José Carlos Mariátegui: Formación, Contexto e Influencia de un Pensamiento, de Javier Mariátegui Chiappe

Alfaro Rubbo, Deni Ireneu

 
                                                (versão em português)
 
Editorial Universitaria, Lima, 2012, 224 páginas
 
Construir una visión de conjunto de los aspectos más relevantes de la riquísima y multifacética obra de José Carlos Mariátegui (desde ahora, JCM): he aquí un enorme desafío para el pensamiento crítico y revolucionario contemporáneo. La (re)elaboración de la amplitud temática abordada por el marxista peruano, enlazada con aspectos biográficos, intelectuales y de su recepción, puede promover frutos estimulantes en relación a cada una de las facetas que confieren a JCM un lugar predominante en la historia contemporánea de América Latina.     
Entro los diversos estudios que escudriñan el pensamiento de Mariátegui, el libro recientemente lanzado en Perú, José Carlos Mariátegui: Formación, Contexto e Influencia de un Pensamiento, ocupa un lugar especial y da cuenta, por varios motivos, de lo singular del pensador peruano. Se trata nada más y nada menos que de Javier Mariátegui Chiappe (1928-2008), el último de los cuatro hijos de Mariátegui, que, justamente por ese parentesco, fue profundamente “habitado casi literalmente por la continua presencia de una singular paternidad” (p. 11), como apunta Aníbal Quijano en el prefacio del libro. Más allá de esa especificidad, Javier fue uno de los más respetados psiquíatras del país andino, habiendo ejercido activamente la profesión de médico y siendo un riguroso investigador científico en su campo, lo que le valió gran prestigio, como, por ejemplo, la designación como profesor emérito de la Universidad Mayor de San Marcos y, en 1999, de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.
Ahora bien, los riesgos de semejante empresa son evidentes, como señala el mismo autor: el riesgo de construir una “novela familiar”, como diría Freud, donde el “analista” apunta solamente a exaltar la vida de su personaje, o incluso, lleva a cabo un permanente “ejercicio de idealización” (p. 173). Sin embargo, para felicidad del lector, no ocurre eso en ningún momento.  Mucho más allá de tener la misma corriente sanguínea que Mariátegui, los cuarenta y dos textos que constituyen el libro, distribuidos en cinco capítulos, se destacan no sólo por el testimonio familiar que revela aspectos biográficos inédito del autor de Siete ensayos, sino primordialmente por tres motivos: 1) por estudiar el perfil de la personalidad psicosocial de Mariátegui, tanto en la esfera pública como privada, dimensión muy rara en los estudios mariateguianos, basándose en entrevistas a amigos y familiares que fueron testigos de la vida de JCN; 2) por apuntes metodológicos imprescindibles para que se pueda comprender adecuadamente el pensamiento integral de la producción intelectual de JCM; y 3) por una lectura eminentemente marxista de la obra mariateguiana cuyo interés y simpatía están asentados en el universo político-religioso y utópico bastante heterodoxo de JCM.  
En ese sentido, el primer capítulo tal vez sea el más interesante. Javier busca explicar el proceso de renovación creativa de JCM a través de lo que llama un “encuentro entre natura (condiciones propias) con una desigual nurtura (medio ambiente)” (p. 25). O sea, un precoz desarrollo intelectual en un ambiente poco propicio (semejante al itinerario de Antonio Gramsci) le permitió realizarse como persona y pensador. Una trayectoria sui generis de formación autodidacta, de “lecturas impenitentes”, y en la que muy pronto debió enfrentar el desafío de la soledad. De allí, entonces, la importancia de la “edad de piedra”, cuya forma de escritura se diera sobre todo mediante la crónica social, importante etapa de una transición personal e intelectual, aún ignorada por la mayoría de los estudiosos de JCM. En definitiva, Javier –tal como el historiador Alberto Flores Galindo- estaba convencido de que en el Mariátegui maduro seguía estando el “Juan Croniquer”.
Con respecto al marxismo de JCM, el autor destaca como contribución indiscutible la presencia de la utopía en su reflexión marxista, semejante a la propuesta del filósofo Ernst Bloch: el principio de esperanza. En última instancia, con palabras del autor, “el marxismo se propone un nuevo paradigma de la condición humana liberada, una nueva propuesta histórica que organice y discipline la fuerza histórica del mito” (p. 20). La iluminación proveniente de una creencia superior – que Mariátegui denominó “moral de productores”-  es el epicentro de su pensamiento dinámico y creativo. Si “creer es un modo de crear” (Herriot), si el pensamiento es una prolongación de la aventura crítica, de abrirse al encantamiento de las formas liberadoras que resisten la temporalidad abstracta del Capital, Mariátegui fue aquel que, sin abandonar siquiera un instante la preocupación realista por los aspectos materiales de la América Latina, era consciente de que “la imaginación y la fantasía son facultades tan importantes como la inteligencia” (p. 41). 
La recepción de la obra de Mariátegui, a su vez, se ha extendido hace ya cierto tiempo a diversos países, entre cuales el autor destaca Francia y México, por las publicaciones, conferencias, y encuentros organizado por varios intelectuales. En Francia, se destacan los “mariáteguistas” Robert Paris y Michael Löwy; y, en México, el evento denominado “Coloquio internacional JCM y la Revolución Latinoamericana”, que tuvo lugar en la Universidad autónoma de Sinaloa (campus de Culiacán), en 1980.
En igual sentido, tranquilamente puede sugerirse -como hace el autor- que muchos países despertaron un explícito interés en el autor de Defensa del marxismo, como, por ejemplo, España y muchos otros, pero que es decididamente Italia la que ocupa un lugar especial en la trayectoria de Mariátegui. De hecho, las razones de esa predilección son evidentes; en definitiva, es justamente en el país mediterráneo donde JCM (además de residir durante algún tiempo) incorpora al marxismo como un “instrumento de análisis oxigenado” (p. 113), bebiendo principalmente del filtro historicista italiano (Benedetto Croce, Piero Gobetti).
En los dos capítulos siguientes, Javier Mariátegui presenta y analiza una serie de personajes -en su mayoría, intelectuales y médicos- que estuvieron ligados a la figura de JCM. Desde paralelismos y afinidades trayectorias entre Gobetti y Mariátegui a colegas profesionales (Abraham Valdemar, Hermilio Valdizán, Ángela Ramos, José Malanca, Fausto Posada) y amigos como Tomás Escadilho, Dora Mayer de Zulen, Antonio Navarro, etcétera, que en frecuentaban  la “Casa de Wahington” nº 54, en Lima, domicilio en el que Mariátegui y su familia residieron durante los últimos cinco años de su corta vida. Más allá de eso, intelectuales que tuvieron interés (e influencia) en la obra de Mariátegui (como el filósofo ítalo-argentino Rodolfo Mondolfo y el escritor de novelas y cuentos José María Arguédas) y, finalmente, renombrados investigadores de la obra mariateguiana como Alberto Tauro y Alberto Flores Galindo. El primero fue esencial por la insistencia y recopilación de los Escritos Juveniles, publicados en ocho tomos, así como todos los textos introductorios (p. 172). Flores Galindo, a su vez, es autor del famoso La agonía de Mariátegui, publicado en 1980, que trata sobre la lucha de JCM contra ello Komintern.
Como no podría dejar de ser, el quinto y último capítulo está dedicado a los detalles de la vida familiar e íntima de JCM. Evidentemente, más allá de historias reveladas -como, por ejemplo, la compra de un automóvil junto con el amigo Hugo Pesce-, siempre interesantes para los biógrafos de Mariátegui, Javier destaca también la delicada relación con Ana Chiappe, con la que siempre pudo contar por su compañerismo y humanismo integral.
Javier Mariátegui fue, por lo tanto, un mariateguista, más allá de su mismo nombre y herencia. Su brillante capacidad interpretativa que necesariamente encierra aspectos de psicoanálisis, sin descuidar los aspectos sociales y culturales de la actividad humana, por eso la urgencia de volver a Mariátegui y apostar -como dice el escritor y socialista francés Henri Barbusse- a “un elemento nuevo de América, una especie de hombre nuevo americano”.
 
Deni Ireneu Alf