Notas para una caracterización de la nueva generación intelectual argentina

Mazzeo, Miguel

 

Retomamos aquí diversas escrituras. Por un lado, como hicimos en El sueño de una cosa. Introducción al poder popular respecto de la nueva nueva izquierda o una izquierda por venir, en este trabajo proponemos una serie de elementos para caracterización de la nueva generación intelectual, considerando que su nacimiento y desarrollo es paralelo a la primera. Por el otro, también pretendemos seguir por la ancha avenida (decir camino sería inexacto) que propuso Omar Acha en La nueva generación intelectual, Incitaciones y ensayos[1]. Finalmente nos parece necesario dar cuenta de las intervenciones del dossier: “Intelectuales e izquierda en América Latina”, publicado en Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico (Nº 6, Prometeo, Buenos Aires, septiembre/octubre de 2009), en el cual figura el artículo que ha servido de base de este trabajo. Dicho dossier contiene los siguientes artículos: “Intelectuales en el ocaso de la ciudad letrada: Los albores de una generación crítica en América Latina”, de Omar Acha; “Sobre nuestra condición intelectual (y sus anti-condiciones), de Ariel Petruccelli; “Hacia la superación de una generación intelectual domesticada”, de Christian Castillo y Matías Maiello; “La lengua del 2001”, de Eduardo Molinari; y dos entrevistas, una al investigador Elías Palti, realizada por Bruño Fornillo y otra al dirigente del Sindicato del Subte “Beto” Pianelli, realizada por Alejandro Belkin y Rosa Morena.
Insistimos con lo señalado al comienzo. Como ocurre al hablar de nueva izquierda, con la nueva generación intelectual resulta imposible deslindar los indicios concretos de los deseos de cara al futuro. Por puro optimismo (que, en términos de Walter Benjamín, no es más que pesimismo revolucionario y sana desconfianza respecto del rumbo de la historia) usamos el presente, y porque intentamos ver tendencias en las latencias. Se mezclan en nuestra caracterización datos de la realidad con especulaciones respecto de desarrollos óptimos o con el simple deseo, se entrecruzan la descripción con la propuesta. Vale aclarar que en muchos casos la asignación de características específicas a la nueva generación intelectual implica el riesgo de ocultar los conceptos específicos, al otorgarle a un elemento embrionario el carácter de categoría. Por cierto (y perdón por la metáfora organicista), es más fácil estudiar el organismo desarrollado que la célula.  
 
Algunas características de la nueva generación intelectual
 
Imitación de Anteo
 
La nueva generación intelectual reivindica una hermenéutica situada. En código heideggeriano la hermenéutica no es ni arte de interpretar ni la interpretación misma, sino la búsqueda por determinar la esencia de la interpretación y las condiciones de la interpretación. Al mismo tiempo es dar a conocer una “buena nueva”, anoticiar. El carácter situado implica exponer el propio ethos (el modo de vivir su ser) como punto de partida y prenda de negociación. Abierta a la alteridad, se diferencia de la hermenéutica de la izquierda vieja, que fue y es una hermenéutica con pretensiones de objetividad, cerrada y tozuda, reacia a dar cabida a otros textos, y también de la hermenéutica académica, cuyo eje suele ser la neutralidad valorativa. La hermenéutica situada remite a la ortopraxia, las otras a la ortodoxia. 
Si la izquierda por venir asume un modelo de construcción político-social que además de distinguirse por la combinación de acumulación y multiplicación se caracteriza por el arraigo territorial, la nueva generación intelectual adopta y adapta el mismo modelo. Lo común, lo que se desempeña como eje articulador del espectro multiforme que constituye la nueva generación intelectual es la vocación por desarrollar una intervención en función de una competencia “intelectual” (pero que la excede) en estrecha relación con una organización popular, un movimiento social, una praxis de las clases subalternas, etcétera. Lo que por lo general busca ese tipo de intervención es construir un espacio de oposición empírica (del pensamiento, de la filosofía, del arte) a la cultura burguesa. 
La nueva generación intelectual reconoce como situación hermenéutica privilegiada a las praxis contrahegemónicas desarrolladas por las clases subalternas. Praxis democráticas, autodeterminantes, autogestivas, opuestas al lazo social generado por el capital, refractarias a la “atmósfera” que el capital deposita entre los seres humanos. De este modo, la crítica no se escinde de la vivencia directa de una dialecticidad. El punto de partida factual no se divorcia de los horizontes que proyecta el poder ser.
La nueva generación intelectual, entonces, asume proposiciones y perspectivas “desde abajo”, lo que funda su “interioridad” y su predisposición a seguir de cerca la dinámica de los procesos históricos. Ahora bien, esa interioridad, si bien puede ser considerada como fuente de legitimidad de las intervenciones intelectuales frente a las intervenciones “científicas” y “exteriores”, no niega los ejercicios de mediación. La nueva generación intelectual reconoce que está ejerciendo una función mediadora entre unas prácticas y unos saberes teóricos. Aunque simplemente oriente sus esfuerzos a “deducir” los saberes teóricos de las mismas prácticas, la deducción no deja de ser una práctica mediadora. Si la hermenéutica es situada, la mediación y la “traducción” también lo son. El intelectual de la nueva generación es consciente de que sus saberes se ponen en juego en una construcción teórico-práctica colectiva que le impone la redefinición de categorías e incluso de los objetivos. Pero nunca abjura de sus saberes. La hermenéutica situada implica siempre una mediación aunque se piense en situación, aunque se reconozca una parcialidad y una subjetividad.    
De todos modos, la nueva generación intelectual aspira a interioridades más excitantes (aunque probablemente imposibles) mientras sospecha que la función mediadora, en este contexto, no está tan mal. Sobre todo cuando se impone el contraste con los riesgos de caer en el delirio narcisista absoluto de algunas organizaciones de la izquierda vieja, que siguiendo a György Lukács se asumen como la “expresión” del punto de vista de la clase obrera. La nueva generación intelectual se aleja de un emplazamiento tan soberbio e idealista. No exagera ni se autoengaña respecto de los alcances de su punto de vista, tampoco usurpa representaciones, simplemente asume y vive el lugar “desde” donde piensa (lo general) y lo vive con naturalidad, sin la angustia de lo que Horacio González denominó una “conciencia individual que asume la pesarosa y solitaria tarea de encarnar un tesoro perdido en el pliegue interior de la conciencia colectiva”[2]. González ve un ejemplo de este tipo de posicionamiento (al que considera derivación de lo que denomina un “positivismo romantizado”) en Raúl Scalabrini Ortiz, la figura intelectual más emblemática del nacionalismo popular argentino del siglo XX.
La nueva generación intelectual piensa desde la situación descolocada de la clase, pero lejos de todo emplazamiento individualista, sin imperativos sacrificiales y sin la sensiblería casi lacrimógena de los que se asumen como desamparados u olvidados (y de los que se dedican a identificar olvidos y desamparos retrospectivamente), básicamente porque no son reconocidos “oficialmente”. Es signo de la nueva generación intelectual es la crudeza, la franqueza gozosa y feroz.
Una hermenéutica situada no se escuda ni en la idea de un “saber objetivo” ni en los “hechos”. Como enseña el feminismo radical, se trata de asumir y militar nuestras parcialidades subalternas. La nueva generación intelectual no niega, no encubre su perspectiva específica. Reconoce que los saberes objetivados, esencialistas, europeístas, androcéntricos, etcétera, suelen portar una enorme carga opresiva. Su perspectiva, además, remite a criterios de parcialidad que son criterios de identidad. Por otra parte, la objetividad no deja de ser un perspectivismo limitado. Así, la nueva generación intelectual asume que conocimiento y acción no se pueden pensar fuera de una acción práctica. Esto es, hacer del conjunto de los saberes objetos contundentes, cascotazos perturbadores. Todo fijismo es signo de conformismo.
La acción práctica es el medio para aprehender la realidad, una realidad que a los intelectuales que “comprenden” sin actuar les ha sido sustraída por la razón burguesa. Retomando algunos planteos de Pier Paolo Passolini agregamos que la acción práctica permite además derribar los obstáculos que su educación y su mundo le imponen al intelectual[3]. La actividad práctica subjetiva se introduce en una relación y la construye. Lo material no es anterior a la acción, lo “objetivo” tampoco. Las condiciones para una teoría fecunda sólo pueden ser provistas por una praxis intensa y variada, por el diálogo de muchas praxis.
Para la nueva generación intelectual la reflexión teórica debe permanecer en estado de insatisfacción, o en todo caso, puede aspirar a las satisfacciones efímeras. La reflexión teórica debe hacerse al paso de la experiencia popular en Nuestra América. Como decía Louis Althusser, se trata de no creer en un voluntarismo de la historia sino en confiar en la lucidez de la inteligencia y la primacía de los elementos populares sobre la inteligencia. Al asumir un sitio modesto, la inteligencia estará en condiciones para seguir a los movimientos populares. El intelectual aprenderá a compartir y a dialogar. Pero –y siguiendo el razonamiento de Althusser– la modestia de la función, la negación de la inteligencia como “instancia suprema” no libera al intelectual de sus responsabilidades, al contrario, las incrementa porque se ha convertido en parte orgánica de un colectivo y debe velar para que éste no reitere caminos trillados y para que se dé formas de organización políticamente eficaces[4]. Su función excede así la mera contribución al desarrollo de lo que Antonio Gramsci llamaba los “núcleos de buen sentido” de las clases subalternas, su función se ubica en un lugar de mayor responsabilidad que la que le generaba la “celebración” de las luchas de los “de abajo”.   
Más que ensayar teorías generales, la nueva generación intelectual tiende a construir instancias de pensamiento crítico, trabaja para que se multipliquen y favorece los procesos de articulación. Articulación entre instancias de pensamiento crítico, pero sobre todo articulación de éstas con las instancias de poder popular. Así, conectando prácticas contrahegemónicas a través de representaciones, la nueva generación intelectual rechaza toda forma de saber cosificado y ensancha los horizontes del pensamiento y la acción.
 
Ser orgánicos
 
Existe una distancia estructural inherente a la propia condición del intelectual que inhibe los roles militantes más activos y la afectividad para con las clases subalternas. Los procesos históricos pueden contribuir a ensanchar o achicar esa distancia. Resulta evidente que desde el fin de la dictadura militar en la Argentina ocurrió lo primero.
 La nueva generación intelectual impulsa las relaciones constitutivas con las resistencias y las luchas de los de abajo, apuesta al trabajo paciente y arduo de promover en el pueblo el sentido de su dignidad y su responsabilidad autónoma mientras –al decir de Paul Eluard– aprende sus cantos de rebeldía. Promueve así la politización del hambre, es decir, la antropofagia.   
La nueva generación intelectual rechaza las más variadas formas del “sustitucionismo” que suelen ir acompañadas de una alta cuota de individualismo y el hedonismo que conspira contra el desarrollo de una perspectiva política en las clases subalternas. Trata de responder a la dialéctica planteada entre los requerimientos de un proyecto popular, revolucionario, y el desarrollo teórico y creativo de sus competencias particulares. De algún modo, el intelectual de la nueva generación prefigura en pequeña escala una función del Estado nacional popular democrático: es un potenciador de las instancias de autogestión, de autoorganización y de participación directa en el poder por parte de las clases subalternas (instancias poder popular), un facilitador, nunca un tutor. En un mundo fragmentado y dominado por la lógica del espectáculo, no se limita a apuntalar la ilusión de comunidad en un plano general y abstracto, sino que busca aportar al proceso de construcción de una comunidad concreta. 
Esta posición se traduce en un cuestionamiento a las jerarquías en las prácticas intelectuales; por otro lado, sus aspiraciones comunitarias resultan poco afines con los liderazgos intelectuales típicos de la izquierda[5]. En esto también es marcado el contraste con la izquierda vieja y la academia que producen intelectuales que, entre otras limitaciones y patetismos, suelen poner gran énfasis en la palabra “yo”. El egocentrismo, el pedantismo, el autobiografismo patético, afecta la capacidad cooperativa o la limita a un pequeño grupo que deviene secta extasiada en la adoración de su propia insignificancia.
Frente a las proyecciones narcisistas, la nueva generación intelectual propone una sentimentalidad igualitaria o de base. Del mismo modo rechaza el dandysmo intelectual y todo criterio de excelencia derivado de especialidades limitadas y confinadas a torres de marfil. La nueva generación intelectual se perfila reacia al individualismo, liviana, sin las presiones del mago mayéutico o las de los refutadores de leyendas y los policías de mitos y númenes que carecen de todo sentido del simbolismo y de todo sentimiento de lo “sagrado”[6]. La nueva generación intelectual va delineando un sesgo absolutamente ajeno, tanto a los compartimientos y escaques rígidos del saber institucionalizado como a las tramas irónicas, o mejor dicho, facciosamente irónicas, puesto que se ejercen desde un racionalismo blindado y estático, despojado de todo utopismo, siempre amargado y burgués.
 A contrapelo de la generación de la posdictadura, la nueva generación intelectual vuelve a poner el énfasis en la acción y en la producción de un tipo de conocimiento que no desecha ninguna facultad de la vida (no le alcanza con la acotada razón), lo que la obliga a repensar el mito y a abjurar de la carga –absurdamente peyorativa– asignada a la noción de invención. Resulta imposible negar hoy que la supuesta verdad (y “modernidad”) con la que los intelectuales refutadotes de leyendas se enfrentan al mito termina acomodándose sin mayor tensión a los intereses de las clases dominantes y el imperialismo. Y queda en evidencia el carácter reaccionario y desencantado (y no precisamente crítico) de todos aquellos que ejercen la ironía contra los revolucionarios derrotados.
La nueva generación intelectual también se vislumbra como una generación reacia al sectarismo, porque defiende la convivencia de vías alternativas. A diferencia de las sectas intelectuales, no ideologiza las divergencias menores. En las antípodas de la academia, la nueva generación intelectual no concibe la amistad como la etapa superior del intercambio de favores. Se aleja de la frivolidad de los mecenazgos y de los procesos de burocratización. 
La nueva generación intelectual no cede a las coartadas compensatorias; rechaza la prebenda, el camino de la consagración individual y no aspira al reconocimiento oficial que se expresa de diversos modos (entre otros en la cesión de espacios para su producción y su opinión) y en ámbitos diversos (Estado, mercado, academia y todos sus derivados). No asume el rol del colaborador crítico –y siempre a la espera de la futura radicalización– de los procesos conducidos por el reformismo o el nacional-populismo. No cede a la tentación platónica del gobierno (o por lo menos el cogobierno) de los filósofos, a la impostura del talento individual, a la antología del lugar común y a otras formas de suicidio moral. Se diferencia de los intelectuales cretinos que se desempeñan en los grandes medios o en la función pública pero con una sobreactuada mueca de fastidio. El problema es que las morisquetas jamás podrán alcanzar la estatura de una función crítica. 
La nueva generación intelectual, si bien se asume como una generación militante, no busca reproducir la figura del intelectual “comprometido” de los años 60 y 70. Abjura de todo magisterio y de todo rol pedagógico. Rechaza el populismo de esa rara especie de intelectuales caudillos-mercachifles (los “divulgadores”) que buscan los “formatos sencillos” para “llegar al pueblo”, “para que el pueblo entienda” (y para que las capas medias semi-ilustradas compren sus libros y sus revistas en los que apilan lugares comunes). Ocurre que muchas veces el “formato sencillo” no es más que el lenguaje del enemigo, que, como es de suponer, suele ser poco apto como despertador de conciencias. Glauber Rocha decía que aún siendo enfermo, hambriento y analfabeto el pueblo es complejo. 
El nuevo intelectual radical no pretende ser un proveedor de racionalidad, de línea correcta, el redactor de programas, el elaborador de consignas. Tampoco cae en los ideologemas idealistas del tipo “cambiar al mundo con monografías radicalizadas” o disertando sobre la obra de Jean Paul Sartre o Michel Foucault por la TV estatal. Asimismo, tiende a anular el papel mesiánico del intelectual. Quiere ser parte de un colectivo variopinto, un arco iris, no sentirse propietario de lo que investiga, escribe, dibuja, pinta, canta, etcétera. Asume un puesto en la construcción colectiva de un gran relato del proceso popular. No es casual que en los últimos años muchos grupos, emprendimientos y proyectos que contienen a intelectuales de la nueva generación, se hayan autodenominado “colectivos”. Rige la sentencia de Lautremont: “La poesía debe ser hecha por todos, no por uno solo”. La nueva generación intelectual promueve el desarrollo de tejidos asociativos, construye comunidad y trata de vivir los valores del futuro en el presente de sus construcciones, de este modo ejerce la crítica más allá de las palabras y las ideas, su crítica incluye una praxis.
A la nueva generación intelectual no le alcanza con la remanida cobija sartreana. Trata de estar más allá del compromiso. No está a la espera del “momento exacto” para “tomar partido”, para “estar allí”, para pegar el salto de la protesta humanista a la lucha política. Asume el aquí y ahora tal como se le presenta porque, al negarse a toda relación elitista, libre de los fantasmas del sueño estetizante, no considera que sus funciones exijan escenarios épicos, en este sentido concibe al aquí y ahora como momento decisivo y radiante (su praxis se caracteriza por una serena intensidad que conspira contra la penumbra). No pretende la tranquilidad de la propia capilla, por eso no se suma a las organizaciones “revolucionarias” que jamás contribuirán a un proceso revolucionario.
 
¿Anfibios?
 
Maristella Svampa, recurrió a la figura del intelectual anfibio[7] para hacer referencia a una posible y deseable circularidad entre la academia y la militancia (radical). Pero la figura nos parece, por lo menos, ambigua. Más allá de los alcances que le asigna Svampa, puede funcionar como fórmula para conjurar la posibilidad de no ser considerado un par cognitivo por la academia, para contrarrestar el temor del intelectual académico de perder crédito a partir de un prioritario compromiso político y social porque sabe que en la academia (un coro de hosannas que no permite desentonar) no impera precisamente el principio de solidaridad interpretativa.
Por otra parte, no es lo mismo una doble pertenencia que el tránsito o, más aún, la circularidad, entre la academia y la militancia radical. Por ahora constituyen universos antagónicos y hasta hostiles, dos lógicas contrapuestas, dos lenguajes, dos horizontes. La academia educa en escuelas abstractas, estandariza las opiniones, moldea la producción intelectual, obliga a la especialización, trata burocráticamente, busca adaptar al intelectual a sus normas. La academia es autorreferencial y corporativa, cultiva una intimidad a la que custodia con celo y delectación y alimenta relaciones verticales e inauténticas. Su lógica tiende a la institucionalización de los saberes, lo que la torna poco propicia para las epistemologías marginales. Todo lo contrario de lo que promueve la nueva generación intelectual.
La autoconservación del intelectual en el universo de la academia exige su adaptación a las exigencias reproductivas de la misma (que incluyen la utilización de sus propias herramientas de trabajo). La institucionalización o “academización” de los intelectuales, que les impone el desarrollo de una carrera individual exitosa, y el compromiso militante en las actuales condiciones históricas, difícilmente pueden ser conciliadas. Porque el pensamiento crítico, la tensión significativa, el encanto revelador, no son compatibles con la apología del real empírico, con la “razón objetiva” y con la agobiante falta de sensibilidad política, en fin, con la pereza mental y el conformismo. Porque un universo sin riesgos, de confort individual, no es compatible con un universo que obliga asumir riesgos de todo tipo y que tiene como horizonte la búsqueda del bien comunitario (aunque esa comunidad sea una pequeña). Porque los espacios pasionales no son aptos para sonámbulos[8].
Hace mucho José Carlos Mariátegui supo reconocer los riesgos del trabajo intelectual cuando se abandonaba la metafísica y se asumía la dialéctica; identificó, de este modo, un nuevo género de accidente de trabajo. Digamos que hoy esos riesgos se han incrementado y no están cubiertos por las ART (las compañías Aseguradoras de Riesgos del Trabajo).    
 
Ante la relativa marginalidad de las praxis intelectuales críticas y radicales significativas, la academia termina siendo para muchos intelectuales el único pragmatismo aceptable. Pero se trata de un pragmatismo que no se combina muy bien con las pasiones, con la fe y mucho menos con la cooperación y la obra colectiva, entre otras cosas porque el intelectual académico se tiene a sí mismo por finalidad y el saber, un saber determinado, no es más que un instrumento. El compromiso del intelectual con la praxis de las clases subalternas y con sus construcciones “de base”, seductoras pero inciertas y riesgosas, tan sin Estado (salvo el aliento de la policía y el puntero), tan sin gran prensa, tan sin beca, le presenta enormes riesgos, contiene la amenaza de cortarle lo lazos con las instituciones que lo cobijan y la de tener que vivir la condición intelectual en el marco de categorías socio-culturales distintas a las dominantes, en un mundo social con otras ideas y otros valores. Una situación para lo que no fue entrenado.
El hecho de que esas categorías dominantes, desde hace ya un tiempo, sean compatibles (perfectamente compatibles) con definiciones radicalizadas y pertenencias de izquierda alimenta una serie de ilusiones respecto de la academia, entre otras la de anfibología intelectual. 
Puede también que la figura del anfibio encubra la expresión del intelectual megalómano que se resiste a asumir su lugar modesto en la historia y que considera que tiene una función directora sobre la política de las clases subalternas y que cree que puede ejercer esa función (externa) al mismo tiempo que es parte de instituciones y circuitos de legitimación domesticados por el poder. Se trataría, en este caso, de una reedición del viejo vicio iluminista y de la figura del intelectual taumaturgo, el que aparece en la Alegoría de la Caverna de Platón[9]. En general, la experiencia histórica es lapidaria: todo intelectual que aspira a clase dirigente y guía esclarecido e iluminado, acaba servidor del orden establecido. Enrique Dussel, partiendo de la Alegoría de la Caverna, delineaba la praxis más afín al filosofo comprometido con la liberación: “Lo esencial no es el ver ni la luz: lo real es el amor de justicia y el Otro como misterio, como maestro. Lo supremo no es la contemplación sino en cara-a-cara de los que se aman desde el que ama primero”[10].   
El intelectual académico-militante existe, pero su condición, la mayor parte de las veces, más que la del anfibio es la de la doble membresía (o la del “entrismo” que de por sí niega toda posibilidad de genuina interioridad). Se trata de un sujeto desdoblado que reparte su tiempo entre dos funciones que sólo puede compatibilizar superficialmente y con la condición de haber construido previamente una legitimidad académica tan sólida que le permita darse el lujo de la militancia que, a pesar de todo, en este contexto, no deja de aparecer como una excentricidad.  
Resulta paradójico el hecho de que la figura del intelectual anfibio provenga de una intelectual cuya praxis está en exceso respecto de esa misma figura. Porque muchas de las intervenciones “militantes” de Svampa, más que armonizarse con la academia, la interpelan. Mientras la figura es generosa con la academia ya que trata de redimirla, de recuperarla y le busca un sentido un poco más trascendente, colectivo y extra-burocrático (una generosidad que también es sintomática, ya que hace ostensible el hastío y los propósitos más inconfesables y rastreros de la academia), las intervenciones de Svampa, las más afines a la nueva generación intelectual a la que pertenece con todo derecho, la conmocionan porque tienden a abrir un “espacio otro”.
 
La apuesta por la política y la política como apuesta
 
Digámoslo sin eufemismos: la nueva generación intelectual quiere reinventar la política como praxis revolucionaria. Para ella la política no se reduce a la “gestión” de lo que es y está; no se reduce a un paquete de concepciones y procedimientos “ordinarios”, a un campo de acción muy acotado, a un conjunto de verdades prefabricadas y saberes técnicos-prácticos. Por cierto, es ésta una concepción de la que no pueden despegarse a los intelectuales dizque progresistas, e incluso algunos que se asumen como revolucionarios, y que se expresa en la pretensión de incidir en la realidad partiendo de una identidad profesional o de especialista.
Los intelectuales dizque progresistas han eludido la discusión de fondo en torno a esta cuestión. Si la política es administración de lo dado o puede ser otra cosa, por ejemplo, transformación radical de lo dado. Si el pueblo seguirá siendo objeto de la historia o si las luchas fundamentales pueden hacer de él otra cosa. Sobreadaptados a lo que “es”, no creen que las cosas puedan ser de modo radicalmente distinto. Por consiguiente, y en contra de lo que sostienen, han caído en un profundo desprecio (en los hechos) por las ideas, los proyectos, los principios, las utopías. Los intelectuales dizque progresistas son cada vez más fenomenólogos. La ausencia de un ser crítico se intenta disimular con metáforas o folklore superficial (y proliferación de artificios) y en muchos casos son evidentes los desacoples entre la osamenta conceptual (débil) y una musculatura expresiva bien desarrollada.
Es evidente que estos intelectuales han abjurado de toda praxis tendiente a preservarle ámbitos no alienados al lenguaje (una praxis imprescindible para la nueva generación intelectual) y han adoptado una estrategia trituradora de palabras que busca la desactivación de las imágenes más rebeldes y contestatarias. Lo que explica, en parte, la marcada vocación por los modos estetizantes, la charlatanería y la gesticulación excesiva que exhibe uno de sus espacios emblemáticos recientes: Carta Abierta.
Omar Acha sostiene que “El límite fundamental de Carta Abierta consistió en su absoluta separación de una praxis popular de masas. Fue una ‘puesta en escena’ que careció de anclajes en el movimiento social real. Del mismo modo que el kirchnerismo no quiso ni supo emprender una proyección popular movilizadora, Carta Abierta se mantuvo como grupo de presión discursiva, aislado de la por otra parte inexistente fuerza popular que era su única clave para dar cuenta de la realidad”[11]. Coincidimos plenamente con la primera parte de esta afirmación, pero ocurre que las últimas dos líneas introducen una exculpación a la intelectualidad dizque progresista que consideramos absolutamente inmerecida (y que, estamos convencidos, no es el objetivo del autor).
Creemos que se debe relativizar la ausencia de una fuerza popular. Si bien es innegable la inexistencia de una gran fuerza “política” popular de masas, existen espacios populares concretos, “praxis” con potencialidades y perspectivas contrahegemónicas (objetivamente estratégicas, aunque les pueda faltar consistencia) claramente identificables por un intelectual lúcido, con aspiraciones de transformación radical, sin miedo a la condición periférica, los territorios ingratos y los destinos centrífugos. La limitación más alevosa de los intelectuales de Carta Abierta (y del progresismo en general) consiste en su falta de voluntad para suturar la brecha que los separa de las praxis populares realmente existentes, su incapacidad para asumir roles de construcción de una fuerza popular de masas, su temor a un oficio al que, en última instancia, consideran sórdido porque no confían en las virtudes de los oprimidos (virtudes derivadas de su carácter excéntrico).
No hay dudas de que muchos intelectuales dizque progresistas se sumarían gustosos a una propuesta popular contrahegemónica masiva con perspectivas de poder. El problema es que la mayoría descree de la misma y no considera estratégica la vinculación con una praxis popular concreta, por lo tanto, no están dispuestos a desarrollar intervenciones constructivas. Educados los más jóvenes, o reeducados los más viejos, en las décadas del ’80 y el ’90, asumieron un ethos pasivo y panglosiano que hace que, en el mejor de los casos, se visualicen como espectadores entusiastas (o como candidatos a funcionarios) de futuros procesos históricos de transformación en los que no pueden creer fehacientemente, puesto que en el presente los gobierna la amargura y el desasosiego.
Paradójicamente, los intelectuales se ven a sí mismos como ausentes de los procesos de gestación de una fuerza contrahegemónica, ajenos a la maravillosa etapa intrauterina de la misma. El resultado: clases subalternas sin metas significativas, carentes de identidades vueltas al futuro. Confinados a la cárcel de una totalidad que los condena al eterno retorno de lo mismo, incapacitados de identificar un plus del ser, desprovistos de instrumentos utópicos, signados por el logos, rendidos a los pies de los bienes, las cosas y los entes, vacíos de confianza, permanecen extranjeros de la misma idea de creación y alteridad. No están entrenados para pensar desde el no ser impuesto por las clases dominantes, un no ser que es precisamente el útero de un pensamiento y una praxis emancipatoria. No pueden pensar la política más allá de lo dado porque asumen como única fuente proveedora de sentido a la gestión progresista del ciclo económico. Estos constreñimientos los conducen indefectiblemente al reformismo político, a considerar al Estado como única fuente de la política, a las sucesivas opciones por el “mal menor”, y a confundir, una y otra vez, la táctica con la estrategia. Entonces, desde estas limitaciones, desde este ethos, desde esta autopercepción castradora, es lógico que terminen simpatizando con el gobierno de los Kirchner, defendiendo el fetiche del “país normal” frente a la impiedad de la derecha.  
Por otra parte, negarse a concebir la política como gestión obliga a modificar el rol que los intelectuales dizque progresistas asumieron desde 1983, que consistió básicamente en asumir la “actualidad del mundo” como totalidad consumada. Así, estos intelectuales fueron resignándose al papel de organizadores del todo como insalvable, asumieron una ética de la legalidad (paradójicamente una de las formas más eficaces que halló la dictadura para perpetuarse) que sirvió y sirve principalmente para descalificar a las praxis contrahegemónicas, concebidas de ahí en más como las responsables directas de que el opresor redoble su praxis dominadora.
Negarse a concebir la política como gestión conduce inevitablemente a una autocrítica respecto de su falta de compromiso con la tarea de reconstrucción de lo que la dictadura había destruido (identidades plebeyas, lenguajes de confluencia, mitos, utopías y la potencia de la clases subalternas), y también respecto de su absoluta desconfianza en las lógicas democráticas que no sean liberales, populistas o estatalistas, es decir, su alejamiento de toda praxis tendiente a construir una democracia que permitiera la acumulación en el seno del pueblo.
Del mismo modo, no concebir la política como la concreción de una verdad (sobre todo de una verdad sintáctica), o como la repetición de los viejos recetarios revolucionarios, también obliga a modificar el rol que los intelectuales revolucionarios asumieron en la década del ’20 y ratificaron en la del ’60 y el ’70. Ahora, tal vez, la nueva generación intelectual tiene horizontes más modestos y a la vez más radicales, considera que se trata de transmitir las sensaciones del contacto con experiencias que expresen algo radicalmente nuevo, o por disputarle al capitalismo sus imágenes de la felicidad, trabajar contra la mirada autoindulgente de las clases medias, denunciar ficciones de corto vuelo y reinventar la sociedad desde la soberanía, la autonomía, la solidaridad.     
La nueva generación intelectual, asumiendo el gran desafío de la izquierda, se propone desarrollar un pensamiento que amplíe los horizontes de la acción política y se verifique en ella misma.
Aunque los intelectuales progresistas consideran que libran una batalla con la nueva derecha, en el fondo comparten con ella el mismo ethos, ambos adhieren a los valores instrumentales, las normativas liberales, las instituciones verticales elitistas, las tecnologías de manipulación y control. Discuten sobre ellas, debaten, pero no las cuestionan en sí mismas. Se oponen a la reinvención del Estado desde lo penitenciario, a la policialización de la política, pero no cuestionan a fondo los procesos de heterogeneización de la democracia electoralista, los lazos que crea la representación. Sus planteos no suponen un dislocamiento de los valores sociales e intelectuales dominantes. No tienen nada que oponer a esos valores, a esas normas, a esas instituciones y a esas tecnologías. Una nueva generación intelectual debe aportar al desarrollo de antivalores, contranormas, disórganos y nuevas tecnologías[12].
Los intelectuales dizque progresistas han satisfecho sus urgencias militantes a través del recurso (por cierto, no muy poderoso) de la solicitada o la carta (abierta). Una modalidad de intervención pública insuficiente para conjurar la idea deprimente del divorcio inseparable entre la acción y el sueño, al decir de André Bretón. Más allá de las buenas intenciones, las intervenciones que proponen no sirven para convertir a la solidaridad en figura objetiva de la existencia. Esas intervenciones sólo los perfilan como criaturas de su propia propaganda. Es penoso su papel tendiente a dificultar los procesos de auto-conciencia en las clases subalternas o su abandono estratégico de cualquier función similar. Y es el más cabal reflejo de décadas de deterioro de lo ideológico y político. Así, sin abandonar los mitos elitistas, creen incidir sobre la sociedad, recuperar magisterio social, cuando en realidad el poder incide a través de ellos. Le sirven al poder para anular las tendencias más contestatarias. Se ajustan a la descripción de Enrique Fogwill: siguen “la línea correcta en el trabajo de cada día”, exigen que se les dé, a diario, “la negación nuestra de cada noche, la necesaria para pensar, la indispensable para necesitar, pero que nunca interfiera en la línea de producción de orden”[13]
 
Horizontes
 
La nueva generación intelectual aspira a nuevos formatos para concebir la Argentina, Nuestra América y el mundo, a la luz de la redención (autorredención). Y es que esta generación solo podrá “ser” si logra identificar la raíz de los enigmas y conflictos de Nuestra América y si desarrolla una consecuente vocación continental y también, desde el plafón de esta potente y extensa singularidad, universal (“dialógica”, no “universalista”). Estamos de acuerdo con Omar Acha cuando afirma que: “La permanencia de la generación excede los marcos nacionales, porque los desafíos intelectuales son, hoy los sabemos como nunca antes, continentales [...] En un futuro cercano, la nueva intelectualidad latinoamericana se inscribirá en una abanico global de militancias culturales. La globalidad es el destino de la dinámica permanente del quehacer intelectual radical. Dentro de medio siglo, una futura generación quizá se piense como decididamente global…”[14]  
A diferencia de la intelectualidad dizque progresista que plantea una absoluta complacencia con las cosas tal como son (en su fondo), la nueva generación intelectual insiste en cambiar el mundo y la vida, retomando la orientación estratégica que considera que la revolución es inseparable del reencantamiento del mundo. Esta orientación, frente a la profundización capitalista de los procesos de desencantamiento, tiene una vigencia colosal.
A diferencia de la izquierda vieja, considera que hay que cambiar las formas de cambiar. En este sentido, más que en términos de acumulación, piensa en términos de multiplicación, en los términos de Ezequiel Adamovsky[15]. O en todo caso, busca identificar los campos que mejor se llevan con cada perspectiva (que implica estrategias diferentes y muchas veces contrapuestas). Y luego los combina.  
Propone recuperar un sentido radical de la historicidad para que la existencia y el destino se pongan en juego en cada decisión. Desea atacar “concretamente” a las clases dominantes y recuperar el maravillo desprecio por las consecuencias. Para ellos opta por preservar categorías y expresiones, palabras e imágenes, sentimientos y deseos, que aún no han sido malogrados por el Estado, el mercado y la ideología.
La nueva generación intelectual asume un anticapitalismo militante y activo. Considera que la burguesía no tiene proyecto civilizatorio, que el sistema capitalista no es la única forma posible de sociedad civilizada. Reconocer que el capitalismo como fuerza social dominante trabaja sólo para su autoexpansión sostenida exige defender la vida no en el sentido abstracto que invocan las clases dominantes, sino en el sentido real, como propiedad de sí misma, sin hacer abstracción de la lucha de clases y sus consecuencias.
La nueva generación intelectual admite la existencia de antagonismos fundamentales entre las clases sociales y que no puede haber cambios de la realidad sin conflictos. Se diferencia otra vez de los intelectuales progresistas cuya ingenuidad en este punto llega al paroxismo: las políticas redistributivas no dependen de decisiones técnicas o de voluntades políticas gubernamentales, sino de relaciones de fuerza en el plano de la sociedad. La nueva generación intelectual está aprendiendo el lenguaje de las relaciones de fuerza.
La nueva generación intelectual no coloca en el horizonte del pensar-hacer la política al Estado. Pero tampoco cultiva un antiestatalismo ingenuo, no considera a todo momento estatal como reaccionario. Pone el énfasis en las determinaciones societarias y los múltiples universos en tensión con el Estado, impenetrables a las convocatorias estatales no democráticas.
La nueva generación intelectual no se jacta de la ruptura con el mito de la neutralidad de la cultura, reconoce que es un mito que hace rato ha caído en desuso. La burguesía, que lo creó, lo ha abandonado. Hace mucho tiempo que las clases dominantes cuentan con modos más sutiles y complejos a la hora de integrar, tergiversar o anular mensajes y símbolos disruptivos. Así, la nueva generación intelectual, mientras rechaza decididamente el empirismo y el pragmatismo, auspicia los elementos optimistas y utópicos.
Samir Amín hace algunos años definió la cultura como el modo que tiene un grupo humano de organizar la distribución de los valores de uso (y no los de cambio). Partiendo de esa definición decimos que la nueva generación intelectual opta por el campo de la cultura y no por el de la ideología, retomando y reformulando la idea de Ernesto Che Guevara que planteaba que la gran propiedad privada destruye la cultura y la identidad nacional de un pueblo.
Digamos finalmente que es nueva la nueva generación intelectual porque lo que anuncia no es prolongación de lo que hubo y hay. Porque promueve una ruptura con el pasado y el presente, porque recupera una imagen del mundo como posibilidad latente, un carácter prospectivo. Porque no pretende construir una tarima a la que subirse sino elaborar, colectivamente, una hipótesis profunda. Se trata de una generación que funda expectativas, que es impaciente porque confronta el presente con el futuro, porque recupera el sentido de la utopía que es denuncia y anuncio y que provee de estructura a la praxis y que, además, es el motor de la imaginación política. 
 
Bibliografía
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Una versión resumida de este trabajo fue publicada con un título similar en: Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico, Nº 6, Prometo, Buenos Aires, septiembre/octubre de 2009
 
[1] Acha, Omar, La nueva generación intelectual, Incitaciones y ensayos, Buenos Aires, Herramienta, 2008.
[2] González, Horacio, Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX, Buenos Aires, Colihue, 1999.
[3] Ver: Pasolini, Pier Paolo, Teorema, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1970.
[4] Ver: Althusser, Louis, El porvenir es largo, Buenos Aires, Ediciones Destino, 1992: 300-302.
[5] Siguiendo a Horacio Tarcus, esos liderazgos se han expresado (y aún se expresan) en las figuras del “fundador mítico” o el “depositario de la doctrina”. Ver: Tarcus, Horacio: El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, Buenos Aires, Ediciones El Cielo por Asalto, 1996: 113.
[6] Sugerencia para jóvenes historiadores: Michel Löwy dice: “No hagamos tabla rasa del pasado. El que no sabe encender en el pasado la chispa de la esperanza no tiene porvenir”. Ver: Löwy, Michel, La estrella de la mañana: surrealismo y marxismo, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 2006: 109.  
[7] Ver: Svampa, Maristella, Cambio de época. Movimientos sociales y poder político, Buenos Aires, CLACSO -Siglo XXI, 2008 y la entrevista de Laura Vales publicada en el diario Página/12, el 1º de septiembre de 2008. 
[8] En torno a este tópico, dice Ariel Petruccelli: “No se puede menospreciar, la academia ofrece: becas, viajes, prestigio, dedicación full time a la actividad intelectual. Pero el precio que se cobra es elevado: tendencia a predeterminar la agenda de investigación; producción de papers como chorizos en desmedro de su calidad; acomodación a un lenguaje correcto pero anodino; poco hábito de crítica directa (la premisa es no ganar enemigos que puedan poner palos en la carrera); producción dentro de los rígidos marcos disciplinares o subdisciplinares; tendencia al enclaustramiento”. Ver:   Petruccelli, Ariel: “Sobre nuestra condición intelectual (y sus anti-condiciones)”, en: Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico, Nº 6, Prometeo, Buenos Aires, septiembre/octubre de 2009: 29.
[9] Breve referencia a la Alegoría de la caverna de Platón: Unos hombres, desde niños yacen en el fondo de una caverna. Engrillados por las piernas y por el cuello, sin poder mirar hacia atrás, sólo pueden ver la pared del fondo. Detrás de ellos, a lo lejos, arde un fuego que se refleja en la pared del fondo de la caverna. Entre ellos y el fuego hay un camino por donde pasan personas transportando objetos y hablando, pero a los prisioneros sólo les llegan un murmullo. Los prisioneros sólo ven sombras y oyen ecos. Como no conocen otra cosa creen que es la realidad. ¿Quién los libera? El filosofo les quita los grilletes, los obliga a salir a superficie, los guía hacia la realidad. 
[10] Dussel, Enrique, Para una ética de la liberación Latinoamericana, Tomo II. Buenos Aires, Siglo XXI, 1973: 171.
[11] Acha, Omar: “Intelectuales en el ocaso de la ciudad letrada: los albores de una generación crítica en América Latina”, en: Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico, op. cit.: 14.
[12] Ver: Fals Borda, Orlando, La subversión en Colombia. El cambio social en la historia, Bogotá, Fica-Cepa, 2008.
[13] Fogwill, Enrique, En otro orden cosas, Buenos Aires, Interzona - Latinoamericana, 2008. Ver especialmente páginas 47, 147, 148 y 149 y 173. 
[14] Acha, Omar: “Intelectuales en el ocaso de la ciudad letrada: los albores de una generación crítica en América Latina”, en: Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico, op. cit.: 19. El autor completa esta idea en su Tesis Diez: “Una nueva generación en Nuestra América tiende lazos de colaboración crítica con las culturas radicales que recorren el planeta, en búsqueda de conspiraciones, de aspiraciones compartidas, en la forja de una vocación transformadora global. El horizonte filosófico de la nueva generación transita de la historia a la política, de la tradición a la comunicación ecuménica del pueblo mundial en ciernes”.(: 24)
[15] Adamovsky, Ezequiel, Más allá de la vieja izquierda. Seis ensayos para un nuevo anticapitalismo, Buenos Aires, Prometeo, 2009.