Los Feminismos Latinoamericanos

Bellucci, Mabel

De una u otra manera, las referentes de los feminismos históricos de la región llegaron a conclusiones convergentes: la coyuntura de los años ochenta les planteaba a las mujeres una necesidad de responder a los nuevos desafíos a lo largo de un período lleno de vicisitudes. Por caso, la paz en Centroamérica, el impacto de las políticas de ajuste del Fondo Monetario Internacional sobre la vida cotidiana y las necesidades básicas, el desarrollo de estrategias de sobrevivencia, las secuelas de las dictaduras militares, las democracias emergentes y el afianzamiento en los órdenes institucionales, entre otras variedades temáticas. En cuanto a la agudización de la crisis económica del continente, las impulsó a la incorporación masiva del mercado trabajo tanto formal como informal. En cambio, las más pobres tomaron bríos para constituir estrategias colectivas en términos de producción, consumo de bienes y servicios. Frente a estas circunstancias económicas de corte neoliberal, otros acontecimientos históricos se abrirían al calor de esta coyuntura: la Revolución Nicaragüense, en 1979, protagonizada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) generalizó la situación revolucionaria en el resto de Centroamérica, especialmente, en El Salvador.  Un año después, se constituyó la Coordinadora Político Militar, integrada por las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí” (FPL), inspirándose en el sandinismo para obtener la victoria militar.
Mientras tanto  en los países que atravesaron la experiencia traumática del terrorismo de Estado o guerras como el Cono Sur, las organizaciones autogestivas femeninas por los derechos humanos adquirieron una relevancia política significativa por su protagonismo a través de acciones comunes; generándose nuevas proposiciones de participación, tomas de conciencia, tomas de palabra. En ese marco, las mujeres operaron como figuras reparadoras con capacidad de resistir el orden violentado por los regímenes totalitarios. De ese modo, se conocieron mundialmente los comités de madres y familiares de presos políticos, sociales y desaparecidos. Por ejemplo, las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, El Comité de Madres y Familiares de Presos, Desaparecidos y Asesinados Políticos en El Salvador (COMADRES), el Grupo de Apoyo Mutuo por la Aparición con Vida de Nuestros Familiares (GAM) en Guatemala. A todas, la necesidad de justicia y verdad las aunó: la desaparición forzada, los centros clandestinos de tortura, los presos políticos, los refugiados, las legislaciones de pacificación nacional, las matanzas en masa y el pedido de cumplimiento de condenas a los responsables de crímenes de lesa humanidad, representaron algunas de sus banderas más distintivas. La escritora feminista Tununa Mercado, en su artículo “Ser mujer y ser feminista” sostiene esta afirmación:
 
El feminismo en América Latina, en los países donde hubo en estos años las condiciones mínimas para que surgiera, logró decir todas las veces que le fue posible, lo que tenía decir con diferentes voces, Por cierto su diversidad es su distingo. Fue un objeto tan contundente, con una densidad y un volumen tan alto y al mismo tiempo con una flexibilidad y una capacidad de infiltración tal que logró implantarse de manera irreversible en la conciencia colectiva (Mercado, 1989: 26).
 
Entretanto, la historiadora Marysa Navarro, en su artículo “El primer Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, 1982” dispone de otra lectura en cuanto al desplazamiento de los feminismos en América Latina, un continente que había permanecido aparentemente ajeno al movimiento de liberación de la mujer:
 
Si bien había grupos feministas en algunos países como México, Colombia o Brasil, no parecía existir un movimiento de proporciones continentales. Los hechos daban ostensiblemente la razón a aquellos o aquellas que veían al feminismo como un fenómeno característico de los países industrializados pero sin futuro en América Latina y a las feministas como pequeñas burguesas que se habían entusiasmado con una moda y no se daban cuenta de que “le hacían el juego a los Estados Unidos” (Gargallo et al., 2013).
 
Para esta especialista en el movimiento latinoamericano, los Encuentros Feministas de Latinoamérica y del Caribe generaron el objetivo “de hacer una reunión de mujeres latinoamericanas, comprometidas en una práctica feminista, para intercambiar experiencias, opiniones, identificar problemas y evaluar las distintas prácticas desarrolladas, así como planear tareas y proyectos hacia el futuro”. Las mujeres que allí se encuentren “tendrán una práctica feminista y en particular interés por avanzar en el proceso de organización y liberación de la mujer”.
En verdad, nuestros feminismos nacieron en contextos de dictaduras militares y lucharon codo a codo junto con una diversidad de movimientos sociales por la vuelta de la democracia. En esta batalla cuasi monolítica frente a un enemigo en común no se presentaban diferencias entre los grupos feministas y si se veían no se hacía hincapié para mantener una homogeneidad irremediable ante las exigencias del momento que requería la construcción de una alternativa contra los militares. Existían espacios para todas sin exclusión alguna. También la coyuntura ofreció nuevas oportunidades de intervención por fuera de los ámbitos políticos convencionales pero, a la vez, planteó incertidumbres alrededor de la autonomía que brindaban las zonas conquistadas, tanto por su falta de estructuras jerárquicas como de procederes más fluidos. Un caso paradigmático de aquella época fue la gravitante contribución de la teórica y militante feminista Julieta Kirkwood. Ella junto a otras mujeres refundó en Chile este movimiento, en plena consolidación del absolutismo terrorista de Augusto Pinochet, y  provocó una red de afinidades alrededor de la consigna “Democracia en el país y en la casa”, lema que cruzó la Cordillera y se hizo propio para los feminismos de esta región. A partir de la resistencia empedernida contra el régimen tiránico, se pusieron en tensión todas las certezas que traían de la década anterior. Su encaro veloz hacía referencia a la necesidad de un “hacer política” desde las mujeres a partir de sus propias carencias y alienaciones. En una ponencia de agosto de 1983, “Feministas y Políticas”, Kirkwood llevaba su discusión sobre la subordinación del feminismo en el interior de los partidos políticos y otros movimientos sociales, pero además planteaba el aprendizaje que hacían sus semejantes a partir de las propias experiencias personales y cotidianas. Acá están sus palabras:
 
Desde las primeras asambleas políticas de mujeres, en donde concurría todo la multiplicidad de grupos y de intenciones políticas de tinte femenino se perfilaron dos asertos: “No hay feminismo sin democracia” y “No hay democracia sin feminismo” (Kirkwood, 1988: 19).
 
Estas dos consignas denotaban la posibilidad de hablar, de señalar juntas todas las opresiones en una nueva síntesis no estratificada desde afuera.
Asimismo, en los inicios de los años ochenta representaron también una fase de intensa producción intelectual del movimiento a través de la prensa alternativa, cartillas, tesis académicas, cátedras universitarias, edición de libros específicos, realización cinematográfica, televisiva y radial, separatas de suplementos en diarios y revistas, seminarios internos, encuentros nacionales como congresos internacionales. Incluso, organizaron su pensamiento en términos propios y sin más forjaron un universo discursivo desde pautas estrictamente feministas para desembocar, años más tarde, en una epistemología antipatriarcal y frontal contra la heterosexualidad como régimen político. Como modelo de acción se las ha visto sumamente movilizadas en las primeras filas de una diversidad de luchas: marchas de obreras despedidas, acciones de protesta contra la violencia ejercida hacia las mujeres y menores de edad, grupos de trabajo y talleres de reflexión con refugiadas y exiliadas, apoyo a mujeres violadas y abusadas sexualmente, participación en las marchas de las minorías sexuales y en las movilizaciones a favor de la conquista por el aborto libre y gratuito. En fin, esta década les posibilitó expresar una mayor rebeldía frente al orden que las sometía como una máquina trituradora que siempre va por más. No obstante, durante los años ochenta, aunque la cuestión étnico-racial se hizo presente en los distintos encuentros latinoamericanos y fue acompañada por un conjunto de reclamos precisos, no hubo un compromiso político por parte del feminismo hegemónico blanco, heterosexual –mujeres educadas bajo los parámetros del feminismo del Norte– para derribar el carácter racista tanto en su hacer como en su pensamiento. Sin dudas, se presentaron grandes dificultades en la comprensión y en el abordaje de otra identidad  por fuera del modelo colonial etnocentrista. Por lo tanto, entre esta identidad y la genérica quedó impreso un vínculo de subordinación, el cual “adquirió supremacía o prioridad ontológica sobre las otras entidades, dejando de  lado la relación dialéctica que se establece entre todas estas”; Sergia Galván así lo expresa en su trabajo “El mundo étnico/racial dentro del feminismo latinoamericano” (Galván, 1995: 33).
Mientras tanto, numerosas profesionales de las ciencias sociales militaron en las filas del feminismo y avanzaron con datos, informaciones y antecedentes acerca de la cuestión, para luego dialogar con las instituciones receptivas a las propuestas que ellas habían elaborado; aunque la fuerza de las organizaciones de mujeres era, más bien, una fuerza de resistencia hasta ese momento. No obstante, las aperturas democráticas de la región ampliaban los espacios institucionales. Por otra parte, ellas salieron de los pequeños grupos para integrase a organizaciones nacionales más complejas. En aquel tiempo, tuvieron que imaginar ese salto en la medida que al presentarse en la arena política con un punteo claro de demandas y diagnósticos, entraron al juego gubernamental bajo la exigencia de constituir áreas de influencia para las mujeres en la formulación de políticas públicas específicas que se intentaban diseñar. La investigadora Claudia Serrano en su artículo “Entre la autonomía y la integración” lo relata de esta forma:
 
El problema que enfrentaron las mujeres de la región fue más bien de aprender a negociar un espacio de autonomía y de especificidad y al mismo tiempo participar activamente de las trascendentales disputas de la sociedad (Serrano, 1990: 99).
 
A la vez, las peticiones feministas desplegaron una heterogeneidad de cuestiones que, por cierto, superaban las alternativas previstas. Por lo tanto, los reclamos se movilizaron en diversas direcciones y propusieron fórmulas disímiles en relación con el Estado.
Del mismo modo, esta etapa estuvo cruzada por agendas internacionales de mujeres estimuladas lo suficiente como para ganar espacios y luego presionar hacia el interior de sus propios países. Se recuerda como escenarios claves la II Conferencia Mundial de la Década de las Naciones Unidas para las Mujeres: Igualdad, Desarrollo y Paz (Copenhague, 1980), el I Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (Bogotá, 1982), el II Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (Perú, 1983), III Conferencia Mundial para el examen y evaluación de los logros del decenio de las Naciones Unidas para las mujeres: Igualdad, Derecho y Paz (Nairobi, 1985), III Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (Brasil, 1985).[1]
Ahora bien, viniendo de esas canteras concretas, los feminismos de América Latina –varados en procesos de resistencia y luego de interlocución– fueron dimensionados por nuestras activistas y además por nuestras académicas –que hasta esa época sólo miraban hacia el Imperio–. Entonces los enfoques plurales a partir del conflicto social operaron como motor de la crítica transfronteriza, desparramados en un movimiento por fuera de la colonialidad blanca, eurocéntrica. En especial, los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe marcaron una ruptura de toda ilusión de homogeneidad entre el Norte y el Sur. Y desde sus inicios, en 1981, ya no se pudo negar más otros tipos de rostros de mujeres que planteaban su incomodidad a las trampas de la exclusión y a un diverso teñido de desigualdad, en sus múltiples facetas. A partir de la autoidentificación de chicanas, negras, indígenas, mestizas, campesinas, pobres urbanas y rurales, migrantes, inmigrantes irregulares, trabajadoras a domicilio, jornaleras, refugiadas políticas y económicas, entre otras, resultó decisivo para nuestros feminismos alejarse de las tendencias de proyección global que imponían una falsa unidad instalada por el proyecto civilizatorio occidental. Así, el modelo colonial, etnocentrista, heteropatriarcal, se inscribió como una matriz monocultural universalista. No cabe duda de que nuestros feminismos de la década anterior, a lo largo de su múltiple y enmarañada historia, hicieron su recorrido desde allí y no avizoraron en el horizonte cercano la posibilidad de fugar de esos paradigmas centrales.
Desde el inicio de todos estos acontecimientos y otros más, que posiblemente quedaron en el olvido, los años ochenta encarnaron una etapa de crecimiento del ideario feminista como expresión de pluralidad. Así consiguieron cuestionar las opresiones dentro de sus propias fronteras. En paralelo, se gestó un ensanchamiento de los márgenes de los movimientos populares de mujeres en la región.
El prólogo de “Ente la democracia y la utopía” se cierra con una hipótesis potente: “la convergencia entre movimiento feminista y movimiento de mujeres fue el mayor aporte que dio América Latina al feminismo internacional” (Rodríguez et al., 1990: 9). Justamente, esta diversidad de cuerpos, miradas, historias étnicas, de raza, de clase comienzan a verse a sí mismas como protagonistas de cambios y a definir sus propios intereses específicos dentro de un marco general de lucha que incluye la no discriminación y el cuestionamiento al heterocapitalismo como un reclamo de su propio perfil.  Seguramente, Portugal no se equivocó, esta confluencia entre ambas vertientes representa nuestra marca en el orillo.
 
Bibliografía
Galván, Sergia “El mundo étnico/racial dentro del feminismo latinoamericano”. En: Cuadernos África. América Latina  19  (1995).
Gargallo, Francesca (coord.), Portal de Ideas Feministas de Nuestra América. Disponible en:  http://ideasfem.wordpress.com/ (último acceso: 3/7/2013).
Kirkwood, Julieta, “Feministas y Políticas”. En: VV.AA., Mujeres Latinoamericanas. Diez ensayos y una historia colectiva. Lima: Centro de la mujer peruana Flora Tristán. Lima. 1988, pág. 19
Mercado, Tununa,“Ser mujer y ser feminista en América Latina”. En: Fem . 13/73 (enero de 1989), pág. 22.
Rodríguez, Regina / Portugal, Ana María / Saa, María Antonieta, “Entre la democracia y la utopía”. En: Transiciones. Mujeres en los procesos democráticos XII (1990), págs. 7-12.
Serrano, Claudia “Entre la autonomía y la integración”. En: Transiciones. Mujeres en los procesos democráticos XII  (1990), págs. 99ss.
 


Este artículo es un adelanto de su libro Historia de una desobediencia: Aborto y Feminismo, que aparecerá en Ediciones Herramienta.