El Bicentenario y las incertidumbres político-culturales de la izquierda

Acha, Omar

La performance ante la conmemoración del Bicentenario de la Revolución de Mayo (1810-2010) es un termómetro de precisión útil para medir la energía cultural y política de la izquierda en la Argentina de hoy. Y lo que ese termómetro nos muestra es poco halagador. No quiero sembrar desesperanza. Sólo me anima la voluntad de despejar los velos que abrigan nuestra incomunicación con el enigma de regresar a la disputa por la hegemonía, esto es, la producción de un discurso de alcance “nacional” entendiendo así un relato que interese a amplios sectores de la población y no las perspectivas minoritarias con que se hartan los grupos pequeños. Porque la incapacidad para ofrecer un relato propio y alternativo de la historia nacional es la expresión de la insolvencia para plantear una política convincente desde la izquierda. Es innecesario oponer un “pesimismo de la inteligencia”, que nos mostraría impiadosamente lo que hay, a un “optimismo de la voluntad” por el cuál seguiríamos luchando a pesar de todo.
Notas anticipatorias de estas líneas, leídas por aquí o allá, me revelaron el rechazo de la izquierda por unas pocas ideas que parecen aguafiestas. Se me reprochó que cuestionaban “temas importantes”. Pero hay cosas que deben ser dichas aunque disgusten al conformismo. Reconocer la desnudez de nuestros pies en el desierto quizá ayude a calzar las suelas que nos permitan dar los primeros pasos en el reverdecer de la esperanza. 
 

La izquierda descolocada 

¿Qué se ha hecho desde la izquierda con el Bicentenario en lo que va del año 2010 que lo conmemora en la Argentina? Si consideramos sobriamente el panorama, la pregunta parece ser esta: ¿qué ha hecho el Bicentenario con la izquierda? ¿Pudo ésta construir una opción convincente? ¿Qué revela lo que ha producido sobre la estatura actual de su cultura política? Ciertamente, no hay una sola y única manera en que la izquierda, ella misma dividida en numerosas variantes, haya trazado una alternativa a un presunto Bicentenario “oficial” (porque veremos que desde el “oficialismo” argentino, con el que no puedo identificarme, en modo alguno se pretende sostener una historia nacional liberal, racista, machista, autoritaria y elitista). Y quizá sea prematuro extraer conclusiones a partir de lo que se conoce hasta el momento. Sin embargo, no sólo están disponibles hasta la fecha diferentes actitudes sobre el tema, sino que ellas son consistentes con tendencias culturales de más larga duración que la fugaz coyuntura bicentenaria.
Voy a soslayar lo que propuso la derecha social y cultural, pues en esa esquina todo ha sido muy débil, más endeble que lo pensado por la izquierda; el gobierno derechista de la ciudad de Buenos Aires no tuvo mejor idea que pertrecharse en el Teatro Colón como trinchera de la “alta cultura”. Con eso se condenó a la auto-representación de las clases medias-altas y altas como presuntamente alejadas de la ignorancia de las masas, y por lo tanto renunció de antemano a la disputa por el sentido colectivo del Bicentenario.
Abandonó por puro prejuicio y por impotencia el terreno de la disputa hegemónica. Y se entiende por qué: la derecha no tiene un proyecto de país con el cuál captar la historia nacional que no sea la reivindicación de la Argentina oligárquica del Centenario. Desde luego, esto no es incompatible con los deseos políticos y sociales de una derecha que defiende el carácter selecto y minoritario de su ideología.
Por lo tanto, pensemos de una vez qué hizo la izquierda para este 25 de mayo.
Intentaré mostrar el valor intelectual y las razones que regulan la postura de la izquierda ante el Bicentenario. La discusión carecería de relevancia más que polémica si se restringiera a centrarse en el tema específico de una incomodidad político-cultural. El tema es más interesante si tenemos en cuenta que revela trazos significativos de la izquierda en la Argentina, de su escasa capacidad para pensar radicalmente su propia situación y la historia nacional. Más precisamente, plantea cuestiones que no se vinculan con las falencias individuales, sino que se inscriben en el dilema de construir una estrategia política en un tiempo de prolongada autocrítica, evaluación de lo real y reconstrucción del proyecto emancipatorio.
Consideremos primero la debilidad más evidente, a saber, la que se sitúa en el terreno de un debate puramente discursivo. En este plano, un sector de la izquierda, sobre todo ligado a una perspectiva “nacional y popular” o de trazos románticos, enderezó algo así como un panteón de “lucha” y “liberación”, de “resistencia” y “naturaleza”, contra la dominación que desde la llegada de los conquistadores españoles perpetúa una línea de opresión que llega hasta nuestros días.
Aunque no es la fuente única de esa manera de concebir la historia, el modelo ejemplar de esta idea histórica es el libro de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, cuya primera edición data de 1971. El libro de Galeano es una mezcla de teoría dependentista y romanticismo, una especie de novela histórica antiimperialista y de añoranzas socialistas. El tono general es de denuncia y descansa en una nítida separación entre opresores y oprimidos. Pero la opresión no es intrínseca al sistema. Proviene en verdad del colonialismo y del imperialismo que, cada cual a su turno, lanzaron sus garras sobre el sufriente subcontinente latinoamericano.
Es sabido el éxito del libro de Galeano, que todavía goza cada año de un respetable número de ventas. Lo problemático con su argumento, pensado hace cuatro décadas, no es lo que dice desde su situación histórica. En los sesenta y setenta el argumento antiimperialista tenía una consecuencia política al abonar, según los casos, la salida nacional-popular o la salida socialista. Por lo tanto, el escrito se inscribía en una discusión real de la época. Hoy es un anacronismo porque ni la salida socialista ni la proyección nacional-popular constituyen posibilidades cercanas en la práctica política. Y más lejos están tales programas de transformación si se sustentan en concepciones irrelevantes para nuestra época. Es preciso comprender que obras como las de Galeano, antes que instrumentos críticos para pensar políticamente la realidad en que vivimos, son documentos históricos de un tiempo pasado. Para bien o para mal, y creo que es para bien, la experiencia del siglo XX obliga a la política revolucionaria a enfrentar la ardua tarea de pensar de nuevo. Hay precedentes, sin duda, pero las condiciones de la praxis son distintas a las operantes en los siglos anteriores. Para emprender seriamente una política transformadora, necesitamos construir nuevas teorías, nuevos conceptos, nuevas interpretaciones. Nutrientes para esas renovaciones no faltan si consideramos el panorama de la lucha de clases y las resistencias populares en América Latina. La circunstancia del bicentenario, al imponer la necesidad de representar la historia nacional y latinoamericana en el brasero de los desafíos presentes, obliga a escribir nuevas historias. 
Por lo tanto, es decepcionante que desde la izquierda se pretenda construir “otro” Bicentenario utilizando gestos de un revisionismo histórico indigente como el que parecía suficiente tiempo atrás. Porque ese bicentenario presuntamente alternativo, popular y resistente, se sostiene en sujetos puros, bravos, monolíticos, idénticos a sí mismos, es decir, antihistóricos. Y no se crea que una cita de Walter Benjamin sobre la historia “a contrapelo” y en el “instante de peligro” autorice la pereza intelectual que renuncia a una visión compleja de la historia. Antes que sujetos oprimidos y vencidos a los que desde el presente nos esforzamos por comprender históricamente, en sus condiciones y luchas, son comodines que utilizamos de acuerdo a nuestras ocurrencias. Para colmo, son convenientes porque los convocamos para tranquilizar nuestra inercia política, nuestra rebelión puramente imaginaria (para no utilizar palabras groseras que me vienen a la mente), y no experiencias pretéritas que debemos intentar captar en su verdad.
Esos sujetos históricos serían los pueblos originarios casi exterminados por Roca, o los negros esclavizados diezmados en las guerras de la independencia, o los obreros revolucionarios encarcelados, o los anarquistas perseguidos, o los militantes peronistas acosados por la “revolución fusiladora” de 1955, o Agustín Tosco, o Rodolfo Walsh, o las Madres y las Abuelas. O en el plano subcontinental. Se apela a la rebelión de Túpac Amaru o la revolución de los negros en Haití. Son sujetos inmarcesibles, ideales para la siempre impactante estética política de Ricardo Carpani, con sus puños en alto y sus quijadas amenazantes.
El empleo maniqueo y arbitrario de las referencias “históricas” de esta naturaleza es todo menos respetuoso respecto de los vencidos del pasado. Por el contrario, es un manoseo vil y holgazán que se desinteresa por sostener la diferencia entre distintos pasados y nuestro presente.
No es que me parezca que los sujetos citados en las imágenes históricas revisionistas sean irrelevantes. ¡Qué va! Sólo que esos retazos de las representaciones culturales son insuficientes para conectarse con la realidad argentina y las tensiones hacia un porvenir diferente. No son insuficientes porque sean poco valiosas. Son inviables porque nuestras perspectivas para convocarlos son apenas históricas, es decir, carecen de una concepción de la historia que les reconozca un lugar singular, y no meramente como figuritas de las narraciones que se nos ocurren como las más adecuadas para nuestros fines. Todo esto se agrava cuando constatamos que carecemos de una historia nacional alternativa, por lo cual el manipuleo se torna arbitrario y evidente.
Pasa además que esa manera antojadiza pero tan de moda de pensar la historia es compatible con actitudes acopladas al discurso estatal de la festividad, que celebra el presente también con una mirada revisionista hacia el pasado; se equivoca quien crea que el estado defiende una “historia oficial” elitista o simplemente “blanca”. Véase la película Revolución. El cruce de los Andes o la procesión de la Semana de Mayo de 2010 en la avenida 9 de Julio. Bastan esos ejemplos para darse cuenta inmediatamente de que no es la exclusión de las poblaciones indígenas o negras, de los desaparecidos o el anarquismo, lo que caracteriza al Bicentenario estatal.
Es cierto que una fracción de la izquierda presente en esta coyuntura apela al discurso “de clase” para establecer una diferencia con el discurso estatal y el revisionista. Según esta mirada, la manera de presentar una alternativa crítica al Bicentenario oficial es mostrar que la historia argentina, desde mayo de 1810, está estructurada a través de enfrentamientos de clase y proyectos transformadores –victoriosos o abortados– clasistamente ordenados. Tal izquierda es más analítica que la versión romántica previamente identificada. Aquí se enfatiza también “otra historia”, pero desde un marxismo que se quiere más riguroso.
La clase trabajadora es, desde este punto de vista, la agente de la historia. Es habitual que recurra entonces al momento del Centenario en que se reprimió a socialistas y anarquistas, por entonces de significativa presencia en el mundo del trabajo, y se impuso el estado de sitio. O bien se recuerda el Cordobazo de 1969. El gran problema con esta perspectiva es su imposibilidad de constituir una historia nacional políticamente imaginable y con repercusiones de alcance popular. Por razones que es imposible analizar aquí, el enfoque clasista de la historia se ha convertido en una “historia especial”, un segmento de la historia narrable. Hace cincuenta años era factible proponer una historia nacional desde el análisis de la estructura económico-social y la lucha de clases. Sobre todo, era comprensible como una historia “nacional” porque había amplias capas del activismo que consideraban ese alcance como creíble. Poco de eso es hoy sostenible. No tanto porque sea innecesaria una historia marxista, sino porque seguramente la complejidad de la realidad social actual nos induce a pensar mejor las realidades sociales del pasado. Por ejemplo, a introducir una mayor sensibilidad hacia los sectores o grupos que estaban fuera o en el margen de las relaciones sociales mercantiles o capitalistas, las formaciones de “castas” no capitalistas, la construcción de las clases y no a las clases ya plenamente constituidas, la infancia y el trabajo doméstico. Lo mismo vale para la explicación histórica de las mentalidades e ideologías, ya no reducibles a refracciones de la estructura económico-social.
Las limitaciones de una historia clasista nacional que ingrese a la disputa político-cultural del bicentenario residen también en que ya no es legible como tal. La multiplicidad de modos de situarse en la estructura social actual procrea maneras de leer diferentes. De allí que si la izquierda atenida a una explicación marxista tradicional pretende disputar la hegemonía en el relato histórico tendrá que asumir algún día el desafío de construir una historia más complicada que la pensada hasta hoy. Sin duda eso es posible. Los esfuerzos para llevarla a cabo, sin embargo, son pocos visibles, o no salieron todavía a la luz.
¿Cómo explicar nuestra incapacidad para elaborar una alternativa consistente para una noción diferente de Bicentenario? ¿Por qué oscilamos entre narraciones que nos alejan de toda comprensión popular (y nos aíslan en grupúsculos de convencidos) o nos lanzan a una proximidad tan cercana del discurso estatal que las diferencias son irrelevantes (y por lo tanto somos tragados por dispositivos mediáticos demasiado poderosos para introducir alguna cuña significativa)?
 
Estado de las cosas
 
Lo fundamental es evitar la explicación de este extravío intelectual por debilidades personales, pues se trata de una impotencia colectiva. Tal limitación no debe ser vista como necesariamente negativa o peyorativa para la izquierda. Sólo una concepción ingenua de la existencia puede considerar una autoagresión el reconocimiento de una falta propia, la percepción de una falencia en las capacidades de pensamiento y acción. En realidad, siempre existe alguna pérdida en la vida, comenzando por la ausencia general de sentido que implica la certidumbre de la muerte. No obstante, eso no nos priva de desplegar las fuerzas vitales e incluso de gozar el tránsito de la nada a la nada. Que la izquierda deba recomenzar su labor de creación de una sociedad distinta desde mucho más atrás que lo creído hasta hace muy poco, en modo alguno supone un denuesto, una minusvalía. Sostener el desafío de pensar con cabeza propia implica también aceptar una dosis de lo que en psicoanálisis se denomina “castración”, es decir, la admisión de que hay algo que está prohibido, que nos ha sido interdicto. Con la derrota secular de la izquierda (en todos sus matices) durante el siglo XX, la castración de este sector ideológico-político se ha profundizado considerablemente. ¿Y qué hay? Confesar el retroceso no es derrotismo. Negarlo es necio y conduce inexorablemente a la perpetuación del desastre, o peor, al sectarismo, pues el sectarismo ni siquiera necesita ser derrotado en tanto gira gozoso sobre su propio eje enloquecido. 
Superar una derrota secular de la izquierda exige una transformación de la propia izquierda. Y nadie se conforme con la creencia en la existencia de una izquierda, nueva o vieja, que permanece al margen de este papelón cultural del Bicentenario.
Sólo con una historia nacional escrita con solvencia desde la izquierda dispondremos de elementos para estructurar un dispositivo capaz de intervenir en la disputa por el sentido de la colectividad. Pienso que esto no ha sido realizado, ni ensayado sistemáticamente. Es cierto que tenemos destellos aquí y allá. Hemos comprendido que no podemos encerrarnos en explicaciones herméticas, minoritarias. Hemos entendido que aspirar a una incumbencia nacional en el saber histórico no es un artilugio “burgués” en esta época de globalización en que la burguesía se hace cada vez más transnacional. Hemos captado que nuestra historia ya no puede ser desde arriba, desde los próceres tradicionales o los grandes personajes. Pero en su conjunto, lo que hemos conseguido con pinceladas sueltas cuando todavía carecemos del marco en el que tensar el lienzo para comenzar a pintar.
Lo significativo es que la ausencia de una propuesta consistente da cuenta de una impotencia profunda que merece ser discutida. La crisis de todas las estrategias de la izquierda radical revela en esa ausencia el calado de su deriva sin una brújula adecuada.
Espero indicar sucintamente los rasgos principales de las debilidades de la izquierda para enfrentar la problemática del Bicentenario y esbozar algunas líneas de una perspectiva alternativa que demanda una reconsideración de la crítica marxista, aunque no sólo de ella.
La primera cuestión a tener en mente es que el Bicentenario no era hasta mayo del corriente año un tema para el que la izquierda estuviera preparada. Recién entonces comenzaron a aparecer un conjunto de ensayos breves, delatores de cierta improvisación y apresuramiento, con algunas ideas buenas aunque poco desarrolladas.
El 2010 llegó por el transcurso del calendario y el impulso estatal para las celebraciones del “nacimiento de la patria”. Se le presentó, entonces, como una faena a la que debía dar respuesta, pero ante la cual, por tales condicionamientos, tenía que delatar sus incertidumbres. Quiero decir que esto ocurrió con todas las variantes de las izquierdas. Ojalá yo pudiera destacar alguna perspectiva que vaya más allá de algún apunte de mayor o menor sagacidad. Hace algunos años esperaba que dispusiéramos de una historia nacional nueva. Pero hoy sabemos que no ocurrió, o que los ensayos publicados, dibujados o filmados, son endebles.
Las imágenes y textos elaboradas por la izquierda para el Bicentenario son deficientes, vacilantes y temblorosas. Sus alusiones son formales, externas y cosméticas. Los sujetos de la emancipación que esos textos mencionan son imaginarios, adecuados para el consumo interno de los ya convencidos. Los clichés dominan el panorama. En fin, parece que las respuestas hacia el evento llamado Bicentenario son, en los mejores casos, tentativas. En los peores son irrelevantes, porque en el fondo no se distinguen, en la Argentina al menos, de enfoques que han sido adoptados, y captados, en gran parte, por las celebraciones oficiales 
 
Los fracasos y las derrotas dejan consecuencias duraderas
 
Lo sucedido a lo largo del siglo XX en el mundo no podía dejar incólumes los alcances y límites del pensamiento de la izquierda. No se sufre una derrota histórica sin pagar durísimas consecuencias. La convalecencia será inevitablemente prolongada, sin que nadie sepa si las heridas alguna vez cicatrizarán. Claro que suceden eventos entusiasmantes en la Argentina y en toda América Latina. Pero la cuestión es si ellos nos proveen de los conceptos para dar cuenta de una historia, un presente y un porvenir. Mi opinión es que esos conceptos exigen una elaboración singular; no surgen de la tierra como los retoños de un tubérculo.
En la historia sucede con frecuencia que se carece de respuestas para interrogaciones inesperadas, demandas para las cuales no se disponen de categorías que permitan responderlas. No es posible decir cualquier cosa en cualquier momento: un enunciado emerge de horizontes de cultura y alcanza refracciones determinadas debido a su peso específico. La política y la teoría simbolizan más que expresiones de deseo. Por eso cuando son superficiales o inocuas muy pronto revelan su carácter. La teoría y la política están sobredeterminadas históricamente. Y la historia juega hoy en contra de la izquierda.
Es insuficiente señalar que también el capitalismo ha mostrado su incapacidad de conciliar el desarrollo de las fuerzas productivas con la democracia y la igualdad (Honduras y Grecia son los ejemplos más recientes, aunque no es necesario ir tan lejos para mostrarlo). Verdad es que a medida que se despliegan nuevas capacidades de producción de bienes y comunicación, la irracionalidad de una sujeción a la lógica alienada del capitalismo es mayor. Pero de allí no se avanza un paso en la refundación de una estrategia de cambio sistémico. Es claro que el capitalismo impone sufrimientos terribles a amplias franjas de la población mundial, a la par que multiplica el stock de mercancías. El problema es que incluso las clases y sectores más explotados y despreciados carecen de una alternativa creíble que posibilite imaginar una realidad distinta. Y la izquierda todavía deberá transitar largos años de un peregrinaje por el desierto para constituir un nuevo programa revolucionario de proyecciones reales.
Yo no sostengo que carezcamos de aperturas a lo nuevo. Pero me resisto a creer que las sumamente importantes experiencias de Bolivia, Ecuador y Venezuela provean un suelo válido para pensar todas las dimensiones de nuestra época. Sin duda, la emergencia de esas realidades populares y sociales conmueve la clausura de la historia que se predicó durante la década de 1990, cuando el capitalismo neoliberal se presentó como la consumación final de la filosofía de la historia moderna. Las interesantes lógicas de acumulación de poder popular en América Latina fracturan la mera repetición de lo existente y ponen en cuestión nuestra condición “posthistórica”, es decir, instauran una nueva oportunidad de imaginar lo radicalmente nuevo. Sin embargo esa posibilidad, que para nuestra generación es la sal de la tierra, en modo alguno resuelve todos los desafíos epocales. Por ejemplo, y conste que no es un reto verdaderamente terrible, no nos provee en la Argentina de alternativas para pensar el Bicentenario. No suplanta el examen de la realidad y una discusión sobre el ciclo kirchnerista de la recomposición capitalista.
El fracaso de los programas transformadores de la izquierda impide postular con alguna credibilidad un futuro deseable que ilumine de un modo específico la situación del Bicentenario. Los ideales del socialismo permanecen vivos: la socialización de la riqueza (la igualdad económica) y la socialización del poder (la democracia popular) constituyen sus dos pilares internamente enlazados, inasimilables para el capitalismo. Pero nadie crea que esos ideales poseen una fuerza argumentativa importante fuera de los círculos relativamente estrechos de la izquierda, ni que la misma izquierda disponga de una estrategia socialista que resuelva adecuadamente las dificultades del saldo negativo del siglo pasado y las condiciones de la política emancipatoria en el mundo actual. La importante decisión de construir un “socialismo del siglo XXI” es aún demasiado vacilante, incluso en el contexto venezolano, para devenir una vía revolucionaria nítida, ni comparable con aquella que un siglo atrás postulaba la nacionalización de los medios de producción en lo económico y la dictadura del proletariado en lo político (y todo hace pensar que a esas consignas no podemos regresar).
En la Argentina, las limitaciones de la izquierda para pensar políticamente el Bicentenario son evidentes. Y hay buenas razones para explicarlas. A la derrota política de los años setenta se deben sumar sus fracasos durante las últimas ocho décadas de la historia nacional –salvo en momentos muy específicos– para construir una estrategia, no digamos de masas, sino siquiera de presión desde una franja significativa de la población. Es imposible eludir este problema indicando que la peronización de la clase obrera instaló un abismo que fue imposible de salvar. Porque en este punto la incapacidad de la izquierda sigue viva, cuando la fuerza identitaria del peronismo se ha transformado y reducido pero aun persiste como imaginario político predominante entre las clases populares. La izquierda jamás dejó de ser más que un fragmento menor del panorama político.
Creo que una de las consecuencias de la derrota y el fracaso de la izquierda, selladas en clave sanguinaria por la dictadura militar de 1976-1983, fue la caída de una base historiográfica sólida, capaz de dar cuenta del pasado y de las condiciones contemporáneas de una acción transformadora sostenida en tendencias profundas. Las concepciones de la historia por la izquierda se disolvieron cuando fue aniquilado cualquier proyecto progresivo de cambio radical. Esta derivación no fue inmediata ni ocurrió sin resistencias. Pero consideradas en el mediano plazo, las capacidades culturales de la izquierda pasaron a la defensiva. Con todo, no habría que subestimarlas; antes que admitir su derrota, la izquierda asumió un discurso sobre el pasado nacional próximo a un sentido común histórico pacientemente construido por el revisionismo histórico triunfante en las versiones populistas o filopopulistas emergidas después de 1945. Fue como el manotazo de quien se ahoga y aferra cualquier cosa que flote. Y como el sentido revisionista se había difundido por diversas clases sociales y en algunas formulaciones disponía de una coloración roja, se creyó que ese era el madero salvador.
Durante la década de 1980 se produjo un viraje conceptual y narrativo hacia un difuso revisionismo histórico cuyas líneas principales habían sido planteadas por la izquierda nacional de Jorge Abelardo Ramos, o en algún caso en el peronismo de izquierda de Juan José Hernández Arregui y el tándem Rodolfo Ortega Peña/Eduardo Luis Duhalde. La herencia dejada por Milcíades Peña tuvo alguna importancia en sectores no sólo trotskistas, pero su fracaso en captar las contradicciones del peronismo mancilló demasiado duramente su obra para sostener una proyección que pudiera hegemonizar la imaginación histórica de la izquierda. La cuestión es que ninguna de aquellas variantes de la historiografía de la izquierda podría ser plenamente compartible hoy, sin que sea por eso útil olvidar sus contribuciones.
Esta situación ideológica en el plano historiográfico merecería una discusión detallada que, naturalmente, aquí no puedo hacer. Tampoco el pasaje con armas y bagajes al revisionismo histórico implica que la izquierda produzca sólo ese tipo de construcciones narrativas (veremos luego el lugar de relatos de corte académico). Me interesa subrayar que el cambio de terreno en la concepción historiográfica se produjo sin un examen adecuado, sin un balance de las realizaciones en el plano del conocimiento. Por el contrario, se verificó como resaca del fracaso ideológico en la reforma intelectual de las clases populares, y sobre todo en la clase obrera, que permaneció en la cambiante, disminuida pero no exhausta, querencia peronista. De allí la izquierda extrajo la solución más sencilla: “entonces Hernández Arregui o Puiggrós tenían razón” (ojalá eso hubiera sucedido y no nos halláramos en la niebla gracias a libros escritos hace más de medio siglo, en un mundo bipolar, con una estructura socioeconómica de sustitución de importaciones, con una televisión en pañales, etcétera, etcétera). Y comenzó a prevalecer un gusto por los héroes y las masas explicadas al margen de un conocimiento de sus condiciones sociales y culturales. Mencionar el probritanismo de Rivadavia, la defensa rosista ante el bloqueo anglofrancés o la masacre roquista en la “conquista” del “desierto” pasaron a ser explicaciones suficientes. La división entre oligarquía y pueblo, o entre imperialismo y nación, gobernaron el entendimiento de la historia. Se entró en el terreno de la cómoda ascesis de la investigación, en beneficio de binarismos reiterados una y mil veces. No obstante, el problema central no es la ausencia de investigación: se podría fundar en mil documentos de archivo y hemeroteca un relato “revisionista” de pueblo virtuoso contra opresores malévolos, del heroísmo de indios y negros contra la mala fe de la oligarquía terrateniente.
De allí que en la década de 1980 la izquierda abandonara la búsqueda de una comprensión general del proceso histórico argentino inscripto en la historia latinoamericana. Existen textos sobre la historia pero, es necesario insistir, están escindidos de una renovación políticamente conceptual. No es por azar que la izquierda no haya producido en las últimas décadas ninguna historia nacional completa. Nada se ha publicado que pueda reemplazar a los antiguos libros Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos, o a los “tomitos” de la Historia del pueblo argentino, de Milcíades Peña. Aparecieron artículos y libros que tratan de periodos relativamente breves del pasado, de calidad dispar, pero no hubo una “historia argentina” elaborada desde la izquierda. Y tampoco eso fue aleatorio. Obedeció a la pérdida de una concepción de la historia, derivada en rigor del extravío de una estrategia política. Algunas líneas de la izquierda se resistieron a la deriva hacia el revisionismo histórico y atinaron a desarrollar lógicas más bien académicas circunscriptas a temas específicos. Porque la flaqueza no hostiga sólo a las huestes del perezoso revisionismo.
Como adelantamos, hay otra gran vereda por la que transita la historiografía de la izquierda que es convocada para el Bicentenario. Es un complejo y variado archipiélago de proyectos académicos sostenidos en la escritura universitaria. Dentro del estilo de las monografías universitarias, se produce una enorme y creciente cantidad de estudios limitados a temas específicos, cuidadosos de exceder sus “hipótesis” de las posibilidades de una justificación documental, de acuerdo a una noción particular de la “fundamentación”. Es en este campo donde surge la mayoría de textos “clasistas” o “populares”, pues tanto la intelectualidad marxista como la más reciente franja “autonomista” prosperan dentro de la fauna académica. El gran problema para transitar de la monografía al relato nacional consiste en que opera forzamientos muy evidentes. En general, la táctica viable consiste en destacar momentos significativos o temas delicados para contar “otra historia”. La capacidad de elaborar una historia nacional es superficial, pues a lo sumo se logra una narración especializada, clasificable sin problemas en los anaqueles del saber universitario. Se comprende, entonces, por qué también desde la izquierda académica distante de las convicciones revisionistas, también la propuesta de “otro” Bicentenario, es más formal que real.
Fue así que la elaboración de una historiografía dio paso a la utilización de tópicos de la izquierda nacional relativa a los gauchos, a los pueblos originarios (esta es una novedad relativamente reciente que fue introducida en moldes antiguos), a los héroes contrarios a una presunta “historia oficial”, a los “olvidados”, a los que desde sede académica se suele denominar “los grupos subalternos”; en sus vertientes más clasistas, la izquierda se satisfizo con escribir monografías, por lo tanto temáticamente limitadas, sobre el movimiento obrero, o las organizaciones armadas, sin una articulación profunda con los procesos históricos nacionales que conciernen y entrelazan con nuestra actualidad.
Por todo esto, es perfectamente razonable que el tema del Bicentenario hallara malparada a la izquierda. ¿Cómo iba a elaborar una narración histórica o políticamente apropiada cuando se había refugiado en la comodidad de las dicotomías superficiales de la izquierda nacional o en los papers más o menos precisos de la escritura universitaria? Temo que hasta que no disponga de una construcción general de la historia nacional, ninguna perspectiva de la izquierda frente a eventos de la memoria social tales como el Bicentenario presentará una alternativa convincente.
 
Conclusiones hacia el futuro
 
En 1910 el líder del Partido Socialista, Juan B. Justo, concibió un texto titulado “El socialismo argentino”, especialmente preparado para ofrecer el punto de vista de su corriente ideológica en el clima del Centenario. En realidad, el texto era poco original. Retomaba cuestiones planteadas en un texto de 1898 sobre “La teoría científica de la historia y la política argentina” y otros escritos posteriores. La cualidad del trabajo de Justo residía en que lograba condensar una imagen coherente del pasado argentino (aunque fuera verdad que carecía de una fuerte base de investigación documental) y la articulaba internamente con la estrategia política socialista. Así las cosas, podía competir con otras representaciones del Centenario, como las de Joaquín V. González, Leopoldo Lugones o José Ingenieros, para mencionar a unos pocos. Hoy carecemos de la capacidad de realizar lo que hizo Justo, sin que interese qué evaluación hagamos, con todo derecho, sobre sus propuestas estratégicas. ¿Quién podría ofrecer desde la izquierda un título parecido: La historia argentina y la política socialista (o si se encuentra el “socialista” demasiado sectario, me conformaría con uno que refiriera a la “política de cambio profundo”)?
Dos son las condiciones principales para presentar la situación cultural y política planteada por los dos siglos de la vida independiente del país. En primer lugar, hacer una composición de lugar del capitalismo argentino y latinoamericano, en el que se aborden sus dimensiones históricas y contemporáneas, los múltiples planos de la realidad y sus lógicas de conflicto. De ese modo será posible articular convincentemente pasado, presente y porvenir, sin escindir la historia de la política. En segundo lugar, replantear las convicciones historiográficas y teóricas para la producción de conocimiento y sentidos capaces de estar a la altura de los tiempos, o más exactamente, para la crítica de nuestra época. Claro que es fundamental visibilizar las luchas de las mujeres, los pueblos originarios y la clase obrera. Pero eso hoy lo podemos hacer en un discurso de resistencia y no como un planteo de “otra” historia nacional y “otro” Bicentenario. No damos la medida. Saber que la posición de resistencia cultural corresponde a la posición de resistencia en lo político nos ayudará a comprender qué tenemos para ofrecer y qué no. Facilitará captar aquellos aspectos positivos de las celebraciones oficiales y aquellos límites que no pueden superar. Quizá el Bicentenario de la Independencia nos encuentre en el 2016 en una posición más ventajosa que la magra realidad de este 2010.
Las tareas por venir, según entiendo, son las siguientes:
- Plantear abiertamente la construcción de un saber histórico en la izquierda como una necesidad de la refiguración de su estrategia político-cultural.
- Acometer una reflexión teórica y política sobre el devenir nacional, cuestionando el formato unitario, desplegando la deconstrucción del porteñocentrismo, y extendiendo la problemática histórica a los tránsitos latinoamericanos.
- Pensar la obra de una historia nacional que interpele los problemas de las mayorías y de las minorías, sin protegerse en las microhistorias tan funcionales a la producción académica.
- Diseñar el proyecto de una Historia del Pueblo Argentino, colectiva y plural, que retome críticamente las grandes líneas y fracturas del pasado nacional y sus aperturas latinoamericanas.
- Plantear una historia de la Argentina en la larga duración en interconexión con otras duraciones, hasta llegar a lo cotidiano, para establecer las tendencias que condicionan la definición de una estrategia de transformación radical.
Naturalmente, las discusiones son numerosas. Sólo para dar un caso, el formato nacional y argentino tiende a invisibilizar y someter una historia previa y propia durante largos tramos de la experiencia de los pueblos originarios. La tarea será conducida a buen puerto si se emprende colectivamente, con carga teórica y esfuerzo de investigación, desde distintos espacios locales, provinciales y nacionales, en conversación con proyectos similares que en estos mismos momentos se desarrollan en otros lugares de Nuestra América.