Desbordando la categoría trabajo desde los movimientos sociales

Sopransi, María Belén Ferreira, Gabriela Contartese, Daniel

Para nosotros el tema del trabajo siempre fue un punto más de discusión, y siempre fue esta intención que lleva a decir: no queremos volver al sistema […]. No puede haber trabajo digno habiendo esa explotación; en todo caso es trabajo que te sirve para cubrir algunas necesidades básicas, y no la realización como ser humano. […] para nosotros es un ensayo, un espacio de experimentación de un nuevo tipo de relación, un espacio donde las relaciones de dominante y dominado se van poniendo en cuestión. […] lo común es que la gente entre sin estar acostumbrada a tomar iniciativas, a actuar sin órdenes, y ahora de repente hay que opinar y tomar la iniciativa. Ésta es otra de las conclusiones que sacamos: la terrible mutilación al ser humano que hace el trabajo capitalista al quitarnos la capacidad de iniciativa. Nos mutila en un aspecto central de nuestra organización que es la creación a través del hacer.

Alberto Spagnuolo[1] 

La importancia de la participación de los trabajadores desocupados en las luchas contra las políticas neoliberales durante los ’90 y el posterior fortalecimiento de sus organizaciones cuestionaron la idea de los piqueteros como una subjetividad residual. Dinerstein (2003) señala las dificultades de reconocer que, aunque el desempleo aparece como la falta de trabajo, oculta una realidad no empírica en donde se abren y desarrollan espacios de reinvención de formas humanas y sociales de existencia y resistencia, es decir, espacios de subjetivación y de construcción de relaciones sociales.

Sumergidos en la contradicción de haber sido despojados de la relación salarial, pero igualmente formando parte del mercado de trabajo como superpoblación relativa en proceso de pauperización –ejército industrial de reserva–, o como mano de obra sobrante para el capital –sujetos que ya no reúnen las capacidades objetivas y subjetivas necesarias para los requerimientos de un empleo formal–, el fenómeno de organización del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) no puede adjudicarse unidireccionalmente al crecimiento de la pobreza, sino que forma parte de una complejidad social. El que se denominen “trabajadores”, está vinculado, por un lado, a la búsqueda de un espacio, un nosotros más amplio, en el que se acepten las particularidades, y por otro lado, a una reactualización de la lucha de clases, pero no pensada bajo formas tradicionales (Gaitán, y Maneiro, 2005). De esta manera, se va conformando el movimiento, como construcción de una heterogeneidad dentro de una relativa unidad (como un movimiento de movimientos) que irá albergando a un número importante de grupos que suponen, a su vez, una variedad de perspectivas, formas de organización y horizontes de lucha (Pacheco, 2004).
 
Los movimientos y los planes
 
Durante los últimos quince años, las respuestas estatales a la situación de desempleo han variado a través de la aplicación de diferentes políticas focalizadas. Los primeros subsidios oficiales, ejecutados desde 1995 hasta la crisis del 2001, inauguraron una dinámica de negociación de las diversas agrupaciones de desocupados con el gobierno en función de garantizar planes para sus integrantes. Luego de la rebelión popular de fines de 2001 –con la visibilidad y la fuerza sociopolítica que adquirieron las organizaciones autónomas piqueteras y asamblearias– se ensayan nuevos programas para restaurar las fisuras abiertas por la insumisión. Esto provocó que, de un promedio de alrededor de 120 mil beneficiarios se pasara a casi 2 millones con el Plan Jefes y Jefas de hogar. De este modo el gobierno nacional reificó las múltiples demandas de los movimientos en planes sociales compensatorios. Tanto el gobierno de Duhalde como el de Kirchner tuvieron por objetivo la normalización de la sociedad argentina[2] luego de que el antagonismo social se expresara en su máxima radicalidad en diciembre de 2001. El efecto de la normalización ha sido la reconstrucción del dominio estatal, y su correlato en la sociedad como un proceso de ciudadanización de las luchas sociales (Pascual, 2009). Para el Colectivo Situaciones (2007), la reacción normalizadora comprende el vaciamiento de las consignas colectivas, la imposición de la interpretación de las acciones colectivas digitadas por la manipulación, y los prejuicios del economicismo reactivo (“los piqueteros sólo quieren cobrar planes sin trabajar”). Dinerstein, Contartese y Deledicque (2008) postulan que la normalización conflictiva es el pasaje de la resistencia y la oposición abierta a la influencia en el cambio institucional y en la elaboración de políticas, promovida desde el Estado, como forma de estructurar, regular, acotar e integrar a las organizaciones de desocupados. Incluye la coerción estatal, la absorción de los principios de solidaridad y autonomía en las políticas públicas, la creación de espacios institucionales de participación formal e informal, y la asimilación legal de los MTDs a ONGs.
 
Resignificando los planes sociales
 
Las organizaciones de desocupados tuvieron diferentes estrategias ante las políticas sociales, desde el rechazo total hasta diferentes formas de resignificación de dichas políticas. Entre aquellos que las aceptaron, la mayoría de los grupos se volcó progresivamente al desarrollo de emprendimientos productivos, explorando las posibilidades de una nueva economía implantada en redes sociales que se presenta como alternativa a la economía de mercado, tomando los subsidios estatales como base. También se generaron actividades económico-productivas con características autogestionarias y cooperativas, y se plantearon diferentes criterios sobre la distribución de sus productos. Algunos de ellos plantearon enfoques distributivos radicales sobre lo producido en los emprendimientos (como aquellos que rechazaron la generación de excedentes), y estas alternativas efectos tuvieron importantes en la conformación de la identidad grupal.
La trama de relaciones sociales que se constituyó a partir de los emprendimientos sociales es muy compleja. Las organizaciones desarrollaron una cantidad innumerable de actividades atendiendo a diferentes necesidades en los barrios, muchas veces en reemplazo de la atención estatal (generalmente municipal, pero también provincial).
Para poder acceder a los subsidios del gobierno nacional, los movimientos tuvieron que conformar cooperativas; esto los obligó a acreditarse como sujetos jurídicos y tramitar una habilitación legal para realizar actividades económicas. Aunque en general esta forma jurídica reviste un carácter puramente instrumental, en ocasiones ha llegado a plantear problemas hacia el interior de las organizaciones respecto de las condiciones que impone. En términos institucionales, la conformación de un sujeto jurídico supone un recorte sobre los miembros del movimiento, y la adaptación a una forma organizativa con reglas nuevas. Estas reglas, por lo general jerárquicas y delegativas hacia arriba, contrastan con aquellos movimientos que promueven formas horizontales y participativas (no delegativas) en la toma de decisiones.
Muchas organizaciones han hecho un gran esfuerzo para no quedar atrapadas en la lógica heterogestiva de los planes sociales, y poder ir más allá en el despliegue de un proyecto territorial propio basado en la autogestión del trabajo, la dignidad y el cambio social.
La contradicción que se presenta en el modo de relacionarse con el Estado ha sido visualizada por los movimientos y en consecuencia se ha planteado la necesidad del financiamiento propio a través del trabajo autogestivo como objetivo inmediato, pero el contexto social no ha permitido que se desprendieran totalmente de los subsidios. Los movimientos han sido conscientes de los problemas internos que provoca el manejo de planes; por ejemplo, la incertidumbre que genera sostenerse a través de asignaciones de las cuales se desconoce su duración. Los procesos de gestión de subsidios propiciaron un corrimiento del trabajo territorial y una burocratización de los movimientos. La burocratización, como estrategia del Estado administrada mediante el otorgamiento de subsidios, se constituyó en una de las principales formas de incidencia en la organización interna de los movimientos. A pesar de esta incidencia estatal, el movimiento antiburocratizante se hace presente en la forma asamblearia, en la reedición de formas del cooperativismo obrero, que se resisten a esa lógica externa a través de los principios de la democracia directa.
 
Desbordando la categoría trabajo
 
En el nuevo contexto, los planes provocaron discusiones internas en torno a la necesidad de redefinición de lo que se entiende por trabajo. Recordemos que para Marx el trabajo tiene una doble dimensión: por un lado, bajo el capitalismo, el trabajo es una mercancía, lo cual provoca una disociación y extrañamiento del trabajador (el trabajo como forma de alienación y de explotación), por otro lado, el trabajo es un medio de realización del hombre[3]. Se distinguen dos tipos de trabajo: concreto y abstracto. El primero está relacionado con el valor de uso de las mercancías, el segundo, plantea que en el capitalismo el trabajo también posee la función específica de mediar en un nuevo modo de interdependencia social (Marx, 1988: 47-51; Postone, 2005: 263-264). Por ello, la verdadera “reapropiación” de la naturaleza genérica del hombre pasa por desarrollar formas de trabajo no explotado, o no trabajo, que como tal se planteen por fuera del trabajo asalariado, alienado, explotado.
En este camino los movimientos abren dos líneas de problematización: tratar de responder qué es el trabajo genuino – el que en muchos casos se asimila al ideal del trabajo en el modelo fordista, es decir, el asalariado en blanco que obtiene además de un salario “digno” una serie de beneficios sociales a partir de su trabajo–, mientras que para otros la discusión remite al no trabajo, es decir, un hacer colectivo, creativo, no explotado, y autodefinido por fuera del trabajo abstracto, asalariado. Gran parte de las organizaciones comprende el trabajo dentro de la primera opción. Otras organizaciones, especialmente las independientes y autonomistas, sostienen la importancia y/o la necesidad de recrear un escenario en busca de la autodeterminación del hacer.[4] Estas agrupaciones, se plantean si éste no es el punto de partida (modesto y limitado) de un proceso de recreación de las identidades y de creación de nuevas relaciones sociales.
La posibilidad de cuestionar teóricamente la naturalización del trabajo surge a partir de la experiencia práctica en iniciativas autogestivas. Trabajo autogestivo, trabajo autónomo, trabajo digno, trabajo genuino desbordan en un primer momento la categoría de trabajo. En la praxis, los ensayos incluso han intentado sortear el dinero como mediación en el intercambio de productos. Estos debates tienen expresiones heterogéneas, algunos de los cuales son reconducidos a la lógica del sistema (el trabajo digno definido en relación a un ingreso acorde a la canasta familiar, el trabajo autónomo o autogestivo restringido a la lógica formal de las cooperativas, el trabajo genuino en oposición al trabajo en negro), pero también subsisten aquellos que continúan intentando experimentar el hacer o no trabajo.
 
Construyendo otras relaciones sociales
 
Los movimientos sociales se constituyen en espacios de socialización con características particulares, podemos hablar de espacios de socialización antagonista, ya que son expresiones colectivas de una voluntad consciente de intervenir en el proceso de cambio social (Ibáñez, 2003).
La cuestión es advertir la profunda influencia que tiene el trabajo asalariado sobre la subjetividad de los trabajadores. La tensión aparece cuando ciertas formas de organización de la producción llevada a cabo por estos colectivos terminan conformando estructuras semejantes a la organización capitalista. En este sentido, una serie de preguntas parecen centrales: ¿cómo producir?, ¿cómo conformar las relaciones sociales dentro de los emprendimientos? Se abren dos alternativas: reproducir las mismas formas de organización que se encuentran en las empresas capitalistas, o poner en cuestión la división del trabajo heredada de este sistema. Es decir, mantener o cambiar las viejas formas de relaciones sociales en el trabajo: jerárquicas, con una separación tajante entre el saber y el hacer, con mecanismos de tomas de decisiones lejanos a los trabajadores, etcétera. Las alternativas podrían ser planteadas, entonces, como poner o no en cuestión el sistema taylorista de organización del trabajo, que consiste en una estricta división de tareas entre el trabajo de planificación y el de ejecución:
La separación conceptual, espacial y temporal de ambos tipos de trabajo le permitió a la dirección de las empresas controlar a los obreros venciendo sus múltiples resistencias, expropiándoles a los trabajadores calificados sus saberes profesionales e intensificar los ritmos de trabajo para aumentar la producción y con ella la acumulación de capital (Zibechi, 2003:149).
Esta forma de organización del trabajo supuso una verdadera revolución social al modificar en forma radical las relaciones de fuerza en la fábrica, llevando al extremo la división del trabajo, este proceso fue propiciado por el gran desarrollo de la tecnología y como consecuencia generó un incremento notable de la productividad. Despojar a los obreros de todo control sobre la forma de ejecutar el trabajo significa reducirlos a niveles extremos de alienación y enajenación.
La importancia de analizar esta cuestión en relación con los movimientos sociales, se halla en que durante más de un siglo el campo popular ha planteado sus estrategias organizativas en formas simétricas al capital, a los estados, a los ejércitos y otras instituciones funcionales al sistema que combaten, reproduciendo de esta manera las formas en las cuales aparece velada la dominación.[5] En oposición, dentro de los emprendimientos parecería reemplazarse el mando vertical del empresario por la organización colectiva, siendo el conjunto de los trabajadores el que interviene en la toma de decisiones y la gestión de los emprendimientos. Asimismo, la construcción de un espacio organizacional desde una perspectiva autogestionaria podría tener el efecto de desestructurar las relaciones en el trabajo, generalmente jerarquizadas en extremo, de obediencia y sumisión.
Estas formas organizativas se enlazan con una larga tradición. Según John Holloway, quien las enmarca dentro de la tradición anticapitalista, están caracterizadas por el respeto de todos los implicados, la promoción de la participación activa, la democracia directa y la camaradería; en esta línea sitúa la comuna, el consejo, el soviet y la asamblea. Estas son formas no instrumentales de organización que se concentran en la articulación de opiniones de todos los participantes en las luchas. Los tipos de relaciones que se dan en estos espacios están profundamente arraigados con la vida cotidiana. El cambio social como principio ha estado ligado a la reconstrucción de los lazos sociales a través de la participación en la organización y la lucha, y abarca un terreno muy amplio vinculado al cambio cultural, las formas de vida, la subjetividad. Es una idea de cambio social que se diferencia de la idea tradicional de revolución al no poner el acento en la toma del poder del Estado, y centrarse en la re-unión de los aspectos que el capitalismo ha separado, buscando fortalecer los valores de solidaridad y fraternidad como base ética (Zibechi, 2003: 154-155). Estos criterios han sido desplegados no sin conflictos en la praxis. El grado de innovación sobre las formas y el contenido organizacionales de los movimientos, así como los valores y las modalidades subjetivas de participación que han promovido, se desarrollaron contradictoriamente porque han ido en contra de las formas y contenidos organizacionales de una sociedad regida bajo normas y valores del mercado como centro regulador social. Especialmente se generaron tensiones alrededor de la horizontalidad: reproducción de algunos aspectos de las formas tradicionales –clientelismo político, asistencialismo, representación–, cristalización de los roles de referencia como nodos de poder, entre otros. Pero estos procesos convivieron con el empoderamiento y los cambios subjetivos hacia una posición basada en la participación activa y comprometida con el proyecto colectivo. Propiciada por una horizontalidad que abría el juego a tomar la palabra y decidir entre todos, a no ser hablado y representado por otros, se desafiaba abiertamente la competición a la que nos enfrenta el mercado buscando salidas individualistas en medio del “sálvese quien pueda”.
La horizontalidad toma el lugar de la utopía que guía las acciones, pero efectivamente se hace presente como tendencia “desverticalizadora” de las prácticas. Como señala Holloway, “en la práctica es difícil hacer que esto funcione en términos absolutos, de modo que es probablemente más útil pensar en la horizontalidad, no como una regla absoluta, sino como una constante lucha contra la verticalidad” (2010: VII).
La camaradería ha sido considerada un subproducto de la lucha, pero en los últimos años la centralidad de la calidad de las relaciones sociales ha adquirido un nuevo reconocimiento a través del desplazamiento del objetivo instrumental de las luchas en relación a la toma del poder, hacia la creación o fortalecimiento de las relaciones incompatibles con el capitalismo. Es así como la dignidad se ha convertido en un concepto central, y lo amoroso irrumpe en las viejas formas de camaradería ligada a los partidos de izquierda, desplazando su imagen viril y masculina. La dignidad se constituye en una exploración, un proceso variable de crear relaciones sociales contra-y-más allá del capital, una lucha contra su propia negación (Holloway, 2010, VII). Éste es el espacio de construcción de otro lazo social a partir reconocer al otro y reconocer que en este mundo nos necesitamos mutuamente para sobrevivir, ensayando modos dignos de vivir contra y más allá de los modos humillantes impuestos, de aquí la fuerza que adquiere el significado de la palabra lucha dentro de los movimientos. Y la lucha aparece relacionada con el anhelo de libertad, no una libertad en general, “sino de ese sentimiento de libertad que procura una alegría verdadera y propulsa la actividad humana hacia nuevos posibles”(Zigouris, 2005: 115-6).
 
El lado oscuro de la luna
 
La relevancia de indagar las relaciones sociales que se recrean en los movimientos sociales, reside en que si son los propios trabajadores los que organizan el trabajo, los que lo llevan adelante y los que lo evalúan colectivamente, los principios del taylorismo se desmoronan[6], abriendo la posibilidad para estos colectivos de imaginar otros mundos posibles, otras formas de relacionarse socialmente. La resistencia a la dominación tiene en la cultura de los oprimidos un requisito indispensable y es la construcción de espacios fuera del control de los opresores, siendo esta la condición para que la resistencia larvada se haga realidad:
Si queremos entender el proceso de desarrollo y codificación de la resistencia resulta indispensable analizar la creación de espacios sociales marginales. Sólo especificando como se elaboran y se defienden esos espacios será posible pasar del sujeto rebelde individual –una construcción abstracta– a la socialización de prácticas y discursos de la resistencia (Scott, 2000: 147).
Las rebeldías convergen aún separadas en tiempos y territorios, pero su unidad no está pensada en términos de síntesis, sino como unidad de las dignidades, red de voces que dialogan reconociendo ser diferentes en las tonalidades y los niveles de las voces que la forman.[7]
Porque la clase revolucionaria no es una síntesis como la burguesía, sino la constelación de luchas contra la síntesis del capital. La clase se puede pensar, entonces, como una comunidad de luchas, diversos modos de resistencia colectiva. Esa posición va contra la idea de la clase como una forma social homogénea y sintética” (Holloway, Matamoros y Tischler, 2007: 122).
Estas experiencias no resisten un análisis a través de la lógica cuantitativa, de ese modo se disipa el sentido más profundo del proceso, su cantidad o su finitud no alcanzan para desestimar su valor. Cuantificar nos hace caer en la desesperanza, nos sitúa en el terreno de la tristeza política, donde “lo pasado-vivo se cristaliza interrumpiendo su elaboración como memoria política”, como posibilidad presente y futura (Colectivo Situaciones, 2007). Las continuidades y discontinuidades de estos proyectos forman parte de “la memoria rebelde [que] se nutre de los calendarios que marcan fisuras en el tiempo de la dominación, el cual no es un tiempo definitivamente cerrado, sino un tiempo que no ha llegado a ser” (Tischler, 2009). Es una historia de grietas que se ensanchan y se angostan, pero no se cierran, puesto que el dominio nunca es absoluto.
Estas experiencias pueden ser para nosotros como un faro en la niebla, un relámpago en una noche cerrada, esa luz que nos permite, aunque sea por un instante, ver aquello que es nos es invisible, que se opone a nosotros, a nuestra humanidad, aquello que la dominación abstracta (Postone, 2005) del capitalismo tiene permanentemente oculto del otro lado de la luna.
 
Bibliografía
Colectivo Situaciones (2007): “Politizar la tristeza”. En http://194.109.209.222/colectivosituaciones/articulos_29.htm. Extraído el 22 de Marzo de 2010.
Dinerstein, Ana (2003): “Recobrando la materialidad: el desempleo como espacio de subjetivación invisible y los piqueteros”. En Herramienta 22.
– Daniel Contartese y Melina Deledicque (2008): “Notas de investigación sobre la innovación organizacional en entidades de trabajadores desocupados en la Argentina”. En Realidad Económica 234.
Fontecoba, Ariel (2009): “Entre la subsistencia y la autogestión. Participación, organización y estrategias de supervivencia en una organización piquetera del sur del Gran Buenos Aires”. En CD de ponencias del I Congreso Nacional: Protesta Social, Acción Colectiva y Movimientos Sociales, Buenos Aires.
Gaitán, Flavio y María Maneiro (2005): “El Plan Jefes y Jefas: sus efectos en la protesta de los movimientos de trabajadores desocupados en la Argentina”. Ponencia en XXV Congreso de ALAS "Desarrollo, Crisis y Democracia en América Latina: participación, movimiento sociales y teoría sociológica”, agosto de 2005, Porto Alegre. En http://www.iuperj.br/pesquisa/laboratorios/netsal/netsal11.pdf. Extraído el 27 de octubre de 2007.
Holloway, John (2002): Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy, Buenos Aires, Herramienta/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
– (2004): Keynesianismo una peligrosa ilusión. Un aporte al debate de la teoría del cambio social, Buenos Aires, Ediciones Herramienta.
–, Alberto Bonnet y Sergio Tischler (2005): . Marxismo abierto. Una revisión europea y latinoamericana. Volumen I, Buenos Aires, Herramienta / Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
–, Fernando Matamoros y Sergio Tischler (2007): Negatividad y revolución. Theodor W. Adorno y la política, Buenos Aires, Ediciones Herramienta / Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Buenos Aires.
– (2010): Resquebrajar el capitalismo. , Buenos Aires, Ediciones Herramienta / Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Buenos Aires (en prensa).
Ibáñez, José Emiliano (2003): “En torno a los movimientos sociales: análisis y discusiones”. En http://jei.pangea.org/soc/f/mmss-ana-disc.htm. Extraído el 27 de marzo de 2010.
Marx, Karl (1988): El capital.Tomo I, vol. 1, México, Siglo XXI.
Postone, Moishe (2005): “Repensando a Marx (en un mundo postmarxista)”. En García López, Blascó, Meseguer Gancedo y Riesco Sanz (coord.) Lo que el trabajo esconde. Traficante de Sueños, Barcelona.
Pacheco, Mariano (2004): Del Piquete al movimiento, Buenos Aires, FISyP.
Pascual, Rodrigo (2009): “‘La fuerza transformadora del kirchnerismo’. Elecciones 2009: el kirchnerismo frente al espejo, la (ir)resolución del 2001”. En Herramienta 42.
Scott, James (2000): Los dominados y el arte de la resistencia, México, ERA.
Tischler, Sergio (2009): “Fragmento y constelación en la literatura revolucionaria de Mario Payeras”.Ponencia en el Coloquio internacional Walter Benjamin/Siegfried Kracauer. Teorías materialistas de la historia. Buenos Aires, 9 al 11 de noviembre de 2009.
Zibechi, Raúl (2003): Genealogía de la revuelta. Argentina, la sociedad en movimiento, , La Plata, Nordan Comunidad/Letra Libre.
Zigouris, Radmila (2005): Pulsiones de vida, Buenos Aires, Ediciones Portezuelo. 


[1] Fue uno de los referentes del MTD de Solano, desde 1996 abrió la capilla en la que se desempeñaba como párroco para la organización de las Comisiones Provisorias de Desocupados que luego darían lugar a varios de los MTD del conurbano. Entrevista realizada el 22 de Febrero de 2010 por N. López, M. B. Sopransi y D. Contartese. 
[2] Svampa (2006 citada en Pascual 2009).
[3] Cabe aclarar que en inglés la palabra trabajo se traduce de tres maneras diferentes: “work”, que significa disfrutar, beneficiar, bordar, tallar una piedra, producir, obrar, investigar, resolver un problema, mover, hacer andar, abrirse camino. En cambio “labour” significa trabajo, labor, sudor, pena, fatiga, tarea, apuro, aprieto, dolores de parto, y “travail” que significa trabajar, afanarse, fatiga, parir, trabajo de parto (Diccionario Sopena Español-Inglés Inglés-Español, de E.A. Martínez Amador, Ed. Sopena, 1945 Barcelona). Como se advierte existen dos connotaciones, una positiva y otra negativa para una misma palabra en castellano, cuando en inglés la diferencia es clara. Existe por lo tanto, una confusión donde se atribuye intrínsecamente al “trabajo” un doble aspecto, como creación y como sufrimiento, ocultando que lo penoso del mismo se debe a las condiciones de su producción, y son precisamente estas condiciones lo que torna penosa la creación y se transforma en sufrimiento.
[4] Esta posición es la que ha desplegado una parte de los integrantes de lo que ha sido el MTD de Solano desde su creación hasta la actualidad en el Movimiento de Colectivos.
[5] Esta posición es desarrollada en Holloway, 2002, Capítulo 3 y en Zibechi, R., 2003, Capítulo 6. Ese Estado que llevamos dentro.
[6] Aquí los movimientos de desocupados se diferencias de las fábricas recuperadas y pueden intentar ir más allá, ya que no tienen ningún compromiso con la eficiencia capitalista, como sí lo tienen estas últimas. Las fábricas recuperadas tienen que demostrar que son eficientes, que pueden producir incluso más y mejor que bajo el mando del capitalista.
[7] Subcomandante Marcos, Discurso de clausura a la reunión Intercontinental en La Realidad, Chiapas, México, Julio de 1996, citado en Holloway, 2004, pág. 153.