La ofensiva extractivista en América Latina. Crisis global y alternativas

Algranati, Clara

 

¿Está América Latina fuera de la crisis global?
 
A mediados de 2007 comenzaron a manifestarse los primeros síntomas del agotamiento del ciclo especulativo en el mercado de las hipotecas inmobiliarias en EE.UU. y ya durante el 2008 el estallido de la burbuja financiera hizo sentir sus efectos sobre el conjunto de la economía desde América del Norte a la Europa unida y, crecientemente, a nivel global. Se desplegó así un nuevo episodio del capítulo económico de una crisis que viene desenvolviéndose, con idas y vueltas, desde hace largos años y que expresa una serie de contradicciones estructurales propias de la fase capitalista actual (entre otros Katz, 2010; Arceo, 2011; Chesnais, 2012)
América Latina llegó a ese momento tras seis años de crecimiento económico regional (2003-2008) considerado, por diferentes razones, como excepcional (CEPAL, 2008). Tanto por su magnitud y continuidad -que para algunos lo asemeja al experimentado “40 años atrás, cuando a fines de los años sesenta la región inició una expansión continuada a tasas similares a las actuales que duró siete años” (CEPAL, 2008)- como porque se asentó particularmente en el dinamismo de las exportaciones de “commodities”[1] a partir del crecimiento de los volúmenes exportados y, especialmente, de sus precios que contribuyeron a asegurar importantes saldos favorables en la balanza comercial y las cuentas públicas. Este proceso tuvo un significativo impacto morigerador de las tensiones sociales agudizadas en los años de inestabilidad y recesión que signaron el período álgido de movilización popular, procesos destituyentes y cuestionamientos abiertos a la hegemonía neoliberal[2]. En esta ocasión, nos interesa sin embargo remarcar otro aspecto. Nos referimos a la consolidación y profundización que supuso de un modelo extractivo exportador cuyas bases habían sido ya sentadas en las décadas precedentes.

 

 

            Por otra parte, el hecho que América Latina y el Caribe –con excepción del 2009- sostuviera su crecimiento económico en el contexto de la crisis global (2008-2011) alimentó las ilusiones de inmunidad o blindaje regional. Sin embargo, un análisis un poco más agudo ofrece un panorama mucho menos tranquilizador. Menos visible pero no menos real, la dimensión económica de la crisis se hizo sentir desde temprano en Nuestra América. No tanto bajo las formas más conocidas de inestabilidad o recesión, sino a partir de una serie de procesos, políticas y dinámicas de conflictividad social constituidas alrededor del destino de los bienes comunes de la naturaleza.
            En este sentido, el presente texto tiene por objetivo proponer una aproximación crítica a este proceso; partiendo de una reflexión más general sobre las relaciones histórico concretas que pueden establecerse entre el neoliberalismo y la noción de crisis y proponiendo una serie de argumentos y análisis para comprender la ofensiva extractivista actualmente en curso y las dinámicas de contestación social y debate sobre las alternativas que plantea. Veamos.
 
 
Neoliberalismo y crisis: experiencias históricas y debates teóricos
 
Las nociones de “neoliberalismo” y “crisis” han despertado y aún suscitan diferentes elaboraciones y debates al interior del pensamiento crítico. No es intención de estas líneas abordar esta cuestión desde las especificidades de estos conceptos; sino proponer sobre ello algunos señalamientos –siempre breves y tal vez esquemáticos por lo exiguo del espacio- a partir de una reflexión sobre las relaciones entre ambos. Una reflexión que se plantea ahondar el análisis en dos planos: en el de la interpretación de la historia reciente y en el de los debates teóricos más generales.
Este recorrido comienza así con un primer hito. El hecho de que por “neoliberalismo” nos referimos habitualmente a la fase capitalista particular que emerge y se constituye históricamente como respuesta y salida sistémica a la crisis de los años ´70. Sobre ello se planteó y existe una doble discusión en la tradición marxista y crítica. La primera interroga sobre si la implementación efectiva del proyecto neoliberal resolvió en todos sus aspectos la crisis abierta cuatro décadas atrás; en una tensión que va de los éxitos obtenidos en la reposición e incremento de la tasa de ganancia a las dificultades en garantizar un nuevo ciclo estable de reproducción ampliada. La segunda discusión indaga sobre la propia conceptualización de dicha crisis; sobre si se resalta en el análisis su manifestación económica o se la visualiza como una crisis más amplia, de dominación.
En cierta forma, podemos decir que ambas discusiones se han reactualizado en los últimos años, de manera renovada y enriquecida a la luz de los nuevos desafíos que los proyectos emancipatorios afrontaron. Así, por un lado, tanto en la programática de los movimientos populares como en el campo del pensamiento crítico se ha tendido a afirmar una caracterización de la crisis actual que, trascendiendo las visiones economicistas, enfatiza una perspectiva multidimensional. Se identifica así una dimensión económica de la crisis, pero junto a ella también se reconoce una crisis alimentaria, energética, ambiental y climática. La magnitud y multidimensionalidad de esta crisis ha motivado que la misma fuera considerada como una crisis de civilización, civilizatoria o de la civilización dominante (entre otros Lander, 2010; Vega Cantor, 2009; Articulación ALBA, 2011).
Por otra parte, la manifestación actual y la persistente recurrencia de las crisis en el largo proceso de implantación y globalización del neoliberalismo reactualizó el debate sobre la relación entre ambos procesos encaminando el análisis hacia un examen sobre los efectos productivos de las crisis; o lo que podríamos llamar más llanamente los usos de la crisis.
En relación a ello, hemos sido testigos de como el estallido del último episodio económico de la crisis a partir de 2007 tendió a afirmar una “gestión neoliberal” de la misma. Son sus ejemplos más evidentes y divulgados por los grandes medios los salvatajes públicos a grandes bancos y empresas; y las políticas de ajustes salvajes y de recolonización, ejercidas particularmente sobre la periferia de la Europa “unida”. Asimismo, hemos presenciado en el plano internacional los intentos de reponer al FMI y al BM como agentes de su gestión mundial así como la revitalización del “Grupo de los 20” relegitimando el núcleo rector del G8; organismos internacionales y Estados centrales que fueron confrontados y cuestionados duramente en el primer ciclo del llamado “movimiento altermundialista”.
Similares conclusiones obtenemos cuando abordamos el estudio de la experiencia histórica vivida en América Latina en las décadas de implementación y construcción hegemónica del neoliberalismo. Ese período comprendido entre las dictaduras contrainsurgentes del Cono Sur de los ´70 y la expansión y profundización continental del “gobierno neoliberal” en los ´90; y en el que cumplieron un papel singularmente importante en la construcción de las relaciones de fuerza requeridas para la implementación del paquete neoliberal las llamadas “crisis de la deuda” de los ´80, las “crisis hiperinflacionarias” de la segunda mitad de los ´80 y principios de los ´90 e incluso la “crisis del Tequila” de mediados de los ´90[3].
Estas experiencias históricas motivaron diferentes y sugerentes conceptualizaciones; desde el señalamiento del particular papel que le cabe a la financiarización y la mundialización neoliberal como modo de “gestión de la crisis” que las propias políticas neoliberales agudizan (Amin, 2001); el rol que las crisis económicas juegan en el “patrón de reproducción del neoliberalismo” (Petras y Morley, 2000) e incluso en la caracterización de esta etapa bajo la nominación de “capitalismo del desastre” identificado por su uso sistemático de la doctrina del shock (Klein, 2007)
En esta lista, incompleta por cierto, resulta importante incluir el concepto de “acumulación por desposesión” acuñado por David Harvey para referirse a las formas particulares de acumulación características de la fase neoliberal. Debemos recordar que esta elaboración no sólo es incentivada, como confiesa el propio autor, por la reactualización de las guerras de invasión colonial presentes en la intervención militar anglo-estadounidense en Irak de inicios de 2003; sino también que se inscribe –como aporte histórico específico- a una problemática de largo aliento en el pensamiento marxista y crítico, que con sus diferencias y confrontaciones, desde Lenin y Rosa Luxemburgo, plantea y analiza la relación entre crisis capitalista e imperialismo. En este sentido, no es para esta tradición una novedad teórica la idea de que la gestión de las contradicciones –en las múltiples dimensiones que adopta la contradicción ampliada capital-trabajo- en el núcleo del capitalismo desarrollado se realiza, entre otras formas, bajo la promoción de ofensivas imperialistas (o de ofensivas del capital en un sentido más amplio); y, en este caso, en el ejercicio de una forma particular de acumulación capitalista que llamamos por desposesión o por despojo.
Por otra parte, en la última década se ha construido un sentido común a propósito de pensar las crisis como una ocasión que puede aprovecharse en beneficio propio; muchas veces refiriendo la idea de que los ideogramas que se usan en el idioma chino para decir crisis remiten tanto a peligro como también a oportunidad. Una imagen presente en los medios masivos y en los manuales de management y autoayuda, y repetida en boca de John F. Kennedy y del personaje de Lisa en un capítulo de Los Simpsons de años atrás. Pero esta construcción remite también a ciertos desarrollos teóricos presentes en la corriente de pensamiento neoliberal. Escribía Milton Friedman, uno de sus mentores, en 1962: “sólo una crisis –real o percibida- da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable” (Friedman, 1966; cit. en Klein, 2007: 27; las cursivas son nuestras) Sobre ello también se ha examinado como, en este proceso, se han puesto en ejercicio tecnologías de gobierno de los sujetos basadas, por ejemplo, en la “gestión productiva” de las inseguridades, incertidumbres, desamparo y dolor (Murillo, 2007) que son características del arte de gobierno neoliberal; y también como este arte de gobierno se distingue, entre otras cuestiones, por afirmar que “la crisis…en primer lugar deja de tener connotaciones negativas…para tornarse un proceso productivo; en segundo lugar no es ya una excepción sino un elemento constante que opera en el núcleo de la planificación estratégica, del gobierno global; [y] en tercer lugar, cesa de ser un obstáculo a la gobernabilidad y gubernamentalidad, para conformarse en un elemento central del gobierno a distancia de sujetos individuales y colectivos” (Murillo y Algranati, 2012: 32). Desde este recorrido examinemos entonces como se ha expresado la crisis global en Nuestra América reciente.
 
 
La ofensiva extractivista en América Latina y el Tercer Mundo.
 
Como ya adelantamos, la hipótesis que intentamos fundamentar en estas líneas afirma que una de las lógicas particulares de expresión de la crisis global en las áreas de la periferia capitalista adopta la forma de una profundización radical de los procesos de acumulación por desposesión. O, para decirlo de otra manera, aparece bajo la promoción de un nuevo ciclo global de mercantilización, apropiación y control por parte del gran capital de una serie de bienes, especialmente de aquellos que llamamos los bienes comunes de la naturaleza. En otras oportunidades, hemos bautizado a este proceso con el nombre de ofensiva extractivista (Seoane, 2012a y b). No hay todavía efectiva conciencia de la magnitud de esta ofensiva y de las fuerzas que la animan. Permítasenos presentar algunas reflexiones y evidencias sobre ello.
La primera de estas evidencias resulta de la evolución de la inversión extranjera directa (en adelante IED) en América Latina y el Caribe en estos años de crisis global. Así -con excepción de 2009 cuando cayó el PBI regional- el periodo 2008 – 2011 presenta volúmenes record de IED que representan según los años entre un 70 y un 130% mas que el promedio ingresado entre 2000 y 2005 (CEPAL, 2012). Así, por ejemplo, en 2011 la IED fue un 31% más que el 2010 aumentando la participación regional sobre el total mundial hasta alcanzar el 10% y convirtiendo a América Latina y el Caribe en la región donde más crecieron estos flujos (CEPAL, 2012) Particularmente orientada a América del Sur, la misma se dirigió especialmente a las actividades vinculadas con la explotación de los bienes comunes de la naturaleza (CEPAL, 2012)[4].
Por otra parte, en este proceso regional se destaca en los últimos años las inversiones en la explotación minera en la región. Según datos de las consultoras privadas del sector, las mismas representaron en 2011 un monto record de 140 mil millones de dólares, un 40% más que en 2010 que ya había involucrado un volumen considerable, y un 250% superior a la registrada en 2003 (Infobae, 2012)
Esta ofensiva del gran capital sobre los bienes comunes naturales no excluye ciertamente a las tierras y los territorios ni a otras regiones del llamado Tercer Mundo, particularmente al continente africano. Según el Banco Mundial -uno de los promotores del proceso global de mercantilización de la tierra- entre 2008 y 2009 56 millones de hectáreas fueron arrendadas o vendidas en los países del Sur[5], especialmente en África y América Latina (GRAIN, 2012; Texeira y Rodrigues, 2011) resultado de inversiones proveniente en gran parte de los fondos de inversión trasnacionales (GRAIN, 2012) En el mismo sentido, la frontera agrícola, particularmente bajo el motor de la soja transgénica, no ha dejado de expandirse en los últimos años a nivel regional junto con la presencia del capital trasnacional consolidando en América del Sur ese territorio de soberanía corporativa que ha recibido el cínico nombre de “República de la Soja” (Borras, Franco, Kay y Spoor; 2011).
            Finalmente, esta ofensiva tiene también su capítulo particular en relación con las medidas que se proponen frente a la crisis climática. Tras la iniciativa estadounidense de redefinir el llamado Protocolo de Kyoto hacia compromisos voluntarios y flexibles en las últimas conferencias mundiales sobre cambio climático[6]; la propuesta de los organismos internacionales, corporaciones y Estados centrales hacia la próxima Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable -más conocida como “Río más 20”- enarbola lo que llaman “economía verde”. La misma –que deberíamos llamar con más propiedad “capitalismo verde”- no sólo promueve la ampliación de los “mercados de carbono” y la producción y uso de agrocombustibles sino también utilizar la agricultura “como biorreactores…[que]…no sólo producen alimentos (proteínas, hidratos de carbono o fibras), sino variadas formas de energía, enzimas industriales, plásticos o medicinas…[y se convierten] en pequeñas plantas industriales o una industria verde que utiliza energías limpias y renovables, como la solar, donde las hojas son una especie de eficientes paneles” (Grobocopatel, 2012: 19). Una “solución” ante la crisis climática que profundiza justamente sus causas: la expansión del mercado capitalista ahora bajo la mercantilización y apropiación privada trasnacional de la naturaleza.
            En estos diferentes terrenos, los pueblos de Nuestra América han afrontado y combatido en los últimos años y de diferentes maneras los intentos de profundizar el saqueo, la contaminación y la dependencia.
 
 
Sujetos y estructuras.
 
Una de las fuerzas que motoriza esta ofensiva es la del capital trasnacional representado en unas pocas decenas de megacorporaciones que promueven este nuevo ciclo de mercantilización, privatización y control de los bienes comunes de la naturaleza y los territorios donde se asientan, a escala global. Pero también, junto a éste, de manera asociada o competitiva, aparece el capital local-nacional tanto bajo la forma de grandes grupos económicos que tienen una proyección regional e internacional[7] como de empresarios menores muchas veces encargados de la realización de las formas más violentas e ilegales de esta acumulación basada en el despojo de los pueblos[8].
Pero esta profundización del modelo extractivista se ha instalado también y de manera creciente en la agenda de los gobiernos de la región que, incluso más allá de sus diferencias político ideológicas, parecen converger e inclinarse por profundizar este modelo justificado como una respuesta lógica ante la incertidumbre económica global, la desaceleración del crecimiento y su impacto en las cuentas públicas y la balanza comercial, pilares del ciclo económico anterior. En este terreno se cuentan desde los recientes acuerdos de instalación de las primeras megamineras a cielo abierto en Ecuador y Uruguay a los procesos de contrarreforma agraria y mercantilización de los territorios amazónicos cristalizados en el “decretazo” de Alan García en Perú en 2008 y en la ley de regularización de la apropiación privada ilegal de la Amazonia aprobada también en 2008 en Brasil bajo el gobierno de Lula da Silva: Desde los proyectos de “reforma energética” y privatización de PEMEX en México impulsado por Felipe Calderón en 2008 o las intenciones de privatizar CODELCO en Chile hasta las políticas de promoción del agronegocio y los agrocombustibles en el Cono Sur. Desde la habilitación de grandes proyectos mineros por gobiernos recién electos con un discurso de regulación de la megaminería –como es el caso de Ollanta Humala en Perú y el actual conflicto contra la instalación de la minera CONGA en Cajamarca; o el de Beder Herrera en la provincia de La Rioja y el gobierno nacional frente al proyecto minero en Famatina- hasta la profundización y la expansión de la explotación hidrocarburífera ahora incluyendo los llamados petróleo y gas no convencionales. Desde la promoción de la minería transnacional en Colombia y Centroamérica hasta el nuevo impulso de los proyectos hidroeléctricos (como Hydroaysén) y forestales en el sur chileno.
También, la promoción de esta ofensiva extractivista se expresó en el terreno de los proyectos de integración y la geopolítica regional. Es ya conocido que a partir de 2009 tiene lugar un nuevo despliegue de la presencia militar estadounidense a nivel regional que tuvo en el golpe de estado en Honduras una de las primeras manifestaciones de esta iniciativa que se articuló con las fracciones más conservadoras de las clases dominantes locales (Seoane, Algranati y Taddei, 2011) Menos conocida es tal vez la continuidad de la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana -más conocida por sus siglas IIRSA. En 2011, entre las iniciativas que presentó la UNASUR para responder a la crisis se incluyó la realización de 31 proyectos de infraestructura promovidos por el Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento (COSIPLAN)[9]. Proyectos que forman parte de la cartera del IIRSA integrado al COSIPLAN a partir de 2009[10] (COSIPLAN, 2011) De esta manera, la prioridad otorgada a las obras de infraestructura para facilitar el comercio exterior de commodities es otra expresión de la hegemonía ganada por el modelo extractivo exportador; de similares consecuencias aunque ahora sea promovido por un proyecto de corte neodesarrollista y el creciente intercambio con China.
Por otra parte, esta ofensiva suele ser interpretada por la literatura económica como la respuesta racional de agentes en un mercado de precios crecientes resultado del incremento de la demanda mundial basada fundamentalmente en el peso ganado por el Asia Pacífico (Banco Mundial, 2011; CEPAL, 2009 y 2012). Y ciertamente estamos en presencia de un crecimiento constante de los precios de estos bienes[11] aunque las razones de ello merezcan un análisis crítico más detenido que vaya más allá de la “demanda oriental” en un contexto mundial de retracción económica. Por el contrario, contra toda perspectiva naturalizadora, ello nos remite a una serie de razones estructurales que caracterizan la fase neoliberal capitalista actual y su particular orden mundial.
En este sentido, por un lado, refiere al proceso de financiarización y su particular impacto en el terreno de la mercantilización y explotación de los bienes naturales. Proceso que se expresa tanto en el hecho de que el precio de los commodities se define en las bolsas de valores de los países centrales como a la significativa presencia de los fondos de inversión en el sector. Estos hechos explican que, desplomada la burbuja financiera alrededor de los activos inmobiliarios en EE.UU., la especulación se desplace rápidamente a los bienes comunes de la naturaleza, lo que contribuye a independizar la evolución de los precios de estos bienes del valor de producción (entre otros, Bruckman, 2011).
            Por otra parte, este proceso es también el resultado de la concentración y centralización del capital signado por las reformas liberalizadoras características de la “globalización neoliberal” y que tienen su capítulo más conocido en las numerosas fusiones y asociaciones empresariales que tienden a consolidar un control relativamente oligopólico por parte de un puñado de grandes megacorporaciones (entre otros, Bruneto y Stedile, 2011).
Finalmente, el carácter multidimensional de la crisis actual y la interconexión y retroalimentación de sus diferentes dimensiones acentúa sus efectos regresivos (entre otros, Toussaint, 2010). Así, por ejemplo, el crecimiento de la producción de los agrocombustibles -supuestamente orientados a aliviar la dimensión energética de la crisis- o la promoción de los mercados de carbono –aparente respuesta a la crisis climática- agudizan su dimensión alimentaria.
De esta manera, estos tres breves señalamientos aportan algunos elementos sobre las razones estructurales sobre las que se apoya la ofensiva extractivista, que apuntan a evitar las visiones naturalizadoras de este proceso, como si el mismo deviniera de una escasez inherente a los bienes en cuestión o del funcionamiento de un supuesto “mercado libre” o de una todavía insuficiente modernización.
 
 
¿Ante un nuevo ciclo regional de luchas?
 
Frente a esta ofensiva extractivista una ola de protestas y resistencias sociales emergió y está desarrollándose a nivel regional. Allí se cuentan un sinnúmero de las principales luchas y movilizaciones acontecidas en América Latina en los últimos años que ponen en cuestionamiento al modelo extractivo exportador y su cuota de violencia, saqueo, devastación ambiental y dependencia-recolonización. Allí está también la masacre de Bagua en Perú (5 de junio de 2009) frente al levantamiento de las comunidades de la amazonía como símbolo trágico de la respuesta represiva que muchas veces se descarga sobre estos movimientos y pueblos. Una ola de resistencias donde intervienen organizaciones y movimientos ya presentes en el ciclo de cuestionamiento al neoliberalismo de décadas pasadas pero que también experimenta procesos complejos de reorganización del campo de los sujetos subalternos y sus lógicas de acción. A pesar de este escenario y de la fragmentación y aislamiento local-sectorial al que quiere condenárselas; estas experiencias en múltiples casos han logrado detener los emprendimientos extractivistas o morigerar los efectos más regresivos de las políticas públicas. Y también afrontan el desafío de expresarse en el plano regional; por ejemplo, en la movilización continental y global contra la mercantilización de la naturaleza y la ofensiva extractivista de junio próximo y la Cumbre de los Pueblos paralela a la Conferencia de Río + 20 (junio, Brasil); y también en la preparación y participación de la asamblea continental de la Articulación de los movimientos sociales hacia el ALBA hacia fin de año.
Ciertamente, la combinación de estos procesos con la desaceleración económica regional y los ajustes del gasto fiscal, expresiones también de la crisis global; sugiere que estamos frente a un nuevo ciclo regional de luchas que parte de los cambios, los logros y, también, de los límites y frustraciones de lo acontecido en América Latina en la última década. En este contexto, estas experiencias y el debate y las prácticas críticas y cuestionadoras del modelo de desarrollo en curso que plantean adquieren una significación particularmente importante; en la medida que la elaboración de un proyecto de “otro desarrollo” resulta el necesario alimento para la construcción colectiva de efectivas alternativas populares ante la crisis.
 
 
Bibliografía
 
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Boron, Atilio, “De la guerra infinita a la crisis infinita”, ponencia presentada en XI Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, La Habana, Cuba, 2 al 6 de marzo de 2009.
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– / Algranati, Clara / Taddei, Emilio, “Tras una década de luchas. Realidades y desafíos de los proyectos de cambio en Nuestra América”. En: Herramienta 46 (marzo de 2011).
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Texeira, Gerson / Rodrigues, Joao Paulo, “Ofensiva del capital internacional sobre las tierras”. En: ALAI 474 (2012).
Toussaint, Eric, La crisis global.El viejo topo: Barcelona, 2010.
Vega Cantor, Renán “Crisis civilizatoria”. En: Herramienta 42 (octubre de 2009).
 

Artículo enviado especialmente para este número de Herramienta.
 
[1] Nominación generalizada bajo el neoliberalismo para hacer referencia, particularmente, a lo que se llamaba en décadas pasadas “materias primas”; es decir a aquellas “mercancías” obtenidas a partir de la apropiación privada y explotación de los bienes comunes naturales. La palabra “commodities” refleja particularmente el proceso de financiarización y mundialización de los mercados de estos bienes característicos de la fase capitalista actual.
[2] Desarrollamos dicha cuestión, entre otros textos, en un artículo publicado hace casi un año y medio atrás en esta misma revista del que, en sentido temporal y temático, el presente es en gran medida su continuación. Ver Seoane, Algranati y Taddei, 2011.
[3] Por el contrario, el impacto regional de la llamada “crisis del sudeste asiático” de 1997 combinada con un creciente descontento social con los resultados de las reformas neoliberales y con el desarrollo de un ciclo de luchas y constitución de movimientos sociales iniciado desde mediados de los ´90 darán por resultado un agudo periodo de cuestionamientos y pérdida de hegemonía del neoliberalismo que abrirá importantes cambios sociopolíticos en muchos de los países de América Latina y el Caribe.
[4] En similar dirección, vale tomar nota que entre las diez principales operaciones de inversión extranjera en compra de empresas realizadas en 2011, siete corresponden a los sectores de petróleo, gas y minería[4]; tres de las cuales resultan de adquisiciones de empresas chinas aun si los EE.UU. siguen detentando el primer lugar como inversor regional (CEPAL, 2012).
[5] Frente a ello, por ejemplo, una campaña internacional contra el acaparamiento de tierras viene creciendo a nivel global impulsada principalmente por los movimientos campesinos nucleados en la Vía Campesina. Desde el Llamamiento de Dakar proclamado en esa ciudad africana en el marco del Foro Social Mundial a inicios de 2011 hasta el lanzamiento de una “alianza global contra el acaparamiento de tierras” promovida por la Conferencia Internacional Campesina realizada en Mali a fines del mismo año, la lucha contra este proceso se ha convertido en el eje central de las acciones campesinas frente a los poderes internacionales (Boletín Nyeleni, 2012).
[6] Nos referimos a la XV en Copenhague en 2009; la XVI en Cancún en 2010; y la XVII en Durban en 2011.
[7] Por ejemplo, los casos de la VALE –Companhia Vale do Rio Doce-, Petrobrás, Odebrecht, Aracruz y Votorantim -las cinco originalmente brasileñas- o del Grupo Los Grobo –originalmente argentino.
[8] La experiencia argentina es bien indicativa de estos procesos. Recordemos por ejemplo que el hostigamiento reiterado a las comunidades campesinas en Santiago del Estero que culminó con el asesinato del militante campesino Cristian Ferreyra a fines de 2011 fue promovido por empresarios locales en asociación con las mafias policiales y políticas de la provincia. En el mismo sentido, las regiones de expansión de la frontera agrícola bajo el agronegocio y la soja transgénica han visto crecer rápidas fortunas de empresarios agrícolas connacionales al calor de estos procesos de despojo y apropiación ilegal de tierras comunitarias y público-estatales.
[9] Entre las mismas se creará el Consejo de Economía y Finanzas de la Unión y se harán propuestas para desdolarizar los intercambios comerciales, promover un fondo anticrisis e incluso reimpulsar el Banco del Sur Aunque estas iniciativas quedarán sin concretarse. La trayectoria del Banco del Sur es en este sentido una buena muestra. Con su primer paso de fundación en 2007, y luego de la adopción de un marco constitutivo que restringe en parte su sentido original, todavía resta la aprobación parlamentaria de alguno de los miembros para que se pueda poner en marcha.
[10] Al COSIPLAN se incorporó el Comité Directivo de la IIRSA como foro técnico asesor, así como fueron reconocidos los resultados alcanzados por este proyecto en el terreno de la integración y se incluyó su cartera de proyectos y el ordenamiento territorial y prospectivo y la metodología de planificación territorial indicativa desarrollada en la IIRSA (COSIPLAN, 2011).
[11] Por ejemplo, en los cuatro años que median entre 2007 y 2011 el precio internacional de la soja creció un 30%, un porcentaje similar lo hizo el crudo de petróleo, el del oro casi un 100%, la plata un 132% y el maíz casi un 58% (Banco Mundial, 2012) siendo el año 2008 cuando se verifican las alzas más importantes. Así, por ejemplo, “en junio de 2008, los precios de los alimentos básicos en los mercados internacionales alcanzaron sus niveles más altos de los últimos 30 años” provocando que, según los moderados datos de la FAO, “otros 115 millones de personas fueron empujadas al hambre crónica” a nivel internacional (FAO, 2009: 6) dando origen a una serie de revueltas del hambre que cruzaron la geografía del planeta.