La izquierda por venir y la nueva generación intelectual argentina

Mazzeo, Miguel

“No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento”
José Carlos Mariátegui

 
“Yo tengo fe en nuestro propio escepticismo, en nuestra propia desesperación”
Walter Benjamín
 
“Conocer […] no es una mera composición de conceptos: es un acto vital, un desgaste y, en consecuencia, un asunto peligroso, un acto organizativo"
René Zavaleta Mercado
 
 
La nueva nueva izquierda o izquierda por venir
 
En un trabajo publicado en 2007[1], identificamos y ensayamos unos pocos pasos en pos de la caracterización de una nueva izquierda (en sentido estricto una nueva nueva izquierda) o una izquierda por venir. La primera designación, aunque se inspiraba en indicios concretos, sin dudas, puede parecer exagerada. La segunda, por la carga desiderativa que pone en juego, puede resultar más exacta que la primera, aunque indefectiblemente depende de ella. En efecto, sin el desarrollo de un conjunto de experiencias y prácticas significativas de las clases subalternas, que adquirieron visibilidad pública, que se convirtieron en potentes atractores sociales por sus potencialidades contrahegemónicas y que se multiplicaron en los años 2001 y 2002, sería imposible pensar en una izquierda por venir, incluso sería difícil desearla y ver, en términos de Ernst Bloch, las tendencias en las latencias. Cabe aclarar, de todos modos, que antes de la insurgencia hubo un proceso de maduración, una gestación silenciosa que había arrancado unos años atrás. 

Como una nueva izquierda sólo tiene razón de ser si supera los saberes pétreos de la izquierda vieja y si contribuye a renovar las identidades plebeyas, la tarea de identificación y caracterización de lo nuevo obliga a una crítica del antiguo régimen emancipatorio sin descuidar la crítica en paralelo de los actuales mecanismos de sometimiento por efecto de dominación ideológica y de acotamiento del ser crítico de los intelectuales, en particular los menos evidentes, los que se ven expresados por el progresismo realmente existente (en sus formatos reformistas y nacional-populistas).

Ahora bien, creemos que este proceso de gestación de una nueva izquierda o una izquierda por venir tiene correlatos en el campo intelectual. Se trata de planos inescindibles porque sus lógicas inherentes permiten la proliferación de vasos comunicantes. En concreto, si hablamos de una nueva izquierda, o una izquierda por venir, corresponde hablar también de una nueva generación intelectual (y de la emergencia de un nuevo intelectual crítico).
 
Crisis y nueva generación intelectual
 
No queremos exagerar las posibilidades de esta nueva generación intelectual. Que las necesidades sean perentorias no garantiza la inminencia y la operatividad de las respuestas. Además, consideramos que sólo los intelectuales son capaces de autoasignarse funciones desmesuradas en los procesos históricos. Muchos intelectuales, incluso los que se asumen como marxistas, o, en líneas generales, como revolucionarios, radicales, antisistémicos, contrahegemónicos o, simplemente, “críticos”, siguen considerando que las ideas revisten algún grado de extrañeza respecto de los procesos del mundo social. Nosotros no creemos que los intelectuales sean la levadura de la historia. Sí queremos señalar la posible (y muy necesaria) contribución de una nueva generación intelectual a la conformación de una nueva subjetividad política de izquierda.
Los sucesos que van del 19 y 20 de diciembre de 2001 al 26 de junio de 2002 y los procesos que expresaban, de algún modo ofician de partida de nacimiento de la nueva izquierda y de la nueva generación intelectual, son sus momentos constitutivos y sus puntos de referencia. Ese tiempo reflejó la crisis, no solo de un patrón de acumulación y de una forma de Estado, sino también de una “cultura” política basada en la despolitización de la sociedad, es decir, en el analfabetismo político, en particular, de las clases subalternas. Al mismo tiempo, estos sucesos contrariaron de modos diversos tanto a la matriz populista que, clausurada en el plano económico-social, subsistía (y subsiste) como superestructura, y la matriz izquierdista tradicional, es decir, el “marxismo-leninismo” en todos sus formatos dogmáticos y acríticos.
Posiblemente se trate de los meses más intensos de los últimos años y, probablemente, de las últimas décadas. Fueron seis meses y 1.621 cortes de rutas, calles y puentes. Seis meses y cientos de asambleas en los barrios de la Ciudad de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires. Seis meses en los cuales se desarrolló un proceso de estructuración de un movimiento de protesta a nivel nacional, con organizaciones y activistas que, en líneas generales, respondían a orientaciones políticas e ideológicas radicalizadas. Seis meses de exuberancia plebeya y de una vitalidad que nos retrotraía a los tiempos previos al golpe militar de 1976. Un tiempo tan dramático como pletórico de posibilidades a partir de la irrupción de las clases subalternas y los espontáneos y masivos cuestionamientos a los pilares de la dominación, sostenidos esta vez en el despliegue de auspiciosos experimentos de autoorganización que instalaron algunas coordenadas para pensar nuevos trayectos anticapitalistas.
Diciembre de 2001 vino a instituir el fin de la última dictadura militar (1976-1983), es decir: puso en evidencia la caducidad de algunos de sus efectos más depravados que aún persistían. No sólo porque se superó el miedo y se trabaron los mecanismos que frente a él reproducían las automáticas respuestas atomísticas y adaptativas, sino también porque se generó un clima que convocaba al rechazo de los comportamientos no solidarios y privatizadores y al cuestionamiento de las estructuras elitistas de los signos más diversos, al tiempo que auspiciaba todo tipo de tendencia asociativa. Diciembre de 2001, como mayo de 1969 (Cordobazo), provocó una pérdida de sentido de las pautas políticas precedentes, marcó su agotamiento como referentes orientadores. Pero a diferencia del Cordobazo no hubo un segundo 19-20 de diciembre “clasista e insurreccional” y se desbloqueó rápidamente el proyecto alternativo de rearticulación del bloque dominante.
Se trató, por cierto, de un tiempo excepcional y en muchos aspectos desmesurado, más allá de que las contradicciones sociales y políticas no hayan arribado a la orilla del paroxismo de los extremos, más allá de que el principio de oposición sólo haya operado en algunos de los fragmentos (frentes de combates) de un escenario serializadado. Precisamente en esos costados desmesurados tal vez esté la clave del surgimiento de la nueva izquierda y de la nueva generación intelectual, es decir, ambas pueden ser concebidas como el resultado de algo que se salió de cauce y, aunque luego el proceso histórico retornó a la matriz anterior, los signos lúcidos de una formidable productividad político-cultural ya habían quedado expuestos. Un acto intersubjetivo originario, uno flamante y distinto, había tenido lugar. Nuevamente fue posible identificar y enamorarse de una realidad inmadura.
Ese tiempo, al decir de Raúl Cerdeiras, instituyó “una experiencia a partir de la cual se volvió imperativa la pregunta olvidada: ¿qué es la política?”,[2] pregunta que, en términos más específicos, podría ser reformulada del modo siguiente: ¿qué es una política emancipatoria, radical, legítimamente popular, de izquierda? Estos interrogantes no podían dejar de conmocionar las prácticas intelectuales. La esterilidad de lo viejo se tornó demasiado evidente y hasta llegó a ser insoportable cuando se hizo ineludible el contraste con los esbozos de lo que expresaba una inédita potencia emancipatoria. Este tiempo fugaz llegó a instituir retazos de una praxis intelectual nueva que, por lo menos, comenzaba a producir algunos insumos básicos para responder la pregunta de Cerdeiras.
 
La izquierda vieja habla una lengua muerta...
 
Los posicionamientos respecto de estos sucesos fueron significativos y delatores. Como suele ocurrir, una experiencia idéntica se vivió con conciencias diversas. Mientras algunos se horrorizaron por el “desorden social” y se lamentaron por la inviabilidad de los fetiches de la democracia representativa y electoralista; en fin, por la imposibilidad de un capitalismo “blanco”: racional, previsible, moderadamente redistributivo y soportable, otros, envilecidos por haber asumido la condición de repetidores y por su manía clasificatoria, creyeron que se abría la posibilidad de representar los viejos textos (o, en el mejor de los casos, de reescribir los viejos manuales) y que –¡al fin!– había llegado la hora de la eficacia histórica de “su subjetividad” y de desempolvar las antiguas y escasas herramientas para acaudillar una insurrección de masas en un sentido revolucionario que no lograban caracterizar más allá del slogan y el recetario clásico, mientras insistían en que el problema se reducía a un déficit de partido o de vanguardia.
Se puso de manifiesto, una vez más, que uno de los problemas más graves de la izquierda vieja es que no logra ser crítica de sí misma y que no asume la tarea de revisar permanentemente sus propios fundamentos, su subjetividad y su sensibilidad. El resultado está a la vista, después de fetichizar sus fracasos y justificar sus carencias sólo le queda elaborar recetarios y discursos ingenuos. La izquierda vieja habla una lengua muerta, sin posibilidad de desarrollar capacidades expresivas. La izquierda vieja no supera la teoría del reflejo y presenta al marxismo igual que los teóricos burgueses, como un determinismo mecanicista, a veces recubierto de vistosos encajes. Sus producciones aparecen siempre como el resultado de pensamientos previos y no como el proceso de pensar. El grado de alienación de sus militantes no hace más que incrementarse. Una vez institucionalizados, impregnados de la tradición cultural de sus organizaciones, sin la aptitud de distanciarse del objeto (por eso es imposible una autocrítica sincera en una secta) terminan normalizando las situaciones patológicas.
 
Entre rupturas y continuidades
 
Pero también estuvieron aquellos y aquellas que vieron las instancias de autoorganización de base, los embriones de prácticas contrahegemónicas, radicalmente democráticas y con proyecciones anticapitalistas. Las vieron, no sólo porque venían entrenados para verlas, sino porque muchos de ellos y ellas, además, venían desarrollando prácticas en subsuelos y periferias que, en parte, eran “intelectuales”. Con más o menos desilusiones a cuestas, venían congeniando con el suburbio. No llegaban a ser el grueso de lo que se denomina como el “activismo”, es cierto, pero desde mediados de la década del 90, en forma rudimentaria, con formaciones político-intelectuales y reservorios de metáforas de los más diversos y hasta estrafalarios, con acervos que no se pusieron al servicio de la “línea correcta”, sino que se dispusieron para una negociación de las diferencias y malos entendidos al interior de las clases subalternas, comenzaron a usar y recrear un lenguaje común donde resonaban palabras como: horizontalidad, autonomía, contrahegemonía, poder popular, entre otras (un lenguaje que refería a una nueva cultura política).[3] Comenzaron a pensar y actuar en ruptura con los modos del reformismo, el nacional-populismo y la izquierda vieja, hastiados de la política de superestructuras, de la representación y la delegación, de las lógicas estrictas (que además son lógicas de lo mismo), de las respuestas definitivas, del dirigismo, el sectarismo y el estatismo. Se pusieron a trabajar para revertir el proceso de desintegración social, para unir lo fragmentado, para contradecir la serialización y la electoralización de las clases subalternas, las prácticas estatales del subsistencialismo, la recolonización cultural[4] y la promoción del analfabetismo político, los ejes mismos del proceso histórico que se inauguró en 1983 y los mismos fundamentos de la democracia como función de la hegemonía de las clases dominantes y de la sofocación de las clases subalternas. En síntesis, escrutaron el signo de los tiempos y fundaron una discontinuidad.
Vale aclarar que, a la hora de identificar una nueva generación intelectual, los fundamentos etarios no cuentan. Esto puede sonar a anatema, puesto que en última instancia la edad, que remite al nacimiento en fechas cercanas y a los influjos compartidos, suele ser un elemento determinante cuando se identifica una generación. Pero en este caso cuenta muy poco. La nueva generación intelectual también presenta un elevado grado de heterogeneidad en este aspecto. Como encrucijada histórica, diciembre de 2001 operó como punto de partida para algunos, mientras que para otros fue el lugar del oportuno desvío. Lo importante es que los colocó, a unos y a otros, en el mismo camino. El concepto de generación va mucho más allá del conjunto de los coetáneos. Por cierto, generación también remite al acto de engendrar.
El proceso de emergencia y de desarrollo inicial de una nueva generación intelectual suele ser tormentoso y confuso, sus delimitaciones son por la negativa y el rechazo. La nueva generación intelectual argentina no inició su proceso de formación ordenadamente, los pensamientos que generaron el primer fermento estallaron y aún siguen esparcidos. No es raro entonces que en torno a la nueva generación intelectual se conforme un campo de encuentro de todas las posiciones ex-céntricas y se cobijen en él un conjunto de perspectivas desamparadas, desquiciadas, algunas con potencial disruptivo, otras no tanto. Desde el punk barrial, al perspectivismo escéptico de prosapia posmoderna y a las combinaciones entre Federico Nietszche y el budismo Zen; desde el neohippismo a la negación radical del mundo y la búsqueda del Nirvana con su sueño sin ensueño; desde los que asumieron la reivención de una idea de Estado-nación con referentes utópicos, éticos y políticos relacionados con el comunitarismo de base, el socialismo “desde abajo” o el poder popular, hasta aquellos neoanarquistas (por cierto: reacios al objeto de reivención pero no a los referentes de la misma, con los que se identificaban) y los minimalistas, cultores del socialismo en un solo barrio que hacían una interpretación estrecha de la consiga sesentista de Ernst Friedrich Schumacher (1911-1977): “small es beautiful” (lo pequeño es hermoso).
Con el tiempo, las perspectivas con mayor potencial, se asimilaron a la médula de la nueva generación intelectual y, claro está, contribuyeron a perfilarla, otras encontraron un sitio (y una referencia) en el Estado, en el mercado (que incluso ha desarrollado outlets intelectuales para los productos más defectuosos) y también en la academia. Instituciones que suelen funcionar como la Gruta de Trofonio, es decir, le cambian el carácter a los que ingresan en ellas.[5] Instituciones que además pueden desempeñarse como asilos para revolucionarios inválidos (resignados), burócratas y buscavidas de toda laya.
La izquierda vieja sobrevaloró los elementos mas negativos, y condenó todo lo que no encajaba en sus moldes y no era traducible a su lenguaje de museo, ultrajando el sentido de lo bello, lo justo y lo popular. En una pésima interpretación de los signos, consideró que lo nuevo emergente a nivel político e intelectual no era más que el resultado de la exageración de las señales de fermentos pasajeros. Ajustó la compleja realidad a una categoría única a la que previamente empobreció y estereotipó: autonomismo.
Por cierto, a partir de 2003 y de la recomposición del sistema a nivel material y de su comando político, el reformismo, el nacional-populismo y la izquierda vieja, retornaron al útero estéril y sórdido de las viejas certezas.
 
Reformismo y nacional-populismo
 
Los cobijados en el primero y el segundo se sintieron aliviados por la rápida e impensada recomposición de unos fetiches que parecían más exhaustos. Del alivio pasaron a la euforia al delinearse una impensada vía progresista al país normal. Además se conformó un campo ecuménico del progresismo realmente existente donde reformistas y nacional-populistas convergían por primera vez en nuestra historia. Incluso se dieron el lujo de integrar a liberales. El campo ecuménico se conformó alrededor del horizonte del “país normal”, de la “pax burguesa”, del “desarrollo” (que, por lo general ha servido y sirve para falsear realidades periféricas y para limar las aristas conflictivas) o del “realismo” en su sentido más mezquino: adaptación lisa y llana a las relaciones de poder imperantes, gestión eficaz del ciclo económico. Lo modesto del horizonte, el grado de sumisión que le es inherente y el orden social inconsistente y el vaciamiento de la sociedad civil que promueve, puso en evidencia los límites intelectuales y políticos del progresismo realmente existe, en particular las simplificaciones y la oquedad del nacional-populismo, su incapacidad, compartida con el reformismo y la izquierda vieja, de decir algo nuevo y su manía repetitiva, su negligencia a la hora hacer ajustes en su política y en la posición doctrinaria que arrastran desde los 70. Hoy queda claro que buena parte de sus manifestaciones pueden ser reabsorbidas y neutralizadas por el régimen de dominación imperante.
Si la política es concebida como gestión del ciclo económico toda idea termina siendo aleatoria y, sobre todo, se abandona la construcción de momentos de autodeterminación, sólo queda la contraposición de retóricas, cada vez más vacías. La lucha de imaginarios caducos pretende reemplazar a la lucha de clases concreta. Como aún insisten en identificar al enemigo principal dejando de lado la conciencia clasista, o poniéndola “entre paréntesis”, como subestiman la dominación al poner el eje en la competencia de las elites económicas y políticas o los “bloques de interés”, caen en un maniqueísmo de sumisión y en un dualismo epistemológico que escinde al objeto real del formal. La contradicción entre el país agrario y semicolonial y la nación moderna, predominante, industrial (y burguesa), dista de ser “principal”.
Por otro lado, su recompuesto electoralismo los convirtió en seguros auspiciantes del mal menor pero en marcos cada vez más degradados. En fin, en el fondo, todas las versiones del progresismo, incluyendo el nacional-populismo, parten de la conformidad de la época, buscan una síntesis burguesa feliz, cada vez más lejana, a medida que el abismo social se ensancha, a medida que en la sociedad argentina la infraestructura es cada vez más una superestructura.
El reformismo y el nacional-populismo confían en los atajos de una razón dominante y vertical (exclusivamente estatal) a la hora de crear lazos asociativos y de producir identificación comunitaria. No asumen que la clave de lo nacional reside en una praxis ariticulatoria de las clases subalternas, que la única “nacionalización” posible se hará por la vía de una refundación y una reinvención “desde abajo” y que la autodeterminación nacional más consistente es la que se basa en fundamentos anticapitalistas y en lazos democráticos y horizontales. Pero el nacional-populismo tiene como fundamento la negación de la asimetría en poder y derechos de las clases interiores del nacionalismo popular, entonces como no puede ni podrá reinventar la idea de nación (y del Estado), insiste con una idea antigua que carece de entidad como referente utópico y ético.
El reformismo y el nacional-populismo, no piensan a la nación a partir de sus posibilidades concretas de canalizar los deseos emancipatorios de las clases subalternas y sus anhelos de autonomía e igualdad, de autodeterminación y libertad. Esta dimensión de la nación es insoslayable para cualquier proyecto emancipador porque permite arraigarlo en una tradición cultural y política, en una “escuela política de las clases populares” que alude a los sentimientos profundos de las masas y a los hechos de conciencia, o, dicho al modo gramsciano, a sus “núcleos de buen sentido” que son los que pueden sostener efectivamente una política anticapitalista y socialista.
Vástagos de las políticas heterónomas, el reformismo y el nacional-populismo ni siquiera apuestan a una convocatoria carismática (estatal y vertical) como motor de la autodeterminación. La mayoría se conformó con los Kirchner. Otros apuestan a las adaptaciones más depuradas del mismo guión, sin el lastre del Partido Justicialista (PJ) pero absolutamente desarraigas. Los grupos identificados con el reformismo y el nacional-populismo, que han hecho su experiencia de gobierno desde 2003 hasta ahora, se caracterizaron por sus intervenciones desde lo alto, meticulosamente desarticuladoras de la acción autónoma de las clases subalternas.
En fin, a partir del año 2003, el grueso de los intelectuales argentinos, recompusieron su idea de democracia sin riesgo, de baja intensidad, porque, expresado con toda crudeza, su horizonte democrático no es algo cualitativamente diferente a la posibilidad de negociar las condiciones de explotación y conciliar las contradicciones a través de reconciliaciones (y no, como propone la nueva generación intelectual, a través de los cambios profundos en las condiciones que las engendran). Con la crisis de 2008 (la denominada “crisis del campo”) estas limitaciones se hicieron ostentosas cuando desecharon cualquier apertura por izquierda e intervinieron con el fin de establecer una ligazón entre lo destituyente y lo golpista.
La crisis de 2008 también resquebrajó el campo ecuménico liberal-reformista y liberal-populista. Aquellos que Mario Toer denominó “exponentes del péndulo pequeño burgués”,[6] los que nosotros llamamos teóricos de la pulcritud y los formalismos institucionales, tomaron distancia y comenzaron un proceso de alineamiento con la derecha más tradicional. Frente la fragilidad de las alternativas contrahegemónicas, se delineó un escenario polarizado pero sin contradicciones sustanciales. El reformismo y el nacional-populismo recurrieron entonces a un politicismo que puede resultar eficaz para ciertas coyunturas, pero que carece de perspectiva estratégica a largo plazo. Sus intelectuales apelan al nivel político-cultural de la contradicción, pero prescinden (y lo escinden) del nivel económico-social.
 
Asumir lo nuevo “al aire libre”
 
Por su parte la izquierda vieja se aferró al manual leninista (en todos sus formatos) y a las políticas heterónomas y piramidales. Volvió así a sus plantillas clasificatorias y nominalistas y a la rigidez del dogma, que había sido sacudido allá por 2001 y 2002. Para ellos la paradoja es el abismo, sólo pueden manejarse en la aparente seguridad que ofrecen los marcos de un pensamiento metafísico, hiperideológico. Siguieron intentando construir sobre los cimientos gastados.
La nueva generación intelectual y la nueva izquierda, si bien se vieron obligadas a ubicar correctamente los sucesos insurgentes de 2001-2002, restituyendo los acontecimientos a la historia y favoreciendo una mirada no extraviada por la desmesura del acontecimiento, asumieron que una nueva radicalidad y una nueva subjetividad política había surgido en los intersticios del sistema a partir de las luchas populares. Y que, más allá del reflujo, lo nuevo ya había sido gestado.
O sea: podría decirse que un elemento compartido por la nueva generación intelectual es la certeza de que, más allá del reflujo y el repliegue popular iniciado en el año 2003, tuvo lugar, en los años previos, un proceso de acumulación de capital político en sectores de las clases subalternas y en regiones de la militancia popular. El punto compartido es, ni más ni menos, una certeza respecto de un aprendizaje político significativo en las bases y en una parte del activismo. Un punto de partida auspicioso que permite pensar en las posibilidades de una política revolucionaria por fuera de los tiempos de las crisis.
Vale aclarar que el nacimiento de la nueva generación intelectual estuvo signado por la acción y por la necesidad pura y descarnada de los que accionaban. No estuvo condicionado por la certeza de atesorar una verdad y de poseer un grado de consistencia (porque, en contra de lo establecido por la ilusión ideológica, las ideas no nacen de otras ideas), estuvo determinado por la necesidad de sobrevivir de algunas experiencias, por el deseo de conservar una potencialidad política que apenas se había vislumbrado (pero que por sí misma justificaba el esfuerzo) y de realizar un balance profundo de una experiencia histórica fugaz pero relevante por las tensiones profundas percibidas y las relaciones del mundo material y social puestas en juego. También por el afán de alcanzar la estatura de una hipótesis humana. El punto de partida, por sí mismo, ya era original. Sin encorsetamientos, sin una bitácora perfectamente diagramada, se diferenció del tradicional punto de partida de la izquierda vieja.
Como la nueva generación intelectual, desde sus comienzos, no se jactó de portar una verdad en materia emancipatoria y crítica, porque no adoptó un objeto unificado y reglado en función de unas leyes de validez universal y una teoría del mismo signo, los procesos de síntesis teórico-política se hicieron mas sencillos, reales y por lo tanto más verdaderos. La síntesis se configuró como horizonte y no como punto de partida programático. La síntesis ocurría o no en el terreno de la praxis, no en el de los meros acuerdos santificados por las cúpulas, los aparatos, las instituciones y las elites. Cuando ocurrió, surgieron retazos, elementos de un nuevo tipo de subjetividad política. Una subjetividad hija de la conformación alentada y espontánea de prácticas, hija, sobre todo, de la articulación de las mismas, es decir: del trabajo tendiente a conjurar a Babel (el solipsismo y la confusión). La nueva generación intelectual, con algunos titubeos, se negó a establecer un principio general de articulación. En efecto, rechazó las prácticas derivadas de las lógicas estatales y mercantiles como prácticas articulatorias dominantes y asumió (no impuso) el principio comunitario o societario.
El proceso continua, pero son innegables los avances de una subjetividad política e intelectual nueva, radical y crítica, no reglada por el Estado, sea por las lógicas reformistas, nacional-populistas o de la izquierda vieja. Evidentemente la nueva generación intelectual, es una generación al aire libre, desatada, dispuesta a partir con la seguridad que le da el hecho de saber que no naufragará en mares ajenos.
Volveremos sobre el tema, retomando diversas escrituras, propias y de otros.


Una versión resumida de este trabajo fue publicada con un título similar en: Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico, Nº 6, Prometo, Buenos Aires, septiembre/octubre de 2009. Los subtítulos pertenecen a la redacción de Herramienta.

[1] Se trata del libro, El sueño de una cosa (introducción al poder popular), publicado en Buenos Aires por la Editorial El colectivo y en Caracas por la Fundación Editorial El Perro y la Rana, en 2007 en ambos casos.
[2] Cerdeiras, Raúl: “La política que viene”, en: Revista Acontecimiento, Nº 23, Buenos Aires, mayo de 2002, pp. 51-52.
[3] Esteban Rodríguez sostiene que el concepto de poder popular, es “una de las contraseñas que permitieron a la nueva izquierda (autónoma) diferenciarse de aquellas experiencias que insisten en las concepciones materialistas del poder, aquellas que entienden que el poder se circunscribe al Estado, y que por lo tanto en una cosa que se toma o se detenta según el caso”. Ver: Rodríguez, Esteban: “Más acá del Estado, en el Estado y contra el Estado. Apuntes para la definición del poder popular”. En: AA.VV., Reflexiones sobre el poder popular, Buenos Aires, El colectivo, 2007, pp. 101-102.
[4] Esta recolonización cultural consistió en la destrucción total o parcial de toda cultura en condiciones de resistir la melancolía, el embrutecimiento y la seducción de las jergas oscuras y en la imposición de formalismos huecos, siempre funcionales al poder.
[5] Según la mitología griega, Trofonio era un cíclope y mago, hijo de Apolo y Epicaste según algunas tradiciones, uno de los hijos de Ergino, según otras. Las grutas en las que habitaba, en Lebadea, Beocia, tenían la cualidad de modificar el carácter de los que en ellas ingresaban.
[6] Mario Toer los caracteriza del siguiente modo: “sus rasgos más relevantes son la presuntuosidad y la soberbia, su incapacidad para percibir los fenómenos más profundos que ocurren en el ámbito popular y la facilidad con la que se alinean junto a lo más granado de la reacción…”. Ver: Toer, Marío: “Sin Tregua”. Las disyuntivas del centroizquierda, en: Página/12, Buenos Aires, martes 26 de enero de 2010.