Italia: la partidocracia al timón de un país a la deriva

Coscione, Marco

En julio de 1981, en una entrevista de Eugenio Scalfari para el periódico La Repubblica, Enrico Berlinguer, uno de los mejores políticos italianos y en aquel entonces Secretario del Partido Comunista Italiano, lanzaba algunos mensajes clave que 30 años después todavía resultan muy actuales: “los partidos de hoy son sobre todo máquinas de poder y clientelares: escaso o mistificado conocimiento de la vida y de los problemas de la sociedad y de la gente; ideas, ideales, programas, sentimientos y pasión civiles nulos. Gestionan los más contradictorios y diferentes intereses, sin alguna relación con las necesidades humanas y sin perseguir el bien común”.

Sus estructuras organizativas son la prueba de la abismal distancia con el pueblo, “son federaciones de facciones, cada una con su jefe y sub-jefe”. Pero lo más problemático es que “han ocupado el Estado y todas sus instituciones, empezando por el gobierno. Han ocupados las entidades locales, los bancos, las empresas públicas, los institutos culturales, los hospitales, las universidades, la Televisión Pública y los grandes periódicos”. 
Entonces, todas las acciones que los políticos de cualquier nivel están llamados a llevar a cabo, responden a la lógica y a los intereses del partido. Del resto, ¿a quién puede representar un diputado que hace más de 20 años está sentado en el Parlamento? ¿Puede representar a los ciudadanos que lo han votado o estará simplemente representando los intereses del partido y los suyos? Son las dudas que surgen espontáneas cuando un atento y activo ciudadano empieza a cuestionarse el sistema en el cual vive, se educa, trabaja, paga los impuestos y al final, se espera, recibe una digna pensión por una vida de trabajo.
Son las preguntas que cuestionan este tipo de democracia que en realidad se está convirtiendo en una partidocracia, donde si hay suerte el bipolarismo todavía no se ha transformado en un verdadero bipartidismo, o donde la búsqueda del centro, o sea de un continuismo sin proyecto de futuro, es lo más habitual. Seguía Berlinguer: “la cuestión moral no termina encontrando, denunciando y encarcelando a los ladrones y los corruptos de las altas esferas de la política y de la administración. Cuestión moral, en la Italia de hoy, significa sobre todo la ocupación del Estado por parte de los partidos y de sus facciones, significa una concepción de la política y de los métodos de gobierno de estos partidos que simplemente tenemos que superar y abandonar. La cuestión moral es el centro del problema italiano… si seguimos así, en Italia la democracia está en riesgo de achicarse y no de ampliarse y desarrollarse… está en riesgo de ahogarse en un pantano”.     
Palabras fuertes con las cuales Berlinguer atacaba los demás partidos, pero al mismo tiempo creía en la fuerza renovadora de su partido. Sin embargo, la historia italiana nos ha demostrado que cualquier partido, fuera de centro, derecha o “izquierda”, ha jugado las mismas cartas, alejándose cotidianamente de los intereses de sus ciudadanos. Yo naturalmente lo veo desde una visión personal, de un joven que hace 6 años no vive en Italia, pero que desde afuera logra quizás entender más de lo que desde adentro es, a veces, más complicado entender.
¿Es solo un caso que Italia sea el país con la población más vieja del mundo, donde la natalidad es casi nula, donde las posibilidades para las jóvenes son muy pocas y las que hay son siempre a tiempo determinado, precarias e inestables? ¿Es solo un caso que miles y miles de jóvenes italianos busquen en el extranjero lo que no encuentran en Italia y que, una vez visto el propio país desde afuera, tengan muy pocas ganas de volver? ¿Es solo un caso que estos jóvenes estén obligados a vivir “una vida de proyectos”, y no “un proyecto de vida”?
Es un problema serio, más serio de lo que puede ser esta actual “crisis” económica. Del resto, se puede decir que en Italia estamos en crisis por lo menos hace 15-20 años, y los miedos de los españoles por la actual crisis, a nosotros italianos nos hacen reír. “¡Si supieran lo que viven los italianos hace años y años!”, repito a mis colegas españoles, incrédulos de lo que puede significar estar en crisis desde cuando se tienen los mínimos conocimientos para leer e intentar analizar el “Bel Paese”. Recuerdo que cuando empecé la carrera, en 1999, ya hace algunos años se estaba hablando de crisis: económica, institucional, política. En fin, un caos. Se cerraba la década de los ’90, los años de “Mani Pulite” y “Tangentopoli” y de la entrada en política del magnate Silvio Berlusconi. Pero hoy en día la situación no ha cambiado mucho: 60 gobiernos en 54 años, una gobernabilidad que ningún país latinoamericano envidiaría. Y la cosa más ridícula es que el único gobierno que ha terminado la legislatura sin caer antes, ha sido uno de los gobiernos de Berlusconi.
Ningún país de América Latina tampoco envidiaría los niveles de la economía informal italiana, que se estima llegue al 35-40% del PIB; o los niveles de corrupción italianos, que poco se alejan de los latinoamericanos: de acuerdo con el Índice de Percepción de la Corrupción 2009 de Transparency International, una medición de la corrupción del sector público doméstico, Italia se encuentra en el lugar 63 (de 180 países considerados), después de Turquía y antes que Arabia Saudita, con un índice del 4,3. La escala de valores pasa del 0 (percepción de alta corrupción) al 10 (percepción de bajos niveles de corrupción). Como tampoco los niveles de libertad de prensa: según el Informe 2009 de Freedom House (por cierto bastante discutible) Italia se encuentra en el lugar 73, entre Israel y Tonga, y es considerado un país donde la libertad de prensa es parcial, como la mayoría de los países latinoamericanos.
Según el Informe Italia 2010 del “Istituto di Studi Politici e Economici e Sociali” (EURISPES), la Italia de los últimos veinte años es como “una zona de obras poblada por una multitud de belicosos arquitectos que no logran ponerse de acuerdo porque, en realidad, no tienen ningún verdadero interés a que las obras empiecen y terminen. Éstos son de hecho los hijos y los dueños de la transición infinita, interesados al mantenimiento del statu quo, más que a una perspectiva de futuro”.
Es triste leer una declaración de este tipo, pero lamentablemente es el panorama al cual los italianos asistimos todos los días. Si consideramos los bancos como unos de los mayores “dueños” de esta transición infinita, son interesantes los datos elaborados en el Informe: el 45,7% de los que recibieron un crédito en los últimos tres años estima que las tasas de interés aplicadas por los bancos son demasiado altas; el 86,1% de los entrevistados piensa que el sistema bancario italiano no pueda (o pueda muy poco) hacerse cargo de los problemas y de las necesidades de las familias; el 88,8% está muy y bastante convencido de que los bancos conceden créditos solo a los que ya tienen bienes; el 84,1% de los entrevistados consideras los bancos avaros, por no decir usureros; solo un 14,8% considera positiva la calidad de los servicios ofrecidos por los bancos; el 71,5% comparte la afirmación que los bancos dan créditos a los potentes a pesar de las garantías que éstos puedan ofrecer. ¿Podemos considerar entre estos potentes las altas esferas de la política y las maquinarias de partido? Naturalmente sí, en 1981 durante la entrevista a Berlinguer, así como hoy en día.
El tema de los bancos es solo un ejemplo de una crisis que es estructural: “han entrado en crisis el modelo político-institucional que ha gobernado el país después de 1945 y simultáneamente el modelo de desarrollo económico-productivo sobre el cual construimos nuestras fortunas en el mismo periodo”, prosigue el Informe. El 45,5% de los italianos no confía en los partidos, otro 42,4% confía poco; el 35,8% no confía en los sindicatos, el 40,9% confía muy pocos en ellos.
En 2008, de los 30 países de la OECD, Italia ocupaba el lugar 23 en cuanto a salario neto promedio (21.374 USD anuales), superando solo a Portugal (19.150 USD), República Checa (14.540), Turquía (13.849), Polonia (13.010), Eslovaquia (11.716), Hungría (10.332) y México (9.716). Los que más han sufrido el aumento de los precios, sobre todo después de la moneda única europea, los recortes o la estabilidad de los salarios son sobre todo los trabajadores de la clase media. Ésta, que siempre ha sido el motor de la economía italiana, ahora está constantemente al borde, a punto de pasar la línea de la pobreza: llegar a fin de mes se ha hecho mucho más difícil, los estándares cualitativos y cuantitativos de vida se han contraído notablemente, tener hijos es algo que inevitablemente hay que costear, inestabilidad y precariedad son las dos características más evidente de mi generación y no solamente.
Los jóvenes italianos, estudiaron y empezaron a “trabajar” en esta Italia: la Italia que vive del pasado y no se proyecta en el futuro, un país que ha perdido su potencial turístico porque sigue manteniendo los mismos servicios de hace 30 años (pero subiendo los precios), la Italia que deja de exportar por el mundo como siempre había hecho porque la creatividad de sus pequeñas y medianas empresas ya no puede competir con el sistema de consumo mundial que premia a los omni-productores baratos como China; la Italia que obliga los cebreros a producir y crear desde otros países; un país que deja de invertir en educación e investigación, que deja de cooperar a nivel internacional, que poco a poco recibe a más inmigrantes pero donde todavía un africano, un asiático o un latinoamericano difícilmente viene considerado ciudadano italiano, con todos sus derechos.
Pero sobre todo se criaron en la “Era Berlusconi”, con todas sus consecuencias. En la “Era Berlusconi” no se hace nada más que hablar de él, se vota por él o se vota en contra de él; se comentan sus declaraciones y los noticieros compiten a quien entrevista a más políticos de saco y corbata que responden a las declaraciones del “Cavaliere”. Hay que hacerle oposición a él y nada más, sin embargo a la misma “oposición” le conviene que Berlusconi siga existiendo, porque en realidad carece de un verdadero programa político alternativo, de un proyecto de conjunto para un país literalmente a la deriva.
Es la tragedia de los partidos italianos que, como ya decía Berlinguer a principios de los ’80, han copado el Estado, haciendo del bien público un bien privado en mano de la casta de sus políticos. Y mientras en el parlamento se aprueban decenas de leyes para salvar al primer ministro, en la fábrica FIAT de Termini Imerese (Sicilia), 18 obreros trascurren las frías noches del invierno europeo acampando en el techo del establecimiento. 18 obreros despedidos por la empresa después de 20 o 25 años de trabajo, mientras sus familias se quedan afuera de la fábrica y bloquean el paso de los camiones que traen las piezas que alimentan la cadena de montaje. Y mientras los abogados del primer ministro, ahora naturalmente diputados del parlamento, inventan nuevas escapatorias legales para blindar detrás de un escudo un sistema en realidad atrincherado, mamás de 50 o 55 años pierden sus trabajos a tiempo indeterminado y tienen que volver a casa de los padres. Sí, no es broma, a casa de los padres y vivir con la pensión de éstos o con los ahorros de la hija de 25 años que apena logra encontrar un trabajillo (al negro naturalmente) para pagarse los estudios y mantenerse… mientras los empresarios mueven sus empresas al extranjero, en algún país del este Europa por ejemplo, simplemente para ganar más. Nadie se atreve a comentarlo, a hablar abiertamente y en profundidad de ello, en nombre del optimismo y de la futura “superación” de la crisis. Y el Estado se queda mirando. “L’Italia é una Repubblica fondata sul lavoro”, dice el primer artículo de la Constitución Italiana: Italia es una República fundada en el trabajo. Naturalmente no se especifica qué trabajo y a cuáles condiciones. Hoy en día necesitaríamos hacerlo.   
En las democracias, si un tribunal empieza un juicio a un político es muy probable que el político deje el cargo y reciba una pena, en Italia el juicio se cambia: es el político que ataca la magistratura acusándola de tramar un complot en contra de cierta facción política o de cierto partido, o simplemente en su contra. Los roles se invierten y los poderes naturalmente ya no queda independientes.
En las democracias, cuando un periodista investigativo bien informado descubre redes clientelares entre políticos y mafiosos, actos de corrupción o lavados de dinero, el político tiene por lo menos el buen gusto de salir del escenario para que se sepa lo menos posible de sus intrigas y deja el cargo; en Italia, el político querella el periodista, empezando así un juicio en contra de sus supuestas “calumnias”. El pobre periodista, pobre económicamente, casi nunca podrá suportar los tiempos y los gastos de un juicio de este tipo, pero sobre todo por los tiempos y los recursos de la justicia italiana, este juicio nunca se celebrará y caerá tranquilamente en prescripción. Como muchos otros, como el juicio que vio el primer ministro y un diputado investigados por ser los autores “intelectuales” de dos asesinatos, a los dos magistrados anti-mafia más importantes que el país haya tenido nunca. Los que más se acercaron a demostrar las tramas entre el Estado y la mafia, o mejor dicho la existencia de los dos Estados paralelos que nunca dejarán de mezclarse y reciclarse.
Porque cuando los extranjeros piensan en la mafia, piensan en la película “Il Padrino”, pero se olvidan de que en Italia la mafia es mucho más: la mafia es la construcción del Puente sobre el Estrecho de Messina, la mafia es la basura en las calles de Napoli, la mafia es la entera isla siciliana votando por Berlusconi, la mafia son los arreglos y los juegos de partido que no cambian las cosas y dejan en las mismas manos de siempre el futuro del país.            
Y pensar que bastaría poco para empezar a democratizar el sistema de partidos: impedir que se renueven las inmunidades a parlamentarios o altos cargos institucionales (¿A caso los políticos no son ciudadanos como los demás? ¿A caso la ley no es igual para todos?); limitar a dos legislaturas el periodo de permanencia de los políticos en las asambleas de cualquier nivel representativo (más tiempo una persona se queda en las altas esferas de la política y más posibilidades hay de que se corrompa y que ligue sus intereses personales con los favores políticos); cambiar el sistema de nómina de los candidatos a las elecciones (actualmente son los partidos que los eligen y el ciudadano simplemente pone un equis donde el partido; casi nunca conoce al candidato, y el candidato muchas veces no conoce el territorio en el cual será candidato; eso significa concretamente que trabajará muy poco para el territorio donde recibirá sus votos, sino simplemente trabajará por el Partido, faltando entonces cualquier compromiso con la ciudadanía que él, en teoría, está llamado a representar); impedir que condenados definitivamente en cualquier grado de juicio puedan cubrir cargos legislativos (¿Cómo es posible que los mismos que hacen las leyes después las violen y sigan legislando?) o también cargos políticos de representación de la ciudadanía (si los ciudadanos fueran realmente informados sobre las actividades legales e ilegales de ciertos candidatos, ¿estamos seguros que los votarían?); poner un límite de edad y favorecer la rotatividad de los cargos al interior del mismo partido (surgen muchas dudas de que un político de 70 años pueda pensar en el futuro del país; representar a los ciudadanos y asumir cargos públicos deberían ser casi un deber de cada ciudadano hacia su comunidad, el compromiso de esta manera se asume como responsabilidad hacia la colectividad y no hacia el partido; además se lucharía en contra de los “jefe” y “sub-jefe” de partido de los cuales hablaba Berlinguer); y a un nivel más general favorecer, por ejemplo, la implementación del referéndum revocatorio para todos los cargos de representación (estamos demasiado acostumbrados a las promesas de campaña que nunca se mantienen, ¿entonces por qué cierto políticos deberían seguir en el cargo?)…
En fin, se podrían dar muchos otros ejemplos de medidas que los mismos partidos, internamente, podrían tomar para democratizarse, para rejuvenecer, mirar hacia el futuro proponiendo un nuevo proyecto de país, al paso con los tiempos que como podemos ver todos los días han cambiado enormemente desde el inmediato post-guerra y la Asamblea Constituyente.
Un movimiento ciudadano italiano, se llama “Movimiento 5 Estrellas”, hace más de dos años presentó un proyecto de Ley popular que consideraba tres de estos puntos: máximo dos legislaturas por representante, “Parlamento Limpio” o sea vaciado de los varios condenados que actualmente “sobreviven” a costa de los contribuyentes, candidatos elegidos desde abajo y no desde arriba. 350.000 firmas recogidas en solo dos días. Un partido necesitaría meses para juntarlas. Sin embargo, esta ley popular yace en los cajones del Parlamento. ¿Por qué? Es evidente, es una ley que responde a la voluntad de los ciudadanos y no a los intereses de los partidos. ¿Pero los partidos no deberían representar los intereses de los ciudadanos? ¿Y si no los representan, qué intereses representan? ¿De quiénes son los intereses que representan?
 
¿Hasta dónde llegaremos? ¿Seremos capaces de salir de la tormenta? Para eso la casta de los partidos no está proponiendo soluciones; los que las están proponiendo son los ciudadanos, los mismos que, abandonados por las instituciones y por un Estado ausentes, tienen que reinventarse la vida a los 50 años, sin trabajo, quizás un día sin pensión, viviendo el día a día y sin poder pensar mucho en el futuro.