De la utopía posmoderna a la utopía de la seguridad

Guevara, Celia

Desde la antigüedad, desde su creación misma, la ciudad ha sido receptora de los pensamientos utópicos de la sociedad que la habita. La utopía actual de la seguridad urbana, con la creación de esos barrios cerrados que han ido deformando los suburbios de Buenos Aires y de otras ciudades latinoamericanas, se corresponde con los miedos platónicos del siglo V A.C. relacionados con el despertar de las aspiraciones sociales de los campesinos atenienses, miedos incluso detectables en La República de Platón (ya criticada por sus contemporáneos, que se refieren a su autor como viejo reaccionario). El miedo al cambio, miedo platónico por excelencia, lo llevó a la creación de una ciudad ideal y de una sociedad inmóvil.1

La relación entre el miedo y la construcción de la ciudad protagoniza numerosos estudios urbanos de la última década. Algunos autores, como Zygmunt Bauman y Mike Davis, muestran cómo la obsesión por la seguridad tiene su traducción espacial en un nuevo apartheid urbano que interesa a todas las ciudades globales.2 Éste es un fenómeno latinoamericano y Buenos Aires no es ajena a él. Ejemplo de esto son las nuevas urbanizaciones de Tigre, donde Nordelta, por caso, se ubica como ciudad satélite de Constantini, y las desigualdades sociales se reproducen entre los nuevos ricos a través, por ejemplo, de sus tres elitistas colegios privados (Northlands, Michael Ham y Cardenal Newman).3

Esta forma de apartheid ha sido comparada con formas de control propias del siglo XIX, cuando frente a los levantamientos del pueblo francés de 1830 a 1848 se transformó el paisaje urbano para mejorar el control y la represión (por ejemplo, abriendo bulevares rectos para deslizar los cañones y las tropas gubernamentales).4 Así como en la París de 1848 Georges-Eugène Haussmann llevó a cabo la expulsión de los artesanos hacia la periferia como forma de prevención del delito revolucionario, de la misma manera la última dictadura militar argentina expulsó a los trabajadores hacia el área suburbana. Sin embargo, la actual proliferación de barrios cerrados no se digita desde los gobiernos, sino que constituye una expresión más de ese capitalismo desorganizado del que habla Bauman, que comienza con el posmodernismo y se expresa a través del miedo urbano, del temor a los levantamientos sociales de desheredados en busca de vivienda y alimentos.
Significativamente, en los suburbios argentinos la proliferación de barrios cerrados tipo countries u otros, crece cerca de las villas miserias, o sea, al lado del peligro mismo. Muchos autores han comparado las nuevas torres, las así llamadas torres countries5, con las torres y murallas medievales, erigidas para defenderse de un enemigo externo (el enemigo externo no era, como podría creerse, sólo el campesinado que se alzaba frecuentemente contra los señores feudales sino también los señores de las ciudades rivales).6 Por otra parte, según Rossi, los artesanos medievales del siglo XIII se organizaban alrededor de los patios internos de las ciudades italianas, pudiendo así protegerse de las flechas de los caballeros –que sólo eran útiles en las largas calles circunvalantes– y defender sus viviendas contra los nobles arrojando piedras y agua caliente desde los balcones. Así, La Boca copia este diagrama urbano medieval que termina resultándole útil a los anarquistas de fines de siglo XIX y principios del XX en sus luchas en la ciudad de Buenos Aires (Guevara, 2004).
Estas nuevas torres representan a ese enemigo interno sólo adivinado o intuido por Aristóteles cuando dice que las formas antiguas son útiles contra el enemigo externo, puesto que son fáciles de defender, mientras que las formas hipodámicas modernas se utilizan para control del enemigo interno. Buenos Aires, como ciudad ideal creada por las Leyes de Indias, responde a esta última forma urbana de Ciudad controlada.
Esta deformación espacial está perfectamente expresada en el relato Una semana de jolgorio7 en el cual el protagonista, un rico calavera de 1919, sale a la calle en la mañana del comienzo de una de las grandes huelgas obreras argentinas (el levantamiento de la fábrica Vasena contra sus propietarios) decidido a llegar hasta el hipódromo. En su estupefacción al no encontrar ningún transporte comienza a caminar hacia el suroeste casi sin rumbo, buscando un coche de alquiler y se encuentra sin saber como en el barrio de las Ranas, o sea, en la zona de la Avenida Amancio Alcorta que lleva hacia el Puente Alsina (considerado entonces un límite muy alejado de la ciudad). El protagonista no sale de su asombro, espera encontrar una cuadra, una esquina que lo tranquilice y le devuelva su espacio heredado, la repetición de una geometría conocida, pero se encuentra con un campo vasto y atravesado por una calle serpenteante. El posterior encuentro del extraviado con los huelguistas y su detención para ser fusilado como anarquista, representan en el relato la pérdida de su identidad ciudadana e individual, relacionada, no cabe duda, con la pérdida de su percepción de un espacio propio y conocido representado por la tranquilizadora cuadrícula.
 
La posmodernidad

Sería difícil establecer un límite o una fecha de comienzo al nacimiento de la forma de la llamada posmodernidad, una inauguración en la ciudad. ¿Cuándo empieza ésta? ¿Cuándo se transforma en lo que actualmente pudiéramos llamar deconstrucción? Lo que interesa es cuándo la ciudad comienza a dejar la filosofía de la modernidad y comienza una nueva etapa.
Una hipótesis que sostengo frente al pensamiento de la posmodernidad es la de que sus ideólogos no han podido escapar a la imagen del mundo que los formó, el mundo de las guerras, de la destrucción, de los vacíos tanto espaciales como temporales y afectivos.
De la misma manera en que los griegos para imaginar el cosmos se veían obligados a encontrar referencias en su propio mundo, en su propia ciudad (y no lo contrario, como imagina Platón) y en espacios construidos, espacios que además de conceptos representaban hechos sensibles y apreciables corporalmente, así los pensadores posmodernos deben basarse en su propia experiencia vivida.
Como Anaximandro, que imaginaba la destrucción de los elementos cósmicos en relación a su zona natal de terremotos, en la Jonia, así los posmodernos, ideólogos de la destrucción y la desesperación, han sido formados en el resultado de las guerras y de la destrucción y sus consecuentes vacíos. Así como para los griegos primitivos la destrucción de sus ciudades por terremotos influía en su posición filosófica, dando a luz concepciones de un Cosmos destruido por cataclismos celestes (los elementos se hacen justicia unos a los otros), los filósofos de la posmodernidad no han podido escapar a una imagen de destrucción, consecuencia de las guerras, que afectó su imagen cósmica y les llevó a una concepción desencantada de la existencia donde lo que priman son los vacíos dejados por las bombas o las matanzas. Vacíos entonces, de nuevo, espaciales, temporales y afectivos.
Que esta filosofía coincida con el desarrollo de la ciencia, que a los vacíos se sume el concepto de lo fragmentario (matemáticas fractales) o del caos (teorías del caos), no hace más que confirmar la posición ambigua de la ciencia en el desarrollo social. Esta forma de desarrollo ha creado por un lado los no lugares y, por otro, los lugares aislados, fragmentados, separados del contexto general de la ciudad.
La estrategia económica, por su parte, es reforzada por esta situación urbana (Zaera, 1994) según mecanismos de desplazamiento temporal que permiten convertir el capital fijo en capital móvil (Harvey, 1985) o de desplazamiento espacial que permiten abrir nuevos espacios de crecimiento para la absorción de los excedentes de producción (infraestructura, transporte, investigación tecnológica, mano de obra). Todo esto es utilizado para resolver las crisis de acumulación de plusvalías. Es decir que las crisis del capitalismo son absorbidas por medio de la reestructuración constante del espacio. Esta compleja situación económica es acompañada por una estética de la fragmentación y del caos espacial.
Si esta estética del vacío, del abandono y del caos se corresponde con los desastres de las guerras, importa saber a qué guerras corresponde la situación caótica de nuestras ciudades en Latinoamérica. En Argentina, y particularmente en Buenos Aires, la estética de la nueva modernidad ganó la ciudad coincidiendo con los años del horror (Guevara, 2001).
El arquitecto Rem Koolhaas, representa y ha representado desde los años ‘70 uno de los más importantes defensores de las doctrinas de la posmodernidad. Koolhaas (de nacionalidad holandesa aunque estudió en Gran Bretaña) llegó a contar con un prestigio sólo igualado por el de Le Corbusier en los años ‘30 y varios de sus textos pueden considerarse como precursores del posmodernismo, si es que damos por cierta la fecha de los años ‘70 como la del nacimiento de esta doctrina, al menos en lo que hace a los estudios urbanos.
Uno de estos estudios, el primero, es el que se refiere al muro de Berlín: Berlín wall as architecture. El contraste entre la arquitectura del muro y la decadencia de la edificación circundante es una clara alusión al posmodernismo.8 En Los desposeídos, novela de 1974, Ursula Le Guin (una escritora particularmente adscripta a la estética posmodernista) también da vida al muro de Berlín, aunque tratado simbólicamente.9 La analogía con la guerra fría que dominaba la época es muy clara en ambos autores. En la novela de Le Guin, los disconformes del planeta Urres han huido a una luna, Anarres, en la que intentan construir su utopía anarquista. Wim Wenders, en su film El cielo sobre Berlín (Las alas del deseo) valoriza los espacios urbanos como documentos históricos, es decir, considera que se debe guardar esa destrucción como recuerdo.10
Un año después de su primer trabajo sobre el muro de Berlín, Koolhaas utilizará elementos de esta obra como fundamentos teóricos de su tesis de graduación en la Architectural Association de Londres, llamado “Exodus”.11 Allí, Koolhaas imagina una ciudad utópica futura, cerrada y dividida en dos por un muro que separa a la ciudad buena de la ciudad mala. Se trata de una utopía de la felicidad, de un lugar sin problemas sociales, provisto de gases alucinógenos y oasis con palmeras. Cada cuadrado, que representa un área, contiene diferentes formas de felicidad o alivio. En el séptimo cuadrado, llamado Los baños, cada cual consigue sus placeres, y en el noveno, El parque de la agresión, se pueden presenciar combates de gladiadores para descargar las tensiones violentas. Si bien se trata de una narrativa, los dibujos que la ilustran son excepcionalmente buenos.
Como todo buen utópico, en este trabajo de 1971 Koolhaas está pintando la ciudad del futuro, pero su anticipación sólo se extiende a menos de veinte años puesto en su obra parece retratar a la ciudad hedonista y superficial de los años noventa. Más adelante, Koolhaas volverá a sus ideas nucleares en Delirious New York, ya en otra etapa de su vida y de su prestigio como urbanista.12
 
El enmascaramiento
Simular es mostrar lo que no existe;
disimular, negar lo que existe.
(Daneshbari 1998, citando a J. Baudrillard)

El tiempo de la posmodernidad tiende a acelerarse, a perderse frente a la hiperdimensión del espacio, pero al tiempo que es negado como tiempo histórico se niega la historia en general, la historia del significado y de su evolución, la historia social y la historia tecnológica. Simultáneamente, se niega la historia particular del edificio (edificio-ruina o edificio-construcción), se niega la sucesión del tiempo en las categorías de causa y efecto, convertidas en efecto-causa.
De manera que la categoría tiempo es negada constantemente. Según Daneshbari (1998), en realidad la presencia metafísica y la ausencia del tiempo en el posestructuralismo crean un universo borgiano donde el tiempo es a la vez todo y nada. Este autor cita a Max Planck, quien afirma que no tenemos derecho a creer en un universo futuro en el cual las leyes de la física continúen existiendo como tales. No obstante, por el momento, la deconstrucción no significa otra cosa que ilusión y simulación.
En las obras del arquitecto norteamericano Frank Gerhy, por ejemplo, la entrada a un estacionamiento en forma de binoculares no cambia la realidad espacial, puesto que los autos continúan dependiendo del avance tecnológico y del radio de giro.
La negación de la realidad, la aparición de una realidad nueva ilusoria en la ciudad tiende a desplazar la memoria del sujeto. No se trata de leyendas ni de una desfiguración histórico-social: esas realidades han sido deliberadamente destruidas.
En Buenos Aires, el enmascaramiento, el disfraz de limpieza urbana, servía para tratar de convertirla en lo que no era: una ciudad del Primer Mundo.
Es interesante anotar que al mismo tiempo la estética de la deconstrucción se apoya en las teorías del caos cósmico, mientras que los gobiernos militares basan sus depredaciones en una ambición de orden ciudadano y social.
No casualmente, la libertad urbana o arquitectónica que se demanda se basa en la simulación. Este proceso de enmascaramiento llega en la ciudad, es decir, a escala urbana, a la negación de la desigualdad, de la pobreza como evidencia y como parte del paisaje urbano. En Buenos Aires la expulsión de las clases más desposeídas de la ciudad hacia el llamado conurbano en los años de la última dictadura militar, coincide con la vigencia del enmascaramiento como estética. Así la categoría del excluido, o sea, del enmascarado o inexistente, se une a la forma estética de la negación.
El enmascaramiento en la ciudad, es decir, la creación de un relato ficcional (que tuvo su auge en los años noventa, pero que se prolongó hasta la actualidad) donde el tiempo y el espacio no existen y la realidad se deforma, coincide con las formas míticas de la política, aparece el travestismo político y los personajes cambian de bando y de ideología sin el menor escrúpulo. De allí también el peligro de estas formas ficcionales.
La estética de la destrucción, la fragmentación y la falta de nexos colaboran en la política urbana del olvido, la negación de la historia y de la identidad coincide con la negación de los crímenes sociales.
 
 

La fragmentación

Para el historiador Nicolau Sevcenko (citado por Laurent Vidal, 1994), la ciudad de los noventa se comprometía en tres procesos de fragmentación: la de los individuos, la del tiempo y la de la percepción del espacio. De allí el peligro, dice Vidal, de que el proceso de fragmentación disimule la conciencia urbana y haga perder las referencias a la historia de la ciudad, la memoria del lugar.

En realidad este concepto de fragmentación desde el punto de vista económico acepta la noción de grupos que no participan ni de la producción ni del consumo, que no son ni siquiera marginales sino excluidos. Esta nueva categoría, la de exclusión, nos propone una nueva forma de analizar la sociedad. No se trata ya del ejército de reserva sino de un porcentaje de población que puede llegar a morir sin haber pertenecido a la historia social en su producción o su consumo.
El traslado forzoso de los sectores de menos recursos de la población de la Capital Federal argentina se produjo entre 1978 y 1980, respondiendo a un plan llamado “Erradicación de villas de emergencia”. Los grupos familiares podían optar entre volver a su lugar de origen o trasladarse a áreas determinadas del Gran Buenos Aires. Al ser distribuidos en terrenos propios

los villeros erradicados perdieron las ventajas, tanto económicas como sociales que se obtienen viviendo agrupados en una villa, cuya distribución espacial permite adoptar a sus habitantes formas de organización más ventajosas que si viven separados en terrenos cuya distribución y tamaño había sido decidido por compañías inmobiliarias (Bermúdez, 1985).

Es la relación espacio-tiempo la que otorga territorialidad a un territorio específico en donde el desalojado-rearticulado pierde relaciones sociales construidas a lo largo de sus tiempos personales, relaciones laborales, sindicales, familiares, políticas, de educación, de vivienda, de salud, de vida.
De esta manera el Gobierno militar recreó el área metropolitana. Es evidente que a partir de estas expulsiones (no sólo de las villas sino también de conventillos e inquilinatos, como prueba la gran disminución de la población de La Boca) se produjeron graves fraccionamientos sociales y, tal vez, también políticos, según se desprende de algunos estudios sobre el tema.
Es interesante anotar que mientras que en otras ciudades de Latinoamérica la fragmentación se produce a partir de cambios económicos relacionados con formas de mercado y de circulación, en Buenos Aires estos cambios fueron llevados a cabo por los sectores más ignorantes del país en forma de Planes, produciendo deliberadamente en la realidad rupturas, vacíos y discontinuidades en el tejido social que llevará años reparar, si es que algún día esta tarea puede emprenderse.
Dice Paolo Sustersic (2010), a propósito de las ciudades orientales y las transformaciones del posmodernismo:

Se ha discutido si este proceso, el posmodernismo, ha sido fruto de lógicas exógenas como la globalización o más bien de dinámicas internas. John Friedman sostiene que los factores internos jugaron un papel clave en el desarrollo de un proceso guiado inicialmente por el mismo poder, aunque con evidentes estímulos procedentes del contexto internacional.

Es evidente que lo propio ha sucedido con nuestros países y que no todo obedece a los efectos de la globalización.
La interpretación tiene que ser más compleja y convocar otros factores determinantes de la condición de la posmodernidad. Bauman (2005, citado por Mazza, 2009), ha intentado aportar una posible explicación: individua en la decadencia de la dimensión colectiva y en la parálisis de la política el punto central de la situación de incertidumbre, inseguridad y miedo que el individuo vive hoy en las sociedades ricas y desarrolladas. El autor descompone este particular estado en tres componentes: a) la seguridad insegura (insecur security); b) la certeza incierta (uncertain certainly); y c) la incolumidad en peligro (unsafe safety).
Desde el punto de vista estético veamos que nos dice Wim Wenders (citado por García Canclini, 1990):

Rechazo totalmente las historias pues para mí engendran únicamente mentiras y la más grande mentira consiste en que aquellas producen un nexo donde no existe nexo alguno. Empero, por otra parte, necesitamos de esas mentiras, al extremo de que carece completamente de sentido organizar una serie de imágenes sin mentira, sin la mentira de una historia. En tanto que los hombres producen nexos y concatenaciones, las historias hacen la vida soportable y son un auxilio contra el terror.
En general, la deconstrucción acepta la mentira como una forma de mantener a raya la noción del caos o de la futilidad de la vida.
Los ideólogos del posmodernismo destacan que el viejo modelo hizo de la ciudad un espacio lleno con lugares de encuentro y relación, desde el espacio griego, mientras que el mundo occidental moderno dio el salto hacia el individualismo, separando al ser humano definitivamente de sus construcciones sociales. Sería la recuperación de un viejo espacio para una nueva socialización. No tiene sentido reivindicar los lugares de morar ya que todo debe ser arrasado a fin de que el poderoso intelecto humano pueda edificar un nuevo espacio sin reglas ni autoridad, tal como ahora se propugna (León Florido, 1999).
Aquí vemos aparecer el concepto de lleno asimilado al de autoridad y, por oposición, el de vacío al de libertad. En un artículo sobre el tema, “Nihilismo y comunidad en el espacio urbano” de Francisco León Florido, se cita a Nietzsche, quien supo decir que “No se debe sólo soportar la realidad, también se la debe amar”. Pero creo que el autor olvida que en la posibilidad de cambiarla es donde reside el verdadero valor humano y de las formas dialécticas de oposición.
En otros artículos he destacado la implicancia ideológica de estos pensamientos. También tuvimos una guerra y sus consecuencias, en cuanto a los vacíos de todo orden, están a la vista. Sólo quiero decir aquí que en Latinoamérica, la ideología del individualismo, ha llevado a la anulación del sujeto y la apología del objeto, y su consecuencia ha sido la pérdida de la noción del cuerpo. El cuerpo ha dejado de comprometerse y sus consecuencias sociales, la desigualdad y la miseria, la expulsión y la crisis, se esconden detrás de pensamientos de aparente vanguardia.
Esta sensación espacial está asimilada a la geometría. Una espiral geométrica como la de Wright para el museo Guggenheim de Nueva York no nos produce desasosiego. Es un camino previsible. Esto puede estar relacionado con la fragmentación característica del espacio posmoderno, propio también del mundo económico social de la ciudad actual. La hipótesis de Jameson, la representación de los cambiantes ritmos del capital financiero, de su carácter inestable, aparece representada en los ritmos desiguales del espacio de Gerhy, en el país Vasco, pero mientras que Arrighi proponía el dibujo de varias espirales sucesivas en el tiempo de capitalización, en este espacio nada nos hace prever una sucesión de ritmos.
Desde mi punto de vista, esto está relacionado con la desterritorialización, no en el sentido del cambio previsible sino en el del cambio imprevisible, que parece en realidad haberse adueñado de la economía en los últimos años. Pero la sensación corporal está relacionada con la falta de conexión con el mundo, con una especie de vértigo interior. Todas estas formas económicas y urbanas, no hacen más que predecir las formas inmateriales y ficticias de la política que serán el patrimonio de los noventa pero que se prolongarán más allá en el tiempo, incluso hasta nuestros días.
El sociólogo estadounidense Scott Lash, en una entrevista del diario Clarín (31 de junio de 2002), decía:

La era de la información es el retorno a lo real. Con la globalización y la informatización, lo simbólico, lo nacional está fragmentado, fracturado.
Negri y Hardt, pero también Bruno Latour, Ulrich Beck y Niklas Luhman, tres de los más grandes sociólogos contemporáneos, trabajan con las nociones de flujo, devenir, desterritorialización, autoorganización y el fin del dualismo, la diferencia ontológica entre personas, máquinas e instituciones. El vitalismo reemplaza a la meta-narrativa, a los relatos que explican el mundo a partir de una idea trascendente, un fin que está fuera del sistema, como el cristianismo, la utopía marxista o en definitiva, el humanismo.
Ahora bien, creo que además de esa fuga hacia adelante, la identidad colectiva y la memoria son fundamentales. ¿Podemos tener una noción de memoria sin tener al mismo tiempo una noción de trascendencia?
 
Estos conceptos no son muy diferentes de los de Wim Wenders sobre el fin de la narración, de las grandes narraciones. Según Fredric Jameson, el fin de la Historia de Fukujama no se refiere al tiempo sino al espacio, al estrechamiento del espacio en el nuevo sistema mundial, al cierre de las fronteras. Jameson se refiere a la imposibilidad del capital de encontrar nuevos mercados financieros.
Dice también Jameson (1999) que Marx consideraba como el fin de la prehistoria a la llegada de un período en que la colectividad humana fuera dueña de sus destinos, es decir, un momento en el que no se dependiera de la naturaleza de los mercados ni de los sistemas financieros.
Vuelvo a la utopía de la seguridad: ésta se produce cuando los mercados entran en la mayor desorganización y el gigante norteamericano no está en condiciones de pagar sus deudas, luego no es raro que el miedo haya sido la dominante de las últimas sensaciones ciudadanas.
Ésta es la utopía que prevalece en nuestras urbes en el último decenio y podemos observar que los vacíos urbanos que dejaron la destrucción de la guerra y sus correlatos afectivos fueron llenados con miedo y exclusión para prefigurar el urbanismo del siglo XXI, el urbanismo desorganizado y privatizador.
Si recorremos una parte de nuestro suburbio, por ejemplo, la estación Victoria, en el Ferrocarril Mitre, veremos los vacíos posmodernos de los terrenos del ferrocarril, la exclusión de la villa miseria y otras villas más pequeñas y, al mismo tiempo, los barrios cerrados, con sus altas murallas y sus guardias armados, más allá el llamado Barrio Crisol, formado por una clase media muy empobrecida y caminando hacia la costa aparecen los cambios de status hasta llegar al Tren de La Costa y las mansiones costeras defendidas por sus propios guardias.
En este sentido es interesante analizar las transformaciones vividas por la ciudad de Barcelona. Daniele Porretta hace una descripción de los cambios producidos en la ciudad, que luego sirvieron de modelo para el Plan Urbano Ambiental de Buenos Aires, y Josep Maria Montaner hacía notar cómo esta primera etapa del modelo barcelonés se cerraría en octubre de 1986 con la nominación de la ciudad como sede de los Juegos Olímpicos, momento éste que habría supuesto un significativo cambio de ritmo, de escala y de contexto que afectaría la trasformación de la ciudad. Este cambio de escala en los proyectos necesarios para la realización del evento habría significado para el ayuntamiento tener que negociar con grandes ope­radores económicos para financiar las obras necesarias, descuidando las reivindica­ciones populares y los procesos de participación que habían caracterizado las políticas urbanas durante los años ochenta. Es a partir de este momento que empezará a construirse un espacio público totalmente distinto del que había caracterizado la transformación inicial de la ciudad. La Villa Olímpica ofrece un ejemplo significativo de este cambio profundo “hacia una privatización y vaciado del espacio público, ya que una parte de las calles interiores, pasajes y centros de manzana, que figuraban como tales en el proyecto, han sido progresivamente privatizados”.13
Este proceso de privatización de la calle y de la plaza, bien a través de barreras físicas, bien a través de la vigilancia o de la implantación de una serie de mecanismos que actúan como filtros, se fue desplazando también a otros barrios de la ciudad. Por ejemplo, se podría recordar el cerramiento de Roma 2000 o los rascacielos de Diagonal Mar, verdaderas fortalezas verticales. La tendencia a cerrar los espacios públicos se ha extendido también a distritos históricos y consolidados como el ba­rrio de Gracia. Esta actuación urbanística fue razón de numerosas polémicas.
Leemos este comentario, sin autor, sobre el tema tratado por Portea en el número de 2010 de la revista de crítica arquitectónica DC:
 
Barcelona es una ciudad ejemplar de este proceso. Hay ejemplos que se pueden constatar con facilidad como el barrio de lujo Diagonal Mar, una operación inmobiliaria de la compañía Hines de Texas que se ordena como un conjunto de torres hiperprotegidas, rodeadas de espacios verdes y calles a los que se ha vaciado de contenido urbano. A partir de las últimas horas de la tarde el barrio es abandonado por sus únicos habitantes visibles, los empleados de las oficinas y queda sin vida aparente. A poca distancia de éste, se encuentra el ‘Parc de Poblenou’ de Jean Nouvel, un importante arquitecto francés, un espacio cerrado y rodeado por un muro, un ‘parque de concentración’ según las palabras de Josep Maria Montaner, arquitecto catalán. También se verifican preocupantes políticas públicas en la inauguración de nuevas plazas ‘cerradas’, como la del barrio de Gracia dedicada a ‘les dones del 36’. Un espacio rodeado por una alta valla de acero y de acceso restringido. En este caso, la excusa de la construcción de una plaza semi-privada, sirvió sin lugar a dudas para justificar el alto precio de las nuevas viviendas de lujo que la rodean.

La imagen que nos aparece inmediatamente al leer ambos textos es la de Puerto Madero, en Buenos Aires, un barrio de privilegio, habitado por nuevos ricos y funcionarios, que, sobre todo en el área de hábitat, no permite ninguna novedad arquitectónica ni aspecto de vanguardia, siendo sus calles muy semejantes a las de La Recoleta pero mucho menos elegantes. La sensación carcelaria que da este conjunto, con sus calles desiertas y sus ventanas cerradas recuerda la descripción del artículo citado.
Puerto Madero no constituye un barrio cerrado físicamente, lo es simbólicamente puesto que pone el último candado a la exclusión ribereña para los habitantes comunes de Buenos Aires, exclusión que comenzó a finales del siglo XIX, con la construcción del puerto y la inhabilitación del Puerto Huergo en el Riachuelo.
Pronto tendremos en La Boca a los émulos de ese Puerto Madero que, con sus torres, impide el paso de las brisas ribereñas y el disfrute de los habitantes de su río. En La Boca, desde los años noventa, se alzó un murallón de 2,50 metros de altura que separa a los habitantes de la costa e impide la entrada de las brisas en un lugar tan aquejado por la contaminación del Riachuelo. Por otra parte, la figura de parque de concentración que se cita en artículo de Porretta sobre Barcelona, nos recuerda también el enrejado de las plazas ordenado por Jorge Telerman antes de dejar su cargo como Jefe de Gobierno porteño, orden que, aunque resistida por la ciudadanía en general, fue impuesta en toda la ciudad. Son otros muros, como el de Berlín, pero que no separan regímenes sino clases y que responden al miedo social.

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Artículo enviado especialmente por la autora para su publicación en Herramienta
 

1 Platón, La República. Fontana, Edicomunicación: Barcelona, 1994. Véase también P. Vidal-Naquet, Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego. Península: Barcelona, 1983.
2 Porretta, Daniele, Barcelona , ¿ciudad del miedo?, enDC Revista de crítica arquitectónica, 2010
3 Datos tomados del Seminario Barrios cerrados, Mónica Lacarrieu y Genoa Capron, Centro Franco Argentino, 2004.
4 Porretta, en su artículo sobre Barcelona cita al Walter Benjamin del Libro de los pasajes como pionero en la observación de los cambios urbanos debidos a Haussmann, pero lo cierto es que fue Friedrich Engels quien, en el prólogo a Las luchas de clase en Francia, de Karl Marx, los estudió a fondo. Otros autores suelen citar a Foucault como precursor, cuando ambos simplemente no son más que lectores de Engels que olvidaron citarlo.
5 Ver Lupano, María Marta, Torres countries en Buenos Aires. Colección Crítica del IAA, FADU, UBA: Buenos Aires, 2005.
6 “Considerar el área urbana interna de las murallas como un territorio peligroso dominado por la violencia donde es, por lo tanto, necesario crear islas defendidas no es un hecho nuevo. El número de torres perimetrales de la ciudad medieval era, en general, inferior al de las torres en el interior de las murallas. La violencia urbana era tal que, a menudo, las exigencias de defensa en la ciudad eran superiores a las de la defensa externa. Las bandas y las guerrillas urbanas no han sido inventadas en nuestros días en Los Ángeles, Berlín o Estrasburgo, sino más bien, en la ciudad medieval italiana. Las murallas comunicaban, no la ausencia de peligro, sino justamente el ingreso en un territorio donde el peligro mismo se volvía predecible” (M. Morandi, 2005, citado en Angelino Mazza, 2009).
7 Cancela, Arturo, Una semana de jolgorio. Anaconda: Buenos Aires, 1933.
8 El 13 de agosto de este año se cumplieron 50 años de la creación del Muro de Berlín, hoy lugar turístico y escenográfico. Ver “Una pared y dos mundos”.En Revista Clarín (07 de agosto de 2011).
9  Ursula K. Le Guin, Los desposeídos. Minotauro, 1986. Véase también, Everett L. Hamner, “The gap in the wall in the dispossessed”. En The new utopian politics of Ursula K. Le Guin's The dispossessed. Lexington Books, 2005.
10 Véase Passaro, Andrés M., “El Berlín de Koolhaas”. En DC, Revista de crítica arquitectónica, Barcelona, 1999. En cambio, en la ciudad de Dresden en la Alemania que fue comunista, destruida totalmente por las bombas aliadas después de la firma del cese de hostilidades, donde además murieron 50.000 personas, la reconstrucción fue total. La ciudad actual de Dresden sólo guarda alguna piedra original, ya que fue completamente reconstruida, con sus esculturas y bajo relieves.
11Véase Passaro, op. cit.
12 Delirious New York, A retroactive manifesto of Manhattan. Paperback, 1995. Koolhaas también reproduce en un estudio posterior sobre Berlín sus escritos Imagining nothingness y The terrifying beauty of the twentieth centuryque expresan sus conceptos utópicos sobre el espacio.
13 Montaner, Josep Maria, “La evolución del modelo Barcelona (1979-2002)”. En Borja y Muxí, Urbanismo en el siglo XXI. Ediciones UPC: Barcelona, 2004.