La cruzada de un papa feliz y preventivo

Guerrero, Modesto Emilio

 
Dos agendas de distinta naturaleza hicieron coincidir la llegada del Papa Francisco a las calles de Brasil, con la aparición en este mundo del primer bebé varón de la realeza británica en muchas décadas, como si los destinos de ambas corporaciones milenarias, la Iglesia y la Monarquía, se confundieran en el mismo propósito de perpetuarse, a pesar de todas las revoluciones y todos los avances democráticos adquiridos por la humanidad. 
Como suele ocurrir, el secreto de tamaña capacidad de acomodación en las turbulencias de vida social, está en la gente, fuente de toda legitimación, y también de lo contrario.
Millones salieron a las calles de Río de Janeiro y Londres para celebrar las dos apariciones celestiales. El Papa Francisco ha despertado un fervor solo equiparable a los alcanzados en los últimos siglos por dos papas: Juan XXIII, y Juan Pablo II en sus primeros años anticomunistas. Ambos resultaron de dos crisis graves de la Iglesia.
La Iglesia estuvo en problemas cada vez que la gente se alejó de la fe y del enorme aparato que las sostiene, y salió de ella cuando puso en orden ambas cosas. Al vivir de la fe, depende de la gente mucho más que cualquier otro aparato ideológico. Esta relación es la que ha ingresado a una fase de alto cuestionamiento hace ya varios años para la Iglesia católica.
Declarar, como ha hecho el Papa, que la Iglesia “necesita de una revolución” (Corriere della Sera, 27 junio), o conminar a sus 230 mil jóvenes y acólitos congregados en Copacabana, lo más similar a los “militantes” en la política, a “salir” y hacer “líos” (“Quiero líos, quiero a la Iglesia en la calle”, Telam, 26 de junio), es demasiado para una institución dedicada a lo contrario desde el origen de los tiempos.
El que dice estas expresiones inusuales en la historia de la Iglesia, es el obispo que escribió el Documento de Aparecida (Brasil, 2007) en el que diagnosticó la crisis actual y el programa para resolverlo. Aunque en el mismo escrito condenó los derechos sexuales de las minorías, entre otros dogmas intocables.
Ese documento fue el que se llevaron a sus despachos más de mil obispos, y desde que es Papa entregó, como si se tratara de un programa o una declaración política, a una treintena de presidentes de América latina, Norteamérica, Asia, África y Europa. Con ese documento, Bergoglio/Francisco comenzó una cruzada. Primero como manifiesto de reforma conservadora, luego como postulado oficial de Roma, convertido en instrumento institucional de militancia (acción) para más de 300 mil sacerdotes (lo más parecido a un cuadro político) y para adoctrinar a centenas de miles de hermanos (activistas), propagandistas y organizadores de una cruzada de renovación de la fe en el orbe.
Esa es la batalla mundial que Francisco ha comenzado en Brasil, país clave en el dominio mundial de la fe católica.
La renuncia del papa Benedicto (el alemán Ratzinger) fue el primer acto de esa cruzada, pero en sentido negativo, por la inacción. Se fue. El segundo acto es el que ha comenzado con el Papa Francisco. Al contrario de su sucesor, a este Papa debemos medirlo por la acción que ha comenzado.
Esa abdicación papal contuvo todos los signos de la crisis. Ocurrió para evitar una explosión interna que estaba en marcha desde hacía un tiempo.
Buenas explicaciones dan dos especialistas argentinos, el teólogo militante Rubén Dri y el sociólogo especializado en el tema, Fortunato Mallimaci, investigador del CONICET.
           
...Los gestos no alcanzan, si no se transforman esas estructuras que han llevado a una crisis tal que el propio Ratzinger tenga que renunciar. Esto no se entiende si uno no ve la profundidad  que significó en la Iglesia Católica, que su máxima autoridad, que era infalible, considerado como sucesor de Jesucristo, no de los apóstoles, el Rey de Reyes, hasta incluso calificado como comandante en jefe de las Fuerzas  Armadas del mundo entero, diga renuncio, me voy (Miradas al Sur, domingo 28 de julio, 2013, 8 y 9).
Y Dri advierte, desde otro ángulo, que Bergoglio llegó al papado para disputarle “los pobres” a “los nuevos movimientos populares latinamericanos. Fundamentalmente al chavismo, a Evo Morales en Bolivia, en Argentina al kirchnerismo y al de Ecuador” (Miradas al Sur, domingo 28 de julio, 2013, 8 y 9).
A pesar de que ambos estudiosos ve una continuidad entre uno y otro, cuando en realidad se trata de lo contrario, si lo medimos por la política (programa más movimiento) que anima a cada uno, tienen razón en lo fundamental: se trata de una acción defensiva, conservadora, preservadora de la fe y los poderes de la fe.
El documento escrito por Bergoglio en 2007, junto a otros 12 materiales y declaraciones aparecidos en otros sectores de la Iglesia mundial, permiten esa búsqueda que condujo a Bergogio a Roma.
No olvidemos que el cardenal argentino renunció a sus 40 votos en 2005 (entre los 135 cardenales votantes), porque entendió dos cosas. Una, la relación de fuerzas interna no lo favorecía aún, en 2005. Otra, no podía debilitar la imagen corporativa papal, aunque fuera ganada por un adversario en la estructura del poder interno europeo/romano, como Ratzinger, o cualquier otro. Se suele olvidar que la Iglesia, como aparato de reproducción de fe, es una de las dos corporaciones más viejas de la humanidad, junto con el ejército, a pesar de sus formas y sus cambios.
El otro elemento clave en el carácter de cruzada iniciada por el Papa Francisco, es que sea un Jesuita. También suele subvalorarse que se trata de una de las Órdenes más disciplinadas y militantes en la historia de la Iglesia. En este momento es la que cuenta con mayor cantidad de hermanos en seminarios de formación alrededor del mundo: 3 millones a cargo de unos 170 sacerdotes jesuitas.
En alguna medida, tratándose de un Estado, un aparato mundial de poderes repartidos en 153 países, la Iglesia también se rige por relaciones de fuerza en su seno. Como afirma Rubén Dri con mucha razón, aunque lo aplica a la técnica de gestos y sonrisa desplegada por el Papa en Brasil, Bergoglio “no sale de un repollo”.
Como todo jesuita serio, el actual jefe de Roma, acumuló una sólida formación académica e intelectual, dentro y fuera de la Orden. En su caso, con aplicación en asuntos sociales como la psicología, la historia y la política mundial, junto con la teología.
Tan importante como esas educación fue su adherencia al peronismo, desde el cual participó en acciones partidarias altamente comprometidas en la década de los 60 y 70, como la Guardia de Hierro, uno de los grupos ideológicos más “duros” de esa corriente nacionalista. Esa práctica le enseñó el sentido de la política y de la negociación en sus peores sentidos. O sea, el pragmatismo. En ese sentido, es fundamental la crítica que le hace el teólogo Dri a su gramática discursiva y su gestualidad ficticia. (Miradas al Sur, domingo 28 de julio, 2013)
La racionalidad de llamados tan incendiarios aparece en la advertencia de que esos “líos” tienen el solo objetivo de recuperar y preservar la fe en riesgo, sobre todo en los jóvenes, el segmento que más se ha alejado de la iglesia.
La Iglesia como estructura mundial no está al borde de un colapso o de un cisma. Pero, para una institución vertical y omnímoda, integrada desde el final de la II Guerra Mundial al sistema mundial de Estados, los dichos del Papa hablan del por qué y el para qué llegó a Roma y pasó por Brasil, primer tramo de su cruzada preservativa.
Una de las pruebas de esta integración al sistema de dominación internacional es que alrededor del “60% de los fondos de la Iglesia Católica proviene de los EE.UU., seguido por Alemania, Italia y Francia en término de contribuciones”, según Jason Berry, de la BBC.
Perder tantos adeptos en tan poco tiempo y padecer una crisis de confiabilidad que algunos llaman moral, al interior y al exterior de ese gigantesco aparato de control social mundial, son dos hechos suficientes para encender las alarmas y buscar una salida no convencional.
Los datos aportados por los comentaristas más nobles, indican que la Iglesia recibida por Francisco/Bergoglio enfrenta una situación que podría asimilarse a una crisis estructural, como cualquiera de las que condujeron a los conocidos cismas desde el siglo II.
Con una diferencia. Un cisma del siglo XXI no tiene por qué repetir sus formas violentas iniciales. También en ese detalle, la Iglesia se adaptó a la cultura del capitalismo y sus instituciones. Todo se negocia.
La agenda papal comenzó en Brasil, donde más fieles se han perdido en América latina, pero seguramente seguirá en México, Perú, Colombia y Argentina, los que siguen en la lista de la actual declinación.
Sin embargo, EE.UU. no se salvará de la cruzada franciscana. Este país, centro de la dominación imperialista del mundo, registra la mayor debacle estadística y moral de la Iglesia Católica, comparado con cualquier país del mundo. En sus curías se registra la mayor cantidad de deserciones de “cuadros” (los sacerdotes) y militantes (los hermanos y las monjas)  con el mayor número de curas implicados en abusos sexuales y pederastia.

Lejos de Dios, cerca del dólar y las entrepiernas

La suma de escándalos por abusos sexuales, financieros, de poder parroquial, filtración de documentos secretos a la prensa, procreaciones prohibidas, participación en conspiraciones para derribar gobiernos democráticos, relaciones con la mafia, pederastia e, incluso, de asesinatos inconfesos en la Guardia Suiza, son suficientes para creer que los cuadros de la Iglesia están más cerca del bicho humano que de alguna divinidad impoluta.
            Por los VatiLeaks, develados por la entidad informativa de Julian Assange, y por una decena de libros escritos en su mayoría por periodistas italianos, estadounidenses, argentinos y alemanes, se pueden sumar no menos de 30 casos escándalos internacionales de la Iglesia. La mayoría, relacionados con abuso o uso sexual de menores en parroquias, se registra entre 2002 y 2012.
 “Ya en el siglo XIX, durante la celebración del I Concilio Vaticano (1869-1870), que definió la infalibilidad del papa (rota por Ratzinger en 2013), ciertos documentos acabaron, no sin polémica pública, en los periódicos alemanes” (EFE, 11-02-2011).
Claro, faltaban la radio y la televisión como espacios masivos del escándalo. Un reporte del periodista estadounidense, Bob Stanley, de febrero de 2004, señala que no menos de 4.450 sacerdotes de ese país fueron acusados de “abuso a menores” dentro de sus curías, desde 1959.       
La suma del lío se conoció en 2010, una fecha clave en la historia del actual Papa, cuando las iglesias de cinco países (Irlanda, EE.UU., Alemania, Austria y Bélgica) entraron en pánico por una seguidilla de hechos sexuales prohibidos para las normas de Dios.
El propio ex Papa Benedicto fue acusado de haber encubierto a sacerdotes pederastas cuando gobernó la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se vio obligado a despedir a varios obispos, y ordenar la limpieza de los Legionarios de Cristo, cuando se denunció que su fundador, el mexicano Marcial Maciel, fallecido en 2008, abusó sexualmente de seminaristas y tuvo hijos con varias mujeres”, algo malo para ellos.
El predecesor de Francisco reconoció en el libro-entrevista Luz del mundo, del escritor alemán Peter Seewald, que el caso de Maciel fue afrontado con "lentitud y retraso", debido a que "estaba muy bien cubierto" (EFE, 11-02-2011). Para ese momento, y con esos hechos encima, el poder moral del Papa y la estabilidad de la Iglesia ya habían entrado en una zona de turbulencia.
Bajo el gobierno de Juan Pablo II (1978-2005), entró en estado de quiebra el Banco Ambrosiano por actos corruptos en el Instituto para las Obras de la Religión, cuyo principal accionista es el Vaticano. Ese escándalo sacudió las bases de la Iglesia debido al escarnio público en la prensa de medio planeta, o sea en la cabeza de millones de católicos en el mundo, sobre todo los de clase media. La película Los banqueros de Dios fue su metáfora lacerante.
El día que encontraron ahorcado a Roberto Calvi, el presidente del Banco, bajo un viejo puente de Londres en 1982, se develó la turbia historia que conectaba a la Iglesia con la mafia, las finanzas turbias, la masonería y la religión.
Las operaciones financieras ilícitas implicaron al cardenal Paul Marcinkus, máximo responsable entonces del IOR. La Santa Sede tuvo que pagar 241 millones de dólares a los acreedores de la entidad.
El asunto tomó tal gravedad institucional para el sistema mundial de Estados, que uno de sus garantes, Londres, comenzó a soltar informes para mostrar su preocupación: “La investigación por lavado de dinero del Banco del Vaticano, las indemnizaciones por los escándalos sexuales y el número decreciente de creyentes y donaciones son algunos de los problemas que heredará el próximo Pontífice”, señalaba Marcelo Justo, de la BBC, en febrero de 2013, cuando se sabía que el Papa cambiaría de nombre y continente.
The Economist calculó en más de US$170.000 millones las erogaciones globales de 2010, muchas de ellas sin control ni contabilidad. Para Jasson Berry, quien la estudió por 25 años “la estructura financiera de la Iglesia Católica es 'caótica` y 'opaca`". 
Berry aporta datos clave para comprender la crisis actual en términos de un aparato mundial de poder que entró en crisis hace rato: “La Iglesia Católica es la organización más grande del mundo y tiene una arquitectura financiera caótica. Por un lado es muy jerárquica, centrada en la autoridad del Papa, y por el otro totalmente descentralizada, con cada obispo a cargo de una diócesis que funciona como un virtual principado”, declaró a BBC Mundo.
            El portafolio de inversiones financieras supera los 2.600 millones de dólares. Sus intereses en la Unión Europea abarcan el sistema bancario, aerolíneas, inmuebles y empresas. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto, cómo y en qué, gasta la Iglesia Católica a nivel mundial.
El pequeño Estado Vaticano es dueño de 700 propiedades, la mayoría en Roma, alquiladas a empresarios, tiendas comerciales y departamentos.
La firma Italgas, del Vaticano, tiene sucursales en 36 ciudades italianas. Sus inversiones están en los negocios del alquitrán, el hierro, las destilerías, el agua potable y los hornos a gas e industriales.
El Vaticano posee un tercio de los casi 180 institutos financieros italianos. También es dueño de muchos bancos influyentes de Roma, Europa, Norte y Suramérica. Es accionista mayoritaria de Alitalia y Fiat.
El 3 de enero de 1979, en Madrid, el Vaticano firmó un tratado de negocios económicos de la Iglesia Católica española, con garantía de financiación y su extensión de impuestos. Los aportes presupuestarios del Estado español a la Iglesia española fueron en 2005 de 141 millones y medio de euros.
Esta escandalosa lujuria financiera multinacional, más la declinación de la iglesia como aparato de fe, constituyen el vapor acumulado que estaba (¿está?) llegando a punto de explosión cuando Ratzinger renunció y los Cardenales acudieron al jesuita Bergoglio, latinoamericano y crítico de la inmovilidad romana.
La Iglesia perdió el 62% de sus fieles en los cuatro países latinoamericanos con mayor cantidad de católicos: Brasil, México, Colombia y Argentina.
La preocupación es bien terrenal. En esos países nació la Teología de la Liberación y la mayor cantidad de movimientos y curas rebeldes en la década de los 60 y 70. En su reunión de 2012, el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) reconoció una estadística sorprendente: cada 24 horas abandonan la Iglesia católica 10 mil personas en nuestro continente.
En 20 años han sumado casi 32 millones menos de personas alejadas de las parroquias, curías e iglesias centrales, aunque no de la fe. En términos estadísticos reales, esa suma debe representar el 10%, más o menos, de lo perdido sin registro o sin publicidad.
El catolicismo perdió un 20% de fieles en los últimos 50 años en Argentina, según datos de la última Cumbre de Obispos Latinoamericanos y del Caribe.
La socióloga Marita Carballo asegura que el 78% de los argentinos se reconoce como católico, pero apenas el 8% va a la iglesia semanalmente. Datos del Arzobispado de Buenos Aires revelan que los casamientos por iglesia en la Capital Federal disminuyeron un 30 % desde 1999. Argentina fue durante el siglo XX uno de los países con mayor porcentaje de católicos.
En las siguientes estadísticas, del Index of Leading Catholic Indicators (Índice de los Principales Indicadores Católicos) publicados por el investigador estadounidense Kenneth Jones, se evidencia esta declinación de la fe católica, base de la actual crisis de riesgos sísmicos en Roma y razón de la cruzada global del Papa Francisco:
Se ha verificado una reducción seria del número de sacerdotes, seminaristas, monjas, hermanos y órdenes religiosas en las últimas dos décadas y media. 
En los EE.UU. cayó de 58 mil a 45 mil, con unos 15 mil menores de 70 años. Se calcula no más de 31 mil para el cercano año de 2020. En 1965 se registraron 1.575 ordenaciones para el sacerdocio, en 2002 bajaron a 450, una declinación del 350 %. En 1998, hubo una pérdida neta de 810. En 2002 había 2.928 parroquias sin sacerdotes, contra 549 sin un sacerdote residente en 1965.
En porcentajes pasó del 1% de parroquias sin cuadro, al 15% en 2004. Si el actual desbarranque continuara, en el año 2020, un 25% de todas las parroquias no tendrá sacerdotes para preservar la fe en el país imperial que más aporta dinero y recursos al poder terrenal de Roma.
La cosa no es mejor entre los aspirantes a cuadros de la iglesia y en el plantel de mujeres militantes. Entre 1965 y 2002, el número de seminaristas cayó de 49.000 a 4.700, o sea, el 90 %. “Sin estudiantes, los seminarios a través del país han sido vendidos o cerrados. En 1965 había 596 seminarios, y solamente 200 en 2002”, informa Catholic Hierarchy, de EE.UU.
De las 180 mil monjas que ayudaban a garantizar la fe y el poder católico en 1965, se bajó en 2002 a solo 75 mil monjas, con un promedio de edad de 68 años. Y los “hermanos profesos”, suerte de aspirantes a cuadros en la Iglesia, cayeron de unos 12 mil en 1965, a 5 mil en 2002.
Las órdenes religiosas de EE.UU. podrían desaparecer si continúa la crisis denunciada por Bergoglio en su documento de 2007 en el cónclave de Brasil. En 1965 habían 5.700 sacerdotes Jesuitas y 3.500 seminaristas: en 2000 quedan 3.000 sacerdotes y 38 seminaristas. O sea, la Iglesia norteamericana está en bancarrota corporativa y moral desde hace un largo rato.
La Orden de los Franciscanos pasó de 2.500 sacerdotes y 2.200 seminaristas en 1965, a 1.400 sacerdotes y solo 60 seminaristas treinta y cinco años después. Mientras que de los 2.400 Hermanos Cristianos del año 1965 y 912 seminaristas, solo quedaban 959 Hermanos y 7 seminaristas en el mismo año.
La Orden de los Redentores parece haber perdido la redención divina. Pasaron de 1.100 sacerdotes y 1.100 seminaristas en 1965, a 349 de los primeros y apenas 24 de los segundos en el 2000.
Los estudiantes de las Escuelas secundarias diocesanas cayeron 1.566 en 1965 a no más de 780 en 2002; eso redujo los estudiantes a casi el 50%. Lo mismo se registró en las Escuelas Primarias Parroquiales, que se redujeron en 45% con casi el 60% menos de estudiantes.
Los  bautismos de infantes, de adultos conversos y los matrimonios católicos se redujeron drásticamente, medidos en términos inversos al crecimiento de la población que sigue a Roma. Gallup sorprendió al Papado a comienzos de este milenio, al revelar que los fieles que asistían a misa cada domingo se redujeron del 74% en 1958, al 26,6%, según un estudio de la Universidad de Notre Dame en 1974.
El Profesor James Lothian de la Universidad de Fordham, informó que del 65% de católicos que iban a misa los domingos en 1965, cayó  la tasa a no más de 25% en el año 2000.
Lo que descubrieron los obispos en Roma y en América latina, en la conocida reunión de 2007 en Brasil, donde Bergoglio produjo su documento programático, es que esa tendencia, se repite agravada en algunos países latinoamericanos. Allí comienza su cruzada. Como siempre ocurre, primero fue programática, luego pasa a la acción organizada.

Entre la fe y el temor

De una situación similar solo hubo noticias en los períodos decenales o anuales que condujeron a los 21 cismas vividos por la Iglesia Católica en casi 20 siglos de existencia sobre esta tierra. Dos historiadores de la Iglesia, Francis Dvornik y el mendocino radicado en México Enrique Düssell, registran 10 cismas entre su fundación y los siguientes 9 siglos.
Durante la Baja Edad Media hubo 5 cismas en apenas cuatro siglos, un tiempo corto para una cosa tan antigua. Y desde la Reforma Luterana (1378-1449) hasta las turbaciones provocadas por los curas latinoamericanos de la Teología de la Liberación en la década del 60, se conocieron no menos de 6 cismas, o crisis que pudieron conducir a ellas.
Estos 21 colapsos del poder católico en este mundo, fueron cruzados por un centenar de crisis. Los 21 cismas conocidos fueron las 21 ocasiones en que la cosa se les fue de las manos.
Un dato clave, desvanecido en la montaña de palabras vertidas sobre las causas y los propósitos del primer Papa latinoamericano, hasta esta visita a Brasil, es el carácter social de los reclamos contenidos en casi todos los procesos y situaciones que condujeron a las crisis y cismas eclesiales.
En 18 de los 21 casos de quiebre, actuaron previamente movimientos y corrientes internas de resistencia al poder concentrado y lujurioso de los Papas, la Iglesia y Roma. Siempre apareció algún profeta rebelde, o un acto disidente y un lugar que les dio nombre: Marcionistas, Rigoristas, Montanistas, Novacianos, Cataristas, Franciscanos, Umilatistas, Nicolaístas, Simoncistas, Luteranos, entre otros, o los “curas rebeldes” del tercer mundo.
En todos los casos,  el reclamo transitó sin pausa, desde la pérdida del sentido de comunidad de la Iglesia, a la denuncia del carácter monárquico del poder instalado en Roma. “El estado deplorable de la vida eclesiástica en su sentido más amplio y su alejamiento de los pobres”, recuerda  Dvornik, sobre las causas de los cismas.
No es casual, entonces, que este reclamo esté presente en las principales declaraciones del Papa Francisco y su atrevimiento para adoptar otro tipo de hábitos personales, sin cambiar lo fundamental: la fe y el poder de la Iglesia en Roma. Eso no se toca. Ese es el límite. Ese mismo límite es el que impide cualquier posibilidad de cambiarle la naturaleza a la Iglesia. Es la misma ilusión que han tenido los propulsores de la “reforma de la ONU”, de las Fuerzas Armadas o de la Casa Blanca. Las corporaciones no cambian, se combaten.
En ese punto aparece la distinción del Papa Francisco y su cruzada. En vez de encabezar un movimiento secular, o de raíz popular y rebeldía, él ha iniciado una cruzada ecuménica global preventiva, para evitar que desde los fondos sociales de la actual crisis capitalista se produzca algo similar, lejanamente similar, a lo que fue la Teología de la Liberación.
Tal propósito es imposible sin una reforma profunda, como las que salvaron a la Iglesia antes o después de algunos concilios. Y reforma profunda en una institución corporativa mundial y milenaria como la Iglesia, sólo puede ser adaptación, acomodación a las circunstancias, o como Lampeduza: cambiar algo para que nada cambie.
Esta reforma, en una institución de escala global integrada al sistema mundial de poder, intenta cumplir dos funciones en una sola acción: ser conciencia preventiva para la Iglesia y para el orden económico dominante, ambas amenazadas por las perversiones emanadas de sus entrañas.
Tienen razón tres comentaristas. Giuseppe de Rita, del Corriere della Sera, dice que “La opción del Papa es clara: la globalización no se gobierna con la verticalidad jerárquica y piramidal de los poderes”.
Wall Street Journal Américas señala que “El primer pontífice de Latinoamérica se está convirtiendo en una voz importante en la política de la región. Sus elogios  o críticas a los líderes cobran mayor fuerza gracias a su creciente popularidad”.
Por último, el intelectual cristiano brasileño, Paulo Horta, aporta la frase de ocasión más acertada de lo que estamos presenciando en la actuación del Papa: “Si solo él, ya es un canon”.
La cuestión es ¿cómo sobrevivir, y si se puede, pues también recuperar lo perdido y crecer, en una sociedad mundial sometida a la mayor velocidad de cambios culturales conocida desde la década de los 20 y los 70?
La respuesta no es sencilla para una institución de más 900 millones de fieles en el planeta, repartidos en 5 continentes, con más de 1000 obispos organizados en lobys de poder nacional, regional y en la santa Roma, cerca de 400 mil sacerdotes controlando unas 300 mil casas parroquiales y una montaña de casi 170 mil millones de dólares acumulados como capital de funcionamiento a escala mundial.
 
Buenos Aires, 28 julio 2013