Sobre la cuestión del poder popular y la constitución del sujeto revolucionario: notas teóricas sobre una discusión en curso

 
Becher, Pablo Ariel*
Martín, Juan Manuel**
Martín, Lucio Emmanuel***
 
Introducción
A partir del presente trabajo abordaremos la temática relacionada con los términos poder popular y la constitución del sujeto revolucionario como parte de la conceptualización de algunas organizaciones sociales que presentan una línea alternativa, anticapitalista, con inserción territorial y estudiantil, promoviendo la autogestión y la organización de los llamados sectores populares. Lejos de generar una definición concreta sobre los términos, se intentará relacionarlo con el conjunto de tópicos y propuestas de una vasta bibliografía marxista con el fin de brindar elementos que aporten a la discusión actual.
Dada la magnitud de los cambios económicos y políticos ocurridos en las últimas décadas a nivel mundial, el capitalismo ha transformado las relaciones sociales configuradas a través del trabajo, sobre la denominada sociedad salarial (Castel, 2012), desarrollando nuevos esquemas de lucha de clases y de correlaciones de fuerzas, a partir del surgimiento de movimientos sociales contestatarios.
En este contexto, el poder popular subraya una serie de significantes acerca de un concepto complejo. En primer lugar, las organizaciones sociales de la llamada “izquierda independiente” retoman la terminología desde una perspectiva que plantea la creación de espacios contra-hegemónicos, a partir de prácticas prefigurativas, enraizadas en formas alternativas de hacer y construir política (Mazzeo, 2007). Se cuestionan las metodologías de la “izquierda tradicional” abordando un espacio diferente -el territorio a diferencia de la fábrica- a través de métodos horizontales, basistas y con una tendencia a la construcción de una política donde la finalidad no es la toma del poder del estado explícitamente[1], a diferencia de la línea que promueve la constitución de un partido de vanguardia y la finalidad de llegar al poder para establecer la abolición última del estado.
El sujeto revolucionario, para un amplio espectro de las organizaciones de Izquierda independiente, se constituye a partir de determinados contextos históricos, refiriéndose a un sujeto plural bajo la denominación de clases subalternas. Estas implicancias tienen una relación con la constitución de determinados mitos y lenguajes que apelan a la utilización múltiple de situaciones y ejercicios políticos, ligados a los sectores populares.
El presente artículo se propone caracterizar y analizar, desde una visión preliminar, las diversas conceptualizaciones acerca del poder popular, indagando acerca de los significantes en relación a los distintos contextos de formación y las contradicciones- continuidades con el término de clase.
 
Sobre las diversas concepciones del poder
El concepto de poder es un término complejo y un tanto difuso. Es una de las cuestiones más relevantes de la política y es menester que aquellas organizaciones y militantes que pretendan generar cambios profundos en el orden dominante indaguen de manera crítica acerca de las distintas nociones que se construyeron históricamente.
El poder, es una realidad “omnipresente” que se desarrolla en un entramado de contradicciones, que denotan numerosos ejes transversales dentro de la sociedad. Desde la antigüedad fueron diversas las interpretaciones que se han realizado sobre este tema y la mayoría de las mismas todavía tienen plena vigencia. Nuestro interés se centrará particularmente en pensar el poder como una compleja relación social y el poder como un objeto.
La existencia de entrelazamientos sociales de poder nos atraviesa y caracteriza de distintas formas. Coincidimos con Foucault en que estas relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar como una producción, acumulación, circulación, funcionamiento de discursos, encarnados en distintas formas de sentidos de la verdad y de reglas y leyes normativas (Foucault, [1976] 1992). Pero a su vez, contraponemos y complementamos a esos efectos de dominación surgidos de las cuestiones discursivas, aquellas relaciones que se establecen en el interior de las posiciones económicas y sociales, que resultan formas tangibles que “modelan y deforman” a los individuos, como efecto de poder – contrapoder o formas de conexión entre sí.
Los sectores dominantes han recreado diversas maneras de dominación y mecanismos de control que no sólo se encuentran visibles en la propia distribución de la riqueza sino también en instituciones, organismos, técnicas, espacios, cuerpos, formas de vigilancia, educación y en los propios medios de comunicación y el ocio. La perdurabilidad y estabilidad de las relaciones de dominación en el capitalismo fueron útiles en términos de eficiencia para el control de la población.
Los mecanismos que derivan en situaciones de subordinación entre sujetos, es decir de relaciones verticales o de mando, no implican en muchos casos relaciones de opresión, donde si se observan relaciones de explotación y requerimiento del otro como un objeto.
En los movimientos sociales, políticos y una amplia variedad de organizaciones revolucionarias del siglo XX, el problema del poder ha suscitado un debate intenso, que se dirimió sencillamente en la búsqueda de la "toma del poder".
El poder, de esta manera, fue concebido como un objeto. Se encontraba en un sitio determinado y quienes se situaban allí tendrían por consiguiente el poder. Ernesto “Che” Guevara es muy claro cuando en “Táctica y estrategia de la revolución latinoamericana”, afirma que la toma del poder es el objetivo estratégico sine qua non de las fuerzas revolucionarias ( Guevara, 1968).
La toma del poder debía llevar a cambios radicales que permitieran la demolición de las estructuras burguesas y el surgimiento de la nueva sociedad revolucionaria. Siguiendo con esta lógica, el instrumento elegido para la tarea fue el partido político revolucionario (Lenin, [1907] 2013). Es decir, una organización de vanguardia formada por revolucionarios profesionales. Este tipo de organismo, desde el pensamiento leninista debía ser el portador de la conciencia de clase que sería introducida desde el exterior al proletariado. A partir de este momento, la clase obrera consciente y asumida como tal comenzaría la acción en búsqueda de la tomar del poder.
Según la perspectiva de algunos intelectuales de la izquierda independiente las experiencias socialistas del siglo pasado fueron desalentadoras y atribuyen en gran medida estos fracasos a la concepciones simplificadora del poder como objeto situado exclusivamente en el Estado y a las limitaciones en el instrumento del partido revolucionario vanguardista (AA. VV, 2007). Sin embargo, es interesante rescatar que mucho antes de la caída de los llamados socialismos reales, diversos intelectuales de la izquierda realizaban interesantes aportes en cuanto a los métodos de organización y lucha, donde comenzaba a cobrar importancia la tarea de la construcción del poder.
León Trotski, en pleno contexto revolucionario, hace un primer acercamiento a la categoría de “doble poder” en su “Historia de la Revolución Rusa” (1932). El doble poder, para el revolucionario ruso, denotaría el control de las instituciones existentes y la creación de otras nuevas, cuyas características se pudieron vislumbrar en la realidad concreta con el ejemplo de los soviets conformados por obreros, soldados y campesinos, que convivieron como forma efectiva de gobierno alternativo al parlamento burgués, funcionando ambos organismos como dos fuentes de autoridad dentro del mismo territorio. Trotski, de esta manera, advierte claramente la necesidad de instancias generadoras de acumulación de poder previa a la transformación del poder político efectivo.
En nuestro país, también se comenzaron a dar ciertas reflexiones, prácticas y estrategias de lucha que implicaban un alejamiento paulatino de la concepción del poder como algo objetivado en el Estado, al cual se accedía por vía armada o por vía electoral; y que, por otra parte, se aproximaban a la del poder como compleja relación social. Surgieron entonces las nociones de “doble poder” desarrolladas por Mario Roberto Santucho en su trabajo “Poder burgués, poder revolucionario” (1974) retomando al propio Trotsky pero adaptando la teoría al contexto latinoamericano. Analizando las luchas populares de los 60 y 70, el fundador del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) dedujo que el saldo organizativo y político de éstas iría sedimentando en la posibilidad de establecer una inserción territorial. Esto significaba construir organismos populares paralelos a las instituciones del Estado en cada barrio o pueblo, que ejercieran su propia democracia y gobernaran efectivamente respaldados por el poder militar del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). De esta manera se relegaba a un segundo plano la construcción de espacios dentro de las instituciones democráticas del Estado burgués, al que se debía destruir reemplazándolo por uno nuevo, construido paralelamente con la guerra revolucionaria.
La crítica sobre este tipo de planteos, por parte de la intelectualidad orgánica de la “izquierda independiente”, recae principalmente en el carácter instrumental que se les confiere a las organizaciones generadoras de poder popular y su subordinación absoluta a la organización revolucionaria, y finalmente al nuevo estado que tendería e eliminar su dinamismo hasta suprimirlas.
El doble término poder popular puede rastrearse en gran parte de las experiencias de trabajo social y de militancia de los ´60 y ´70: no es un concepto nuevo producto de la radicalidad y movilización del 2001 en la Argentina, como algunos teóricos proponen, sino que deviene de un conjunto de procesos teóricos y prácticas en experiencias concretas dentro de fábricas, barrios, escuelas e instituciones civiles y políticas.
El poder popular se ha establecido como un desafío entre las “limitaciones del socialismo obrerista y del populismo peronista” (Acha, 2007), una manera distinta de pensar las relaciones entre los sectores dominantes y dominados (Mazzeo, 2007).
Estas concepciones, producto de replanteos importantes sobre las formas de reflexionar al sujeto revolucionario y a las ficciones reales dentro del campo marxista, entre ellas la toma del poder por parte de la clase obrera, la concepción de la lucha de clases y la propia revolución, pretenden instaurar una praxis de acción para crear una nueva izquierda (Dri, 2010; Mazzeo, 2006).
Sin embargo, estos autores consideran, al igual que muchos escritores posmarxistas o posestructuralistas (Laclau y Moffe,, [1985], 2011), que el análisis de clases resulta insuficiente para explicar las cuestiones sociales. Por otro lado discuten con un marxismo determinista que introduce como única explicación para el funcionamiento de la sociedad las relaciones económicas al interior de una infraestructura, que influye sobre todos los procesos sociales y culturales. Lejos de caer en simplificaciones abstractas, el marxismo ha tendido a discutir esta línea de análisis para comprender la totalidad como característica explicativa de toda sociedad.
En su relación con el estado, la cuestión de la toma del poder o no, tiene que ver con la concepción que se tenga de aquel. El Estado es un aparato capitalista, un instrumento de dominación de la burguesía que en su forma de maquinaria burocrática antagonista del poder popular, constituye un espacio de disputa y cristalización de lucha de clases, donde se definen términos autoexcluyentes como libertad e igualdad en relación al conflicto social (Lenin, [1917], 1993). El poder popular, por lo tanto, requiere la no subordinación de los sujetos a los tiempos e iniciativas del Estado, pero esto no debe equivaler a la absoluta ausencia de vinculación con el mismo, en una búsqueda permanente para forzar su cambio en un sentido socialista y destruir las formas estructurales de control social[2].
 
El poder popular a la luz de Antonio Gramsci. Estrategia para la construcción de un poder alternativo.
¿En qué medida el pensador italiano Antonio Gramsci puede ayudarnos a pensar la cuestión del Poder Popular? Partimos del presupuesto de que, si bien, el pensador sardo no utiliza de manera explícita la terminología de Poder Popular, si es posible recuperar en sus escritos una conceptualización implícita acerca de por qué las clases subalternas deben pensar y crear espacios alternativos de poder.
La noción de Poder Popular posee un carácter conflictivo que es recuperado de diversas maneras dependiendo de la tradición ideológica y política desde la cual se la retome. Teniendo en cuenta esta advertencia, utilizaremos como soporte la conceptualización básica que se hace del Poder Popular donde se piensa este término como un proceso a través del cual los lugares de vida de las clases subalternas se transmutan en célula constituyente de un poder social alternativo y liberador que les permite ganar posiciones y modificar la disposición del poder y las relaciones de fuerza y avanzar en la consolidación de un campo contra-hegemónico (Mazzeo y Stratta, 2007).
Las contribuciones de Gramsci, para ser correctamente aprehendidas, deben pensarse siempre en el carácter teórico-práctico que su autor les confería. En suma, como una forma de praxis política para la transformación revolucionaria de la sociedad en clave socialista.
En primer lugar, en el pensamiento gramsciano encontramos una distinción entre las estrategias revolucionarias que las clases subalternas deben desarrollar, dependiendo de si se encuentran en países de formación social de tipo occidental u oriental. Para pensar la cuestión del Poder Popular en los países de Nuestramerica, nos interesa resaltar las características que asumen los países con rasgos occidentales. Estos han desarrollado una sociedad civil compleja que está formada “por el conjunto de los organismos vulgarmente llamados ‘privados’” (Gramsci, 1972) como por ejemplo sindicatos, partidos, medios de comunicación, centros culturales, la Iglesia, etc., es decir aquellos espacios en donde se organiza y lleva acabo el enfrentamiento ideológico y material de las clases sociales.
Para Gramsci la situación de dominación hegemónica de la clase burguesa no estaba basada solamente en los aparatos coercitivos del estado, sino también en la capacidad que ha logrado de establecer su visión del mundo y sus intereses corporativos como válidos para todos los sectores de la sociedad, como parte preponderante del sentido común. Las instituciones de la sociedad civil son el lugar en donde las clases subalternas deben desarrollar su estrategia de lucha para que sea efectiva, que no es cualquier tipo de disputa sino una que Gramsci denomina “guerra de posición”, que se basa en la creación de una contrahegemonía propia y alternativa a la imperante: “El Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de vida social características de la clase obrera explotada” (Gramsci, 2011) Desde esta perspectiva, podríamos decir que la creación de Poder Popular es la tarea que las clases subalternas de Nuestramérica deben enfrentar si quieren realizar un cambio revolucionario de la sociedad en la que viven, “se trata, por consiguiente, de estudiar con ‘profundidad’ cuales son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posición” (Gramsci, 1980). La posibilidad y necesidad que tienen de mostrar al conjunto de la sociedad otras formas de articulación política, económica, interpersonal, etc., que operen realmente en la sociedad son la piedra fundamental para lograr ocupar nuevos espacios en la Sociedad Civil y modificar la correlación de fuerzas a su favor.
Este tipo de praxis política enfatiza una idea positiva y constructivista del poder. En primer lugar, con esto queremos decir que no limita los efectos del poder a situaciones represivas por parte de determinados sujetos históricos sino que revaloriza su función positiva: el poder produce efectos de verdad, saberes, nuevas realidades. En segundo lugar, que el poder es una relación social que se construye y se ejerce de manera intersubjetiva a partir de una progresiva organización de los diversos sectores de las clases subalternas de la sociedad, a partir del reconocimiento mutuo y solidario de derechos, ideales y proyectos compartidos.
Las prácticas prefigurativas- desde la concepción gramsciana- pueden pensarse como prácticas que anteceden el orden futuro, a través de acciones presentes de cambio social, de sus posibilidades de transformación radical. El nuevo orden se desarrollará entonces en el presente, acelerado las condiciones del porvenir de manera que haga posible la superación gradual de las relaciones sociales del capitalismo, esperando o no la toma del estado para dar comienzo a ese mismo proceso.
 
Las clases populares y el sujeto revolucionario: debates y desencuentros
La cuestión acerca de cómo un sujeto social puede ser capaz de generar cambios revolucionarios que definan una nueva sociedad ha generado diversos discursos y prácticas que implican en última instancia decisiones políticas. En primer lugar ¿existe tal sujeto?
La historiografía argentina, específicamente aquella que se dio en llamar historia social[3], generó una serie de términos que pueden ser problematizados.
Estos historiadores, relacionados con la democracia liberal y los avatares de la construcción de un estado-nación que generara en su interior prácticas anti-autoritarias, han creado una serie de ficciones que tienden a reconstruir la hegemonía burguesa, donde los sectores populares aparecen en una posición subordinada. De allí su predilección por los estudios que garantizaran la dominación democrática que controle la conflictividad social (desarrollando una “ciudadanía responsable”), el advenimiento de un nuevo estado republicano o la investigación que permita identificar algunos obstáculos para su consolidación (marxismo y en algunos el peronismo) (Nun y Portantiero, 1987).
En todo caso, se generó una serie de estudios que renegaron de los análisis estructuralistas en relación a determinadas posiciones de clase para desarrollar una concepción multidimensional donde la lógica del conflicto, los movimientos, las acciones y los mismos hechos históricos se analizarían en relación a las subjetividades y la acción social.
La noción de determinados términos para referirse a los actores sociales e históricos permitió desnudar una serie de contradicciones en torno a una denominación un tanto ambigua como vecinos, ciudadanos y sectores populares.Estos rótulos intentaron de alguna forma reemplazar al sujeto clasista- obrero- por uno más acorde al desarrollo histórico diverso que fuera observado por estos estudios.
La expresión sectores o clases populares ha sido utilizada coloquialmente como sinónimo de pueblo, e incluso de trabajadores. Luis Alberto Romero – historiador argentino- elevó esta denominación a la categoría de concepto. En un artículo escrito con Gutiérrez, partiendo de la crítica de que “las condiciones sociales no atribuyen el carácter de sujeto hegemónico a los obreros en Buenos Aires” (Romero y Gutiérrez, 1995) discutió el término clase desde la concepción del marxismo tradicional. Según este autor, este concepto de clase se reproduce únicamente como una categoría ligada al producto de una racionalidad económica: El sujeto histórico no se constituye en la economía sino en la esfera cultural, aunque existan ciertas condiciones materiales que pueden influir.
De algún modo, la mayoría de estos estudios históricos y sociales no terminan de reconocer como se definen los sectores populares. Sirven apenas para delimitar un área de la realidad, un sujeto que es imposible definirlo “a priori”. Según el propio Romero, los sectores populares no son, sino que están siendo. Esta última frase esconde en gran parte la imposibilidad de especificar el término.
La denominación sectores populares debe entonces precisarse con mayor amplitud para consignar un término que pueda ser reconocido dentro de la estructura económica y social.
En cuanto a las discusiones actuales, este concepto se correlaciona con el de clase obrera, propio del marxismo tradicional, que muchas veces resulta definido en forma notablemente restrictiva y por lo tanto inadecuada. Para la “tradición marxista” obrero es todo aquel carente de medios de producción y de vida, donde se formalizan una enorme variedad de situaciones unidas todas por el hecho de la explotación (Sartelli y Kabat, 2008). Las teorías sociológicas actuales y las nuevas corrientes posmodernistas desvirtúan el término clase obrera infiriendo la falta de posibilidad de utilizar análisis clasistas para pensar la sociedad.
Se acusa al concepto de clase de economicista y de ser poco flexible. Sin embargo, sus detractores olvidan que el término engloba al fenómeno de la conciencia y expresa la dinámica del cambio social (Thompson, [1963] 1991). Marx utiliza este concepto para estudiar las transformaciones, analizando los cambios en el proceso de trabajo y observando las continuidades y contradicciones en el interior de la clase obrera (Luckacs, 2009).
Por otro lado en los debates dentro del interior del marxismo se habla hoy de segmentación del trabajo, lo cual constituye un avance para no determinar una clase obrera homogenéa sino percibir sus diferencias internas.
Unido a este debate, el rescate de la noción de lucha de clases implica pensarla dentro de los parámetros históricos que definen determinadas estructuras y que contraponen sectores sociales en disputa: es una visión totalizadora de la realidad social y que conlleva una dinámica atravesada por una definición del conflicto.
Las reflexiones de Antonio Gramsci; la tradición de la Escuela de Frankfurt, la obra historiográfica de E. P. Thompson y en general de la sociología histórica británica, el marxismo analítico, las distintas vertientes del “autonomismo”, la salida “posmarxista” de Laclau, son algunas líneas centrales de un itinerario que ha estado enmarcado por afrontar estos desafíos.
La lucha de clases puede ser entendida como un lente que en su sentido más amplio que remite a las múltiples formas en que se manifiestan tanto la construcción de la hegemonía por los sectores dominantes, como las resistencias contra-hegemónicas de los sectores subalternos (Viguera, 2009). De esta forma, este concepto rescataría, sin excluir, el complejo entramado de dominación y resistencia, de reproducción y conflicto de la sociedad, que inevitablemente la atraviesa.
Retomando el eje de la cuestión ¿Qué son las clases populares?, es importante percibir que no es un complejo acabado y sistemático sino que se acomoda de alguna forma a distintas experiencias y lugares. Resultan un conjunto de sectores que no se determinan en función de especulaciones discursivas ni únicamente subjetivas sino que se encuentran atravesados por relaciones de explotación y dominación: por lo tanto atravesados por la lucha de clases. En este caso, pueden existir diversas categorías sociales dentro de las clases populares: pequeño burgués cuentapropista; asalariados sin medios de producción; profesionales liberales que trabajan en relación de dependencia; entre otros.
Esta división entre clases dominantes y subalternas implica pensar diferentes formas de explotación y dominación que no se sintetizan en la clásica dicotomía entre burguesía y proletariado “puros”.
En la Argentina es insoslayable el papel realizado por el peronismo para la identificación de las clases populares y su discusión en toda la historia política argentina.
El populismo se ha reapropiado del término para explicar su proyección histórica en el devenir de la sociedad. Los populismos latinoamericanos han desplegado un conjunto de maniobras mediadoras, invocando el poder popular de una forma que permitiera su expresión, determinada en muchos casos por la hegemonía de una burguesía nacional. En general, los representantes, líderes o caudillos dentro de este tipo de gobierno, asumieron posiciones verticalistas y carismáticas, y tendieron a legitimarse desde un papel protagónico en diálogo con el pueblo.
Otra característica de los populismos son sus reservas hacia el parlamentarismo, y también hacia el pluralismo en su versión de representación partidaria. Remiten más bien a “movimientos”, atrapa-todo, que a la forma partido.
Los populismos latinoamericanos que, en general han sido elegidos democráticamente, remiten en su interior a una alianza de clases y su integración solidaria en el marco de un proyecto común. A diferencia del poder popular, el poder soberano del pueblo o la soberanía popular- muy importante en las democracias populares- es la voluntad latente de una mayoría del pueblo que se impone como poder constituyente, se funda a partir de un contrato[4].
La capacidad del populismo de movilización nacional tuvo como supuesto imaginario la anulación de las contradicciones sociales. En nuestro país el peronismo tuvo como función histórica formar un movimiento que intentara eliminar las contradicciones de clases – “comunidad organizada”- e instalar a las clases subalternas como un actor relevante de la política nacional.
Más allá de las particularidades intrínsecas del movimiento peronista y su caracterización, que sobrepasan los márgenes de este artículo, lo más interesante resulta esta nueva conceptualización de diversas manifestaciones sociales, donde el lenguaje cotidiano y político se envuelve de lo popular, el pueblo, las clases populares, como denominaciones ideales de un repertorio revisionista.
 
El neopopulismo y la concepción del poder popular
Para hacer un análisis de las relaciones entre populismo o neopopulismo con la realidad social contemporánea de Latinoamérica deberíamos primero pensar que ha ocurrido en los últimos años y contextualizar su surgimiento.
En primer lugar la propuesta, se ubica en un contexto determinado, donde la recuperación de las tasas de ganancia y de acumulación en la economía capitalista mundial, desde la década del ochenta en varios países de Latinoamérica, fueron precedidos por la derrota, la persecución y la imposición de dictaduras militares y de décadas de desarrollo neoliberal (Rapoport, 2000). Este proceso permitió desmantelar las conquistas sociales de los sectores de trabajadores y configuraron la penetración del capital en amplios territorios propiciando una nueva etapa de expansión del capitalismo a nivel mundial (Astarita, 2001; Basualdo, 2000; Burachik, 2011).
Algunas de las características sobresalientes de esta nueva etapa de acumulación ya fueron percibidas por diferentes investigadores: el predominio del capital financiero especulativo sobre el capital productivo, el desarrollo de nuevas formas hegemónicas de dominación, la intensificación de la apropiación de plusvalía y de la fuerza de trabajo y el crecimiento de una sobrepoblación relativa a niveles desconocidos, el empeoramiento de las condiciones de vida de las masas de trabajadores y explotadas ( Izaguirre, 2003; Seoane y Taddei, 2001) Una población sobrante que de alguna forma vigoriza la fuerza de trabajo desempleada estructuralmente – sin poder ser absorbida por el capital- y que estimula la flexibilización laboral y la expansión de las ganancias de la gran burguesía industrial, comercial y de los grandes terratenientes (Sartelli, 2009) .
En Argentina, esta situación fue muy resistida durante un largo proceso de lucha y conformación de diversos movimientos sociales[5]. Frente a la caída del gobierno de De la Rúa, el proceso denominado argentinazo desembocó en una serie de cambios políticos de gran envergadura. Luego de la presidencia interina de Duhalde (enero del 2002- mayo del 2003), el candidato electo Néstor Kirchner (2003- 2007) inauguró un período de gobierno marcado por las contradicciones y continuidades con respecto al modelo anterior, basado en la producción agro- minera dependiente del imperialismo.
Las condiciones de crecimiento del PBI en los primeros años del kirchnerismo, beneficiados por el tipo de cambio y la exportación de commodities a altos precios en el mercado internacional, propiciaron un incremento de los beneficios económicos de amplios sectores sociales dominantes. Esta nueva configuración ha sido denominada como neodesarrollista (Féliz y López, 2012).
La formación de gobiernos con consignas nacionales y populares lejos estuvieron de enfrentarse concretamente con el capitalismo y las grandes transnacionales: más bien intensificaron una alianza entre diversos sectores con la finalidad de continuar la dependencia y la concentración económica.
Sin embargo, una característica sobresaliente de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández (2007-2013) fue la amalgama de respuestas estatales que se generaron frente a determinadas demandas sociales. Ya sea para cooptar movimientos sociales, como una estrategia de asistencialismo político, una búsqueda de aliados para incrementar el apoyo en los primeros años de gobierno, estas respuestas se instalaron como parte de una reconstrucción del poder estatal luego de la debacle política del 2001.
En la actualidad son aún más claras las limitaciones del modelo implementado, donde se percibe una continuidad e intensificación de diferentes luchas, con movimientos sociales que plantean un cuestionamiento radical a las formas de ejercer el poder, una demanda concreta de des-mercantilización de los bienes públicos y sociales y una re-discusión acerca de la apropiación de los bienes comunes.
Una de las particularidades de garantizar la permanencia de estos gobiernos fue la capacidad de generar un “discurso progresista” acompañado de una vinculación con los llamados sectores populares en su esfuerzo de agrupar distintas clases sociales. Este discurso se vio asistido de un lenguaje que acentuó una división concreta entre “el nosotros y los otros”, marcado por el antagonismo reivindicativo del peronismo entre los que están con el pueblo y la nación y los sectores de derecha y antinacionales- cipayos y vendepatrias- caracterizados por su disconformidad con el propio gobierno. Proponen a la propia identidad como representativa de la Nación frente a poderes externos y sostienen una defensa del pueblo como entidad plebeya frente a las elites económicas, políticas y culturales.
El desarrollo teórico del neopopulismo comprende los diversos antagonismos enmarcados en los movimientos sociales como fragmentaciones y demandas particulares que deben ser consensuadas a través de la institucionalización y la hegemonización por una democracia radical, que los incluya y represente en una alianza estratégica (Laclau, 2005; Laclau y Mouffe, [1985] 2011).
El neopopulismo se adscribe dentro de una lógica de redistribución capitalista, donde la heterogeneidad discursiva adquiere una preponderancia particular y se apuesta a nuevas estrategias políticas.
 
Conclusiones
Aproximarse a la distinción de las estructuras económicas, sociales e ideológicas, en una determinada formación social y coyuntura política, equivale a desentrañar el funcionamiento y los procesos que posibilitan las relaciones sociales (Vilar, 1999). Teniendo en cuenta al conflicto social, que deviene de luchas históricas, como un proceso interactivo de relaciones objetivadas y subjetivas que interactúan en forma dialéctica las acciones colectivas pueden ser analizadas como elementos significativos de la sociedad frente a la problemáticas del poder, dominación y legitimidad que sostienen las distintas instituciones y organizaciones.
Estudiar las formas de organización, articulación y conflicto, así como los mecanismos que propician determinadas problemática- tanto de la izquierda tradicional como de la nueva izquierda- posibilitará una comprensión mayor acerca de las relaciones sociales entre Estado, sociedad civil y construcción de poder.
Un cambio verdadero y profundo de las estructuras materiales de la sociedad no puede desconocer el carácter subjetivo de los individuos históricos reales que lo llevan a cabo, en su dialéctica con la base. La creación de espacios en donde se ejerza un verdadero Poder Popular no solo es un proyecto deseable, sino que es una herramienta necesaria e indispensable para lograr un cambio verdadero que no termine, como ya ha dicho un tanto proféticamente Rosa Luxemburgo, en “la dictadura de un puñado de personas, vale decir, […] la dictadura según el modelo burgués” (Luxemburgo, 2008: 54)
La importancia, en el presente, de discutir la naturaleza y el papel de las clases populares en la historia y la capacidad de las mismas de construir poder popular se le revela al investigador comprometido como necesidad intrínseca a su trabajo, como una chispa que le recuerda la necesidad de no prestarse a ser un instrumento de la clase dominante (Benjamin, 1973).
 
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* Universidad Nacional del Sur/Colectivo de Estudios e Investigaciones Sociales. pablobecher@hotmail.com
** Estudiante avanzado del Profesorado en Historia (Instituto Superior de formación docente N°3 “Cesar Avanza”). juan_martin83@hotmail.com
*** Estudiante avanzado del Profesorado y la Licenciatura en Historia (UNS) lucio.em@hotmail.com
[1] Esta idea de toma del poder está siendo resignificada por organizaciones de izquierda independiente, que manifestaron su decisión de participar en las elecciones legislativas del 2013 a partir de la construcción del llamado instrumento electoral frentista.
[2] Sobre este punto vale mencionar las discusiones del artículo de Mann, M. (2008: 75) que divide los debates acerca del estado entre los niveles de análisis que retoman sus aspectos funcionales e institucionales, insistiendo en la necesidad de pensar el Estado- democrático liberal contrapuesto al estado despótico- como una arena, un lugar y una necesidad de las sociedades de controlar las disputas y organizar las leyes. Difícil resulta en este análisis observar que los conflictos sociales tienden a dirimirse por el propio estado como regulador de la lucha de clases, y que en general su tendencia fue la de reprimir y amortiguar el conflicto.
[3] En este sentido obsérvese las continuas reediciones del libro Breve Historia Argentina de José L. Romero y los análisis de la Nueva Historia Argentina, de Ed. Sudamericana.
[4] La crisis de los poderes monárquicos implicó la emergencia de la soberanía del pueblo , considerando el entramado de las revoluciones que hacen bisagra entre la edad moderna y contemporánea:, la revolución inglesa en 1640, la norteamericana en 1777, la francesa en 1789 y la hispanoamericana a principios del siglo XIX. La legitimidad política se reapropia en un sentido en que adquiere importancia el pueblo que designa el poder instituido. Esta situación sin embargo no posibilitó la constitución de la democracia ni del gobierno de masas sino después de largas luchas sociales.
[5] Los problemas en torno a la estructuración y organización de los llamados "nuevos movimientos sociales" (Offe, 1985; Melucci, 1994; Tarrow, 1997) resultan temáticas complejas para un análisis particular y simplista, constituyéndose en elementos teóricos de polémica y discusión en el ambiente académico y extra- universitario (Millán, 2009). En tal sentido, nuestra propuesta rediscute “lo nuevo” de estos movimientos tratando de observar ciertas continuidades y características dentro del proceso histórico que los anteceden.