Género, pobreza y ciudad

Schteingart, Martha

 

Este trabajo se propone conocer cómo las mujeres viven y perciben su situación de pobreza en asentamientos irregulares de la Ciudad de México, espacios donde se han ido ubicando los sectores más desfavorecidos de la ciudad desde hace varias décadas. Nos interesa sobre todo dar seguimiento a los cambios que han tenido lugar en la última década en esos espacios, poniendo énfasis en las relaciones familiares de las mujeres, en su inserción en el mercado de trabajo, en su relación con el barrio y con sus organizaciones comunitarias. Al mismo tiempo, nos ha parecido importante obtener sus testimonios acerca de cómo ven su posición en la sociedad, cómo consideran los cambios sociales referidos al hábitat ocurridos recientemente, tanto en lo que toca a su vida privada y colectiva como a la acción del Estado para mejorar sus condiciones de existencia. Entender cómo se desarrollan las relaciones de género y cómo las mujeres enfrentan la pobreza, la desigualdad, la discriminación y la violencia constituye asimismo uno de los retos trascendentes del estudio que aquí presentamos.
Para llevar a cabo este trabajo, se planteó una estrategia de investigación que consistió en tomar dos asentamientos populares del Distrito Federal que habían sido estudiados dentro de un amplio proyecto de investigación desarrollado en los años noventa[1] y comparar algunos de los resultados de ese estudio con los provenientes de la investigación actual. El nuevo trabajo de campo debería poner de manifiesto fenómenos recientes en los que están inmersas las mujeres de las comunidades con el fin de observar los cambios ocurridos en esos asentamientos en poco más de una década.

 

 

Los dos barrios seleccionados fueron Dos de Octubre, en la delegación Tlalpan y Xalpa, en Iztapalapa, ambos en el Distrito Federal[2] , pero las fuentes de información en el caso del proyecto amplio de los noventa incluyeron una encuesta a dos mil familias, entrevistas a los líderes más importantes de esas colonias y a mujeres militantes de las organizaciones vecinales así como a quienes no participaban en las mismas, para conocer sus historias de vida. En cambio, la información del trabajo más reciente es mucho más limitada, por razones de tiempo y recursos disponibles, al provenir sólo de talleres realizados en los dos asentamientos con grupos de mujeres, en general vinculadas a las organizaciones con las que estuvimos en contacto, y de entrevistas en profundidad realizadas a personas seleccionadas a partir de los mencionados talleres.
Las comparaciones efectuadas en un período de más de una década nos permitieron observar nuevos fenómenos sociales, o la evidente agudización de algunos que ya comenzaban a estar presentes en el primer estudio. Como lo han afirmado algunos autores, introducir el método comparativo es siempre relevante en diferentes tipos de estudios sociales ya que permite dar cuenta, entre otras cosas, de fenómenos antes no observados.
 
Hábitat, trabajo y pobreza
 
El entorno en el que habitan las personas es un elemento que influye de forma determinante en su calidad de vida. Si bien existe bibliografía abundante que habla sobre el hábitat, hay muy pocos estudios que han incorporado su relación con la problemática de género. Sin embargo, observamos que ella es intrínseca al análisis de la urbanización y el hábitat en los países latinoamericanos, ya que los roles y las relaciones de género influyen de manera destacada en esos fenómenos sociales (Massolo, 1999:1). Además, muchas de las asimetrías que se dan entre hombres y mujeres son visibles en los espacios públicos, en las colonias y en las viviendas de las ciudades (López y Salles, 2004:143).
La geografía feminista (Little y Mackenzie) ha intentado comprender las interrelaciones que se dan entre el género y el espacio urbano socialmente construido: observan que hombres y mujeres perciben, acceden y usan la ciudad de diferentes formas. La vida y las experiencias cotidianas son cualitativamente distintas; no queremos decir con esto que las mujeres sean necesariamente “víctimas” en el ámbito urbano, ya que también son actoras del mismo, colaborando en la edificación y modificación del entorno en el que viven, de acuerdo con sus necesidades (Massolo, 1992a: 14). Con el surgimiento de las llamadas colonias populares, las mujeres se fueron incorporando paulatinamente a las asociaciones de vecinos, se insertaron en la esfera laboral, al mismo tiempo que fueron transformando y mejorando los espacios de la vida social urbana (Massolo, 1999b: 1). Por eso es importante preguntarnos cómo viven las mujeres cotidianamente en su barrio, qué problemas enfrentan y cómo se organizan para resolverlos.
Indudablemente las mujeres tienen una larga trayectoria para enfrentar y resolver sus necesidades de sobrevivencia, por medio de diversas estrategias y formas de ayuda mutua en lo que se refiere a la producción y mejoramiento del hábitat popular. Estas actividades implican una tercera jornada de trabajo, que se agrega a la doble jornada que incluye los quehaceres domésticos y la generación de ingresos fuera del hogar (Massolo, 1992a: 16).
Este triple rol se da principalmente en los orígenes de los asentamientos populares, cuando su participación en los trabajos comunitarios no sólo es indispensable sino un requisito para el acceso a la vivienda. Asimismo, si bien el ingreso constituye un importante factor que influye en el nivel de consolidación del barrio, la composición y cohesión de la familia y el grado de participación de la mujer en la toma de decisiones representan aspectos cruciales para el mejoramiento del hábitat (López y Salles, 2004: 145). Sin embargo, muchas veces sus acciones permanecen veladas y no son reconocidas por su comunidad.
A pesar de la importancia del hábitat en la determinación de las condiciones de vida de la familia, se ha enfatizado que los programas públicos referidos al mismo no son suficientes para mejorar esas condiciones si no van acompañados de una cierta estabilidad en el trabajo y en los ingresos de los diferentes miembros de los hogares. Esto significa que poseer una vivienda o un hábitat más o menos adecuado no asegura que las familias puedan salir del círculo vicioso de la pobreza.Aunque también es cierto que “el hábitat popular puede ser un semillero de beneficios para las mujeres, no solamente en términos de satisfacción de algunos bienes y servicios básicos para la familia y los quehaceres domésticos, sino para sí mismas en cuanto reconocen y reivindican sus derechos como ciudadanas y mujeres” (Masssolo, 1999b: 5).
Entonces, uno de los principales retos a los que se enfrenta la mujer latinoamericana de escasos recursos que se incorpora cada vez más al mercado de trabajo es, por un lado, que su aportación económica producto de su trabajo se ha vuelto muy importante para el sostén del hogar mientras que, por otro lado, es ella quien se encarga en gran medida de las labores de reproducción (trabajo doméstico y comunitario) con lo cual su carga de trabajo se ha incrementado de manera a veces drástica. Ello se hace evidente cuando se analiza cómo se distribuye dentro del hogar la responsabilidad sobre los hijos, la alimentación, la limpieza de la casa y en las tareas para el mejoramiento del barrio.
 
Los asentamientos estudiados
 
Origen de los asentamientos
 
El surgimiento de los llamados “asentamientos irregulares” en la periferia del Distrito Federal es un fenómeno que se ha dado como respuesta a las necesidades habitacionales no satisfechas de los sectores populares. Estos sectores han podido cubrir sus necesidades a través de la ocupación de hecho (invasión) o de procedimientos de compra y venta al margen del marco jurídico de regulación del suelo. A esta modalidad de producción de la ciudad caracterizada por el carácter masivo y recurrente de estas formas de apropiación del suelo, se le denomina “urbanización popular” (Duhau y Schteingart, 1997: 30). En esta investigación los dos barrios estudiados, Xalpa y Dos de Octubre, pertenecen a este tipo de urbanización.
Xalpa se ubica en la delegación Iztapalapa y empezó a conformarse en los años setenta en terrenos del ejido[3] de Santa María Aztahuaca; la lotificación del suelo fue realizada por fraccionadores coludidos con el comisariado ejidal, mediante contratos privados de compra- venta.
Dos de Octubre se localiza en la delegación Tlalpan y su formación empezó a principios de los setenta en la zona conocida como Pedregal de San Nicolás, extendiéndose hacia la “zona media del Ajusco” al sur del DF. En la formación del barrio se combinaron un proceso inicial de invasión del Pedregal con el fraccionamiento irregular de tierras de propiedad privada (pertenecientes en gran parte a una sola familia), por medio de una empresa inmobiliaria e incluso de la propia delegación Tlalpan; también se incluyó el fraccionamiento de tierras ejidales (Duhau y Schteingart 1997: 44, 45).
¿Cómo y por qué llegaron los colonos a Dos de Octubre y a Xalpa? En las entrevistas en profundidad publicadas en 1997,[4] las mujeres afirmaron que su llegada a las colonias se debía a un deseo por tener una casa propia y a la angustia que les ocasionaba pagar renta. Además, la casa propia se presentaba como una posibilidad de seguridad para sus hijos, así como un medio para romper la dependencia de los suegros y otros parientes. La participación de las mujeres fue fundamental, a través de la realización de faenas y guardias, mientras sus maridos se iban a trabajar. El costo fue alto ya que muchas veces tuvieron que dejar a sus hijos solos en las casas, lo cual les generó cierto sentimiento de culpa (Mogrojevo, 1997: 735).
Para algunas mujeres, la participación en las organizaciones fue uno de los aspectos más importantes en su vida; esos espacios de socialización reforzaron el sentido de colectividad y les permitieron formar alianzas que conformaron su identidad en el barrio. La venta de los terrenos estuvo marcada por muchas irregularidades, de las que se aprovecharon tanto los fraccionadores de los terrenos como algunos funcionarios de las instituciones reguladoras.
 
Población, vivienda y servicios
 
A comienzos de los noventa, Dos de Octubre contaba con unos 2.000 habitantes, mientras que en Xalpa vivían más de 20.000 personas (Schteingart, 1997a: 11 y 13). Más recientemente, según el Censo del año 2000, por colonia (scince, 2000, inegi) el número de habitantes había aumentado considerablemente y ascendía a 3.510 en el primer barrio y a casi 45.000 en el segundo.
Mientras el promedio de habitantes por hogar fue de 5,2 miembros en los dos asentamientos, de acuerdo con la encuesta aplicada en el primer estudio, según la información por barrio del Censo de 2000 ese promedio fue menor, de 4,3 en Dos de Octubre y de 4,7 en Xalpa. Es decir, hubo un aumento importante de la población con una disminución del tamaño de las familias, sobre todo en Dos de Octubre.
En lo que se refiere a la vivienda, la adquisición de los terrenos y la construcción de la misma tuvieron varios costos: el costo monetario que implicó un esfuerzo para reunir el dinero necesario para pagar los diferentes elementos involucrados; el costo social, que llevó a la participación colectiva de los nuevos pobladores, tanto en las luchas sociales como en la construcción de escuelas y viviendas; y por último, el costo de las carencias, es decir, el esfuerzo cotidiano de vivir en la pobreza (Mogrojevo, 1997: 732).
La autoconstrucción se fue realizando por etapas; en un primer momento se hacían casitas muy pequeñas de tipo “jacal”; pero después se pasaba a una obra construida con ladrillo, se iban agregando cuartos, y el “jacal” se utilizaba sólo como cocina. La edificación en Dos de Octubre fue difícil ya que el terreno tiene una topografía muy accidentada, y en Xalpa existe una zona elevada donde los mismos vecinos tuvieron que subir ladrillos y cemento. El proceso de construcción de las viviendas llevó aproximadamente unos diez años o más (Mogrojevo, 1997: 741).
En sus inicios los barrios no contaban con servicios y equipamientos básicos como el abastecimiento de agua, drenaje, gas, tortillerías y tiendas expendedoras de alimentos (estas últimas se localizaban a más de 25 minutos de distancia); además, existían muchos problemas de transporte, lo cual dificultaba el acceso a los lugares donde se encontraban los comercios. Durante muchos años las mujeres se enfrentaron cotidianamente a la carencia de los servicios, sobre todo porque éstos tienen gran relevancia por su fuerte vínculo con la realización de las labores domésticas (Mogrojevo, 1997:748).
En la primera investigación se utilizó un indicador tridimensional para calificar la situación del agua: el sistema de abasto, la frecuencia del suministro y la calidad del líquido. En Dos de Octubre todos los hogares recibían el agua por “pipas” y todavía no tenían tuberías para su conducción; en Xalpa, a pesar de contar con una cobertura amplia de redes, la frecuencia del suministro y la calidad del agua eran deficientes. El problema, además de la carencia del líquido, era que las tuberías vacías favorecían la incorporación de basura y tierra, así como malos olores (Schteingart y Torres, 1997: 166-169).
De acuerdo con los datos del mencionado Censo de 2000, el 81,5% de las viviendas contaban en Dos de Octubre con drenaje conectado a red pública y agua entubada, mientras en Xalpa esa proporción subió hasta casi el 90%. En cambio sólo el 32% de los hogares poseía agua entubada dentro de la vivienda en el primer caso y el 40% en el segundo, ya que resulta oneroso a las familias pobres continuar la tubería de la calle al interior de la casa.
El proceso de autoconstrucción de las viviendas y del saneamiento urbanotuvo repercusiones sobre la salud de la familia, el cuidado de los niños, el cansancio físico de las mujeres, las relaciones sociales; pero, por otro lado, sirvió para reforzar redes de solidaridad y organización comunitaria. La lucha por los servicios se convirtió así en uno de los puntos más fuertes de contacto e identidad entre los pobladores y su espacio.
 
Empleo, salud y familia
 
Podemos observar que en las últimas tres décadas el trabajo femenino en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México aumentó considerablemente. La tasa de participación femenina en 1970 era del 27%, en 1979 había aumentado a el 32,5% y en 2006 ya era del 44,7% (Pacheco, 2004: 107; Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, 2006). La participación aumentó especialmente en ocupaciones relacionadas con el comercio y los servicios, y el incremento en los empleos femeninos, sobre todo por cuenta propia, surgió como estrategia para aumentar el ingreso familiar ante las recurrentes crisis. En los barrios estudiados en los años noventa, la participación laboral de las mujeres fue en aumento, pero del total de personas ocupadas en esos barrios el 11,3% correspondía a las esposas/mujeres (Ortega, 1997: 324), lo que indicaba que la participación de la mujer casada en actividades extradomésticas era entonces bastante baja. Sin embargo, las historias de vida indicaron que algunas mujeres casadas trabajaban porque los ingresos del esposo eran mínimos, porque él era alcohólico, tenía incapacidad permanente, llegaba eventualmente al hogar o tenía una relación extramarital; esto disminuía sus posibilidades de aportar dinero para el mantenimiento familiar.
Las mujeres jefas de familia trabajaban principalmente en servicio doméstico, comercio ambulante y comercio en pequeña escala y representaban sólo el 8,2% de la población; uno de los factores que determinaba su participación en actividades extradomésticas era su estado civil, ya que se trataba de jefas de hogar predominantemente solteras, separadas de su pareja, divorciadas o viudas (Ortega, 1997: 313, 317).
Sin embargo, más allá de lo económico, es innegable la existencia de aspectos culturales y de situaciones de poder dentro de la familia que dificultaban la inserción de la mujer en el mercado de trabajo. Los estudios mostraron que el ingreso de las mujeres a las actividades económicas no se daba en un espacio de armonía, sino que por el contrario se vivía una situación de conflicto y discordia en el interior de la familia. Este fenómeno se explicaba porque el varón, quien se percibía a sí mismo como el único miembro de la familia que tenía que trabajar, creía que la mujer debía realizar sólo las actividades domésticas (Ortega, 1997: 308, 312).
Además, se observaba que algunas mujeres tenían que realizar una serie de peripecias para poder desempeñar una actividad fuera del hogar, como es encerrar a los niños dentro de casa o bien dejarlos en libertad en la calle mientras ellas salían. A veces los niños acompañaban a las mujeres a sus actividades laborales o ellas conseguían algún tipo de actividad que desarrollaban en su misma vivienda (Ortega, 1997: 313). Estas situaciones tienen evidentemente una repercusión importante en los ingresos percibidos por las mujeres, los cuales son claramente inferiores a los de los hombres. Por ejemplo, según el censo por barrio del año 2000, la población ocupada femenina que recibía menos de un salario mínimo era de alrededor del 23% en ambos asentamientos, mientras que sólo el 10% de la población masculina recibía ese ingreso. En cambio, en tanto que cerca del 20% de las mujeres recibían entre 2 y 5 salarios mínimos, los datos reportaban que esos ingresos eran recibidos por alrededor del 35% de los hombres.
Las mujeres han jugado un papel importante no sólo en la reproducción biológica sino también en la realización de actividades necesarias para el cuidado de la salud del núcleo familiar al que pertenece. En las entrevistas en profundidad, se observó que el embarazo se dio mayoritariamente en la etapa de la adolescencia, y que prevalecía una gran desinformación sobre la sexualidad y los anticonceptivos. Los embarazos que se dieron en la soltería conllevaron al matrimonio como única alternativa. La mayor parte de las mujeres entrevistadas no tuvieron una planificación familiar en el primer embarazo, y esto se puede explicar por la falta de conocimiento sobre la sexualidad y los métodos anticonceptivos predominantes. Además de este desconocimiento, se evidenciaba una falta de control sobre el propio cuerpo (Mogrojevo, 1997:760-762, 764). En esa investigación se observó que las mujeres jóvenes tendían a aceptar más el uso de métodos anticonceptivos que la generación que la precedía; también se detectó que en algunos casos ellas usaban anticonceptivos a escondidas de los esposos, ya que ellos no lo permitían (Mogrojevo, 1997:767). Según la encuesta aplicada, las mujeres usaban más el diu y la esterilización femenina que los métodos hormonales u otros. Sobre todo las más jóvenes y con menos hijos usaban más el diu, mientras que las menos jóvenes y con más hijos tendían a usar métodos definitivos (González Cervera, 1997: 704).
Una preocupación de las mujeres madres era la drogadicción y el alcoholismo en los adolescentes, que ya estaba presente, de alguna manera, en los barrios, y a partir de esa preocupación manifestaron la necesidad de centros recreativos o culturales donde los jóvenes pudieran pasar el tiempo libre. Otra de las inquietudes de las mujeres era el alcoholismo en los hombres adultos, que conducía a problemas como la violencia intrafamiliar (Mogrojevo, 1997: 767).
 
La pobreza en los barrios
 
Es importante comentar que en la investigación de los noventa se utilizaron dos métodos para medir la pobreza: el que toma en cuenta los ingresos de la población y su capacidad para adquirir los bienes de una canasta de necesidades esenciales (línea de pobreza: LP), y el que considera el acceso a los bienes y servicios básicos obtenidos principalmente a través de la participación del Estado (necesidades básicas insatisfechas: NBI). El NBI incluye las características de la vivienda y sus servicios, así como la educación y la salud, y se pudo apreciar que este índice fue más alto que el de LP, ya que un poco menos del 10% de la población resultó no pobre por el indicador de NBI, mientras que el de LP subió al 20%. Esto es así porque justamente en los asentamientos populares la vivienda y los servicios son muy precarios y esos aspectos tienen un peso importante en el índice de NBI. Asimismo, se observó, al relacionar los datos demográficos con la pobreza de las comunidades estudiadas, que las condiciones más extremas de pobreza aumentaban en la etapa reproductiva del hogar, en la que los hijos son menores, y también en el caso de las familias más grandes. Por el contrario, mientras mayor era la edad del jefe, menor era el nivel de pobreza.
También se comprobó que la proporción de hogares pobres entre los encabezados por mujeres era menor que entre los conducidos por hombres. Mientras el 83,1% de los hogares con jefe masculino era pobre, el 75% lo era cuando los hogares eran encabezados por mujeres. Respecto de los hogares no pobres, encontramos que el 25% lo constituían los dirigidos por mujeres, mientras que el 17% estaba formado por hogares con jefatura masculina (Boltvinik, 1997: 486). Es posible explicar estas cifras por el hecho que los hombres muchas veces no utilizan sus ingresos para mejorar las condiciones sociales de la familia, mientras las mujeres que manejan el presupuesto familiar sí priorizan las necesidades del hogar.
Podemos observar que la urbanización popular, concebida fundamentalmente como una forma de acceso a la tierra, la vivienda y los servicios juega un papel importante en la definición de la pobreza; sin embargo, mejorar el hábitat no necesariamente significa sacar a la gente de la pobreza, aunque en algunos casos la consolidación y el mejoramiento del barrio puede colaborar en su superación.
 
La investigación reciente en Dos de Octubre y Xalpa
 
Aspectos metodológicos
 
Para realizar la investigación en Dos de Octubre se trabajó con la Asociación de Colonos Independientes; el liderazgo de la organización no se había modificado, por lo que pudimos contactar sin problemas a su líder y esto nos facilitó llevar a cabo, sin mayores dificultades y en forma rápida y expedita, cinco talleres, lo cual nos permitió entrar en contacto directo con un grupo interesante de mujeres. Partimos de la premisa que a través de esos talleres se podría recoger una información importante referida a aspectos como la vivienda y los servicios, el empleo, la educación, los problemas de la familia y la participación social.
Para poder ofrecer a las participantes algo que pudiera resultarles de utilidad a cambio de su colaboración, efectuamos un primer taller de reconocimiento en el que ellas fijaron sus intereses y prioridades, de modo que los siguientes tres talleres fueron programados tomando en cuenta sus necesidades. De esta manera pudimos desarrollar una estrategia adecuada para brindarles una información útil en relación con sus problemas más importantes y urgentes. El último taller fue de recapitulación y conclusiones y en él, realizado tras hacer un balance de toda la información obtenida, existió una mayor apertura y confianza por parte de las mujeres para expresar sus puntos de vista y completar con mayor claridad y profundidad el desarrollo de los temas que habían sido tratados en los talleres previos (sobre todo cuestiones referidas a la desintegración familiar, la drogadicción, el alcoholismo y la violencia intrafamiliar, que a veces resultan de difícil abordaje).
El otro método aplicado incluyó entrevistas en profundidad a un pequeño grupo de mujeres para obtener información más detallada acerca de los temas a investigar, particularmente los referidos a las relaciones intrafamiliares y a las expectativas de las mujeres para sí mismas y su familia.
En Xalpa nos acercamos a la Unión de Colonos, el mismo grupo con el que habíamos trabajado en la investigación anterior, aunque la líder actual ya no es la misma de hace diez años porque ésta dejó su puesto para incorporarse al trabajo en la Delegación Iztapalapa. Sin embargo, las personas con las que entramos en contacto recordaban perfectamente las actividades que habíamos realizado en ese barrio en los años noventa.
El trabajo en esta comunidad fue más lento por dos motivos: la dificultad para visitar el barrio ya que está ubicado en una zona de difícil acceso para el equipo de trabajo, y la falta de disponibilidad de las líderes para recibirnos y poder organizar los talleres y entrevistas debido a su compromiso con la delegación. También hay que aclarar que las construcciones e instalaciones que habíamos llevado a cabo en los noventa, dentro del Centro Comunitario (una guardería infantil, un consultorio médico y un local para desarrollo de herbolaria)[5] estaban abandonadas, hecho que provocó ciertas disculpas por parte de las responsables de la organización.
La investigación realizada en Xalpa también consideró la impartición de talleres para entrar en contacto con las mujeres de la comunidad. Dada la vinculación de la líder y de su grupo con la Delegación Iztapalapa, la mayoría de las mujeres que participaron (en promedio veinte) fungieron como gestoras políticas del gobierno del Partido de la Revolución Democrática (prd) en esa delegación. Vale la pena aclarar que el PRD, partido de centro izquierda, gobierna la Ciudad de México desde 1997, cuando el jefe de gobierno comenzó a ser electo por voto popular.
Las gestoras políticas desempeñan funciones que incluyen dos aspectos: la actividad política para apoyar al partido que está a cargo de la delegación y los trabajos relacionados con el bienestar de la comunidad, como reparar el alumbrado público y las calles, y distribuir pipas de agua. Ellas no se rigen por un horario establecido porque sus labores dependen de lo que se acuerde sobre la marcha, en relación con las solicitudes de las autoridades locales. Tampoco tienen un punto fijo de trabajo pues cubren su sección electoral y algunas otras aledañas. El lugar de encuentro es el centro comunitario de la colonia y en total son 16 mujeres operadoras, que reciben un apoyo monetario muy reducido.
A partir de los talleres recopilamos, como en Dos de Octubre, información sobre empleo, educación, organización familiar, vivienda, servicios y participación social de las mujeres y después del primer acercamiento con las líderes y un taller de reconocimiento, los temas de los talleres subsecuentes fueron propuestos por las participantes. Los temas centrales de los talleres fueron similares a los planteados en Dos de Octubre y encontramos asimismo aspectos comunes en los dos barrios, en cuanto a las prioridades presentadas por las asistentes.
Sin embargo, el perfil de las participantes fue distinto, de mujeres más jóvenes (de entre 21 y 45 años) con un promedio de hijos también mucho menor, pertenecientes a la segunda y tercera generación de residentes. Aplicamos en términos generales la misma guía de entrevista en profundidad que en la colonia Dos de Octubre, pero, dado el tipo de participación femenina en la comunidad, se les preguntó sobre sus labores como gestoras políticas y cómo vinculaban su trabajo con la economía familiar, la maternidad y el mejoramiento de la colonia. Esto nos permitió ampliar el espectro de las mujeres entrevistadas en esta etapa de la investigación así como conocer qué ocurre cuando existe una vinculación bastante estrecha entre las mujeres y el gobierno local, como en el caso de las que trabajan como gestoras políticas.
 
Conclusiones del trabajo reciente y comparaciones con el precedente
 
1. En relación con la vivienda, los servicios y el barrio en general, las mujeres entrevistadas lucharon por consolidar el asentamiento, su legalización y con ello la introducción de los servicios, aunque estos procesos se manifestaron de manera más clara en Dos de Octubre, donde el grupo con el que se trabajó estuvo formado por mujeres de mayor edad y más años de residencia en la zona. Por su parte, en Xalpa las mujeres más jóvenes siguen colaborando en el mejoramiento de su entorno, principalmente por medio de las tareas realizadas como gestoras políticas de la delegación.
En muchos casos, los pobladores de Xalpa obtuvieron sus viviendas a través de su propio trabajo y en un principio las casas fueron de cartón y de lámina, pero poco a poco las fueron mejorando, sobre todo después de la regularización de la colonia; ésta fue mucho más tardía en el caso de Dos de Octubre, por lo que sus habitantes permanecieron más tiempo sin mejorar la vivienda.
El problema constante en ambas colonias ha sido el acceso al agua, y si bien cuentan con las redes de distribución el líquido llega poco, y mucho menos en la época de seca: en Dos de Octubre a causa de su accidentada topografía, y en Xalpa por estar ubicada en la delegación Iztapalapa, donde el agua es más escasa. En general, han tenido que recurrir a estrategias diversas de distribución, de ahorro y de reciclaje.
Aunque la delincuencia, la formación de bandas, el alcoholismo, la drogadicción y la falta de vigilancia en la colonia ya habían sido registrados en la primera investigación, actualmente se observa un incremento drástico de esos problemas, que constituyen las inquietudes principales de las mujeres en las dos zonas incluidas en este estudio.
Aunque aún son muchos los problemas de los barrios, las mujeres adultas mayores, que tuvieron una mayor presencia en Dos de Octubre, sienten la satisfacción de que los sacrificios realizados a lo largo de varias décadas habían dado sus frutos, pues en este momento pueden habitar un asentamiento con pavimento, gozar de varios servicios y habitar una vivienda ampliada y mejorada con los años. Esta participación intensa en el proceso de construcción de su hábitat implica una tercera jornada de trabajo, así como el logro de capacidades para hacer uso de diversos recursos por parte de las mujeres en situación de pobreza(Riquer y Pantoja, 1998).
 
2. En cuanto a las relaciones familiares, la percepción de la vida en pareja varió según el estado civil de las mujeres: las separadas o divorciadas guardaron peores recuerdos de sus esposos o compañeros. Asimismo, los motivos que las llevaron al matrimonio o a formar una pareja son diversos, pero destacan: el deseo de salir de la casa de sus padres por malos tratos, el temor a la soledad o el embarazo no planeado. Se reconoció un mayor acceso a los métodos de prevención mediante el uso del condón, las pastillas anticonceptivas, el diu o la salpingo, sobre todo entre las mujeres en el rango de los treinta y cuarenta años, lo cual se vio reflejado en el número de hijos y el espaciamiento de los embarazos. No obstante, en general coincidieron en que se trata de un avance aunque no ha impedido que las adolescentes se sigan embarazando. Los aspectos que vinculan la pobreza con prácticas que subsisten frente a la formación de parejas y la maternidad forman parte del círculo vicioso de la pobreza, del cual la mujer no ha podido liberarse.
 
3. A diferencia de lo observado en el primer estudio, la mayoría de las mujeres trabajan, y esto se debe a la inestabilidad del trabajo de sus esposos y a la precariedad de sus salarios, vistos en el contexto de la problemática evolución económica del país. El trabajo más frecuente es el empleo doméstico por horas, sobre todo en Dos de Octubre, ya que en el caso de Xalpa, por la forma como se organizó el trabajo de campo a través de talleres, la mayoría de las mujeres fueron gestoras políticas. Aunque las más jóvenes mostraron un mayor nivel educativo, podemos afirmar que el tipo de trabajos realizados está vinculado tanto al bajo nivel de estudios de las mujeres pobres como a la necesidad de tener una mayor flexibilidad en los horarios y la cercanía a sus hogares para poder cumplir al mismo tiempo con su actividad fuera del hogar y con la atención a su familia. Habría que agregar a estos factores el hecho de que el trabajo remunerado muchas veces se vuelve una extensión del trabajo doméstico y en consecuencia las mujeres de los dos barrios perciben ingresos bastante menores que los hombres.
El trabajo fuera de casa de la mujer ha aumentado el riesgo de la desintegración familiar y agudizado los problemas sociales tales como la delincuencia y la drogadicción, sobre todo de los jóvenes, ya que tanto el gobierno local como las organizaciones vecinales no han logrado establecer apoyos que puedan compensar la ausencia de las madres en el barrio durante muchas horas del día. Esta situación se agrava por la falta de colaboración de los hombres, que parecen conservar, en la mayoría de los casos, una posición tradicional machista en cuanto al cuidado de los hijos y del hogar en general. Las quejas respecto a esa actitud de los hombres estuvieron siempre presentes en los talleres y entrevistas realizadas en ambas colonias y confirman las conclusiones de trabajos ya realizados acerca de esta temática (Massolo, 1992a: 20).
En conclusión, el trabajo remunerado no les ha asegurado a las mujeres mejores condiciones de vida o un mayor empoderamiento; más bien ha aumentado su carga de trabajo doméstico, alimentado un sentimiento de culpabilidad al tener que dejar a los hijos solos y, en ocasiones, las ha llevado a enfrentar el reproche de sus parejas si los hijos se comportan de manera inadecuada. En muchos casos trabajan tanto las mujeres adultas mayores como las de mediana edad y las jóvenes, lo cual no permite que las mayores apoyen a las demás en el cuidado de sus hijos.
En general, las mujeres no tienen acceso a la seguridad social en sus empleos e incluso las que trabajan para la delegación en la colonia Xalpa no gozan de servicios médicos o guarderías para el cuidado de sus hijos. Si bien existen algunos programas del gobierno del Distrito Federal para los adultos mayores, canasta básica o becas, éstos no son suficientes para mejorar sustancialmente las condiciones de vida de la familia.
No obstante, ante la cuestión de qué actitud tomarían si tuvieran la posibilidad de dejar de trabajar, la mayoría se mostró renuente a hacerlo porque considera que su trabajo les da una cierta ventaja económica, la posibilidad de salir del barrio y conocer otras cosas y, en el caso de las gestoras políticas, el reconocimiento de la comunidad, aun cuando se sienten presionadas por no tener dónde dejar a sus hijos u ocuparlos en actividades adecuadas. Lo anterior refleja que tanto el gobierno como los hombres no han asumido sus responsabilidades de apoyo familiar y comunitario.
 
4. La migración a los Estados Unidos surgió como una nueva problemática de los barrios populares del Distrito Federal. En los años noventa no se mencionó en ningún caso, evidentemente porque en esa época las migraciones hacia el país del norte eran muy poco frecuentes entre los habitantes pobres de la Ciudad de México. En términos generales, los comentarios fueron poco positivos en relación con las consecuencias de esas migraciones; no supimos de casos en los que el envío de remesas haya permitido, por ejemplo, el mejoramiento de sus viviendas. No obstante, algunas mujeres (más jóvenes y educadas) manifestaron que tenían planes para cruzar la frontera y quedarse allí unos años para juntar dinero para elevar sus condiciones de vida, frente a las pobres expectativas para el futuro que ven en este país.
 
5. Las mujeres han seguido ampliando sus espacios de acción, lo cual significa un cambio en la percepción de su propia imagen. Sin embargo, a pesar de los avances en la participación femenina  –que ha sido constante en la última década– ello no se ha traducido en la superación de la pobreza, ya que el contexto socioeconómico del país ha influido en el deterioro de los salarios y la precarización del empleo. Entonces, la mejora del hábitat resulta una condición necesaria, pero no suficiente para sacar a la población de la pobreza.
Los hombres han aceptado que la participación y liderazgo de las mujeres son útiles para elevar las condiciones de vida de las comunidades y, a pesar de su renuencia a superar el machismo en las relaciones familiares, ven con buenos ojos su participación activa en el espacio público. En este sentido, la participación comunitaria de las mujeres representa una posibilidad de socialización que les permite fortalecer su papel en la sociedad, dentro de su hogar, frente a los hombres y como ciudadanas (Massolo, 1999b: 18).
Varias de las conclusiones del análisis efectuado en Dos de Octubre y Xalpa confirman las que han surgido de otros trabajos, sobre todo en cuanto a la participación de la mujer en el mercado de trabajo, en sus relaciones dentro de la familia (en especial con su pareja) y en cuanto al mejoramiento de su hábitat. Sin embargo, es imprescindible continuar efectuando este tipo de trabajos para dar seguimiento a los cambios que se han estado experimentando en espacios de la pobreza urbana, ya que están ocurriendo transformaciones, no siempre positivas, que es preciso conocer como base para implementar políticas adecuadas con las cuales hacer frente a esta problemática.
 
Bibliografía
Boltvink, Julio; “Perfil sociodemográfico de los pobres”, en Schteingart, Martha (coord.), Pobreza, condiciones de vida y salud en la Ciudad de México, Colmex, México, 1997, pp. 479-521.
Duhau, Emilio y Schteingart, Martha; “Las colonias seleccionadas suelo y vivienda”, en Schteingart, Martha (coord.), Pobreza, condiciones de vida y salud en la ciudad de México, Colmex, México, 1997, p. 43.
Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2006.
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Trabajo enviado especialmente para este dossier.
 
[1] Este proyecto incluyó dos barrios más, ubicados en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM). Los resultados del estudio se publicaron en el libro Pobreza, condiciones de vida y salud en la Ciudad de México, El Colegio de México, 1997. Vale la pena aclarar que la ZMCM comprende el Distrito Federal y 40 municipios del Estado de México y su población de cerca de 20 millones de habitantes está distribuida casi en partes iguales entre esas dos entidades.
[2] El Distrito Federal, capital de la República, está dividido en 16 delegaciones, cada una de las cuales está gobernada por un jefe delegacional, electo por voto popular cada tres años. Tlalpan, al sur de la ciudad, e Iztapalapa, al oriente, son dos de las delegaciones, siendo esta última la más poblada y pobre de todas las delegaciones del DF.
[3] Los ejidos en México fueron creados a partir de la Reforma Agraria que tuvo lugar después de la Revolución de 1910, muchos de ellos fueron luego absorbidos por el crecimiento urbano y sus tierras vendidas ilegalmente por los ejidatarios.
[4] El primer estudio incluyó un análisis cualitativo a través del cual se recuperó la historia oral de mujeres de las cuatro colonias populares incluidas en la investigación (Mogrojevo, 1997: 717-780).
[5] Estas construcciones e instalaciones fueron realizadas con el financiamiento de la Fundación Mac Arthur que por esos años apoyaba preferentemente acciones para el mejoramiento de comunidades pobres.