No ser madre: a propósito de Maternidad y sexo, de Marie Langer

Labado, Silvia Nora

 
A Alfredo Bauer,
como testimonio de amistad
 
I. Villa Viena
 
Comienzo este artículo con una breve nota autobiográfica: supe quién fue Marie Langer a través de Alfredo Bauer, a quien debo, además, tener en mi biblioteca la primera edición de Maternidad y sexo. La dedicatoria de la autora a Alfredo Bauer, de puño y letra de Langer, dice: “Dr. Alfred Bauer in Freundschaft, M. Langer”; la mía, al comienzo de este texto, intenta establecer una modesta correspondencia con aquella.
Las afinidades entre Alfredo Bauer y Marie Langer son múltiples: el origen vienés, el exilio en Argentina, la medicina, el compromiso político. En el recuerdo de Alfredo, varias de estas continuidades cobran forma: la participación de Marie Langer, como la de él mismo, en Austria Libre; el homenaje que le realizó el grupo de médicos del Partido Comunista; la quinta de la psicoanalista, Villa Viena, cercana a la de los Bauer. Y en torno a esta última surge, en Alfredo, el recuerdo más conmovedor: Marie a caballo, cerca de su quinta, y las condolencias dadas por él y su mujer en ocasión de la muerte de Máximo Langer, su marido; Marie Langer no les dijo nada y se fue, conmovida.
No obstante, el compromiso político, la militancia es, tal vez, la identidad más notable entre ambos, por corresponder a una decisión individual y a una visión del mundo compartidas. Marie Langer fue una pionera, como Alfredo, en muchos campos; no lo fue solo en cuestiones de género, sino también en su voluntad de aunar el psicoanálisis con una conciencia de transformación social. Respecto de este aspecto de la vida de Langer, señala Ximena Sinay en su libro Marie Langer. Psicoanálisis y militancia:
 
Ya en México colaboró con las tareas de denuncia a las violaciones de los derechos humanos junto a otros exiliados latinoamericanos que llegaban expulsados de sus países, a quienes atendió en su consultorio y ayudó a reinsertarse. Trabajó intensamente con el gobierno sandinista de Nicaragua e hizo sus aportes para que el psicoanálisis tuviera al menos cierta presencia en la Cuba revolucionaria (Sinay, 2008: 13s.).
 
Por otra parte, y más allá de la participación activa, Langer también manifestó sus convicciones de compromiso político y profesional. Por un lado, la psicoanalista reivindica la certeza de los cambios necesarios en la práctica profesional para que el psicoanálisis no sea un privilegio de algunas clases:
 
Nosotros nos proponíamos salvar al mundo a través del psicoanálisis. Y no sabíamos –algunos lo ocultaron conscientemente, otros lo tenían reprimido– que como miembros de la clase dominante salvábamos únicamente a nuestros analizandos, que pertenecían a la misma clase y participaban como nosotros de la explotación (ibíd.: 38s.).
 
Por otro, destaca la correlación que ha de establecerse entre marxismo y la ciencia creada por Freud,[1] como también el punto de confluencia entre marxismo, feminismo y psicoanálisis: “Creo haber encontrado el denominador común del marxismo, el psicoanálisis y el feminismo, los tres intereses fundamentales de mi vida: este denominador común es la conciencia, la conciencia para poder lograr el cambio” (ibíd.: 47).
En el plano individual, estas convicciones devuelven un sentido que va mucho más allá de lo humano en su forma más primitiva, biológica: aseguran una trascendencia que no es la que constituyen los hijos, sino la de ser un individuo partícipe de un proyecto que lo supera y lo sitúa en la historia; allí han de ser ubicados, entonces, tanto Marie Langer como Alfredo Bauer: “Lo que más me ayuda frente al temor a la muerte no es la trascendencia biológica que dan los hijos, sino la trascendencia de un proyecto personal que te integrará en la historia incluso después de tu muerte” (ibíd.: 106).
 
II. Madres malogradas
 
Maternidad y sexo. Estudio psicoanalítico y psicosomático fue publicado en 1951. El juicio posterior de Langer sobre esta obra pondrá de manifiesto su pensamiento, años después, en torno a las cuestiones que el libro aborda, y a la perspectiva desde la cual lo compone: “Cuando escribí Maternidad y sexo, en 1951, sucumbí a la idealización de la maternidad. Es verdad que aclaro allí, muy formalmente, que se puede ser mujer sin tener hijos, pero fue solo un gesto de cortesía para las mujeres que no los tienen” (Langer, 2002a).
Leído de manera aislada, este comentario de Langer permite conjeturar de manera poco adecuada lo que el lector encuentra, efectivamente, en Maternidad y sexo. Esas representaciones desviadas no se producen porque el libro no se refiera a la maternidad; muy por el contrario, esta cuestión es el motivo central de la obra de Langer. Lo que sí resulta más ambiguo es esta percepción, de la propia autora, de su “idealización” de la maternidad. Desde nuestra perspectiva, el libro trata, más que de la maternidad deseada, de formas malogradas de la maternidad que ponen de manifiesto cómo es posible no ser madre, en sentido pleno, aun cuando se dé a luz y se críe a un hijo.
El fundamento del trabajo de Langer debe ser buscado en Freud, y en las insuficiencias de su obra en relación con la sexualidad femenina. En este sentido, Maternidad y sexo se pretende una obra superadora, que va más allá de lo que pudo haber sostenido el fundador del psicoanálisis. De esta manera lo plantea la autora en su libro:
 
Creo que hay algo de cierto en que Freud haya supervalorizado lo biológico en detrimento de los factores sociales o, mejor dicho, tomado como estructura biológica, y por eso inmutable, constelaciones psíquicas que no serían sino consecuencia de factores ambientales y culturales. Finalmente, insisto en repetir que considero a la mujer ni inferior ni superior al hombre, sino distinta de él (Langer, 1951: 64).[2]
 
Esta necesidad de revisión se organiza, en primer lugar, con una discusión de la bibliografía psicoanalítica y con la formulación del carácter psicosomático de las patologías; en segundo lugar, en la “Parte clínica”, la autora realiza un recorrido “temporal” de la vida sexual de la mujer, desde la menarca hasta la lactancia. Este recorrido clínico está sustentado en una casuística que ejemplifica, de un modo que se multiplica, que los trastornos asociados con aspectos de la vida sexual femenina tienen un denominador común: las hijas, porque de ellas se tratan estos casos, fueron hijas de madres malogradas. Así, la hipótesis orientadora del trabajo de Langer se centra en la “inocencia” de la hija y en la vulnerabilidad propia del ser humano en sus primeros tiempos de vida:
 
Subjetivamente, el hijo o –lo que nos interesa más en conexión con el tema de este libro– la hija, es siempre inocente. Me referiré en la parte clínica tanto a material psiconalítico de “hijas” como de “madres”. Expondré, por ejemplo, del temor a su madre que impide a la niña menstruar en la época debida (107).
 
Así, las hijas de los casos clínicos analizados por Langer son representativas de ese sujeto paciente que es la niña, a merced de la subjetividad materna; por esto, de los trastornos de esta subjetividad y de la total disponibilidad del pequeño ser humano se desprenden los conflictos que, en la vida adulta de estas hijas, la psicoanalista observa e intenta reparar. Langer afirma el “desamparo total en que nace la criatura humana y la larga época de dependencia casi absoluta que tiene que pasar –en contraste con los animales- hasta que sea adulta” (86). Por otra parte, esa disponibilidad plena de la pequeña criatura humana y su total dependencia hacen que no pueda “admitir la maldad de su madre. Prefiere creer que esta dejó de quererlo por su culpa, pero que por lo menos antes lo quiso, cuando él era todavía inocente y formaba parte de ella misma” (245).
La maternidad, entonces, realizada desde estas subjetividades malogradas, conduce a la enfermedad y, en particular, a los trastornos de la vida procreativa, como la menciona Langer, de estas mujeres ahora adultas pero hijas, antes, de madres neuróticas y resentidas. En la cura de la enfermedad así constituida el psicoanálisis tiene su papel. De todos modos, si no hay enfermedad, si no se llega a la necesidad de la cura, es por la fortuna de haber tenido una infancia diferente. Para Langer, si se dan ciertas condiciones en la vida infantil, la niña puede tener un vínculo no traumático con su propia sexualidad. En este punto, la autora retoma lo afirmado por Thérèse Benedek,[3] o formula ella misma la alternativa que ofrece una infancia satisfactoria:
 
De todo lo expuesto se puede deducir la constelación familiar que garantice a la niña una evolución sexual favorable. Ambos padres deben darle bastante cariño para que ella acepte sin demasiada envidia sus relaciones sexuales. Un padre fuerte y lleno de ternura para con su hijita le facilitará abandonar a la madre como objeto amoroso e inclinarse femeninamente hacia él. Una madre feliz con su marido no se verá en la tentación de poner todo su amor insatisfecho en su hija, sobreestimándola, ni de rechazarla ni de desprestigiarla por no ser varón, porque ella misma estará contenta con su feminidad. Permitirá a su hija identificarse con una madre cariñosa con los hijos y amante con el esposo (227).
 
No obstante, tal como señalamos, la psicoanalista está más concentrada en aquellos casos de mujeres que requieren de la cura analítica. Como estos son siempre consecuencia de lo transmitido por las madres, mucho del análisis, en la obra, consiste en ver las características de estos sujetos femeninos. De hecho, sostiene Langer, “una madre neurótica no puede educar una hija sana. […] Una madre que rechaza su propia feminidad adoptará inconscientemente frente a su hija pequeña una actitud hostil, debido a la cual esta no podrá más tarde convertirse en mujer sin sentirse culpable e inferiorizada” (139). Este derrotero que traza Langer podría conducir a una repetición ad infinitum de las mismas experiencias; de allí el corte que el trabajo de la analista consuma y la mostración, a través de una casuística abundante y detallada, de sus hipótesis; en lo que a esto se refiere, Langer afirma de manera recurrente esta responsabilidad materna respecto de los trastornos ulteriores:
 
la actitud frustradora de la madre dificultará más tarde a su hija la aceptación plena y gozosa de su propia maternidad y le causará una actitud de rechazo neurótico frente a sus propios hijos. Una madre amargada y disconforme con su sexo educará hijos neuróticos y desgraciados, aunque sus intenciones conscientes sean las mejores y aunque justifique su falta de cariño con teorías pediátricas, pedagógicas o de cualquier índole ideológica (112s.).
 
En el análisis, la autora detalla algunos de los modos en que estas madres condenan a sus hijas a la enfermedad. Por una parte, las “frustraciones orales tempranas” (85) están en la base de patologías posteriores; expuestas en detalle, las causas de los “trastornos psicosomáticos femeninos” pueden reducirse esquemáticamente, de acuerdo con la psicoanalista, a “cuatro tipos fundamentales”:
 
1) La madre que frustra a la niña negándole su pecho, dejándola pasar hambre o alimentándola sin cariño. 2) La madre que tiene exigencias demasiado estrictas en la educación esfinteriana, dando la impresión a la niña de que quiere sacarle a la fuerza sus contenidos intestinales o que desprecia sus excrementos, precursores del hijo para el inconsciente infantil. 3) La madre que se interpone entre la niña y su padre, no permitiéndole un cariño relativamente libre de culpa. Finalmente 4) El rechazo imaginario o real que sufre la niña en ocasión del nacimiento de hermanos menores (121).
 
A sus propias referencias clínicas y a los recursos de análisis desplegados, Langer añade, en el contexto del análisis de estas conductas maternas erradas, la mención de Simone de Beauvoir, sobre todo en relación con los trastornos ligados a la menstruación. La autora retoma ejemplos que, por su parte, Beauvoir extrae de Liepmann, y que no hacen otra cosa que ratificar lo frustrante y traumático de ciertas experiencias de las hijas en relación con su sexualidad y con las intervenciones de sus madres en respecto de aquellas. La menstruación vivida como “maldición” es uno de aspectos abordados tanto por Beauvoir como por Langer, en relación con el cual la pensadora francesa no deja de subrayar el carácter contextual, social e históricamente determinado para esta interpretación y para la promoción de conductas asociadas a ella.
Ahora bien, cada uno de los casos analizados por Langer tiene una especificidad propia, no solo en relación con el aspecto de la vida afectado, sino también con las características particulares del contexto familiar del que surge. Los diferentes casos aportan, así, alguna especificidad clínica que, no obstante, no contradice, sino más bien ratifica la hipótesis general en torno a la infancia de las hijas: no hay trastornos en la vida sexual posterior de las niñas allí donde hubo una infancia dichosa, con una madre y un padre cariñosos, capaces de desempeñar sus papeles de manera satisfactoria. La casuística presenta composiciones familiares semejantes, con una madre y un padre que tienen actitudes representativas, como en el ejemplo de Teresita:
 
Su odio a la madre la lleva a despreciar todo lo femenino. Su deseo de conquistarla la impulsa a una posición viril y a desear tener un pene. Si su padre, con el cual en realidad se lleva muy bien, pero que es un hombre débil, hubiera sido más fuerte, la niña hubiera podido desprenderse de su madre. Lo expresa en sus reproches por las ausencias cuando ella estaba ‘a medio nacer’. Pero con un padre débil y una madre que la rechaza no le queda otra solución que el deseo de volver a la primera infancia, cuando su madre aún la trataba mejor, o desear ser hombre para conquistarla y dominarla (146s.).
 
En otros casos, las consecuencias divergen, tal como ya lo señalamos: en Mary, la defensa contra su madre la constituye “su intelectualidad, que para ella significaba disfrazarse de varón” (161); Ana, por su parte, “resolvió” su conflicto a través del masoquismo: “odiaba a su madre y quería destruirla. Pero la quería y la necesitaba: por ello no la acusaba sino que se tornaba masoquista, reprimiendo su odio. Así podía perdonar a su madre, gozando del castigo en lugar de temerlo (176); para Gabriela, la salida es la virilización: “Como lo sexual estaba tan prohibido para la niña y como su madre se enojaba tanto porque ella se estaba transformando en mujer, hubo de virilizarse para no perder el cariño de su madre” (200). Las referencias clínicas podrían ampliarse y señalar otras derivaciones de semejantes configuraciones familiares: ideas de suicidio y asociación entre maternidad y muerte, problemas con la propia maternidad derivadas de la dificultad de identificación con la madre en el papel maternal…
Cuando tantos casos muestran los trastornos que ciertas “maternidades” engendran en sus hijas, no es sorprendente que el concepto de “instinto maternal” sea cuestionado y reformulado. En Maternidad y sexo, aunque resulte contradictorio con lo que el libro no se cansa de exponer, como ya indicamos antes, Langer sostiene la pertinencia de este concepto: “La causa fundamental por la cual la mujer desea, consciente o inconscientemente, tener un hijo, es biológica. Su instinto maternal exige esa gratificación inmediata” (305; nuestro subrayado).[4] Por otra parte, la misma convicción se manifiesta en esta formulación, más allá de que la mención del concepto de “instinto maternal” no esté presente:
 
Si logramos educar hijas sanas que tengan un mínimo de angustia y sentimiento de culpa y que puedan aceptar gozosamente su feminidad, podemos esperar que el embarazo y el parto sean nuevamente lo que son en algunas sociedades o para algunas mujeres felices de nuestra sociedad: el máximo logro de sus facultades biológicas acompañado por la plena conciencia de intervenir en la más grande experiencia posible: haber gestado y alimentado dentro de sí a un nuevo ser y haberlo dado a la vida (335; el subrayado es nuestro).
 
La perspectiva positiva que se desprende de ambos pasajes es –pretendidamente– la afirmación de lo posible, aunque no habitual; queda, pues, más en el terreno de lo deseable que de lo real vivido; queda en un espacio en el cual abundan las historias a contrapelo de este desenlace feliz. Cuantitativamente, es inobjetable, en el libro de Langer, la presencia de experiencias en las que son las madres, precisamente, las que ocasionan trastornos y las que generan enfermedades. Si tantas madres fracasan, entonces, no parece inoportuno revisar la afirmación de “eso que llaman instinto maternal”.
 
III. No ser madre
 
La negación consciente a la maternidad es presentada, en Maternidad y sexo, como una renuncia que conlleva un cierto grado de frustración, precisamente porque aún se afirma, como venimos de señalar, la eficacia del concepto de “instinto maternal”:
 
la mujer que renuncie del todo a la maternidad generalmente no será feliz ni capaz del pleno goce sexual. Hasta que la sociedad no venga en su ayuda, toda mujer deberá encontrar la forma más adecuada para ella que le permita, sin prescindir de sus intereses generales ni reprimir su erotismo, realizar parte de sus instintos maternales y satisfacer en una sublimación adecuada sus restantes fuerzas procreativas (228; el subrayado es nuestro).
 
De todos modos, cuando las experiencias de madres e hijas resultan tan complejas como en los casos analizados en el texto, no es incongruente preguntarse hasta qué punto hay, en esas maternidades malogradas, algo que las justifique, que les dé sentido y que demuestre, en definitiva, que son experiencias necesarias de la maternidad. Esa conclusión, que se deriva de la obra de Langer más allá de sus convicciones en el momento de su escritura, tiene su correspondencia en lo que, años más tarde, ella misma formularía, como nueva orientación de su pensamiento y como crítica a su obra más importante; Langer afirma haber sucumbido a “la idealización de la maternidad” y plantea la necesaria revisión de sus convicciones anteriores: “Es muy difícil definir cuál es la disposición biológica a tener un hijo, porque lo biológico viene de un lado y, del otro, lo social y cultural” (Langer, 2002a). En este trabajo de desarticulación Langer recurre, por otra parte, a las formulaciones de Elizabeth Badinter:
 
Demuestra la autora, a través de su libro, cómo las madres de entonces carecían totalmente de “instinto maternal”, pero también, cómo este fue creado, “el amor forzado” lo llama Badinter, con el tiempo por el desarrollo de una filosofía y moral impuesta. Fue Rousseau quien inventó, a través de la pareja ideal, Emile y Sofie, a la mujer suave, indefensa, de inteligencia práctica y dedicada totalmente a la atención del esposo y a la crianza de sus hijos (Langer, 2002b).
 
El carácter construido de la maternidad como deseo o necesidad abre, de un modo menos complaciente y más categórico, la posibilidad de la negación a la maternidad, la decisión de no ser madre, de no ser padres, que es, tal como la autora lo destaca, una posibilidad asumida por muchos: “Las ventajas de una vida libre de las preocupaciones que causa la crianza de los hijos parecen de más peso para muchas parejas, que el supuesto ‘deseo natural de un hijo’” (Langer, 2002b).
A la desnaturalización del deseo a la maternidad se suma una preocupación que la autora ya pone de manifiesto en Maternidad y sexo: las problemáticas sociales y económicas que pueden ligarse a la maternidad. En general, en la casuística planteada, las inquietudes de orden material no están presentes; sin embargo, Langer observa, en un pasaje de su obra, cómo los problemas de tipo económico pueden volver aún más difícil una infancia:
 
Pero en la mayoría de los casos, la situación económica difícil ya había trastornado la infancia de las enfermas y les había robado la seguridad afectiva de la cual tanto necesita el niño. Como consecuencia de esta situación, ya adultas, ellas no fueron capaces de encontrar un compañero adecuado que les garantizara el mínimo de estabilidad exterior que necesitaba para poder aceptar bien su embarazo. Vemos, pues, la interacción entre factores económicos y afectivos y, nuevamente, la repetición por parte de la mujer adulta de su situación infantil. Durante el embarazo y parto repite especialmente su relación primitiva con su propia madre (299s.).
 
Esa “interacción entre factores económicos y afectivos”, que no puede sino empeorar las condiciones de vida, no es dejada de lado por Langer, quien aclara, en una nota al pie, que si la presencia de las determinaciones materiales en la casuística no es una constante esto ha de ser explicado por la posición socioeconómica de las mujeres analizadas.[5] La preocupación por estas problemáticas y por la necesidad de llevar la cura analítica a sectores más amplios de la sociedad será resuelta, por la autora, a través de su compromiso político-ideológico, que conlleva una militancia por la extensión y democratización de las prácticas orientadas a la salud mental. Esa es la respuesta que ella encuentra, podríamos decir, a algunas preguntas que ya se plantea en su obra más importante y que, en este caso particular, se refieren a dificultades materiales ligadas al papel de madre:
 
Esta necesidad plantea problemas sociales inmediatos, como: ¿quién la ayuda en la vigilancia y educación de sus hijos mientras ella está trabajando? o ¿cómo adaptar el horario de su empleo a las necesidades del hijito que amamanta?, etc. Hasta que el Estado no logre resolver estos problemas, cada mujer tendrá que buscar individualmente la solución más aceptable para ella. (364).
 
El compromiso político e ideológico de Langer, subyacente a estas reflexiones, explicita que la autora nuevamente parece reflexionar, en Maternidad y sexo, a contrapelo de su propio pensamiento. El ejercicio feliz de la maternidad necesita no solo de ciertas disposiciones subjetivas, sino también de condiciones materiales que han de estar dadas; una vez más, el libro subraya las carencias. Pero aquí las carencias no se subsanan con una nueva “constelación familiar”, como en la casuística presentada, sino con un necesario cambio social que se desprende como una de las más valiosas aspiraciones de Marie Langer.
 
Artículo inédito enviado por la autora para Herramienta.
 
Bibliografía
Langer, Marie, Maternidad y sexo. Estudio psicoanalítico y psicosomático. Nova: Buenos Aires, 1951.
–, “Caí en idealizar la maternidad”. En: Página /12 (8 de agosto de 2002). http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-8633-2002-08-08.html (última consulta: 22/9/2012) [2002a].
–, “Oh, madre, libérame de eso que llaman instinto maternal”. En: Página /12 (8 de diciembre de 2002) http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-13777-2002-12-08.html (última consulta: 22/9/2012)  [2002b].
Sinay, Ximena, Marie Langer, psicoanálisis y militancia. Capital Intelectual: Buenos Aires, 2008.
 


[1] Cf.: “Para que nuestra ciencia sobreviva en la sociedad que se avecina, y para que pueda complementar con su conocimiento psicológico lo creado en otro nivel, esta vez no renunciaremos ni al marxismo ni al psicoanálisis” (Sinay, 2008: 16)
[2] Otra observación crítica respecto de Freud se centra en su imposibilidad para apartarse de los modos de pensamiento y de interpretación de la realidad vigentes en su medio: “He intentado demostrar en los dos primeros capítulos de este libro cómo Freud hubo de adoptar su enfoque ‘falocéntrico’, porque ni siquiera un genio como él puede sustraerse totalmente a las influencias ambientales de su época ni a sus vivencias infantiles inconscientes” (94); todas las indicaciones de páginas incluidas en el artículo que no tienen indicación de autor ni de año corresponden a: Langer 1951.
[3] Cf.: “Thérèse Benedek lo confirma, diciendo que llegaron, a través de sus investigaciones, a la conclusión de que lo que salva a la mujer de una neurosis es su identificación normal con una madre normal” (156).
[4] Cf. también esta otra aparición del concepto en el texto de Langer: “Es de suponer que la mujer, por haber logrado de niña una buena identificación con una madre buena, de adulta sepa satisfacer sus instintos maternales, por lo cual la influencia de los procesos cíclicos endocrinos sobre su psiquismo no sería inhibidora ni deprimente. Produce cierta inestabilidad psíquica, que da a la mujer sana una gran riqueza psicológica en sus reacciones frente a su medio ambiente” (157; el subrayado es nuestro).
[5] Cf.: “Esta, como las consideraciones siguientes, se refiere a la mujer de una parte de la clase obrera, a la mujer de la clase media y de las clases adineradas. El problema de la mujer del obrero no calificado es, por supuesto, distinto. Por la falta de vivienda convive a menudo con otros familiares. Trabaja por necesidad y no se le presenta el dilema de la mujer en mejores condiciones económicas, de renunciar a su trabajo para dedicarse a sus hijos. Generalmente, el tipo de trabajo que está a su alcance la deja insatisfecha no únicamente por no ofrecerle bastante posibilidad de sublimación sino porque ya está sobrecargada por sus tareas y preocupaciones hogareñas. Un enfoque psicológico del problema parece infructuoso, hasta que mejoras sociales no la alivien de su carga demasiado pesada” (362).