El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y “latino”(1300-2000) Historia, corrientes, temas, filósofos

Infranca, Antonino

Enrique Dussel, Eduardo Mendieta, Cármen Bohórquez (editores)
CREAF/Siglo XXI Editores, México, 2009, 1.111 páginas
 
“Esta obra fue proyectada, más que como libro, como el inicio de un movimiento filosófico continental. Es decir, los autores de las contribuciones tienen conciencia de que la tarea que han asumido es de tal envergadura que no pueden sino cumplirla parcialmente. Los trabajos a lo largo y ancho de toda la región latinoamericana sobrepasan a los especialistas de la historia o de temas expuestos en el orden nacional” (pág. 7). Con estas palabras, Enrique Dussel, uno de los tres editores de la obra, presenta al lector algunas de las características de la misma y también de las dificultades para organizarla. Antes que nada, el grandísimo arco temporal, cerca de siete siglos, y sobre todo la gran novedad de comenzar desde antes de la conquista hispánica del continente latinoamericano, o sea, antes que con los conquistadores desembarcase en América Latina la filosofía occidental. Y asumiendo con esto que la filosofía no es una exclusividad de la cultura europea, porque “todos los pueblos tienen ‘núcleos problemáticos’ que son universales y consisten en aquel conjunto de preguntas fundamentales (es decir, ontológicas) que el homo sapiens debió hacerse, llegado a su madurez especifica” (pág. 15) explica Dussel en la introducción de la sección destinada a la filosofía precolombina. Así, las treinta páginas dedicadas simplemente la descripción de aquella concepción del mundo precolombino, sirven para presentar la cornisa sobre la cual se trazará el desarrollo de la filosofía latinoamericana. De este modo, asimismo, los tres editores entienden que del pensamiento filosófico no participan solamente las poblaciones de origen y cultura europea, sino toda la población latinoamericana.
El otro aspecto de la obra es la intención de superar las divisiones nacionales, para presentar un cuadro general del desarrollo de la filosofía latinoamericana. La precedente y tradicional diferenciación en filosofías nacionales –por ejemplo la filosofía argentina, la brasileña, la colombiana, la mexicana, etcétera– es un resabio de la cultura europea, una forma de eurocentrismo. La filosofía latinoamericana se ha desarrollado en su mayor parte en español y portugués, es decir en las dos lenguas de la cultura latinoamericana, sin las divisiones, las caracterizaciones y los reduccionismos de la filosofía europea. Piénsese en las características casi irreductibles de la filosofía inglesa respecto de la continental, y más aún en las características de la filosofía francesa con respecto a la alemana; pues bien, las diferencias y las características de las varias filosofías nacionales latinoamericanas no están tan acentuadas como para hacer pensar en una filosofía argentina totalmente distinta de la mexicana o de la chilena, y lo mismo vale para las restantes. Quien pretenda a todo costo encontrar diferencias radicales, estará denunciando claramente su propia dependencia de las categorías de la cultura europea. La filosofía latinoamericana se encuentra en la condición histórica en que se encontraba la cultura europea antes del nacimiento de las naciones, cuando Descartes estudiaba y se formaba con textos del español Suárez, o el alemán Leibnitz escribía en francés y viajaba a Holanda para encontrar al judío holandés Spinoza o mantenía correspondencia con filósofos sicilianos. La lengua de la comunicación era el latín, así como hoy los filósofos latinoamericanos se comunican en español. La América Latina tiene la condición originaria de ser un continente cultural, algo que Europa está comenzando a ser en las dos últimas décadas.

El volumen que aquí presento está dividido en cuatro partes de extensión casi igual, unas doscientos cincuenta páginas cada una. La primera es una historia de la filosofía latinoamericana, la segunda se refiere a las corrientes filosóficas del siglo XX, la tercera a los temas filosóficos y la cuarta está constituida por breves biografías de filósofos y pensadores. Como es natural, en esta última parte pueden encontrarse muchas ausencias, como siempre ocurre en tales casos, pero teniendo en cuenta que a cada filósofo se dedican unas pocas decenas de líneas, la resultante es que la lista incluye a centenares de nombres con lo que la cantidad puede suplir ausencias. Para cubrir algunas lagunas está también la presentación de algunos pensadores “latinos” –esto es pertenecientes a la cultura latinoamericana– a pesar de que vivan en los Estados Unidos.
El público al que se dirige la obra es obviamente un público culto, constituido por los estudiosos de la materia latinoamericanos, pero podrá ser leído también por estudiosos europeos, norteamericanos, asiáticos y africanos, porque “es un capítulo de la filosofía y la cultura inexplicablemente inédito” (Dussel, pág. 10). Los africanos o los islámicos podrán tomarlo como estímulo para un enfoque similar referido a su propia cultura, y lo mismo podrán hacer algunas regiones homogéneas de Asia. Imposible sería repetir semejante tarea en la cultura europea y no sólo por la cantidad, sino sobre todo por el déficit de homogeneidad. La cultura europea, como arriba he escrito, no es una cultura continental, es decir no tiene un carácter propio y genérico al mismo tiempo, no se ha formado, a diferencia de la cultura latinoamericana, como reflejo homogéneo de una otra cultura, no ha tomado conciencia de sí, como está haciendo en este comienzo de siglo la cultura latinoamericana, como contra-cultura de una cultura opresiva y dominante como lo es la europea. Justamente, el carácter de predominante no ha permitido a la cultura europea homogeneizarse, el darse una identidad comunitaria continental. Aún hoy alemanes y franceses pretenden tener una superioridad cultural sobre la Europa mediterránea, los filósofos italianos o españoles no dialogan con los de la otra ribera del Mediterráneo, los ingleses se sienten apartados del continente, los filósofos de la Europa centro-oriental no llegan a recomponer aquella comunidad cultural Mitteleuropea. En América Latina, en cambio, la cuasi comunidad lingüística y la común matriz espiritual cristiana han ofrecido condiciones para la toma de conciencia latinoamericana.
A esta condición originaria luego vino a agregarse en el curso del tiempo la exclusión sufrida por parte de la cultura europea, que se ha radicado perfectamente en Norteamérica, donde la cultura indígena fue casi totalmente extinguida, con lo que se crearon las condiciones para una implantación completa de la cultura europea, en tanto que en América Latina la cultura europea ha debido interactuar con lo que permanecía y resistía de la cultura indígena. Precisamente de este choque de civilizaciones ha nacido la cultura y la filosofía latinoamericana, que hoy comienza a darse instituciones y organizaciones comunitarias ya sea en clave específica, ya sea como propuestas culturales para Europa y para el resto del mundo. Esta obra lanza un desafío también al lector europeo: ¿es posible construir un carácter común de la cultura europea? ¿Sobre qué fundamentos ponerla? ¿En cuáles valores espirituales inspirarla? Estos son los motivos que me llevan a pensar que el estudio de esta obra puede interesar no sólo a los expertos de América latina, sino también a los intelectuales europeos más dispuestos a cuestionarse sobre sus propias raíces espirituales y culturales.