desregulación y la crítica a la intervención política pueden confundir acerca de la relación básica entre neoliberalismo y Estado. Éste no debe intervenir en el libre juego del mercado imponiendo criterios ajenos a su racionalidad, pero es a la vez el instrumento para el establecimiento del mercado desregulado. En otras palabras, la economía política del neoliberalismo sólo puede ser, y ha sido, producto de políticas económicas austeras que, como sostiene Montes, “llegado al punto de tener que aumentar la explotación para satisfacer los requisitos del capital, ha de articularse un régimen de deficiencias e inseguridad acusadas” (Ibíd.:41). Es un papel activo el que juega el Estado en la consolidación de condiciones de desigualdad favorable a la acumulación y valorización del capital.
La transformación de la regulación social impulsada por el neoliberalismo, pretende dar lugar a una autarquía económica, (Beck, 2004:183) es decir, que la regulación del campo social llevada a cabo por el mercado ha de hacerse bajo criterios inmanentes a la racionalidad económica. Con ello, el principio de éxito desplaza a otros criterios políticos y éticos en la configuración del orden material y social. No obstante, y a pesar del neoliberalismo, la crisis de legitimidad a la que conlleva, dada la ausencia de un marco político democrático y la crisis social que se ha experimentado durante la hegemonía neoliberal (Boron, 2003:81; Montes, 1996:36-8) imponen límites externos a la autarquía económica (Beck, 2004:210).
Y sin embargo, una promesa de éxito a largo plazo sigue alentado al sistema económico bajo la cual se desvanece el sacrificio de los que lo alientan. La crisis social como fallo no es más que una externalidad para el discurso neoliberal. Esto es lo que Hinkelammert  ha dado en llamar una dialéctica maldita (Hinkelammert, 1999:103), la cual parte de una abstracción en función del arquetipo de la competencia perfecta del mercado, bajo la cual es sacrificado lo concreto. La abstracción, afirmaban Horkheimer y Adorno (1969:26), se conduce con sus objetos igual que el destino, como liquidación. Klaus Vaclav, primer ministro de la República Checa y acérrimo instaurador de políticas neoliberales, atestigua esto al sostener que el fracaso del mercado “significa nada más ni nada menos que los mercados en la vida real no alcanzan la calidad de los imaginarios e hipotéticos mercados perfectos descritos en los libros de texto. Este no es el punto en cuestión ni el problema. El problema no es la imperfección del mercado, sino la misma imperfección de la intervención reguladora” (Vaclav, 1998:55).
Tal es la función de la ciencia económica neoliberal, según Montes (1999:172): “si la realidad no se ajusta a la teoría, no queda ésta refutada, sino que es preciso cambiar la realidad, con lo que se pone de manifiesto que la teoría económica, en una sociedad con intereses confrontados, no es un instrumento de conocimiento sino un arma ideológica en la lucha de clases”.
La racionalidad que así dirige la regulación mercantil de lo social y, finalmente, de lo humano, no es otra que la razón instrumental. No obstante, la reducción de la racionalidad al cálculo medios-fines, olvidando la dimensión práctica, o de determinación de los fines de la acción humana, conducen a una doble crisis de la razón y del individuo, como agente –aunque no único destinatario- de la misma (Horkheimer, 2002). La idea básica que subyace a este planeamiento es que la reducción del ejercicio de la razón al cálculo de los medios óptimos para alcanzar determinados fines, termina por desplazar al hombre mismo como el agente que determina los fines últimos que guiarán su esfuerzo individual y socialmente. En su lugar, las instituciones del capitalismo tardío, aquí bajo la imagen de la restructuración de la economía política mundial del neoliberalismo, terminarán desarrollando un orden material, cuya reproducción subordina los intereses de –la mayoría de – los individuos a aquellos intereses y principios representados por las instituciones sociales básicas, a la vez que se socavan las condiciones de la determinación racional de los mismos.
La racionalidad es un criterio que - bajo el neoliberalismo- sólo cabe ser entendida como la racionalidad del individuo, no como criterio normativo del orden social (Buchanan & Tullock, 1993:59). Cuando este concepto se refiere al individuo, designa el comportamiento de un individuo que elige “más”, en vez de “menos”, o en otras palabras, que guía su acción por la maximización de su beneficio (Ibíd:60). Esto se debe a que sólo el individuo elige (Ibídem.) y lo hace sobre la base del cálculo coste-beneficio. Si, por el contrario, dicho concepto se refiere a la <acción colectiva>, no designa más que ésta es consistente con metas colectivas (Ibíd.:59). Despojada de su sentido originario, la razón es formalizada, subjetivizada y reducida a su dimensión instrumental. (Horkheimer, 2002). La función de la razón en el modelo neoliberal no es otra que la de ser un momento del aparato productivo y en tanto tal,
 
a la racionalidad instrumental le corresponde llevar a cabo una economía del pensamiento, en la simplificación de funciones espirituales para automatizar y adecuar procesos concretos a la lógica del sistema. El pensamiento, en la economía burguesa, es puesto al servicio de cualquier empeño particular, sea bueno o malo. Es un instrumento para todas las empresas de la sociedad, pero no es dado determinar las estructuras de la vida social e individual, que deben ser determinadas por otras fuerzas. (Ibíd, 49).
 
La razón se formaliza cuando le es vedado el pensamiento de contenidos objetivos y asume la función de integración de lo concreto al sistema. No es otra la función de la racionalidad cuando deja de determinar los fines de la acción humana y se torna una extensión del aparato productivo. La función que cumple el mercado en el pensamiento de Hayek, y del neoliberalismo en general,  atestigua la reducción de la razón a su dimensión instrumental, y la redefinición de la relación entre teoría y praxis en el juego que cumple el conocimiento en la determinación humana. Tras constatar la imposibilidad de tener un conocimiento pleno, si se quiere absoluto, de los fenómenos sociales (Hayek, 1997:8), el autor afirma:
 
existe un peligro en esa sensación de continuo progreso que ha engendrado el avance de las ciencias físicas que incita al hombre (…) a intentar someter nuestro entorno natural y humano al control de nuestra voluntad. El reconocimiento de unos límites infranqueables en su capacidad de conocer debe dar al estudioso de la sociedad una lección de humildad que le impida convertirse en cómplice del funesto esfuerzo del hombre por controlar la sociedad, esfuerzo que no sólo lo convertiría en un tirano de los demás, sino que incluso podría llevarle a la destrucción de una civilización que no ha construido ningún cerebro, sino que ha surgido de los esfuerzos libres de millones de individuos (Ibíd.:18)
 
En este orden de ideas, se debería renunciar al empeño por “dirigir deliberadamente los esfuerzos individuales y sus resultados” (Hayek citado en Hinkelammert, 2001: 117) y dar lugar al libre juego de las “fuerzas espontáneas” coordinadas por el sistema de precios mercantil (Hayek, 1997:17). Sin embargo, dicha afirmación es altamente ideológica. Por un lado, supone, como pocos podrían hacerlo verdaderamente, que la civilización es construida por el trabajo libre de millones de hombres. Por el otro, entabla una precisa relación entre teoría, praxis y autodeterminación:
 
Freedom can only be “negative” for neoliberals (…) for one very important reason. Freedom cannot be extended from the use of knowledge in the society to the use of knowledge about society, because self-examination concerning why one passively accepts local and incomplete knowledge leads to contemplation of how market signals create some forms of knowledge and squelch others. Knowledge then assumes global dimensions and thus undermines the key doctrine of the market as transcendental superior information processor. (Mirowski & Plehwe, 2009: 437).
 
Dicha relación entre teoría y praxis se manifiesta patológica en un doble sentido. En primer lugar, el individualismo metodológico del neoliberalismo acarrea un déficit epistemológico al intentar explicar la conducta de los agentes, ya sean individuos o Estados. Tal acercamiento epistémico suprime la mediación que hace de las acciones humanas fenómenos históricos, la cual permite superar la apariencia de factum del acontecer histórico, (Horkheimer, 1965:242) es decir, permite superar la apariencia de objetividad del acontecer que es, ya, producto de la praxis humana, “es su propio mundo” (Ibíd.:40). Una teoría crítica de la sociedad relativizaría los juicios a través de los cuales la transformación de la economía política neoliberal se muestra a sí misma como imperativo (Bourdieu, 1999:64) o como inevitable (Beck, 2004:183) Ya decía Horkheimer (2002) que la esperanza no está ausente en la realidad sino en la apropiación esquemática y matematizante del mundo humano (Horkheimer, 1965:263). Hacer de lo dado, posible, requiere comprensión dialéctica.
Por otro lado, y en relación con lo anterior, la  negación de la pretensión de la razón de conceptualizar la realidad social como un todo y la disociación de la conciencia de la acción individual respecto del orden material bajo el cual se reproduce su vida y la del sistema no es más que un reflejo de falsa conciencia. (Horkheimer, 1965:231)
La fácil identificación de la autonomía individual con la soberanía económica del consumidor o el empresario conlleva a una reducción y transformación cualitativa de la libertad humana, manifiesta en la pérdida de la espontaneidad o, en otras palabras, de la pasividad o reactividad ante lo dado. Tal es la “libertad de elegir” burguesa dentro del universo social establecido, que renuncia a la configuración del mundo cuya lógica se muestra como un orden espontáneo o proceso histórico naturalizado. Nuevamente el acontecer aparece como objetivo y trascendente en relación a la teoría.
No obstante, la labor del científico, de la ciencia en general y de cualquier transacción económica no puede disociarse de las relaciones de producción, que constituyen su horizonte de realización inmediata. De la misma manera que el científico no puede creer en una “ciencia independiente, <suprasocial>” y que la conciencia privada de su labor sea ajena a la valoración social del mismo (Ibíd.:230), el individuo que elige en el mercado tampoco puede escindir su acción de la organización económica y social:  
 
la ilusión de independencia que ofrecen procesos de trabajo cuyo cumplimiento, según se pretende, derivaría de la íntima esencia de su objeto, corresponde a la libertad aparente de los sujetos económicos dentro de la sociedad burguesa. Estos creen actuar de acuerdo con decisiones individuales, cuando hasta en sus más complicadas especulaciones son exponentes del inaprehensible mecanismo social” (Ibíd.:231)
 
La falsa conciencia que el individuo tiene de sí mismo impide considerar, unilateralmente, tanto que todo progreso técnico y científico, como toda toma de decisiones impersonal en el mercado, se traduzcan arbitraria o espontáneamente en progreso social generalizado. El alto desarrollo científico-técnico contemporáneo convive y se sustenta de una aberrante pobreza y desigualdad social expone el hace manifiesto que los alcances productivos y los potenciales emancipadores de la ciencia y la técnica dependen de la organización social y económica.
Y sin embargo, tal identificación entre autonomía y soberanía o libertad económica tiene un contenido de verdad relativo. Había sido bajo la figura de comerciante que gozaba de independencia económica frente a los otros estamentos sociales y políticos, y en la medida en que tenía que velar por condiciones de existencia no sólo propia, sino también familiar, que comenzó a gestarse un interés por la individualidad, la cual presuponía, no obstante, “el sacrificio voluntario de la satisfacción inmediata en aras de la seguridad, de la conservación material y espiritual de la propia existencia."(Horkheimer, 2002:141). La idea de individuo traída por el liberalismo moderno fue progresista respecto al sistema feudal jerarquizado. 
Sin embargo, con el avance industrial y monopólico del capitalismo, el producto del trabajo del individuo bajo la figura del libre empresario, que otorgaba independencia, seguridad e identidad, pasó a depender de fuerzas y funciones ya no controladas por él, sino por grandes fuerzas económicas -externas a la determinación del sujeto- y así, como sostiene Horkheimer, la individualidad perdió su base económica. Lo mismo cabría decir del concepto de autonomía individual, hipostasiado por el neoliberalismo en el nuevo ciclo de acumulación flexible de capitalismo,  ya que éste parte del supuesto de la independencia del individuo cuando ya ésta ha perdido su base material (Horkheimer, 1965:266).
Y sin embargo, allí cuando en la sociedad capitalista el individuo burgués pierde la base material de su libertad, pierde también la libertad de configuración de las condiciones materiales de existencia. “El principio de la sociedad burguesa no es la cooperación de individuos con miras a la exigencia y felicidad de sus miembros. No existe un plan que determina cómo ha de satisfacerse la necesidad general” (Ibíd.:205) y, por lo tanto, “la vida del todo social se desenvuelve como por azar” (Ibíd.:237).
En esta autarquía económica que clama la regulación neoliberal del mercado, la autoconservación del todo guiada por el principio de eficiencia ha sido disociada de las necesidades de las partes. El propio Hayek había escrito: “the market order does not bring about any close correspondence between subjetctive merit or individual needs and rewards” (Mirowski & Plehwe, 2009:438). Y allí donde prima la autoconservación del todo bajo criterios inmanentes, se experimenta un extrañamiento de los individuos respecto al proceso social y productivo donde se desenvuelve su vida, manifiesto en un doble ámbito.
Por un lado, la externalización de los errores y costes sociales del mercado y la crisis social producida bajo su seno, exime de responsabilidad al sistema (Flores & Mariña, 2000) al individualizar la responsabilidad de la existencia (Harvey, 2007: 75; Fraser, 2008:201 y ss.) y, de esta manera,  se invisibiliza la violencia y la miseria estructural ejercida en su nombre. La carencia organizada obliga a la adaptación a las condiciones precarias y, en muchas ocasiones, inhumanas del mundo social dado, y precisa y paradójicamente el carácter deliberado de este proceso lo que lo hace coactivo e injusto.
Por otro lado, el extrañamiento se manifiesta en la percepción de los procesos sociales como destino, o en el tratamiento de los mismos como trascendentes en relación a la teoría y, finalmente, al ejercicio racional. Este extrañamiento respecto al aparecer de los procesos sociales frente al individuo comporta un resto de irracionalidad y de perpetuación de la angustia, la misma angustia mítica -ante la omnipotencia de ciegas fuerzas que dominan, ya no a la naturaleza, sino a la sociedad-  que se devela por debajo de todas las racionalizaciones del mundo administrado:
 
la acción conjunta de los hombres en la sociedad es la forma de existencia de su razón; en ella emplean sus fuerzas y afirman su esencia. Pero, al mismo tiempo, este proceso son para ellos algo extraño; se les aparecen, con todo su inútil sacrificio de fuerza y trabajo y de vidas humanas, con sus estados de guerra y su absurda miseria, como una fuerza natural inmutable, como un destino suprahumano (Horkheimer, 1965:237).
 
Ahora, en su progresiva reducción a la figura denominada como racionalidad instrumental, el pensamiento ha dejado de iluminar el horizonte de los fines que guiarían la praxis, y al asumir la tarea de indagar sólo por los medios y las probabilidades de la acción, en vistas al beneficio, el pensamiento se torna una extensión de la técnica del aparato productivo. Asimismo, el individuo se torna un apéndice del sistema y en la sustituibilidad de aquellos que con su vida sostienen un progreso ajeno, se niega la individualidad y autonomía verdaderamente humana.
En suma, el neoliberalismo se enmarca, como señala Hinkelammert (1999:64) en un contexto donde la crisis del capitalismo se corresponde con la crisis de la modernidad, es decir, allí donde el  progreso técnico ha quedado disociado del progreso humano. Ya decía Horkheimer que la ciencia -y la técnica- al ser un factor productivo de la sociedad, comparte el destino de otras fuerzas productivas: "se los emplea muy por debajo de lo que permitiría su alto nivel de desarrollo y de lo que exigirían las necesidades de los hombres; de este modo también se frena su ulterior despliegue cuantitativo y cualitativo" (Horkheimer, 1965:16). Esta disociación entre las capacidades productivas de la sociedad y las necesidades humanas es producto del “principio progresista de que es suficiente con que los individuos, bajo el sistema de propiedad establecido, se preocupen sólo de sí mismos” (Ibíd.:245) -reavivado por el neoliberalismo- y que establece la satisfacción de las demandas del mercado como el telos de la producción. En consecuencia, tanto se privatiza la responsabilidad y la culpa de la miseria, como se aparta la mirada de la sociedad como un todo, y con ello de las estructuras (Díez, 2009:245) que perpetúan relaciones de dominación, explotación y exclusión, que impiden la pacificación de la lucha por la existencia humana. En otras palabras, la disociación entre las capacidades productivas, que podrían aumentar el bienestar social y la libertad humana, y las necesidades e intereses sociales es un producto histórico de la organización capitalista de la sociedad. Peor aún, el ataque al Estado y el descrédito y banalización de la intervención política socavan las posibilidades de llevar a cabo un “ajuste estructural” que subordine los intereses de la acumulación privada a las necesidades éticas, políticas y sociales.
Una superación de tal crisis implicaría la reapropiación de la racionalización de los procesos sociales y del desarrollo científico-técnico para liberar al hombre del estado de necesidad y sometimiento, tanto material como espiritual. Por eso es fundamental entender, con Horkheimer, que "el individuo plenamente desarrollado es la consumación de una sociedad plenamente desarrollada. La emancipación del individuo no es una emancipación respecto de la sociedad, sino la liberación de la sociedad de la atomización" (Horkheimer, 2002:144). La libertad o independencia del individuo no se ha de buscar sólo respecto a la política, que bien la historia del siglo XX ha mostrado ser un potencial horizonte de dominación, sino tambiénrespecto a la economía, cuyo anónimo sistema de competencia e integración puede igualmente establecer relaciones de subordinación, sometimiento, discriminación, desigualdad y exclusión. Juzgado únicamente en términos económicos –como quisiera el neoliberalismo- miles, tal vez millones de hombres son improductivos para el ciclo de acumulación flexible contemporánea. La sentencia del sistema productivo para aquello que le deja de ser funcional es la liberación de “cargas” negativas. Los hombres son, entonces, desechables para el sistema y, por lo mismo, dejan de ser humanos. El apogeo del individualismo capitalista bien puede ser el ocaso del individuo, de aquel último reducto social que no podía ser suplantado por la sociedad. Una ideología económica puede ser tan devastadora como una ideología política.
 Bajo este horizonte, las reflexiones aquí avanzadas constituyen tan sólo el primer momento de una crítica que tiene por objeto develar el carácter ideológico de la imagen que da el neoliberalismo de una sociedad de individuos verdaderamente libres. Una orientación del proceso social que obedezca a fines racionales, no meramente instrumentales, en los que el hombre pueda reconocerse, depende de la identificación de las contradicciones inherentes a la sociedad y de los espacios donde podrían surgir fuerzas emancipadoras. Tal es la segunda tarea de la crítica que, en tanto proyecto teórico y social, nos corresponde a todos nosotros en tanto sujetos de praxis histórica. La libertad, para su despliegue, requiere entonces de ese elemento de negatividad bajo la cual la libertad de escoger dentro del universo establecido se transforme cualitativamente en libertad para determinar las condiciones en que se desenvuelve tanto la vida del individuo como la de la sociedad como un todo.
 
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