Sobre escraches y agresiones

Schachter, Silvio

Comenzaron allá por 1998, los escraches de H.I.J.O.S,  fueron una forma novedosa de la militancia política,  una visión activa,  frente a un Nunca más pasivo que empezaba a ser solo recuerdo histórico.  Fundados en la exigencia de justicia,  allí encentraron su razón de ser.  No pedían una solución al poder constituido, no hablaban solo de las víctimas. Desarrollaron una idea diferente de la justicia formal,  que no se agotaba en la ley.  Experimentaron una nueva praxis,  proclamaron que mientras haya un genocida o sus cómplices civiles libres,  habrá escrache.  No pensaron con la lógica de la negociación que prima en la democracia representativa.  Constituyeron una forma de resistencia y creación,  de rebeldía juvenil ante una justicia de clase,  que permito el indulto,  la obediencia debida y el punto final.  Actuaron contra la mimesis,  para exponer a quienes habían usado todo el poder del Estado para secuestrar,  torturar,  asesinar y apropiarse de los hijos de los desaparecidos y replegados,  pretendieron esconderse entre la gente común.  La consigna fue:  hay un genocida en el barrio,  y para cumplirla bajaron al llano,  lejos de los pasillos y estrados de los tribunales esquivos y de la declamación de la palestra política.  Los fueron a buscar,  allí donde parece que todos se parecen,  al vecino del edificio o de la casa de la otra cuadra,  el que almuerza o toma un café en el boliche de la esquina,  donde casi son como uno más,  ahí los encontraron para escracharlos,  desnudando la impunidad de los criminales,  reivindicando una historia de lucha popular,  rompiendo el silencio,  haciéndose escuchar,  gritando no olvidamos,  no perdonamos,  no nos reconciliamos.
 
La agresión a Kicillof y a su familia,  por parte de una banda de energúmenos,  nada tiene que ver con los escraches,  es puro odio con olor a dólar,  salvaje revanchismo irracional,  es la ira desatada devenida en estilo matoneril,  que se funda en una sinergia de prejuicios y estereotipos políticos,  sociales y culturales,  manipulados por una maniquea acción mediática.  Lo sucedido es un nuevo episodio de una escalada ascendente,  que se va imponiendo como la metodología de una derecha que derrama su furia y arrastra a una clase media cargada de concepciones proto fascistas.  Basta ver la catarata de infamantes invocaciones a la muerte del otro,  que saturan las redes sociales,  para tener una aproximación a la magnitud del modo de pensar y el significado de los actos de un sector que ha sido complaciente ante todas las violaciones a los derechos humanos,  pasadas y presentes.
 
Las tibias declaraciones de políticos y periodistas,  terminan naturalizando lo que debería ser contundentemente condenado,  en vez de fijar límites firmes,  no hacen más que diluirlos.  Sedimentan un sustrato sobre el que se apoya una explosiva carga que puede tornarse incontrolada,  incluso para quienes perversamente la alimentan.
 
Los cuestionamientos a la soberbia auto celebratoria,  al verticalismo más cerril y a la actitud refractaria a cualquier crítica,  que caracterizan ontológicamente al gobierno,  no deberían justificar la indiferencia,  ni la simplificación de un peligroso fenómeno,  que crecientemente impregna y condiciona toda la actividad política.  El rechazo debe ser categórico,  no solo para reivindicar la dignidad de la historia de los verdaderos escraches,  sino y fundamentalmente,  para impedir que crezca lo que trae en su interior el huevo de la serpiente,  el odio al pueblo.