El dolor ronda la Universidad Pedagogica Nacional. Un testimonio personal

Vega Cantor, Renán

 

En homenaje póstumo a Óscar Arcos, Daniel
Garzón y Lizaida Ruiz, mis queridos estudiantes
 
No aceptes lo habitual como cosa natural.
Porque en tiempos de desorden,
de confusión organizada,
de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer natural.
Nada debe parecer imposible de cambiar”.
Bertolt Brecht

 

La violencia en Colombia es un hecho cotidiano que vivimos desde hace décadas. Nos abruma
con su cortejo de sangre y horror y con ese tenebroso culto a la muerte que, irradiado desde las
clases dominantes a través de sus ideólogos y sus medios de comunicación, se ha enquistado en los
rincones más profundos del alma de gran parte de los colombianos, generando una mentalidad entre
enfermiza y criminal, que es exaltada hoy como una virtud suprema. Se naturaliza la muerte de los
pobres y humildes, convirtiéndola en algo banal, hasta el punto que los mismos que se escandalizan,
con razón, por las torturas que soldados del Ejército
le inflingen a un perro indefenso, son los que
festejan la muerte de campesinos, indígenas y
miembros de la insurgencia cuando éstos son
arrasados con bombardeos criminales o asesinados
periódicamente por ese mismo Ejército. Es decir, se
lamenta el sufrimiento de un animal, pero se
celebra el dolor que se le produce a los seres
humanos, en especial si éstos son pobres.
Ninguna instancia de la sociedad colombiana está al
margen de una violencia estructural que se ha
originado en el hecho indiscutible que este es un
país terriblemente injusto y desigual. Por supuesto,
que la universidad pública no está exenta de esta
dinámica, aunque algunos pretendan aislarla como
si fuera una burbuja artificial, al margen de los
conflictos y contradicciones de esta sociedad. No,
en la Universidad se reproducen a pequeña escala
los problemas del país y lamentables hechos
periódicos se encargan de recordarnos que violencia
atraviesa también a la Universidad pública, como se
evidenció con los trágicos sucesos de la noche del
24 de marzo, cuando una extraña explosión acabó
con la vida de tres jóvenes vinculados a la
Universidad Pedagógica Nacional.
 
1  En el tiempo que llevo vinculado a la
Universidad Pedagógica Nacional como
profesor he visto rondar en el Alma Máter el
espectro de la muerte en varias ocasiones. He
soportado en carne propia, como le sucede a
muchos colombianos que pertenecemos a la
interminable “generación de la violencia” (personas
nacidas después de 1945), el dolor producido por la
muerte de personas muy cercanas, que quiero
evocar en este aciago momento.
 
Miguel Ángel Quiroga Gaona (1972-1998)
 
En septiembre de 1998
fue asesinado por
paramilitares en el
Departamento del Chocó
el sacerdote Miguel Ángel
Quiroga Gaona, quien
luego de realizar sus
votos religiosos estudió
Ciencias Sociales en la
Universidad Pedagógica Nacional, en donde se
graduó en diciembre de 1997. Buen estudiante,
juicioso, serio, responsable, fue mi alumno en el
octavo semestre, en el Seminario de Problemas
Contemporáneos de América Latina. Cada vez que
veo la placa con su nombre en una de las aulas a
donde él tomaba clases, recuerdo la última vez que
hablamos. Fue al terminar el semestre, cuando él se
me acerco para decirme que le había gustado el
curso y que me agradecía porque había aprendido
mucho. Agregó que en pocos días se graduaría. Me
confeso, ‒algo que yo no sabía‒, que era religioso
de la comunidad Mariana, y que luego de graduarse
se iba a vivir al Departamento del Chocó a trabajar
con campesinos y pescadores. Le desee mucha
suerte, el me tendió la mano y nos despedimos.
Nunca más lo volví a ver.
El 18 de septiembre de 1998 fue asesinado en Lloró
por paramilitares que creían que Miguel Ángel había
denunciado a miembros del Ejército por el crimen
de un campesino de la región. Ese día, Miguel
Ángel, o el padre Michel como le decía la gente que
lo conocía, iba en compañía del Párroco de Lloró y
de unos 40 campesinos en un bote, a celebrar las
fiestas patronales. El bote en que se movilizaban
fue interceptado por un grupo de paramilitares que
obligó a descender a sus ocupantes y les pidió
documentos de identificación. Luego de esto, le
dijeron a Miguel Ángel que se quedara con ellos.
Pero éste los interpeló y les preguntó: ¿Por qué me tengo
que quedar con ustedes, si ustedes no son ni siquiera
cuerpos legales para pedir documentación? Yo me voy con
la comunidad”. Entonces sin pronunciar palabra, el jefe de
ese comando paramilitar, alias “Raúl”, sacó su revólver y le
disparó en la cabeza. Lo mató en el momento. El párroco y
los campesinos fueron advertidos que no se podían mover
del sitio hasta que no pasaran dos horas o si no correrían la
misma suerte1.
Me entere de este asesinato en Buenos Aires,
mientras participaba en varios eventos académicos
y políticos. Por esa razón, no pude asistir a los
funerales de Miguel Ángel, pero en el frío y la
soledad de Argentina rumié con amargura el dolor
de la muerte de quien había sido mi estudiante en
la Universidad Pedagógica Nacional y había asumido
conscientemente el compromiso de trabajar por
construir otro país, humano e igualitario, decisión
valiente que pagó con su propia vida.
 
Darío Betancourt Echeverri (1952-1999)
 
El viernes 30 de abril de 1999, a eso de las cinco de
la tarde, en uno de los pasillos del Edificio A de la
Universidad Pedagógica Nacional charlamos durante
largo rato con Darío Betancur, por entonces
Director del Departamento de Ciencias Sociales, mi
amigo desde la época en que habíamos estudiado
en la Maestría en Historia de la Universidad
Nacional. Conversamos animadamente de
numerosos asuntos de la Universidad y del país.
Cuando nos despedimos, recuerdo sus últimas
palabras: “No sé si mañana pueda asistir a la
marcha del primero de mayo, porque tengo que ir
al sepelio del profesor De Plaza (un colega que
acababa de fallecer) y además tengo una salida al
Valle del Cauca. De todas maneras, si no nos
encontramos mañana nos vemos la otra semana”.
Pocas horas después, Darío fue secuestrado y luego
asesinado a sangre fría.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Al día siguiente en las horas de la tarde, sábado 1
de mayo, me llamó su hija mayor para preguntarme
si sabia algo de Darío. Me entere que no había ido a
su casa la noche anterior y nadie tenía noticias de
él. Desde ese momento, y durante varios meses,
muchos amigos, estudiantes y colegas de Darío nos
dimos a la tarea de buscarlo con persistencia,
siguiendo los rumores de algunas personas que
decían haberlo visto deambulando en apartadas
calles de Bogotá. Hicimos denuncias públicas,
organizamos charlas, eventos, marchas, mítines
reclamando el regreso sano y salvo de nuestro
compañero. Todo fue inútil. A comienzos de
septiembre de 1999, se confirmó que unos restos
encontrados en cercanías a la capital del país
correspondían a nuestro amigo Darío Betancourt.
Con Darío nos unían intereses comunes y tuvimos
una carrera académica similar. Los dos estudiamos
Historia en la Universidad Nacional, trabajamos en
las universidades Santo Tomas, Distrital y
Pedagógica Nacional. Nos cruzamos en la ciudad de
París, a donde ambos fuimos a estudiar. En
términos académicos, intelectuales y políticos
teníamos bastantes afinidades, como se evidenciaba
con los temas que nos preocupaban, en especial la
historia colombiana del siglo XX, el conflicto agrario
y la violencia, así como la enseñanza de la historia.
Alguna vez hablamos de escribir un Manual de
historia social de Colombia, proyecto que nunca
logró realizarse. Por todas mis afinidades con Darío
y nuestra amistad, este terrible suceso me impactó
mucho, hasta el punto que me paralizó en mis
actividades académicas e intelectuales durante
algún tiempo, tal vez porque evidenció la fragilidad
de los profesores e investigadores críticos e
independientes en Colombia, ya que debe
recordarse que la muerte de Darío estuvo
relacionada con el último libro que publicó, donde
analizaba la violencia narcoparamilitar en el Valle
del Cauca2.
 
Andrés Eduardo Barbosa Vivas (1986-2010)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Otro de mis jóvenes estudiantes, Andrés Eduardo
Barbosa, murió de forma absurda, aunque esta vez
no por la violencia política, sino por otro tipo de
violencia que poco suele mencionarse, como es la
producida por los automotores. En efecto, el viernes
6 de agosto de 2010 fue arrollado por una
motocicleta cerca de su lugar de trabajo. Tan
lamentable es morir por hechos relacionados con la
violencia política y social que desangra a este país,
como por esa otra violencia –incluso más costosa
que la primera- causada por los automotores, como
una clara muestra de la forma como el
individualismo, el arribismo y la competencia
desenfrenada ocasionan muertes a vasta escala en
todos los lugares, como Bogotá, donde se ha
implantado ‒como dice Eduardo Galeano‒, el poder
de los autómatas; es decir, de aquellos que no
caminan sino que andan siempre en dos o cuatro
ruedas.
Andrés Vivas fue mi discípulo durante varios
semestres. Tuvo el gran detalle, que resulta
inolvidable para un profesor, de obsequiarme un
ejemplar de su primer libro de poesía, Desdóblate
silencio. Cuando me lo entregó me dijo con mucho
orgullo que con ese trabajo hacia sus primeros
pinitos en el mundo editorial, pero que ya llevaba
algún tiempo dedicado a escribir poesía.
Poco antes de su muerte me lo encontré en una
librería del Centro de Bogotá, en donde me dijo que
dictaba clases en un colegio, que estaba muy
contento y preparaba nuevos libros de poesía. “Vivir
es cuestión de energía”, estaba escrito en un
tatuaje que portaba en uno de sus brazos y que lo
acompañó hasta el instante en que exhaló su último
suspiro. Al morir tenía 24 años, en plena flor de la
vida y cuando empezaba a conocerse como una
gran promesa de la poesía colombiana. En su
homenaje se realiza un concurso de poesía que
lleva su nombre. Nada mejor que recordarlo, en
este momento trágico, con uno de sus poemas,
Obsidiana”:
Vengo de la tierra mordida por los perros,
de las conspiraciones y los oprobios,
del frío plomizo sobre toda la existencia
de la selva sabia y guerrera
al caos similar de las calles.
Vengo de las luchas intestinas,
no el feto desechado de la guerra,
el enfermizo impulso muscular por acrecentarse
y cómo a esta alma de acero le hablan las cosas elementales
le cuentan sus secretos
unas desarrollaron espinas ante la barbarie;
otras, bellos colores;
yo desarrollé mi silencio,
la capacidad mental,
la explosividad incesante que imprimo en cada uno de mis
actos.
Soy de un material antiguo, probado por los sabios
vengo del fondo de la Tierra, me forjó la tristeza
soy la santificación del dolor
mantente conmigo hasta el final y te daré un secreto
sólo a los más altos los revelo
mi alma es verde y doy visos negros.
 
Hemos hecho este pequeño ejercicio de
memoria personal, relacionada con sucesos
violentos que han enlutado a la Universidad
Pedagógica Nacional y a mí en particular, para
enmarcar en un contexto más amplio los hechos
trágicos de la noche del sábado 24 de marzo en la
ciudad de Bogotá.
He tenido que esperar algunos días para poder
escribir, porque la rabia, el dolor y la indignación
me lo han impedido. Estaba, como lo sigo estando,
perplejo, atónito, paralizado por un terrible dolor,
que me carcome las entrañas y me produce un
vacío insoportable, una angustiante sensación de
impotencia y desolación. A pesar de todo, intentaré
sobreponerme y decir unas cuantas palabras sobre
mis queridos alumnos y amigos.
Tuve el privilegio y la fortuna de impartirles clases
en varias ocasiones a Óscar Danilo Arcos (1991-
2012), Daniel Andrés Garzón (1989-2012) y Lizaida
María Ruiz Borja (1987-2012), jóvenes promesas de
la educación colombiana, y comprometidos en la
lucha por una Colombia diferente, justa,
democrática y decente.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hasta donde sé, fui el
único profesor de la UPN
que tuvo como
estudiantes a los tres
jóvenes mencionados, lo
cual me enluta de
manera directa, porque
siento que han muerto
personas de mi familia,
como si fueran los hijos
que no he tenido.
Óscar fue mi estudiante
en los cursos de Taller de
Historia, Desarrollo
Económico y Social de
América Latina y Problemas Contemporáneos del
Mundo. Daniel lo fue del Taller de Historia. Y
Lizaida, que estudiaba Lenguas Modernas, asistió
durante varios semestres a Problemas
Contemporáneos del Mundo y Problemas de
América Latina. Los tres eran puntuales,
disciplinados, estudiosos, preocupados y sensibles
por los temas tratados y propuestos en clase.
Recuerdo que Lizaida, a pesar de no estar
matriculada de forma regular, era la primera en
llegar y la última en irse, atenta a todo lo que se
decía y discutía. Hasta tal punto esto es cierto que
el lunes 25 de marzo, en la funeraria su compañera
sentimental ‒también alumna mía‒ me dijo
señalándome el ataúd: “Profesor Renán, aquí está
su estudiante más fiel, más puntual, la que nunca
faltaba a su clase, y a la que usted más impactó, la
que siempre hablaba bien de usted”.
Lizaida ya se había graduado y se desempeñaba
como profesora en un colegio de Bogotá. En la
funeraria se encontraban varios de sus amigos y su
padre, un campesino desplazado de la costa
atlántica, con dignidad velaba a su hija en la fría
noche bogotana, antes de llevarla a Sincelejo, lugar
de donde era oriunda y se convirtió en su última
morada.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Óscar y Daniel no sólo fueron mis estudiantes, sino
que se convirtieron en mis amigos, con los cuales
hablaba de manera más o menos continua. Por eso,
los pude conocer un poco más que a la mayoría de
estudiantes que asisten a mis cursos. A partir de
este acercamiento, puedo decir que los dos tenían
pasta de maestros, de educadores y de
investigadores. Eran estudiosos, juiciosos,
despiertos, ávidos de
aprender y de saber.
Continuamente
hablábamos de diversos
temas, de sus
inquietudes académicas,
de sus preocupaciones
bibliográficas y hasta de
fútbol, como hinchas de
Santafé que eran. Óscar
me buscó en repetidas
ocasiones para hablar
sobre su trabajo de grado
y me incluyó en la lista
de personas que pensaba
entrevistar para esa
investigación, que versaba sobre la historia del M-
19. Esta es la razón fundamental que explica por
qué en su domicilio se encontraron documentos
relativos al M-19. Eso era elemental, porque
simplemente su tema de investigación consistía en
reconstruir la historia de esa organización.
Lamentablemente, las veces que programamos la
entrevista, siempre sucedió algo y se tuvo que
cancelar; en una ocasión porque Óscar se enfermó
y en otra porque no contaba con dinero para tomar
el bus que le permitiera llegar a la UPN, lo que
demuestra las dificultades que debe afrontar un
joven humilde que estudia en una institución
pública. Ahora lamento con dolor que esa entrevista
no se hubiera podido realizar, quedó postergada
para la eternidad.
Daniel tenía una chispa a flor de piel, por sus
comentarios picantes, su sarcasmo e ironía. Cada
vez que me lo encontraba tenía alguna pregunta o
comentario que me planteaba para iniciar una
amena charla. Me decía que había leído el último
artículo de mi autoría publicado en Rebelión, me lo
comentaba con detalle y me preguntaba cuándo iba
a publicar otro. Me contaba anécdotas que le
habían sucedido y me recordaba charlas o
conferencias a las que había asistido y los temas
que se habían debatido.
Durante el paro estudiantil de finales del 2011,
Óscar y Daniel tuvieron una participación activa de
principio a fin. Desde el primer momento se
comprometieron con el movimiento con convicción,
estuvieron en el campamento, en las reuniones de
los estudiantes, en las asambleas, en las mesas
redondas, en las conferencias, en las marchas.
Óscar demostró su capacidad de liderazgo y su
compromiso solidario con la universidad pública.
Durante el paro me los encontraba de manera
constante, casi todos los días. Charlábamos,
comentábamos todo lo
que sucedía en la
universidad y fuera de
ella. En el ámbito de la
lucha estudiantil, ambos
demostraron un
compromiso real, y no
sólo de palabra.
En el plano académico,
los dos brillaron con luz
propia: Óscar como
aventajado estudiante,
preocupado por la historia
de Colombia, y Daniel en
la cátedra del
bicentenario. Ambos
combinaron ‒lo que suele
ser poco frecuente en el
medio universitario‒, el
compromiso social y
político en defensa de la
educación pública, con la
altura y la seriedad
académicas. Prometían ser dos excelentes
profesores, pero han muerto en forma prematura.
En Óscar y Daniel se combinaba su alma de niños
con la fortaleza y determinación de los jóvenes. De
niños tenían su sonrisa, su transparencia, su
sinceridad y desprendimiento; de jóvenes adultos
tenían su seriedad académica, sus convicciones, su
deseo de saber y de llegar a ser unos maestros de
verdad. De niños nos quedo esa sonrisa sincera, a
flor de piel, dispuesta a ofrecerla siempre a las
personas que con ellos departían. De jóvenes nos
quedó su compromiso como estudiantes y su
fraternidad solidaria.
Recuerdo la última vez que hablé con cada uno de
ellos. Con Óscar, el miércoles 14 de marzo, al
concluir una reunión sobre la acreditación de la
Licenciatura en Ciencias Sociales. Cuando yo me
retiraba de la universidad, se me acercó y me dijo
que tenía una invitación especial para mí, para que
dictara una conferencia en la UPN apenas
comenzara el semestre, es decir, en la última
semana de marzo. El tema de la conferencia, que
nunca llegó a realizarse, ‒vaya cruel paradoja‒,
versaría sobre la violencia actual del país, más
exactamente sobre la pena de muerte en Colombia,
no reconocida pero existente. Fue una charla muy
breve, pero la recuerdo porque fue la última.
Quedamos de volver a hablar, pero esto nunca
sucedió.
Con Daniel, me encontré al finalizar el semestre
anterior, en un día de febrero, en un pasillo de la
universidad. Hablamos largo
rato sobre el paro del año
anterior y las perspectivas de
reactivar el movimiento
estudiantil para el semestre
que venia. Ahora, luego de
su desafortunada muerte, los
recuerdo con dolor en todos
los lugares donde los vi, los
acompañé y dialogué con
ellos. He sentido su
presencia y escuchado su
risa en los pasillos, en los
corredores, en los patios de
la Universidad y en las calles
de la ciudad por donde
desfilamos en varias
ocasiones.
Yo que los conocí de cerca,
rechazó los infundíos y
calumnias que se han
lanzado al aire desde el
mismo momento de los
trágicos sucesos en que perdieron la vida mis tres
queridos estudiantes. Todos ellos eran bondadosos,
sinceros, espontáneos, alegres, transparentes. Que
distantes de las mentiras que han dicho los
periódicos, periodistas y noticieros de radio y
televisión, todos esos que, como dijo Heinrich Böll,
son “asesinos por partida doble, pues terminaban
con la vida y la reputación de las personas” y
porque la misión de ciertos periodistas radica en
arrebatar su honor, su prestigio y su salud a
personas inocentes”3. Qué distantes mis jóvenes
estudiantes de aquellos que los muestran como
carentes de sentimientos y de alegría, cuando eran
la personificación del júbilo juvenil y de la risa
sincera. Qué distantes mis jóvenes amigos de todos
los insensibles, inhumanos e insolidarios de estos
días y de siempre (como el ilegitimo rector de la
Universidad Pedagógica y su corte de bufones de
quinta categoría), cuando ellos eran la fraternidad y
la solidaridad sin hipocresías. Ellos dos eran la
expresión de la edad juvenil, la más hermosa de la
vida. Como decía José Martí: “Esta juventud
entusiasta es bella. Tiene razón, pero aunque
estuviera equivocada, la amaríamos”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
En momentos desgraciados como los que nos
ha tocado vivir en estos días sale a la luz
pública, como diría Charles Dickens, lo mejor y
lo peor de la sociedad colombiana. Lo peor, los
chacales de la muerte, los que mienten y calumnian
y se burlan del dolor ajeno con sus danzas
macabras, de odio y de rencor. Son los cultores de
la venganza, los mismos que piden más represión y
mano dura, que viven sedientos de sangre. Son los
indiferentes, a los que nada les interesa,
únicamente su propio conformismo y adaptación.
Son los insensibles que no les importa el dolor de
los allegados a los compañeros muertos. Son los
mismos que intoxicados por las mentiras de
falsimedia saben con certeza, y sin pruebas, lo que
sucedió la fatídica noche del 24 de marzo, y no
muestran el menor resquicio de duda sobre las
versiones oficiales. Los mismos que colocan en la
picota pública a los familiares de los estudiantes,
que los calumnian y difaman, sin la menor
vergüenza y respeto por su sufrimiento. Esta faceta
horrible de la sociedad colombiana muestra hasta
qué punto se ha impuesto el fascismo social, que
pide más y más sangre, más y más venganza y
muerte. El grado de civilidad de una sociedad puede
sopesarse por el respeto que les guarde a los
muertos y, con lo visto en estos días, con la
celebración criminal de los jóvenes muertos en
Bogotá y en otros lugares del país, no queda
ninguna duda sobre el nivel de barbarie que la
propaganda criminal de los dueños de este país ha
engendrado en diferentes sectores de la sociedad
colombiana.
Pero además de lo peor, también ha aflorado lo
mejor que queda de Colombia. Se ha mostrado la
solidaridad, la fraternidad, el dolor, el luto de un
importante sector de la comunidad universitaria,
principalmente del Departamento de Ciencias
Sociales de la UPN y de los familiares de los
estudiantes muertos. Eso se vio en la sala de
velación, a donde concurrieron cientos de jóvenes
tristes y afligidos. Y se evidenció también en la
marcha de un grupo de estudiantes y profesores
que desfilamos hasta la funeraria y luego hasta el
Cementerio Central, en donde fueron inhumados los
cadáveres de Óscar y Daniel.
Debe resaltarse la dignidad y valor de los padres y
madres de nuestros estudiantes que dieron un
ejemplo de decoro, ante tanta mentira. A mí
personalmente, ellos me mostraron lo mejor de esa
otra Colombia, humillada pero altiva. Ellos se
acercaron y me saludaron de manera especial
aunque no me conocían personalmente, porque
según dijeron con la elocuencia y la sinceridad que
proporciona el dolor y la humildad‒, yo era el
profesor del que siempre hablaban sus hijos, ellos
les comentaban mis libros, mis escritos y mis clases.
Y en el mejor homenaje que se le puede hacer a un
profesor ‒algo imborrable para mí‒, las madres de
Óscar y Daniel me contaron, entre abrazos y
sollozos, que sus hijos querían ser como yo.
A esos padres y madres adoloridos les solicité que
me permitieran dar el último adiós a mis amigos,
como efectivamente lo hice el miércoles 28 de
marzo en el cementerio central de Bogotá, en horas
del mediodía. Ante una abigarrada concurrencia de
más de mil personas compungidas y tristes, tuve
que sobreponerme y despedir a mis queridos
estudiantes, pronunciando unas palabras que me
salieron de lo profundo del alma. Era una obligación
moral y pedagógica acudir a esta última cita, a
acompañar a mis brillantes estudiantes. Trate de
dar lo mejor de mí, pese a estar abatido. No sé si lo
conseguí, sólo sé que intente ser fiel a mí mismo. A
estas alturas, solamente puedo citar las palabras de
Miguel Hernández: “No hay nada negro en estas
muertes claras/ Pasiones y tambores detengan los
sollozos/ Mirad madres y novias sus transparentes
caras: la juventud verdea para siempre en sus
bozos”4.
 
4  La muerte trágica de Óscar, Daniel y Lizaida
está inscrita en la lógica de una guerra
declarada, pero nunca reconocida, que el
capitalismo colombiano adelanta contra los jóvenes
pobres y humildes, que mueren todos los días de
Múltiples maneras, en campos y ciudades. Mueren
niños y jóvenes ocupados en trabajos degradantes,
como en las minas de carbón o de esmeraldas.
Mueren niños y niñas como resultado de la falta de
educación, salud, recreación, obligados como están
a prostituirse para conseguir un mendrugo de pan
que les permita malvivir. Muren los niños
abandonados en las calles. Mueren los jóvenes
campesinos, junto con sus padres, por reclamar sus
tierras, como ha sucedido la semana anterior con
Samir Ruiz, de quince años, hijo de Manuel Ruiz,
líder de los labriegos que exigen la devolución de
sus tierras en el Departamento del Chocó. Mueren
jóvenes campesinos de las filas insurgentes
brutalmente bombardeados desde aviones y
helicópteros mientras duermen, como muestra de la
valentía” del Ejército colombiano. Mueren miles de
jóvenes pobres a manos de las fuerzas represivas
del Estado, siendo presentados como “falsos
positivos”, un eufemismo para no hablar del
terrorismo de Estado. Mueren los jóvenes
estudiantes en las universidades públicas,
perseguidos, acorralados y reprimidos por el ESMAD
(Escuadrón Móvil Anti Disturbios), como viene
sucediendo en Colombia desde hace mucho tiempo,
en un cortejo de muerte que se ha acelerado en los
últimos meses, a raíz de la extraordinaria
movilización universitaria de finales del año anterior.
Son sorprendentes las coincidencias presentadas en
los últimos hechos en los que han muerto
estudiantes, como sucedió con Jan Farich Chen
Lugo en Cali, con Edwin Ricardo Molina Ceballos en
Tunja y con los tres estudiantes de la Universidad
Pedagógica Nacional. Existe un similar modus
operandi que debería llevar a preguntarse, a
cualquiera con dos dedos de frente, por qué tanta
similitud en la muerte de estos estudiantes
(supuestamente con papas bomba), en momentos
en que se ha dado un repunte de las luchas
estudiantiles.
Esta guerra del capitalismo colombiano contra los
niños y jóvenes pobres y humildes no conoce
límites, combina todas las formas de lucha, recurre
a los ejércitos oficiales y paraestatales. Es una típica
guerra de clases, en la que un escenario primordial
es la universidad pública, por lo que representa
como espacio de reflexión y de pensamiento crítico.
Este pensamiento crítico debe llevarnos a preguntar
¿por qué mueren nuestros jóvenes devorados por
este capitalismo gangsteril que se ha enseñoreado
en Colombia? ¿Por qué muchos de nuestros jóvenes
pobres se ven obligados a tomar el camino de la
rebelión contra el orden establecido? ¿La exclusión,
la injusticia, la desigualdad y la desesperanza del
presente y el futuro incierto no están relacionados
con la guerra militar y social que se vive en
Colombia? ¿Es democrática una sociedad en la que
los jóvenes pobres soportan la exclusión, la
intolerancia, el odio de clase y mueren en su
plenitud vital? ¿Pueden considerarse como
democráticas unas universidades públicas en las
que ya no es posible disentir y en las que ya no
pueden estudiar los más pobres por la rampante
mercantilización y privatización que las destruye
como centros de pensamiento? Por último,
podemos cuestionarnos con la frase de Bob Dylan,
a propósito del exterminio de nuestros niños y
jóvenes: “Cuántas muertes más serán necesarias
para darnos cuenta de que ya han sido
demasiadas”.
Ante este desolador panorama, vale la pena evocar
la pregunta que se hacía Mario Benedetti: “¿Qué les
queda a los jóvenes?” Les queda vivir intensamente
y luchar para construir otro mundo, como lo
hicieron en su corta vida Óscar, Daniel y Lizaida. O,
en las propias palabras del escritor uruguayo:
Les queda […]
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros […]
les queda respirar/ abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos […]
también les queda […]
tender manos que ayudan/ abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente 5.
 
Bogotá, abril 6 de 2012
 
NOTAS
1. http://www.verdadabierta.com/nunca-mas/229-perfiles/1842-miguel-angel-quiroga-gaona-sacerdote-asesinado
2. Ver: Darío Betancourt Echeverri, Mediadores, rebuscadores, traquetos,y narcos. Valle del Cauca, 1890-1997, Ediciones Antropos, Bogotá,
1998.
3. Heinrich Böll, El honor perdido de Katharina Blum, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2010, p. 112.
4. Miguel Hernández, “Llamo a la juventud”, en Poemas sociales de guerra y de muerte, Alianza Editorial, Madrid, 2001, p. 82.
5 Mario Benedetti, “¿Qué les queda a los jóvenes?”, en La vida ese paréntesis, Editorial Planeta, Barcelona, 1999, pp. 151-152. (Énfasis
nuestro).