El comienzo de las revoluciones árabes, entrevista a Santiago Alba Rico

Romero, Miguel Alba Rico, Santiago

Entrevistado por Miguel Romero 

Desde el comienzo de las revoluciones árabes, Santiago Alba ha mostrado, junto con la calidad reconocida de su escritura, un coraje y una lucidez política ejemplar, en unos tiempos en los que hay que ser muy selectivo con los ejemplos. Así se confirma, una vez más, en esta entrevista. 
 
Miguel Romero: Cuando estallaron las revoluciones, sus antecedentes, en cuanto a luchas sociales, organizaciones, etcétera –que Olga Rodríguez[1], tú mismo y otros pocos destacasteis– podían parecer poco significativos respecto a la “creación” revolucionaria. Pero a la vista de cómo se han desarrollado los acontecimientos, creo que quienes pensamos así nos equivocamos...
Santiago Alba: Esa ilusión de ex-nihilo está justificada por el hecho de que las intifadas árabes surgen de algún modo en paralelo a sus propias condiciones de éxito. De ahí también esa impresión inicial dominante, muy poderosa, de una comunión panárabe transversal a las especificidades locales y a sus particulares historias de resistencia. Las fuerzas ya organizadas no fueron las convocantes de las primeras movilizaciones contra los regímenes. En Túnez, la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT)  dudó –y negoció– hasta el mismo 14 de enero; en Egipto, los Hermanos Musulmanes no se sumaron a la primera concentración en Tahrir. Ninguna de estas fuerzas, ni en Túnez ni en Egipto, ni en Siria, veía cercana la posibilidad de derribar las dictaduras. En Libia, Yemen o Bahrein, con poca o ninguna tradición de militancia política, aún menos. Durante la última década, mientras toda la atención se centraba en Al-Qaeda y algunos partidos laicos de oposición apostaban pragmáticamente por la integración en los regímenes, las izquierdas, los liberales y los islamistas moderados diseñaban estrategias a largo plazo, formando coaliciones tácticas para sobrevivir en la clandestinidad y aguardar tiempos mejores. Surgen así la “Declaración de Damasco” en Siria, la “Declaración de Octubre” en Túnez o “Kifaya” (“Basta Ya”) en Egipto, cuya actividad se va a inscribir en el deterioro creciente de las condiciones económicas y sociales y en el hervor de luchas y protestas puntuales (Palestina o Irak). Por decirlo de alguna manera: las historias locales de resistencia, de las que puede encontrarse un riguroso resumen en el excelente último libro de Olga Rodríguez, se montan en un movimiento popular espontáneo general y dan su coloración específica a cada proceso revolucionario concreto. Digamos que esas especificidades, con algunas pequeñas victorias y muchas amarguras, según el escenario, son el resultado de introducir la intifada árabe antidictatorial u–na especie de gelatina de dignidad humana– en el doble molde de la reacción occidental y de la historia militante nacional. No son las centenares de huelgas de Mahala en Egipto ni la revuelta de 2008 en la cuenca minera tunecina las que derrocan a Moubarak y Ben Ali, pero sin esa acumulación de resistencia organizada jamás habría sido posible derrocar a los dictadores. Esas historias de resistencia local cobran sentido y, aún más, aparecen retrospectivamente gracias a un impulso cuya propiedad no pueden reclamar. Y esa es un poco la fuerza y el límite de las revoluciones árabes. Los partidos organizados frenan un impulso popular que sin ese freno se habría disuelto en el aire rojo de la matanza inútil. Muchos piensan hoy en Túnez y sobre todo en Egipto –no sin razón– que ese freno es contrarrevolucionario; otros, que era la única manera de conseguir al menos algo. Mi posición es la de que –como han repetido tantas veces analistas lúcidos de la zona– los derrocamientos de los dictadores, allí donde se han producido, son el comienzo, y no la victoria, de la revolución.
 
M.R.: Uno de estos “antecedentes” es la fuerza social y política de los Hermanos Musulmanes, que han conquistado posiciones muy importantes y han creado problemas de interpretación y orientación a la izquierda laica, en los países árabes y a escala internacional...
S.A.: Se puede contar la historia de cómo en los últimos setenta años la izquierda árabe es derrotada por la combinación de dos factores: el imperialismo y el anti-imperialismo. Del imperialismo lo sabemos todo, con la Santa Alianza entre Occidente, Israel y los países del Golfo. Pero es también la forma particular que adopta el anti-imperialismo en esta zona, con regímenes autoritarios de inspiración panarabista reñidos entre sí y protegidos por la URSS, la que contribuye a dejar cada vez más fuera de juego a una izquierda que es reprimida o exterminada cada vez que no acepta su condición de subsidiariedad decorativa.
Nos guste o no, a comienzos de la primera década de este siglo, tanto el imperialismo como el anti-imperialismo adoptan en esta zona del mundo un formato islamista. Marginados Egipto e Irak, derrotados los nacionalismos árabes, las tres grandes subpotencias regionales son Arabia Saudí, Turquía e Irán y, si sólo una de ellas es árabe, las tres están gobernadas por distintas versiones del islam político. En este contexto, cuando estallan las intifadas árabes, las únicas fuerzas realmente organizadas y bien financiadas (y esto sirve para Túnez, Egipto, Libia y Siria) son los Hermanos Musulmanes con sus diferentes denominaciones locales. Son ellas las que inevitablemente van a aprovechar los movimientos populares, como hemos visto en las elecciones tunecina y egipcia. Como bien ha subrayado Samir Amin, estos partidos suníes moderados representan intereses económicos de las clases burguesas, dispuestas a pactar –como ya se está viendo– con Europa y los Estados Unidos, pero la necesidad precisamente de un pacto entre los que hasta ahora eran oponentes revela hasta qué punto Europa y los Estados Unidos, que no quieren repetir la experiencia de Argelia en 1991, se resignan a un cambio de reglas que debe entrañar desplazamientos en toda la región y señeramente en la cuestión palestina.
¿Qué debe hacer la izquierda? El actual presidente de Túnez, el izquierdista Moncef Marzouki, muy contestado por su alianza con los islamistas, anticipó en 2004 este dilema y justificó ya entonces un acuerdo táctico con Nahda, convencido de que la única manera de combatir políticamente al islamismo era integrarlo en la lucha contra las dictaduras y de que “la democracia árabe no se instaurará contra el islam sino junto a él o, más precisamente, con sus representantes más abiertos”. El riesgo es grande, pero hay que correrlo; como el propio Marzouki indica, si el islamismo impone un nuevo despotismo, los pueblos árabes se levantarán también contra él, abandonando así la ilusión de que “la sharia puede solucionar todos sus problemas económicos, sociales y políticos”. En Túnez, por ejemplo, la izquierda está cometiendo el error de concentrar demasiado la atención en el conflicto islam/laicismo, mientras la agitación social se mantiene vivísima, generando así la doble ilusión de que Nahda tiene el poder y de que Túnez es ya una democracia asentada, cuando la verdad es que, apenas 16 meses después de la fuga de Ben Ali, el aparato de la dictadura sigue intacto y se está reorganizando políticamente. Presionar demasiado a Nahda puede llevar además a una radicalización de sus sectores más religiosos y extremistas, que pueden acabar ganando la batalla interna sobre los sectores más “izquierdistas”. Lo que es evidente, como recuerda el sindicalista jordano Hisham Bustani, es que los islamistas no tienen un programa alternativo al de las instituciones capitalistas internacionales y están condenados a fracasar. La tarea de la izquierda debe ser la de prepararse –y preparar a la población– para este fracaso. Será rápido: todas las encuestas indican que en cuatro meses de gobierno Nahda ha perdido buena parte de su credibilidad. Pero si no hay una izquierda organizada y con un discurso inteligible, serán los ex-recedistas [partidarios de Ben Ali]los que recuperarán, ahora por la vía electoral, el poder que les arrebató la revolución.
 
M.R.: En los orígenes de las revoluciones se destacaron aspectos fundadores: papel de los jóvenes, uso de redes sociales, recreación de espacios públicos... ¿Fue sólo una explosión inicial o sigue formando parte de los procesos en curso?
S.A.: La explosión ha sido seguida, naturalmente, de un reflujo. Hay que distinguir, en cualquier caso, entre los países donde se mantiene la lucha contra las dictaduras, como Siria, Bahrein y, a menor escala, Yemen, y los países donde se está tratando de aplicar una así llamada “transición”. En Siria el papel de jóvenes blogueros, periodistas ciudadanos, cantantes y grafiteros es poderosísimo, y la lucha por el espacio público –con un coste altísimo en vidas humanas– el centro mismo del movimiento revolucionario. En Libia, al contrario, la débil influencia inicial de las redes sociales y la rápida militarización de la revuelta, así como la falta de una tradición partidista, retrasaron el momento de la explosión de estos elementos: es hoy cuando lo libios, en medio de la inestabilidad generada por la fractura civil, en vísperas de unas elecciones (a las que se presenta, por ejemplo, un Partido Comunista Islámico cuyo símbolo es una media luna cruzada por un martillo), están politizando los espacios virtuales y materiales. En cuanto a Túnez, el problema tiene que ver de alguna manera con el hecho de que su intifada ha llegado más lejos que todas los demás; la victoria de la Qasba-2 en marzo de 2011, con la convocatoria de la Constituyente, interrumpió en embrión la formación de nuevas organizaciones y nuevos liderazgos, dejando en manos de partidos y ONGs ya veteranas la gestión de la política institucional. La división de la izquierda, unida a la velocísima institucionalización-deformación de la revolución, dejó fuera del Parlamento a los sectores juveniles más activos en las jornadas revolucionarias. Hay una tendencia a la marginación tanto de los sectores socialmente desfavorecidos como de los más conscientes y comprometidos. Pero al contrario que antes, hay miles de iniciativas y miles de grupos, a veces excesivamente dispersos, que prolongan ese impulso original y se plantean el dilema que también nos atormenta en Europa: el de la integración de horizontalidad y verticalidad en nuevas organizaciones capaces al mismo tiempo de superar el descrédito de los partidos políticos tradicionales conservando su capacidad para incidir en la realidad.
 
M.R.: Te he escuchado referirte a un concepto potente para analizar a los países árabes: “Estados sin pueblos”. Las revoluciones podrían pensarse a partir de aquí como constituyentes de esos “pueblos” inexistentes. Desde un punto de vista social, significaría alguna forma de vinculación entre las clases medias empobrecidas (que tuvieron un papel muy importante en las plazas) y las poblaciones de las barriadas pobres. Pero no se ven cauces sociopolíticos que lo favorezcan ¿Ha habido experiencias significativas en este sentido?
S.A.: Ese concepto, muy elocuente, lo he tomado precisamente de Marzouki. En efecto, creo que las revoluciones árabes son sobre todo “procesos constituyentes”, pero no de instituciones o de regímenes sino de “pueblos”. En el mundo árabe teníamos de todo: Estados fuertes, ejércitos poderosos, policías omnipotentes, mafias, partidos, mezquitas, y frente a todo esta riqueza opresiva sujetos minimalistas incrustados en las costuras sociales, extramuros de la política (familias extensas, clanes, solidaridades regionales o incluso futbolísticas); lo que no había era “pueblos”. Por eso, puede decirse que, al contrario de lo que ocurre en el formato clásico, aquí no es un sujeto político el que ha producido la revolución sino la revolución la que ha producido un sujeto político. Y es por eso, paradójicamente, por lo que puede y debe hablarse de revolución en el mundo árabe. No porque la revolución haya producido transformaciones sociales o económicas radicales sino porque ha producido precisamente la posibilidad de todas ellas. Es la más creativa y radical de todas las revoluciones: ha creado al pueblo que la hará. Eso es lo que faltaba en esta zona del mundo, donde los “equilibrios” geopolíticos habían mantenido a las poblaciones bajo ámbar, petrificados al margen de la identidad política (¡en un bullicio de identidades!), aplastados por el petróleo, el islam wahabita, Israel y el autoritarismo baazista. Pero esta constitución de un “pueblo”, como bien dices, es indisociable de la suspensión provisional de la lucha de clases en favor de un combate común contra unas dictaduras mafiosas que no discriminaban, o muy poco, entre las clases sociales a ellas sometidas. Las victorias relativas en Túnez y Libia y la prolongación agónica de la batalla en Egipto, Yemen, Bahrein y Siria ha reactivado las fracturas, todas las fracturas: en unos casos de clase (Túnez y Egipto), en otros de facciones y regiones (Libia), en otros de “secta” (Bahrein y Siria). Uno de los efectos colaterales de la intervención occidental y de la resistencia interna de las dictaduras es la creciente corrupción de ese espíritu original, ciudadano, ecuménico, panárabe, que caracterizó la explosiva intifada de hace un año. Y uno de los más graves peligros de un retroceso contrarrevolucionario pasa justamente por el desplazamiento de la lucha hacia conflictos identitarios o sectarios (en el marco, por ejemplo, de la guerra fría interimperialista Irán-Arabia Saudí) con la consiguiente división también de la izquierda, hasta hace poco muy unida a nivel regional, la única que podría facilitar esa mediación revolucionaria entre clases medias empobrecidas y clases desfavorecidas.
 
M.R.: La interpretación, y la acción, de una parte significativa de la izquierda internacional sobre los acontecimientos en los países árabes está determinada por ese “enfoque geoestratégico” en el cual las alianzas internacionales consideradas “antiimperialistas” y las hipótesis de consecuencias eventuales de la caída de “gobiernos amigos” determina la posición hacia los alzamientos populares. ¿Cómo lo valoras?
S.A.: La reacción de la izquierda gubernamental de América Latina ha sido claramente conservadora; yo diría reaccionaria, en el sentido de que ha reaccionado de un modo nervioso, a la defensiva, sintiéndose amenazada por este despertar de los pueblos árabes que sacudía el orden regional y ponía patas arriba una “estabilidad” atroz. Un sector de la izquierda europea, muy dependiente de América Latina, se ha sumado acríticamente a esta posición, como hacía con Moscú durante la guerra fría, y ha contribuido a abrir aún más la distancia entre dos zonas del mundo que vivían muy a espaldas la una de la otra, a pesar de compartir tantas cosas, y en un momento que había que haber aprovechado para acercarlas. ¿Podemos comprender el conservadurismo de Cuba y Venezuela, ocupados en la protección de sus propios procesos amenazados? Quizás, pero se ha perdido una ocasión irrepetible de unir dos frentes anti-imperialistas y ello con un coste altísimo: se ha entregado el territorio y el discurso al enemigo, que está pudiendo repenetrar sin resistencia en una zona en la que estaba muy desprestigiado, y además los países del ALBA se han debilitado ofreciendo su flanco más vulnerable al identificarse públicamente con dictaduras feroces, facilitando campañas mediáticas nauseabundas contra ellos. Un amigo sirio me decía con mucha amargura: “Es el mundo al revés; mientras los imperialistas apoyan a los pueblos, los anti­imperialistas apoyan a las dictaduras”. O como reprochaba la activista palestina Boudour Hassan a un sector de la izquierda siria: “Se han pasado décadas instando al pueblo a levantarse y cuando por fin se levanta, apoyan al régimen bajo la máscara del ‘anti-imperialismo’”. Es muy difícil explicar esta posición a pueblos que se están jugando la vida luchando por lo mismo que lucha el pueblo venezolano o el boliviano (dignidad, libertad y justicia social) y muy difícil explicárselo a esa izquierda árabe que desde el principio apoyó y sigue apoyando las intifadas, convencida de que lo más subversivo y anti-imperialista que puede reivindicarse en el mundo árabe es precisamente la democracia. Es triste, sí, que la mejor noticia de los últimos veinte años –la constitución de un pueblo hasta ahora negado, humillado y marginado– haya sido recibida por parte de un sector de la izquierda no con alegría sino, al contrario, con indiferencia, desconfianza, temor y/o agresividad.
 
M.R.: Para terminar una pregunta concreta que ilustra de una manera especialmente aguda la cuestión anterior: Siria.
S.A.: El pueblo sirio se ha rebelado por las mismas razones y con la misma legitimidad que los otros pueblos árabes, pero es su especificidad la que hace casi imposible el éxito de su revolución, al menos en los términos originales. El deseo de la Unión Europea, los Estados Unidos e Israel de derrocar a un aliado de Irán y Hizbulá se ve equilibrado –hasta la casi inmovilidad– por el temor a lo desconocido. Lo mismo le pasa a Turquía, que tiene que lidiar con su propio problema kurdo. En cuanto a China y Rusia, temerosos de una nueva resolución 1973 [adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU sobre Libia], han rechazado incluso una solución “yemení” y apoyan de manera interesada al régimen, lo mismo que Irán, que se siente amenazada al mismo tiempo por la revuelta y por las potencias occidentales. Los únicos que están decididos a todo son Qatar y Arabia Saudí, amenazados también por la “primavera árabe”, pero ya puede imaginarse lo que significa el apoyo de estas dos tiranías para una revolución democrática. Al mismo tiempo, la decidida apuesta por el plan de Kofi Anan los ha dejado fuera de juego o desplazados en un rincón, desde el cual arman clandestinamente al ELS (Ejército Libre de Siria). En este contexto de impunidad, el régimen sigue matando y la militarización creciente de las luchas populares, junto a las manipulaciones del CNS (Consejo Nacional Sirio), emborrona cada vez más las consignas y objetivos iniciales. Al contrario de lo que ocurrió en Libia, la derrota o corrupción de la revolución pasa en Siria, en todo caso, por una no intervención o por una sorda intervención multilateral conflictiva, en el centro de cuyas presiones, como en el corazón inmóvil de un tornado, podemos todavía ver, si hacemos un esfuerzo, ese impulso original heroico y admirable. Lo cierto es que ya no hay posible vuelta atrás. El plan de la ONU está condenado al fracaso, boicoteado por el régimen y por sectores armados manejados sin duda desde fuera; las negociaciones son imposibles, pues ni el régimen se lo puede permitir ni hay una oposición unida que represente a la revolución ni los propios revolucionarios que han visto morir a sus familiares y compañeros la aceptarían. Llegados a este punto, como he dicho otras veces, es evidente que la revolución siria ha sido desbordada por los demonios geopolíticos que ha desencadenado en una región neurálgica donde se concitan numerosas batallas y entre numerosas fuerzas diferentes, todas ellas contrarias –y muy especialmente Israel– a la democratización de Siria. Pero es necesario recordar que los sirios se han levantado al mismo tiempo contra la dictadura y contra la geoestrategia; se rebelan contra Al-Assad y contra esos demonios geopolíticos que desde hace décadas los mantienen maniatados, rehenes de su condición de piezas de ajedrez en un tablero que –les lleva repitiendo la propaganda desde hace años– podría estallar si se mueven con libertad. Este análisis, aceptado por una parte de la izquierda latinoamericana, europea y ahora también árabe, es erróneo y, si fuera cierto, condenaría en todo caso a la izquierda a abandonar todos sus principios. Si hubiera compartimentos estancos en el mundo hasta tal punto atenazados por la geoestrategia, hasta tal punto blindados por la geoestrategia, hasta tal punto subsumidos en su pura condición geoestratégica que en ellos la lucha por la dignidad, la libertad, la democracia y la justicia social se considerasen no sólo imposibles sino además desestabilizadores, peligrosos, criminales, ¿podríamos hablar de una geoestrategia de izquierdas o revolucionaria? Las luchas metonímicas en el territorio de Siria han suscitado una peligrosísima ilusión de guerra fría, muy degradada y deprimente, en la que la fuerza de contención del imperialismo occidental –y justificatoria del autoritarismo– ya no es la URSS, con su espectro traicionado de socialismo y emancipación, sino la Rusia de Putin y el Irán de los ayatolás, donde de socialismo y emancipación no hay ni siquiera la sombra de una sombra.
 
M.R.: Aunque convenga evitar las batallas nominalistas, hace un año la expresión más extendida para las luchas en los países árabes era “revoluciones”. Ahora parece producir cierta incomodidad y se utiliza con más frecuencia expresiones menos comprometidas como “revueltas”. Creo que puede haber aquí un problema de comprensión o caracterización de “revolución”, entendida como puro acontecimiento fundador, sin incluir el proceso que se abre a partir de la ruptura. Pero más allá de estas consideraciones, lo importante es entender qué es lo que está sucediendo y cómo lo vive la gente. ¿Siguen vivas, aunque quizás interrumpidas, las “revoluciones árabes”? ¿Quizás solo en algunos países?
S.A.: Pero batallamos por los nombres y ellos mismos son también batallas, la mayor parte de las veces batallas perdidas. Mira, a mí me irrita muchísimo oír a viejos cómplices de Ben Ali invocar en Túnez la “revolución” para subirse a su carro, pero también me irrita escuchar a ciertos sectores en Europa regatear a los pueblos árabes la relevancia histórica de lo que están haciendo. Hay muchos y buenos motivos, desde la ortodoxia marxista, para negar a las intifadas árabes –más o menos según el país– la condición de “revoluciones”: nacidas sin una dirección intelectual y sin un proyecto de recambio, no han transformado el modo de producción ni el sistema de propiedad allí donde aparentemente han triunfado. Es verdad. Pero hay otros motivos, simbólicos y políticos, que nos invitan a ser menos cicateros con los nombres. Al menos tres. El primero tiene que ver con el hecho de que por primera vez en su historia los pueblos árabes han derrocado por su propio impulso a sus dictadores, en una región del planeta donde todos los recambios de poder eran resultado de intrigas o golpes de Estado palaciegos. El segundo tiene que ver con la constitución referida más arriba no de un nuevo régimen económico pero sí de un nuevo sujeto político, y ello en una región del planeta donde precisamente la política era siempre geopolítica y “maquiavélica” y se desarrollaba en paralelo a lo antropológico y social. El tercero es cuantitativo: según Azmi Bichara, quien da incluso porcentajes, pocas veces en la historia un proceso popular ha sacado a la calle a tantas personas al mismo tiempo, cubriendo todo el espectro social: si Tahrir no es una revolución, Hiroshima no es el Apocalipsis. Habría que añadir los efectos, aún inconmensurables pero en todo caso gigantesco, que está produciendo en el orden regional y mundial. La suma de algunos o todos estos motivos nos llevan a hablar de una “revolución francesa de 1789”, aunque condujese al imperio de Napoleón; y de una “revolución de 1848”, aunque llevase poco después a la dictadura del pequeño Bonaparte; y de una “revolución mexicana”, aunque desembocase en 70 años de gobierno del PRI; y de una “revolución democrática de 1933” en Cuba, aunque sirviese para instalar a Batista en el poder; y de una “revolución iraní” en 1979, aunque haya producido un régimen con más desaparecidos que la dictadura de Pinochet. Si uno esperaba transformaciones inmediatas y radicales (¡y además socialistas!) tiene muchas razones para sentirse decepcionado y negarse a hablar de “revoluciones”; pero si uno juzga la potencia y consecuencias de un hachazo histórico que abre la brecha de otras revoluciones por venir –y de contra-hachazos previsibles y temibles–; si uno mide la formidable envergadura de la transformación ya producida, no se me ocurre, aparte de “revolución”, ninguna otra palabra que no la banalice, con independencia de lo que ocurra a partir de ahora o de a qué infiernos nos arrastre.
A veces tengo la impresión de que la izquierda y la derecha europeas, tan enfrentadas en todo lo demás, coinciden en su visión prejuiciosa, displicente y racista del mundo árabe. “¿Una revolución en el mundo árabe? Eso es cosa nuestra o, si acaso, de América Latina –que es un poco también nuestra–”.