Marxismo: ¿racionalidad y ciencia... o no?

Achával, Zoilo

Zoilo Achaval*

Resumen

Se analizan dos trabajos de Enrique Dussel, El Programa Científico de Investigación de Carlos Marx (Ciencia social funcional y crítica), publicado en Herramienta Nº 9, y “Sobre el concepto de “Ética” y de Ciencia “Crítica”, respuesta inédita a Ariel Petruccelli, en los que propone un Tercer Criterio de Demarcación, entre Ciencia Social standard y Ciencia Social crítica, adicional al Primer Criterio de demarcación epistemológico entre ciencia y no-ciencia, y al Segundo, entre ciencias naturales y ciencias sociales, como estableció Popper. Después del análisis, se concluye que no hay sustento para dicho Tercer Criterio, y se señalan lo que se consideran algunos errores.

Summary

Two works by Enrique Dussel are analyzed, Charles Marx’s Scientific Research Program (Functional and critical social science), published in Herrmanienta No. 9, and “On the concept of  ‘Ethics’ and ‘Critical’ Science”, inedited reply to Ariel Petruccelli, in which he proposes a Third Criterion of Demarcación, between standard Social Science and critical Social Science, additional to the First epistemologic Criterion of Demarcation between science and not-science, and to the second, between natural and social sciences, as stated by Popper

After the analyisis, it is concluded that there is no support for such Third Criterion, and some so-regarded mistakes are pointed out.

¿Qué clase de marxismo representan las ideas de Dussel expresadas en el Nº 9 de Herramienta? En la nota 21  reivindican la “intención” de dividir la Ciencia en burguesa y proletaria y declaran su propósito de “subsumirla desde otro horizonte epistemológico más preciso“, es decir, tomar la división como propia. Dividen a las Ciencias Sociales en “funcionales”, que, si bien no define con precisión, suponemos que son las útiles al sistema, en este caso burgués, y “críticas”, útiles al proletariado. Reivindican insistentemente el juicio del objeto todavía no conocido, es decir, afirman que se puede juzgar, por ejemplo como bueno o malo, algo de lo que todavía no se sabe nada en absoluto. Declaran un “marxismo” que a nosotros nos resulta irracional y anticientífico.

El tercer criterio

En adelante, para abreviar, llamaremos a las ideas de Dussel ID. La idea general que desarrollaremos es que no sólo son incorrectas, sino que están mal sustentadas.

Para empezar, ¿Qué es un Criterio de Demarcación?

Con seguridad ya para Aristóteles estaba planteado el problema de separar las Ciencias (empíricas) de las que no los son. Fue su editor, Andrónico de Rodas, el que no encontró título mejor que “los escritos que seguían a los tratados de Física” para su obra más conocida. Los neoplatónicos le dieron a la palabra “Metafísica” su sentido filosófico, general. No vamos a hacer la historia de todos los intentos de separar la Metafísica de la Ciencia, pero probablemente el primero en plantear claramente la necesidad de separar las Ciencias Empíricas de las que no los son, fue David Hume (1711-1776).

Las proposiciones verdaderas sobre hechos están fundadas en la experiencia; las proposiciones verdaderas sobre relaciones están fundadas en la no contradicción. No hay otras proposiciones posibles; por tanto, todos los libros que contengan enunciados que no sean “razonamiento demostrativo” (como el de la lógica o la matemática) o “razonamiento probable” (como el de la experiencia) deben “arrojarse a las llamas”. Así, Hume ‹‹arroja a las llamas›› los libros que, como los de teología o metafísica, no contienen más que “falsas proposiciones” en el sentido de ser proposiciones que parecen serlo sin serlo de verdad.2 

Esta posición tajante resolvió un problema pero creó otro: era necesario aceptar la inducción lógica, propia de los empiristas como Hume: p. ej. “Si vemos muchos cuervos negros, todos los cuervos son negros”, aunque nunca podremos estar seguros de que haya quedado un cuervo blanco que no vimos. Lo positivo es que se basaban en la experiencia, no en la especulación.

Popper, en 1919, que no aceptaba la inducción, quiso encontrar un criterio de separación compatible con la ciencia deductiva, y propuso reemplazar la “verificabilidad” positivista de las teorías, que debían “comprobar” que eran ciertas, por la Falsabilidad (o Refutabilidad), en las que deben someterse a prueba. Si la experiencia demuestra que son falsas, quedan descartadas, caso contrario quedan “corroboradas”, es decir, en pie hasta que se las pruebe otra vez.

De manera que el Primer Criterio de Cientificidad es la Falsa-bilidad popperiana, modificado –sin alterar su esencia- especialmente por Lákatos3  y atacado por otros, como Feyerabend,4  “anarquista metodo-lógico”, a quién las ID citan pero no critican.

El Segundo Criterio de Demarcación es más vago, impreciso y reciente. Responde a la necesidad de reconocer las diferencias metodoló-gicas entre las ciencias experimentales (física, etc) y las Ciencias llamadas “Sociales”, que no pueden ser experimentales en el sentido de las anteriores, pero tampoco pueden perder su carácter científico. El asunto se sigue discutiendo.

El Tercer Criterio, como lo aclaran las ID5 , nacen de la mano de la primera Escuela de Frankfurt, en Horkheimer, explícitamente en Adorno, en Benjamin, etc. Escuela de Frankfurt y “Teoría Crítica” se usan como sinónimos. De modo que no cabe duda posible de que estamos tratando con un trabajo de la primera Escuela de Franckfurt, de la que no podemos ocuparnos plenamente aquí. Pero hay espacio para una opinión que puede tenerse en cuenta:

En lo que toca al punto que más frecuentemente ha sido debatido, esto es, a las relaciones de la Escuela de Frankfurt y el marxismo, cabe estar de acuerdo con las tesis de Martin Jay, según el cual los frankfurtianos han presentado, desde luego, una revisión del marxismo, pero ha sido de carácter tan sustancial que ya no puede arrogarse el derecho de contar entre una de las múltiples manifestaciones de la tradición marxista; en todo caso, los frankfur-tianos han dejado de insistir en la premisa de la estrecha unión de la teoría con la práctica –un hecho que puede explicar que para ciertos marxistas el frank-furtismo aparezca teñido de elementos “escépticos” y hasta   “anarquistas”.6 

Lo que transformaría a la crítica en criterio de demarcación, según las ID es el “ponerse de parte” efectiva y prácticamente, como co-militante, es decir abandonar activamente la objetividad que es primer requisito de la ciencia. Desde su enunciación, es una formulación extracientífica, que difícilmente pudiera justificar la cientificidad de Marx –que por otra parte no parece necesitarla–.

Nos parece maravilloso, y de hecho lo compartimos, el “ponerse de parte”, al mismo tiempo que nos parece irracional tratar de mezclarlo con la ciencia, a la que esa actitud desvirtúa insubsanablemente.

Hay en el trabajo de Herramienta una cuantiosa argumentación adicional en la que nos parece innecesario e inconveniente entrar, por engorrosa, extensa, especulativa, y no decisiva, puesto que las ID no resuelven siquiera el primer requisito para evaluar científicamente su aparentemente dogmática y metafísica afirmación de que “ponerse de parte” mejora las condiciones de observación, o posibilita la percepción de la explotación (que es como se llama entre las cuestiones sociales. El requisito no resuelto es ¿Cómo sobrevive su Tercer Criterio a la confrontación con el Primero? ¿Cuál es el procedimiento para someterlo a prueba científica, que deberían proponer las mismas ID?

No hay, pues, ningún derecho a considerar el “ponerse de parte” como un criterio científico ni tiene, por lo tanto, ninguna validez el Tercer Criterio, por esta sola razón, pero hay muchas otras.

Si bien su objetivo formal son las Ciencias Sociales, no queda indemne la Ciencia en general, de la que, en tanto ciencias, forman parte, y a la que no objetan, pero especialmente comprometen a la Ciencia porque ninguno de los argumentos contra la Sociología, a la que dice aplicarse en exclusividad el Tercer Criterio, es específico de esa disciplina. No cuestionan su objeto, ni su método, ni sus técnicas como parte de éste, ni siquiera las definen. Sólo le objetan “no ser crítica, no ponerse del lado de”, lo que le impediría “ver” los problemas verdaderos e importantes y su sentido legítimo, y según se dice, oculto a los ojos no privilegiados por la luz de Marx. 

El argumento es tan amplio e impreciso que no excluye ni a la Matemática, la más acrítica de todas las ciencias. Tampoco excluye a la Biología, ni, en verdad, como decimos, a las Ciencias todas.

Para aclarar, valga un ejemplo: los campesinos peruanos que cultivan sólo papas en las laderas de los cerros entre 3500 y 4500 metros ingieren entre 800 y 1200 calorías diarias, pero consumen no menos de tres veces más, a temperatura de congelación y con menos de 2/3 del oxígeno atmosférico a nivel del mar. ¿Cómo es posible que terminen vivos cada día, y que lleguen a los 30-40 años de vida? Es un pueblo con una biología peculiar, todavía no comprendida, y que se presta especialmente a la investigación exhaustiva y a la crítica, de la que la Biología, como cualquier otra ciencia, se abstiene cuidadosamente. Esa información es usada tanto por el gobierno, para mandar al ejército, como por los campesinos, que se han levantado y han sido masacrados decenas de veces, y que se interpreta que fueron la base social de Sendero Luminoso.

Además, la enfermedad de Chagas es casi exclusiva de los pobres y  los campesinos, porque la vinchuca (Triatoma infestans) vive en la paja del techo de los ranchos donde habitan. ¿Qué clase de problema es: biológico, sociológico, socio-biológico, económico, o interdisciplinario? ¿Y la tuberculosis; y la desnutrición global? ¿Cómo se puede hablar solamente de una Sociología standard y olvidarse del resto de las ciencias, en la era de los estudios y equipos interdisciplinarios?

Las respuestas a estas inquietantes preguntas no se encuentran en los textos de Marx, que son literalmente la única fuente de verdad de muchos marxistas. No hay en ellos una sola referencia a la realidad, como si la vida –y la lucha de clases- no transcurriera en las calles sino entre las tapas de los libros. Volveremos sobre esto.

De modo que, aunque no lo quieran, las ID están criticando de manera muy fuerte a las Ciencias en general, pero no le aplican el dichoso Criterio. Más aun: o el Tercer Criterio se aplica a la Ciencia en  general (excepto la Matemática y la Lógica), o carece de sentido, porque muchas o casi todas las Ciencias tienen la misma relación con el cambio social que la Sociología, y además –como dijimos- las ID carecen de una definición precisa de ella, su comienzo y su fin. Nada menos.

Menciono la Matemática como excepción, pero no sería extraño que cualquier día surgiera una Matemática “proletaria”, posmoderna, porque las ciencias formales (no experimentales, deductivas), ya han sido asaltadas por marxistas inconformes con la Ciencia: recuérdese la Lógica Formal, “burguesa” y “reaccionaria”, y la Dialéctica “revolucionaria”. Estamos en realidad frente a una extensión de aquella polémica casi centenaria –y tal vez casi terminada–.                       Parte de la desorientación de las ID se relaciona con la mezcla que hace de la actividad profesional del científico, digamos dentro del laboratorio, con su vida privada, sus actividades personales extraprofesio-nales y sus convicciones íntimas. Noam Chomsky es brillante, una figura para la Historia, pero no por su militancia marxista, sino exclusivamente por lo que hace en su oficio.

          El caso opuesto es idéntico: Copérnico, nacido en 1473, autor de De Revolutionibus, que cambió la ubicación del hombre en el Cosmos y revolucionó la ciencia y la filosofía, habría sido un sirviente de la monarquía feudal, y siendo monje, de la iglesia. No carecemos de pruebas. El 16 de noviembre de 1520 envió una carta al rey Segismundo I  que terminaba: 

Queremos (...) comportarnos como hombres honrados, buenos y devotos de Vuestra Majestad, aunque tengamos que morir. Recurriendo a la protección de Vuestra Majestad, entregamos y confiamos todos nuestros bienes, así como nuestros cuerpos. Siervos devotísimos, canónigos y capítulo de la Iglesia de Varmia.7 

La ética

 No es capricho ni carece de argumentos sostener que sea imposible construir éticas avalorativas, para contraponer a la “moral valorativa”, o dicho de otra manera, normas de conducta que prescindan de los conceptos de “bueno” y “malo”, que las ID pretender justificar sosteniendo que si la ética es vista dentro de su “sistema” (sociopolítico) sí necesita de valores, pero si es “transistémica” (p. ej. el esclavismo visto desde el capitalismo), no los necesita. La cuestión de intra o transistémico, jerga que sólo significa contemporáneas o históricas, es decir, solamente capitalistas o capitalistas y precapi-talistas,  no cambia la naturaleza de la ética o moral, sólo la hace relativa a su tiempo o relativa a toda la historia. Una es observada desde una perspectiva más amplia que la otra,  y eso es una cuestión de cantidad, no de calidad, de la misma manera en que el paisaje no cambia si lo observamos desde el suelo o desde un avión. Cambia lo que vemos (porque lo vemos desde otro punto de vista), no lo que es.

Si se refiere al contenido de la ética, a sus normas concretas y particulares, que no lo especifican, cada cual fue relativa a su tiempo, en general, porque no podemos aceptar sin pruebas ni argumentos que la moral esté determinada exclusivamente por el régimen económico-político, contra la opinión de todos los especialistas.

Adicionalmente, Piaget, en sesenta años de investigación cuyo producto sigue en pie, al establecer la ontogénesis (el desarrollo individual) de la inteligencia y paralelamente de la moral, encontró cómo ésta nace de los afectos hasta convertirse en normas morales. Lo sintetiza en la siguiente definición:

Toda moral consiste en un sistema de reglas y la esencia de cualquier moralidad hay que buscarla en el respeto (Negritas nuestras) que el individuo adquiere hacia estas reglas.

(...) Por otra parte, la mayoría de  las reglas morales que el niño aprende a respetar, las recibe del adulto, es decir, que se le dan elaboradas, y, muchas veces, elaboradas no a medida que las va necesitando y pensadas para él, sino de una vez por todas y a través de la sucesión ininterrumpida de las generaciones anteriores. (Negrita nuestra)8 

Y sigue:

Además, el comportamiento del niño respecto a las personas, demuestra desde el primer momento tendencias a la simpatía y reacciones afectivas en las que es fácil encontrar materia para todas las conductas morales ulteriores. Pero un acto inteligente no puede ser calificado de lógico, ni un rasgo de sensibilidad de moral, si no es a partir del momento en que ciertas normas imprimen a estas materias una estructura dada y unas reglas de equilibrio.

La lógica no es coextensiva a la inteligencia, pero consiste en el conjunto de reglas de control que la inteligencia utiliza para dirigirse a sí misma. La moral tiene una función análoga respecto a la vida afectiva.9  (Negrita nuestra)

Como se ve, los niños primero tienen normas, impuestas por la autoridad de los adultos. Son acatadas pero no comprendidas. Con las experiencias de socialización, van aprendiendo a dotar de valor a las normas, hasta que la moral se convierte  de heterónoma (impuesta desde fuera), en autónoma (respetada por propia convicción.)

Las ID sostienen precisamente lo contrario, que los valores son primitivos y que las normas son superiores, y posteriores.

¿Cómo fundamentamos ahora la diferencia entre una moral “valora-tiva” básica y una ética “deóntica” (la rama de la filosofía que se ocupa de las normas) superior?

En la nota 9, al pie de pág. 3 del manuscrito de respuesta a Petruccelli, Sobre el Concepto de “Ética” y de Ciencia “Crítica”, de febrero de 2000, las ID intentan reemplazar “valor” por “responsabilidad”. Allí comienza un alegato que se extenderá varias páginas, y que es necesario transcribir porque la cuestión es nodal.

Este juicio [del texto del autor] no es un “juicio de valor”, ya que mide o juzga desde la no-vida de la víctima (véase cap. 1 de mi  Ética de la Liberación (1998), sino que es un juicio deóntico cuya normatividad está ya presente implícitamente en el tipo de sujeto (sujeto ético) del juicio empírico. P. e. “Juan come”, es un juicio empírico. Pero si Juan no comiera, siendo Juan un sujeto responsable (sic) [del autor] de sus actos, se suicidaría. Pero aunque Juan puede (como posibilidad física o instrumental) suicidarse no logrará justificar dicho acto éticamente. Luego, “Juan debe comer para no suicidarse”. Aquí no ha intervenido para nada un juicio de valor, porque hay una normatividad propia en el hecho humano de la “responsabilidad” propia de la “auto-conciencia” práctica del sujeto, que aún puede ya estudiarse en las teorías neurológicas del cerebro (véase la obra del Premio Nóbel de Medicina Gerald M. Edelman, Bright Air, Brilant Fire. On the Matter of the Mind, Basic Books, Harper Collins Publishers, N. York1992, pp 124 ss: “Language and Higher-Order Conciousness”.·

Comienzan sosteniendo que “un juicio no es de valor si se lo juzga desde la no-vida del sujeto”, desde su sufrimiento y miseria. Es una afirmación extraña. Significa suponer que lo contemplado desde el mal, (la miseria, etc.), un valor negativo, no es un valor, sino una norma, un deber. No podemos comprender como se realiza semejante transformación, ni encontramos en el texto los argumentos.

Continúa  defendiendo que en realidad el juicio empírico (de meros hechos) “Juan no come” -para abreviar- debe interpretarse realmente como “Juan debe comer para no suicidarse”, lo cual simplemente no es cierto; hace una extensión personal de su juicio de valor: es al relator al que le parece mal que Juan se suicide. El “sujeto ético” Juan no opinó: no hay ningún juicio empírico que rece “Juan sostiene que el suicidio es malo”, y no hay razón para presuponerlo o considerarlo tácito. Se trata de lo que le atribuyen. Es, quizás, un ejemplo mal elegido, que revela un débil manejo de la Lógica. Pero como la idea se entiende, aceptémoslo como si fuera bueno.

Según las ID,  en ese basamento de la norma ética, (?) “no ha intervenido ningún juicio de valor”, debido a que está fundado en la “responsabilidad propia de la autocon-ciencia práctica del sujeto.”  En castellano, Juan es responsable de su vida.

Para el Diccionario de la Real  Academia Española, en su segunda acepción, “Responsable“ significa “Cargo u obligación moral que resulta para uno del posible yerro en cosa o asunto determinado.” Es decir, el Diccionario  remite la responsabilidad a la moral, a los valores, no a las normas, o sea el deber.

Pero no es el Diccionario sino nuestro razonamiento el que rechaza el argumento: La responsabilidad implica al valor, que está primero. Nadie se hace responsable de una mota de polvo, se hace responsable de algo que tenga alguna clase de valor, si no ¿para qué responsabilizarse? El juicio “Juan debe comer para no suicidarse” presupone que el suicidio es malo, o que la vida es buena, aunque sea muy obvio. No hay manera de escamotear el valor. Las normas por si solas no se imponen a la conciencia, según sabemos todos los que conocemos los semáforos y las luces rojas. Una vez más, es imposible fundar una ética o una moral sin valores.

Queda una cuestión muy importante. El autor sostiene que “Juan no come” es “un juicio deóntico [relativo a las normas] cuya normatividad está ya presente implícitamente en el tipo de sujeto (sujeto ético) del juicio empírico.” Además, la expresión “tipo de sujeto, sujeto ético” ¿A qué se refiere?  Es un circunloquio hermético para no repetir claramente que ese tipo de sujeto (el sujeto humano), lleva en su “auto-conciencia práctica”, inscrita en su cerebro, de la que no podría desprenderse, es decir, en su esencia, la condición ética, porque está presente implícitamente. Sería inherente a la condición humana. No habría sido adquirida, ni aprendida, ni transmitida, ni siquiera construida por el propio sujeto. Le pertenece por el sólo hecho de ser sujeto.

La idea parece recogida de Hume (ya citado):

(...) Se halla influído por la idea de hay una ‹‹naturaleza humana›› que es igual en todos los hombres y que hace posible no sólo ciertas regularidades en la conducta moral, sino también la aceptación de la obligación, de la justicia y de otras ‹‹normas›› morales y sociales.1 0

Se trata de la característica concepción apriorística de los empiristas del siglo XVIII, retomada como contemporánea. No cabe aquí una refutación del apriorismo, que rechazamos.

Para redondear el punto. Ya vimos que  esas ideas contraponen una “ética crítica”, avalorativa, marxista, a una “moral funcional, con juicios de valor basados en la normati-vidad hegemónica” (burguesa) En el segundo caso, no se entiende por qué estos tienen que ser procapitalistas, y de hecho no es así. Más aun, tenemos muchos amigos que viven bajo el dominio de la burguesía, que tienen una apasionada moral anticapi-talista y parecen vivir muy felices.

Algunos detalles

Le reprochan a Ariel Petruccelli tomar el concepto de “ética” de la filosofía analítica -cosa que no hace- mientras que uno de los citados a su favor, Hilary Putnam, no sólo se dice y es considerado de filiación analítica, sino plenamente empirista, que declaró que “cientifizar” los estudios sociales “era una idea de bárbaros”1 1. El positivismo es bueno o malo según esté a favor o en contra del autor.

Remite la cita de Putnam al libro de Feyerabend Límites de la Ciencia, capítulo 10, Putnam on Inconmesurability,  pag 265 y ss, pero idéntica edición de idéntica fecha, etc. tiene nada más que ocho capítulos y 153 páginas, de modo que, en este punto, nos hemos visto privados de leer a Putnam de su propia pluma.

Renglón seguido cometen otro lapsus calami: “Pero existe para Marx una “ética” como crítica, y, tal como la ha definido, se origina desde la “dignidad” [dignidad es un valor, N. de Z.A.] del trabajo  vivo (lebendige Arbeit)- y desde ningún valor “moral”, porque el trabajo vivo no tiene valor, ya que “es la fuente creadora de todo valor (...) ”Confunden valor económico con valor moral.

Para las ID, la moral valorativa es intrasistémica, propia del sistema económico-político de su tiempo, limitada en sus horizontes al sistema al que pertenece, y la ética normativa es transistémica, transhistórica, avalorativa, es decir, objetiva, que es lo que la garantizaría como científica. Extienden esto al conocimiento, cuando se refieren a Ricardo y Smith.

La amplitud histórica agrega perspectiva, posibilidades de comparación, profundidad, pero de ninguna manera garantiza objetividad, cientificidad, ni verdad. No hay diferencia cualitativa entre una y otra. Si el solo hecho de  mirar desde un sistema a otro, es decir, hacia atrás en la Historia, asegurara la verdad, cualquier cosa que dijéramos ahora, desde el capitalismo, referida a cualquier momento anterior al capitalismo, tendría que ser cierta, por absurda que fuera.

La idea de transistematicidad es presentada como original o nove-dosa, pero no lo es. El concepto de estructuras intra y suprasistémicas (estructuras intra y supraestructu-rales) es antigua y familiar para los aficionados a cualquier ciencia, a menos que sean positivistas. No necesitan ser diacrónicas, pueden ser y son también sincrónicas. Se llaman suprasistémicas, por ejemplo, a las que se mantienen constantes en los ritos mortuorios, o en las estructuras de parentesco, de distintas culturas contemporáneas o distantes en el tiempo, u órganos equivalentes en animales con distinto grado de evolución: lo constante tiene un grado de generalidad y abstracción mayor.

La idea es mucho más amplia y rica de lo que las ID nos la exponen, y de lo que lo que podemos desarrollar aquí.

El “movimiento dialéctico” y la “diacronía dialéctica”, aparecen nombrados pero no explicados. No puede descubrirse en el texto que diferencia hay entre el movimiento dialéctico y el movimiento común de la Física. No sabemos a qué se refieren, como no sea al simple movimiento y la simple diacronía, pero hicimos una prueba que invito a repetir al lector: lea otra vez el texto suprimiendo la palabra “dialéctica”, para ver si nota algún cambio en el sentido.

La incomprensibilidad crónica del término “dialéctica”, y la manera de usarlo, le hace correr el riesgo de que se lo utilice como arma de terrorismo ideológico.

Concretamente ¿Qué es la dialéctica?

Las ID responden a Ariel Petruccelli con un largo argumento sobre la calificación del robo, si es un verdadero robo o no lo es, si es robo en otro régimen pero no en éste, etc. Son consideraciones acerca del objeto, pero están fuera de tema, porque no es de eso de lo que estamos hablando, sino de qué naturaleza (ética o moral, mediante valores o mediante deberes) es el acto por el cual el sujeto aprecia que el robo es incorrecto.

Lamentable lapsus de las ID la cita de Husserl como dándoles la razón, (que de todos modos flaco favor les haría semejante apoyo), como sustentando su concepción de Norma, cuando en realidad Husserl, en  Investigaciones Lógicas, citado por Ferrater Mora, opinaba que:

Toda ciencia normativa ha de fundarse en una ciencia teórica. Pues mientras las disciplinas normativas, determinadas esencialmente por la norma fundamental o –en el caso de la ética- por lo que debe ser en cada caso el “bien” acaban en un relativismo de carácter hedonista, en las disciplinas teóricas, falta esta referencia central de todas las investigaciones a una valoración fundamental como fuente de un interés predominante en la normación.1 2

Por si quedara oscuro: mientras las ID opinan que la ética debe estar fundada en normas parcializadas –a favor del proletariado- Husserl opinaba que las normas, entre ellas las éticas, deben buscar garantía de desinterés en las ciencias teóricas. Exactamente lo contrario.

En síntesis, nos parece que queda claro que en el terreno de la ética-moral no se puede prescindir del concepto de valor, como pretenden las ID.

El concepto de ciencia

Parece que las ID tienen un vacío o una confusión ya señalada por Petruccelli y no respondida. Se trata de la Ciencia y de lo que el científico hace, y retomo la cita sobre Copérnico. Ya dijo Petruccelli que la Ciencia formula leyes que tienen en común la capacidad de describir series de fenómenos, ser comprobables mediante la observación de los hechos y la experimentación, ser capaces de predecir completa o estadísticamente, etc.

La actividad de un científico dado, de un grupo de ellos, o los de toda una generación, puede ser verdadera o no, a sabiendas o no, ideológica u honesta, sin necesidad de apelar a los paradigmas de Kuhn ni a los programas de investigación de Lákatos, pero mucho más si lo hacemos.

El “Hombre de Piltdown”, “descubierto” en 1912, se reveló como falso apenas en 1954 y quedó fuera de la Ciencia. Se tardó 42 años en descubrir el fraude. La teoría de Ptolomeo tuvo vigencia casi dos mil años y no era correcta. Ninguna de las dos derribó a la Ciencia ¿porqué?            La Ciencia contiene verdades –nunca absolutas- verdades parciales, errores, mentiras y trampas, según los intereses individuales de cada investigador. Como sistema, incluye necesariamente un proceso de auto depuración que puede ser lento, pero inexorable. Se inicia con el principio de Confirmación de un Observador Independiente, que hace poco liquidó en unos meses la Fusión Nuclear en Frío que presentaron los mormones. (Utah vs. Brigham Young). No es el único procedimiento, sino apenas el primero. No es posible presentar en Ciencia, como se ha pretendido, que los negros tengan el cerebro más pequeño que los blancos, o que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres. Esos trabajos ya no se discuten, se les niega la publicación.

No todo lo que  los científicos dicen es verdad, a veces ni siquiera es científico. Eso está por verse. El científico lo propone y debe ser sometido a prueba para aceptarse como verdad provisoria.

Como dijimos, no vamos a defender a la Ciencia, que no lo necesita porque se defiende sola, como lo demuestra su curso creciente en tres milenios o más. Podemos, en cambio, recordar que es el único instrumento de conocimiento objetivo y verdadero que tenemos, mal que le pese al posmodernismo.

La ideología

Hay una entidad de igual importancia y paralela a la Ciencia, que el marxismo no ignora, pero las ID sí. Categóricamente, puesto que no la usa ni una vez en estos trabajos.

Es la Ideología. Que la miseria y las guerras sean inevitables; que el Mercado sea el regulador ideal de la producción, la distribución y el consumo, son dos ejemplos clásicos de Ideología, imprescindible para el sistema, como bien se sabe. Entendemos Ideología en su sentido original de “conciencia falsa”, tal vez equivalente a “convicción o teoría interesada y mentirosa.”

La Ideología no es una sola, masiva y unilateral. Las hay sistemáticas y totales (“el capitalismo es el mejor sistema”) y pequeñas y parciales, (“los pobres son pobres porque no quieren trabajar”), las hay pro y antiburguesas, de naturaleza seudo científica, seudo filosófica, política, y todo lo imaginable, y muchos de nosotros, sin saberlo, hemos sido activos constructores de la segunda, pero tiene figuras más prominentes, que merecen ser nombradas: Stalin y sus discípulos, (recordar a Lisenko y la Academia de Ciencias de la URSS en su totalidad); el excelso Mao Tsetung (o Mao Zedong, como se dice ahora, y una verdadera nube de ideólogos de izquierda de segundo, tercer y cuarto orden.

Todo se simplificaría para las ID y para todos nosotros si fueran capaces de comprender que la “ciencia funcional”, suponiendo que supiéramos exactamente qué es, simplemente es Ideología, lo queramos o no.

Llama mucho la atención que las ID en ninguno de los dos trabajos que les conocemos sometan a comparación la Ciencia Funcional con la Ideología. Verían que la segunda se ajusta mucho mejor a la parte positiva de su pensamiento. Sería interesante que las ID se ocuparan también de la opinión de Marx sobre la Ideología, que no es escasa, y comprobarían que el “tercer criterio” es superfluo para el marxismo y la ciencia.

Su bloqueo para ver nítidamente a la Ideología, lo lleva a extremos absurdos, como reivindicar la Ciencia Proletaria, ideológica desde el nombre. Se trata de algo que no es nuevo. La Academia de Ciencias de la ex Unión Soviética lo llevó adelante durante gran parte de este siglo, imponiendo además sus argumentos por la fuerza, y destruyendo –represión mediante- cualquier intento de romper ese carácter ideológico impuesto a la Ciencia, lo mismo que, por lo demás, sucedió en el arte y la cultura.

En un punto fundamental las ID están acertadas,  aunque no sean originales.

Hay una más que centenaria discusión (desde Hume, posiblemente, pero vigorosa desde Comte) entre los positivistas, hoy imperantes en EE.UU y parte del resto del mundo, acerca de cómo comienza el conocimiento. Para los positivistas, comienza por la observación, por la percepción, por los sentidos. Para ellos cada percepción es una unidad indivisible, primaria. Por ejemplo, no veo un libro, sino un rectángulo, que  mi experiencia asocia primero al cartón, etc., por fin a un libro. En el positivismo puro no existe cerebro, la asociación se efectúa en una caja negra, es decir incognoscible, de la que sólo puedo registrar los ingresos y egresos (inputs y outputs). No se puede conocer lo que no entra por los sentidos, y la mente no puede producir conocimiento.

La posición opuesta afirma que el conocimiento comienza en el cerebro, mediante procesos psicológicos (y seguramente neurológicos) que pueden ser y son investigados, que la percepción no es indivisible sino compuesta, como se sabe desde Helmholtz, en el siglo XIX,  y se profundizó con las investigaciones modernas sobre las ilusiones ópticas; y por fin, que los procesos mentales inician y dirigen la relación con el objeto, y que en la medida en éste cambia al sujeto, se produce conocimiento. También la mente “produce” conocimiento: Hay una experiencia apasionante, y permítannos que la citemos:

Los datos de desarrollo concernientes a la idea de que una situación real siempre es el resultado de muchas situaciones posibles precedentes, y que otras situaciones pudieron haber tomado el lugar de la observada primariamente, es un contraargu-mento particularmente notable a las teorías empiristas. Para tomar un solo ejemplo: pedimos a niños entre 3 y 11 años que coloque tres dados en un trozo rectangular de cartón en todas las formas posibles. El niño de 3 años pone los dados en determinada posición, p. ej. en tres de las cuatro esquinas, y, al pregun-társele cómo puede colocarlo en otras formas, negará que sea posible alguna otra posición. Aquí, como en otras experiencias, parece que una vez que el niño ha creado una situación dada, esta situación toma la apariencia de necesidad, y que, en su mente, si la situación es lo que es, lo es porque no puede ser de otra manera. Las otras únicas posibilidades consideradas son análogas a la primera situación que crearon: p. ej. ponen los dados en tres esquinas, pero esta vez ocupan la esquina que habían dejado vacía la primera vez. Hacia los siete años de edad, se han hecho grandes progresos en este problema: los niños son capaces de mostrar cuatro a seis alternativas a su primera elección; no obstante, habiendo demostrado media docena de posibilidades, declaran que es todo, y que no pueden encontrar otras. A la edad de 9 o 10 años, se ha hecho mayor progreso, y los niños pueden mostrar algunas posibilidades adicionales; después de su primera ubicación, declaran inmediatamente que éstas son sólo muestras de una cantidad de otras, y si se desea conocerlas a todas, se deberá contar hasta diez, veinte, treinta, o aun más. A nivel formal, se ha conseguido otro paso hacia adelante: los niños colocan el dado al azar, diciendo que hay un sinfín de posibilidades (las palabras “sinfín” o “infinito” son usadas espontáneamente, sin que el experimentador las incluya en el cuestionario) Claramente, la idea de diferentes posibilidades y su número infinito no es una característica observable de la realidad, y contradice la teoría empirista del conocimiento; al mismo tiempo, la elaboración muy gradual de esta idea va en contra de las teorías innatista o apriorística.

Es un excelente ejemplo de cómo la mente crea conocimientos al solucionar problemas. En la investigación empírica usual, se deben buscar datos, y este es el punto en el que coincidimos con las ID: “No se encuentra lo que no se busca”, que al mismo tiempo es uno de los aforismos que sintetizan esta cuestión. Sin una orientación rectora, un interés o inclinación, una preferencia, un estado de ánimo apropiado, no se encontrará al azar ningún dato ni se verán los problemas. En términos de las ID, no se lo descubrirá. Pero ello no basta. No es cuestión de “ponerse de parte” solamente, de un mero acto subjetivo, de una intención:

...el conocimiento no comienza con la observación directa sino por los sistemas de acción que transforman los datos observables otorgándoles significación. (negrita de Z.A.) En particular, los observables ya no pueden ser concebidos como dados con independencia de los instrumentos de conocimiento, de modo tal que sólo hay observables cuando los contenidos del objeto son asimilados a un marco de relaciones y correspondencias, primero senso-riomotrices y luego conceptuales. Y, lo que es crucial, los instrumentos de interpretación de los observables han sido construidos  a lo largo de una compleja interacción entre el sujeto y el objeto. Los sistemas de conocimiento ni provienen de una preformación ni provienen de la experiencia, son engendrados por reorganizaciones de otros anteriores mediante procesos de abstracción y generalización, a partir de desequilibrios en el funcionamiento de aquellos.13

Vemos que “ponerse de parte” es muy tosco y primitivo en comparación con los requisitos epistemoló-gicos verdaderos.

Y los instrumentos de conocimiento a los que se refiere la cita son p. ej. las hipótesis, no mencionadas por las ID. La cuestión nos remite a la Teoría de la Hipótesis, más exactamente a la relación del investigador con su hipótesis.

Someramente, se necesita que el investigador trate intensamente de corroborarla, sin descartarla al primer contratiempo, pero al mismo tiempo es imprescindible que no se olvide, como principio fundamental, de que la hipótesis es apenas una herramienta transitoria, que él mismo debería estar advertido de cambiar -o desechar- si resulta refutada (ahora se dice “falsada”). Debe evitar las hipótesis ad hoc como flotador para salvar conjeturas heridas de muerte. Y no debe olvidar que jamás se “demuestra” definitivamente una hipótesis, se la corrobora transitoriamente. Bien, Popper elemental, y Lákatos, y otros.

El problema es que las ID no se proponen como hipotéticas, sino como postulados: “La ciencia debe ser crítica a priori, si no ni siquiera es verdadera ciencia (funcional)” (negritas nuestras) atropellando, como reconoce, toda la epistemología conocida. ¿Porqué lo hace? La respuesta seguramente es política, y escapa al alcance de esta presentación, pero no escapa a la reflexión del lector.

       No vemos, ni conocemos a nadie más que vea el menor conflicto entre ciencia y crítica. De hecho, es la Ciencia la que provee el material para criticar, como según creo, y admiten las ID, hizo Marx. Como ya alguna vez dijimos, nada nos impide formular “Todos los patrones son ricos. Todos los obreros son pobres. Es posible que los obreros sean explotados por los patrones”, y se pase a investigar sobre el terreno, no en el escritorio. Esa es la única ciencia posible, que algunos haremos crítica y otros tratarán de hacer ideológica, y es más que suficiente. La que usó Marx.

Las ID funcionan de otra manera: toda su argumentación está basada en la interpretación de textos –la hermenéutica, casi la exégesis-, principal pero no exclusivamente de Marx, sin la menor mención de la realidad, pasada ni actual. Eso le da a su trabajo un halo que no es científico ni filosófico, sino escolástico, con reminiscencias de la leyenda de los monjes medievales que, ante la duda de cuantos dientes tenía el caballo, se pusieron a revisar a Aristóteles, en vez de salir al prado a contárselos a los caballos.

Recordemos que las ID no carecen de antecedentes, entre ellos los de Heinrich Rickert, (1863-1936), inspirado en gran parte por Wilhelm Windelband (1848-1915), ambos de la escuela de Baden. De él dicen Reale y Antiseri:

Conocer significa juzgar: aceptar o rechazar, aprobar o reprobar. Eso implica el reconocimiento de un valor, de un ‹‹deber ser›› que sirve de fundamento al conocimiento.14

Y continúan enseguida:

(...)es la conciencia en general (Bewusstsein überhaupt) (...) Esta  ‹‹conciencia en general›› no sólo es lógica, sino también ética y estética.

En tan poco espacio no podemos dar una idea acabada de las similitud de las ideas. Sugiero consultar las fuentes.

El problema principal

El problema fundamental del trabajo criticado se resume perfectamente en una cita que de Levinas hacen las ID en su trabajo: “(...) al nivel ontológico (le antecede) el nivel ético” alrededor de la cual de desarrolla todo el concepto de Tercer Criterio de demarcación. El trabajo llega a parecer una larga perífrasis de Levinas.

Si lo tomamos literalmente, “lo ético está antes de lo ontológico” significa que las cosas son buenas o malas antes de existir. En este caso, por ejemplo, el proletariado ya sería revolucionario en el comunismo primitivo.

Como, aplicado así, el Tercer Criterio se transforma en un absurdo, las ID nos aclaran que el Tercer Criterio es epistemológico (criterio de conocimiento), no ontológico (criterio de existencia): las cosas son buenas o malas antes de conocerlas, no antes de existir. A mayor abundamiento, la cita de Marx que considera su principal apoyo, en la pág. 103, reza “una expresión teóricamente palmaria” (..) “ya teóricamente puesta en claro por ellos”. Marx no habla de “ser” o de “existencia”, sino de teoría, es decir, de conocimiento.

Sin decirlo, bajan del nivel ontológico al nivel gnoseológico, de la Teoría del Conocimiento, o Epistemológico, antes patrimonio de la Filosofía, ahora de la Ciencia. Queda la duda sobre si es confusión o desconocimiento de la diferencia.

Como se ve, una vez más la afirmación es epistemológicamente imposible, no formulableNo necesita demostración asegurar que nada se puede decir de lo desconocido. Es más, sorprende que las ID hayan tomado el riesgo de afirmar la posibilidad del juicio a priori.

En otro terreno, el de la Lógica, no se puede predicar de un sujeto desconocido. ¿Cómo vamos a decir que la mesa es verde si ni siquiera sabemos si hay una mesa? No lo podemos traducir por “x es verde” porque saber que es “x” ya es saber algo, por ejemplo que existe, y nosotros no sabemos nada. Tendríamos que decir “..............es verde”. Pero, si no sabemos nada ¿cómo sabemos que es verde? Por lo tanto ¿cómo nos ponemos de su lado? Por definición, no puede haber predicado si no hay sujeto, porque se predica de algo, y no hay sujeto si no lo conocemos.

Lo que las ID hacen, para salvar la dificultad, es olvidarse de que toman lo que saben del proletariado y su situación desde antes de ahora. No es cierto que no sabe nada. Saben, por ejemplo, y como mínimo, todo lo que dijo Marx. ¿Cómo adquirió Marx ese conocimiento? Ya hemos visto que no pudo ser juzgando a priori, y, tal como lo dice, lo hizo científicamente, es decir, de la única manera posible, conociendo (estudiando, analizando, hipote-tizando) primero y juzgando (o como se llame) después. De manera que las ID toman partido a partir de lo que ya saben, adquirido en largos años de estudio, como si no supieran nada, y a partir de allí pretenden que lo averiguaron gracias al Tercer Criterio y nos proponen que lo adoptemos de aquí en adelante.

Y como corolario, lo que nos proponen (¿cómo tarea revolucionaria?) “no será ya simplemente repetir la crítica de Marx, sino efectuar la crítica de sus críticos.”

En síntesis, el Tercer Criterio de Demarcación es un absurdo Lógico y Epistemológico.

Ya hemos visto la relñación de las ID con la Escuela de Frankfurt y la Teoría Crítica. No es un asunto secundario: Es el conjunto el que le da significado a las partes.

Veamos in extenso una cita muy ilustrativa:

La teoría crítica, sucesora de la Escuela de Francfort, es una variedad de sociología humanista, ( o filosófica o de café). Se caracteriza por una mezcla de Hegel, Marx y Freud; la tesis de que todo conocimiento nace de los intereses materiales, y sirve a ellos; el rechazo de la distinción entre ciencia e ideología; la denuncia de la ciencia y la tecnología como servidoras del capitalismo tardío; el rechazo del racionalismo y el cientificismo; la exigencia de que las ciencias sociales se conviertan en una herramienta para el cambio social, y una prosa ver-bosa, pesada y semiopaca carente de números y fórmulas.

(...) El oscurantismo, antaño coto de la derecha, hoy hace a menudo ostentación de ropajes izquierdistas y se ha convertido en popular en el ámbito universitario, donde se atrincheró.

(...) Quinto, y consecuencia de lo anterior, confunden la ciencia con la tecnología, y por ende, son incapaces de entender que la ciencia  básica es neutral e inocente, y por ello inútil como agente del cambio social; que es valiosa no sólo como insumo para la tecnología sino también para ayudarnos a entender el mundo. Sexto, rechazan la distinción entre ciencia e ideología. En efecto, dos dogmas centrales de la teoría crítica son: (a) cien-cia=tecnología=ideología capitalista; y (b) los sociólogos están necesariamente comprometidos o bien en la conservación o bien en la crítica y modificación de la sociedad, de donde deriva el adjetivo “crítica”. Séptimo, sostienen que la ciencia no es episté-micamente objetiva ni moralmente neutra.

(...) De este modo, pese a su retórica revolucionaria, la teoría crítica se ha convertido en una válvula de seguridad académicamente respetable para no conformistas.

(...) En suma, la teoría crítica no es ni una cosa ni otra cosa.14

Con su perfecta descripción, Bunge nos ayuda a comprender que  no se trata de aquella rara avis, sino de toda una corriente de pensamiento posmoderno, irracional, que utiliza su lenguaje marxista contra los objetivos de Marx, empezando por el intento de desvirtuar la independencia y seriedad de la Ciencia, pero que prosigue hasta en los detalles.

Saquemos nuestras propias conclusiones.

Este trabajo figura firmado por un solo autor, Zoilo Achával. En realidad fue poco más que el secretario y mecanógrafo de un grupo que intercambió correspondencia, opiniones y críticas durante meses, que se reunió algunas veces, y que en todos los casos participó tan activamente como el firmante.

El grupo estuvo integrado por Ariel Petruccelli, Luis Castelli, Néstor López Collazo, Lucio Argañaraz, Heriberto Zardini, y Mario Xiques, (el orden no significa prevalencia) y fue el grupo el que decidió que se firmara como se ve. Z. A.

El Perdido, 2 de abril de 2000

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*Médico, miembro del Consejo de Colaboradores de la revista Herramienta, corresponsal de la misma en Bahía Blanca, Prov. de Bs. As.

1 Revista Herramienta Nº 9, Otoño 1999, Bs. As, pag. 114.

 2 Ferrater Mora, José: Diccionario de Filosofía. Alianza Edit. 5ª Edición, Madrid, 1984 Tomo 2, pag 1573

 3 Lákatos, Imre: La Metodología de los Programas de Investigación Científica. Madrid, Alianza Edit., 3ª reimp. 1998.

 4 Feyerabend, Paul K.: Contra el Método. Esquema de una Teoría anarquista del Conocimiento. Edic. Orbis, Bs. Aires, 1984

 5 Herramienta, ya citada, pag. 103.

 6 Ferrater Mora, op. cit. Tomo II, pág. 1288. La obra de Jay citada es La imaginación Dialéctica: Una Historia de la Escuela de Frankfurt y el Instituto de Investigación Social, 1974.

7 Reale, G. Y Antiseri, D.: Historia del Pensamiento Filosófico y Científico. Edit. Herder, Barcelona, 1992, Tomo II, pág. 198.

8 Piaget, Jean: El Criterio Moral en el Niño. Edit. Fontanella, Barcelona, 3ª ed. 1977, pág. 9

9 Idem, pág. 336.

· Nos sorprende la mención de  Gerald M. Edelman, Premio Nobel de Fisiología 1972, autor de una notable teoría acerca del funcionamiento cerebral como si fuera un ordenador, gracias a unas proteínas llamadas tubulinas, que funcionarían como transistores.

Como se nos escapa por completo la relación, sería bueno saber que vínculo podría haber entre las ID y las ideas de Edelman.

10 Reale y Antiseri, op. cit. Tomo II, pág. 1575

11 Bunge, Mario: Las Ciencias Sociales en Discusión. Una perspectiva filosófica. Edit. Sudamericana, Buenos Airese, 1999, pag. 112.

12 Ferrater Mora, José, op. cit.Tomo III, pag. 2384

13 Piaget, J., Apostel, L., et al.: Construcción y Validación de las Teorías Científicas. Ed. Paidós, Bs. Aires, 1986

14 Reale y Antiseri, op. cit. Tomo III, pág.402