Juan-Ramón Capella• entrevistado por Edgardo Logiudice

Capella, Juan Ramón

Capella nació en Barcelona en 1939, año en el que cae la República Española. Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, fue miembro del Partido Comunista de España. Colaborador y amigo de Manuel Sacristán, escribió su biografía, que fue reseñada en Herramienta nº 29. Es miembro del grupo de redacción de Mientras tanto, revista que aquél fundara en 1980. Entre sus libros de filosofía política se cuentan Los ciudadanos siervos (1993), Grandes esperanzas (1996), Fruta prohibida (1997), Entrada en la barbarie (2007).
Lo entrevisto a propósito de su último libro: Sin Ítaca. Memorias: 1940-1975.[1] En esta nueva obra sus memorias personales -desde su infancia en una familia de la tradicional burguesía catalana, hasta la muerte de Franco-, se confunden no sólo con su vida pública como estudiante y docente universitario, sino con la historia política de España. Una vida azarosa que lo conduce a lo que, por aquéllos años, se llamaba compromiso. La misma clandestinidad lo pone con los pies en el París de Althusser y Poulantzas y la propia vida lo topa con Gramsci, Pier Paolo Pasolini, Marcuse. Un viaje en el que fue dibujando su propia carta de navegación. El mapa de un rojo, con el tinte particular que tiene esta palabra para cualquier español. Edgardo Logiudice. 

Edgardo Logiudice: Juan-Ramón ¿Se podría decir que, a pesar de que relatas tus Memorias, aun hasta de tu privacidad, se trata de una historia “en hueco” de la derrota de la República? 

Juan-Ramón Capella: He intentado captar la época franquista desde un punto de vista no exclusivamente político, para incluir los aspectos de la vida cotidiana más sobresalientes para mí. Eso excluye epopeyas trágicas de resistencia anteriores a los años sesenta, que no conocí directamente. No he pretendido eliminar la subjetividad por entero, sino explicitarla, para poner de manifiesto cómo es o era la subjetividad que contempla los hechos y los narra.
No creo que se pueda hacer una historia “en hueco” de la derrota de la República española. Por supuesto, sin esa derrota y más sin guerra civil la vida de todos nosotros habría sido enteramente distinta e inimaginable.
 
E.L.: Tus Memorias llegan hasta la muerte de Franco. ¿Hubo, antes de ella, lo que llaman “un punto de inflexión”, en razón del cual vivo o muerto el caudillo se anunciara ya otro camino? Te formulo esta pregunta por dos razones: una es que hasta fines de los sesenta la idea reinante en el Partido Comunista Argentino era que España vivía un régimen medieval; la segunda, y vinculada a lo dicho, es que en 1968, en El derecho como lenguaje, tus citas incluían a Marx y a Gramsci. ¿Había amenguado ya la censura?
 
J.-R. C.: A finales de los cincuenta terminó la autarquía, una etapa de acumulación brutal de capital impuesta a sangre y fuego; y a principios de los sesenta, España entró en una senda de crecimiento económico. Ese crecimiento modernizó a la larga la sociedad. Algunas cosas políticas cambiaron levemente: la más estricta censura fue sustituida a finales de los sesenta por una “consulta previa”, no obligatoria pero sin la cual los libros podían ser secuestrados gubernativamente. Eso nos permitía hacer experimentos de tanteo. La “consulta previa” negó, por ejemplo, una traducción del jurista teórico soviético Pashukanis y al poco la autorizó para una editorial distinta. Y se pudieron editar algunas obras de Marx: Sacristán fue el primero en publicarlo de nuevo en España, al editar sus escritos periodísticos sobre la España del siglo XIX.
Pero siempre tuvimos claro que con Franco en el poder nuestras conquistas, que las hubo, hiriendo el sistema y condicionándolo, siempre serían menores. Y tratábamos de ir a por la mayor. A partir de mediados de los sesenta, la oposición ilegal fue ya muy significativa.
 
E.L.: Tuviste importantes tareas de coordinación con otras fuerzas opositoras al régimen ¿cuál fue tu relación con la dirección nacional del Partido Comunista Español?
 
J.-R. C.: Casi ninguna directa. El Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC, Partido Socialista Unificado de Cataluña en castellano) era formalmente un partido independiente asociado al PCE y, en la práctica, una federación de ese partido relativamente autónoma. En Cataluña no estaba el PCE, y yo trataba con la dirección del PSUC, algunos de cuyos miembros lo eran también de la dirección del PCE. Cuando viajaba a Madrid, no tenía contactos con dirigentes clandestinos del PCE, pero sí con miembros de su Comité Central. La clandestinidad nos dificultaba la democracia interna y también vernos por dentro, calibrar el partido desde abajo. A principios de los setenta había ya síntomas de que los resistentes de las dos primeras décadas del franquismo, los dirigentes, empezaban a no estar a la altura del gran partido que habían contribuido a formar.
Mi influencia fue muy pequeña y muy local: era un simple cuadro; muy activo, sí, pero un cuadro. Aunque a veces metía goles: así, colé como libertad política una libertad inventada, la libertad de manifestación, en un acuerdo importante de la oposición clandestina catalana, que desde ahí acabó filtrándose hasta la Constitución española: hoy protege a quienes se manifiestan en las plazas públicas ejerciendo un derecho fundamental.
 
E.L.: El período que abarcan tus memorias coincide en gran parte con la Guerra Fría, o a veces no tan fría, como Corea y Vietnam. En esas circunstancias ¿cómo se vivían, entre los comunistas españoles, hechos tales como la represión a Budapest o a la Primavera de Praga?
 
J.-R. C.: No puedo hablarte del caso húngaro. Pero sí del checo. El PCE apoyaba la reforma de los comunistas checos y a Dubcek. Los intelectuales del PSUC leímos con atención y divulgamos sus posiciones políticas y económicas; y nos entusiasmamos con algunos análisis sociales predictivos, como el de Richta sobre la revolución informática que asomaría años después. Cuando se produjo la invasión de Checoslovaquia, pese a la “no aprobación” oficial del PCE, en realidad el partido estuvo dividido. Los intelectuales, profesores y estudiantes en general condenamos con fuerza la invasión, pero la mayoría de los trabajadores seguía mitificando a la URSS y aceptaba sus decisiones. La dirección del partido no hizo esfuerzo de fondo alguno por criticar esa mitificación. Carrillo seguía felicitando a Breznev por su cumpleaños.
 
E.L.: No obstante la dudosa legitimidad de las hipótesis contrafácticas: tras la muerte de Franco ¿era probable un camino distinto en el proceso social y político español?
¿Qué papel jugaron en esto las Comisiones Obreras (CC.OO.)?
 
J.-R. C.: La direción del PCE de Santiago Carrillo, muy personalista y autoritaria, acabó aceptando la reforma del régimen anterior y abandonando la ruptura con él. Dada la correlación de fuerzas, dejó de pugnar por un sistema político democrático abierto y se contentó con liquidar políticamente a la ultraderecha. Por supuesto, conquistamos las libertades políticas. Pero Carrillo aceptó la bandera que se había combatido siempre, la Monarquía que se legitimaba en la insurrección militar, e incluso proclamó la honorabilidad del ejército que se había alzado contra la democracia. El Partido Nacionalista Vasco (PNV), por ejemplo, no llegó a esto: se limitó a acatar la legalidad, que es lo máximo que hubiera debido hacer el PCE. Al ir más allá, Carrillo destruyó la columna vertebral del PCE, que era -como es natural- no su organización como tal sino su idealidad, las aspiraciones básicas compartidas por sus militantes. Eso empezó a desmoronar al principal partido de la oposición, el PCE, que se había ganado a pulso ese estatuto y que fue determinante incluso en la reforma. Pero el sistema que nació de todo eso fue una partitocracia hermética a las demandas sociales.
Las Comisiones Obreras, una creación nueva, unitaria, de los trabajadores, muy potente pero ilegal, padeció en la transición española una política de Estado dirigida a dividir a la clase obrera. El gobierno de Arias Navarro ya toleró un Congreso público de la antigua y aún ilegal Unión General de Trabajadores (UGT), que había sido un sindicato socialista y comunista contrapuesto al más poderoso sindicalismo anarquista, al objeto de resucitarla, ponerla bajo el control exclusivo del Partido Socialista todavía no legalizado, y contraponerla a las CC.OO. Esta operación tuvo éxito. Las CC.OO. tuvieron finalmente que convertirse en un sindicato, cuando habían sido un movimiento unitario, y, en suma, el proceso impidió que en el nuevo régimen apareciera un gran sindicato obrero unificado. No hay duda sin embargo de que sin las CC.OO. la reforma política se habría quedado mucho más corta.
Opino que sin los errores de la dirección política del PCE en la transición se hubiera podido conseguir un sistema político menos indiferente a las demandas sociales que el que tenemos.
 
E.L.: En las obras tuyas que leí aparecen algunos nombres que parecen sonar de una manera especial: por supuesto, Manuel Sacristán y Giulia Adinolfi, pero también Gramsci, Togliatti y Pasolini. ¿Qué significan para vos?
 
J.-R. C.: Manuel Sacristán representa el rigor intelectual, el compromiso socio-político substancial y la coherencia personal. Giulia Adinolfi, una sensibilidad intelectual y social de increíble refinamiento. El Sacristán más alternativo le debe mucho a Giulia. El amistoso magisterio de ambos, como de unos estupendos hermanos mayores, resultó para mí fundamental al encaminarme a pensar de verdad por mí mismo.
Ví en Togliatti a un maestro de la táctica y la inteligencia política; Gramsci, de la estrategia y de la ideación de nuevos conceptos que permiten una captación más compleja de la sociedad. Pasolini fue un intelectual profético, que se adelantó significativamente a su tiempo, y un poeta y cineasta sencillamente magnífico. Pero para mí han sido importantes también otros nombres: Marx, Walter Benjamin, incluso los filósofos de la lógica y los epistemólogos y, más recientemente, Castoriadis, Pierre Bourdieu y hasta John Berger.
 
E.L.: ¿Es posible afirmar que, pese a la peculiaridad española o, más aun, catalana, el clima de “época” haga extensible muchas de tus reflexiones a otras experiencias tan diversas como la argentina? Por ejemplo, respecto a la relación de la práctica política con la cultura, lo que llamas homologación, la marca de la clandestinidad o el significado de la militancia.
 
J.-R. C.: Hoy prefiero pensar en términos de activistas y no de militantes. De lo militar no sale nada bueno. Creo que ciertos temas culturales y políticos que he cultivado no son siquiera específicamente españoles: el ecologismo, por ejemplo, hace frente a un problema universal; el nuevo poder político de la globalización, lo que he llamado un soberano supraestatal difuso, poliárquico, también; el problema que plantea para la formación de consciencia histórica la nueva industria de producción de contenidos de conciencia y de sentimientos de carencia, igualmente. Y las formas nuevas de apropiación por el capital de toda la innovación social -o sea, las novedades en la explotación de unos seres humanos por otros- no son específicamente españolas ni argentinas.
Supongo que soy un hispano más bien cosmopolita. Sólo en mi consciencia lingüística y cultural me sé hijo de la piel de toro.
 
E.L.: El clima en el que campean tus memorias es el del franquismo, tus memorias no terminan con él pero ¿el franquismo ha muerto?
 
J.-R. C.: El franquismo fue la manifestación más virulenta de una fractura interna de España que se remonta por lo menos a 1808 y que ha producido lo que llamamos la España negra. Y esta España negra, minoritaria y cainita, sigue existiendo todavía, a mi juicio; ha recobrado cierta fuerza en los últimos años.
Las dos Españas de Antonio Machado siguen vigentes aunque sus rostros hayan cambiado.
 
E.L.: Varias veces en tu libro te referís al miedo y ese es el título del último capítulo ¿ese miedo tiene que ver con la duda respecto a los jóvenes que se preocupan por la ropa de marca?
 
J.-R. C.: En Sin Ítaca hablo del miedo del resistente al franquismo, sabedor de que la policía política le puede destruir psíquicamente; hablo del miedo de la gente derrotada en la guerra civil, y, por último, del miedo de la gente, en la muerte de Franco, a un rebrote brutal de violencia por parte de los franquistas, a que reapareciera su feroz violencia.
Pero hoy, naturalmente, el miedo es otro: temor a lo que puede nacer a partir del consumismo, en una situación de crisis profunda, en la que además no surgen o no son oídas orientaciones cogentes para las personas.
 
E.L.: Finalmente ¿Qué circunstancias se han dado para que un distinguido catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y Política de la Universidad de Barcelona, pueda considerarse a sí mismo “un rojo de toda la vida”, como dijiste al aceptar esta entrevista? O, lo que me parece lo mismo ¿Por qué Ítaca?
 
J.-R. C.: No, por qué sin Ítaca. El viaje no se acaba, no hay punto de llegada. Otros lo continuarán. Y de “distinguido”, nada. La supuesta distinción académica me produce náuseas, porque es nauseabunda. Bourdieu la ha desnudado.
En cuanto a las circunstancias por las que me preguntas, me ha costado explicarlas todo ese libro, Sin Ítaca.[2]
 


[1] Sin Ítaca. Memorias: 1940-1975, Madrid, Editorial Trotta, 2011, 321 páginas.
[2] Dice un poema de Luis Cernuda que el autor seguramente tiene en mente: “Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,/ sino seguir libre adelante,/ disponible por siempre, mozo o viejo,/ sin hijo que te busque, como a Ulises,/ sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.” [Nota de la redacción]