Estado, biopoder, exclusión. Análisis desde la lógica del capital, de Jaime Osorio

Cuevas Valdés, Pablo

 

Anthropos-UAM: Barcelona, 2012, 159 páginas.
 
El estudio de los fenómenos y problemas sociales, de manera predominante, suele hacerse desde perspectivas que parten del supuesto de que, para conocer una determinada realidad social, es necesario seleccionar aspectos de ella, delimitando de manera precisa sus “fronteras”. Esta actitud se fundamenta en el enunciado –a priori– que declara la imposibilidad de aprehender “el todo” de esta realidad, dado el carácter “incognoscible” de aquello que Kant llamó la esencia del fenómeno. De esta forma, temáticas relativas al Estado, la democracia y el autoritarismo, el biopoder, la exclusión y la pobreza, suelen ser analizadas de manera independiente entre sí, como si fuesen “cosas” con fronteras definidas, olvidando que la sociedad no “está hecha” de cosas, sino de relaciones, a las cuales es difícil poner fronteras. El nuevo libro de Jaime Osorio viene no sólo a llamar la atención sobre las limitaciones de esta epistemología, sino a mostrar su carácter predominantemente político y fetichista, indicando caminos respecto a cómo abordar estas temáticas a partir de las relaciones que las constituyen. Por esta razón, Osorio comienza su libro haciéndose cargo precisamente de aquello que le da unidad a la vida social, es decir, al papel de totalidad de la lógica del capital como actividad unificadora de la modernidad, la cual persiste hasta nuestros días.
 
Los detentores de la lógica del atomismo y del estudio de la “pedacería social”, reaccionan con horror ante la sugerencia de mirar más allá de las barreras de las “esferas” de la sociedad, construidas por las ciencias sociales en su historia disciplinar: economía, política, sociedad, cultura, entre otras; esos verdaderos “reinos naturales”, auto-determinados y auto-comprendidos, con poca o sin historia: casillas que desde la condición de analíticas pasan a tener una especificidad que las vuelve ontológicamente independientes. Acusaciones de determinismo, economicismo, esencialismo, e incluso totalitarismo, entre otros epítetos, emergen con facilidad desde el establishment ante la sola mención de la totalidad de las relaciones que constituyen lo social. La separación entre lo económico y lo político es paradigmática, un dogma que, como destacara Wallerstein,[1] tiene su origen histórico último en el pensamiento liberal de los siglos XVII, XVIII y XIX, en el principio de que el Estado no debe intervenir en la economía.
Siguiendo a Marx, para Osorio el capital constituye una unidad económica y política, y desde esa unidad se hacen presentes los fundamentos de lo estatal. Sin embargo, destaca el autor, el propio capital establece una ruptura en dicha unidad, logrando que lo económico se presente como no político y lo político se presente como no económico. Ante lo anterior, la “epistemología de la desconexión” y el atomismo no es otra cosa que la epistemología del capital, y no puede sino conducir a ver aquello que al capital no le molesta que se vea.
En la actualidad –como bien nos lo recuerda Osorio– el atomismo reviste dos formas enfrentadas entre sí, a las cuales subyacen, en el fondo, las mismas coordenadas de la modernidad capitalista. La aparente batalla épica entre el posmodernismo y posestructuralismo, por un lado, y el neopositivismo empirista, por otro, encandila a los críticos de la academia. A partir de lo señalado por Osorio, se puede llamar la atención respecto a que en algunas disciplinas, como la sociología o la historiografía, parecen permanecer ambas orientaciones en pugna, mientras que en la economía y la ciencia política la postura hegemónica es claramente la positivista, así como en la antropología la predominancia posmoderna es también clara. Al parecer, el “fragmento” específico de lo social que toca a cada una de estas disciplinas en la repartija de las “cosas” sociales, influye en la orientación de la misma. Así aspectos clave del manejo y administración directa de la sociedad, vinculados de manera más inmediata con la valorización del capital, no pueden caer en las diatribas especulativas posmodernas, sino, requieren de un mayor pragmatismo orientado a la toma de decisiones. Sería extraño escuchar a un economista del banco central de un país cuestionar el megarrelato de verdad contenido en sus modelos de predicción del crecimiento nacional. Sin embargo, y por el otro lado, es difícil creer que al capital le podría molestar el antropólogo o el sociólogo que cuestiona los megarrelatos de emancipación y lucha de clases contenidos en las lecturas de la realidad realizadas por sus “trasnochados” y molestos colegas “pasados de moda”.   
Como bien destaca Osorio, el mismo sentido de unidad de lo social correspondería, desde la mirada posmoderna, a un esfuerzo filosófico agotado, como parte de una modernidad pasada y de un metarrelato. En su reemplazo, el posmodernismo favorece el pequeño relato, la descripción de la particularidad, lo micro-descriptivo y la lectura subjetiva. Desde este punto de vista, pensar la totalidad se vuelve sinónimo de totalitarismo, en la medida en que se aplasta la particularidad. Aquí Osorio ofrece una ilustrativa analogía con un mural. El énfasis micro-descriptivo equivaldría a la sugerencia de asumir el estudio de dos centímetros cuadrados de un mosaico, y examinarlo de manera exhaustiva, sin interrogarse por el mural del que es parte, ángulo desde el cual se entenderían mejor las propias particularidades de ese fragmento.
Respecto de la crítica posmoderna, Osorio sostiene que el posmodernismo presenta críticas pertinentes al paradigma empirista-positivista impuesto como “lo científico”. Sin embargo -y aquí lo más interesante- esta crítica posmoderna no es sino el reverso neorromántico de lo que cuestiona, por lo que no logra superar los fundamentos del pensar de la modernidad, estableciendo una suerte de irracionalismo, incapaz de explicar los procesos de la realidad social.
Por su parte, para el neopositivismo, existen orden y regularidades, sin embargo, no hay ninguna racionalidad que pueda englobar una explicación general de la vida social. Es el reino de la llamada “teoría de alcance medio”. La selección y delimitación del objeto de estudio, es vista aquí como la posibilidad real de acercarse a conocer un fenómeno, de manera concreta y “científica”. Ir más allá en la ampliación del objeto redundaría en un afán ambicioso, que chocaría con la barrera de la infinitud de lo real. Osorio señala que, existe aquí una verdadera confusión entre conocerlo todo y conocer el todo. Lo primero es imposible, lo segundo consiste conocer aquello que da unidad y otorga sentido en términos de relaciones y procesos que unifican. El positivismo descarta el segundo argumentando en contra del primero. Al respecto, Osorio destaca el hecho de que ver el mundo social como regido por leyes sociales débiles, naturalizadas, sin historia, “al igual que a la lluvia o a la gravedad” escondiendo una organización social donde la apropiación de trabajo ajeno y el dominio se encuentra a la base, es una necesidad para el capital.
Desde esta perspectiva Osorio entra al estudio del Estado, situándolo como una relación mando obediencia específica, en un orden social regido por la lógica del capital. Explotar y dominar en un orden de hombres libres, y fetichizar ambos procesos como negación, son particularidades de este orden social que construye el capital. La ruptura entre lo económico y lo político, hace posible transgredir los principios de libertad e igualdad y, pese a ello, reforzar el imaginario de que dichos principios son las bases de la “comunidad”. Esta es una conclusión muy interesante a la que llega Osorio a partir del análisis desde la totalidad, y se puede llamar la atención respecto a que ésta no sería posible de ver ni a través del posmodernismo ni a través del positivismo, pero ello ocurre no por aquello que dichas perspectivas conminan a mirar, sino por lo que proscriben y condenan observar: las relaciones.
Bajo la mirada de la totalidad Osorio presenta también una explicación respecto de por qué en América Latina, de manera paralela a un proceso en el que se extrema la explotación, se desregula el trabajo, se reduce el salario indirecto aportado por el Estado, simultáneamente, la retórica de la democracia, la ciudadanía y el imaginario de la participación se refuerzan. La articulación entre lo económico y lo político es lo que permite ver el cambio en el patrón de reproducción del capital -y con ello, la nueva inserción de la región en la división mundial del trabajo- en conexión con el cambio en el “patrón de legitimidad política”. Así, para Osorio, si al patrón industrial corresponde una legitimidad alcanzada por medio de la protección social y laboral del Estado, el patrón exportador refuerza el hiato entre economía y política, alimentando el imaginario democrático, desvinculado las transformaciones que suceden en el plano económico, de las decisiones políticas. Es aquí cuando la distinción entre Estado y aparato Estado resulta vital, puesto que el aparato estado puede aparecer administrado por segmentos de clases sociales distintas a la burguesía, y sin embargo, reproducir el fundamento clasista del Estado, teniendo como efecto una mayor legitimidad del orden imperante, facilitándose que los intereses de una clase aparezcan como los intereses de toda la sociedad.        
Otro elemento muy interesante, y aporte de Osorio en su libro, guarda relación con el análisis -desde la perspectiva de la totalidad de las relaciones- de un concepto surgido al calor del posestructuralismo, y que en sus formulaciones originales no se le vincula con la lógica del capital. Este es el concepto de biopoder. En lo que podría señalarse como una “torcida de mano” en aquello que el pos-estructuralismo evitaba, Osorio inserta el fenómeno que dicha palabra viene a nombrar en las relaciones que constituyen el mundo del capital.  
Para Osorio, no es una novedad la vocación del poder de apoderarse de la vida y someterla a sus atribuciones soberanas. Sin embrago, al interior de esa vieja tendencia existen fenómenos nuevos que se han expresado en la noción de biopoder. De esta forma Osorio toma las que considera, son las aportaciones de Foucault y Agamben, y señala sus límites.  
Las disciplinas y el disciplinamiento del cuerpo y la población constituyen, para Foucault, los dos polos sobre los cuales se desarrolla el poder sobre la vida, cuya más alta función no es matar sino invadir la vida enteramente: su origen se halla en los siglos XVII y XVIII. Osorio enfatiza en el hecho de que, groso modo existe una correlación entre los tiempos del desarrollo del capitalismo central y los del biopoder. El mismo Foucault no niega esta relación, señalando que el biopoder fue indispensable en el desarrollo del capitalismo, el que se afirmó mediante la inserción de los cuerpos en el aparato de producción. Sin embargo, los puntos de conexión entre los movimientos económico-políticos del capital y la vida, no constituyen puntos de atención para Foucault, pero son éstos los que interesan particularmente a Osorio.
De esta forma, Osorio plantea que el campo del biopoder se aloja en la relación capital-trabajo. En el capitalismo, la separación entre los trabajadores y los medios de producción y subsistencia pone en entredicho su vida misma. Esos medios se enfrentan a los trabajadores como algo ajeno y que los somete. Están obligados a vender su fuerza de trabajo. El trabajador transforma su fuerza de trabajo en mercancía, pero las capacidades físicas y creativas en ella contenida no son ajenas a la corporeidad viva del trabajador. En este formalmente libre intercambio de valores, es la propia existencia de uno de los contratantes la que se pone en entredicho. 
Así como es cierto que, al comprar fuerza de trabajo, el capital se apropia de la corporeidad viva del trabajador, también los es que –parafraseando a Marx- lo que más anhela el capitalista es que el obrero disipe, lo más posible y sin interrupción, su dosis de fuerza vital. Ello, señala Osorio, conduce a modalidades específicas en las que el capital se apropia de la vida en el capitalismo. Osorio destaca dos: la vida infrahumana y la vida desfalcada. Ambas se relacionan con aquello que Marini[2] relevó hace ya varias décadas como especificidad del capitalismo dependiente, más vigentes hoy que ayer. La vida infrahumana consiste en la violación del valor de la fuerza de trabajo por medio de transformar el fondo de consumo del obrero en fondo de acumulación de capital. La vida desfalcada implica un aumento de la jornada de trabajo, lo que implica a su vez una apropiación por parte del capital de años de trabajo futuro del trabajador, y la reducción de su vida. Así, la superexplotación del trabajo implica, necesariamente, modalidades específicas de control de la vida del trabajador por el capital. A esto se puede agregar que, si en la explotación hay biopoder, en la superexplotación hay biopoder “redoblado”.
Así tenemos que el biopoder, de ser una categoría inofensiva para el capital, en la medida que su “detentor” era indefinido e inidentificado, se transforma en una categoría debeladora de los efectos de la explotación del trabajo en la vida misma, ayudando a evidenciar el carácter económico, político y biopolítico del proceso de valorización del capital.
Finalmente Osorio aborda, de manera crítica, otros dos temas que han estado particularmente en boga en las últimas décadas en la región, estos son los denominados como “exclusión social” y “pobreza”. El sinnúmero de estudios que aborda hoy el tema de la exclusión es, para Osorio, resultado de la incapacidad del pensamiento moderno de asumir la tención y la negatividad inherente al mundo social. Por ello, este pensamiento fija límites, un adentro y un afuera derivado de concebir a las ciencias sociales como orientadas a estudiar “cosas”, en lugar de relaciones, dejando como ajeno aquello que es resultado del orden existente.
Para Osorio, la llamada exclusión no es sino una cara particular de la inclusión en la valorización y dominio del capital. Por ello que pensar en incluir aquello que de suyo ya está incluido sería una contradictio in adjecto. Se trataría de una “exclusión” por inclusión. Su raíz se encuentra, explica Osorio, en el proceso de aumento relativo del capital constante sobre capital variable, es decir, en la cada vez mayor productividad del trabajo. Ello genera una sobrepoblación relativa, que a su vez impacta reduciendo el salario de los trabajadores e incrementando la explotación. A su vez, la incidencia de “exclusión” se relaciona con la modalidad específica de solución de la contradicción –para el capital– entre el trabajador como fuerza de trabajo y el trabajador como mercado consumidor. Como es bien sabido, en las economías centrales, la lógica de la plusvalía relativa resuelve la contradicción de la manera “ideal” -coexistiendo explotación y aumento del mercado- pero en las economías dependientes, como la otra cara de la misma moneda, la contradicción se resuelve al comercializar la producción en mercados externos, lo que permite una mayor tendencia a la existencia de una población excedente, sin que ello afecte la valorización del capital, sino por el contrario, permitiendo –por varios medios- que aumente la tasa de explotación.          
En la medida en que el nuevo patrón exportador incrementa estas tendencias en la región, una visión que comprenda el fenómeno desde la lógica de la totalidad como la presentado por Osorio en su libro, se torna sumamente valiosa para contrarrestar el efecto de las dominantes visiones fetichizadas que remarcan el hiato entre la modalidad específica de la reproducción del capital y la llamada exclusión.
Similar es el tratamiento que recibe desde el establishment otro de los temas en boga desde la instauración del patrón exportador: el de la pobreza. Su identificación misma alude de manera clara a las teorías de la estratificación social, las que, a diferencia de las teorías de las clases sociales, no dicen nada sobre el origen de las diferencias sociales, remitiéndose a dar cuenta de estratos ubicados en un continuum subdividido a partir de criterios arbitrarios. El campo de la explicación queda abierto a corrientes que representan el extremo del pensamiento desconectado y la fetichización del mundo social, como son el monetarismo en economía y el rational choice en ciencias políticas. El individualismo metodológico y ontológico que impera en ellas define la ubicación de los individuos  en los estratos como consecuencia de su acción individual, único “plano real” para estos enfoques, el que se torna social sólo a partir de la agregación de casos individuales, razón por la cual la discusión suele girar en torno a la cuantificación de las cifras de pobreza y al establecimiento de líneas de distinta índole.
Finalmente, se puede destacar que el libro de Osorio se constituye como un aporte crítico a la reflexión en torno a los enfoques dominantes en las ciencias sociales contemporáneas, por medio de ejemplos muy concretos de temas que, en las últimas décadas, han tenido gran centralidad. Se trata de romper con ese sentido común Kuhniano que señala que los “paradigmas” dominantes lo son porque han resultado más capaces de explicar los fenómenos emergentes ante la comunidad científica, que sus predecesores. En las ciencias sociales, ello no es más que parte de la fetichización del capital, en disciplinas que han terminado no sólo explicando parcelas cada vez más pequeñas e inconexas sino que incluso se han negado a la posibilidad de explicar. La tarea y la invitación que se deriva de la lectura del libro, es a reflexionar e investigar respecto de aquello que puede verse al estudiar las relaciones que dan unidad a lo social en el capitalismo. 
 


[1] Wallerstein, Immanuel (coord.), Abrir las ciencias sociales: Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales. México: Siglo XXI / CIICH-UNAM, 1999.
[2] Marini, Ruy Mauro, Dialéctica de la dependencia. México: Ediciones Era, 1979.