La crítica como posicionamiento epistemológico: una mirada –y un interrogante– sobre las perspectivas de la teoría crítica en el abordajede la problemática carcelaria

 

Dr. Mauricio Manchado[1]
 
 
Introducción
 
La problemática carcelaria ha sido abordada desde diversos campos, de la sociología a la antropología pasando por la psicología, el derecho o la filosofía, entre otras. Los posicionamientos históricamente asumidos sobre cómo pensar la cárcel ubican, a grandes rasgos, tales estudios en dos perspectivas: 1) la “institucionalista”, donde se atribuye a la institución carcelaria un poder omnisciente (inhabilitando así cualquier práctica disidente) y 2) la “heroización” del detenido, colocando a éste como un sujeto pasible de transformar, a partir de sus prácticas, la estructura del orden social carcelario[2]. La primera construye una mirada sobre la cárcel sólo en términos coactivos, es decir, los detenidos pasan a ser meros objetos de una práctica arbitraria y abusiva definida por la institución de forma unidireccional. Esto incurre en una desproblematización del resto de los actores sociales de la cotidianeidad carcelaria y reduce el análisis a cómo el dispositivo produce efectos sobre uno de ellos (ciertamente, y en esto coincidiremos, el más perjudicado de la maquinaria carcelaria) omitiendo que la prisión es, retomando la definición de Miguez y González (2003) un palimpsesto organizacional “en el que confluyen prácticas contradictorias, trabajadores de distintas generaciones y superposición de distintas culturas institucionales como efecto de los procesos políticos y culturales que están configurando nuestra sociedad” (MIGUEZ y GONZALEZ en NARCISO, 2011: 197-198).
En un mismo sentido, la perspectiva que calificamos aquí como “heroizante” delimita un campo de análisis que deja por fuera la complejidad de un dispositivo que oprime pero también habilita ciertas prácticas y discursos[3]. La perspectiva “heroizante” coloca al detenido como el único interlocutor posible para hablar de la cárcel, como aquel que posee una verdad trascendente sobre lo que sucede puertas adentro, habilitando así una interpretación que no expresa la complejidad del fenómeno carcelario. Al igual que en el enfoque “institucionalista”, el resto de los actores carcelarios no son contemplados y el problema es reducido a la tensión existente entre opresión-rebelión. Esta mirada es la que asumió la izquierda europea en las décadas de 1960 y 1970 al colocar al delincuente como expresión de resistencia al orden capitalista dominante. Mirada que hoy se reactualiza asignándole al detenido sólo un lugar de “víctima”, reforzando de esta forma el carácter tutelar de la institución carcelaria y construyendo una subjetividad encerrada marcada por el carácter de la irresponsabilidad[4] (SEGATO, 2003).
 
 
I. La teoría crítica y el castigo: antecedentes y perspectivas en la construcción de objetos de estudio distantes
 
La primera pregunta de este trabajo puede resultar shockeante (retomando un término brechtiano-benjaminiano): ¿es posible pensar la problemática carcelaria desde una perspectiva, la de la teoría crítica, que no se ha ocupado profusamente del tema? En términos estrictos podríamos decir que sí se ha interesado, de forma sistemática y significativa, sólo en los albores del Instituto para la Investigación Social tras la edición de “Pena y estructura social” (1939) de Rusche y Kirchheimer[5]. Tal publicación quedaría como un antecedente necesario e indispensable para quienes procuraban investigar sobre cárceles y, al mismo tiempo, necesitaba complementarse con una mirada que concibiese la dimensión de la pena más allá –aunque no por ello dejándola fuera- de su ligazón con la estructura económica del sistema capitalista moderno. Es en ese recorrido que aparece la obra de Michel Foucault. El filósofo francés publica, en 1975, “Vigilar y Castigar: El nacimiento de la prisión” y tras ella provoca una serie de movimientos teóricos y políticos. Foucault propuso pensar la institución carcelaria inscripta en una red de poder que incluía también a los cuarteles, las escuelas, las fábricas, los hospitales, y por tanto al dispositivo disciplinario diseminado en todo el cuerpo social. Definición que asimismo permitía comprender el posicionamiento intelectual de Foucault, y a partir del cual podemos ligarlo con los autores de la teoría crítica:[6] realizar una crítica racional de nuestra racionalidad. Esa era la tarea que Foucault reconocía para sí mismo pero también la que va identificar en los integrantes de la Escuela de Frankfurt al punto tal que el filósofo francés dirá que él había abierto caminos donde los autores de la teoría crítica ya habían construido avenidas.
Por lo tanto, ante este escenario nos preguntamos si la teoría crítica habilita un posicionamiento epistemológico y metodológico para abordar la problemática carcelaria teniendo en cuenta que ésta no ha sido uno de sus objetos de estudio predilectos. Para desandar dicho camino vamos a retomar los enfoques y análisis desarrollados por Walter Benjamin, un autor enmarcado en la “teoría crítica” pero que nunca fue integrante formal del Institut fur Socialforzung. Asumiremos el encuadre de Benjamin como parte de ese movimiento denominado “teoría crítica” y retomaremos algunos de sus principales planteos teóricos-metodológicos para desandar el principal interrogante de este trabajo: ¿es posible abordar la problemática carcelaria desde la teoría crítica?
 
 
II. Métodos benjaminianos para abordar objetos de estudios extraños
 
Para desarrollar este apartado comenzaremos citando a Michael Lowy quien reflexiona sobre el “nuevo método” que Benjamin propone para pensar los acontecimientos sociales:
“Las luchas de liberación del presente, insiste Benjamin (Tesis XIII)[7], se inspiran en el sacrificio de las generaciones vencidas, en la memoria de los mártires del pasado. Traduciendo esto a términos de la historia moderna de América Latina: la memoria de Cuhahutemoc, Tupac Amaru, Zumbi dos Palmares, José Martí, Emiliano Zapata, Augusto Sandino, Farabundo Martí…La propuesta de Benjamin sugiere un nuevo método, un nuevo enfoque, una perspectiva “desde abajo”, que puede aplicarse en todos los campos de las ciencias sociales: la historia, la antropología, las ciencias políticas.” (LOWY en VEDDA, 2008: 82-83)
Introducimos aquí la cita completa porque la reflexión nos resulta interesante en su totalidad pero queríamos profundizar sobre lo que dejan entrever sus últimas líneas: la idea de un enfoque epistemológico-metodológico cuya perspectiva es invertir la mirada; ya no más relatar la historia tras los discursos de los vencedores sino más bien de los vencidos. Lowy propone que tal tarea desplegada por Benjamin en el campo filosófico se extienda a otras disciplinas y por tanto a otras problemáticas y objetos de estudio. De allí que cuando nos referimos a objetos de estudio “extraños” lo hacemos en el sentido de que no han sido abordados regularmente desde la perspectiva de la teoría crítica en general y de Benjamin en particular, y es a partir de allí que comenzamos a concebir la pregunta de si aquella propuesta que parte de un enfoque crítico “desde abajo” y se plantea pasar el cepillo de la historia a contrapelo, es un abordaje posible para pensar la problemática carcelaria.
 
 
Construir en la destrucción: Pasar el cepillo a contrapelo para hacer rechinar la voz de los vencidos
 
Benjamin escribe en 1940 (poco antes de su muerte) las “Tesis sobre filosofía de la historia”. Allí desarrolla su mirada sobre el progreso en el sistema capitalista pero también su posicionamiento respecto de cómo afrontar aquella tempestad -el progreso mismo- que todo lo arrasa. Benjamin expone una forma de abordar los procesos de destrucción que el capitalismo imprime tras el avance de la técnica, la fetichización de la mercancía, la plusvalía -entre otras dimensiones- para sobre ellas generar una “chance revolucionaria” que permita hacer estallar las voces de las luchas olvidadas en el discurso de los vencidos. De allí que en la tesis VIII aparezca una de sus expresiones más reconocidas y, posiblemente, más utilizadas como cliché en el campo académico:
“No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie. Y puesto que el documento de cultura no es en sí inmune a la barbarie, no lo es tampoco el proceso de la tradición, a través del cual se pasa de lo uno a lo otro. Por lo tanto, el materialista se distancia en la medida de lo posible. Considera que su misión es la de pasar por la historia el cepillo a contrapelo.”
La civilización y el progreso escriben la historia de los opresores y barre, tal si una escoba, toda la “basura” que encuentra. Pero siempre quedan, en los pequeños resquicios de las baldosas, marcas de aquello que intentó ser borrado. Por ello, pasar el cepillo a contrapelo permitirá que esos pequeños fragmentos de “suciedad” reaparezcan para resignificarse en una nueva historia. El progreso es la catástrofe que Benjamin describe a partir del cuadro de Paul Klee titulado Angelus Novus. Allí, un ángel con “los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas” es arrastrado hacia el futuro, mientras “el cúmulo de ruinas sube ante él hacía el cielo.” (BENJAMIN, 1999: 46) Tal tempestad, dirá Benjamin, es el progreso. Ahora bien, es la propia tempestad, la catástrofe, las ruinas, las condiciones que posibilitan la transformación del orden social desigual existente; transformación en la que se debe poner en juego un trabajo minucioso, como el de un arqueólogo tal como describirá Forster (2003) a Walter Benjamin. A partir de ese minucioso trabajo que busca recuperar la historia en el relato y los discursos de “los de abajo” nos preguntamos si tal enfoque habilita una forma de abordar la problemática carcelaria que trascienda las dos perspectivas históricamente delimitadas; y nos repreguntarnos : ¿quiénes son en la trama de relaciones de poder de la institución carcelaria “los de abajo”, los vencidos o los oprimidos? y por otra parte, ¿es posible afirmar que recuperar sus discursos nos permitiría actualizar el impulso redencional de esos sujetos oprimidos en el contexto carcelario? Sabemos que lo que hacemos aquí es jugar teóricamente, es ser “caníbales” frente a textos y autores que no hubiesen estado en desacuerdo que realicemos esa tarea sobre ellos. Por tal motivo, intentemos responder a los preguntas que acabamos de hacernos.
La primera pregunta nos exige ir más allá de las miradas “institucionalistas” y “heroizantes”. De posicionarnos en la “institucionalista” diríamos que sólo los presos son sujetos oprimidos porque es la cárcel, como dispositivo omnisciente, la que cae sobre ellos sin dejar resquicio a las resistencias o a la posibilidad de construir prácticas, discursos, saberes, sensaciones diferentes a la que la institución dispone y predispone. Si lo enfocásemos desde la perspectiva “heroizante” veríamos que el oprimido también es el preso, el encerrado, aquel que por su carácter subversivo fue puesto tras las rejas y que a través de sus prácticas resistentes intentaré modificar ese orden; un “poner tras las rejas” que es asismimo expresión de la dominación de un orden social que encuentra en la cárcel una de sus herramientas predilectas para su conservación y perpetración. Tenemos entonces que ambas perspectivas están pensando en un mismo sujeto oprimido pero caracterizado y definido de formas diferentes. Para la primera será mero objeto de sanción y sobre tales efectos nada podrá hacer más allá de lo que intente tímidamente y para la segunda será sujeto de revelación aún encerrado y dicho carácter revelador estará, inclusive, potenciado por el propio encierro.
Por tanto, tenemos que aquellas perspectivas divergentes terminan tocándose o coincidiendo a pesar de sus distancias; que existe una mancomunión entre ellas al momento de definir al oprimido, al olvidado, al “de abajo” sujetado por la institución carcelaria. Ahora bien, si partimos de la definición benjaminiana según la cual los oprimidos son aquellos que fueron olvidados por el discurso hegemónico de los vencidos como, por ejemplo, los vagabundos, las prostitutas, entre otros, podríamos pensar -en un primer acto reflejo- la serie: vagabundos-prostitutas-presos. Pero de ser así, recaeríamos en la perspectiva “heroizante” imposibilitando ver lo que sí nos permite el planteo benjaminiano: los oprimidos, en las instituciones carcelarias, no son solamente los detenidos sino también los propios agentes penitenciarios. Es decir, aquella distancia que los “institucionalistas” inscriben entre el preso y el guardia, esa configuración de un “ellos” y un “nosotros” sumamente inconmensurable no se corresponde con lo que observamos cotidianamente en la cárcel. No sólo porque las procedencias de los detenidos y sus guardianes son similares (principalmente en términos socio-económicos) sino porque tales distancias escritas en los reglamentos son, al interior de la prisión, muchas más laxas y móviles.
A fin de cuentas, si miramos a la cárcel como una “constelación cargada de tensiones” (BENJAMIN, 1999: 51) y podemos echar sobre ella un golpe que rompa en mil pedazos tal constelación -que suele presentársenos como una unidad- seguramente lograremos ver que los oprimidos no solamente son los detenidos sino también sus guardianes. Esto habilita no una mirada relativista sobre la fuerza institucional de la prisión ni un discurso condescendiente con el carácter selectivo del sistema penal o las prácticas arbitrarias y coercitivas que incurren en el avasallamiento de Derechos Humanos básicos de los presos, sino una mirada complejizadora de una problemática que ha sido tendenciosamente reducida. Posicionarnos desde este enfoque crítico nos posibilita pensar las injusticias que recaen sobre los detenidos[8] pero también las que inscriben a los trabajadores penitenciarios en condiciones laborales diferenciales a los de cualquier trabajador o ciudadano por estar bajo la órbita de la Ley Orgánica del Servicio Penitenciario.[9]
Ahora bien, lo que quedó en las lejanías de este texto es el segundo interrogante que el enfoque crítico benjaminiano abría. Nos preguntábamos si una vez identificados quiénes eran, en el contexto carcelario, aquellos sujetos oprimidos, olvidados que Benjamin propone recuperar para contemplar –y golpear- la constelación de tensiones que es la cárcel era posible afirmar que recuperar sus discursos nos permitiría actualizar el impulso redencional de los oprimidos. Aquí la respuesta se vuelve mucho más difícil y criptica que la primera; no sólo porque eso implicaría un juego de especulaciones sino porque hablar de redención en el contexto carcelario actual nos exige, al menos, resignificar el término. Estrictamente, necesitamos realizar una doble operación sobre la idea de redención: resignificarla y particularizarla; es decir, a la inversa de la operación que realizamos para pensar una definición de los oprimidos en el contexto carcelario donde unimos –o pusimos en un mismo plano- aquello que frecuentemente aparece disperso (como son los detenidos y los guardias), aquí debemos hacer lo contrario: contemplar la redención en planos diferenciados. Porque aquí la redención se inscribe en clave de lo micro, de las pequeñas prácticas y discursos que introducen una lógica de la diferencia y diferenciadora de la imperante en el dispositivo carcelario. Por tanto, esa redención estará dada, por parte de los detenidos, en pequeños gestos de impertinencia que permitirán configurar nuevas auto-percepciones tras, paradójicamente, aceptar el discurso de la institución que es el de la imposibilidad. Discurso en que se le imprime una calificación con ciertas características (y en ese sentido determina qué lugar debe ocupar en la prisión y qué puede o no decir[10]) y conforma subjetividades sumisas e insumisas a la vez. En nuestra tesis doctoral (MANCHADO, 2013) calificamos tales operaciones como insumisiones del discurso carcelario y sostuvimos que se despliegan en las interacciones cotidianas de la prisión tras la propia superficie de los enunciados en figuras tales como operaciones paradójicas, aporías y juegos del lenguaje. Así, la redención del detenido como oprimido posibilitará dos cosas: por una parte, desplazar las prescripciones a partir de asumirlas y por otro –pero en contigüidad- acelerar su salida de la institución. En ese sentido, la redención asume el carácter de transformadora tanto de la subjetividad detenida como del orden social carcelario en su conjunto; un orden que no propone entre sus objetivos institucionales la posibilidad de que aquel sujeto logre algo diferente, como tampoco que la estadía de aquel sea lo más transitoria posible.[11]
Ahora bien, en lo que refiere a los guardias la redención comienza a manifestarse en la cotidianeidad carcelaria tras otras expresiones, de ordenes muy diferentes como, por ejemplo, la emergencia de pequeños[12] discursos disidentes sobre su condición de trabajadores regidos por una ley que así como produce efectos “positivos” en términos de construcción identitaria al interior del SP, también introduce una carácter fuertemente negativo o restrictivo en lo referido a sus derechos laborales y políticos. En cuanto a lo laborales, los principales cuestionamientos son la imposibilidad de agremiación como también el no cobro de horas extras en caso de realizarlas (sumado esto a que las condiciones de trabajo son paupérrimas) y respecto de los derechos políticos los cuestionamientos son menos pero los más importante son la imposibilidad de participar de actividades políticas, agruparse sin autorización correspondiente de la autoridad o afiliarse a un partido político. Reclamos que de a poco van encontrando eco en las esferas gubernamentales a punto tal que en la actualidad se ha iniciado un proceso de discusión para reformar la Ley Orgánica. Si bien deberíamos trabajar con mayor profundidad las características y decursos que van asumiendo tales intentos de modificación, es interesante prestarles atención porque aparecen como grietas en una institución históricamente jerárquica y verticalista donde las voces de los detenidos y los guardias suelen ser acalladas.
Por tanto, tenemos que el abordaje metodológico benjaminiano nos habilita tanto para reconocer la multiplicidad de subjetividades del dispositivo carcelario, ya sea en sus condiciones de apresado (y seleccionado por el sistema penal) o asalariado (y explotado por el entramado económico-jurídico), como también pensar las condiciones de posibilidad para construir nuevas prácticas, discursos, realidades, en fin, subjetividades que provoquen rupturas – a más no ser mínimas- en el sistema estratégico de la prisión.
Lo que queda por preguntarnos es ¿dónde nos ubicamos nosotros en todo ese entramado? Dicho posicionamiento epistemológico-metodológico crítico ¿nos cuestiona también como investigadores en contextos de encierro?
 
 
A modo de conclusiones: La teoría crítica interpelándonos como investigadores en contextos de encierro
 
Aquella pregunta planteada para cerrar el apartado anterior atraviesa diagonalmente todo el trabajo porque, en última instancia, ¿no estamos preguntándonos a nosotros mismos qué podemos hacer con esto o aquello? Sin imprimirle un carácter utilitario sino más bien potenciador a nuestros análisis abordamos la teoría crítica como caja de herramientas y nos interrogamos sobre la actualidad de su pensamiento al abordar una problemática que –más allá de su carácter histórico- se destaca por ser coyuntural.
En todo el recorrido quedo claro qué nos posibilita un posicionamiento epistemológico-metodológico crítico para abordar al dispositivo carcelario. Ahora bien, tal enfoque también nos interpela como investigadores en tanto sujetos que adoptamos una mirada crítica sobre aquello que observamos. Una crítica que no debe recaer en los propios límites que le asignamos a los enfoques “institucionalistas” y “heroizantes”; la crítica debe permitir superar esa disyuntiva y para ello es indispensable que nos cuestione a nosotros mismos. De allí que para concluir este trabajo querramos retomar el siguiente planteo de John Holloway:
 
…¿quiénes somos nosotros, el sujeto crítico? No somos dios. No somos un Sujeto trascendente, transhistórico, que se sienta a juzgar el curso de la historia. No somos omniscientes. Somos personas cuya subjetividad es parte del barro de la sociedad en que vivimos, somos moscas atrapadas en una telaraña. ¿Quiénes somos, pues, y como podemos criticar? (…) Nuestro grito proviene de la experiencia de la diariamente repetida separación entre el hacer y lo hecho, una separación experimentada más intensamente en el proceso de la explotación pero que impregna cada aspecto de la vida (HOLLOWAY, 2005: 205).
 
No nos creemos capaces de responder a esas preguntas pero sí al menos tratar de rearticularlas en nuestra propia práctica de investigación. Ser críticos de nuestro lugar en la prisión, ser críticos de nuestro lugar en el sistema científico, ser críticos de nuestros propios límites y de los límites que inscriben las diversas perspectivas que se proponen abordar la problemática carcelaria. Somos nosotros, que nos autocalificamos como “sujetos críticos”, los que debemos sumirnos en la criticidad para poder operar en los términos que lo decía Foucault y que lo hizo la teoría crítica: realizar una crítica racional de nuestra racionalidad; de lo que somos, lo que hacemos, lo que vemos y cómo lo vemos, porque más allá de que al terminar el día podamos atravesar los muros de la prisión sin más solicitud que la devolución de nuestros documentos eso no nos libera de aquel orden social en el que seguimos viviendo sin, muchas veces, tomar distancia del acto reproductor de las desigualdades que nos llevó a esa prisión en la que las injusticias se hacen cada vez más presentes. 
 
 
Bibliografía
BENJAMIN, W., Ensayos escogidos, México: Coyoacán, 1999
FORSTER, R., Walter Benjamin y el problema del mal, Buenos Aires: Altamira, 2003
GOFFMAN, E., Internados: ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales. Buenos Aires: Amorrortu, 2001
HOLLOWAY, J., Cambiar el mundo sin tomar el poder. Buenos Aires: Herramienta, 2005
LOWY, M., “El punto de vista de los vencidos en la historia de América Latina. Reflexiones metodológicas a partir de Walter Benjamin”, en VEDDA, Miguel comp Constelaciones dialécticas: Tentativas sobre Walter Benjamin, Buenos Aires, Herramienta, 2008
MANCHADO, M., Procesos comunicacionales y subjetivos en prisión: Los sistemas de insumisión en situaciones de egreso carcelario. El caso de la Unidad Penitenciaria n° 3 de la ciudad de Rosario, Tesis doctoral, Facultad de Ciencia Política y RRII, Universidad Nacional de Rosario, 2013
MÍGUEZ, D. y GONZÁLEZ, A., “El Estado como palimpsesto. Control social, anomia y particularismo en el Sistema Penal de Menores de la Provincia de Buenos Aires. Una aproximación etnográfica” en: ISLA, Alejandro y MIGUEZ, Daniel (coord) Heridas Urbanas. Buenos Aires: Ed. de las Ciencias, 2003
NARCISO, L., “Las dimensiones sensibles de las prácticas profesionales en la reforma política del Sistema Penitenciario de Santa Fe”, en Revista de la Escuela de Antropología, Vol. XVIIFacultad de Humanidades y Artes. Universidad Nacional de Rosario, Rosario, 2011, pp. 185-199
RUSCHE, G. & KIRCHHEIMER, O., Pena y estructura social. Bogotá: Temis, 1984
SEGATO, Rita, “El sistema penal como pedagogía de la irresponsabilidad y el proyecto ‘Habla preso: el derecho humano a la palabra en la cárcel`”, en Serie Antropología, Brasil, <http://vsites.unb.br/ics/dan/serie_antro.htm>. Consulta: 16/05/2011, 2003
 
 


[1]. Instituto de Investigaciones; Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales; Universidad Nacional de Rosario. CONICET.
[2]. Estos nombres son asignados por quienes escribimos e intentan reflejar la perspectiva que asumen los estudios en torno a la institución carcelaria.
[3]. Los planteos de Michel Foucault en torno al dispositivo carcelario generaron una ruptura significativa en los estudios de la prisión y no podemos ubicarlo en ninguna de las perspectivas más allá de que en repetidas ocasiones se lo ha señalado (y criticado) como “institucionalista” por poner el peso en el estudio del funcionamiento institucional de la prisión y no ocuparse de los sujetos que la habitan.
[4]. Con esto no queremos decir que efectivamente el detenido sea víctima de un procedimiento de selectividad por parte del sistema penal, como también resultado de las desigualdades económicas y sociales existentes, pero ese aspecto no obtura la capacidad de acción y responsabilidad de los sujetos involucrados.
[5]. Tal como lo explicitaba Horkheimer en el prefacio de su primer edición, “el Instituto se dedicó al problema de la vinculación entre pena y mercado de trabajo cuando, en 1931, el Dr. GEORG RUSCHE sugirió ser encargado de redactar un manuscrito sobre el tema (…) El hecho de que el Dr. RUSCHE no estaba disponible para la reelaboración de su trabajo, determinó que este le fuera asignado al Dr. KIRCHHEIMER, quien ha preparado esta nueva versión, conservando en esencia los conceptos fundamentales del manuscrito del Dr. RUSCHE…” (HORKHEIMER en RUSCHE y KIRCHHEIMER, 1984: IX)
[6]. Ligazón que podríamos calificar como “llamativa” porque son reconocidas las distancias y diferencias entre los posicionamientos teóricos de Foucault (inclasificable en sí mismo pero alejado del marxismo) y de los principales exponentes de la Teoría Crítica.
[7]. Lowy hace referencia aquí a las 18 tesis que componen una de las obras centrales de Benjamin: “Tesis sobre filosofía de la historia” (1940).
[8]. Queremos dejar en claro que reconocemos el carácter selectivo del sistema penal a partir del cual la práctica de encarcelar recae sobre sujetos frágiles en términos políticos, económicos y sociales. En Argentina, la mayor parte de la población carcelaria proviene de sectores marginados.
[9]. Nos referimos no sólo a las deficientes condiciones materiales de los lugares de trabajo sino también a la condición jurídica de estos trabajadores que se ve reducida por la Ley Orgánica del SP de la provincia de Santa Fe promulgada en el año 1978 durante la última dictadura militar en Argentina y vigente  hasta la actualidad. Allí se define la figura de un Estado penitenciario donde los integrantes del SP tienen derechos, obligaciones y prohibiciones diferenciados a los del resto de la ciudadanía.
[10]. Este procedimiento lo definimos, en nuestra tesis, como “sistemas de sumisión del discurso carcelario”.
[11]. Esta afirmación debería ser complejizada porque en algunas instituciones carcelarias este objetivo “depósito” se ve más reafirmado que en otras donde el carácter correccional todavía tiene cierta preponderancia. La realidad carcelaria argentina se caracteriza por la mixtura de ambos modelos (correccional-deposito) y eso es lo que hace que la afirmación deba, al menos, ser profundizada.
[12]. Con la expresión “pequeños” no es que estamos restándoles importancia sino que queremos dimensionar el carácter micro que asumen dentro del sistema general de la prisión.